Sfondo Header
L'angolo del dottorino
Buscar en el sitio... Búsqueda avanzada
✖

Pericarditis parasitaria

La pericarditis parasitaria comprende la afectación del pericardio provocada por protozoos o helmintos, mediante invasión directa, extensión desde un foco próximo, rotura de una formación quística o respuesta inflamatoria del huésped. No identifica una única enfermedad con una evolución y un tratamiento uniformes. El denominador común es la relación causal con una parasitosis, que debe demostrarse o estar respaldada por un conjunto convincente de datos epidemiológicos, microbiológicos y anatómicos.

El hallazgo puede consistir en inflamación sin un derrame importante, colección exudativa, taponamiento o, con menor frecuencia, evolución constrictiva. Sin embargo, en muchas infecciones el daño cardíaco predominante es miocárdico: un pequeño derrame durante una miocarditis parasitaria no equivale a una pericarditis aislada. Esta distinción es esencial en la enfermedad de Chagas, la toxoplasmosis y la triquinelosis, en las que las arritmias y la disfunción ventricular pueden condicionar el pronóstico más que el componente pericárdico.

Las formas documentadas son poco frecuentes y a menudo se describen en series limitadas. La evaluación debe evitar tanto la exclusión automática en un país no endémico como la atribución excesiva a una prueba serológica positiva. Las migraciones, los viajes, las exposiciones alimentarias y la inmunosupresión modifican la probabilidad, pero ninguno de estos elementos sustituye el reconocimiento del mecanismo responsable del daño cardíaco.

Etiologías y contextos epidemiológicos

La equinococosis quística, causada por Echinococcus granulosus sensu lato, puede localizarse en el corazón y el pericardio. El ser humano adquiere la infección al ingerir accidentalmente huevos eliminados por cánidos, no por el simple consumo de carne que contenga quistes. La larva puede alcanzar la circulación y desarrollar una formación quística, con mayor frecuencia en hígado o pulmón y solo raramente en localización cardíaca. El contacto con entornos pastorales, la procedencia de áreas endémicas y las localizaciones previas constituyen indicios, pero la exposición puede remontarse a muchos años antes.

Un quiste cardíaco puede permanecer asintomático durante mucho tiempo, crecer en el miocardio o proyectarse hacia el pericardio. La afectación pericárdica puede ser primaria o secundaria a rotura, extensión o diseminación desde otras localizaciones. El riesgo no depende únicamente del tamaño: la localización, las relaciones con las cavidades y las coronarias, la viabilidad y la integridad de la pared condicionan las consecuencias. La historia natural de los quistes hepáticos no puede trasladarse automáticamente al corazón, donde incluso una lesión aparentemente poco activa puede mantener un riesgo mecánico.

La amebiasis invasiva por Entamoeba histolytica puede complicarse con un absceso hepático. Una lesión del lóbulo izquierdo, por su proximidad anatómica al diafragma y al saco pericárdico, puede propagarse o romperse hacia el pericardio, causando un cuadro rápidamente grave. La enfermedad intestinal puede estar ausente en el momento de la presentación extraintestinal. Por tanto, es incorrecto excluir la amebiasis por ausencia de diarrea simultánea o interpretar una prueba fecal negativa como exclusión definitiva de un absceso hepático.

En la enfermedad de Chagas, Trypanosoma cruzi provoca principalmente miocarditis aguda y, en la evolución crónica, cardiomiopatía con trastornos eléctricos y disfunción ventricular. Un derrame puede acompañar a la fase aguda o a una reactivación, especialmente en el paciente inmunodeprimido. La exposición vectorial en áreas endémicas y la transmisión congénita, oral, transfusional o por trasplante requieren contextos diagnósticos diferentes. Una seropositividad crónica no demuestra que un nuevo dolor torácico o un nuevo derrame se deban a reactivación: deben evaluarse la actividad parasitaria y las causas alternativas.

La toxoplasmosis cardíaca es especialmente relevante en pacientes con inmunodepresión grave o después de un trasplante y puede incluir miocarditis y afectación pericárdica. La positividad aislada de IgG suele indicar un contacto previo y no demuestra una localización activa. La triquinelosis, en cambio, se relaciona con la ingestión de carne cruda o poco cocinada que contiene larvas, incluida la carne de caza. El cuadro sistémico con fiebre, mialgias, edema periorbitario y eosinofilia puede acompañarse de daño cardíaco, a menudo predominantemente miocárdico e inmunoinflamatorio.

Otras parasitosis raras se han asociado con derrame o inflamación cardíaca, pero el nivel de documentación es variable. No toda alteración pericárdica durante malaria, leishmaniasis u otras infecciones demuestra invasión del saco: la anemia, la disfunción orgánica, la sobrecarga y los procesos concomitantes pueden contribuir. Una lista indiscriminada de agentes no sustituye la evaluación de plausibilidad. La elección de las pruebas debe partir del síndrome concreto y de las exposiciones, manteniendo la distinción entre asociación temporal, afectación cardíaca sistémica y localización pericárdica demostrada.

Patogenia y fisiopatología del daño pericárdico

La localización tisular puede producir una respuesta inflamatoria que aumenta la permeabilidad y la formación de exudado. La intensidad y la composición del daño dependen del agente y de la inmunidad. Algunos protozoos afectan sobre todo a las células miocárdicas, con una reacción pericárdica secundaria; otros escenarios implican la entrada en el saco de material procedente de un foco próximo. Por ello, la presencia de líquido debe interpretarse en el contexto anatómico, evitando considerarla una prueba suficiente de replicación del parásito en el pericardio.

En la equinococosis, el crecimiento quístico puede comprimir estructuras adyacentes sin una pericarditis clínicamente evidente. La rotura hacia el saco introduce material antigénico y, si es viable, elementos capaces de producir diseminación secundaria. Pueden derivarse inflamación aguda, derrame y reacciones de hipersensibilidad. Una rotura intracardíaca puede, en cambio, provocar embolización sistémica o pulmonar según la localización. La distinción entre estos acontecimientos es importante, porque un colapso repentino puede deberse a taponamiento, anafilaxia, embolia o a la combinación de varios mecanismos.

En la extensión amebiana, el paso desde un absceso hepático al pericardio crea una complicación anatómica que el tratamiento sistémico por sí solo puede no controlar con suficiente rapidez. El material necrótico e inflamatorio puede acumularse rápidamente, con compresión cardíaca y posible sobreinfección. Por tanto, el problema requiere definir simultáneamente la colección pericárdica, la cavidad hepática y la posible comunicación. Evacuar el pericardio sin abordar un foco que sigue comunicando puede dejar al paciente expuesto a una nueva contaminación.

La respuesta eosinofílica puede participar en el daño de algunas helmintiasis, pero no es universal ni específica. Los eosinófilos activados pueden contribuir a la lesión tisular y a la inflamación cardíaca; por otra parte, los fármacos, las vasculitis y los síndromes hipereosinofílicos producen cuadros similares sin parásitos. La ausencia de eosinofilia no excluye la equinococosis ni las protozoosis y puede estar influida por la fase de la enfermedad y los tratamientos. La presencia de eosinófilos en sangre o líquido orienta el estudio, pero no identifica por sí sola la etiología.

El taponamiento cardíaco depende del aumento de la presión pericárdica y de la reducción del llenado, no de una cantidad de líquido idéntica para todos. Una rotura quística o una extensión aguda pueden ser especialmente peligrosas por la rapidez de acumulación. Las adherencias y los tabiques pueden determinar compresión regional y hacer atípicos los signos ecocardiográficos. La combinación con vasodilatación anafiláctica o infecciosa modifica aún más la presentación: la corrección de un componente no garantiza la resolución de todo el estado de shock.

La organización del exudado puede dejar adherencias y fibrosis, con posible limitación crónica del llenado. La fisiología constrictiva puede coexistir con derrame o hacerse evidente tras su drenaje. En los pacientes con daño miocárdico asociado debe distinguirse la restricción pericárdica del compromiso intrínseco del ventrículo. Una intolerancia persistente al esfuerzo no puede explicarse automáticamente como pericarditis residual: la disfunción ventricular, las arritmias, la anemia y la enfermedad sistémica pueden contribuir incluso cuando la colección se ha resuelto.

Manifestaciones clínicas y reconocimiento de la sospecha

Los síntomas pericárdicos incluyen dolor torácico pleurítico o posicional, disnea y en ocasiones fiebre, pero pueden estar ausentes en las formas subagudas o quísticas. El roce apoya la afectación inflamatoria cuando está presente, sin tener sensibilidad suficiente para excluirla cuando falta. Las palpitaciones, el síncope y el dolor atípico obligan a evaluar el miocardio, la conducción y una posible compresión coronaria. La gravedad clínica no es proporcional a la intensidad del dolor: un paciente con poco dolor puede tener una colección hemodinámicamente significativa.

La anamnesis geográfica debe reconstruir lugares de nacimiento y residencia, estancias prolongadas y viajes, sin limitarse a las semanas anteriores. La exposición en una región endémica modifica la probabilidad, pero debe relacionarse con las vías reales de transmisión. Los hábitos alimentarios, el consumo de carne de caza, el agua y los alimentos potencialmente contaminados, el contacto con entornos ganaderos y las parasitosis previas orientan pruebas diferentes. También las transfusiones, los trasplantes y los antecedentes maternos pueden ser relevantes al considerar la enfermedad de Chagas.

En la equinococosis cardíaca, una larga fase asintomática puede preceder a disnea, dolor, arritmias o una manifestación repentina. La urticaria, el broncoespasmo y la hipotensión asociados a una lesión quística sospechosa hacen considerar una rotura con reacción anafiláctica. Estos hallazgos requieren manejo urgente y no deben interpretarse como una simple exacerbación inflamatoria. Un quiste hepático conocido aumenta la plausibilidad de una localización cardíaca, pero su ausencia no la excluye: el corazón puede ser la localización reconocida inicialmente.

La pericarditis amebiana debe entrar en el diagnóstico diferencial cuando fiebre, dolor epigástrico o en hipocondrio, hallazgos hepáticos y derrame coexisten en un contexto compatible. El dolor referido al hombro, la irritación diafragmática y las manifestaciones torácicas pueden predominar sobre los trastornos intestinales. La evolución puede ser rápida cuando se produce una comunicación con el saco. En esta situación, la búsqueda de un absceso del lóbulo izquierdo tiene un significado práctico inmediato, porque identifica un foco potencialmente tratable además del problema cardíaco.

En la triquinelosis, la secuencia de exposición alimentaria, síntomas gastrointestinales y posterior síndrome febril miálgico resulta especialmente útil. El edema periorbitario, el aumento de las enzimas musculares y la eosinofilia refuerzan la sospecha, pero no son todos obligatorios. En la toxoplasmosis del paciente inmunodeprimido pueden predominar, en cambio, signos sistémicos o neurológicos, mientras que el daño cardíaco permanece inicialmente poco evidente. Un empeoramiento tras intensificar la inmunosupresión obliga a considerar reactivaciones, sin confundir una prueba de exposición previa con la confirmación de enfermedad activa.

La exploración hemodinámica evalúa presión, frecuencia, perfusión, yugulares y signos de congestión. La hipotensión, oliguria, alteración del estado mental o disnea rápidamente progresiva requieren ecocardiografía urgente y estabilización. El edema y la ascitis persistentes pueden indicar fisiología constrictiva o insuficiencia ventricular. La exploración general debe buscar hepatomegalia, lesiones cutáneas, déficits neurológicos y signos musculares, porque la distribución de las manifestaciones ayuda a reconocer un síndrome sistémico y a seleccionar las muestras diagnósticas con mayor probabilidad de rendimiento.

Diagnóstico cardiológico, parasitológico y diferencial

La ecocardiografía define derrame, signos de taponamiento, función ventricular y posibles masas. Una formación quística requiere atención a la localización, la pared, el contenido, las membranas y posibles vesículas hijas, pero ningún aspecto aislado debe interpretarse fuera de contexto. La TC y la resonancia precisan las relaciones con el miocardio, las coronarias, las cavidades y el mediastino, además de las localizaciones extracardíacas. El objetivo no es solo asignar un nombre a la masa: la anatomía determina el riesgo del procedimiento diagnóstico y las posibilidades de tratamiento.

Ante la sospecha de quiste hidatídico, una punción diagnóstica no planificada puede causar salida de material, diseminación y anafilaxia. La masa no debe asimilarse a un derrame habitual que deba aspirarse, ni deben trasladarse automáticamente al corazón las técnicas percutáneas utilizadas en algunos quistes hepáticos. Si coexiste un taponamiento, la necesidad de descompresión sigue siendo urgente, pero debe abordarse con guía por imagen y experiencia especializada, distinguiendo el líquido libre del quiste y evitando atravesarlo accidentalmente.

La serología para equinococo es un apoyo y puede ser negativa incluso en presencia de una localización cardíaca; las imágenes y el contexto siguen siendo centrales. Para T. cruzi la estrategia cambia con la fase: en la enfermedad crónica la confirmación requiere pruebas serológicas apropiadas, mientras que en la fase aguda o en la reactivación adquieren relevancia la demostración del parásito y los métodos moleculares. La interpretación debe considerar el rendimiento del laboratorio y la epidemiología, evitando atribuir actividad cardíaca a una única positividad sin contextualizar.

Para Entamoeba histolytica, las pruebas específicas distinguen el agente patógeno de especies morfológicamente similares. La serología puede apoyar el diagnóstico extraintestinal, pero puede persistir tras una infección previa; la detección antigénica o molecular en muestras apropiadas completa el estudio. La microscopía fecal aislada tiene limitaciones y puede ser negativa en el absceso hepático. El líquido obtenido por una indicación clínica también debe estudiarse para bacterias y otras causas: el color o la consistencia del material no constituyen por sí solos un diagnóstico parasitológico.

La toxoplasmosis activa requiere correlación entre inmunidad, cuadro clínico, serología y, cuando esté indicado, PCR o histología. Las IgG aisladas no documentan reactivación; también los resultados moleculares deben interpretarse según la localización y el contexto. En la triquinelosis, los antecedentes alimentarios, la eosinofilia, las enzimas musculares y la serología contribuyen al diagnóstico, teniendo en cuenta que los anticuerpos pueden no ser detectables de forma precoz. La biopsia muscular tiene una indicación selectiva, no sustituye automáticamente a las pruebas menos invasivas y debe responder a una pregunta concreta.

El diagnóstico diferencial incluye pericarditis tuberculosa, infecciones piógenas o fúngicas, neoplasias y enfermedades inmunomediadas. Ante eosinofilia también deben considerarse reacciones a fármacos, vasculitis y síndromes hipereosinofílicos; una masa quística puede ser congénita o neoplásica. Por tanto, el hallazgo de un quiste pericárdico requiere caracterización antes de etiquetarse como parasitario. El diagnóstico final debe especificar qué elementos demuestran el agente, cuáles documentan el daño cardíaco y cuáles respaldan la relación causal entre ambos.

Estudios posteriores y definición de la enfermedad

Una vez identificada la causa probable, debe definirse la distribución orgánica. En la equinococosis, el estudio de hígado y pulmones busca localizaciones concomitantes, mientras que otros territorios se evalúan según los síntomas y hallazgos. En la amebiasis, las pruebas de imagen abdominales deben describir las dimensiones, la localización y las relaciones del absceso, sobre todo su proximidad al diafragma y al pericardio. La presencia de una comunicación cambia la estrategia respecto a un pequeño derrame reactivo, porque indica una posible contaminación persistente.

La distinción entre pericarditis y miocarditis requiere ECG, troponina, ecocardiografía y, en casos seleccionados, resonancia. Un aumento de la troponina no define por sí solo el mecanismo, pero junto con disfunción o arritmias obliga a evaluar un componente miocárdico. En la enfermedad de Chagas, la monitorización del ritmo y de la conducción puede ser prioritaria; un derrame modesto no debe distraer de bloqueos o arritmias potencialmente peligrosos. La duración de la vigilancia depende del cuadro cardíaco, no solo de la desaparición del líquido.

La evaluación inmunitaria es esencial en las protozoosis oportunistas. El VIH, la intensidad de la inmunosupresión y los antecedentes de trasplante influyen en la probabilidad de reactivación y en la elección de las pruebas. El cuadro neurológico y otros signos de diseminación deben buscarse cuando sean pertinentes. Una eventual modificación de los inmunosupresores requiere coordinación con el especialista de la enfermedad de base: reducir el riesgo infeccioso y prevenir el rechazo o la reagudización son objetivos simultáneos que no pueden resolverse mediante una suspensión estandarizada.

La caracterización del quiste debe ser suficientemente precisa para permitir la planificación quirúrgica. Las relaciones con las coronarias, los tabiques, los aparatos valvulares y las paredes ventriculares condicionan el acceso y el riesgo. Una lesión aparentemente extracardíaca puede presentar adherencias o continuidades importantes que la ecografía inicial no aclara. La evaluación multidisciplinar incluye también el riesgo de rotura, la posibilidad de embolización y la necesidad de tratar otras localizaciones. La clasificación utilizada para los quistes hepáticos proporciona información morfológica, pero no determina por sí sola la conducta en la localización cardíaca.

Antes del tratamiento se registran parámetros basales útiles para distinguir toxicidad y progresión: hemograma, función hepática y renal, electrolitos y posibles alteraciones neurológicas preexistentes. El tratamiento con albendazol puede requerir vigilancia hematológica y hepática; el benznidazol y el nifurtimox tienen perfiles de tolerabilidad que influyen en la adherencia y la finalización. Los regímenes para la toxoplasmosis requieren atención a la médula ósea y a las interacciones. El embarazo, la edad y las comorbilidades modifican aún más el balance, haciendo inapropiado un protocolo idéntico para todas las parasitosis.

La certeza diagnóstica debe reevaluarse si los datos y la evolución son discordantes. Un paciente seropositivo puede presentar simultáneamente tuberculosis o neoplasia; una mejoría tras el drenaje documenta el beneficio hemodinámico, no necesariamente la corrección de la atribución etiológica. Resulta útil separar en el razonamiento la prueba de infección sistémica, la prueba de enfermedad cardíaca y la prueba de actividad actual. Esta distinción evita tanto tratamientos antiparasitarios prolongados sin una diana demostrada como la falta de identificación de un foco anatómico aún presente.

Tratamiento antiparasitario y manejo de las complicaciones agudas

La terapia específica depende del agente y de la localización: no existe un antiparasitario universal para el derrame. La estabilización hemodinámica avanza en paralelo al tratamiento causal. En presencia de taponamiento, la descompresión no debe posponerse a la espera de que el fármaco reduzca la inflamación. Sin embargo, un posible quiste hidatídico modifica la técnica y exige una planificación experta. Cuando coexisten anafilaxia o sepsis, estos componentes también deben tratarse, porque la evacuación del líquido puede no ser suficiente para restablecer la perfusión.

En la equinococosis cardíaca, la cirugía es necesaria con frecuencia para extirpar la lesión y prevenir la rotura o el compromiso de las estructuras vecinas. El albendazol puede acompañar la estrategia, con tiempos y duración definidos según la localización, la intervención y el riesgo de diseminación. Las decisiones perioperatorias requieren un centro experto y no pueden deducirse automáticamente de los protocolos hepáticos. El tratamiento debe minimizar la salida del contenido y tener en cuenta la posible toxicidad de las sustancias escolicidas sobre las estructuras cardíacas.

En la pericarditis amebiana por extensión de un absceso, se asocia un fármaco activo frente a la enfermedad tisular, como metronidazol, con el control de las colecciones y de la comunicación cuando estén presentes. Tras el tratamiento tisular es necesario un agente luminal apropiado para eliminar la colonización intestinal residual; la regresión del absceso no garantiza esta erradicación. El drenaje pericárdico y el manejo del foco hepático dependen de la anatomía y la gravedad. Las estrategias conservadoras del absceso no complicado no son aplicables sin reservas a una rotura hacia el corazón.

Para Trypanosoma cruzi, benznidazol o nifurtimox son los fármacos etiológicos. Las infecciones agudas y reactivadas requieren tratamiento; en la forma crónica la decisión depende de la edad, el estadio y las características individuales. El control del parásito no sustituye el tratamiento de las arritmias o de la insuficiencia cardíaca ni implica reversibilidad de una cardiomiopatía ya establecida. Por tanto, una pericarditis aguda en el paciente con Chagas crónico debe evaluarse sin asumir que toda manifestación cardíaca responderá a la misma intervención antiparasitaria.

En la toxoplasmosis clínicamente significativa, los regímenes sistémicos incluyen asociaciones como pirimetamina, sulfadiazina y ácido folínico, o alternativas seleccionadas según el huésped, la tolerabilidad y la disponibilidad. El ácido folínico sirve para limitar la toxicidad hematológica de la pirimetamina y no es un detalle opcional del régimen. La triquinelosis se trata con albendazol o mebendazol; la eficacia también depende de la fase de la infección. Los corticosteroides pueden ser necesarios en las formas inflamatorias graves, bajo cobertura antiparasitaria y valoración especializada, no como respuesta automática a cualquier eosinofilia.

El control antiinflamatorio con AINE o colchicina puede considerarse en cuadros seleccionados, pero las pruebas específicas para las distintas parasitosis son limitadas y estos fármacos no sustituyen el tratamiento etiológico. Antes de una inmunosupresión importante, las exposiciones compatibles con otras helmintiasis, incluida la estrongiloidiasis, requieren atención porque los corticosteroides pueden favorecer complicaciones infecciosas graves. Si la evolución sigue siendo desfavorable, deben reevaluarse el diagnóstico, el foco, la actividad parasitaria y el daño estructural, sin prolongar empíricamente tratamientos incapaces de corregir una lesión mecánica.

Pronóstico, vigilancia y secuelas

El pronóstico varía ampliamente entre una reacción pericárdica leve, un quiste cardíaco no roto y una complicación con taponamiento o diseminación. Las estadísticas agregadas de las parasitosis cardíacas no representan el riesgo de la pericarditis aislada. También las series quirúrgicas seleccionan pacientes y anatomías particulares. La evaluación individual debe considerar el patógeno, la localización, la integridad de las estructuras, la función ventricular y la posibilidad de erradicación, además de las condiciones que han favorecido la enfermedad o su reactivación.

A corto plazo se vigilan el derrame y la perfusión, con ecocardiografía repetida según la evolución. Un empeoramiento tras el tratamiento puede deberse a colección residual, sangrado, inflamación, progresión del foco o complicación del procedimiento. La reducción del dolor no excluye estos problemas, y la normalización de los eosinófilos no demuestra curación. Si existe daño miocárdico, la monitorización debe incluir la función ventricular y el ritmo, porque las complicaciones eléctricas pueden persistir independientemente de la evolución pericárdica.

Tras el tratamiento de la equinococosis, la vigilancia debe prolongarse. Las recidivas locales y las localizaciones secundarias pueden aparecer años después; la revisión sistemática de 2024 respalda un seguimiento de al menos diez años para la enfermedad cardíaca. Las pruebas de imagen son fundamentales, mientras que la serología aislada no define de forma fiable la viabilidad o la curación. El programa debe considerar la anatomía original, la posible salida de material y las demás localizaciones afectadas, sin interrumpir los controles únicamente porque la primera prueba posoperatoria sea favorable.

En la amebiasis complicada, la curación requiere el control del foco hepático, de la colección pericárdica y del reservorio intestinal. La persistencia de fiebre o una nueva colección obligan a considerar drenaje incompleto, comunicación residual y sobreinfección bacteriana. Una cavidad radiológica puede regresar más lentamente que los síntomas, por lo que su persistencia aislada no equivale necesariamente a fracaso. La decisión de prolongar o modificar el tratamiento debe integrar la evolución clínica y las características de la imagen, evitando tanto suspensiones prematuras como tratamientos prolongados innecesariamente.

La constricción residual se manifiesta con congestión y limitación del llenado y requiere un estudio hemodinámico específico. Debe distinguirse de cardiomiopatía, hipertensión pulmonar y sobrecarga relacionada con otras enfermedades. Una eventual indicación de pericardiectomía depende de la persistencia, la gravedad y la reversibilidad de la restricción, no de la mera existencia de antecedentes parasitarios. Paralelamente, la toxicidad hepática, las citopenias y los trastornos neurológicos causados por los fármacos deben reconocerse con rapidez, porque pueden limitar la finalización del tratamiento necesario.

La prevención de las recidivas incluye el control de las exposiciones y, en las infecciones oportunistas, el manejo de la inmunodepresión y de las estrategias preventivas apropiadas para cada enfermedad. La higiene de los alimentos, la cocción adecuada de las carnes y las medidas contra la exposición a huevos de equinococo se refieren a vías de transmisión diferentes y no son intercambiables. En el seguimiento cardiológico, la recuperación de los síntomas, el control del agente y la ausencia de secuelas deben evaluarse por separado: solo su integración permite describir correctamente el resultado del tratamiento.

    Bibliografía
  1. Schulz-Menger J et al. 2025 ESC Guidelines for the management of myocarditis and pericarditis. European Heart Journal. 2025;46(40):3952-4041.
  2. Klein AL et al. Pericardial Diseases: International Position Statement on New Concepts and Advances in Multimodality Cardiac Imaging. JACC: Cardiovascular Imaging. 2024;17(8):937-988.
  3. Adler Y et al. 2015 ESC Guidelines for the diagnosis and management of pericardial diseases: The Task Force for the Diagnosis and Management of Pericardial Diseases of the European Society of Cardiology (ESC). Endorsed by: The European Association for Cardio-Thoracic Surgery (EACTS). European Heart Journal. 2015;36(42):2921-2964.
  4. Hidron A et al. Cardiac Involvement with Parasitic Infections. Clinical Microbiology Reviews. 2010;23(2):324-349.
  5. Bumann S et al. Cardiac cystic echinococcosis-A systematic review and analysis of the literature. PLOS Neglected Tropical Diseases. 2024;18(5):e0012183.
  6. Centers for Disease Control and Prevention. Clinical Treatment of Echinococcosis. Centers for Disease Control and Prevention. s. f.. Recurso institucional en línea. Consultado el 26 de septiembre de 2026. https://www.cdc.gov/echinococcosis/hcp/clinical-care/index.html.
  7. Centers for Disease Control and Prevention. Clinical Care of Chagas Disease. Centers for Disease Control and Prevention. s. f.. Recurso institucional en línea. Consultado el 26 de septiembre de 2026. https://www.cdc.gov/chagas/hcp/clinical-care/index.html.
  8. Centers for Disease Control and Prevention. Clinical Care of Toxoplasmosis. Centers for Disease Control and Prevention. s. f.. Recurso institucional en línea. Consultado el 26 de septiembre de 2026. https://www.cdc.gov/toxoplasmosis/hcp/clinical-care/index.html.
  9. Centers for Disease Control and Prevention. Clinical Care of Trichinellosis. Centers for Disease Control and Prevention. s. f.. Recurso institucional en línea. Consultado el 26 de septiembre de 2026. https://www.cdc.gov/trichinellosis/hcp/clinical-care/index.html.
  10. Centers for Disease Control and Prevention. Post-Travel Diarrhea. CDC Yellow Book: Health Information for International Travel. 2026. Recurso institucional en línea. Consultado el 26 de septiembre de 2026. https://www.cdc.gov/yellow-book/hcp/post-travel-evaluation/post-travel-diarrhea.html.
  11. Centers for Disease Control and Prevention. Clinical Overview of Strongyloides. Centers for Disease Control and Prevention. s. f.. Recurso institucional en línea. Consultado el 26 de septiembre de 2026. https://www.cdc.gov/strongyloides/hcp/clinical-overview/index.html.
  12. Roberts WC. Pericardial heart disease: its morphologic features and its causes. Proceedings (Baylor University Medical Center). 2005;18(1):38-55.
  13. Spodick DH. Acute cardiac tamponade. New England Journal of Medicine. 2003;349(7):684-690.
  14. Welch TD et al. Echocardiographic diagnosis of constrictive pericarditis: Mayo Clinic criteria. Circulation: Cardiovascular Imaging. 2014;7(3):526-534.
  15. Sagristà-Sauleda J et al. Effusive-constrictive pericarditis. New England Journal of Medicine. 2004;350(5):469-475.

Aviso informativo: la información contenida en esta página tiene exclusivamente fines informativos y divulgativos y no sustituye el asesoramiento, el diagnóstico ni el tratamiento de un médico. En caso de necesidad, consulte siempre a un profesional sanitario cualificado.

Transparencia sobre inteligencia artificial: esta página ha sido elaborada con el apoyo de herramientas de inteligencia artificial, utilizadas como ayuda en la producción y elaboración de los contenidos.