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Pericarditis precoz posinfarto

La pericarditis precoz posinfarto, denominada históricamente pericarditis epistenocárdica, es una inflamación del pericardio que aparece típicamente entre uno y tres días después de una necrosis miocárdica, sobre todo cuando el infarto alcanza la superficie epicárdica. La inflamación se extiende directamente desde el tejido lesionado hasta la hoja visceral y el espacio pericárdico adyacente. La contigüidad inflamatoria distingue esta forma del síndrome inmunitario tardío. La reperfusión precoz ha reducido claramente su frecuencia.
El cuadro clásico comprende un nuevo dolor torácico pleurítico o posicional y un roce pericárdico durante la fase hospitalaria del infarto; sin embargo, el dolor isquémico, pericárdico y procedimental pueden solaparse, mientras que el ECG ya está alterado por la necrosis y no siempre muestra el patrón difuso de la pericarditis idiopática. El diagnóstico diferencial urgente debe excluir reoclusión, reinfarto y complicaciones mecánicas. La calidad del dolor por sí sola no es suficiente.

Un pequeño derrame puede acompañar a la inflamación y permanecer estable. En cambio, un derrame nuevo o creciente con hipotensión, taquicardia o signos de taponamiento adquiere un significado diferente, porque después de un infarto puede reflejar hemopericardio por rotura de la pared libre; el derrame posinfarto no debe banalizarse. La ecocardiografía seriada y la evaluación hemodinámica establecen la urgencia y el diagnóstico.
La mayoría de las formas precoces son transitorias y se resuelven con tratamiento de apoyo. Las guías ACS de 2025 reservan la aspirina a dosis altas para los síntomas persistentes y consideran la colchicina para reducir síntomas y recidivas, evitando el tratamiento automático de un derrame asintomático; la proporcionalidad terapéutica es especialmente importante después de un infarto. Los AINE distintos de la aspirina y los glucocorticoides pueden interferir con la cicatrización y se evitan cuando es posible.

El diagnóstico tiene además un significado pronóstico indirecto, porque sugiere una necrosis suficientemente extensa como para alcanzar la vertiente epicárdica. Por tanto, el paciente debe evaluarse no solo por el dolor, sino también por la función ventricular, el remodelado, las arritmias y otras complicaciones del gran infarto; el contexto miocárdico sigue siendo determinante para el desenlace. Una pericarditis que se resuelve no transforma automáticamente en bajo riesgo a un paciente con disfunción ventricular grave.
Además, las decisiones se toman durante una fase en la que el paciente recibe muchos tratamientos esenciales y puede presentar insuficiencia renal, anemia o inestabilidad. Toda adición antiinflamatoria debe estar justificada por los síntomas y el beneficio esperado, no por la mera etiqueta diagnóstica; la carga farmacológica aumenta el riesgo de interacciones y toxicidad. Una revisión diaria permite suspender precozmente lo que ya no sea necesario.

Etiología, factores de riesgo, patogenia y fisiopatología

La necrosis miocárdica libera mediadores y activa células inflamatorias en el territorio infartado. Cuando el daño se extiende hasta el subepicardio, la respuesta afecta al epicardio y a la superficie pericárdica suprayacente, produciendo exudado rico en fibrina y fricción entre las hojas; la necrosis transmural es el sustrato tradicional. No todo STEMI es anatomopatológicamente transmural y no todo infarto extenso desarrolla pericarditis.
La reperfusión limita el tamaño y la profundidad de la necrosis y explica la rarefacción contemporánea. La presentación tardía, el flujo no restablecido, un gran territorio en riesgo y la escasa resolución de la elevación del ST aumentan la probabilidad de daño subepicárdico; la reperfusión oportuna constituye una prevención indirecta. No existe, en cambio, profilaxis antiinflamatoria rutinaria para todos los pacientes con infarto.

El roce se origina por el movimiento de las superficies inflamadas y puede ser transitorio, aparecer en uno, dos o tres tiempos y cambiar con la postura y la presión del fonendoscopio. La presencia de abundante líquido puede separar las hojas y hacerlo desaparecer; el roce dinámico es específico pero poco sensible. Su ausencia en una sola exploración no excluye el cuadro.
El dolor deriva de la irritación del pericardio parietal, inervado por el nervio frénico, y se modifica con la respiración y la posición. La irradiación al trapecio es sugestiva, mientras que la disminución al sentarse e inclinarse hacia delante es clásica pero no constante; el dolor pleurítico refleja la afectación somática. En cambio, la opresión de esfuerzo o el dolor con síntomas vegetativos exigen una fuerte atención a la isquemia.

La exudación en el espacio pericárdico suele ser modesta porque la duración es breve y la superficie afectada puede ser regional. Sin embargo, la presión depende más de la velocidad de acumulación que del volumen absoluto; una colección rápida se tolera peor que una crónica; la distensibilidad pericárdica determina el efecto hemodinámico. En la fase posinfarto, la presencia de sangre cambia radicalmente la interpretación.
La respuesta inflamatoria sistémica del infarto puede producir ya febrícula, leucocitosis y aumento de la proteína C reactiva, haciendo que estos hallazgos sean inespecíficos. Un segundo incremento, fiebre alta o persistente exige excluir infección, trombosis, neumonía y otras complicaciones; los marcadores inflamatorios apoyan la actividad pero no identifican la etiología. Su evolución es más útil que un único valor.

La forma precoz no requiere la latencia necesaria para una respuesta autoinmunitaria. Los autoanticuerpos y los mecanismos del síndrome poslesión cardíaca pertenecen sobre todo al síndrome de Dressler, que aparece semanas después y puede afectar a las pleuras y los pulmones; la separación patogénica evita unificar dos cuadros temporalmente diferentes. No obstante, existen presentaciones intermedias que requieren juicio clínico.
Los anticoagulantes y antiagregantes no causan la pericarditis, pero influyen en el riesgo y la gravedad de una hemorragia pericárdica si existe una lesión mecánica. Su manejo no puede ser automático, porque suspenderlos aumenta la trombosis coronaria y del stent; el equilibrio antitrombótico depende del derrame, la estabilidad y la causa. Un hemopericardio sospechoso requiere una decisión inmediata del equipo multidisciplinar.

Las intervenciones coronarias pueden introducir un segundo mecanismo de lesión pericárdica mediante perforación, hematoma intramiocárdico o microtraumatismo, pero estos cuadros no son pericarditis epistenocárdica en sentido estricto. La distinción modifica la urgencia y el manejo antitrombótico; la lesión procedimental debe buscarse cuando el dolor o el derrame siguen temporalmente a la PCI. La revisión de la angiografía y la distribución del líquido ayudan a separar las causas.

Anatomía patológica, clasificación y evolución

El aspecto clásico es una pericarditis fibrinosa localizada sobre el territorio necrótico, con una superficie opaca y filamentos de fibrina. En los grandes infartos la reacción puede hacerse más extensa, pero permanece anatómicamente vinculada a la lesión miocárdica reciente; la fibrina epicárdica explica la fricción auscultatoria. Un exudado purulento o una colección masiva sugieren etiologías diferentes.
El término epistenocárdica describe la proximidad de la pericarditis a la zona infartada y a la fase aguda. Es útil históricamente, pero la denominación pericarditis precoz posinfarto comunica mejor la cronología y el contexto clínico; la terminología moderna no modifica los criterios diagnósticos. Sin embargo, debe distinguirse de la pericarditis inmunitaria tardía y de la pericarditis pospericardiotomía.

Desde el punto de vista temporal, el inicio típico ocurre entre el primer y el tercer día. La aparición inmediata durante el dolor isquémico puede ser difícil de separar del infarto, mientras que un inicio después de semanas orienta hacia Dressler u otra causa; la latencia corta es un elemento diagnóstico fuerte. No constituye un límite absoluto si el daño evoluciona o el diagnóstico se retrasa.
La forma seca presenta roce sin derrame significativo; la forma con derrame se asocia a una colección generalmente pequeña; esta distinción descriptiva no establece por sí sola la gravedad, porque puede existir dolor importante sin líquido y un derrame creciente puede ser inicialmente paucisintomático; el fenotipo con derrame requiere mediciones seriadas. Una distribución loculada después de procedimientos puede escapar a una sola ventana.

La evolución habitual es la resolución en pocos días con desaparición del dolor y del roce. La fibrina se reabsorbe y un pequeño derrame disminuye; las adherencias clínicamente importantes y la constricción son excepcionales en la forma aislada; el curso autolimitado respalda un tratamiento proporcionado. La persistencia más allá de la fase esperada obliga a reconsiderar el diagnóstico.
Una progresión rápida de la colección, ecodensidad compatible con sangre o coágulos y signos de taponamiento no pertenecen a la historia natural tranquilizadora. Deben hacer sospechar rotura libre, perforación procedimental u otra fuente hemorrágica; la progresión hemorrágica cambia inmediatamente el itinerario. No se espera la respuesta a los antiinflamatorios para realizar imagen y valoración quirúrgica.

El ECG evoluciona simultáneamente con el infarto y la inflamación. La persistencia de la elevación del ST puede reflejar aneurisma o pericarditis, mientras que nuevas desviaciones regionales pueden indicar isquemia; el patrón difuso con depresión del PR es menos constante que en la pericarditis idiopática. La evolución electrocardiográfica debe compararse con trazados previos. Ningún signo aislado resuelve todas las alternativas.
Una recidiva después de un intervalo libre puede representar una pericarditis recurrente o el inicio de un síndrome tardío poslesión cardíaca. La fiebre, la afectación pleural, los derrames y la reactivación sistémica favorecen el segundo cuadro; la recidiva tardía debe redefinirse etiológicamente. La repetición mecánica de la misma etiqueta puede ocultar un reinfarto o una infección.

La cicatrización del infarto sustituye el tejido necrótico por cicatriz y elimina progresivamente el estímulo contiguo; por ello, una forma precoz que permanece activa durante semanas no sigue la trayectoria habitual y requiere resonancia u otras pruebas para inflamación persistente, derrame organizado u otra etiología. La persistencia más allá de la fase aguda es una señal diagnóstica. No debe tratarse indefinidamente basándose en la hipótesis inicial sin una nueva verificación.
El derrame puede ser libre o, después de procedimientos o adherencias previas, distribuirse de forma no uniforme. Una colección posterior o loculada puede no producir los signos clásicos y requiere exploraciones completas, mientras que la ecogenicidad y los filamentos sugieren fibrina o sangre sin identificar por sí solos la causa; la distribución pericárdica modifica la sensibilidad de las ventanas estándar. La descripción debe incluir localización, grosor máximo, variación respiratoria y comparación temporal.

Signos y síntomas

El dolor es agudo, punzante o urente, empeora con la inspiración profunda, la tos y el decúbito y con frecuencia mejora al sentarse inclinado hacia delante. Puede superponerse al dolor residual del infarto y generar una comprensible alarma por una nueva oclusión; el componente posicional aumenta la probabilidad de origen pericárdico. La respuesta a los analgésicos no es una prueba diagnóstica y no justifica retrasar el ECG.
El roce es un ruido superficial y áspero, a veces más evidente en el borde esternal inferior con el paciente inclinado y en espiración. Puede aparecer y desaparecer en cuestión de horas, por lo que la auscultación debe repetirse; el hallazgo auscultatorio posee una elevada especificidad en el contexto apropiado. Un nuevo soplo sistólico orienta, en cambio, hacia una complicación mecánica.

La febrícula y el malestar pueden acompañar al cuadro, pero una fiebre superior a 38 grados, escalofríos, hipotensión o leucocitosis marcada no deben atribuirse automáticamente a la pericarditis. La infección asociada a catéteres, la neumonía y las complicaciones del infarto son alternativas importantes; los signos sistémicos requieren una evaluación proporcionada. La pericarditis precoz simple suele ser breve y no tóxica.
La disnea leve puede derivar del dolor inspiratorio, mientras que la disnea grave, la ortopnea y la hipoxemia sugieren insuficiencia cardíaca, insuficiencia mitral, defecto septal, embolia pulmonar o derrame hemodinámicamente relevante. El síntoma debe atribuirse al mecanismo dominante; la disnea desproporcionada no es típica de la inflamación seca aislada. La ecocardiografía y la radiografía aclaran las causas concomitantes.

Un pequeño derrame no produce signos físicos específicos. El taponamiento puede causar taquicardia, presión arterial reducida, pulso paradójico, ingurgitación yugular y tonos cardíacos apagados, pero la tríada clásica es poco sensible y el infarto ventricular derecho puede imitar parte del cuadro; los signos de taponamiento requieren confirmación urgente. Un deterioro repentino después de un infarto hace sospechar ante todo una rotura.
Una nueva opresión retroesternal, sudoración, náuseas, inestabilidad o alteraciones regionales del ECG deben mantener alta la probabilidad de isquemia. La pericarditis no protege de la trombosis del stent, la extensión del infarto o las complicaciones de la PCI; el dolor isquémico recurrente conserva prioridad terapéutica. La coronariografía se repite cuando el cuadro lo requiere.

El dolor pleurítico también puede derivar de embolia pulmonar, pleuritis, neumonía, neumotórax o pared torácica. La taquicardia, la hipoxemia, la hemoptisis y los factores de riesgo tromboembólico orientan el estudio, sin multiplicar indiscriminadamente las TC; el diagnóstico extracardíaco sigue formando parte de la evaluación. El dímero D es poco específico después de un infarto y procedimientos.
La ansiedad y la hipervigilancia son frecuentes después de un infarto y pueden amplificar la percepción del dolor, pero no deben invocarse antes de excluir las causas orgánicas. Una explicación clara reduce la alarma y favorece la rehabilitación; el contexto psicológico se aborda después de garantizar la seguridad clínica. Todo cambio del síntoma merece una nueva caracterización.

La anamnesis farmacológica ayuda a reconocer trastornos no pericárdicos y riesgos del tratamiento. Los nitratos pueden haber modificado el dolor isquémico, los opioides pueden enmascarar su evolución y los anticoagulantes aumentan las consecuencias de una colección hemorrágica; ninguna respuesta farmacológica es patognomónica; la respuesta a los fármacos no sustituye al ECG ni a la imagen. El horario de las dosis y su relación con el síntoma deben documentarse antes de modificar el tratamiento.

Pruebas y diagnóstico

Las guías ACS de 2025 proponen, en el contexto posinfarto, dolor pleurítico asociado al menos a uno de los siguientes: roce, cambios ECG compatibles o derrame nuevo o creciente; este esquema es más específico que el criterio general de dos de cuatro empleado en la pericarditis aguda no seleccionada; los criterios posinfarto reconocen la dificultad de un ECG ya alterado. El diagnóstico sigue siendo clínico e integrado.
El ECG seriado evalúa el territorio, la dinámica del segmento ST, la depresión del PR, las inversiones de la onda T y las arritmias. Una elevación difusa cóncava del ST con depresión del PR apoya la pericarditis, pero con frecuencia el infarto produce alteraciones regionales que ocultan el cuadro; la comparación de los trazados es más informativa que un ECG aislado. Los nuevos cambios territoriales requieren excluir isquemia.

La troponina ya está elevada por el infarto y no diagnostica la inflamación pericárdica. Un nuevo incremento puede indicar extensión o reinfarto, pero debe interpretarse con la curva previa, los síntomas, el ECG y la revascularización; la cinética de los biomarcadores tiene valor contextual. La CK-MB puede aportar información adicional sobre una nueva necrosis en situaciones seleccionadas, sin sustituir a la imagen.
La proteína C reactiva, la VSG y los leucocitos documentan inflamación, pero están influidos por el infarto. El retorno hacia valores normales puede acompañar a la respuesta y orientar la reducción de la aspirina, mientras que un ascenso inesperado invita a buscar otras causas; la monitorización de la CRP es complementaria. No es necesario esperar su normalización para tratar una complicación mecánica sospechada.

El ecocardiograma mide el derrame en varias localizaciones, busca colapso de las cámaras, variaciones respiratorias y plétora de la vena cava, evalúa la función ventricular e identifica insuficiencia mitral, defecto septal o rotura contenida. Un examen inicial normal no excluye una pericarditis seca. La ecocardiografía urgente es sobre todo una herramienta de seguridad. La repetición depende de los síntomas y de la evolución de la colección.


La resonancia cardíaca puede mostrar edema y realce pericárdico, además de cuantificar el infarto y la afectación miocárdica, y es útil en los casos persistentes o dudosos en pacientes estables. No se utiliza para retrasar una coronariografía o una intervención urgente; la caracterización tisular refuerza los diagnósticos complejos. El gadolinio, el ritmo, los dispositivos y la tolerancia al decúbito condicionan su viabilidad.
La radiografía torácica suele ser normal en cuanto al pericardio, pero identifica edema, neumonía y derrame pleural; la silueta aumenta solo con colecciones importantes. La TC se reserva para sospecha de embolia, patología aórtica, complicación procedimental o anatomía pericárdica no aclarada. La imagen selectiva responde a preguntas precisas. Las múltiples pruebas sin prioridades pueden retrasar el tratamiento necesario.

La coronariografía no diagnostica la pericarditis, pero se hace necesaria cuando los síntomas, el ECG o la inestabilidad no permiten excluir una nueva oclusión. Si el dolor es claramente pleurítico, el paciente está estable y los trazados no sugieren isquemia, puede no ser necesario un nuevo examen invasivo; el umbral coronariográfico depende de la probabilidad isquémica. Una decisión razonada evita tanto retrasos peligrosos como procedimientos repetidos sin beneficio.
El diagnóstico de miopericarditis no es útil cuando la troponina ya refleja una necrosis coronaria documentada; el problema consiste en establecer si existe una inflamación miocárdica no isquémica adicional, una situación infrecuente que requiere características específicas de resonancia y contexto. Utilizar etiquetas superpuestas sin pruebas genera confusión. El daño miocárdico isquémico sigue siendo la explicación principal de la troponina. La resonancia distingue una distribución coronaria de una no isquémica cuando la pregunta modifica realmente el manejo.

Tratamiento y pronóstico

La forma leve, transitoria y sin derrame significativo puede manejarse con observación, reposo relativo y analgesia. Las guías ACS de 2025 indican que el paracetamol puede utilizarse para aliviar los síntomas y que muchos casos se resuelven con tratamiento conservador; el tratamiento de apoyo evita exposiciones innecesarias. El paciente permanece, no obstante, monitorizado por isquemia y complicaciones.
Si el dolor persiste, la aspirina a dosis altas es el antiinflamatorio preferido después de un infarto. Un intervalo sugerido es de 500-1000 mg cada seis a ocho horas hasta la mejoría, seguido de una reducción gradual guiada por los síntomas, la tolerancia y la inflamación. La aspirina antiinflamatoria supera la dosis antiagregante. Deben evaluarse el riesgo gastrointestinal, la función renal, la hemoglobina y las interacciones.

La colchicina, 0,5-0,6 mg una o dos veces al día durante aproximadamente tres meses, puede considerarse en los síntomas persistentes o para reducir las recidivas, ajustando la dosis por debajo de 70 kg, en la disfunción renal o hepática grave y con inhibidores de la P-glicoproteína o CYP3A4; la colchicina añadida no requiere una dosis de carga en este contexto. La diarrea y la toxicidad neuromuscular requieren vigilancia.
La aspirina y la colchicina no están indicadas de rutina para un derrame pequeño y asintomático. El tratamiento aborda la inflamación clínicamente activa, no la mera presencia de unos pocos milímetros de líquido; un aumento de la colección exige, en cambio, un diagnóstico etiológico; el derrame asintomático se monitoriza. Suprimir su señal con fármacos no elimina una eventual fuente hemorrágica.

Los AINE no derivados de la aspirina y los glucocorticoides se evitan cuando es posible después de un infarto por asociaciones con cicatrización desfavorable, expansión de la cicatriz, rotura o nuevo evento, además de los riesgos renales y hemorrágicos. Una excepción requiere una indicación sólida y evaluación especializada; la elección del antiinflamatorio es específica del contexto. Las reglas de la pericarditis idiopática no se trasladan sin adaptación.
La gastroprotección acompaña a la aspirina a dosis altas en los pacientes apropiados. Se controlan creatinina, transaminasas, hemograma y signos de hemorragia, teniendo en cuenta los antiagregantes y un eventual anticoagulante por trombo ventricular o fibrilación auricular; la seguridad farmacológica exige revisar toda la prescripción. Una dosis antiinflamatoria no debe duplicarse accidentalmente con productos de venta libre.

La actividad física intensa se suspende durante el dolor y la inflamación y se reanuda gradualmente dentro del programa de rehabilitación después de la resolución clínica, la estabilidad del infarto y la evaluación funcional. Las restricciones de la pericarditis deben integrarse con las del reciente evento coronario; el retorno a la actividad no sigue un número aislado de días. La fiebre, los síntomas, el ECG, la función y las complicaciones determinan el recorrido.
El pronóstico de la forma aislada es favorable y el cuadro generalmente se resuelve en pocos días. La mortalidad no suele derivar de la inflamación, sino del tamaño del infarto o de diagnósticos alternativos graves; el significado pronóstico es por tanto también un marcador de necrosis extensa. La persistencia, la recidiva o un gran derrame requieren un nuevo encuadre.

Antes del alta se comprueba que el dolor y la fiebre se hayan resuelto, que el derrame no aumente y que el paciente comprenda la dosis y la reducción de los fármacos. Se programa un control precoz si persiste la colección o el tratamiento antiinflamatorio, coordinándolo con la visita cardiológica posinfarto; el plan de seguimiento previene suspensiones bruscas y tratamientos prolongados innecesariamente. Una recaída debe evaluarse, no manejarse únicamente por teléfono.
La reducción de la aspirina se realiza solo después de una mejoría clínica estable y se enlentece si el dolor o la CRP vuelven a aumentar, evitando oscilaciones repetidas entre la dosis mínima y máxima. La colchicina, cuando se utiliza, generalmente no requiere reducción gradual, pero debe suspenderse o ajustarse en caso de toxicidad; la reducción terapéutica está guiada por la remisión. La dosis antiagregante necesaria después de la fase antiinflamatoria se mantiene según la indicación coronaria.

Complicaciones

El derrame es la complicación más frecuente, pero suele seguir siendo pequeño. Un aumento rápido, sangre ecogénica o coágulos, colapso de las cámaras y deterioro obligan a sospechar rotura de la pared libre, no una simple intensificación del antiinflamatorio; el derrame creciente es una señal de alarma. La rapidez de la ecocardiografía puede determinar la supervivencia.
El taponamiento debido únicamente a una pericarditis precoz es infrecuente. Después de un infarto, un taponamiento debe considerarse hemorrágico o mecánico hasta que se demuestre lo contrario, incluyendo la perforación coronaria y el tratamiento antitrombótico como contexto; el taponamiento posinfarto requiere un equipo quirúrgico e intervencionista. La pericardiocentesis puede estabilizar, pero no repara una rotura.

Un error diagnóstico puede retrasar el tratamiento de la reoclusión coronaria. Un dolor atribuido a la pericarditis sin ECG seriado o evaluación de la perfusión puede conducir a un nuevo infarto, mientras que una coronariografía innecesaria expone a contraste y complicaciones; la clasificación errónea del dolor tiene consecuencias en ambas direcciones. El umbral para reevaluar la isquemia sigue siendo bajo.
La aspirina a dosis altas sobre doble antiagregación o anticoagulación aumenta la hemorragia gastrointestinal y sistémica. La insuficiencia renal, la anemia y las interacciones pueden complicar el tratamiento, mientras que la colchicina causa trastornos gastrointestinales y, raramente, toxicidad hematológica o muscular; la iatrogenia farmacológica se previene con la duración mínima eficaz. Cada fármaco se reevalúa cuando se resuelven los síntomas.

Una recidiva puede seguir a una reducción demasiado rápida del antiinflamatorio o representar un síndrome de Dressler. El nuevo episodio requiere confirmar la inflamación y reevaluar isquemia, embolia pulmonar e infección, no simplemente reiniciar el tratamiento por cuenta propia; la reaparición del dolor reabre el diagnóstico diferencial. La CRP y la imagen ayudan a distinguir actividad y dolor residual.
La constricción pericárdica después de una forma precoz no complicada es excepcional. Los signos persistentes de congestión derecha, las variaciones respiratorias y el engrosamiento pericárdico meses después sugieren más bien un proceso más extenso, recurrente o una causa alternativa; la constricción tardía no se diagnostica por los antecedentes por sí solos. La ecocardiografía, la TC y la resonancia definen la fisiología y la anatomía.

La reducción de la actividad por miedo puede retrasar la rehabilitación, mientras que una reanudación demasiado rápida durante la inflamación puede reactivar los síntomas. Las indicaciones personalizadas y un recorrido controlado evitan ambos extremos; la discapacidad evitable es una consecuencia infravalorada. La recuperación debe respetar simultáneamente el infarto, la función ventricular y la remisión pericárdica.
Por último, la etiqueta de pericarditis no debe ocultar todo el curso posinfarto: las arritmias, la insuficiencia cardíaca, el trombo ventricular y las complicaciones mecánicas conservan sus propios riesgos. El seguimiento verifica el tratamiento de prevención secundaria y la recuperación además de la desaparición del dolor; la atención posinfarto sigue siendo global. La resolución de la pericarditis representa solo uno de los objetivos clínicos.

Otro riesgo es la fragmentación asistencial: cuidados intensivos, hemodinámica y consulta ambulatoria pueden atribuir significados diferentes al mismo derrame si faltan medidas e imágenes comparables. El resumen de alta debe indicar el inicio, el grosor máximo, la evolución, los fármacos y los diagnósticos diferenciales excluidos; la continuidad documental reduce errores posteriores. Permite distinguir una verdadera recidiva de una colección residual ya conocida y estable.

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