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Pericarditis por radioterapia

La pericarditis por radioterapia es una manifestación del daño pericárdico asociado a la exposición del corazón a las radiaciones ionizantes empleadas en el tratamiento oncológico. Puede presentarse durante el tratamiento o poco después, o bien aparecer años más tarde con derrame, engrosamiento fibroso y constricción. Por tanto, el término comprende condiciones biológicamente diferentes: una inflamación activa susceptible de tratamiento y una lesión cicatricial en la que el problema predominante es la pérdida de distensibilidad.

Una irradiación torácica previa no demuestra, por sí sola, la causa de una nueva colección. La pericarditis neoplásica, las infecciones y los efectos de los fármacos antitumorales siguen siendo alternativas esenciales, también en los supervivientes a largo plazo. El diagnóstico requiere reconstruir la exposición, definir el fenotipo pericárdico y valorar las demás estructuras cardíacas, porque las coronarias, las válvulas y el miocardio pueden resultar dañados simultáneamente.

La relevancia clínica depende de la rapidez de acumulación del líquido, de la presencia de inflamación reversible y de la extensión de la fibrosis. El enfoque terapéutico debe relacionar estos elementos con la situación oncológica y con la factibilidad de los procedimientos, sin atribuir a la radioterapia cualquier síntoma cardiopulmonar aparecido después del tratamiento.

Exposición, latencia y factores que modifican el riesgo

La irradiación torácica puede afectar al pericardio en el tratamiento de linfomas mediastínicos, tumores pulmonares, esofágicos y mamarios, sobre todo cuando una parte del corazón queda dentro del campo terapéutico. El riesgo no depende simplemente del nombre del tumor ni de la dosis prescrita a la neoplasia: es necesario conocer cuánta radiación alcanzó realmente el corazón y qué regiones estuvieron expuestas. Los tratamientos extratorácicos, en ausencia de una exposición cardíaca significativa, no tienen la misma plausibilidad causal.

La dosimetría comprende la dosis cardíaca media, la distribución de las dosis y el volumen de las estructuras expuestas. Una dosis media relativamente contenida puede ocultar una zona pericárdica sometida a dosis mayores. El fraccionamiento, la duración del tratamiento, una posible reirradiación y la superposición de los campos contribuyen al riesgo. Los límites de planificación son instrumentos preventivos y deben contextualizarse según la técnica y la localización oncológica; no constituyen umbrales diagnósticos que permitan excluir la enfermedad en un paciente concreto.

La latencia es variable. La inflamación precoz puede manifestarse durante el ciclo de radioterapia o en las semanas posteriores, mientras que los derrames tardíos y la constricción pueden aparecer tras intervalos mucho más prolongados. Por ello, un antecedente oncológico de décadas atrás sigue siendo pertinente. Por otra parte, un intervalo temporal breve no autoriza a pasar por alto otras causas agudas, especialmente en pacientes sometidos simultáneamente a quimioterapia, inmunoterapia o procedimientos invasivos.

Las técnicas modernas de conformación de la dosis y control del movimiento respiratorio han reducido la exposición respecto de muchos protocolos históricos. Sin embargo, el beneficio depende del plan individual, de la geometría del objetivo y de los compromisos necesarios para controlar el tumor. Los porcentajes obtenidos de cohortes antiguas con amplios campos mediastínicos no describen automáticamente el riesgo actual. Del mismo modo, la menor frecuencia de las formas agudas no elimina la necesidad de vigilar los efectos tardíos.

Los tratamientos asociados pueden modificar el daño cardíaco global. Las antraciclinas, otros citotóxicos y los tratamientos inmunológicos introducen mecanismos distintos, a veces superpuestos; una disfunción miocárdica puede favorecer el derrame incluso sin pericarditis por radiación activa. La edad, la enfermedad cardiovascular preexistente, la función renal y los factores de riesgo vascular influyen en la reserva funcional y el pronóstico. No todos estos elementos son predictores específicos de daño pericárdico, pero son necesarios para interpretar sus consecuencias clínicas.

Los estudios de cohortes tras quimiorradioterapia pulmonar muestran asociaciones entre la distribución de la dosis cardíaca y la aparición de derrame. Estas observaciones respaldan la atención a la planificación, pero no identifican una regla universal válida para cada tumor, técnica o paciente. La frecuencia de pequeñas colecciones radiológicas difiere de la de pericarditis sintomática, taponamiento o constricción. Separar estos desenlaces evita sobreestimar la enfermedad clínicamente relevante o, por el contrario, ignorar una señal que merece seguimiento.

Daño tisular y consecuencias fisiopatológicas

El daño microvascular es un paso central de la lesión por radiación. Las alteraciones endoteliales, el aumento de la permeabilidad y la respuesta inflamatoria favorecen la exudación en el saco. A la lesión inicial pueden seguir una reparación incompleta, reducción de la red capilar y depósito de matriz extracelular. Estos fenómenos no avanzan necesariamente a la misma velocidad en todas las regiones irradiadas, produciendo un cuadro en el que la actividad inflamatoria y la cicatriz pueden coexistir en lugar de representar fases completamente separadas.

La alteración del drenaje linfático contribuye a la acumulación de líquido, junto con los cambios de permeabilidad. Un derrame puede, por tanto, persistir cuando la fiebre, el dolor y los marcadores inflamatorios están ausentes. Esta distinción tiene consecuencias terapéuticas: reducir la inflamación no restablece necesariamente un sistema de reabsorción deteriorado. La presencia de líquido en el ecocardiograma no basta para concluir que esté indicado intensificar un tratamiento antiinflamatorio, sobre todo en un paciente expuesto a riesgos renales, hemorrágicos o infecciosos.

La fibrosis pericárdica puede engrosar y adherir las hojas, a veces con calcificación. Sin embargo, el hallazgo anatómico no coincide siempre con una limitación funcional: algunos pericardios engrosados siguen siendo hemodinámicamente tolerados, mientras que una constricción puede estar presente sin un aumento marcado del grosor. El significado clínico deriva de la capacidad del saco para adaptarse al llenado y de la transmisión de las variaciones de presión respiratorias, no solo del aspecto de la pared en las imágenes.

En la constricción, el volumen cardíaco global está limitado y los ventrículos compiten más por el espacio disponible. Las variaciones respiratorias acentúan la interdependencia ventricular, favoreciendo la congestión venosa y una menor capacidad de aumentar el gasto durante el esfuerzo. El daño por radiación del miocardio puede añadir un componente restrictivo intrínseco. La combinación de ambos mecanismos es especialmente importante porque la extirpación del pericardio no corrige la rigidez del músculo cardíaco.

El taponamiento, en cambio, se produce por el aumento de la presión del líquido hasta obstaculizar el llenado. La velocidad de acumulación, la distensibilidad residual y el estado de volemia modifican la relación entre volumen y compromiso circulatorio. Las adherencias y las colecciones localizadas pueden comprimir selectivamente una cámara y hacer menos evidentes los signos clásicos. La fisiología efusivo-constrictiva asocia un componente de presión por el líquido a una restricción que persiste después del drenaje.

La cardiopatía asociada puede afectar a las coronarias, los aparatos valvulares, el sistema de conducción y el miocardio. Por tanto, la disnea y la congestión pueden tener múltiples determinantes, incluso cuando el pericardio aparece claramente alterado. Una regurgitación valvular significativa, una isquemia o una disfunción ventricular modifican el beneficio esperado de los procedimientos pericárdicos. La fisiopatología debe reconstruirse como la suma de lesiones potencialmente interactivas: identificar una causa plausible no concluye la investigación de los demás componentes corregibles.

Presentación clínica, anamnesis y exploración física

La forma inflamatoria precoz puede presentarse con dolor torácico respiratorio o posicional, febrícula y roce pericárdico. El dolor tiende a empeorar con la inspiración y el decúbito, pero la presentación puede ser incompleta. La esofagitis, la neumonitis, el dolor de la pared torácica, la isquemia y la embolia pulmonar pueden producir síntomas superpuestos durante los tratamientos oncológicos. La relación con el calendario de radioterapia orienta la sospecha, pero la valoración clínica debe distinguir ante todo las situaciones que requieren una intervención urgente.

El derrame tardío puede ser incidental o causar disnea progresiva, fatiga, ortopnea y reducción de la tolerancia al esfuerzo. La ausencia de dolor y fiebre es compatible con un mecanismo predominantemente fibrótico o linfático. Una colección detectada en la TC oncológica requiere correlación ecocardiográfica cuando el tamaño, los síntomas o la evolución lo hacen necesario. El informe radiológico documenta la anatomía, pero por sí solo no describe cuánto interfiere el líquido con el llenado en las condiciones fisiológicas del paciente.

La presentación constrictiva comprende edemas declives, ascitis, sensación de plenitud abdominal, hepatomegalia y congestión yugular. La disnea puede acompañarse de una fracción de eyección conservada y atribuirse erróneamente solo a enfermedad pulmonar o desacondicionamiento. El signo de Kussmaul y un ruido pericárdico adicional pueden contribuir a la sospecha, pero no son obligatorios. Una ascitis resistente a los tratamientos habituales merece una evaluación cardíaca cuando existe antecedente de irradiación mediastínica.

La anamnesis radioterápica debe reconstruir la localización, el año, la dosis prescrita, el fraccionamiento y las técnicas utilizadas, recuperando el plan cuando esté disponible. Deben registrarse ciclos previos sobre el mismo territorio e intervenciones torácicas, junto con los tratamientos sistémicos. La comparación con ecocardiogramas y TC previos permite establecer si el engrosamiento o el líquido ya estaban presentes. Esta cronología es más informativa que una anotación genérica de radioterapia previa y ayuda a discutir el caso con el radioterapeuta.

La exploración física incluye presión arterial, frecuencia, perfusión periférica, presión venosa, hallazgos respiratorios y signos de congestión. El pulso paradójico, la hipotensión, la oliguria o la alteración del estado mental indican posible compromiso avanzado, pero una presión arterial conservada no excluye un taponamiento compensado. Las comorbilidades pueden enmascarar los hallazgos: la fibrosis pulmonar y el derrame pleural acentúan la disnea, mientras que la neuropatía o los analgésicos modifican la percepción del dolor. Debe valorarse el cambio respecto al nivel funcional habitual.

El riesgo oncológico actual debe evaluarse independientemente del tiempo transcurrido desde la radiación. La pérdida de peso, las adenopatías, una nueva masa, la progresión radiológica o un derrame de rápida recurrencia obligan a considerar una causa tumoral. Incluso en el paciente en remisión, las infecciones y nuevas neoplasias pueden modificar el cuadro. La atribución a la radioterapia es tanto más sólida cuanto mayor es la concordancia entre exposición, fenotipo y pruebas, no cuanto más tiempo haya transcurrido sin controles especializados.

Pruebas diagnósticas y diagnóstico diferencial

La ecocardiografía es la prueba inicial para cuantificar y localizar el derrame, buscar colapso de las cámaras y estudiar los flujos respiratorios. Debe incluir función biventricular, válvulas y presión pulmonar estimada. Una colección pequeña no excluye pericarditis, mientras que una colección grande sin signos compresivos requiere una valoración clínica distinta del taponamiento. En presencia de ventanas difíciles o localizaciones posteriores, otras técnicas pueden aclarar la relación entre líquido y cámaras cardíacas.

El electrocardiograma puede mostrar cambios difusos de la repolarización y del segmento PR en las formas agudas, pero puede ser normal o estar alterado por condiciones concomitantes. El hemograma, la proteína C reactiva, la función renal y la troponina ayudan a identificar inflamación, riesgo farmacológico y posible daño miocárdico. Ningún biomarcador demuestra el origen por radiación. Una troponina elevada requiere interpretación respecto a isquemia, miocarditis y otras causas; no debe incorporarse automáticamente al diagnóstico de pericarditis aislada.

La tomografía computarizada define calcificaciones, engrosamiento, loculaciones y relaciones con el mediastino y los pulmones. También permite buscar signos de progresión tumoral y planificar procedimientos. El engrosamiento liso o calcificado puede ser compatible con daño crónico, pero no es patognomónico. Los nódulos y las masas aumentan la sospecha de neoplasia sin identificar por sí solos el tipo histológico. La utilidad del contraste debe ponderarse frente a la función renal y la pregunta clínica, evitando pruebas repetidas que no cambien la decisión.

La resonancia magnética cardíaca estudia edema, realce pericárdico, movilidad del tabique y afectación miocárdica. Un componente inflamatorio documentado puede apoyar un intento terapéutico en cuadros estables potencialmente reversibles. El realce debe interpretarse junto con los síntomas, los marcadores y la evolución, porque puede persistir también durante el remodelado. La resonancia no sustituye la estabilización de un paciente con taponamiento y no convierte automáticamente un hallazgo tisular en prueba de causalidad por radiación.

El diagnóstico de constricción integra desplazamiento septal respiratorio, Doppler de los flujos, velocidades tisulares y comportamiento de las venas hepáticas. El daño miocárdico asociado puede atenuar algunos hallazgos utilizados habitualmente para distinguir constricción y restricción. En los casos discordantes, el cateterismo con evaluación respiratoria simultánea de las presiones ventriculares puede aclarar la fisiología. La igualación de las presiones diastólicas, de forma aislada, no es específica: debe interpretarse junto con la dinámica ventricular y la información morfológica.

La confirmación etiológica requiere principalmente una exclusión razonada de las alternativas. Si se drena el líquido, la citología y la microbiología se seleccionan según el contexto; una muestra negativa no excluye toda neoplasia o infección. Una biopsia dirigida puede ser útil ante lesiones sospechosas o durante una cirugía, mientras que no es necesaria en todas las formas típicas y estables. La fibrosis y la inflamación histológica son compatibles con irradiación, pero no constituyen una firma exclusiva del daño por radiación.

Definición de la enfermedad y evaluación antes del tratamiento

La clasificación funcional debe especificar si predominan la inflamación dolorosa, el derrame sin inflamación, el taponamiento, la constricción o una combinación. Esta formulación es más útil que una etiqueta etiológica aislada, porque determina las intervenciones inmediatas y los objetivos del seguimiento. Deben registrarse la evolución del líquido, la actividad biológica, la limitación al esfuerzo y los signos de daño orgánico. Un paciente estable con inflamación reciente plantea cuestiones distintas de una persona con ascitis crónica y calcificación difusa.

La reversibilidad se evalúa integrando la duración de los síntomas, los marcadores, las técnicas de imagen tisular y la respuesta a un tratamiento apropiado. Un cuadro constrictivo con actividad inflamatoria puede tener un componente transitorio; una historia prolongada de congestión, fibrosis extensa y escasa actividad hace menos probable una regresión completa. Sin embargo, no existe un único hallazgo que decida por sí solo. La observación terapéutica es razonable únicamente cuando las condiciones hemodinámicas lo permiten y el retraso no expone a un deterioro progresivo.

La evaluación coronaria cobra especial importancia en los supervivientes irradiados, sobre todo en presencia de síntomas, factores de riesgo o planificación quirúrgica. La elección entre técnicas anatómicas y funcionales depende de la probabilidad clínica y de la intervención prevista. Del mismo modo, deben cuantificarse las valvulopatías y la disfunción ventricular. Detectar una lesión asociada puede modificar tanto la estrategia quirúrgica como la expectativa de recuperación tras la pericardiectomía, evitando atribuir solo al pericardio una limitación multifactorial.

La reserva extracardíaca comprende la función pulmonar, el estado nutricional, el hígado y los riñones. Las toracotomías previas, la fibrosis mediastínica y la radioterapia pueden hacer más complejo el acceso quirúrgico; la congestión avanzada y la caquexia aumentan aún más la vulnerabilidad. El riesgo no debe deducirse exclusivamente de puntuaciones genéricas, que pueden representar de forma incompleta estos elementos. Una evaluación multidisciplinaria permite distinguir los riesgos corregibles antes de la intervención de las limitaciones estructurales que reducen su beneficio.

La situación neoplásica orienta los tiempos y la proporcionalidad de los tratamientos. En el paciente con larga expectativa de vida, el control definitivo de una constricción puede tener un valor sustancial; en una enfermedad oncológica rápidamente evolutiva, un drenaje sintomático puede responder mejor a los objetivos. Esta decisión no deriva de la simple presencia de cáncer, sino de la tratabilidad, los síntomas, la autonomía y las preferencias. Incluso una intervención paliativa requiere un diagnóstico fisiológico preciso del trastorno que se desea aliviar.

El programa de seguimiento debe definirse antes de iniciar una estrategia conservadora. Incluye parámetros clínicos, marcadores cuando sean informativos, ecocardiografía y criterios para adelantar la reevaluación. La ausencia de cambios radiológicos no garantiza estabilidad funcional, así como una pequeña colección residual no implica fracaso terapéutico. El objetivo es documentar la mejoría de los síntomas y de la circulación, distinguiéndola de la posible persistencia de hallazgos cicatriciales que pueden seguir siendo visibles durante años sin requerir tratamientos adicionales.

Tratamiento de la inflamación, del derrame y de la constricción

El tratamiento antiinflamatorio está indicado cuando existe una pericarditis activa. La aspirina o un AINE, generalmente asociados a colchicina cuando sea apropiado, siguen los principios de las otras formas agudas, con dosis y duración adaptadas a la función renal, al riesgo hemorrágico y a las interacciones. La evidencia específica para la causa por radiación es limitada: su uso deriva sobre todo del manejo del síndrome pericárdico. Un derrame aislado sin actividad inflamatoria no justifica automáticamente el mismo tratamiento ni una prolongación indefinida.

La colchicina requiere atención ante insuficiencia renal o hepática, citopenias y fármacos que aumenten su exposición. El tratamiento oncológico puede introducir interacciones relevantes y debe examinarse en su conjunto. Los corticosteroides se reservan para indicaciones seleccionadas, contraindicación o respuesta insuficiente a los enfoques iniciales, después de valorar infecciones y otras causas. No son un tratamiento capaz de eliminar la fibrosis por radiación consolidada; una respuesta sintomática no demuestra que toda la limitación hemodinámica sea reversible.

El drenaje es urgente en el taponamiento clínicamente significativo y puede ser necesario para colecciones sintomáticas persistentes o por una cuestión diagnóstica. La pericardiocentesis guiada por imagen y el drenaje quirúrgico se eligen según la distribución, la accesibilidad, las adherencias y las condiciones generales. Un catéter mantenido hasta que disminuya la producción puede limitar la reacumulación en contextos apropiados. El material debe analizarse cuando la causa no esté suficientemente definida, porque atribuir el derrame a la radiación no hace innecesaria la búsqueda de malignidad.

La ventana pericárdica puede ser útil en las recurrencias o cuando el acceso percutáneo no es adecuado, pero no corrige una constricción difusa. Tras la descompresión deben reevaluarse la presión venosa, los síntomas y la fisiología Doppler: una congestión persistente puede señalar una restricción residual, enfermedad miocárdica o valvular. La elección del procedimiento debe anticipar estas posibilidades. Repetir el drenaje sin demostrar una nueva compresión puede exponer a riesgos sin abordar el mecanismo dominante.

La pericardiectomía representa el tratamiento definitivo de la constricción crónica sintomática no reversible en pacientes seleccionados. Después de la radioterapia puede ser técnicamente difícil y aportar un beneficio menor que en las formas idiopáticas, sobre todo por el daño cardíaco y mediastínico concomitante. Se recomienda una evaluación en centros expertos, prestando atención a la extensión de la resección, a las lesiones asociadas y a la posibilidad de recuperación. Los diuréticos alivian la congestión, pero no eliminan la restricción y exigen prudencia para no reducir en exceso la precarga.

La continuidad oncológica requiere coordinación entre cardiólogo, oncólogo y radioterapeuta cuando el evento aparece durante el tratamiento. La gravedad, la posibilidad de modificar el plan y el riesgo de la interrupción guían la decisión; no es apropiada una regla única de suspensión. No existen bases suficientes para prescribir sistemáticamente colchicina o fármacos biológicos como prevención de la fibrosis por radiación. En las raras recurrencias inflamatorias refractarias, los posibles tratamientos avanzados requieren confirmación del fenotipo y una valoración especializada distinta del manejo de la cicatriz.

Pronóstico, complicaciones y vigilancia a largo plazo

El pronóstico pericárdico varía desde la recuperación completa de un episodio inflamatorio hasta la persistencia de derrame o constricción. No coincide con el pronóstico oncológico ni con el de toda la cardiopatía por radiación. Una colección pequeña y estable puede tener poca relevancia inmediata, mientras que una constricción con congestión hepática o insuficiencia renal puede limitar gravemente la autonomía y la supervivencia. Las estimaciones deben referirse al fenotipo real y a las demás lesiones, evitando un único porcentaje para todas las presentaciones.

Las complicaciones hemodinámicas incluyen taponamiento, reducción del gasto, congestión sistémica y fisiología efusivo-constrictiva. Una colección recurrente puede hacer necesarios procedimientos adicionales, mientras que una constricción no reconocida puede causar malnutrición y deterioro hepatorrenal. La posibilidad de recuperación disminuye cuando el daño orgánico se vuelve avanzado. Por ello, la evaluación quirúrgica no debería aplazarse hasta la pérdida completa de reserva en los pacientes con una lesión potencialmente corregible.

Las series quirúrgicas han mostrado resultados menos favorables de la constricción posradiación en comparación con algunas otras etiologías. Esta asociación no significa que todo paciente irradiado sea inoperable: también refleja comorbilidades, daño miocárdico, valvulopatías y complejidad mediastínica. Las decisiones individuales deben basarse en un balance actual de beneficios y riesgos. Presentar una mediana histórica como destino personal puede desalentar tratamientos útiles o crear expectativas erróneas sobre cuánto puede corregir una resección pericárdica.

La vigilancia del superviviente debe continuar más allá de la resolución del episodio. El antecedente de radioterapia, la dosis cardíaca disponible, los tratamientos asociados y el perfil de riesgo determinan la intensidad y periodicidad de los controles cardio-oncológicos. Los nuevos síntomas requieren pruebas antes de cualquier calendario prefijado. El seguimiento no se limita al líquido: comprende la función ventricular y valvular y, según indicación, la enfermedad coronaria. Una ecocardiografía previa normal no anula el riesgo de manifestaciones tardías.

La prevención primaria se basa en reducir la exposición cardíaca de forma compatible con la eficacia oncológica. La planificación personalizada, las técnicas respiratorias y la selección de la modalidad de radioterapia deben discutirse por el equipo competente. El control de la presión arterial, el abandono del tabaco y el manejo metabólico reducen el riesgo cardiovascular general, aunque no son tratamientos específicos de la fibrosis pericárdica. El paciente debería conservar un resumen de los tratamientos recibidos, útil cuando los síntomas aparecen muchos años después en un contexto asistencial diferente.

La calidad de vida y la capacidad para realizar las actividades cotidianas son desenlaces que deben vigilarse junto con las imágenes. La reanudación del ejercicio tras la inflamación debe graduarse según la remisión y la afectación miocárdica, mientras que la rehabilitación en las formas crónicas debe considerar toda la cardiopatía. El aumento de la disnea, el síncope, el edema rápido o la reducción de la diuresis requieren una reevaluación rápida. Un manejo eficaz combina el reconocimiento de las urgencias, el tratamiento del mecanismo predominante y la observación prolongada de las posibles lesiones asociadas.

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