El término coloquial pet therapy engloba intervenciones muy diferentes y, en el ámbito sanitario italiano, es preferible utilizar la denominación oficial de Intervenciones Asistidas con Animales (IAA). Las directrices nacionales aprobadas mediante el Acuerdo Estado Regiones del 25 de marzo de 2015 distinguen Terapia Asistida con Animales (TAA), Educación Asistida con Animales (EAA) y Actividad Asistida con Animales (AAA). Solo la TAA es una intervención terapéutica con objetivos clínicos definidos, integrada en un proyecto individualizado y llevada a cabo por un equipo multiprofesional; la simple presencia de un animal, la tenencia de un animal doméstico o una visita recreativa no equivalen a una terapia.
En la depresión, la evidencia se concentra sobre todo en personas mayores, personas institucionalizadas, pacientes con demencia u otros trastornos psiquiátricos y programas de corta duración. Metaanálisis recientes sugieren una reducción de los síntomas depresivos en algunas poblaciones, pero la calidad y la transferibilidad de las pruebas están limitadas por muestras pequeñas, gran heterogeneidad de las intervenciones, dificultades de enmascaramiento y resultados no uniformes. Por tanto, las IAA pueden considerarse intervenciones complementarias en contextos seleccionados, no un sustituto general de la psicoterapia, la farmacoterapia u otros tratamientos validados.
La Terapia Asistida con Animales tiene fines terapéuticos y rehabilitadores, requiere una prescripción o indicación coherente con el proceso sanitario y prevé objetivos medibles. El animal forma parte de un entorno clínico en el que trabajan profesionales sanitarios y figuras especializadas en la relación con la especie implicada. El proyecto debe definir la indicación, la modalidad, la duración, los resultados, las responsabilidades y los criterios de suspensión.
La Educación Asistida con Animales tiene fines educativos y puede apoyar competencias relacionales, autonomía o inclusión, pero no debe presentarse como tratamiento de un episodio depresivo. Las Actividades Asistidas con Animales tienen objetivos principalmente recreativos, sociales o de bienestar y pueden organizarse en contextos sanitarios, sociales o comunitarios. Incluso cuando reducen el malestar o mejoran el estado de ánimo, la naturaleza de la intervención sigue siendo diferente de la de una terapia.
La terminología de los estudios internacionales no siempre coincide con la clasificación italiana. Expresiones como animal-assisted therapy, animal-assisted intervention, animal-assisted activity o dog-assisted intervention se han utilizado con definiciones variables. Esta incertidumbre terminológica contribuye a la heterogeneidad de los metaanálisis y hace necesario comprobar siempre quién realizaba la intervención, qué animal participaba, qué actividades se llevaban a cabo y qué resultados estaban predefinidos.
El contacto estructurado con un animal puede aumentar la implicación social, la motivación, la actividad física y las oportunidades de comunicación. Para una persona con depresión, interactuar con un animal puede ofrecer un estímulo concreto y no juzgador, facilitar la salida del aislamiento y crear una rutina de tareas sencillas. En este sentido, parte del efecto puede solaparse con mecanismos de activación conductual, apoyo relacional y reducción de la soledad.
También se han propuesto mecanismos psicofisiológicos, como la modulación del sistema autónomo, la reducción del estrés y variaciones de oxitocina o cortisol. Estas observaciones son interesantes, pero no demuestran una vía antidepresiva específica. Las respuestas hormonales dependen del contexto y de la relación y no constituyen biomarcadores utilizables para seleccionar a los pacientes o medir la eficacia clínica.
En personas mayores con deterioro cognitivo, el animal puede funcionar como estímulo multisensorial, favorecer la conversación, la orientación al entorno y la participación en tareas motoras. Sin embargo, la depresión en la demencia, la apatía, la agitación y la calidad de vida son dominios distintos: una mejoría en uno de ellos no debe interpretarse automáticamente como eficacia sobre los demás.
Gran parte del efecto observado también puede derivar de componentes inespecíficos pero clínicamente importantes: mayor actividad, estructuración del día, contacto con profesionales, estimulación sensorial, sensación de competencia y oportunidades de interacción social. Estos elementos dificultan aislar un efecto específico del animal en los ensayos y explican por qué los comparadores deben controlar el tiempo, la atención y la actividad. La hipótesis de una reducción del aislamiento y de la anhedonia conductual es plausible sobre todo en contextos institucionales, pero no existe un único mecanismo biológico ni un biomarcador capaz de predecir quién responderá. Por tanto, el fundamento sigue siendo biopsicosocial y dependiente del contexto.
Las revisiones sistemáticas históricas han encontrado resultados generalmente favorables, pero metodológicamente frágiles. El metaanálisis de Souter y Miller sugería un efecto sobre las medidas de depresión, mientras que revisiones posteriores destacaron la necesidad de estandarizar definiciones y protocolos. La revisión de ensayos aleatorizados de Kamioka y colaboradores mostró que el campo incluía poblaciones e intervenciones muy diferentes, lo que impedía extraer conclusiones simples sobre la magnitud del efecto.
En las personas mayores, un metaanálisis de 2024 observó un efecto moderado de las intervenciones asistidas con animales sobre la reducción de los síntomas depresivos, con resultados más consistentes para algunas formas de intervención con perros que para intervenciones robóticas. Este dato es clínicamente interesante, pero se refiere sobre todo a poblaciones de edad avanzada y no demuestra una eficacia equivalente en la depresión mayor del adulto joven o de mediana edad.
En pacientes con demencia, los resultados son más discordantes. Ensayos en residencias, entre ellos los de Majić y Olsen, han descrito mejorías en algunos resultados depresivos o conductuales, pero la revisión Cochrane consideró la evidencia insuficiente o de baja certeza para muchos resultados. La evolución natural de la demencia, la heterogeneidad de las escalas, la presencia de síntomas conductuales y la dificultad para distinguir depresión, apatía y reactividad emocional complican la interpretación.
El panorama global respalda la posibilidad de un beneficio sintomático y relacional, especialmente en contextos geriátricos e institucionales, pero no permite definir las IAA como tratamiento antidepresivo de primera línea. Cuando la depresión cumple criterios diagnósticos de un trastorno mayor, el tratamiento específico debe establecerse según la gravedad, las comorbilidades y las directrices, utilizando las IAA como posible componente adicional.
La indicación debe partir de la evaluación clínica. Es necesario definir si el objetivo es reducir el aislamiento, aumentar la actividad, mejorar la participación, facilitar la comunicación, apoyar la rehabilitación o modificar un resultado depresivo medible. La preferencia por los animales es relevante, pero no suficiente: deben considerarse las experiencias previas, los miedos, las alergias, las creencias culturales o religiosas, las capacidades cognitivas, el riesgo de caída, la impulsividad y la capacidad de respetar al animal.
El proyecto debe elegir la especie y el animal en función del objetivo y no de la disponibilidad. El perro es la especie más estudiada en muchos programas, pero no es universalmente apropiado. Las intervenciones con caballos, pequeños animales u otras especies tienen características y riesgos diferentes. El animal debe seleccionarse y prepararse para el contexto, someterse a evaluaciones veterinarias y conductuales y protegerse de cargas de trabajo e interacciones que comprometan su bienestar.
Los resultados deben definirse antes de la intervención y medirse con instrumentos coherentes. Una sesión “agradable” no equivale a una respuesta antidepresiva. En la TAA para la depresión puede ser útil integrar las escalas de síntomas con el funcionamiento, la participación, el aislamiento social, la calidad de vida y las observaciones conductuales, distinguiendo el efecto inmediato de su posible mantenimiento a lo largo del tiempo.
Las IAA comportan riesgos físicos e infecciosos específicos. Las alergias y el asma pueden agravarse por el pelo, la caspa u otros alérgenos; las mordeduras y los arañazos, aunque infrecuentes en programas bien gestionados, no pueden excluirse; los animales de mayor tamaño pueden contribuir a caídas o traumatismos. Las zoonosis constituyen un riesgo prevenible pero real, especialmente importante en pacientes inmunodeprimidos, muy frágiles o con dispositivos invasivos.
La prevención requiere higiene de manos, control veterinario, protocolos de limpieza y acceso a las áreas clínicas, exclusión temporal de animales con signos de enfermedad, evaluación de las lesiones cutáneas del paciente y atención a microorganismos multirresistentes en los entornos sanitarios. No todos los servicios son adecuados para el mismo tipo de intervención y las políticas locales deben ser coherentes con el riesgo infeccioso.
También existen riesgos psicológicos. La fobia, el duelo por la pérdida de un animal anterior, las experiencias traumáticas, el rechazo o la presión social pueden hacer negativa la interacción. El consentimiento debe ser real y el paciente debe poder rechazar o interrumpir la actividad sin consecuencias. En pacientes con agitación grave, comportamiento imprevisible o dificultades marcadas para controlar los impulsos, la seguridad del animal y de los profesionales debe tener la misma prioridad que la posible utilidad terapéutica.
Una IAA éticamente correcta es una intervención de doble protección: el beneficio humano no justifica el estrés o el sufrimiento del animal. Los signos conductuales de estrés, evitación, miedo o fatiga deben ser reconocidos por los profesionales; la duración y la frecuencia de las sesiones deben ser compatibles con las características individuales del animal. La selección no puede basarse únicamente en la obediencia, sino que debe incluir el temperamento, la capacidad de recuperación, la salud y la respuesta al contexto clínico.
La calidad de una IAA también exige proteger al animal como sujeto implicado en la intervención. La selección, la idoneidad sanitaria y conductual, los tiempos de trabajo, las pausas, la posibilidad de alejarse y el reconocimiento de los signos de estrés deben ser gestionados por profesionales competentes, con supervisión veterinaria según el modelo previsto por las directrices nacionales. Un animal cansado, asustado o forzado a interactuar reduce la calidad clínica y aumenta el riesgo de incidentes. El bienestar animal no es, por tanto, un elemento accesorio, sino una condición de seguridad y adecuación, junto con la higiene, la trazabilidad, la formación del equipo y la documentación de los objetivos terapéuticos.
Las Intervenciones Asistidas con Animales pueden tener valor como componente complementario de la atención, sobre todo cuando el objetivo es reducir el aislamiento, aumentar la participación o apoyar a personas mayores y frágiles. La evidencia sobre la reducción de los síntomas depresivos es prometedora, pero no suficientemente uniforme para considerarlas equivalentes a tratamientos antidepresivos consolidados.
La elección debe ser individual y el beneficio debe verificarse a lo largo del tiempo. No hay razón para proponer IAA a quienes no desean el contacto con animales, ni para utilizar la popularidad de la “pet therapy” como justificación científica. La calidad depende de la correcta clasificación de la intervención, la competencia del equipo, la protección del animal, la gestión de los riesgos y la medición de resultados clínicamente relevantes.
Cuando se utiliza, la TAA debería tener objetivos finales coherentes con el proyecto: reducción de los síntomas, aumento de la participación, disminución del aislamiento o mejora de funciones específicas, evaluados con instrumentos clínicos y observacionales apropiados. El beneficio debe interpretarse en el contexto del tratamiento global y de la historia natural de la depresión. No existen datos que permitan considerar las IAA equivalentes a psicoterapias validadas, antidepresivos o técnicas de neuromodulación en las formas mayores. Su valor es sobre todo el de una intervención complementaria personalizada, potencialmente útil para pacientes y contextos seleccionados, pero no generalizable a cualquier persona a la que le gusten los animales.
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