
La rehabilitación cardíaca es una intervención clínica multidisciplinaria y no una simple prescripción de gimnasia. En los pacientes con cardiopatía isquémica integra valoración médica, ejercicio individualizado, control intensivo de los factores de riesgo, educación, apoyo nutricional y psicológico, promoción de la adherencia y reinserción social y laboral. El objetivo es transformar la supervivencia a un acontecimiento coronario en una recuperación funcional duradera y en una reducción del riesgo residual.
Las guías AHA/ACC sobre chronic coronary disease recomiendan derivar a rehabilitación a los pacientes con indicaciones apropiadas, entre ellas un infarto reciente, una PCI o un CABG, y reconocen el papel del programa también en otras condiciones coronarias y cardiovasculares. El beneficio deriva de la combinación de sus componentes y no debe atribuirse exclusivamente al entrenamiento aeróbico.
Históricamente, la rehabilitación se ha dividido en fases: una fase hospitalaria de movilización y planificación, una fase ambulatoria supervisada durante los primeros meses y una fase de mantenimiento a largo plazo; esta nomenclatura sigue siendo útil, pero los itinerarios modernos son más continuos y pueden incluir programas domiciliarios o digitales sin perder la necesidad de valoración clínica y medición de los resultados.
La infrautilización constituye uno de los principales problemas. Una proporción importante de los pacientes elegibles no recibe derivación, no se inscribe o abandona precozmente. Las mujeres, los ancianos, las personas con bajos ingresos, quienes residen lejos de los centros y los pacientes con comorbilidades suelen estar infrarrepresentados, aunque puedan obtener beneficios relevantes.
La rehabilitación debe comenzar con un principio de seguridad individualizada. El paciente después de un STEMI no complicado tratado con PCI presenta necesidades diferentes a las de quien tiene una LVEF del 25%, isquemia residual, arritmias ventriculares, una esternotomía reciente o un desacondicionamiento grave. Por tanto, la intensidad, la monitorización y la progresión deben derivarse de la estratificación clínica.
La valoración inicial incluye los antecedentes del acontecimiento, la anatomía coronaria, el procedimiento realizado, la función ventricular, los síntomas residuales y los fármacos. Deben identificarse la angina, la insuficiencia cardíaca, las arritmias, la hipotensión, las heridas quirúrgicas, la anemia y las limitaciones musculoesqueléticas que puedan modificar el programa.
Una prueba de esfuerzo o una CPET resulta especialmente útil cuando deben definirse con precisión la capacidad funcional y el umbral isquémico. En pacientes de bajo riesgo puede bastar una valoración menos compleja, pero la prescripción no debería basarse únicamente en la edad o en fórmulas teóricas de frecuencia cardíaca máxima.
La CPET mide el consumo de oxígeno, la producción de CO2 y la ventilación. El VO2 pico y los umbrales ventilatorios permiten una prescripción fisiológica más precisa, especialmente en la insuficiencia cardíaca, la obesidad o cuando la respuesta cronotrópica está alterada por los betabloqueantes.
El umbral isquémico, cuando aparece durante una prueba, debe tenerse en cuenta en la prescripción. Tradicionalmente, el ejercicio se mantiene por debajo de la frecuencia o la carga que provoca angina o alteraciones isquémicas significativas, mientras que la presencia de isquemia con una carga baja exige una reevaluación clínica antes de un entrenamiento más intenso.
El riesgo arrítmico se valora mediante la anamnesis, el ECG, la función ventricular y la respuesta al esfuerzo. La ectopia ventricular aislada no equivale automáticamente a una contraindicación, mientras que la VT sostenida, las arritmias sintomáticas o la inestabilidad requieren valoración especializada y control antes de realizar ejercicio no supervisado.
Deben documentarse la presión arterial y su respuesta al esfuerzo. La hipertensión grave no controlada, una caída anómala de la presión al aumentar la carga o los síntomas de hipoperfusión requieren corrección y estudio.
La valoración también incluye estado nutricional, tabaquismo, lípidos, HbA1c, peso, perímetro de la cintura, sueño, depresión, ansiedad y apoyo social; estos componentes no son accesorios, porque predicen la adherencia y el riesgo a largo plazo.
Después de un CABG deben valorarse las heridas esternales y de los accesos, el dolor, la estabilidad del esternón y las limitaciones de la cintura escapular. La progresión del entrenamiento de fuerza de las extremidades superiores debe respetar la cicatrización quirúrgica y las indicaciones del equipo.
La prescripción del ejercicio sigue el principio FITT-VP: frecuencia, intensidad, tiempo, tipo, volumen y progresión. La intensidad puede definirse mediante el porcentaje de la reserva de frecuencia cardíaca, el porcentaje de la reserva de VO2, los umbrales ventilatorios, la carga de trabajo o la percepción del esfuerzo. En pacientes tratados con betabloqueantes, la frecuencia cardíaca absoluta es menos fiable si no procede de una prueba realizada con el tratamiento.
El entrenamiento aeróbico continuo de intensidad moderada constituye la base para muchos pacientes. La marcha, la bicicleta estática y los ergómetros permiten un control reproducible de la carga. En los pacientes desacondicionados, el volumen se aumenta de forma gradual, priorizando inicialmente la duración antes que la intensidad.
El entrenamiento interválico, incluido el entrenamiento interválico de alta intensidad en pacientes seleccionados, puede producir grandes mejoras de la aptitud física, pero exige estabilidad clínica, experiencia del centro y progresión. No debe confundirse con esfuerzos máximos no controlados en un paciente recién dado de alta.
El entrenamiento de fuerza mejora la masa y la función muscular, la capacidad para las actividades cotidianas y el metabolismo. Se introduce con cargas bajas-moderadas y una técnica correcta, evitando la maniobra de Valsalva y picos excesivos de presión. La prescripción debe adaptarse a la esternotomía, la hipertensión y las enfermedades articulares.
La flexibilidad, el equilibrio y la movilidad son especialmente importantes en los ancianos y los pacientes frágiles. El riesgo de caída puede ser más limitante que el riesgo isquémico y debe abordarse como parte del programa.
El calentamiento y la vuelta a la calma favorecen transiciones hemodinámicas graduales y reducen el riesgo de hipotensión posterior al ejercicio o de isquemia por un aumento brusco de la demanda. En los pacientes con angina de esfuerzo, una fase de calentamiento puede modificar el umbral isquémico mediante el denominado fenómeno de calentamiento.
La progresión debe guiarse por los síntomas, la respuesta hemodinámica y la percepción del esfuerzo. El dolor torácico, una disnea desproporcionada, los mareos, las palpitaciones sostenidas o una caída de la presión requieren interrumpir el ejercicio y valorar al paciente. El objetivo no es alcanzar rápidamente una cifra estándar, sino construir una capacidad sostenible.
El ejercicio regular mejora la función endotelial y la biodisponibilidad de óxido nítrico, reduce el tono simpático en reposo y aumenta la sensibilidad a la insulina y la capacidad oxidativa muscular; estas adaptaciones explican que el beneficio sea sistémico y no se limite al corazón.
La aptitud cardiorrespiratoria es un potente indicador pronóstico. Por tanto, un aumento de la capacidad funcional durante el programa constituye un resultado clínicamente relevante, incluso en ausencia de modificaciones ecocardiográficas significativas.
Todo programa debe incluir una verdadera prevención secundaria. Se controla el perfil lipídico y se intensifica el tratamiento si el LDL-C permanece por encima del objetivo. La rehabilitación ofrece un contexto ideal para identificar precozmente la inercia terapéutica y una adherencia deficiente.
La presión arterial se monitoriza repetidamente en condiciones estándar y durante el ejercicio; esto permite reconocer la hipertensión enmascarada, una respuesta presora excesiva y la hipotensión causada por el tratamiento, adaptando tanto la terapia como la prescripción física.
En los pacientes con diabetes deben manejarse el horario de las comidas, los fármacos y el riesgo de hipoglucemia. La insulina y los secretagogos pueden requerir modificaciones; los inhibidores de SGLT2 exigen prestar atención a la hidratación y a las situaciones de ayuno o enfermedad aguda. El entrenamiento mejora la sensibilidad a la insulina y puede modificar las necesidades farmacológicas.
El abandono del tabaquismo debe tratarse como una intervención clínica estructurada, con asesoramiento y farmacoterapia cuando proceda. Un consejo aislado es inferior a un itinerario con seguimiento y manejo de las recaídas.
La intervención nutricional traduce los principios generales en un plan realista. La dieta mediterránea, la reducción del sodio cuando esté indicada, la calidad de las grasas y el control del aporte energético deben adaptarse a la diabetes, la CKD, la obesidad y las preferencias culturales.
La verificación de la adherencia farmacológica es fundamental. La DAPT después de una PCI o un ACS, las estatinas, los betabloqueantes, los inhibidores del SRAA y los tratamientos para la insuficiencia cardíaca fracasan en la práctica real si no se toman. El programa puede identificar efectos adversos, errores de comprensión y barreras económicas antes de que provoquen interrupciones.
La depresión y la ansiedad son frecuentes después de un infarto y se asocian a una peor calidad de vida y adherencia. El cribado con instrumentos validados y el acceso a intervenciones psicológicas o psiquiátricas deben formar parte del manejo. El miedo a un nuevo acontecimiento durante el esfuerzo es una causa común de evitación y desacondicionamiento.
El regreso al trabajo depende de la capacidad funcional, el tipo de actividad, el riesgo residual y los factores psicológicos. Muchos pacientes estables pueden retomar precozmente un trabajo sedentario, mientras que las tareas físicamente pesadas o relacionadas con la seguridad requieren valoraciones específicas.
La actividad sexual suele representar un esfuerzo moderado y puede retomarse en pacientes clínicamente estables con una capacidad funcional adecuada. El asesoramiento reduce la ansiedad y permite comentar las interacciones entre los nitratos y los inhibidores de la PDE5, que pueden causar hipotensión grave si se asocian.
La participación de la familia puede mejorar los cambios del estilo de vida y la adherencia; sin embargo, el programa debe preservar la autonomía y las preferencias del paciente, evitando que el familiar se convierta en una fuente de restricciones excesivas de la actividad.
La rehabilitación en un centro ofrece monitorización, acceso inmediato al personal y los equipos y una sólida estructura conductual. Resulta especialmente útil en los pacientes de mayor riesgo o en la fase inicial. Sin embargo, la distancia y los horarios constituyen barreras importantes.
Los programas domiciliarios estructurados pueden ofrecer resultados comparables en muchos pacientes seleccionados cuando comprenden valoración inicial, prescripción individual, contactos regulares y monitorización de los resultados. No equivalen al simple consejo de «camine en casa».
La telerehabilitación utiliza plataformas digitales, dispositivos ponibles, llamadas telefónicas o vídeos para apoyar el ejercicio y la prevención. Puede ampliar el acceso en zonas remotas y para pacientes con limitaciones laborales. Deben tenerse en cuenta la seguridad de los datos, la alfabetización digital y la calidad de la monitorización.
El modelo híbrido combina sesiones iniciales supervisadas y posterior entrenamiento a distancia. Es especialmente adecuado para adquirir autonomía de forma progresiva y puede reducir el abandono. La elección del modelo debe basarse en el riesgo, las preferencias y los recursos, no en una jerarquía rígida.
La eficacia del programa depende de la dosis de rehabilitación: derivación, inscripción efectiva, número de sesiones, adherencia al entrenamiento y mantenimiento. Medir únicamente el porcentaje de derivaciones sin conocer cuántos pacientes participan realmente genera una falsa impresión de calidad.
En los pacientes con HFrEF isquémica, el ejercicio mejora la capacidad funcional y la calidad de vida y puede reducir los ingresos, pero exige prestar atención a la congestión, la hipotensión, las arritmias y los dispositivos. Debe conocerse la frecuencia máxima programada del ICD para mantener un margen de seguridad durante el entrenamiento.
Después de un ICD, el miedo a una descarga puede limitar la actividad. La educación y la monitorización permiten realizar ejercicio con seguridad por debajo de las zonas de tratamiento programadas, corrigiendo también factores desencadenantes como la isquemia o las alteraciones electrolíticas.
En los portadores de CRT, la mejora de la capacidad puede ser notable, pero la respuesta es variable. La rehabilitación completa el beneficio hemodinámico del dispositivo mediante adaptaciones periféricas.
Los ancianos requieren atención a la fragilidad, la sarcopenia, el equilibrio, la polifarmacia y la cognición. Los programas multicomponentes con fuerza y equilibrio pueden ser más importantes que los objetivos aeróbicos agresivos.
Históricamente, las mujeres reciben menos derivaciones y participan menos. Las responsabilidades de cuidado, el transporte y la percepción del riesgo contribuyen a esta brecha. Los modelos flexibles y la telerehabilitación pueden reducir algunas barreras, pero la primera intervención consiste en garantizar una derivación sistemática.
En los pacientes con enfermedad renal, anemia o enfermedad arterial periférica, la limitación puede ser extracardíaca. La prescripción debe distinguir la disnea cardíaca, la claudicación y la fatiga muscular, y puede requerir programas específicos integrados.
El pronóstico mejora cuando los resultados de la rehabilitación se convierten en comportamientos permanentes. Al final de la fase supervisada debe existir un plan de mantenimiento con objetivos de actividad, monitorización de los factores de riesgo y seguimiento clínico. El alta del programa no coincide con el final de la prevención.
El entrenamiento aeróbico aumenta la capacidad oxidativa del músculo esquelético mediante la biogénesis mitocondrial, una mayor densidad capilar y actividad enzimática. Por tanto, la mejora del VO2 pico no depende exclusivamente de un aumento del gasto cardíaco: en los pacientes con cardiopatía isquémica estable, una proporción relevante de la adaptación es periférica.
El ejercicio regular reduce la actividad simpática en reposo y mejora la modulación vagal, con una disminución de la frecuencia cardíaca para una carga determinada; esto reduce el producto frecuencia-presión y puede aumentar el umbral en el que aparece la angina en pacientes con estenosis estables.
La función endotelial mejora mediante un aumento del estrés de cizallamiento fisiológico, una mayor expresión de eNOS y biodisponibilidad de óxido nítrico; estas adaptaciones afectan al sistema vascular en su conjunto y contribuyen a reducir la presión arterial y mejorar la distribución del flujo.
El entrenamiento también influye en la inflamación, la sensibilidad a la insulina y la composición corporal. La reducción de la grasa visceral y una mejor utilización de la glucosa disminuyen la carga metabólica incluso cuando la pérdida de peso es modesta.
Los metaanálisis de la rehabilitación basada en el ejercicio en la enfermedad coronaria muestran una reducción de la mortalidad cardiovascular y de los ingresos y una mejora de la calidad de vida, con variaciones entre épocas y tipos de programa. En la era contemporánea, en la que la revascularización y la farmacoterapia son más eficaces, el beneficio absoluto puede diferir del observado en los ensayos históricos, pero sigue siendo clínicamente relevante.
La eficacia es mayor cuando el programa es integral. El ejercicio sin control del tabaquismo o tratamiento hipolipemiante no aborda la mayor parte del riesgo residual. Del mismo modo, el asesoramiento preventivo sin recuperación funcional deja a muchos pacientes desacondicionados y temerosos del esfuerzo.
La rehabilitación puede reducir las rehospitalizaciones mediante el reconocimiento precoz de los síntomas, la optimización de los fármacos y una mejor autogestión. El paciente aprende a distinguir el cansancio normal de los signos de alarma, reduciendo tanto los retrasos peligrosos como las consultas innecesarias.
La mejora de la calidad de vida es un resultado independiente. Después de un infarto, el miedo, la pérdida de autonomía y la depresión pueden ser más limitantes que la función ventricular. Un programa que devuelve la confianza ante el esfuerzo modifica de manera concreta la vida cotidiana.
La relación dosis-respuesta entre el número de sesiones y los resultados observada en estudios de práctica real respalda la importancia de la adherencia; no obstante, el número de sesiones es un indicador indirecto: un programa de 36 sesiones con baja intensidad o sin prevención puede ser inferior a un itinerario más breve, pero bien estructurado y mantenido en el domicilio.
Después de un infarto no complicado tratado con PCI, la movilización comienza precozmente. El antiguo paradigma del reposo prolongado se abandonó porque favorecía la trombosis venosa, la pérdida muscular y el desacondicionamiento. La estabilidad hemodinámica, la ausencia de isquemia recurrente y una reperfusión satisfactoria permiten una progresión rápida.
Antes del alta, el paciente debe recibir información sobre la DAPT, la estatina, el control de los factores de riesgo, la actividad y los signos de alarma. La rehabilitación debe quedar concertada o, al menos, formalmente solicitada, no dejarse en una recomendación genérica de comentarla con el médico responsable.
El manejo del acceso radial o femoral influye temporalmente en algunas actividades. Después de un acceso radial suelen bastar limitaciones breves para las cargas elevadas de la extremidad; tras complicaciones femorales o hematomas, la vuelta al ejercicio intenso puede exigir mayor prudencia.
Después de un STEMI con LVEF reducida, la prescripción debe tener en cuenta la posible recuperación del aturdimiento miocárdico. Una LVEF medida en las primeras horas no es necesariamente definitiva. El tratamiento y el entrenamiento se adaptan mientras los estudios de imagen de seguimiento vuelven a valorar la función.
La isquemia residual después de una PCI incompleta debe definirse antes de aumentar mucho la intensidad. Si existe una estenosis significativa no tratada, el umbral anginoso de la prueba de esfuerzo puede orientar inicialmente la carga, mientras el cardiólogo y el Heart Team establecen si se necesita una revascularización adicional.
La vuelta a la conducción y al trabajo también depende de las normas nacionales y del tipo de permiso o tarea. Un conductor profesional o un trabajador en altura requiere criterios más restrictivos que un empleado sedentario. La rehabilitación puede aportar documentación objetiva de la capacidad funcional.
La educación sobre la DAPT es especialmente importante después de implantar un stent: una suspensión precoz no acordada puede provocar trombosis del stent. El programa debe comprobar que los odontólogos y otros especialistas no interrumpan automáticamente los antiagregantes sin consultar con cardiología.
La rehabilitación también permite identificar una angina posterior a la PCI que no se debe necesariamente a una reestenosis. La disfunción microvascular, el vasoespasmo, una revascularización incompleta o causas no cardíacas pueden producir síntomas y requieren un diagnóstico específico.
La recuperación después de un CABG incluye aspectos cardíacos y quirúrgicos. El dolor, la anemia, los derrames pleurales, las heridas, la pérdida de masa muscular y los trastornos del sueño pueden limitar inicialmente más que la isquemia. La rehabilitación debe coordinarse con cirugía cardíaca y medicina general.
La esternotomía requiere protección durante la fase de cicatrización, pero inmovilizar por completo las extremidades superiores puede retrasar la recuperación. Los enfoques modernos priorizan movimientos controlados dentro de los límites del dolor y la estabilidad, con un aumento gradual de la carga en vez de normas rígidas idénticas para todos.
La extracción de la vena safena puede producir edema de la extremidad, dolor o problemas en la herida. La marcha, la elevación y los cuidados locales se adaptan a la cicatrización. Ante una posible trombosis venosa o infección se necesita una valoración inmediata.
Los injertos arteriales y venosos no eliminan la necesidad de una prevención intensiva. Con el tiempo, las venas safenas desarrollan hiperplasia de la íntima y aterosclerosis acelerada; las estatinas, la antiagregación y el abandono del tabaquismo protegen tanto el árbol nativo como los injertos.
La fibrilación auricular postoperatoria es frecuente y puede limitar temporalmente el ejercicio. El programa debe conocer si el paciente ha recuperado el ritmo sinusal, si toma un anticoagulante y qué estrategia de control de la frecuencia se ha elegido.
La capacidad funcional puede ser muy baja durante las primeras semanas pese a una revascularización completa; esto refleja el traumatismo quirúrgico y el desacondicionamiento y no debe interpretarse automáticamente como un fracaso del bypass.
Los ejercicios de fuerza de las extremidades superiores se reintroducen progresivamente cuando la herida es estable. La técnica y la respiración son importantes para evitar grandes picos de presión arterial y dolor esternal.
Cuando se dispone de una CPET, los umbrales ventilatorios permiten prescribir intensidades sin depender de porcentajes teóricos de la frecuencia máxima. La zona en torno al primer umbral ventilatorio suele ser adecuada para un entrenamiento moderado prolongado; en pacientes estables pueden introducirse intensidades superiores.
La escala de Borg permite integrar la percepción del esfuerzo. En pacientes tratados con betabloqueantes, portadores de marcapasos o con incompetencia cronotrópica, la relación entre la frecuencia y la intensidad está alterada y la RPE resulta especialmente útil.
La frecuencia objetivo debe tener en cuenta la frecuencia en reposo y la respuesta observada en la prueba. Fórmulas como 220 menos la edad presentan una amplia variabilidad individual y no deberían constituir la única base de la prescripción en un paciente cardiópata.
En los pacientes con angina estable, el entrenamiento puede mantenerse al menos 10 latidos/min por debajo de la frecuencia isquémica identificada en la prueba, según los enfoques tradicionales, pero el manejo moderno también debe tener en cuenta el tratamiento antianginoso y la posibilidad de revascularización. Un umbral muy bajo exige reevaluación clínica.
El entrenamiento interválico de alta intensidad alterna intervalos breves y vigorosos con recuperación. En pacientes estables seleccionados puede mejorar el VO2 más que el ejercicio continuo moderado, pero no se ha demostrado su superioridad sobre los acontecimientos. La seguridad depende de la selección y la supervisión.
El entrenamiento de fuerza se prescribe para grandes grupos musculares, a menudo con 1-3 series y cargas que permiten numerosas repeticiones sin Valsalva. El objetivo inicial es la fuerza funcional, no la fuerza máxima. En pacientes frágiles, incluso los ejercicios con el peso corporal pueden ser suficientes.
La medición de la presión arterial durante el ejercicio debe tener en cuenta el aumento fisiológico de la presión sistólica. Una respuesta excesiva sugiere hipertensión no controlada; una caída progresiva puede indicar disfunción ventricular o isquemia grave y requiere interrumpir el ejercicio.
La monitorización continua del ECG se utiliza en los pacientes de mayor riesgo durante las primeras sesiones. A medida que mejora la estabilidad puede reducirse. El objetivo es fomentar la autonomía, no mantener indefinidamente al paciente dependiente del monitor.
Los dispositivos ponibles de consumo pueden ayudar a monitorizar la actividad y la frecuencia, pero no sustituyen a los dispositivos médicos cuando es necesario diagnosticar arritmias o isquemia. Los datos no validados también pueden aumentar la ansiedad; el programa debe enseñar a utilizarlos de forma adecuada.
El entrenamiento con frío o calor extremos modifica la respuesta hemodinámica. El frío provoca vasoconstricción y puede reducir el umbral anginoso; el calor aumenta la vasodilatación y el riesgo de hipotensión, sobre todo con diuréticos y vasodilatadores. La actividad al aire libre debe adaptarse a las condiciones ambientales.
La altitud reduce la presión parcial de oxígeno y aumenta la frecuencia cardíaca y la ventilación. Los pacientes con enfermedad coronaria estable y buena capacidad pueden tolerar altitudes moderadas, pero un ACS reciente, la insuficiencia cardíaca o la angina con un umbral bajo requieren valoración antes de permanecer a gran altitud.
Los acontecimientos cardiovasculares graves durante programas supervisados son infrecuentes cuando los pacientes están correctamente seleccionados. La seguridad deriva del cribado, la progresión y la capacidad de reconocer los síntomas, no de mantener siempre una intensidad extremadamente baja.
Todo centro debe disponer de un plan para la parada cardíaca, desfibrilador, personal formado y procedimientos de emergencia. Estos recursos permiten tratar con rapidez acontecimientos infrecuentes y aumentan la seguridad de las poblaciones de mayor riesgo.
Las contraindicaciones temporales incluyen un ACS no estabilizado, insuficiencia cardíaca descompensada, arritmias no controladas, miocarditis aguda, embolia reciente no tratada y otras condiciones inestables. Una vez estabilizadas, el paciente puede incorporarse con frecuencia al programa con un nivel de supervisión adecuado.
El dolor torácico durante el ejercicio exige interrumpirlo, valorar el ECG y tratarlo de acuerdo con el plan. Si aparece con cargas progresivamente menores, no debe manejarse solo reduciendo el entrenamiento: puede indicar progresión isquémica y requiere reevaluación cardiológica.
La hipoglucemia constituye un riesgo en las personas con diabetes tratadas con insulina o secretagogos. El paciente debe conocer los síntomas, saber medir la glucemia y disponer de hidratos de carbono de absorción rápida. El riesgo puede persistir incluso horas después de un ejercicio prolongado.
La deshidratación y los trastornos electrolíticos pueden ser relevantes en los pacientes que toman diuréticos. Un programa no debe recomendar indiscriminadamente grandes cantidades de líquidos a pacientes con insuficiencia cardíaca; la hidratación y las restricciones deben seguir el plan clínico individual.
El paso a la fase de mantenimiento debe incluir objetivos semanales específicos y un lugar o una modalidad de ejercicio realmente accesible. Una prescripción perfecta que exige acudir a un gimnasio lejano o costoso tiene pocas probabilidades de mantenerse.
El seguimiento puede utilizar pasos, minutos de actividad o sesiones programadas. La métrica debe ser sencilla y significativa. La reducción del sedentarismo, interrumpiendo con frecuencia el tiempo sentado, aporta un beneficio adicional incluso en pacientes que ya realizan algunas sesiones de ejercicio.
La recaída en la inactividad es frecuente después de enfermedades intercurrentes, el invierno o el estrés laboral. El programa debe enseñar a reanudar el ejercicio de forma gradual después de una pausa, evitando la idea de que una pérdida temporal de la rutina equivale a un fracaso definitivo.
Por tanto, la rehabilitación constituye un puente entre el acontecimiento agudo y la prevención permanente. El éxito no se mide el día de la última sesión, sino por la capacidad del paciente para mantener durante los años posteriores la actividad, los fármacos, el abandono del tabaquismo y el control de los factores.
En la fase hospitalaria, el objetivo principal es prevenir el desacondicionamiento, valorar la estabilidad e iniciar la educación. Las caminatas breves, los ejercicios respiratorios y la movilización se aumentan progresivamente. El paciente debe comprender que el movimiento controlado forma parte del tratamiento y no es un riesgo que deba evitar.
La fase ambulatoria precoz comienza después del alta cuando las heridas y la situación clínica lo permiten. Se definen el nivel funcional basal, los factores de riesgo y los objetivos. Las primeras sesiones también son útiles para comprobar la respuesta a los fármacos iniciados en el hospital.
La fase de mantenimiento traslada el programa a la vida cotidiana. Un paciente que mejora el VO2 pico, pero interrumpe por completo la actividad después de tres meses, pierde progresivamente parte del beneficio. El plan de mantenimiento debe diseñarse desde el principio.
Los resultados deben incluir la capacidad funcional, la presión arterial, los lípidos, el tabaquismo, el peso, la HbA1c cuando corresponda, la calidad de vida y la adherencia. Limitarse a contar el número de sesiones no mide la calidad clínica.
La prueba de marcha de 6 minutos es sencilla y útil en pacientes con capacidad reducida, insuficiencia cardíaca o fragilidad. No sustituye a la CPET cuando se necesitan umbrales fisiológicos precisos, pero permite documentar de forma reproducible las mejoras funcionales.
Cuestionarios como el Seattle Angina Questionnaire o instrumentos de calidad de vida pueden cuantificar los síntomas y las limitaciones. La percepción del paciente es un resultado real y puede mejorar incluso cuando los parámetros anatómicos permanecen invariables.
La depresión puede monitorizarse con el PHQ-9 o instrumentos equivalentes, con derivación cuando la puntuación es significativa o aparecen ideación suicida o un deterioro grave. Un programa cardiológico debe disponer de vías claras para estos resultados.
El regreso al trabajo es un resultado que suele ignorarse en los ensayos, pero es esencial para las personas en edad laboral. La rehabilitación puede coordinar la valoración funcional, la gradualidad y las adaptaciones temporales de las tareas.
La adherencia a la DAPT, al tratamiento hipolipemiante y al tratamiento de la insuficiencia cardíaca puede comprobarse mediante una entrevista estructurada y la conciliación de la medicación. Los errores en las listas durante la transición entre el hospital y la asistencia comunitaria son frecuentes y pueden detectarse en las primeras sesiones.
Un programa de calidad también debe medir la proporción entre derivación e inscripción, los tiempos de espera y los abandonos. Un centro excelente desde el punto de vista del ejercicio, pero con una lista de espera de tres meses, pierde una parte importante del beneficio preventivo.
La enfermedad arterial periférica puede limitar la marcha antes de que aparezca disnea cardíaca. En estos pacientes, el entrenamiento de la marcha es en sí mismo terapéutico para la claudicación y puede integrarse con bicicleta estática u otros ejercicios para aumentar el volumen cardiovascular sin superar el dolor tolerable.
La enfermedad pulmonar obstructiva crónica modifica la ventilación y puede reducir la capacidad más que la enfermedad coronaria. La CPET ayuda a distinguir la limitación ventilatoria de la cardiocirculatoria. Las técnicas respiratorias y una broncodilatación óptima pueden mejorar la eficacia de la rehabilitación.
En la obesidad grave, los ejercicios con descarga, la bicicleta reclinada o el ejercicio acuático pueden reducir el estrés articular. El objetivo inicial puede ser aumentar los minutos de actividad y la fuerza antes de perseguir una intensidad elevada.
La CKD aumenta la fatiga y el riesgo de trastornos electrolíticos. En los pacientes en diálisis, el momento con respecto a las sesiones y el volumen intravascular influyen en la presión arterial y la tolerancia. El ejercicio intradialítico es una estrategia posible en programas específicos.
Después de un ictus o ante déficits neurológicos, el programa debe integrarse con la neurorrehabilitación. El riesgo cardiovascular sigue siendo elevado, pero la prioridad motora puede exigir asistencia y dispositivos para prevenir caídas.
La sarcopenia es frecuente en los ancianos y en la insuficiencia cardíaca. El entrenamiento de fuerza y un aporte proteico adecuado, adaptado a la función renal y el estado nutricional, son esenciales para recuperar la autonomía. La marcha por sí sola puede ser insuficiente.
Los trastornos cognitivos pueden comprometer la adherencia y la comprensión. La participación del cuidador, la simplificación de las instrucciones y las rutinas repetibles aumentan la seguridad sin excluir automáticamente al paciente del programa.
En los pacientes con ansiedad marcada, el aumento de la frecuencia cardíaca puede interpretarse como señal de infarto y provocar ataques de pánico. La educación sobre la fisiología del esfuerzo y una exposición gradual pueden interrumpir el ciclo miedo-inactividad-desacondicionamiento.
Las enfermedades musculoesqueléticas requieren alternativas: elíptica, bicicleta estática, ejercicios sentados o ejercicio acuático. El objetivo es obtener un estímulo cardiovascular sin agravar el dolor o las lesiones.
La rehabilitación debe ser inclusiva. Un paciente con varias comorbilidades no está «demasiado enfermo» por principio; con frecuencia es precisamente quien más puede beneficiarse de un programa muy adaptado y multidisciplinario.
Una semana de rehabilitación combina sesiones estructuradas y actividad cotidiana. En pacientes desacondicionados puede comenzarse con 10-20 minutos de ejercicio aeróbico intercalado con descansos y avanzar gradualmente hacia 30-60 minutos. El volumen semanal importa más que una única sesión perfecta.
La progresión inicial prioriza la duración antes que la intensidad. Aumentar simultáneamente los minutos, la pendiente y la velocidad hace difícil comprender qué componente provoca síntomas. Los incrementos pequeños y secuenciales mejoran la seguridad y la adherencia.
La intensidad moderada suele corresponder a una percepción del esfuerzo de 11-13 en la escala de Borg 6-20, mientras que los niveles 14-16 pueden utilizarse en entrenamientos vigorosos seleccionados. El intervalo debe verificarse con la respuesta individual.
La frecuencia de las sesiones aeróbicas suele ser de al menos 3-5 días a la semana. El entrenamiento de fuerza puede realizarse 2-3 días, dejando una recuperación adecuada. El objetivo es crear una rutina que pueda mantenerse después del programa.
El jogging y los deportes más intensos pueden retomarse en pacientes con función conservada, ausencia de isquemia y buena capacidad, después de una valoración. La cardiopatía isquémica no implica automáticamente la prohibición permanente de la actividad vigorosa.
Los deportes de competición requieren una valoración diferente y deben seguir las guías de cardiología del deporte. La carga de estenosis, la isquemia inducible, la LVEF, las arritmias y el tipo de deporte determinan la aptitud.
Las actividades con un componente estático elevado, como los levantamientos máximos, producen grandes aumentos de la presión arterial. El entrenamiento de fuerza de la rehabilitación utiliza, en cambio, cargas submáximas y respiración controlada. Confundir ambos conduce a restricciones excesivas o, por el contrario, a prescripciones arriesgadas.
La natación implica inmersión y aumento del retorno venoso; puede tolerarse bien en pacientes estables, pero ser inadecuada en una insuficiencia cardíaca no controlada; además, la seguridad en el agua exige especial prudencia en quienes presentan riesgo de síncope o arritmia.
El ciclismo al aire libre introduce tráfico, caídas y variaciones de pendiente que no existen en la bicicleta estática. La transición se realiza cuando el paciente demuestra equilibrio y fuerza suficientes y un buen control de la respuesta al esfuerzo.
El senderismo puede ser un excelente mantenimiento, pero deben planificarse la altitud, la temperatura y las pendientes. El uso de bastones puede implicar a las extremidades superiores y aumentar la carga cardiovascular respecto a la marcha en terreno llano.
El miedo al esfuerzo se reduce proporcionando valores objetivos: frecuencia alcanzada sin isquemia, carga en vatios, distancia y síntomas. El paciente pasa de un concepto abstracto de fragilidad a un conocimiento concreto de sus capacidades.
La vuelta al deporte debe acompañarse del mantenimiento de la prevención. Un paciente muy entrenado puede seguir teniendo el LDL elevado o continuar fumando; la aptitud física no neutraliza la aterosclerosis.
La telerehabilitación puede utilizar sesiones por vídeo, plataformas, mensajería, sensores de frecuencia y cuestionarios. Su valor no deriva de la tecnología en sí misma, sino de la capacidad para mantener el feedback clínico, la progresión y la adherencia.
Un dispositivo ponible que registra la frecuencia permite comprobar el volumen, pero los datos continuos pueden generar falsas alarmas. Los algoritmos de consumo para detectar arritmias no sustituyen a un ECG diagnóstico y el programa debe definir cuándo una alerta requiere contacto médico.
La presión arterial domiciliaria medida con dispositivos validados puede integrarse en la rehabilitación, sobre todo cuando se modifica el tratamiento. Sin embargo, unas mediciones excesivas en pacientes ansiosos pueden aumentar la hipervigilancia; resulta útil establecer una frecuencia acordada.
La monitorización del peso es útil en la insuficiencia cardíaca, pero una plataforma debe disponer de una vía de respuesta. Recibir una alerta de +2 kg sin que nadie tenga la responsabilidad de valorarla no aporta beneficio clínico.
Las sesiones supervisadas por vídeo permiten corregir la técnica del entrenamiento de fuerza y observar los síntomas, pero requieren espacio en el domicilio y conexión. En los pacientes frágiles puede ser necesario que un cuidador esté presente en las primeras sesiones.
La telerehabilitación reduce algunas barreras geográficas, pero no las digitales. Los ancianos, las personas con bajos ingresos o con escasa alfabetización pueden tener un acceso limitado. Los programas inclusivos deben ofrecer alternativas telefónicas o presenciales.
El modelo híbrido permite realizar una valoración inicial completa, algunas sesiones monitorizadas y posteriormente el ejercicio en el domicilio. A menudo constituye un compromiso eficaz entre seguridad y accesibilidad, especialmente en los pacientes de riesgo intermedio.
La protección de los datos sanitarios forma parte de la calidad. Las plataformas deben cumplir la normativa y las medidas de seguridad, sobre todo cuando recogen ECG, presión arterial e información clínica sensible.
El uso de gamificación, objetivos y feedback puede aumentar la actividad, pero debe evitar competiciones que empujen a los pacientes más allá de sus límites. La mejor comparación es con el propio nivel basal, no con otros participantes.
La tecnología debe simplificar el itinerario y no crear un segundo trabajo para el paciente y los profesionales. El éxito de un sistema digital se mide por la participación, la capacidad y los resultados, no por el número de datos recogidos.
La rehabilitación reduce el riesgo residual mediante varias vías simultáneas; esto dificulta atribuir la reducción de los acontecimientos a un único componente, pero ese es precisamente el valor del modelo: actuar de manera coordinada sobre el ejercicio, los lípidos, la presión arterial, el tabaquismo y la adherencia.
La participación debe considerarse un tratamiento basado en la evidencia al igual que los demás tratamientos posteriores al infarto. Un sistema que prescribe estatinas a casi todos, pero deriva a rehabilitación a una pequeña minoría, está omitiendo una parte de la asistencia recomendada.
La derivación automática integrada en el alta aumenta las solicitudes; el contacto precoz y la programación de la primera visita aumentan la inscripción. Cada trámite administrativo adicional reduce la probabilidad de que el paciente comience.
Los programas de tarde, domiciliarios o híbridos pueden mejorar el acceso de quienes trabajan. Por tanto, la flexibilidad organizativa es una medida clínica, no solo logística.
El mantenimiento puede apoyarse mediante grupos de marcha, gimnasios comunitarios, asociaciones o seguimiento a distancia. Lo importante es preservar un entorno que haga de la actividad la opción más sencilla.
La recaída en el tabaquismo o la inactividad debe activar una nueva intervención y no una condena moral. Las conductas crónicas requieren manejo de las recaídas como otras enfermedades con evolución recidivante.
En los pacientes que desarrollan un nuevo acontecimiento coronario puede reabrirse el ciclo de rehabilitación. Una segunda PCI o un nuevo ingreso representan una oportunidad para identificar por qué la prevención anterior no funcionó.
El pronóstico funcional suele ser excelente después de acontecimientos no complicados y el paciente debe recibir un mensaje realista de recuperación. Las restricciones indefinidamente prudentes pueden causar discapacidad iatrogénica.
En los fenotipos avanzados, el objetivo puede ser diferente: mantener la autonomía, reducir la disnea y prevenir los ingresos aunque no se recuperen los niveles anteriores. La personalización de los resultados evita expectativas poco realistas.
Por tanto, la rehabilitación cardíaca es un sistema asistencial con orientación longitudinal, capaz de conectar el hospital, la atención comunitaria y la vida cotidiana. Su máximo valor aparece cuando no se trata como un servicio opcional, sino como parte estándar del manejo de la cardiopatía isquémica.
El aumento de la capacidad funcional después de la rehabilitación no deriva únicamente de un incremento de la fracción de eyección. En los pacientes con enfermedad coronaria estable pueden predominar las adaptaciones periféricas: mayor densidad capilar, aumento de las enzimas oxidativas musculares, mejor extracción de oxígeno y reducción de la respuesta ventilatoria para una carga determinada; esto explica que el consumo de oxígeno pico pueda mejorar incluso cuando el ecocardiograma muestra variaciones mínimas.
El entrenamiento aeróbico reduce la frecuencia cardíaca y la presión arterial con cargas submáximas, disminuyendo el doble producto y, por tanto, la demanda miocárdica para una actividad determinada. Un paciente que antes presentaba síntomas al subir dos tramos de escaleras puede volverse asintomático no porque la estenosis haya desaparecido, sino porque la misma actividad representa un porcentaje menor de su capacidad máxima.
La función endotelial puede mejorar mediante el aumento del estrés de cizallamiento fisiológico y de la biodisponibilidad de óxido nítrico. El ejercicio regular también reduce el tono simpático en reposo y mejora la sensibilidad barorrefleja; estas adaptaciones contribuyen al control de la presión arterial y pueden atenuar la respuesta excesiva al estrés físico, con posibles efectos favorables sobre el umbral isquémico.
El entrenamiento de fuerza mejora la fuerza y la autonomía y reduce el coste relativo de las actividades cotidianas. Levantar una bolsa o levantarse de una silla requiere un porcentaje menor de la fuerza máxima después de un programa adecuado. En los pacientes ancianos, este efecto es especialmente importante porque la sarcopenia puede representar una limitación funcional más relevante que la capacidad aeróbica.
El entrenamiento de fuerza debe evitar inicialmente las maniobras de Valsalva prolongadas y las cargas máximas, sobre todo en pacientes con hipertensión no controlada o un acontecimiento reciente. La técnica respiratoria, la progresión gradual y la monitorización de los síntomas permiten aumentar la carga con seguridad. El objetivo es producir adaptación muscular sin picos innecesariamente elevados de presión arterial.
En pacientes seleccionados con un nivel funcional alto, los intervalos de alta intensidad pueden producir aumentos importantes de la aptitud física, pero no son necesarios para obtener beneficio cardiovascular. La elección entre entrenamiento continuo moderado e intervalos debe tener en cuenta la isquemia residual, las arritmias, la función ventricular, la experiencia y las preferencias. No se ha establecido de forma universal la superioridad de un método en cuanto a acontecimientos clínicos.
El calentamiento y la vuelta a la calma cumplen una función fisiológica y de seguridad. Una transición gradual evita un aumento brusco de la demanda y reduce el riesgo de hipotensión después del ejercicio, especialmente en pacientes tratados con vasodilatadores. La vuelta a la calma facilita el retorno venoso mientras disminuye la bomba muscular y puede limitar los mareos al final de la sesión.
La CPET permite prescribir la intensidad basándose en los umbrales ventilatorios en vez de porcentajes fijos de la frecuencia cardíaca máxima; esto resulta útil en pacientes con betabloqueo, incompetencia cronotrópica, fibrilación auricular o marcapasos, en quienes las fórmulas basadas en la edad pueden ser inexactas. El primer umbral ventilatorio suele identificar un nivel sostenible para un entrenamiento prolongado.
Cuando durante la prueba aparece isquemia electrocardiográfica o angina con una frecuencia o carga determinada, el entrenamiento inicial se mantiene por debajo del umbral isquémico con un margen de seguridad. El umbral puede cambiar con el tratamiento y el entrenamiento y debe reevaluarse si se modifican los síntomas. La aparición de angina con cargas progresivamente inferiores requiere una nueva valoración clínica y no una simple reducción permanente del ejercicio.
En los portadores de ICD es necesario conocer la frecuencia de detección de las taquiarritmias y mantener el entrenamiento con un margen adecuado por debajo de la zona de tratamiento del dispositivo. El ejercicio no debe evitarse por miedo a una descarga, pero la programación debe coordinarse con el electrofisiólogo cuando la frecuencia de entrenamiento se aproxima a los umbrales de detección.
Después de una descarga apropiada del ICD, para reanudar el ejercicio deben identificarse el factor desencadenante, controlar la isquemia, revisar el dispositivo y realizar una valoración psicológica. El temor a nuevas descargas puede generar evitación de la actividad y pérdida de aptitud física. Una rehabilitación supervisada puede ayudar a restablecer la confianza al proporcionar un entorno controlado.
Los portadores de marcapasos o CRT pueden presentar limitaciones debidas a la programación de la frecuencia máxima de seguimiento o de la respuesta adaptativa de la frecuencia. Si durante el ejercicio aparece una meseta repentina de la frecuencia asociada a disnea, la valoración del dispositivo puede identificar ajustes no óptimos. Por tanto, la prescripción del ejercicio debe coordinarse con la programación electrónica.
En la fibrilación auricular, la frecuencia es más variable y la escala de percepción del esfuerzo adquiere mayor importancia. El control de la respuesta ventricular debe permitir un aumento adecuado durante la actividad sin taquicardia excesiva. Un paciente excesivamente bradicardizado puede estar tan limitado como otro con la frecuencia mal controlada.
La monitorización continua del ECG no es necesaria durante toda la duración de cada programa. Se utiliza sobre todo en las fases iniciales de los pacientes de mayor riesgo o cuando existe una pregunta arrítmica específica. El paso a sesiones menos monitorizadas forma parte de la progresión hacia la autogestión y debe realizarse cuando se ha definido el perfil de seguridad.
El componente nutricional de la rehabilitación debe traducir los objetivos preventivos en elecciones cotidianas. El asesoramiento genérico de «comer sano» es menos eficaz que las intervenciones que abordan la compra, las porciones, la lectura de las etiquetas, las comidas fuera de casa y las preferencias familiares. Involucrar a quien prepara habitualmente las comidas puede aumentar la sostenibilidad del cambio alimentario.
La depresión y la ansiedad son frecuentes después de un infarto y pueden reducir la adherencia, la participación y la calidad de vida. Los instrumentos de cribado estandarizados permiten identificar a los pacientes que necesitan una valoración más profunda. El tratamiento puede incluir psicoterapia, fármacos compatibles con la situación cardiológica e intervenciones grupales. La rehabilitación no debe sustituir la asistencia psiquiátrica necesaria, pero puede facilitar el acceso a ella.
El miedo al movimiento, o kinesiofobia, puede persistir incluso cuando el riesgo es bajo. Las sesiones supervisadas muestran de forma concreta al paciente que la frecuencia cardíaca y la disnea fisiológica durante el ejercicio no equivalen a un nuevo infarto; este aprendizaje a través de la experiencia suele ser más eficaz que una tranquilización verbal aislada.
La reanudación de la actividad sexual es una pregunta frecuente que a menudo no se aborda. En la mayoría de los pacientes estables, el coste metabólico es comparable al de actividades físicas moderadas. La capacidad para realizar un ejercicio equivalente sin síntomas ofrece una guía práctica, mientras que la inestabilidad, la angina con una carga baja o la insuficiencia cardíaca no controlada exigen reevaluación antes de reanudarla.
Los fármacos inhibidores de la fosfodiesterasa 5 para la disfunción eréctil suelen ser compatibles con muchos tratamientos cardiovasculares, pero están contraindicados con los nitratos por el riesgo de hipotensión grave. El asesoramiento debe abordar explícitamente esta interacción. La vergüenza o la falta de comunicación pueden conducir a combinaciones peligrosas.
La vuelta al trabajo depende del riesgo cardíaco y de las exigencias laborales. Un trabajo sedentario puede retomarse antes que una actividad con una carga física intensa, turnos nocturnos o responsabilidades relacionadas con la seguridad pública. Una valoración funcional objetiva puede ayudar a establecer la capacidad y las restricciones temporales, evitando tanto reincorporaciones prematuras como ausencias innecesariamente prolongadas.
Las profesiones que exponen a temperaturas extremas, altitud, conducción profesional o trabajo en solitario exigen consideraciones específicas. La aptitud no puede deducirse únicamente del hecho de que el paciente haya completado una PCI. Deben integrarse la isquemia residual, la función ventricular, las arritmias, el tratamiento antitrombótico y el riesgo de síncope.
Las mujeres son derivadas y participan en la rehabilitación con menor frecuencia, pese a que el beneficio potencial es comparable. Las responsabilidades de cuidado, los horarios, la percepción de que los programas están orientados a los hombres y la mayor prevalencia de síntomas persistentes pueden reducir la participación. Los modelos flexibles y los grupos apropiados pueden mejorar el acceso.
Los ancianos pueden obtener grandes ventajas en su autonomía incluso con aumentos modestos del VO2. Deben incorporarse el equilibrio, la fuerza, el riesgo de caída y la función cognitiva. El objetivo puede ser lograr hacer la compra o subir escaleras con seguridad, no alcanzar una meta deportiva. Una prescripción basada exclusivamente en la frecuencia cardíaca puede ser insuficiente.
En los pacientes con enfermedad arterial periférica, la claudicación puede limitar el entrenamiento antes de que el sistema cardiopulmonar alcance una intensidad eficaz. Los programas de marcha específicos para la PAD y las modalidades alternativas, como el cicloergómetro o el ejercicio de las extremidades superiores, pueden ampliar el estímulo. El fenotipo polivascular exige una prevención particularmente intensiva.
En pacientes con CKD, anemia y fragilidad, la progresión debe ser más gradual y la monitorización de la presión arterial y los síntomas más estrecha. Sin embargo, la presencia de CKD no es un motivo para excluir la actividad física. La inactividad acelera la sarcopenia y el deterioro funcional y puede empeorar la vulnerabilidad a acontecimientos posteriores.
La calidad de un programa puede medirse mediante la derivación, el tiempo desde el acontecimiento hasta el inicio, el porcentaje de sesiones completadas, la variación de la capacidad funcional, el control del LDL y la presión arterial, el abandono del tabaquismo y la adherencia. Contar únicamente el número de visitas no describe la eficacia clínica. Los indicadores deben reflejar tanto el proceso como los resultados.
El abandono precoz debe generar un contacto activo para comprender su causa. Los problemas de transporte, los horarios, el dolor musculoesquelético o la creencia de estar ya curado requieren intervenciones diferentes. La simple etiqueta de «no adherente» no es un diagnóstico operativo ni permite mejorar el sistema.
El alta del programa debería incluir un plan escrito de actividad, objetivos preventivos, manejo de los síntomas y seguimiento. El final de las sesiones supervisadas es el comienzo de la fase de mantenimiento. El éxito se juzga meses y años después, cuando el ejercicio y la prevención han pasado a formar parte de la vida cotidiana del paciente.
Aviso informativo: la información contenida en esta página tiene exclusivamente fines informativos y divulgativos y no sustituye el asesoramiento, el diagnóstico ni el tratamiento de un médico. En caso de necesidad, consulte siempre a un profesional sanitario cualificado.
Transparencia sobre inteligencia artificial: esta página ha sido elaborada con el apoyo de herramientas de inteligencia artificial, utilizadas como ayuda en la producción y elaboración de los contenidos.