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Trombo ventricular izquierdo posinfarto

El trombo ventricular izquierdo posinfarto es una masa trombótica intracavitaria que se adhiere al endocardio de una región lesionada, casi siempre cerca de segmentos gravemente hipocinéticos, acinéticos o discinéticos. El fenotipo clásico es el trombo apical después de un gran STEMI anterior; la trombosis intracavitaria no es un residuo del trombo coronario. Se origina en el ventrículo después de la necrosis y puede embolizar a toda la circulación arterial.
La frecuencia ha disminuido con la reperfusión precoz, el tratamiento antitrombótico y la limitación del tamaño del infarto, pero depende en gran medida de la técnica y del momento de la imagen. La ecocardiografía estándar pierde trombos pequeños o laminares, mientras que la resonancia con contraste detecta una proporción mayor; el riesgo residual sigue siendo relevante en los grandes infartos anteroapicales. Un estudio muy precoz negativo no excluye una formación posterior.

El trombo suele ser asintomático y se descubre durante la imagen de la función ventricular. La primera manifestación puede ser un ictus o una embolia periférica, por lo que reconocer a los pacientes de alto riesgo y elegir la técnica adecuada tiene consecuencias terapéuticas inmediatas; la prevención embólica, sin embargo, requiere anticoagulación, que se suma a los antiagregantes utilizados después de un síndrome coronario. El beneficio y el sangrado deben equilibrarse individualmente.
Las recomendaciones contemporáneas proceden de guías, documentos científicos y estudios relativamente pequeños. Un antagonista de la vitamina K sigue siendo la referencia histórica, mientras que los DOAC son alternativas razonables en pacientes seleccionados, sin demostración de superioridad y con datos limitados sobre acontecimientos clínicos mayores; la duración orientativa es de unos tres meses para el trombo posinfarto documentado. La imagen de control, y no únicamente el calendario, determina si se interrumpe, prolonga o modifica el tratamiento.

El problema clínico no termina con el reconocimiento de la masa. Es necesario establecer cuándo se formó, qué probabilidad tiene de embolizar, cuán fiable es la imagen, qué antiagregantes siguen siendo necesarios y si el sustrato apical podrá recuperarse; la evaluación integrada evita dos errores opuestos: infratratar un trombo móvil o prolongar una anticoagulación de alto riesgo por un residuo fibrótico dudoso; estas decisiones requieren documentación seriada y decisión compartida con el paciente.
Los porcentajes publicados no son directamente comparables: las cohortes ecocardiográficas suelen incluir estudios precoces y sin contraste, mientras que los estudios con resonancia seleccionan pacientes estables y visualizan trombos laminares más pequeños. Las estimaciones aumentan al pasar del conjunto de los infartos al STEMI anterior y aumentan aún más cuando coexisten disfunción apical y fracción reducida. La incidencia dependiente de la imagen debe declararse junto con la técnica. Una cifra aislada no describe el riesgo del paciente individual.

Etiología, factores de riesgo, patogenia y fisiopatología

La patogenia reproduce la tríada de Virchow: estasis sanguínea, daño de la superficie endocárdica y estado protrombótico. El infarto anterior extenso altera el vórtice fisiológico y crea una zona apical en la que la sangre permanece, mientras que la necrosis y la exposición tisular activan las plaquetas y la coagulación; la tríada trombogénica actúa de forma simultánea. La contribución relativa de los tres componentes varía entre pacientes y en las distintas fases después del infarto.
La acinesia reduce la renovación de la sangre próxima a la pared, mientras que la discinesia y el aneurisma crean una cavidad recesiva con flujos lentos y recirculantes. La estasis aumenta cuando la fracción de eyección es baja y el ápex no se vacía durante la sístole; la disfunción apical predice el riesgo mejor que la fracción global por sí sola. Una función global moderadamente reducida puede ocultar un ápex completamente inmóvil.

El daño endocárdico deriva de la necrosis transmural o subendocárdica extensa, de la inflamación y de la denudación de la superficie. El tejido infartado expone factores procoagulantes y pierde propiedades antitrombóticas, lo que permite la adhesión inicial de fibrina y células; el sustrato endocárdico ancla el trombo a la cicatriz. La reperfusión precoz limita este proceso al reducir el tamaño y la transmuralidad del infarto.
El infarto induce activación sistémica de la coagulación, las plaquetas y la inflamación, con un aumento transitorio de la trombogenicidad. La diabetes, la neoplasia, el síndrome antifosfolípido u otras condiciones protrombóticas pueden amplificar el riesgo, pero no deben investigarse de forma indiscriminada si el contexto posinfarto es suficiente. El estado hipercoagulable completa el mecanismo local. Una anamnesis de trombosis inusuales puede justificar una evaluación dirigida.

El riesgo es máximo después de un infarto anterior de la arteria interventricular anterior, sobre todo con retraso de la reperfusión, pico elevado de biomarcadores, aneurisma y fracción de eyección inferior al 30 por ciento. Los infartos inferiores aislados generan trombo con mucha menor frecuencia; los predictores anatómicos guían la vigilancia. Sin embargo, no permiten diagnosticar un trombo sin visualizarlo.
El trombo inicial puede ser blando, protruyente y móvil, expuesto a las fuerzas del flujo; con el tiempo puede aplanarse, organizarse, fibrosarse y adherirse firmemente. La movilidad y la protrusión se asocian a mayor preocupación embólica, aunque también un trombo laminar puede embolizar; la morfología trombótica modifica la estimación del riesgo. No existe una forma ecocardiográfica que haga automáticamente innecesaria la anticoagulación inicial.

La recuperación de la contractilidad reduce la estasis y favorece la resolución, mientras que el aneurisma y la cicatriz mantienen el sustrato incluso después de desaparecer la masa; esto explica las recidivas tras la suspensión y la necesidad de distinguir la resolución anatómica de la corrección del riesgo; el sustrato persistente puede justificar un seguimiento prolongado. No obstante, la anticoagulación indefinida no está respaldada por evidencia universal.
El flujo, la presión y la contracción interactúan con la superficie del trombo. Una masa protruyente sufre mayores fuerzas, mientras que la organización crea conexiones con el endocardio; el anticoagulante impide una nueva propagación, pero la eliminación depende de los sistemas fibrinolíticos y de la recuperación hemodinámica; la resolución biológica no es una disolución inmediata provocada por el fármaco; esta distinción explica por qué las imágenes cambian a lo largo de semanas y por qué un control después de pocos días puede ser prematuro.

Anatomía patológica, clasificación y evolución

El trombo se localiza predominantemente en el ápex, adherido al segmento anterior, septal o inferior infartado. Puede ocupar una pequeña depresión endocárdica, tapizar una cicatriz o protruir en la cavidad con un pedículo reconocible; la localización apical refleja el territorio y la estasis. Los trombos basales o múltiples requieren una búsqueda más cuidadosa de diagnósticos alternativos y condiciones sistémicas.
La clasificación más útil distingue el trombo mural o laminar, plano y adherente, del trombo protruyente, que sobresale hacia la luz, y del móvil, con movimiento independiente de la pared. Las dimensiones, los contornos, la ecogenicidad y la relación con el endocardio completan la descripción; la forma protruyente indica tejido más reciente o menos organizado. La terminología debe mantenerse coherente en los controles seriados.

En el examen macroscópico, el trombo reciente contiene fibrina, plaquetas y eritrocitos; posteriormente es infiltrado por células, capilares y colágeno. La organización puede hacer que su ecogenicidad se parezca a la de la pared y resulte difícil distinguirlo de trabéculas o cicatriz; el trombo organizado puede persistir pese a una anticoagulación adecuada. La falta de desaparición no demuestra automáticamente fracaso farmacológico ni necesidad de trombólisis.
La mayoría se forma durante las primeras dos semanas, pero el momento exacto varía según la imagen y la recuperación. Un ecocardiograma en las primeras 24-48 horas puede preceder a la formación, mientras que el alta precoz reduce la oportunidad de identificarlo más tarde; la ventana diagnóstica requiere una estrategia basada en el riesgo. En fenotipos anteroapicales de alto riesgo puede ser apropiado repetir la imagen.

Durante la anticoagulación, la masa puede reducirse, aplanarse o desaparecer. La resolución ecocardiográfica no siempre equivale a la detectada por resonancia, porque pequeños residuos avasculares pueden pasar inadvertidos en la ecocardiografía estándar; la resolución aparente depende de la técnica empleada. El control debería utilizar una técnica suficientemente sensible y, si es posible, comparable a la utilizada para el diagnóstico.
Un trombo persistente laminar, calcificado e inmóvil puede representar material organizado con menor riesgo embólico, mientras que la persistencia de protrusión o movilidad mantiene una preocupación mayor. Cambiar el anticoagulante o prolongar el tratamiento es una decisión basada en consenso, no respaldada por grandes estudios; la persistencia morfológica debe reevaluarse con imagen precisa. Deben comprobarse la adherencia y la dosis antes de declarar resistencia.

La recidiva después de una resolución documentada es más probable con aneurisma apical, ictus previo y disfunción persistente. Un estudio observacional contemporáneo comunica recurrencias no despreciables, pero no define un umbral universalmente válido para tratamiento indefinido; el riesgo de recidiva persiste después de la primera resolución. La imagen y las decisiones futuras deben adaptarse al sustrato ventricular.
La calcificación de un trombo crónico puede observarse en la TC y sugiere una organización prolongada, mientras que la heterogeneidad de la señal en la resonancia cambia con la hemoglobina, la fibrina y la fibrosis; estos aspectos ayudan a fechar aproximadamente la masa, pero no proporcionan un reloj exacto; la datación del trombo sigue siendo probabilística. La historia de estudios previos y la cronología del infarto son indispensables para interpretar el hallazgo.

Las dimensiones y la movilidad pueden cambiar incluso sin resolución completa. Una reducción del área acompañada de pérdida de protrusión es biológicamente favorable, pero no constituye un desenlace validado que permita siempre acortar el tratamiento; por el contrario, el crecimiento durante el tratamiento exige una verificación inmediata; la trayectoria morfológica añade información a la presencia o ausencia binaria. Las comparaciones fiables requieren proyecciones, escala y técnica similares, preferiblemente con archivo de las imágenes originales.

Signos y síntomas

El trombo en sí no produce generalmente dolor, soplo ni síntomas cardíacos específicos. La disnea y la reducción de la tolerancia al esfuerzo derivan con mayor frecuencia del infarto, la disfunción ventricular o el aneurisma que constituyen el sustrato; la presentación silenciosa hace fundamental la búsqueda dirigida. Una exploración física normal no reduce el riesgo cuando la imagen muestra una acinesia apical extensa.
El ictus isquémico puede manifestarse con debilidad o pérdida de sensibilidad unilateral, trastorno del lenguaje, desviación de la mirada, déficit visual o alteración súbita del equilibrio; estos síntomas requieren activación inmediata del circuito neurológico, sin esperar una valoración cardiológica diferida; el déficit neurológico agudo puede ser la primera evidencia del trombo. La ventana terapéutica del ictus sigue siendo prioritaria.

Una embolia en las extremidades causa dolor súbito, palidez, frialdad, ausencia de pulso, parestesias o debilidad. El reconocimiento precoz permite la revascularización de la extremidad, mientras que la fuente cardíaca se estudia en paralelo. La isquemia periférica es una urgencia vascular. La presencia de anticoagulación no excluye embolia si la dosis, la adherencia o el tiempo terapéutico son insuficientes.
Las embolias renales o esplénicas pueden producir dolor en el flanco o el hipocondrio, hematuria, fiebre y elevación de enzimas, mientras que el infarto mesentérico causa dolor abdominal a menudo desproporcionado respecto a los hallazgos iniciales; estas presentaciones son menos frecuentes pero potencialmente graves; la distribución sistémica refleja la circulación arterial. Las lesiones en múltiples territorios refuerzan la hipótesis embólica.

La exploración cardiovascular documenta signos de insuficiencia cardíaca, presión, ritmo y complicaciones del infarto. La fibrilación auricular constituye una fuente embólica alternativa e influye de todos modos en la indicación de anticoagulación, pero no excluye la presencia simultánea de trombo ventricular; deben considerarse múltiples fuentes embólicas. El diagnóstico etiológico es especialmente importante si el acontecimiento ocurre durante el tratamiento.
Un acontecimiento embólico precoz puede originarse en un trombo todavía móvil, mientras que un ictus tardío requiere reevaluación del ventrículo y de otras causas como fibrilación auricular, placa aórtica o enfermedad carotídea. La cronología orienta, pero no determina la fuente; el nexo temporal debe estar respaldado por la imagen. Atribuir automáticamente cada ictus al infarto previo puede ocultar una causa tratable.

Los signos de sangrado durante la anticoagulación incluyen melena, hematemesis, hematuria, hematomas extensos, cefalea súbita o descenso de la hemoglobina. El tratamiento combinado con antiagregantes aumenta el riesgo y requiere educación del paciente y monitorización; los signos hemorrágicos deben evaluarse urgentemente. Sin embargo, debe evitarse la suspensión por iniciativa propia porque expone a embolia, mediante instrucciones claras.
La ausencia de síntomas embólicos no demuestra que el trombo sea inocuo, mientras que trastornos transitorios pueden confundirse con hipotensión, neuropatía o recuperación posinfarto. Episodios focales breves, dolor súbito de una extremidad o alteraciones visuales merecen evaluación incluso si se resuelven; los acontecimientos transitorios pueden representar embolias o ataques isquémicos. Una anamnesis precisa modifica la urgencia de la imagen y la estrategia antitrombótica.

Pruebas y diagnóstico

La ecocardiografía transtorácica es la prueba de primera línea después de un infarto porque está disponible, es repetible y evalúa simultáneamente la función, la cinética, el aneurisma y las complicaciones mecánicas. El trombo aparece como una masa distinta del endocardio, presente en varias proyecciones y adyacente a una región alterada; la visualización del ápex debe ser completa y sin acortamiento apical. Los artefactos y las trabéculas no deben diagnosticarse a partir de una sola imagen.
Las proyecciones apicales de cuatro, dos y tres cámaras se optimizan desplazando el transductor para incluir el verdadero ápex. El trombo puede ser ecodenso o similar al miocardio, laminar o móvil, y debe medirse en dimensiones ortogonales; la documentación seriada incluye localización, área, protrusión y movilidad. Una descripción vaga impide evaluar la respuesta.

El medio de contraste ecocardiográfico opacifica la cavidad y mejora la definición del borde endocárdico, aumentando la sensibilidad cuando el ápex se visualiza mal o la sospecha sigue siendo alta. Un defecto de relleno adherido a la pared apoya el diagnóstico de trombo; el contraste intracavitario no es necesario en todos los ecocardiogramas. Se vuelve importante cuando el resultado modifica la anticoagulación.
La resonancia cardíaca con realce tardío de gadolinio presenta mayor sensibilidad y especificidad muy elevada. El trombo avascular no acumula gadolinio y puede distinguirse de miocardio, tumor y sangre mediante secuencias específicas con tiempo de inversión largo; la resonancia con contraste se prefiere cuando la ecocardiografía es dudosa o discordante. También puede cuantificar cicatriz, aneurisma y sustrato de estasis.

La TC cardíaca puede identificar un defecto de relleno, sobre todo con adquisiciones tardías, y es una alternativa cuando la resonancia no está disponible o está contraindicada. La radiación, el yodo y la posibilidad de flujo lento que simule un trombo limitan su uso indiscriminado; la tomografía tardía requiere protocolos apropiados. La ecocardiografía transesofágica aporta poco para el ápex y no es la técnica de elección.


El diagnóstico diferencial incluye trabeculación apical, falso tendón, músculo papilar, no compactación, tumor, vegetación rara y artefacto. El aneurisma puede contener flujo lento que aparece como ecocontraste espontáneo sin una masa definida; el contraste espontáneo indica estasis, pero no equivale a trombo. Un diagnóstico incierto debería resolverse antes de exponer al paciente a triple terapia.
En pacientes de alto riesgo con un estudio inicial negativo, la repetición durante el ingreso o en las primeras dos semanas puede descubrir una formación tardía. No existe un calendario universal para todos los infartos y la vigilancia indiscriminada tiene bajo rendimiento; la vigilancia selectiva se concentra en STEMI anterior, ápex acinético y fracción de eyección baja. Un acontecimiento embólico constituye siempre un nuevo motivo para utilizar una imagen más sensible.

El informe debería indicar explícitamente si el ápex se ha visualizado con calidad diagnóstica. Expresiones como «ausencia de trombo» son demasiado categóricas cuando la ventana es incompleta; en estos casos el clínico debe elegir contraste o resonancia según la probabilidad pretest y las consecuencias terapéuticas; la calidad diagnóstica forma parte del resultado. Un falso negativo puede retrasar la anticoagulación, mientras que un falso positivo añade riesgo hemorrágico sin beneficio.

Tratamiento y pronóstico

Un trombo ventricular posinfarto documentado requiere generalmente anticoagulación oral para reducir la embolia y favorecer la resolución. La guía de ACS de 2025 indica para la mayoría de los pacientes unos tres meses, seguidos de imagen para establecer si el trombo persiste; el tratamiento anticoagulante debe iniciarse después de valorar el sangrado. Una hemorragia activa o la transformación hemorrágica de un ictus requieren decisiones multidisciplinares.
La warfarina es el tratamiento con mayor tradición y generalmente se titula a un INR de 2,0-3,0, con controles frecuentes y atención a la dieta y las interacciones. En las fases iniciales puede utilizarse anticoagulación parenteral hasta que el efecto sea terapéutico, según el escenario clínico; el tiempo en rango terapéutico determina eficacia y seguridad. Valores repetidamente subterapéuticos dejan al paciente expuesto a embolia.

Los DOAC, sobre todo apixabán y rivaroxabán, se utilizan fuera de indicación autorizada en muchos sistemas y el documento científico de la AHA los considera una alternativa razonable. Los metanálisis de pequeños ensayos aleatorizados publicados en 2025 muestran una resolución similar a los VKA, sin diferencias demostradas en ictus, mortalidad o sangrado. La evidencia aleatorizada sigue teniendo poca potencia para acontecimientos raros. No es científicamente correcto afirmar superioridad de los DOAC.
La elección tiene en cuenta la función renal y hepática, las válvulas mecánicas, el síndrome antifosfolípido, la adherencia, las interacciones, el acceso a monitorización y la preferencia informada. Los DOAC no son apropiados en las prótesis mecánicas y algunas condiciones requieren VKA; la elección individualizada vale más que la mera comodidad. No deben emplearse dosis reducidas no validadas únicamente por temor al sangrado.

Después de una PCI, el paciente suele recibir aspirina y un inhibidor P2Y12; añadir anticoagulación crea triple terapia y aumenta el sangrado. En general se limita la exposición triple y, cuando es posible, se prefiere anticoagulante más un solo antiagregante, adaptándolo al riesgo de trombosis del stent y al riesgo hemorrágico; la simplificación antitrombótica requiere una decisión cardiológica; este esquema deriva principalmente de estudios sobre fibrilación auricular después de PCI y se aplica al trombo ventricular por extrapolación, no a partir de comparaciones aleatorizadas específicas.
La anticoagulación profiláctica en ausencia de trombo no es rutinaria, ni siquiera después de un infarto anterior, porque la evidencia moderna es limitada y el posible beneficio compite con el sangrado del tratamiento combinado. En un STEMI anteroapical con acinesia puede discutirse durante uno-tres meses después de una valoración individual; la profilaxis selectiva procede de evidencia débil y consenso. La repetición de la imagen puede evitar tratar a muchos pacientes que no formarán un trombo.

El control aproximadamente a los tres meses comprueba la resolución y la recuperación de la cinética. Si la masa persiste, sobre todo si es protruyente o móvil, se comprueban adherencia e intensidad, se considera una técnica más sensible y se prolonga o cambia el tratamiento de forma individualizada; la decisión de suspensión requiere imágenes fiables. El aneurisma, una embolia previa y la disfunción persistente pueden orientar hacia vigilancia o tratamiento más prolongado.
El tratamiento de la insuficiencia cardíaca, la revascularización y la prevención secundaria reducen el remodelado y los nuevos acontecimientos, pero no sustituyen al anticoagulante para un trombo ya presente. La trombectomía quirúrgica es excepcional y se reserva a casos seleccionados o a una cirugía cardíaca ya necesaria; el tratamiento del sustrato mejora el pronóstico global. La trombólisis sistémica del trombo ventricular no es una estrategia habitual por el riesgo hemorrágico y embólico.

Antes del alta deben definirse el fármaco, la dosis, la duración provisional, el antiagregante asociado, los controles de laboratorio, los signos de alarma y la cita para imagen. Para la warfarina se necesita una red que garantice INR oportunos; para los DOAC debe comprobarse la función renal y las interacciones ante cada cambio clínico; el plan de continuidad forma parte del tratamiento. Una prescripción sin seguimiento expone simultáneamente a infradosificación, sobredosificación y suspensión inapropiada.
Los procedimientos invasivos, la cirugía no cardíaca y el sangrado requieren un manejo temporal que tenga en cuenta la PCI reciente y la morfología del trombo. La interrupción y la reanudación no siguen un único esquema: la urgencia, la función renal, la hemostasia, el tipo de anticoagulante y el riesgo del stent modifican el balance; el manejo periprocedimiento debe ser planificado por los médicos responsables. El puente con heparina no es automáticamente necesario para cada interrupción breve y no es inocuo.

Complicaciones

La embolia sistémica es la complicación específica más temida. Los fragmentos pueden alcanzar el cerebro, las extremidades, los riñones, el bazo o el mesenterio, causando discapacidad permanente, pérdida de órgano o muerte; el riesgo embólico es mayor durante los primeros meses y con trombos móviles o protruyentes. No se vuelve nulo únicamente porque la masa sea laminar o el paciente esté asintomático.
El ictus requiere coordinación entre neurología y cardiología, ya que la trombólisis o la trombectomía dependen del tiempo, la imagen y la anatomía, mientras que el inicio de la anticoagulación después del acontecimiento debe equilibrar la recidiva y la transformación hemorrágica; el momento posictus no es uniforme. El tamaño del infarto cerebral, la hemorragia y la estabilidad cardíaca guían el momento.

Las embolias periféricas pueden requerir embolectomía, trombectomía o tratamiento endovascular además de anticoagulación. Un acontecimiento durante el tratamiento obliga a comprobar adherencia, INR, dosis, interacciones y nueva morfología, sin concluir automáticamente que la clase farmacológica sea ineficaz. La embolia durante el tratamiento requiere una reevaluación completa. Debe excluirse una fuente aórtica o auricular concomitante.
El sangrado mayor puede ser gastrointestinal, intracraneal, urinario o en el sitio de acceso de la PCI. La edad, la insuficiencia renal, la anemia, una hemorragia previa y la combinación antitrombótica aumentan el riesgo; la complicación hemorrágica puede anular el beneficio preventivo. El número y la duración de los antitrombóticos deben reducirse al mínimo eficaz.

La persistencia del trombo genera incertidumbre terapéutica. Una masa organizada y calcificada puede no resolverse aunque haya perdido gran parte de su trombogenicidad, mientras que una masa aún móvil sugiere riesgo activo; los grandes estudios no definen la elección óptima; el trombo persistente requiere caracterización, no solo medición. Prolongar el tratamiento indefinidamente expone a un riesgo hemorrágico acumulativo.
La recidiva después de la suspensión puede producirse si persisten aneurisma, acinesia y cicatriz. Nuevos estudios observacionales asocian la recidiva con aneurisma apical e ictus previo, pero no proporcionan una regla válida para todos los pacientes; la recidiva tardía justifica educación sobre los síntomas embólicos. Un nuevo acontecimiento o deterioro ventricular obliga a repetir la imagen.

Por último, el trombo suele identificar un infarto grande y un pronóstico determinado también por insuficiencia cardíaca, arritmias y muerte súbita. Centrarse únicamente en la desaparición de la masa puede hacer que se descuiden la función ventricular, el desfibrilador, la rehabilitación y la prevención secundaria; el pronóstico global deriva sobre todo del sustrato miocárdico. La atención completa integra la prevención embólica y el tratamiento permanente de la cardiopatía isquémica.
Las consecuencias psicológicas no son despreciables: el miedo a un ictus o a un sangrado puede favorecer la hipervigilancia, reducir la actividad y comprometer la adherencia. La información equilibrada debe explicar que el riesgo se reduce, no se elimina, y que la actividad, los viajes o los procedimientos requieren indicaciones individuales en lugar de prohibiciones genéricas. La comunicación del riesgo favorece decisiones seguras. La rehabilitación cardíaca y el médico responsable ayudan a coordinar el tratamiento, los controles y el retorno a la vida cotidiana.

Un diagnóstico falso positivo constituye en sí mismo una complicación, porque expone a meses de anticoagulación y modifica el tratamiento antiagregante; un falso negativo deja sin protección a un paciente con potencial embolígeno. El coste del error es elevado en ambas direcciones; la certeza diagnóstica debe ser proporcional al riesgo del tratamiento. Cuando las imágenes y el cuadro clínico son discordantes, una técnica más sensible es preferible a una decisión basada únicamente en la impresión.
La coordinación se vuelve aún más delicada cuando coexisten fibrilación auricular, prótesis valvular, trombosis venosa o una neoplasia, porque la indicación y la duración de la anticoagulación ya no dependen únicamente del trombo ventricular. La resolución de la masa puede no permitir la suspensión si persiste otra indicación, mientras que una hemorragia obliga a ordenar las prioridades. Las indicaciones concomitantes deben registrarse por separado; de este modo, cada modificación futura conserva una justificación verificable y no deriva de la inercia terapéutica.

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