
La pericarditis aguda es una inflamación del pericardio, la membrana serosa que envuelve el corazón, con una duración inferior a dos meses. La etiología puede ser:
La forma recurrente es frecuente y puede complicar el curso clínico.
El síntoma principal es el dolor torácico, localizado en la región retroesternal izquierda con irradiación hacia la espalda y los hombros. El dolor es de tipo pleurítico, empeora con la inspiración profunda y el decúbito dorsal, mientras que se atenúa en posición sentada e inclinada hacia adelante.
Frecuentemente se asocia fiebre de grado variable, a veces acompañada de síntomas sistémicos como:
La disnea, presente en aproximadamente un tercio de los pacientes, puede indicar un derrame pericárdico significativo, mientras que la ortopnea es un signo de posible taponamiento cardíaco.
Cuando el proceso inflamatorio afecta a las estructuras adyacentes, pueden aparecer síntomas por compresión mediastínica:
El hallazgo más característico es el frote pericárdico, un ruido superficial, áspero y discontinuo, similar a una fricción sobre cuero. Se percibe mejor con el paciente sentado y el tórax inclinado hacia adelante. En los derrames abundantes, el frote puede atenuarse o desaparecer, dejando paso a los signos de taponamiento cardíaco:
El electrocardiograma (ECG) es una prueba de primer nivel y muestra alteraciones que evolucionan en cuatro fases:
La radiografía de tórax, generalmente normal en las formas leves, puede mostrar un aumento del tamaño de la silueta cardíaca en los derrames masivos, dando al corazón un aspecto de "matraz". La ecocardiografía es el gold standard para el diagnóstico, permitiendo evaluar la cantidad de líquido pericárdico y el compromiso hemodinámico.
En pacientes con derrame abundante o taponamiento cardíaco manifiesto, está indicada la pericardiocentesis, que permite el drenaje del líquido y su análisis para identificar una etiología infecciosa, neoplásica o autoinmune. El procedimiento se realiza habitualmente con abordaje subxifoideo según la técnica de Marfan.
El tratamiento varía según la gravedad y la etiología. En la mayoría de los casos, la terapia es sintomática y consiste en:
La pericarditis aguda suele tener un curso favorable, con resolución completa en pocas semanas. Sin embargo, las recurrencias son frecuentes, con una incidencia del 20-30%, especialmente en pacientes no tratados con colchicina. En los casos más graves, la progresión hacia la pericarditis constrictiva puede comprometer el llenado ventricular, requiriendo pericardiectomía.