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Fisura congénita de los velos mitrales

La fisura congénita de los velos mitrales es una malformación cardíaca rara caracterizada por la presencia de una discontinuidad estructural en uno o ambos velos valvulares, más frecuentemente en el velo anterior. Esta anomalía provoca una coaptación incompleta de los velos durante la sístole, con la consiguiente insuficiencia mitral de grado variable. La condición puede manifestarse como defecto aislado o en asociación con otras cardiopatías congénitas, en particular con los defectos del canal auriculoventricular. Aunque algunas formas permanecen silentes durante años, en los casos hemodinámicamente significativos el cuadro clínico está dominado por los síntomas del reflujo mitral, hasta evolucionar hacia insuficiencia cardíaca izquierda en los casos no tratados.


Etiología, patogenia y fisiopatología

La etiología de la fisura congénita de los velos mitrales se debe a un defecto en el desarrollo embriológico del cojín endocárdico y del tejido valvular auriculoventricular. Durante las semanas V-VII de gestación, los cojines endocárdicos se fusionan para formar la porción central del aparato valvular mitral, incluidos los velos, las cuerdas tendinosas y parte del tabique auriculoventricular. Si este proceso resulta incompleto o desorganizado, puede quedar una fisura lineal o ramificada en uno de los velos, usualmente el anterior, que representa la continuación del tabique primitivo. La anomalía consiste por tanto en una falta de fusión tisular que, aunque morfológicamente similar a una "hendidura", tiene un origen embriogenético distinto al de las fenestraciones adquiridas o las roturas postinflamatorias.


Los factores de riesgo no siempre son identificables, pero están bien documentadas las asociaciones con otras anomalías congénitas, en particular:

En los raros casos aislados, la génesis puede ser esporádica o estar relacionada con mutaciones que interfieren con la diferenciación de los cojines endocárdicos, como alteraciones en las vías Notch, Wnt o TGF-β, implicadas en la morfogénesis auriculoventricular.


Desde el punto de vista patogénico, la fisura se localiza típicamente a lo largo de la línea de coaptación del velo mitral anterior, en posición medial, y a menudo orientada hacia el tabique. Esta configuración se considera la variante clásica, pero también se han descrito formas con fisuras paracomisurales o múltiples, en ocasiones ramificadas, que pueden involucrar también el velo posterior o imitar una fenestración. La posición y la morfología de la fisura determinan la entidad del reflujo e influyen en la estrategia quirúrgica. En algunos casos, la fisura puede extenderse hacia las cuerdas tendinosas o los márgenes comisurales, agravando el reflujo y comprometiendo aún más la estabilidad valvular.


Es importante distinguir esta condición de las roturas adquiridas de los velos valvulares, que se observan en contextos completamente distintos: endocarditis infecciosa, degeneración mixomatosa, traumatismo torácico o isquemia papilar. La fisura congénita está presente desde el nacimiento, tiene márgenes regulares y contiguos, y no se asocia a tejido necrótico, vegetaciones ni calcificaciones.


La fisiopatología resultante es la típica de la insuficiencia mitral congénita. La pérdida de competencia valvular durante la sístole provoca el reflujo de sangre hacia la aurícula izquierda, con consecuente sobrecarga de volumen. Inicialmente, el ventrículo izquierdo compensa con hipertrofia excéntrica y aumento de la distensibilidad, manteniendo un gasto cardíaco efectivo. Sin embargo, con el tiempo, la hipervolemia crónica provoca una dilatación progresiva de la aurícula y del ventrículo izquierdo, una alteración de la geometría valvular y un deterioro de la función contráctil. En fases avanzadas se desarrolla hipertensión pulmonar reactiva, seguida de disfunción del ventrículo derecho e insuficiencia cardíaca biventricular.


La gravedad del cuadro clínico depende de múltiples factores: tamaño y posición de la fisura, rigidez o laxitud de los velos adyacentes, presencia de anomalías del aparato subvalvular (cuerdas y músculos papilares), y coexistencia de lesiones asociadas. La progresión puede ser lenta y subclínica, o rápida en caso de reflujo amplio.

Manifestaciones clínicas

El cuadro clínico de la fisura congénita de los velos mitrales es extremadamente heterogéneo y depende esencialmente de tres factores: el tamaño y la localización de la fisura, el grado de insuficiencia mitral resultante y la presencia o no de anomalías cardíacas asociadas. En muchos casos, sobre todo en las formas aisladas y con escasa repercusión hemodinámica, la condición puede permanecer asintomática durante años y descubrirse de forma incidental durante una auscultación o una ecocardiografía realizada por otros motivos.
En los pacientes sintomáticos, la sintomatología está estrechamente relacionada con la cantidad de reflujo mitral y la respuesta adaptativa del corazón izquierdo.


En neonatos y lactantes con reflujo severo, la presentación clínica es la de una insuficiencia cardíaca de gasto alto. La sobrecarga de volumen determina un aumento de las presiones de llenado auriculares y ventriculares, con consiguiente congestión pulmonar. Los signos más frecuentes en esta franja etaria son:


En el niño mayor y en el adolescente, los síntomas tienden a manifestarse de forma más insidiosa y progresiva. La disnea de esfuerzo suele ser el primer síntoma referido, seguida de astenia e intolerancia al ejercicio. Con el avance de la dilatación auricular, pueden aparecer palpitaciones relacionadas con extrasístoles auriculares o episodios de taquiarritmia supraventricular. En los casos avanzados, pueden manifestarse signos clínicos compatibles con hipertensión pulmonar y disfunción del ventrículo derecho, como congestión venosa periférica, hepatomegalia pulsátil y alteraciones del retorno venoso sistémico.


En la exploración física, el hallazgo más constante en los pacientes sintomáticos es la presencia de un soplo holosistólico, típicamente audible en el ápex cardíaco e irradiado hacia la axila izquierda. La intensidad del soplo puede variar en función de la cantidad de reflujo y de la distensibilidad auricular. En algunos casos, se asocia un tercer ruido (S3) ventricular, indicativo de sobrecarga de volumen. En los niños con insuficiencia avanzada pueden estar presentes crepitantes pulmonares bibasales e incremento del segundo tono pulmonar en sujetos con hipertensión pulmonar.


Cabe destacar que en presencia de anomalías asociadas —como los defectos del tabique auriculoventricular u otras displasias valvulares— la sintomatología puede estar modulada o enmascarada. En estos casos, la interpretación de los síntomas requiere una valoración integrada del cuadro clínico e instrumental. La posibilidad de una presentación aislada, paucisintomática o latente hace que el diagnóstico dependa aún más de una auscultación cuidadosa y de una ecocardiografía realizada incluso ante indicaciones mínimas.


En los pacientes completamente asintomáticos, la primera señal puede ser una alteración del ECG (por ejemplo, ondas P amplias o bífidas por dilatación auricular) o una cardiomegalia detectada de forma incidental en una radiografía de tórax. En todos los casos, la progresión del reflujo y el eventual remodelado ventricular imponen un seguimiento clínico-ecocardiográfico regular incluso en ausencia de síntomas evidentes.

Diagnóstico y estudios complementarios

El diagnóstico de fisura congénita de los velos mitrales requiere una cuidadosa integración entre los datos anamnésticos, los signos clínicos y las imágenes cardíacas, con especial atención en los casos en que la sintomatología sea leve o ausente. La sospecha clínica suele basarse en la detección de un soplo sistólico apical durante la auscultación, en un paciente sin antecedentes de fiebre reumática u otras causas adquiridas de insuficiencia mitral. En los niños y adolescentes, el diagnóstico también puede sugerirse por signos indirectos como cardiomegalia, alteraciones en el ECG o episodios recurrentes de fatiga.


El electrocardiograma (ECG): puede mostrar signos de sobrecarga auricular izquierda (ondas P bífidas en DII o "P mitral") y, en los casos más avanzados, desviaciones del eje o arritmias supraventriculares.

La radiografía de tórax: útil para valorar la presencia de cardiomegalia, predominantemente a expensas de la aurícula y del ventrículo izquierdo, e identificar eventuales signos de congestión pulmonar.

El instrumento diagnóstico fundamental es la ecocardiografía transtorácica (ETT), que permite visualizar directamente la fisura valvular y cuantificar la magnitud del reflujo mitral. En las vistas paraesternal de eje largo o apical de cuatro cámaras, la fisura aparece como una interrupción lineal o en forma de “V” en la línea de coaptación del velo mitral, a menudo asociada a un chorro regurgitante excéntrico. El Doppler continuo y colorimétrico permite analizar la dirección, la extensión y la velocidad del reflujo, así como estimar el gradiente transvalvular.

En los casos en que la anomalía sea difícil de visualizar, o en pacientes mayores con ventana acústica reducida, está indicada la ecocardiografía transesofágica (ETE), que ofrece una resolución superior y permite explorar en detalle la morfología de la válvula y su dinámica. La ETE es particularmente útil en la planificación quirúrgica, ya que permite:


En casos seleccionados, sobre todo ante la previsión de una intervención compleja o en presencia de múltiples defectos estructurales, puede estar indicado recurrir a imágenes avanzadas. La resonancia magnética cardíaca (RMC) es útil para cuantificar con precisión el volumen de reflujo, evaluar la función del ventrículo izquierdo e identificar eventuales áreas de fibrosis miocárdica.

La tomografía computarizada cardíaca (TC) tiene un papel más limitado, pero puede indicarse en contextos particulares (por ejemplo, pacientes con contraindicaciones para la resonancia o necesidad de definición anatómica extracardíaca).


El diagnóstico diferencial debe establecerse principalmente con otras causas de insuficiencia mitral congénita, como la válvula mitral en paracaídas, la displasia mitral y la presencia de cuerdas tendinosas accesorias. Además, es fundamental distinguir la fisura congénita de las roturas adquiridas del velo valvular, debidas a endocarditis, traumatismo o degeneración mixomatosa, que se presentan con márgenes irregulares, vegetaciones, calcificaciones o prolapso.


Un diagnóstico preciso es fundamental no solo para definir la gravedad del cuadro hemodinámico, sino también para planificar de forma adecuada el tratamiento quirúrgico, si fuera necesario.

Tratamiento y pronóstico

El manejo terapéutico de la fisura congénita de los velos mitrales se basa en una evaluación cuidadosa de la gravedad del reflujo mitral, de la sintomatología clínica y del grado de compromiso hemodinámico. En los pacientes con reflujo leve y función ventricular izquierda conservada, puede estar indicado un enfoque conservador, basado en un seguimiento ecocardiográfico regular y control clínico, especialmente si el paciente es asintomático y la fisura presenta una morfología estable. Sin embargo, en los casos moderados o severos, o en presencia de signos de insuficiencia cardíaca, la intervención quirúrgica representa la estrategia de referencia.


Las indicaciones para la cirugía incluyen:


La reparación valvular es el procedimiento de primera elección y tiene como objetivo lograr el cierre anatómico de la fisura preservando en lo posible el aparato valvular nativo. En la mayoría de los casos es posible una suturas directas de la fisura mediante puntos simples con material no reabsorbible. Cuando la fisura es amplia o afecta los márgenes comisurales, puede realizarse una plastia del velo con eventual anuloplastia asociada, utilizando un anillo protésico o un refuerzo para evitar dilataciones secundarias.

En situaciones más complejas, como en presencia de displasia valvular o aparato subvalvular anómalo, puede ser necesaria una sustitución valvular mitral, opción reservada para casos seleccionados, dada su mayor morbilidad y la necesidad de anticoagulación a largo plazo, sobre todo en la edad pediátrica.


El pronóstico tras la intervención quirúrgica es en la mayoría de los casos excelente, especialmente cuando la corrección se realiza de forma precoz y con técnica reparadora. La reparación de la fisura mitral aislada se asocia a una supervivencia a largo plazo elevada, con buena recuperación funcional y baja tasa de reintervención. La insuficiencia mitral residual es generalmente mínima y bien tolerada, pero requiere vigilancia periódica para prevenir una progresión tardía.


El seguimiento postoperatorio debe incluir controles ecocardiográficos anuales, monitorización de la función sistólica y de las dimensiones de las cavidades cardíacas, además de la evaluación del rendimiento funcional y de la eventual aparición de arritmias. En los niños, el crecimiento somático puede influir en la geometría valvular a lo largo del tiempo, lo que hace fundamental adaptar el plan de vigilancia en función de la edad y de la respuesta a la cirugía.


Los factores pronósticos favorables son la posibilidad de reparar la válvula, la ausencia de anomalías subvalvulares o asociadas, el diagnóstico precoz y la intervención oportuna antes de la aparición de hipertensión pulmonar o disfunción ventricular. En los casos bien tratados, los pacientes pueden llevar una vida completamente normal, con excelente tolerancia al ejercicio y riesgo arrítmico muy bajo.

Complicaciones

Las complicaciones de la fisura congénita de los velos mitrales pueden derivarse tanto de la evolución espontánea de la malformación, especialmente en pacientes no tratados, como de los resultados de la intervención quirúrgica correctora. Su incidencia y gravedad están estrechamente relacionadas con la precocidad del diagnóstico y la calidad de la estrategia terapéutica adoptada.


En el contexto de la evolución natural, la complicación más frecuente y relevante es la progresión de la insuficiencia mitral. Una fisura inicialmente moderada puede volverse con el tiempo hemodinámicamente significativa, con sobrecarga de volumen del ventrículo izquierdo. Esto conlleva una dilatación progresiva de la cavidad ventricular y de la aurícula izquierda, con alteraciones estructurales que reducen la coaptación incluso de las porciones valvulares sanas, agravando aún más el reflujo. El círculo vicioso resultante puede conducir a una disfunción sistólica secundaria y al desarrollo de insuficiencia cardíaca crónica.


Otra complicación potencialmente grave, sobre todo en pacientes no corregidos, es la hipertensión pulmonar. El aumento crónico de la presión en la aurícula izquierda se transmite retrógradamente a la circulación venosa pulmonar, favoreciendo la aparición de congestión pulmonar, disminución de la tolerancia al esfuerzo y, en fases avanzadas, compromiso también de la función ventricular derecha. La asociación de insuficiencia mitral con presión pulmonar elevada empeora notablemente el pronóstico.


A nivel arrítmico, la dilatación auricular izquierda representa un sustrato anatómico para la aparición de taquiarritmias supraventriculares. La fibrilación auricular es la forma más frecuente, sobre todo en adolescentes y adultos jóvenes no tratados, y puede presentarse inicialmente como paroxística para luego hacerse crónica. Esta condición conlleva un aumento del riesgo tromboembólico y empeora la función diastólica ventricular, dificultando el manejo clínico.


En el ámbito postoperatorio, las complicaciones más temidas son la insuficiencia mitral residual y la estenosis mitral iatrogénica. La primera puede producirse por cierre incompleto de la fisura o por daño a las estructuras valvulares durante el procedimiento; la segunda es más rara y puede deberse a un cierre excesivamente tenso de la fisura o a una alteración de la movilidad de los velos. En ambos casos es fundamental el seguimiento ecocardiográfico precoz y periódico, para valorar la funcionalidad valvular y decidir la eventual necesidad de revisión quirúrgica.


Complicaciones raras pero posibles incluyen la disfunción del nodo sinusal o de la conducción auriculoventricular, especialmente en casos con anomalías estructurales asociadas o tras maniobras quirúrgicas complejas. En los niños, una dificultad adicional es la necesidad de reintervención durante el crecimiento, especialmente en aquellos casos en los que la reparación inicial no tenga en cuenta las modificaciones geométricas futuras del aparato mitral.


Por último, en pacientes con fibrilación auricular persistente o aurícula izquierda marcadamente dilatada, puede ser necesaria una profilaxis anticoagulante personalizada para reducir el riesgo de eventos tromboembólicos. La gestión debe ajustarse al perfil de riesgo individual, teniendo en cuenta la edad, la función ventricular y la presencia de otros factores predisponentes.


En conjunto, un tratamiento oportuno y técnicamente adecuado reduce significativamente el riesgo de complicaciones y garantiza a los pacientes una excelente calidad de vida a largo plazo. No obstante, una vigilancia activa, tanto ecocardiográfica como clínica, sigue siendo imprescindible para detectar precozmente eventuales signos de deterioro funcional o recurrencia.

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