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Episodio hipomaníaco

El episodio hipomaníaco es un síndrome afectivo episódico caracterizado por una modificación claramente reconocible del estado de ánimo acompañada de un aumento anormal de la actividad o la energía y de otras manifestaciones cognitivas y conductuales de activación. No debe considerarse simplemente una «manía leve»: hipomanía y manía comparten gran parte de la fenomenología, pero se distinguen sobre todo por la gravedad funcional, la necesidad de tratamiento intensivo y la presencia de psicosis. Por definición, la hipomanía no provoca el marcado deterioro social o laboral propio de la manía, no requiere hospitalización ni tratamiento intensivo para prevenir daños y no se acompaña de delirios ni alucinaciones.

El DSM-5-TR y la ICD-11 describen cuadros muy similares, pero utilizan umbrales operativos que no se superponen por completo. El DSM-5-TR exige al menos cuatro días consecutivos de estado de ánimo anormal y persistentemente elevado, expansivo o irritable asociado a un aumento persistente de la actividad o la energía. La CDDR de la ICD-11 de 2024 utiliza, en cambio, una formulación más flexible: la alteración del estado de ánimo y el aumento de la actividad o la energía deben estar presentes durante la mayor parte del día, casi todos los días, durante al menos algunos días, acompañados de varias manifestaciones hipomaníacas y de un cambio significativo respecto a la conducta habitual.

El episodio debe mantenerse conceptualmente diferenciado de la enfermedad en la que aparece. En el DSM-5-TR, el trastorno bipolar II requiere al menos un episodio hipomaníaco y al menos un episodio depresivo mayor, en ausencia de antecedentes de episodio maníaco. Sin embargo, un episodio hipomaníaco también puede producirse durante la evolución del trastorno bipolar I, cuyo diagnóstico se basa en la presencia actual o en los antecedentes de al menos un episodio maníaco. En la ICD-11, el trastorno bipolar II requiere antecedentes de episodios hipomaníacos y depresivos y ausencia de episodios maníacos o mixtos previos.

También desde el punto de vista epidemiológico es, por tanto, incorrecto utilizar la prevalencia del trastorno bipolar II como si representara la prevalencia del episodio hipomaníaco. La frecuencia de la hipomanía aislada varía considerablemente según la definición, el instrumento diagnóstico y el umbral de duración utilizados. En la National Comorbidity Survey Replication estadounidense, realizada según criterios DSM-IV, la prevalencia a lo largo de la vida fue del 1,1% para el trastorno bipolar II y del 1,0% para el bipolar I; en los World Mental Health Surveys, las estimaciones agregadas fueron respectivamente del 0,4% y del 0,6%. Se trata de prevalencias de los trastornos, no de los episodios, pero documentan el contexto epidemiológico en el que la hipomanía se reconoce con mayor frecuencia.

La identificación epidemiológica de la hipomanía es especialmente compleja porque muchas personas no perciben el período de activación como patológico. Una fase caracterizada por mayor energía, seguridad, productividad y sociabilidad puede recordarse positivamente y no comunicarse espontáneamente durante una consulta motivada por depresión. Por este motivo, el trastorno bipolar II puede reconocerse inicialmente como trastorno depresivo recurrente cuando la anamnesis no explora sistemáticamente las variaciones episódicas previas del estado de ánimo y la actividad.

Etiología, Patogenia y Fisiopatología

El episodio hipomaníaco no posee una única causa etiológica válida para todos los pacientes. Cuando aparece espontáneamente en el contexto de un trastorno bipolar refleja una vulnerabilidad compleja en la que concurren factores genéticos, neurobiológicos, circadianos y ambientales. Cuando, por el contrario, un síndrome hipomaníaco es consecuencia fisiopatológica directa de una sustancia, un medicamento o una afección médica, la clasificación diagnóstica debe reconocer esa relación etiológica y no atribuir automáticamente el cuadro a un trastorno bipolar primario.

El trastorno bipolar presenta un fuerte componente hereditario, pero una arquitectura poligénica. Los estudios de asociación de genoma completo han identificado numerosos loci de susceptibilidad e indican la participación de muchas variantes comunes, cada una caracterizada por un efecto individual modesto. Las asociaciones afectan, entre otros, a genes implicados en la señalización neuronal y la función sináptica, pero ninguna variante genética permite diagnosticar la hipomanía ni predecir de forma determinista su aparición.

Los antecedentes familiares de trastorno bipolar constituyen, por tanto, un importante factor de riesgo, pero no una causa suficiente. La probabilidad de desarrollar la enfermedad surge de la interacción entre la predisposición genética y múltiples factores ambientales y biológicos. La presencia de familiares con trastorno bipolar debe aumentar la atención diagnóstica, sobre todo en un paciente aparentemente deprimido que refiera períodos previos de menor necesidad de sueño, aumento de la energía o conductas inusualmente expansivas.

El sistema sueño-circadiano representa uno de los principales elementos fisiopatológicos estudiados en los trastornos bipolares. La reducción del sueño, la alteración de los horarios, el trabajo por turnos, el jet lag y otras perturbaciones de los ritmos sociales pueden preceder o acompañar episodios de activación en sujetos vulnerables. La relación es bidireccional: la disminución de la necesidad de dormir constituye por sí misma un síntoma de hipomanía y, al mismo tiempo, puede amplificar la inestabilidad del estado de ánimo.

La disminución de la necesidad de dormir debe distinguirse del insomnio. En el primer caso, el sujeto duerme menos de lo habitual y aun así refiere sentirse descansado y con energía; en el insomnio desea dormir pero no consigue hacerlo y con frecuencia experimenta cansancio. Esta distinción es clínicamente importante porque la verdadera disminución de la necesidad de sueño tiene un significado más específico para la activación maníaca o hipomaníaca.

Los estudios sobre los sistemas de neurotransmisión sugieren la participación de las vías dopaminérgicas, glutamatérgicas y GABAérgicas y de sus interacciones con los sistemas serotoninérgicos y noradrenérgicos. Sin embargo, los modelos contemporáneos no sostienen la existencia de un simple «exceso de dopamina» como explicación universal de la hipomanía. Los datos disponibles proceden en gran medida de estudios sobre el trastorno bipolar, de comparaciones entre estados del ánimo y de los efectos de los tratamientos, y no identifican una anomalía necesaria y suficiente.

Las modificaciones intracelulares de la neuroplasticidad, la función mitocondrial, la homeostasis del calcio y los mecanismos de señalización se han propuesto como componentes de la vulnerabilidad bipolar. El hecho de que fármacos como el litio y algunos antipsicóticos actúen sobre numerosos sistemas intracelulares respalda la complejidad de la fisiopatología, pero no permite reconstruir una única cascada molecular responsable del episodio.

De forma análoga, se han documentado a nivel de grupo alteraciones de marcadores inflamatorios, estrés oxidativo y regulación del eje hipotálamo-hipófisis-suprarrenal. Estas asociaciones son heterogéneas y pueden verse influidas por el estado de ánimo, las comorbilidades, el sueño, el tabaquismo, la obesidad, los medicamentos y muchos otros factores de confusión. Ninguno de estos parámetros constituye actualmente un biomarcador clínico de la hipomanía.

Los estudios de neuroimagen realizados en el trastorno bipolar han evidenciado diferencias medias en estructuras corticales y subcorticales, incluidas regiones frontales, temporales, hipocampales y talámicas. Sin embargo, los grandes análisis del consorcio ENIGMA han mostrado efectos distribuidos y una considerable superposición entre pacientes y controles. Por tanto, una resonancia magnética cerebral no permite diagnosticar un episodio hipomaníaco.

Desde el punto de vista funcional, la activación hipomaníaca puede interpretarse como resultado de una regulación alterada de las redes que gobiernan la recompensa, la motivación, la saliencia, el control inhibitorio y el procesamiento emocional. El aumento del impulso hacia la recompensa, asociado a una reducción del control de las consecuencias, proporciona un modelo plausible para explicar el incremento de las actividades dirigidas a objetivos, la grandiosidad y las conductas de riesgo, pero sigue siendo un modelo poblacional y no un mecanismo diagnóstico individual.

Los antidepresivos pueden asociarse temporalmente a la aparición de síntomas hipomaníacos en personas vulnerables. Sin embargo, la relación causal debe interpretarse con precisión. En el DSM-5-TR, un síndrome hipomaníaco completo que aparece durante un tratamiento antidepresivo y persiste más allá del efecto fisiológico del tratamiento puede considerarse evidencia de un verdadero episodio hipomaníaco; la mera agitación, irritabilidad o presencia transitoria de uno o dos síntomas tras iniciar un antidepresivo no es suficiente para inferir bipolaridad.

Las sustancias estimulantes como la cocaína y las anfetaminas también pueden producir euforia, insomnio, aumento de la energía, locuacidad, grandiosidad e impulsividad. En estos casos, la secuencia temporal entre consumo, intoxicación o abstinencia y sintomatología es fundamental para determinar si se trata de un trastorno inducido por sustancias o de un episodio espontáneo coincidente.

Entre los medicamentos capaces de producir síndromes de activación figuran, en pacientes susceptibles, los corticoides y algunos fármacos dopaminérgicos. También en este caso la asociación temporal no debe transformarse automáticamente en causalidad: es necesario comparar el cuadro con episodios espontáneos previos, la dosis, el tiempo de exposición, la retirada y la persistencia de los síntomas.

Un cuadro hipomaníaco también puede ser secundario a enfermedades neurológicas o endocrinas. Las patologías cerebrales focales, el traumatismo craneoencefálico, las enfermedades desmielinizantes, algunas formas de epilepsia y las disfunciones tiroideas forman parte del diagnóstico diferencial, especialmente cuando el inicio es atípico, tardío o se acompaña de signos neurológicos. Sin embargo, no existe un panel de pruebas orgánicas que deba realizarse indiscriminadamente en todos los pacientes.

El período posparto representa una fase de especial vulnerabilidad a las alteraciones del estado de ánimo en las personas predispuestas al trastorno bipolar. Las modificaciones del sueño, los cambios endocrinos bruscos y el estrés psicosocial pueden contribuir a la desestabilización. La aparición posparto de menor necesidad de dormir, aceleración, euforia o irritabilidad debe evaluarse cuidadosamente porque puede preceder a cuadros más graves.

Por último, el estrés y los acontecimientos vitales pueden contribuir al inicio, pero la relación es probabilística. No todos los episodios están precedidos por un acontecimiento identificable y no todos los sujetos expuestos a estrés desarrollan hipomanía. Por tanto, el modelo más coherente con la evidencia considera el episodio como resultado de una vulnerabilidad individual sobre la que actúan cambios del sueño, ritmos circadianos, medicamentos, sustancias y exposiciones ambientales.

Manifestaciones Clínicas

La evaluación clínica comienza por la anamnesis, pero en la hipomanía el paciente puede no percibir ningún problema y puede acudir por motivos completamente distintos, a menudo durante una fase depresiva posterior. Por tanto, es necesario reconstruir retrospectivamente períodos diferenciados en los que el estado de ánimo, la energía, el sueño y la conducta hayan sido claramente distintos de la condición habitual.

La pregunta no debe limitarse a indagar si el paciente ha estado alguna vez «eufórico». Algunos episodios están dominados por la irritabilidad más que por la euforia, mientras que otros se recuerdan principalmente como períodos de energía excepcional, productividad, mayor seguridad, menor necesidad de dormir e intensa socialización. El elemento central es la modificación episódica respecto al funcionamiento basal individual.

El paciente puede referir una sensación de especial bienestar, confianza en sus propias capacidades y facilidad para afrontar actividades que normalmente requerirían mayor esfuerzo. El aumento de la autoestima puede permanecer dentro de límites no delirantes o adquirir características de clara grandiosidad, pero si el cuadro alcanza intensidad psicótica la clasificación cambia de hipomanía a manía.

La disminución de la necesidad de dormir es uno de los síntomas más característicos. La persona puede dormir pocas horas respecto a su patrón habitual, despertarse espontáneamente e iniciar de inmediato nuevas actividades sin sentir somnolencia. El médico debe distinguir este fenómeno del insomnio ansioso o depresivo, en el que la falta de sueño es indeseada y suele asociarse a fatiga.

El habla puede volverse más rápida, abundante y difícil de interrumpir. La persona habla más de lo habitual, telefonea o envía mensajes con una frecuencia inusual, interviene repetidamente en las conversaciones y puede parecer especialmente ingeniosa o brillante. En las formas más evidentes aparece una verdadera presión del habla.

Paralelamente puede aparecer una aceleración subjetiva del pensamiento. Las ideas se suceden rápidamente y el paciente puede referir una sensación de mente especialmente rápida o productiva. La fuga de ideas es posible, pero una desorganización muy grave del pensamiento debe hacer considerar manía, psicosis, sustancias u otras afecciones.

La distraibilidad deriva de la facilidad con la que estímulos ambientales irrelevantes captan la atención. Durante la entrevista, el paciente puede interrumpir el discurso para comentar ruidos, personas u objetos presentes en la habitación y puede iniciar numerosas actividades sin terminarlas.

El aumento de la actividad dirigida a objetivos puede afectar al trabajo, el estudio, el deporte, las relaciones sociales, la sexualidad, las actividades artísticas, los proyectos empresariales o las iniciativas domésticas. Algunas personas producen temporalmente resultados superiores a su nivel habitual y precisamente esta aparente positividad puede dificultar el reconocimiento del episodio.

Sin embargo, el aumento de la actividad no tiene por qué ser necesariamente eficaz. La persona puede iniciar simultáneamente muchos proyectos, modificar continuamente los objetivos o sobrestimar sus posibilidades, con una dispersión progresiva de tiempo y recursos. La distinción entre mayor productividad y activación patológica depende del conjunto de la sintomatología y de la desviación respecto a la conducta habitual.

Las actividades potencialmente peligrosas pueden incluir gastos desproporcionados, inversiones poco meditadas, conducción imprudente, juego de azar, consumo de sustancias o conductas sexuales no habituales. En la hipomanía, estas conductas no deben producir el marcado deterioro que definiría la manía, pero aun así pueden ocasionar consecuencias clínicamente relevantes.

La mayor sociabilidad puede manifestarse como facilidad para hablar con desconocidos, aumento de los contactos, conducta excesivamente familiar o desinhibida y mayor deseo sexual. El límite entre un rasgo temperamental y un episodio depende sobre todo de la discontinuidad temporal: la hipomanía constituye un cambio circunscrito respecto a la forma habitual de funcionamiento.

Cuando predomina la irritabilidad, el paciente puede mostrarse impaciente, polémico, intolerante a las contradicciones y fácilmente frustrable. Sin embargo, la irritabilidad aislada es muy inespecífica y no permite diagnosticar hipomanía en ausencia de la modificación concomitante de la energía o la actividad y de los demás elementos sindrómicos.

Pueden estar presentes características mixtas, es decir, síntomas depresivos durante un episodio hipomaníaco. El estado de ánimo deprimido, la anhedonia, el cansancio, la culpa o los pensamientos de muerte pueden coexistir con activación y aceleración. Esta combinación es clínicamente importante porque puede asociarse a mayor sufrimiento y riesgo que la hipomanía eufórica clásica.

El examen del estado mental puede mostrar una vestimenta más llamativa o cuidada de lo habitual, viveza gestual, mayor familiaridad, incremento de la psicomotricidad, habla rápida, afectividad expansiva o irritable y pensamiento acelerado. La orientación y las funciones cognitivas básicas suelen estar conservadas, mientras que la capacidad de juicio y la conciencia del cambio conductual pueden estar reducidas.

La psicosis es incompatible con el diagnóstico DSM de episodio hipomaníaco y la ICD-11 también excluye delirios y alucinaciones de la definición de hipomanía. Si durante un cuadro aparentemente hipomaníaco aparecen delirios o alucinaciones, el episodio debe reevaluarse como maníaco o atribuirse a otro diagnóstico apropiado.

La obtención de información de familiares, pareja o personas que conozcan bien al sujeto tiene un valor especial. El paciente puede no reconocer su conducta como anormal, mientras que quienes conviven con él pueden describir claramente la reducción del sueño, la mayor actividad, la locuacidad o los cambios en la gestión del dinero.

En niños y adolescentes, el diagnóstico requiere especial cautela. La irritabilidad, las variaciones del sueño, la impulsividad y el aumento de la actividad pueden ser fisiológicos o corresponder al TDAH y a otros trastornos. Por tanto, son fundamentales el carácter episódico, la variación simultánea del estado de ánimo y la energía y el cambio respecto al funcionamiento previo.

Pruebas y Diagnóstico

El diagnóstico de episodio hipomaníaco es clínico. No existen análisis de laboratorio, pruebas genéticas, neuroimagen, EEG ni biomarcadores capaces de confirmar el cuadro en un paciente individual. El proceso diagnóstico debe establecer si realmente existe un episodio, determinar su gravedad, reconstruir la historia longitudinal del estado de ánimo y comprobar que la sintomatología no dependa directamente de sustancias, medicamentos o enfermedades médicas.

La primera fase consiste en definir el funcionamiento basal. Un individuo normalmente expansivo, enérgico o con una duración fisiológicamente corta del sueño no debe clasificarse como hipomaníaco simplemente por presentar estas características. Debe demostrarse un cambio inequívoco, temporalmente circunscrito, respecto a su forma habitual de ser y comportarse.

Según el DSM-5-TR, el episodio hipomaníaco se define mediante criterios diagnósticos oficiales que exigen tanto una modificación del estado de ánimo como un aumento de la actividad o la energía.


Al umbral sintomático deben añadirse otras condiciones. El episodio debe asociarse a un cambio inequívoco del funcionamiento que no sea característico de la persona cuando está asintomática; la alteración y el cambio deben ser observables también por otras personas; el cuadro no debe ser lo suficientemente grave como para provocar un marcado deterioro social o laboral o requerir hospitalización; no deben existir características psicóticas.

Además, el cuadro no debe ser atribuible a los efectos fisiológicos de una sustancia. Sin embargo, un síndrome completo aparecido durante un tratamiento antidepresivo que persista más allá del efecto fisiológico del tratamiento puede contribuir al diagnóstico según el DSM-5-TR. Este principio no autoriza a clasificar automáticamente como hipomanía la irritabilidad, la agitación o unos pocos síntomas transitorios de activación aparecidos tras iniciar un antidepresivo.

La CDDR de la ICD-11 difiere del DSM principalmente por un enfoque menos rígidamente numérico. Requiere simultáneamente una elevación persistente del estado de ánimo o un aumento de la irritabilidad y un incremento de la actividad o la energía, presentes durante la mayor parte del día casi todos los días durante al menos algunos días, acompañados de varias manifestaciones características como mayor locuacidad, pensamiento acelerado, aumento de la autoestima, menor necesidad de dormir, distraibilidad, impulsividad o incremento de la sexualidad, la sociabilidad y las actividades dirigidas a objetivos.

También en la ICD-11 el cambio debe ser significativo y reconocible respecto a la conducta habitual, no debe explicarse por sustancias, medicamentos o enfermedades médicas, no debe cumplir los requisitos de un episodio mixto y no debe provocar un deterioro marcado ni acompañarse de delirios o alucinaciones. Por tanto, la duración DSM de cuatro días no debe presentarse como una regla universal válida para ambos sistemas diagnósticos.

Una vez reconocido el episodio, es necesario establecer el trastorno subyacente. Un único episodio hipomaníaco sin antecedentes de depresión, manía u otras condiciones que permitan la clasificación longitudinal no equivale automáticamente a trastorno bipolar II. En el DSM, el bipolar II requiere al menos un episodio hipomaníaco y al menos un episodio depresivo mayor y ningún episodio maníaco previo.

La investigación anamnéstica de una manía previa es indispensable porque incluso un solo episodio maníaco modifica el diagnóstico a trastorno bipolar I. Por tanto, el médico debe explorar hospitalizaciones psiquiátricas, psicosis, períodos de grave desorganización, gastos catastróficos, conductas de riesgo y fases de activación que hayan provocado un deterioro mucho mayor que el episodio actual.

Es igualmente necesario reconstruir los episodios depresivos. En el bipolar II son a menudo precisamente las fases depresivas las que determinan la mayor carga de sufrimiento y llevan al paciente al tratamiento, mientras que las hipomanías previas pueden infravalorarse o percibirse como períodos de especial bienestar.

Escalas como la Young Mania Rating Scale pueden ser útiles para cuantificar la gravedad de los síntomas de activación y seguir su evolución, mientras que cuestionarios como el Mood Disorder Questionnaire pueden contribuir al cribado de la bipolaridad. Sin embargo, ninguno de estos instrumentos constituye una prueba diagnóstica autónoma y el resultado debe integrarse con la entrevista clínica.

Los análisis de laboratorio se solicitan de forma dirigida cuando la anamnesis, el inicio, la exploración física o el programa terapéutico los hacen apropiados. El hemograma, los electrolitos, la función renal y hepática, la TSH y las pruebas toxicológicas pueden ser útiles en contextos específicos; en las personas con posibilidad de embarazo, la prueba de embarazo adquiere especial importancia antes de determinados tratamientos.

La neuroimagen y el EEG no son pruebas rutinarias de la hipomanía. Pueden estar indicados cuando el inicio es tardío o brusco, cuando aparecen déficits neurológicos, alteraciones cognitivas atípicas, crisis epilépticas, traumatismo craneoencefálico u otros elementos que sugieran una afección neurológica secundaria.

El principal diagnóstico diferencial es el episodio maníaco. Los síntomas pueden ser cualitativamente idénticos y la distinción depende de la gravedad: un marcado deterioro, la necesidad de tratamiento intensivo u hospitalización para evitar daños o la presencia de psicosis sitúan el cuadro en la manía.

El TDAH puede producir aumento de la actividad, distraibilidad, impulsividad y locuacidad, pero tiende a presentar un curso persistente con inicio durante el desarrollo, no períodos claramente delimitados de cambio del estado de ánimo y la energía. No obstante, el TDAH y el trastorno bipolar pueden coexistir.

Los trastornos de la personalidad caracterizados por inestabilidad afectiva pueden manifestar oscilaciones rápidas del estado de ánimo e impulsividad. En estos casos, las variaciones suelen ser más estrechamente reactivas al contexto interpersonal y forman parte de un patrón persistente, mientras que el episodio hipomaníaco requiere una modificación sindrómica sostenida y diferenciada del funcionamiento habitual.

La cocaína, las anfetaminas, otros estimulantes, los medicamentos y las enfermedades médicas deben evaluarse mediante anamnesis farmacológica y toxicológica, relación temporal y, cuando proceda, pruebas específicas. El punto diagnóstico decisivo no consiste simplemente en documentar que el paciente utiliza una sustancia o un medicamento, sino en establecer si estos explican fisiopatológicamente el episodio.

Tratamiento y Pronóstico

El tratamiento no debe decidirse únicamente por la etiqueta de «episodio hipomaníaco», sino por el diagnóstico del trastorno bipolar subyacente, la gravedad de la activación, la presencia de características mixtas, las consecuencias conductuales, los tratamientos ya recibidos y el riesgo de progresión hacia manía. La hipomanía sin riesgos inmediatos no requiere automáticamente hospitalización ni tratamiento agresivo.

La primera medida consiste en evaluar la seguridad y el contexto. Deben buscarse conductas financieras o sexuales de riesgo, conducción peligrosa, consumo de sustancias, agresividad, pérdida progresiva de sueño y rápida escalada de la activación. Si el cuadro ya ha producido un marcado deterioro, requiere hospitalización para prevenir daños o presenta psicosis, deja de cumplir la definición de hipomanía y debe manejarse como manía.

Es esencial identificar y corregir posibles factores precipitantes. La regularización del sueño y de los ritmos cotidianos, la reducción de estimulantes y sustancias psicoactivas y el control del consumo de cafeína y alcohol pueden contribuir a la estabilización. Un ambiente excesivamente estimulante puede agravar la activación.

Cuando la hipomanía aparece durante un tratamiento antidepresivo, las guías para el trastorno bipolar recomiendan reevaluar el tratamiento y, en general, suspender el antidepresivo responsable de la activación, con modalidades que dependen del fármaco, la duración del tratamiento y el riesgo de síntomas de retirada. La modificación terapéutica debe acompañarse de una reevaluación del diagnóstico longitudinal.

Las guías no presentan una jerarquía farmacológica específica y universalmente compartida exclusivamente para la hipomanía. NICE aborda conjuntamente la manía y la hipomanía en las recomendaciones agudas e indica, cuando es necesario tratamiento farmacológico, antipsicóticos como haloperidol, olanzapina, quetiapina o risperidona entre las opciones iniciales, teniendo en cuenta los tratamientos ya en curso, las preferencias y los perfiles de riesgo.

Las guías CANMAT/ISBD se basan principalmente en la evidencia relativa a la manía aguda y al manejo longitudinal del trastorno bipolar. El litio y varios antipsicóticos de segunda generación constituyen elementos fundamentales del tratamiento antimaníaco cuando es necesario. Sin embargo, la elección en la hipomanía debe ser proporcional a la gravedad y no consiste en aplicar automáticamente un algoritmo para la manía grave.

El litio es uno de los principales fármacos de mantenimiento del trastorno bipolar y es eficaz para prevenir recaídas en pacientes seleccionados. Antes y durante el tratamiento son necesarios la evaluación de la función renal y tiroidea, la monitorización de la litemia y la atención a las interacciones farmacológicas, la hidratación y las condiciones que puedan modificar el aclaramiento del fármaco.

Los antipsicóticos de segunda generación difieren en eficacia en las distintas fases del trastorno, efectos metabólicos, sedación, síntomas extrapiramidales, prolactina y otros acontecimientos adversos. La elección debe individualizarse y no es correcto considerarlos intercambiables simplemente porque pertenezcan a la misma clase.

El valproato posee eficacia antimaníaca, pero su uso requiere especial atención a las restricciones regulatorias actuales. En Italia y en la Unión Europea está contraindicado para el tratamiento del trastorno bipolar durante el embarazo; en mujeres en edad fértil, su utilización está sujeta a rigurosas medidas de prevención del embarazo y reevaluación especializada. Desde 2024, AIFA y EMA también han introducido precauciones específicas para los hombres tratados con valproato en relación con un posible riesgo reproductivo, aunque no definitivamente confirmado.

La psicoterapia no sustituye necesariamente a la farmacoterapia cuando se requiere estabilización aguda, pero las intervenciones de psicoeducación, la terapia cognitivo-conductual, las intervenciones familiares y las estrategias orientadas a la estabilidad de los ritmos sociales pueden contribuir a prevenir recurrencias y a reconocer precozmente los signos prodrómicos.

Un objetivo especialmente importante es enseñar al paciente y a las personas cercanas a reconocer cambios precoces del sueño, la energía, la velocidad del pensamiento, los gastos y las actividades. La intervención en las fases iniciales puede impedir que un episodio relativamente controlado evolucione hacia una afección más grave.

Cuando el paciente presenta simultáneamente síntomas depresivos deben evaluarse las características mixtas. Estas modifican el perfil de riesgo y pueden influir en la elección farmacológica, por lo que es especialmente importante evitar un uso no crítico de antidepresivos en el trastorno bipolar.

La fase aguda debe ir seguida de una evaluación de la necesidad de tratamiento de mantenimiento. La decisión depende del diagnóstico de bipolar I o II, de la frecuencia y gravedad de los episodios, de las depresiones previas, de los antecedentes suicidas, de las comorbilidades y de la respuesta a los fármacos.

El pronóstico del episodio hipomaníaco individual suele ser mejor que el de la manía en cuanto al deterioro inmediato, pero esto no significa que el trastorno bipolar II sea globalmente una enfermedad leve. Los episodios depresivos recurrentes, las características mixtas, el riesgo suicida y el deterioro interepisódico pueden determinar una carga clínica considerable.

La duración natural del episodio varía y no existe un porcentaje universal de remisión aplicable al paciente individual. La evolución debe evaluarse longitudinalmente teniendo en cuenta el tratamiento, la presencia de episodios previos y la estabilidad del sueño y de los ritmos circadianos.

En una parte de las personas inicialmente diagnosticadas de trastorno bipolar II puede producirse posteriormente un episodio maníaco, con la consiguiente reclasificación como trastorno bipolar I. La posibilidad de esta evolución hace necesario seguir explorando con el tiempo la intensidad y las consecuencias de las fases de activación.

El pronóstico mejora cuando el paciente adquiere conciencia de sus propios signos prodrómicos, mantiene una buena adherencia, evita sustancias desestabilizadoras y dispone de un plan compartido para intervenir precozmente. La recuperación no debe evaluarse solo como normalización del estado de ánimo, sino también como restablecimiento del funcionamiento relacional, laboral y social.

Complicaciones

Por definición, la hipomanía no determina el marcado deterioro funcional propio de la manía, pero aun así puede producir consecuencias negativas. De hecho, el término «ausencia de deterioro marcado» no equivale a ausencia absoluta de problemas.

Las decisiones financieras impulsivas pueden implicar gastos inusuales, compras innecesarias, inversiones poco meditadas o asunción de compromisos económicos que el paciente reconoce posteriormente como inapropiados. Si las consecuencias llegan a ser extremadamente graves, debe reevaluarse si realmente se ha superado el umbral de manía.

La desinhibición puede favorecer conductas sexuales no habituales, menor percepción del riesgo, relaciones sin protección o deterioro de las relaciones afectivas. Incluso en ausencia de discapacidad inmediata grave, estas conductas pueden tener consecuencias persistentes después de la remisión del episodio.

El aumento de la actividad y la disminución de la necesidad de dormir pueden provocar una progresiva privación de sueño. En una persona vulnerable, esto puede amplificar la activación, reducir aún más el juicio y contribuir a la transición hacia un síndrome más grave.

La conducción imprudente, la práctica deportiva excesivamente arriesgada y otras conductas impulsivas pueden aumentar la probabilidad de accidentes y traumatismos. El riesgo debe evaluarse según la conducta concreta y no simplemente por el número de síntomas diagnósticos.

Los conflictos laborales e interpersonales pueden surgir por una mayor asertividad, irritabilidad, familiaridad excesiva o la convicción de poseer capacidades superiores. Una fase inicialmente percibida como productiva puede deteriorar así de forma gradual el funcionamiento social.

El aumento del consumo de alcohol o sustancias puede agravar la desinhibición, los trastornos del sueño y la inestabilidad del estado de ánimo. La presencia de una comorbilidad por consumo de sustancias también dificulta distinguir los síntomas espontáneos de los efectos de la intoxicación o la abstinencia.

Una de las evoluciones clínicamente más importantes es la progresión a manía. Cuando la gravedad aumenta hasta provocar un marcado deterioro, necesidad de tratamiento intensivo o psicosis, la clasificación debe modificarse: ya no se trata de hipomanía.

En el trastorno bipolar, la posterior transición a una fase depresiva puede ocasionar un sufrimiento mucho mayor que el experimentado durante la hipomanía. Por tanto, el paciente y sus familiares deben evitar valorar el episodio exclusivamente según lo agradable que resulte subjetivamente la fase de activación.

La presencia simultánea de síntomas depresivos e hipomaníacos configura un cuadro con características mixtas y puede asociarse a mayor agitación, impulsividad y riesgo suicida. Los pensamientos de muerte o las conductas autolesivas requieren siempre una evaluación específica, independientemente del aparente aumento de la energía.

Por último, pueden producirse complicaciones relacionadas con los tratamientos: sedación, alteraciones metabólicas, síntomas extrapiramidales, disfunciones tiroideas o renales y otros acontecimientos que dependen del fármaco utilizado. Un manejo adecuado de la hipomanía requiere, por tanto, no solo controlar la activación, sino también una monitorización longitudinal de la relación entre eficacia, tolerabilidad y prevención de recaídas.

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