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Síndrome poslesión cardíaca

El síndrome poslesión cardíaca, también denominado post-cardiac injury syndrome o PCIS, comprende síndromes inflamatorios pericárdicos y con frecuencia pleurales que aparecen después de una lesión del corazón o de las estructuras adyacentes. El evento inicial puede ser un infarto, una intervención quirúrgica, un procedimiento intracardíaco o un traumatismo. El rasgo clínico característico es una respuesta inflamatoria que puede aparecer tras un periodo de latencia y persistir más allá del daño mecánico inicial.

El grupo incluye el síndrome de Dressler, las formas postraumáticas y el síndrome pospericardiotomía. La pericarditis precoz que acompaña a un infarto transmural se relaciona más directamente con la extensión epicárdica de la lesión y debe distinguirse de la forma tardía inmunomediada, aunque forme parte del espectro más amplio de los trastornos pericárdicos postinfarto.

El principal problema diagnóstico es separar la inflamación del sangrado, la perforación, la rotura miocárdica, la infección y otras complicaciones del contexto inicial. Un derrame después de un procedimiento no basta para diagnosticar PCIS. Una definición correcta permite utilizar antiinflamatorios cuando están indicados y, sobre todo, no retrasar un tratamiento mecánico o quirúrgico necesario.

Causas, formas clínicas y epidemiología

La lesión isquémica puede causar una pericarditis precoz, generalmente en los primeros días tras un infarto extenso, mediante la afectación de la superficie epicárdica. El síndrome de Dressler aparece más tarde, clásicamente después de varias semanas, y comporta una respuesta inflamatoria que no se explica solo por la irritación local inmediata. La distinción temporal es útil pero no absoluta: la presentación, la dinámica de los biomarcadores y las complicaciones concomitantes deben interpretarse conjuntamente, especialmente cuando la fecha real del infarto no es segura.

La reperfusión precoz ha reducido la extensión de muchos infartos y la frecuencia de las manifestaciones pericárdicas clásicas. Por ello, los porcentajes históricos del síndrome de Dressler no son directamente transferibles a la cardiología intervencionista contemporánea. Sin embargo, su rareza no autoriza a ignorarlo cuando reaparecen dolor respiratorio, fiebre y derrames tras un intervalo de mejoría. En el mismo contexto, una nueva isquemia o una complicación mecánica siguen siendo diagnósticos prioritarios que deben excluirse.

Los procedimientos intracardíacos pueden desencadenar inflamación después de una ablación, el implante de electrodos, intervenciones coronarias y otras manipulaciones. La magnitud del traumatismo reconocido no siempre predice la respuesta posterior: incluso una lesión relativamente limitada puede ir seguida de serositis. Sin embargo, el dolor y una colección inmediatamente después de un procedimiento exigen ante todo buscar perforación o sangrado. Además, una respuesta inflamatoria tardía y una complicación mecánica pueden coexistir, haciendo necesaria una reevaluación si la evolución no es coherente.

El traumatismo no iatrogénico, contuso o penetrante, puede dañar miocardio, pericardio y pleura. En la fase inicial predominan las urgencias traumáticas; después de la estabilización puede aparecer un síndrome inflamatorio. La documentación del traumatismo, de la sangre en el saco y de las lesiones reparadas ayuda a reconstruir la relación. Un intervalo libre de síntomas no excluye la relación, pero deben considerarse infecciones, colecciones organizadas y lesiones no reconocidas antes de concluir que se trata de una forma inmunomediada.

La cirugía cardíaca constituye un contexto frecuente y relativamente estudiado, pero el simple derrame posoperatorio es mucho más amplio que el síndrome clínico inflamatorio. La apertura de las serosas, el sangrado y la respuesta inmunitaria pueden contribuir con distinta intensidad. El manejo específico de la forma pospericardiotomía incluye además factores operatorios, drenajes y prevención perioperatoria. La evidencia obtenida en este ámbito no debe extrapolarse automáticamente a toda ablación, implante de dispositivo o infarto.

La heterogeneidad epidemiológica depende de las definiciones, los procedimientos, la intensidad de los controles y la duración de la observación. Los estudios que contabilizan cualquier colección detectada por ecografía no miden el mismo fenómeno que los que exigen dolor, fiebre e inflamación documentada. Para interpretar la frecuencia es necesario conocer el denominador y el criterio diagnóstico. En el paciente individual, resulta más útil reconstruir la lesión, la latencia y el fenotipo que aplicar un porcentaje general a intervenciones con anatomía y riesgo completamente diferentes.

Patogenia inmunitaria y fisiopatología

El daño inicial libera componentes celulares y señales de peligro que activan la inmunidad innata. La exposición de antígenos cardíacos y la lesión de las superficies serosas pueden favorecer una respuesta adaptativa, mientras que la sangre y los productos de su degradación contribuyen a la irritación local. La patogenia está respaldada por observaciones clínicas e inmunológicas, pero no se define por un único mecanismo válido para todos los pacientes. El síndrome sigue siendo una entidad clínica heterogénea, no una prueba inmunológica positiva.

La latencia inflamatoria, la tendencia a las recurrencias y la respuesta a los antiinflamatorios son coherentes con un componente inmunomediado. Se han descrito autoanticuerpos contra antígenos cardíacos en estudios específicos, sin que se hayan convertido en pruebas diagnósticas de rutina. Su presencia puede reflejar exposición antigénica y no necesariamente causalidad directa. Por tanto, no es necesario medir anticuerpos antimiocardio para formular el diagnóstico, ni un resultado negativo permite excluir una PCIS clínicamente plausible.

La pleuropericarditis explica la frecuente asociación de dolor respiratorio, roces y colecciones en ambas cavidades. La pleura puede contribuir de forma sustancial a la disnea y al dolor incluso cuando el derrame pericárdico es modesto. El proceso no debe reducirse a la sola cantidad de líquido alrededor del corazón. Una exploración completa del tórax permite distinguir el componente pleural, la atelectasia, la infección y la congestión, que pueden coexistir después de una intervención o durante la recuperación de un infarto.

La exudación pericárdica puede permanecer limitada o producir un aumento significativo de la presión. Después de cirugía o traumatismo, las adherencias y los coágulos modifican la distribución del líquido y favorecen compresiones localizadas. La relación entre las dimensiones ecográficas y la gravedad puede ser menos intuitiva que con una colección libre y circunferencial. El tratamiento antiinflamatorio actúa sobre la producción de exudado, pero no garantiza una descompresión suficientemente rápida cuando el llenado cardíaco ya está comprometido.

La constricción transitoria puede deberse a edema e inflamación de las hojas, con pérdida temporal de distensibilidad. En otros casos, la organización fibrosa deja una restricción persistente. La distinción requiere evolución, marcadores y técnicas de imagen, porque el engrosamiento y el realce no indican por sí solos irreversibilidad. La presencia simultánea de líquido y restricción puede producir un cuadro efusivo-constrictivo, en el que el drenaje resuelve solo una parte del obstáculo al llenado y de la congestión sistémica.

El sustrato miocárdico condiciona la tolerancia al síndrome. Un infarto reciente, una cardiopatía preexistente o un daño procedimental pueden reducir la reserva y amplificar los efectos de la fiebre, la taquicardia y el derrame. Una troponina elevada después de una ablación o un infarto no demuestra automáticamente una nueva miocarditis; es necesario valorar su dinámica y contexto. La fisiopatología debe separar la inflamación serosa de la lesión miocárdica de base, reconociendo al mismo tiempo que ambas pueden contribuir a los síntomas y a la limitación funcional.

Manifestaciones clínicas y criterios diagnósticos

El dolor torácico es con frecuencia pleurítico o posicional y puede asociarse a fiebre, malestar y disnea. La reaparición de los síntomas tras una recuperación inicial sugiere un proceso distinto del dolor inmediato del procedimiento, pero no es específica. Un roce pericárdico o pleural respalda la sospecha cuando está presente; su ausencia no la excluye. La intensidad del dolor no es proporcional a la cantidad de derrame y no permite, por sí sola, clasificar el riesgo hemodinámico.

La anamnesis temporal debe relacionar el evento inicial, la evolución posoperatoria o postinfarto, un posible intervalo asintomático y las nuevas manifestaciones. Deben registrarse la fiebre previa, las infecciones, los problemas de la herida, la anticoagulación y los cambios terapéuticos. En portadores de dispositivos se necesita información sobre el implante y los controles; después de una ablación es útil conocer el tipo y la localización del procedimiento. Una cronología detallada permite distinguir un nuevo episodio de una alteración persistente nunca realmente resuelta.

Los criterios clínicos utilizados convencionalmente requieren al menos dos entre fiebre sin otra causa, dolor pericárdico o pleurítico, roce pericárdico o pleural, derrame pericárdico y derrame pleural asociado a elevación de la proteína C reactiva. La demostración de actividad inflamatoria es esencial para no confundir el síndrome con simples colecciones posoperatorias. Estos elementos deben aplicarse tras una lesión compatible y excluyendo las alternativas: no constituyen un algoritmo que haga innecesario el razonamiento clínico.

La fiebre posprocedimiento requiere interpretación en relación con el tiempo transcurrido y las condiciones generales. Una respuesta precoz inespecífica, una infección del dispositivo, una neumonía o una mediastinitis no deben reclasificarse como PCIS solo porque exista un pequeño derrame. Los cultivos y estudios dirigidos están indicados cuando el cuadro sugiere infección. En particular, la inestabilidad, los escalofríos, la bacteriemia o los signos locales requieren una búsqueda activa del foco antes de introducir inmunosupresión.

La exploración física incluye perfusión, presión venosa, hallazgos pulmonares, roces y signos de congestión. La taquicardia persistente, la hipotensión, la oliguria o el síncope pueden indicar taponamiento u otras complicaciones. Después de cirugía, una colección loculada puede comprimir el corazón sin la presentación clásica, mientras que el dolor esternal y las alteraciones respiratorias pueden dificultar la exploración. La falta de correspondencia entre los síntomas y el primer ecocardiograma no debe detener la investigación si la sospecha de compromiso sigue siendo alta.

La carga inflamatoria se evalúa mediante síntomas, temperatura, proteína C reactiva y evolución temporal. Un valor elevado inmediatamente después de una lesión no es específico de PCIS; la persistencia o un nuevo ascenso adquieren significado en el contexto. Una respuesta favorable a los antiinflamatorios respalda la interpretación, pero no excluye por completo otras causas. El diagnóstico final debe describir el desencadenante, la presencia de pleuropericarditis, las consecuencias hemodinámicas y los elementos que permitieron excluir las complicaciones más peligrosas.

Pruebas y diagnóstico diferencial de las complicaciones

El ECG busca alteraciones compatibles con pericarditis, isquemia, arritmias y trastornos de conducción. Después de un infarto, estimulación o ablación, el trazado puede estar ya modificado, por lo que es indispensable compararlo con estudios previos. Una nueva elevación del segmento ST no debe definirse como pericárdica solo por la presencia de dolor respiratorio. Si el cuadro sugiere isquemia aguda, su vía diagnóstica y terapéutica mantiene la prioridad, mientras el diagnóstico de PCIS se verifica posteriormente.

La ecocardiografía evalúa colecciones, compresión, función ventricular y posibles complicaciones mecánicas. Después de un infarto, un derrame nuevo o creciente requiere especial atención a la posibilidad de rotura de la pared libre o de una forma contenida. Después de procedimientos, deben considerarse perforación y sangrado. Un cuadro inestable exige una valoración urgente y multidisciplinaria; no es apropiado esperar el efecto de la aspirina o la colchicina para establecer si la colección se debe a un mecanismo puramente inflamatorio.

Las colecciones localizadas pueden requerir ecocardiografía transesofágica o TC cuando el estudio transtorácico aporta poca información. La elección depende de la estabilidad, la anatomía y la disponibilidad, evitando que una prueba sofisticada retrase el manejo de una emergencia evidente. La TC puede mostrar hematomas, alteraciones mediastínicas, posición de los electrodos y patologías pulmonares. La sospecha de embolia o lesión aórtica requiere protocolos adecuados, no una exploración genérica del tórax sin una pregunta clínica.

La resonancia magnética cardíaca puede documentar inflamación pericárdica y caracterizar el miocardio en casos estables dudosos, persistentes o recurrentes. Es especialmente útil cuando el dolor y los marcadores no aclaran si existe actividad residual, o cuando aparece fisiología constrictiva. El realce no debe interpretarse de forma aislada como necesidad de tratamiento indefinido. La compatibilidad de los dispositivos y la calidad de las imágenes deben evaluarse mediante procedimientos apropiados, sin considerar cualquier implante una contraindicación absoluta.

Los análisis de laboratorio incluyen hemograma, marcadores inflamatorios, función renal y troponina según el contexto. La dinámica de la troponina después de un evento reciente debe compararse con la evolución esperada y con el ECG y las imágenes. Los hemocultivos, los análisis microbiológicos o los estudios de tromboembolismo se guían por la sospecha. La medición de autoanticuerpos cardíacos no tiene un papel rutinario, y un panel autoinmune amplio no está justificado únicamente por la presencia de un síndrome temporalmente relacionado con una lesión.

El diagnóstico diferencial incluye además insuficiencia cardíaca, sobrecarga, derrames no inflamatorios, neumonía, dolor musculoesquelético y reacciones farmacológicas. Si se drena líquido, el análisis hematológico, la citología y la microbiología se eligen en función de la cuestión; un líquido hemático puede reflejar traumatismo o anticoagulación y no demuestra PCIS. La persistencia de fiebre o la falta de respuesta al tratamiento obligan a reconsiderar estas alternativas, en lugar de interpretar toda evolución difícil como simple resistencia a los antiinflamatorios.

Definición de la evolución y elección del nivel asistencial

La clasificación de la evolución distingue un primer episodio de la actividad incesante y de las recurrencias tras la remisión. Esta distinción debe basarse en un intervalo real de mejoría y en la documentación de la inflamación. Un dolor persistente después de una esternotomía o traumatismo, sin hallazgos compatibles, no equivale automáticamente a pericarditis incesante. Del mismo modo, una colección residual estable puede representar una secuela anatómica más que una enfermedad activa y no debe determinar por sí sola la escalada terapéutica.

El ingreso hospitalario está indicado cuando existen inestabilidad, sospecha de taponamiento, complicación mecánica, infección significativa, daño miocárdico relevante o necesidad de estudios urgentes. Una fiebre importante, un derrame grande, una evolución subaguda y la falta de respuesta aumentan la necesidad de vigilancia y estudio. El contexto posoperatorio o posprocedimiento modifica el riesgo incluso en presencia de síntomas aparentemente típicos. Un plan ambulatorio es apropiado solo después de excluir urgencias y con una posibilidad real de reevaluación rápida.

La evaluación de la constricción es necesaria si persisten presión venosa elevada, ascitis, edemas o intolerancia al esfuerzo tras reducir el líquido. El Doppler, las técnicas de imagen tisular y la evolución ayudan a distinguir una restricción inflamatoria transitoria de la fibrosis consolidada. Sin embargo, una congestión residual también puede deberse a disfunción ventricular o valvular previa. Antes de atribuirla al pericardio es necesario demostrar una fisiología compatible, recurriendo a hemodinámica invasiva en los casos en que la información no invasiva siga siendo discordante.

El tratamiento antitrombótico debe revisarse en relación con la indicación, el tipo de procedimiento, un posible sangrado y el tratamiento antiinflamatorio previsto. El riesgo trombótico de una suspensión puede ser elevado después de intervenciones coronarias o en algunas prótesis valvulares. Por tanto, no es correcta la suspensión automática de anticoagulantes o antiagregantes en cualquier pericarditis. Si se sospecha hemopericardio o es necesario un procedimiento, el balance se define con el equipo tratante y con las medidas de corrección apropiadas.

La compatibilidad farmacológica comprende función renal y hepática, riesgo gastrointestinal e interacciones de la colchicina. El paciente después de un infarto o una cirugía suele tomar varios medicamentos y puede presentar cambios rápidos de la función orgánica. Un plan inicialmente seguro puede volverse inadecuado durante una deshidratación, una infección o la introducción de un antibiótico interactuante. El control no debería limitarse a la eficacia sobre el dolor, sino incluir tolerabilidad, adherencia y capacidad para tomar correctamente las dosis previstas.

Los objetivos de remisión incluyen desaparición de los síntomas inflamatorios, recuperación funcional, normalización de los marcadores cuando previamente estaban elevados y estabilidad o regresión de las alteraciones significativas. No siempre es necesaria la completa desaparición inmediata de cualquier hallazgo ecográfico mínimo. La reevaluación debe programarse con criterios para adelantarla en caso de disnea, fiebre persistente, síncope o empeoramiento general. De este modo, la reducción del tratamiento se basa en un conjunto coherente de datos, en lugar de una fecha rígida.

Tratamiento y límites de las estrategias preventivas

La aspirina se prefiere generalmente cuando la pericarditis sigue a un infarto o coexiste una indicación antiagregante, con dosis antiinflamatoria y reducción posterior guiadas por la respuesta y la tolerabilidad. Las dosis antiagregantes habituales no son equivalentes a las necesarias para controlar una pericarditis activa. La elección debe considerar el sangrado, la gastroprotección y otros tratamientos. Los demás AINE no son intercambiables sin evaluación en el infarto reciente y pueden interferir con el perfil de seguridad cardiovascular o con la acción antiagregante.

La colchicina se asocia al tratamiento antiinflamatorio cuando es apropiado para favorecer el control y reducir las recurrencias. En el adulto, los regímenes utilizados habitualmente incluyen 0,5 mg una vez al día con un peso inferior a 70 kg y dos veces al día desde 70 kg en adelante, sin dosis de carga, con ajustes por función orgánica e interacciones. La duración suele ser de al menos tres meses en el primer episodio y más prolongada en las recurrencias; la decisión individual considera la respuesta, la tolerancia y las características del síndrome.

Los corticosteroides se reservan para contraindicaciones, intolerancia o respuesta insuficiente a los enfoques iniciales y para indicaciones específicas, después de excluir adecuadamente infecciones. Cuando se utilizan, suelen preferirse dosis bajas o moderadas y una reducción lenta tras la remisión. En el infarto reciente, la elección requiere una cautela adicional en relación con la cicatrización tisular y las complicaciones. No es apropiado utilizarlos para enmascarar una fiebre posoperatoria no aclarada ni para tratar automáticamente una colección sin inflamación.

Las recurrencias refractarias requieren confirmación de la actividad pericárdica, verificación de la adherencia y reevaluación de la causa. El bloqueo de la interleucina-1 puede considerarse en fenotipos inflamatorios recurrentes seleccionados, según las recomendaciones y la experiencia especializada. Los ensayos de pericarditis recurrente no hacen equivalentes todas las causas poslesión y no sustituyen la exclusión de una perforación o infección persistente. Incluso con una respuesta rápida, el mantenimiento y la retirada deben planificarse, evitando interrupciones prematuras guiadas solo por el alivio del dolor.

El tratamiento invasivo es necesario para el taponamiento, las colecciones no manejables de forma conservadora o determinadas cuestiones diagnósticas. Una perforación, una rotura miocárdica o un sangrado activo siguen su propio manejo urgente, aunque coexista inflamación. En la constricción persistente, la evaluación distingue un componente reversible de una lesión que puede requerir pericardiectomía. El tratamiento diurético puede aliviar la congestión, pero debe ajustarse para no comprometer la precarga y no debe sustituir el tratamiento del obstáculo mecánico.

La prevención con colchicina tiene evidencia sobre todo después de cirugía cardíaca. COPPS y COPPS-2 estudiaron la reducción del síndrome pospericardiotomía, con atención a la tolerabilidad gastrointestinal; no demostraron que cualquier derrame posoperatorio o cualquier evento tras procedimientos diferentes pueda prevenirse de la misma manera. La profilaxis después de un infarto, traumatismo o implante de un electrodo no debe ampliarse indiscriminadamente basándose en estos resultados. Las colecciones asintomáticas sin inflamación requieren observación y evaluación de la causa, en lugar de prescripción automática de antiinflamatorios.

Pronóstico, complicaciones y seguimiento

La evolución favorable es frecuente cuando el síndrome se reconoce, se excluyen las complicaciones mecánicas y el tratamiento se mantiene hasta una remisión estable. Sin embargo, el pronóstico global depende también del evento inicial: un paciente con un infarto extenso o una cardiopatía avanzada puede seguir limitado después de la resolución de la pericarditis. Por tanto, es necesario separar los desenlaces de la respuesta inflamatoria de los de la enfermedad cardíaca subyacente, evitando interpretar cada síntoma residual como actividad pericárdica.

Las recurrencias pueden aparecer durante una reducción demasiado rápida o después de la suspensión, pero no todas reflejan un error terapéutico. La respuesta inmunitaria puede persistir y requerir un programa más prolongado. Cada nuevo episodio debe documentarse mediante síntomas y hallazgos coherentes; el dolor torácico aislado puede tener otras causas, sobre todo después de cirugía o traumatismo. Un diagnóstico preciso evita tanto el infratratamiento de una reactivación como la exposición prolongada a fármacos en ausencia de inflamación.

El taponamiento tardío representa una complicación importante, especialmente cuando interactúan el derrame, las adherencias y el tratamiento antitrombótico. Puede manifestarse después del alta con disnea, astenia marcada, taquicardia o reducción de la perfusión, sin todos los signos clásicos. Las instrucciones al paciente deben permitir reconocer este cambio e indicar la necesidad de una evaluación urgente. La disponibilidad de un control programado no justifica esperar si los síntomas empeoran rápidamente.

La constricción persistente es menos frecuente que una simple recurrencia inflamatoria, pero debe buscarse cuando la congestión y la limitación funcional no remiten. Su diagnóstico requiere una fisiología compatible y distinguirla de insuficiencia cardíaca miocárdica, valvulopatía y causas extracardíacas de edema. Un componente transitorio puede mejorar con tratamiento y tiempo, mientras que la fibrosis irreversible requiere una evaluación diferente. La observación debe ser lo bastante atenta para documentar la reversibilidad, sin prolongar innecesariamente un tratamiento ineficaz ante un deterioro.

El seguimiento clínico integra síntomas, exploración física, marcadores seleccionados y ecocardiografía cuando sea informativa. Después de procedimientos, el control del dispositivo o de la reparación anatómica puede seguir siendo necesario con independencia de la remisión. La reanudación del esfuerzo se gradúa tras controlar la inflamación y tiene en cuenta un posible daño miocárdico y el programa de rehabilitación. El retorno a las actividades no debería decidirse solo por la desaparición del dolor, especialmente si persisten alteraciones funcionales, arritmias o signos de compromiso hemodinámico.

La continuidad asistencial requiere un resumen claro del desencadenante, de las pruebas que excluyeron complicaciones y del plan de reducción de los fármacos. El cardiólogo, el operador y el médico de atención primaria deben poder distinguir un hallazgo residual esperado de una señal nueva. El paciente debería conocer las dosis, la duración prevista, las interacciones relevantes y los síntomas de alarma. Un seguimiento coordinado favorece la recuperación y reduce el riesgo de que un síndrome tratable se convierta en una secuencia de recaídas tratadas episódicamente sin una reevaluación global de la enfermedad.

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