La depresión no posee una única causa bioquímica identificable. Los conocimientos contemporáneos describen, en cambio, una patogenia multifactorial y multiescala, en la que la predisposición genética, el desarrollo, las experiencias ambientales, la respuesta al estrés, la neurotransmisión, la plasticidad sináptica, los sistemas inmunitarios y metabólicos, los ritmos circadianos y la organización funcional de las redes cerebrales pueden interactuar en combinaciones diferentes.
La mayor parte de la evidencia biológica más sólida se refiere al trastorno depresivo mayor, pero los estudios utilizan poblaciones, definiciones diagnósticas y fenotipos que no siempre se solapan perfectamente. Por este motivo, los hallazgos identificados en la investigación no deben generalizarse automáticamente a todas las formas de depresión ni interpretarse como alteraciones necesariamente presentes en cada paciente.
De hecho, un mismo diagnóstico clínico puede alcanzarse a través de combinaciones sintomáticas muy diferentes. Dos pacientes que cumplen los criterios de un episodio depresivo mayor pueden diferir en anhedonia, ansiedad, insomnio o hipersomnia, enlentecimiento o agitación psicomotora, apetito, cognición, características psicóticas, respuesta al estrés y comorbilidades. Esta heterogeneidad fenotípica es coherente con la ausencia de una única alteración neurobiológica común a todos los casos.
Las teorías formuladas a lo largo del siglo XX tendían, en cambio, a buscar una disfunción dominante. La más influyente fue la hipótesis monoaminérgica, según la cual la depresión derivaría de una actividad insuficiente de serotonina, noradrenalina o dopamina. Posteriormente se propusieron modelos centrados en el eje hipotálamo-hipófisis-suprarrenal, el BDNF, la inflamación, el glutamato y la neuroplasticidad. Ninguno de estos modelos, considerado de forma aislada, explica el trastorno en su totalidad.
El modelo actual no niega la participación de estos sistemas, sino que los sitúa dentro de una red causal compleja. Una alteración observada durante un episodio puede representar una vulnerabilidad preexistente, una consecuencia del estrés o de la enfermedad, un mecanismo que contribuye al mantenimiento de los síntomas, el efecto de fármacos o comorbilidades, o una combinación de estos factores. Por tanto, demostrar una asociación biológica no equivale a demostrar causalidad.
La respuesta a los tratamientos también debe interpretarse con cautela. El hecho de que un antidepresivo modifique un determinado sistema de neurotransmisión y reduzca los síntomas no demuestra que el trastorno estuviera originariamente causado por un déficit de ese sistema, del mismo modo que la eficacia del ácido acetilsalicílico sobre el dolor no implica que el dolor esté causado por una carencia del fármaco. Sin embargo, la farmacología puede identificar circuitos y procesos biológicos susceptibles de modulación terapéutica.
Además, es fundamental distinguir los resultados obtenidos a nivel de grupo de su aplicabilidad individual. Las diferencias medias de cortisol, citocinas, volumen hipocampal, actividad estriatal o BDNF pueden ser estadísticamente significativas entre grandes grupos de pacientes y controles y, aun así, mostrar un solapamiento sustancial entre las distribuciones. Una diferencia media de este tipo no constituye automáticamente un biomarcador diagnóstico.
A la luz de la evidencia actual, la depresión puede interpretarse como un trastorno de la regulación adaptativa de sistemas que integran emoción, recompensa, motivación, cognición, respuesta al estrés, sueño y conducta. Los mecanismos descritos en los apartados siguientes representan niveles complementarios de esta arquitectura y no teorías mutuamente excluyentes.
El componente genético del trastorno depresivo mayor está documentado por estudios familiares y de gemelos, pero no sigue un modelo mendeliano. Las estimaciones obtenidas en estudios de gemelos sugieren una heredabilidad moderada, generalmente del orden del 30-40%, lo que indica que una parte importante de la variabilidad en la susceptibilidad depende de factores no genéticos y de sus interacciones con el patrimonio hereditario.
Los modernos estudios genome-wide han modificado radicalmente la concepción de la predisposición biológica. No existe un único «gen de la depresión»: el riesgo es altamente poligénico y deriva de la contribución de muchísimas variantes comunes, cada una asociada individualmente a un incremento extremadamente pequeño de la probabilidad de enfermedad.
El gran estudio trans-ancestry publicado en 2025 por el Psychiatric Genomics Consortium, que incluyó cientos de miles de personas con depresión y millones de controles procedentes de numerosas poblaciones, identificó cientos de asociaciones genómicas independientes distribuidas en cientos de loci. El resultado refuerza la idea de que la depresión surge de una red de procesos biológicos y no de una única anomalía molecular.
Los genes implicados por los estudios genómicos convergen principalmente en procesos expresados en el sistema nervioso central, incluidas funciones neuronales, desarrollo, señalización intracelular y organización sináptica. Sin embargo, esto no significa que cada locus identificado tenga ya una función causal definida: una asociación genome-wide localiza una región estadísticamente relacionada con el fenotipo y requiere posteriores estudios funcionales para identificar las variantes, los genes y los mecanismos efectivamente responsables.
Los polygenic risk scores agregan el efecto de numerosas variantes y pueden cuantificar una parte de la predisposición genética a nivel de investigación. Sin embargo, su capacidad discriminativa individual sigue siendo insuficiente para diagnosticar el trastorno o predecir con precisión su aparición. El rendimiento también está influido por la población ancestral en la que se construyeron y por las diferencias entre las definiciones fenotípicas utilizadas en los distintos estudios.
La predisposición genética interactúa con el ambiente a lo largo de toda la vida. El maltrato infantil, las adversidades tempranas, los acontecimientos estresantes, la violencia, el aislamiento social, las dificultades económicas y el estrés crónico se asocian a un mayor riesgo depresivo. La asociación es probabilística: la mayoría de las personas expuestas a un único acontecimiento adverso no desarrolla necesariamente un trastorno depresivo y una depresión mayor puede aparecer incluso sin un acontecimiento precipitante claramente reconocible.
La relación entre genes y ambiente es más compleja que el modelo en el que una única variante genética aumenta específicamente la sensibilidad al estrés. El caso más conocido es el polimorfismo del transportador de serotonina, 5-HTTLPR, inicialmente propuesto como moderador del efecto de los acontecimientos estresantes. Estudios posteriores y metaanálisis han producido resultados inconsistentes, mostrando las limitaciones de las interacciones simples gen-ambiente basadas en polimorfismos candidatos individuales.
Un nivel adicional está representado por la epigenética. La metilación del ADN, las modificaciones de las histonas, la regulación de la cromatina y los ARN no codificantes pueden modular la expresión génica sin modificar la secuencia del ADN. El estrés y otras exposiciones ambientales pueden modificar estos procesos en modelos experimentales, ofreciendo un mecanismo biológicamente plausible mediante el cual las experiencias ambientales pueden dejar efectos moleculares persistentes.
Sin embargo, en humanos la interpretación de los datos epigenéticos es compleja. Muchos estudios utilizan sangre u otros tejidos periféricos, mientras que las modificaciones epigenéticas dependen en gran medida del tipo celular. Una diferencia detectada en leucocitos no puede considerarse automáticamente representativa de la corteza prefrontal, el hipocampo u otras estructuras cerebrales.
Además, los fármacos, el tabaquismo, la dieta, la actividad física, la obesidad, el sueño, la edad y numerosas enfermedades médicas pueden modificar el epigenoma. Por tanto, no siempre es posible establecer si una diferencia observada precede a la depresión, es consecuencia del episodio o es efecto de exposiciones asociadas a la enfermedad.
El modelo genético contemporáneo es, por tanto, un modelo de susceptibilidad distribuida. El genoma contribuye a determinar la probabilidad de que determinados sistemas neurobiológicos reaccionen al desarrollo y al ambiente de una determinada manera, pero no codifica directamente un destino clínico inevitable.
Este enfoque también permite comprender por qué una misma exposición ambiental puede producir resultados diferentes en distintas personas y por qué combinaciones diferentes de predisposición y experiencia pueden converger en cuadros depresivos clínicamente similares.
La hipótesis monoaminérgica representa el modelo bioquímico histórico más conocido de la depresión. Surgió en la década de 1960 a partir de observaciones sobre los efectos de fármacos que modificaban la transmisión de las monoaminas y del posterior desarrollo de los antidepresivos tricíclicos y los inhibidores de la monoaminooxidasa.
La formulación original proponía que la depresión estaba determinada por una actividad funcional insuficiente de noradrenalina, serotonina o ambas a nivel de las sinapsis cerebrales. El posterior desarrollo de los inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina contribuyó a difundir la idea de un déficit serotoninérgico, a menudo simplificado en la comunicación no especializada como un «desequilibrio químico».
Esta representación no está respaldada por la evidencia contemporánea. No se ha demostrado una reducción uniforme de la cantidad de serotonina cerebral en los pacientes deprimidos y no existe un valor de serotonina, de su metabolito 5-HIAA ni de otros parámetros del sistema serotoninérgico que distinga de forma fiable a las personas con trastorno depresivo mayor de aquellas sin depresión.
Los estudios sobre metabolitos monoaminérgicos en líquido cefalorraquídeo, sangre u orina han producido resultados heterogéneos. Además, las concentraciones periféricas no representan necesariamente la disponibilidad del neurotransmisor en las sinapsis cerebrales específicas que participan en la regulación del estado de ánimo.
Se ha prestado especial atención al 5-HIAA, principal metabolito de la serotonina. En algunos estudios, unas concentraciones reducidas en líquido cefalorraquídeo se han asociado sobre todo a dimensiones como la impulsividad y la conducta suicida, pero el hallazgo no es suficientemente específico ni reproducible para diagnosticar depresión o cuantificar el riesgo suicida de un individuo.
Otro argumento contra el modelo de simple déficit sináptico deriva de la diferente escala temporal entre los efectos farmacológicos y los clínicos. Los ISRS inhiben rápidamente el transportador de serotonina, produciendo cambios neuroquímicos ya en las primeras fases del tratamiento, mientras que la respuesta clínica completa suele desarrollarse a una escala temporal mucho más prolongada.
Este intervalo ha llevado a plantear que el efecto antidepresivo depende sobre todo de adaptaciones progresivas posteriores a la variación inicial de la neurotransmisión: los cambios en receptores, la señalización intracelular, la expresión génica, la plasticidad sináptica y la reorganización funcional de los circuitos pueden ser más relevantes que la simple cantidad de monoamina presente en el espacio sináptico.
La transmisión serotoninérgica sigue siendo, en cualquier caso, biológicamente importante. Las neuronas serotoninérgicas del rafe proyectan de forma difusa hacia la corteza, las estructuras límbicas, el hipotálamo y otras regiones, modulando el procesamiento emocional, la respuesta a los estímulos, el apetito, el sueño, la conducta social y muchas otras funciones. Por tanto, afirmar que la depresión no está causada por una simple carencia de serotonina no equivale a sostener que la serotonina sea irrelevante.
De forma análoga, la noradrenalina producida principalmente por las neuronas del locus coeruleus modula el arousal, la atención, la respuesta a estímulos salientes y la adaptación al estrés. Se han descrito alteraciones del sistema noradrenérgico en subgrupos de pacientes y este sistema constituye una diana terapéutica de los antidepresivos noradrenérgicos y serotoninérgico-noradrenérgicos, sin que ello identifique un déficit noradrenérgico universal.
La respuesta crónica a los antidepresivos incluye adaptaciones de autorreceptores y receptores postsinápticos, cambios en la actividad de los circuitos monoaminérgicos e interacciones con glutamato, GABA, BDNF y sistemas del estrés. La dirección de estas adaptaciones varía en función de la clase farmacológica y no puede condensarse en una única secuencia de receptores común a todos los antidepresivos.
Por tanto, la teoría monoaminérgica conserva un valor histórico y farmacológico, pero no constituye una explicación etiológica completa. Los sistemas serotoninérgico y noradrenérgico se interpretan mejor como moduladores de redes cerebrales que participan en la depresión junto con numerosos otros sistemas moleculares y de circuitos.
Este cambio de perspectiva también permite evitar un error frecuente: de la eficacia de los antidepresivos monoaminérgicos no se deduce lógicamente que el trastorno esté provocado por una carencia de las sustancias que dichos fármacos modulan. La eficacia terapéutica demuestra, más bien, que intervenir sobre estos sistemas puede modificar un estado patológico complejo.
El sistema dopaminérgico es especialmente relevante para comprender algunos dominios sintomáticos de la depresión, sobre todo la anhedonia, la disminución de la motivación, la pérdida de iniciativa y las alteraciones del aprendizaje basado en la recompensa. También en este caso, sin embargo, no se ha demostrado una simple y uniforme «carencia de dopamina».
Las neuronas dopaminérgicas del área tegmental ventral proyectan hacia el núcleo accumbens, el estriado, la corteza prefrontal y otras estructuras, formando un componente central de los circuitos mesocorticolímbicos de la recompensa. Estos sistemas participan en la anticipación de la recompensa, la motivación necesaria para obtenerla, el aprendizaje asociativo y la modulación de la saliencia de los estímulos.
La anhedonia no constituye un fenómeno unitario. Es posible distinguir al menos la capacidad de anticipar una recompensa, la motivación para realizar un esfuerzo con el fin de obtenerla, la experiencia hedónica durante el consumo y el aprendizaje derivado del resultado. Estos componentes implican circuitos parcialmente diferentes y pueden alterarse en distinto grado en cada paciente.
Los estudios de neuroimagen funcional muestran, a nivel de grupo, una respuesta reducida de componentes del estriado y de regiones cinguladas durante algunas fases del procesamiento de la recompensa. Metaanálisis recientes confirman alteraciones tanto en la anticipación como en la recepción de recompensas, aunque muestran diferencias relacionadas con la naturaleza del estímulo y el paradigma experimental utilizado.
Estos resultados proporcionan una base neurobiológica plausible para síntomas como la pérdida de interés y la disminución de la motivación, pero no permiten deducir que todos los pacientes con anhedonia presenten la misma alteración dopaminérgica ni que una única prueba de neuroimagen pueda medir directamente la gravedad de la anhedonia clínica.
Históricamente también se han estudiado metabolitos de la dopamina, especialmente el ácido homovanílico o HVA. Algunos estudios han detectado concentraciones reducidas en el líquido cefalorraquídeo de subgrupos de pacientes, mientras que otros no han confirmado el hallazgo. La variabilidad metodológica y biológica impide utilizar el HVA para diagnosticar la depresión o identificar subtipos clínicos.
Por tanto, el HVA no debe interpretarse como una «medición de la dopamina cerebral». La concentración en el líquido cefalorraquídeo refleja el metabolismo dopaminérgico global a través de procesos complejos y no proporciona una medida selectiva de la actividad de las sinapsis mesolímbicas relevantes para la motivación.
Las observaciones clínicas procedentes de la enfermedad de Parkinson y del uso de fármacos que modifican la dopamina también han contribuido al interés por este sistema. La depresión es frecuente en la enfermedad de Parkinson, pero la relación incluye neurodegeneración, participación de sistemas no dopaminérgicos, discapacidad, inflamación, trastornos del sueño y otros factores. Por tanto, no puede utilizarse como demostración de un mecanismo dopaminérgico único.
Algunos antidepresivos, como el bupropión, modifican la transmisión dopaminérgica y noradrenérgica, mientras que determinadas estrategias de potenciación farmacológica implican indirectamente receptores dopaminérgicos. Estas evidencias respaldan la relevancia terapéutica del sistema sin definir una alteración causal específica común.
La dopamina también interactúa con glutamato, GABA, serotonina, opioides endógenos y numerosos neuropéptidos dentro de los circuitos de recompensa. La función del sistema no depende únicamente de la cantidad de dopamina liberada, sino también de la temporización de la señal, los distintos receptores, el contexto del circuito y la experiencia previa.
Por esta razón, el modelo contemporáneo de la anhedonia es principalmente circuital y computacional: la depresión puede modificar la forma en que el cerebro atribuye valor a las recompensas, aprende de los resultados y decide cuánto esfuerzo invertir para obtener un posible beneficio.
La fisiopatología dopaminérgica constituye, por tanto, un elemento importante pero no autónomo de la depresión. Su mayor utilidad conceptual reside en explicar dimensiones clínicas específicas más que en definir un único mecanismo responsable de todo el trastorno depresivo.
El descubrimiento de los rápidos efectos antidepresivos de la ketamina contribuyó a desplazar la atención desde los sistemas exclusivamente monoaminérgicos hacia la neurotransmisión glutamatérgica y los mecanismos de plasticidad sináptica. El glutamato es el principal neurotransmisor excitador del sistema nervioso central y actúa a través de receptores ionotrópicos y metabotrópicos distribuidos por gran parte de las redes cerebrales.
Entre los receptores ionotrópicos, los receptores NMDA y AMPA desempeñan un papel fundamental en la transmisión excitadora y en los fenómenos de plasticidad. La relación entre la actividad NMDA y AMPA, la localización sináptica y extrasináptica de los receptores, la función de las interneuronas y el reciclaje glutamato-glutamina contribuyen a regular la excitabilidad y la estabilidad de las redes.
No se ha identificado una simple concentración de glutamato «demasiado alta» o «demasiado baja» característica de la depresión. Los estudios mediante espectroscopia por resonancia magnética y otras técnicas han mostrado diferencias variables entre regiones cerebrales y poblaciones clínicas. Su significado depende de la localización, la fase de la enfermedad, el tratamiento, la edad y la metodología.
Los modelos experimentales de estrés crónico muestran modificaciones de la estructura dendrítica y de las sinapsis en regiones como la corteza prefrontal y el hipocampo. Estos datos han contribuido a la hipótesis de que una carga persistente de estrés puede comprometer la capacidad de los circuitos para adaptarse y remodelarse en respuesta a la experiencia.
La ketamina, antagonista de los receptores NMDA, puede producir efectos antidepresivos mucho más rápidamente que los antidepresivos monoaminérgicos tradicionales en pacientes seleccionados. Numerosos modelos experimentales atribuyen este efecto a una rápida reorganización de la transmisión glutamatérgica, al aumento relativo de la señalización AMPA y a la activación de vías intracelulares implicadas en la formación y estabilización de las sinapsis.
Entre estas vías se han estudiado la cascada BDNF-TrkB, mTORC1, ERK, Akt y otros sistemas de señalización. En modelos animales, la activación de estas vías puede favorecer la síntesis proteica, la formación de espinas dendríticas y la recuperación de la conectividad sináptica alterada por el estrés.
Sin embargo, la traslación a humanos requiere cautela. El rápido efecto clínico de la ketamina demuestra que modular la transmisión glutamatérgica puede modificar rápidamente los síntomas depresivos, pero no demuestra que el trastorno esté causado en todos los pacientes por un déficit de mTOR, BDNF o sinaptogénesis.
También se ha estudiado en la depresión el principal neurotransmisor inhibidor, el GABA. Algunas investigaciones mediante espectroscopia y análisis neuroquímicos han descrito alteraciones de la transmisión GABAérgica, pero los resultados son heterogéneos y dependen de la región estudiada y del subtipo clínico.
El equilibrio funcional entre excitación glutamatérgica e inhibición GABAérgica es esencial para el funcionamiento de las redes corticales. Las alteraciones de las interneuronas GABAérgicas pueden modificar la sincronización de los circuitos e influir indirectamente en la liberación de glutamato y la plasticidad, pero no se dispone de un parámetro clínico capaz de medir este equilibrio en un paciente individual.
Los modelos de plasticidad atribuyen un papel central al brain-derived neurotrophic factor, BDNF, una neurotrofina implicada en la supervivencia neuronal, la maduración de las sinapsis y la plasticidad dependiente de la actividad. El estrés y los antidepresivos modifican la expresión del BDNF en numerosos modelos experimentales.
Los metaanálisis han observado concentraciones séricas medias de BDNF inferiores en pacientes deprimidos que en controles y cambios asociados al tratamiento. Sin embargo, el BDNF circulante procede de múltiples fuentes, está influido por las plaquetas, la actividad física, el metabolismo, la edad y la metodología analítica y no representa una medida directa de la concentración de BDNF en las estructuras cerebrales.
De forma similar, la variante Val66Met del gen BDNF puede influir en el transporte y la secreción dependiente de la actividad de la proteína, pero las asociaciones con el riesgo de depresión y la respuesta terapéutica son insuficientes para permitir predicciones clínicas fiables en un individuo.
La neurogénesis hipocampal adulta ha sido ampliamente estudiada en modelos animales. Algunos antidepresivos aumentan la neurogénesis y determinados experimentos sugieren que este fenómeno contribuye a efectos conductuales específicos. En humanos, sin embargo, la magnitud de la neurogénesis hipocampal adulta y su papel causal en la depresión siguen siendo objeto de debate y no pueden utilizarse como una explicación clínica establecida.
Por tanto, el concepto actualmente más sólido es el de plasticidad sináptica y de red, más que el de simple neurogénesis. El estrés, los neurotransmisores, los factores tróficos, la inflamación y el metabolismo pueden converger en la capacidad de las sinapsis para modificar eficazmente su fuerza y organización.
Esta convergencia explica por qué la plasticidad constituye uno de los principales puentes entre los distintos modelos patogénicos. Sistemas aparentemente diferentes, como el cortisol, la serotonina, el glutamato y las citocinas, pueden modificar de distintas maneras la excitabilidad neuronal, la expresión génica y la organización de las conexiones sinápticas.
La relación entre depresión y estrés ha llevado a estudiar intensamente el eje hipotálamo-hipófisis-suprarrenal, o HPA, principal sistema neuroendocrino de respuesta a los estresores. La activación del eje comienza con la liberación hipotalámica de CRH y vasopresina, que estimulan la secreción hipofisaria de ACTH y posteriormente la producción de cortisol por la corteza suprarrenal.
El cortisol ejerce retroalimentación sobre los receptores glucocorticoides y mineralocorticoides presentes en numerosas regiones cerebrales, incluidas estructuras implicadas en la regulación emocional y cognitiva. En condiciones fisiológicas, este sistema permite adaptar el metabolismo, la conducta y las funciones cardiovasculares e inmunitarias a las demandas del ambiente.
En algunos pacientes deprimidos se han descrito alteraciones de la secreción de cortisol, el ritmo circadiano, la respuesta al despertar y la retroalimentación glucocorticoide. Las anomalías son más evidentes en determinados fenotipos clínicos, pero no están presentes en todos los pacientes y su dirección no es uniforme.
Las formas melancólicas y psicóticas se han asociado con frecuencia a una mayor actividad del eje HPA, mientras que otros fenotipos pueden mostrar patrones distintos. Esto contribuye a explicar por qué los estudios que tratan el trastorno depresivo mayor como una entidad biológicamente homogénea producen resultados aparentemente discordantes.
La prueba de supresión con dexametasona tuvo una gran importancia histórica. La dexametasona debería suprimir la secreción de ACTH y cortisol mediante la retroalimentación glucocorticoide; una proporción de pacientes con depresión grave muestra una supresión incompleta. Sin embargo, la sensibilidad y la especificidad son insuficientes y la prueba no se utiliza para diagnosticar el trastorno depresivo mayor.
Las mediciones aisladas de cortisol tampoco tienen valor diagnóstico. La secreción varía con la hora del día, el despertar, el sueño, la actividad física, los fármacos, los anticonceptivos, la obesidad, el tabaquismo, las enfermedades físicas y muchos otros factores. Además, existe una marcada variabilidad interindividual fisiológica.
La exposición prolongada a glucocorticoides puede modificar la plasticidad sináptica, el metabolismo, la función inmunitaria y la memoria en modelos experimentales. El hipocampo, la corteza prefrontal y la amígdala son especialmente sensibles a los mediadores del estrés y participan, a su vez, en la regulación de la respuesta endocrina.
Sin embargo, no es correcto describir la depresión humana mediante una cadena invariable en la que el estrés causaría hipercortisolemia, la hipercortisolemia reduciría el BDNF y esto provocaría inevitablemente atrofia neuronal. Cada paso de esta secuencia presenta heterogeneidad, bidireccionalidad y numerosos factores moduladores.
El concepto de carga alostática ofrece un modelo más adecuado. Una respuesta al estrés útil a corto plazo puede convertirse en biológicamente costosa cuando se activa repetidamente o no logra desactivarse correctamente. Los sistemas neuroendocrinos, autonómicos, inmunitarios y metabólicos quedan así expuestos a una regulación persistente que puede aumentar la vulnerabilidad tanto a trastornos psiquiátricos como físicos.
Los efectos del estrés también dependen del momento de la vida en que se produce la exposición. Las adversidades tempranas pueden interactuar con fases sensibles del desarrollo cerebral y con la maduración de los sistemas del estrés, mientras que los estresores de la edad adulta actúan sobre circuitos ya desarrollados. Esto contribuye a la diferente vulnerabilidad individual.
El estrés y la depresión también presentan una relación bidireccional. Un acontecimiento adverso puede preceder al episodio, pero la propia depresión puede aumentar la conflictividad, el aislamiento, las dificultades laborales y los problemas de salud, generando nuevos estresores y manteniendo un circuito de refuerzo recíproco.
Por tanto, el eje HPA debe interpretarse como uno de los principales sistemas de integración entre ambiente y cerebro, no como una prueba diagnóstica ni como un mecanismo universal. Su importancia reside principalmente en la conexión entre exposición al estrés, adaptación neuroendocrina, inmunidad, metabolismo y plasticidad cerebral.
Numerosas investigaciones han documentado una asociación entre depresión y activación inmunitaria. Los metaanálisis de estudios de casos y controles muestran diferencias medias en diversos mediadores periféricos, entre ellos la proteína C reactiva, la interleucina 6 y otras citocinas. Sin embargo, la magnitud de los efectos es modesta y extremadamente heterogénea.
Por tanto, no es correcto afirmar que la depresión sea universalmente una «enfermedad inflamatoria». Una proporción de pacientes presenta un fenotipo asociado a mayor actividad inflamatoria, mientras que muchos otros no muestran alteraciones significativas. Además, la inflamación puede ser secundaria o verse amplificada por obesidad, tabaquismo, inactividad física, trastornos del sueño, infecciones, enfermedades crónicas y fármacos.
Los mediadores inmunitarios periféricos pueden comunicarse con el sistema nervioso central a través de diferentes vías, incluidas señales vagales, endoteliales y humorales. Las citocinas pueden modificar la actividad microglial, el metabolismo, la neurotransmisión y la respuesta al estrés, creando posibles interacciones entre inmunidad y circuitos cerebrales.
La importancia biológica del sistema inmunitario también se demuestra en condiciones en las que una intensa estimulación inflamatoria puede provocar síntomas depresivos. Las terapias inmunomoduladoras y algunas enfermedades inflamatorias pueden asociarse a manifestaciones afectivas, pero estas condiciones representan modelos específicos y no demuestran que todos los episodios depresivos tengan el mismo origen inmunitario.
Una de las principales interfaces entre inmunidad y neurotransmisión es el metabolismo del triptófano. Este aminoácido puede utilizarse para la síntesis de serotonina o metabolizarse a través de la vía de la quinurenina. Enzimas reguladas también por señales inflamatorias pueden aumentar el flujo hacia la formación de quinurenina.
Posteriormente, la quinurenina se metaboliza en diversos compuestos biológicamente activos. Entre ellos, el ácido quinurénico y el ácido quinolínico ejercen efectos diferentes sobre la transmisión glutamatérgica; el segundo puede actuar sobre los receptores NMDA y posee propiedades neuroactivas que han impulsado el interés por esta vía en la depresión.
La división metabólica no se produce de la misma manera en todas las células. La microglía, los astrocitos y las células periféricas expresan enzimas diferentes de la vía de la quinurenina, por lo que la interpretación de las concentraciones plasmáticas no equivale a medir directamente el metabolismo dentro de circuitos cerebrales específicos.
También es una simplificación afirmar que la inflamación provoca depresión simplemente «consumiendo triptófano» y reduciendo la serotonina. El metabolismo de la quinurenina implica múltiples metabolitos con efectos distintos e interactúa con el glutamato, el estrés oxidativo, la función mitocondrial y la actividad inmunitaria.
La activación microglial se ha estudiado mediante tejidos post mortem, modelos animales y técnicas de imagen molecular. Los resultados sugieren cambios inmunitarios cerebrales en algunas condiciones, pero no demuestran un patrón microglial uniforme ni proporcionan actualmente un marcador utilizable en la práctica clínica.
Los astrocitos también participan en la fisiopatología potencial a través del control de la homeostasis iónica, el metabolismo energético, el soporte sináptico y el ciclo glutamato-glutamina. Se han descrito alteraciones gliales en distintos estudios, pero su significado causal y su distribución entre los diversos fenotipos depresivos siguen estando incompletamente definidos.
La inflamación y el estrés oxidativo pueden interactuar. Las especies reactivas de oxígeno y nitrógeno se producen normalmente durante el metabolismo celular y son neutralizadas por los sistemas antioxidantes; un desequilibrio persistente puede interferir con membranas, proteínas, ADN y función mitocondrial. Los biomarcadores de estrés oxidativo aparecen alterados en algunos estudios sobre depresión, pero no tienen valor diagnóstico.
También se ha propuesto que la inflamación contribuye especialmente a síntomas como anhedonia, fatiga y enlentecimiento, a través de efectos sobre los circuitos de recompensa y el metabolismo energético. Estas asociaciones son biológicamente plausibles y están respaldadas por algunos estudios, pero todavía no permiten definir un subtipo inflamatorio mediante un único valor de laboratorio.
Desde el punto de vista terapéutico, el interés por los antiinflamatorios no implica que sean tratamientos estándar de la depresión. Los resultados de los estudios son variables y la relación entre beneficio y riesgo depende del fármaco, la población y el grado de inflamación. La presencia de una PCR elevada no constituye por sí sola una indicación para iniciar un tratamiento antiinflamatorio antidepresivo.
La inmunología de la depresión representa, por tanto, un ejemplo especialmente claro de heterogeneidad biológica: un mecanismo puede ser importante en una subpoblación de pacientes sin ser necesario para definir todo el trastorno.
La depresión no se asocia a una lesión cerebral focal característica. Los estudios contemporáneos describen, más bien, cambios distribuidos en circuitos y redes funcionales implicados en la regulación emocional, la recompensa, el pensamiento autorreferencial, la saliencia de los estímulos y el control cognitivo.
Entre las regiones más estudiadas se encuentran la corteza prefrontal medial y dorsolateral, la corteza cingulada anterior, la corteza orbitofrontal, la ínsula, la amígdala, el hipocampo, el tálamo y el estriado. Estas estructuras no funcionan de forma aislada, sino que constituyen nodos de redes interconectadas.
Los análisis del consorcio ENIGMA han permitido estudiar miles de resonancias magnéticas con protocolos armonizados. En el trastorno depresivo mayor se han observado, a nivel de grupo, diferencias estructurales en algunas regiones corticales y subcorticales, incluido un volumen hipocampal medio inferior, particularmente evidente en determinadas poblaciones con depresión recurrente.
Sin embargo, la magnitud de los efectos estructurales suele ser pequeña y las distribuciones de pacientes y controles se solapan ampliamente. Por tanto, un paciente con depresión puede tener un volumen hipocampal perfectamente comprendido dentro del intervalo observado en la población sana y viceversa.
Los estudios corticales de ENIGMA han identificado diferencias medias de grosor o superficie en regiones como la corteza orbitofrontal, cingulada e insular, con patrones parcialmente diferentes en adultos y adolescentes. Tampoco estos hallazgos constituyen una huella anatómica diagnóstica.
La neuroimagen funcional ha desplazado la atención desde las estructuras individuales hacia la conectividad. Entre las redes más investigadas se encuentran la default mode network, la salience network y las redes frontoparietales de control cognitivo. En numerosos estudios se han comunicado alteraciones medias de la conectividad dentro de estas redes y entre ellas.
La default mode network incluye regiones especialmente activas durante pensamientos autorreferenciales y actividades mentales no orientadas directamente hacia un estímulo externo. Una regulación alterada de esta red se ha relacionado con la rumiación y con un procesamiento autorreferencial negativo excesivo, aunque sin constituir un mecanismo específico exclusivo de la depresión.
La salience network participa en la identificación de estímulos biológica y psicológicamente relevantes y en la transición entre el procesamiento interno y externo. Las redes frontoparietales contribuyen, en cambio, al control cognitivo, la memoria de trabajo y la regulación top-down de las respuestas emocionales.
Las regiones prefrontales y cinguladas interactúan con la amígdala y otras estructuras límbicas durante el procesamiento de los estímulos emocionales. En los grupos con depresión se han descrito respuestas diferentes a estímulos negativos y dificultades en la regulación de dichas respuestas, pero el patrón depende del paradigma experimental y de las características clínicas.
El estriado ventral y otros nodos de la red de recompensa muestran en diversos estudios una disminución de la activación durante la anticipación o la recepción de recompensas. Metaanálisis recientes respaldan la existencia de alteraciones medias de los circuitos mesocorticolímbicos, coherentes con la anhedonia y la reducción de la motivación.
Uno de los principales problemas es la notable heterogeneidad entre los estudios de neuroimagen. Los escáneres, las secuencias, el preprocessing, los análisis estadísticos, los fármacos, la duración de la enfermedad, la edad, los síntomas y las comorbilidades pueden modificar los resultados. Además, los estudios unicéntricos de pequeño tamaño presentan un riesgo elevado de sobreestimar los efectos.
Los grandes conjuntos de datos multisitio y los algoritmos de machine learning pueden reconocer patrones distribuidos con una precisión superior al azar en muestras de investigación. Sin embargo, esto no significa que ya exista una prueba diagnóstica de resonancia magnética: la generalización entre poblaciones, escáneres y contextos clínicos sigue siendo un obstáculo fundamental.
Por tanto, el principal valor de la neuroimagen es comprender cómo dimensiones clínicas específicas pueden surgir de la disfunción coordinada de redes. La anhedonia, la rumiación, las dificultades cognitivas y la desregulación emocional no tienen por qué atribuirse necesariamente al mismo circuito.
Esta perspectiva también constituye la base de la neuromodulación. Técnicas como la estimulación magnética transcraneal actúan sobre dianas corticales específicas y las redes conectadas con ellas, demostrando que la modulación de circuitos puede tener efectos clínicos. La eficacia de estas intervenciones refuerza el modelo de red, pero no identifica una única anomalía anatómica responsable del trastorno.
El sistema circadiano coordina las variaciones de las funciones biológicas a lo largo de las 24 horas mediante un marcapasos central localizado principalmente en el núcleo supraquiasmático del hipotálamo y osciladores periféricos presentes en numerosos tejidos. La luz, los horarios de sueño, la actividad, la alimentación y las interacciones sociales contribuyen a sincronizar el reloj biológico.
Las alteraciones del sueño se encuentran entre las manifestaciones más frecuentes de los episodios depresivos. Pueden aparecer insomnio de conciliación, despertares nocturnos, despertar precoz o hipersomnia. Sin embargo, los trastornos del sueño no representan únicamente un síntoma: el insomnio y la irregularidad de los ritmos también se asocian a un mayor riesgo posterior de depresión.
Los estudios mediante actigrafía y acelerometría muestran asociaciones entre el trastorno depresivo mayor y cambios integrados de sueño, actividad física y ritmo circadiano. Estos dominios son fuertemente interdependientes y no siempre es posible establecer qué alteración representa la causa y cuál la consecuencia del episodio.
El sistema circadiano también regula la secreción de cortisol y melatonina, la temperatura corporal, el metabolismo energético, la función inmunitaria y la neurotransmisión. Por tanto, una desincronización persistente puede influir simultáneamente en varios sistemas implicados en la fisiopatología depresiva.
La depresión con patrón estacional constituye uno de los ejemplos clínicos más evidentes de la relación entre fotoperiodo, ritmos biológicos y estado de ánimo. La eficacia de la fototerapia en este contexto proporciona una demostración adicional de la importancia funcional de los sistemas circadianos, sin implicar que toda depresión esté causada por un trastorno del reloj biológico.
Se han estudiado variantes de los genes del reloj circadiano y alteraciones de la expresión de genes rítmicos, pero no existe un perfil molecular circadiano utilizable para diagnosticar la depresión. Además, los ritmos biológicos pueden modificarse profundamente por la conducta, el trabajo a turnos, la exposición a la luz, los fármacos y los hábitos sociales.
Otra área de investigación se refiere al metabolismo energético y las mitocondrias. Las mitocondrias producen ATP, regulan señales redox, el metabolismo del calcio y procesos apoptóticos e interactúan con el estrés y la inmunidad. Se han descrito diferencias en parámetros mitocondriales en los trastornos del estado de ánimo, pero los resultados son heterogéneos.
Los estudios sobre el número de copias del ADN mitocondrial en sangre, por ejemplo, no han identificado un patrón suficientemente estable como para convertirse en un biomarcador clínico. Los parámetros periféricos también pueden reflejar la composición celular, la inflamación, la edad, los fármacos y muchas otras condiciones.
Las alteraciones metabólicas sistémicas son frecuentes en pacientes con depresión, y la depresión, la obesidad, la diabetes y las enfermedades cardiovasculares presentan asociaciones bidireccionales. La resistencia a la insulina, las adipocinas, la inflamación y el estilo de vida pueden crear conexiones biológicas, pero no existe un único fenotipo metabólico depresivo.
También es objeto de intensa investigación el eje microbiota-intestino-cerebro. La microbiota intestinal puede influir en el metabolismo de nutrientes, la producción de metabolitos, la barrera intestinal, el sistema inmunitario, el nervio vago y el metabolismo de precursores neuroactivos. Estudios observacionales han descrito diferencias en la composición microbiana entre grupos con depresión y controles.
Estas diferencias deben interpretarse con especial cautela porque la dieta, los fármacos, la geografía, la edad, el índice de masa corporal, el tránsito intestinal y numerosos factores ambientales modifican profundamente el microbioma. Las asociaciones observadas en humanos no demuestran que una determinada composición microbiana cause el trastorno depresivo mayor.
Los experimentos de transferencia de microbiota en animales y los estudios con probióticos constituyen herramientas de investigación interesantes, pero actualmente no existe una prueba de microbiota capaz de diagnosticar depresión o seleccionar una terapia individual validada a partir de un perfil bacteriano específico.
La nutrición y la actividad física también pueden interactuar con muchas de las vías descritas, incluidas la inflamación, el metabolismo, el BDNF, la función vascular y la microbiota. Estos mecanismos probablemente contribuyan a las relaciones bidireccionales entre salud física y salud mental, pero resultan difíciles de aislar en una única cadena causal.
Otros sistemas objeto de estudio incluyen la señalización endocannabinoide, opioide, colinérgica y orexinérgica y diversos neuropéptidos. Algunos podrían contribuir a dimensiones sintomáticas específicas o convertirse en dianas terapéuticas, pero su papel aún no está suficientemente definido para integrarlos en un modelo clínico diagnóstico.
Por tanto, los mecanismos emergentes deben evaluarse en función de la solidez de las pruebas y no únicamente de su plausibilidad biológica. La historia de la investigación sobre la depresión demuestra que muchas asociaciones inicialmente prometedoras no han mantenido la misma fuerza al replicarse en poblaciones más grandes y con metodologías más rigurosas.
A pesar de décadas de investigación, actualmente no existe ningún biomarcador diagnóstico aprobado capaz de confirmar o excluir el trastorno depresivo mayor en un paciente individual. El diagnóstico sigue siendo clínico y se basa en los síntomas, la duración, el deterioro funcional, la evolución longitudinal y la exclusión de los diagnósticos alternativos pertinentes.
Este principio se aplica tanto a los parámetros históricos como a los más modernos. 5-HIAA, HVA, noradrenalina, cortisol, prueba de dexametasona, BDNF, PCR, interleucinas y metabolitos de la quinurenina pueden proporcionar información de investigación, pero ninguno posee el rendimiento necesario para diagnosticar la depresión en la práctica clínica.
La misma consideración se aplica a la genética y la epigenética. El riesgo poligénico puede estar estadísticamente asociado a la depresión en grandes poblaciones, pero presenta un solapamiento muy amplio entre personas afectadas y no afectadas y no identifica de forma determinista quién desarrollará el trastorno.
La neuroimagen estructural y funcional muestra diferencias reproducibles en algunos grandes estudios, pero los effect size individuales son generalmente insuficientes. La resonancia magnética se utiliza en la valoración de un paciente con depresión cuando existe una indicación clínica para buscar una enfermedad neurológica o estructural, no para demostrar la presencia de la propia depresión.
Incluso la combinación de múltiples parámetros mediante algoritmos de machine learning no ha producido todavía una prueba suficientemente validada y generalizable para sustituir el diagnóstico clínico. Un modelo puede lograr un buen rendimiento en el dataset en el que se desarrolló y reducir significativamente su precisión cuando se aplica a centros, poblaciones o prevalencias diferentes.
Una de las razones fundamentales es la heterogeneidad biológica del diagnóstico. Si fenotipos diferentes comparten la misma etiqueta nosológica, es improbable que un único biomarcador esté alterado del mismo modo en todos los pacientes. Por tanto, los enfoques futuros podrían centrarse en mayor medida en dimensiones sintomáticas, subtipos biológicos o combinaciones multimodales.
La ausencia de un biomarcador diagnóstico no implica que la depresión carezca de una base biológica. Significa que su biología es distribuida, dinámica y se solapa en gran medida con la variabilidad humana normal y con otros trastornos psiquiátricos. De hecho, muchos de los sistemas implicados en la depresión son sistemas fisiológicos normales cuya regulación puede alterarse cuantitativamente o en función del contexto.
Por tanto, el modelo patogénico más coherente con la evidencia contemporánea parte de la vulnerabilidad. Un patrimonio poligénico y las experiencias del desarrollo contribuyen a determinar cómo los circuitos cerebrales, el eje del estrés, el sistema inmunitario y el metabolismo responden a acontecimientos posteriores.
Los estresores psicológicos o biológicos pueden modificar el HPA, el sueño, la actividad autonómica, la inflamación y la conducta. Estos cambios pueden, a su vez, alterar la neurotransmisión, el metabolismo energético y la plasticidad de las sinapsis. La persistencia de estas modificaciones puede alterar el funcionamiento de las redes implicadas en la recompensa, el control cognitivo y el procesamiento emocional.
El resultado clínico puede manifestarse como anhedonia, estado de ánimo deprimido, rumiación, dificultades cognitivas, alteraciones psicomotoras y síntomas neurovegetativos. Sin embargo, la combinación concreta varía de un individuo a otro porque también varía la combinación de mecanismos biológicos y psicológicos que contribuyen al cuadro.
Una vez aparecido el episodio, los síntomas pueden, a su vez, modificar los sistemas que contribuyeron a la vulnerabilidad. El insomnio, el aislamiento, la inactividad, las alteraciones de la alimentación, el consumo de sustancias y el estrés social pueden alimentar aún más las disfunciones circadianas, metabólicas e inmunitarias, creando circuitos de mantenimiento.
La respuesta terapéutica puede interrumpir estos circuitos a diferentes niveles. La psicoterapia modifica procesos cognitivos, conductuales y emocionales y se asocia a cambios funcionales de las redes; los antidepresivos actúan inicialmente sobre dianas moleculares específicas, pero producen adaptaciones progresivas; la ketamina influye rápidamente en la transmisión glutamatérgica y la plasticidad; la neuromodulación interviene directamente sobre la actividad de los circuitos cerebrales.
El hecho de que tratamientos biológicamente diferentes puedan producir remisión es coherente con la existencia de múltiples vías de acceso al mismo sistema patológico. Por tanto, no es necesario plantear que todos los tratamientos corrijan una única anomalía bioquímica fundamental.
Este enfoque también explica por qué la medicina de precisión en psiquiatría sigue siendo un objetivo y no una realidad plenamente alcanzada. Identificar combinaciones fiables de características clínicas, genéticas, moleculares y de circuitos capaces de predecir el tratamiento óptimo para un paciente individual continúa siendo una de las principales áreas de la investigación contemporánea.
En conclusión, la depresión debe considerarse un trastorno multifactorial, poligénico, sistémico y circuital. La serotonina, la noradrenalina, la dopamina, el glutamato, el GABA, el BDNF, el cortisol, la inmunidad, el metabolismo y los ritmos circadianos participan en una red de interacciones biológicas, pero ninguno de estos elementos representa por sí solo «la causa» de la depresión.
Por tanto, la secuencia fisiopatológica más correcta no es una cadena lineal causa-bioquímica-síntoma, sino una red dinámica en la que la vulnerabilidad genética y ambiental modifica los sistemas de adaptación y plasticidad; estos influyen en el funcionamiento de los circuitos que regulan emoción, cognición, motivación y homeostasis; los síntomas resultantes modifican a su vez el ambiente y la biología, contribuyendo a la posible persistencia del trastorno.
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