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Fármacos antidiabéticos y obesidad

La relación entre la diabetes mellitus tipo 2 y la obesidad no es una simple coexistencia epidemiológica, sino una relación fisiopatológica muy estrecha que condiciona el diagnóstico, la progresión de la enfermedad, la respuesta terapéutica y el pronóstico cardiovascular, renal y hepático. En la gran mayoría de los pacientes con diabetes mellitus tipo 2, el exceso de tejido adiposo, sobre todo visceral y ectópico, constituye uno de los principales determinantes de la resistencia a la insulina, la hiperinsulinemia compensadora inicial, el agotamiento progresivo de las células beta y la amplificación del estado inflamatorio crónico de bajo grado. Por ello, en la diabetología moderna, la elección del fármaco ya no puede basarse únicamente en su capacidad para reducir la hemoglobina glucosilada, sino que debe considerar explícitamente el efecto sobre el peso corporal, la distribución de la grasa, el apetito, el riesgo de hipoglucemia y la posibilidad de mejorar de forma duradera el perfil cardiometabólico global.

La obesidad afecta a una proporción muy elevada de las personas con diabetes mellitus tipo 2 y su tratamiento modifica profundamente toda la estrategia clínica. Incluso una reducción moderada del peso puede mejorar el control glucémico y disminuir las necesidades de tratamiento, mientras que una pérdida más importante, sobre todo en las fases iniciales de la enfermedad, puede favorecer la remisión metabólica en algunos pacientes seleccionados. Desde esta perspectiva, los fármacos antidiabéticos no son todos equivalentes. Algunos favorecen una pérdida de peso clínicamente relevante, otros son sustancialmente neutros y otros tienden a promover el aumento ponderal, por lo que pueden contrarrestar uno de los objetivos centrales del tratamiento. Comprender estos efectos no significa razonar en términos estéticos o accesorios, sino intervenir sobre un elemento causal de la diabetes mellitus tipo 2.

Obesidad y diabetes mellitus tipo 2

Durante muchos años, el manejo de la diabetes mellitus tipo 2 se basó en un modelo casi exclusivamente glucocéntrico, en el que el éxito terapéutico se valoraba sobre todo por la reducción de la glucemia y de la hemoglobina glucosilada. Este enfoque sigue siendo importante, pero hoy es claramente insuficiente. De hecho, el exceso de adiposidad no actúa solo como factor de riesgo inicial, sino como motor biológico persistente de la enfermedad. El tejido adiposo visceral aumenta el flujo de ácidos grasos libres hacia el hígado, favorece la esteatosis hepática, incrementa la producción hepática de glucosa, empeora la sensibilidad muscular a la insulina y contribuye a una secreción alterada de adipocinas y mediadores proinflamatorios. Paralelamente, el depósito ectópico de grasa en el páncreas se ha asociado con el deterioro de la función de las células beta.

De esta secuencia deriva un principio clínico esencial: tratar la obesidad en el paciente con diabetes mellitus tipo 2 significa actuar no solo sobre una comorbilidad, sino sobre una de las bases mecanísticas de la enfermedad. Por eso, la literatura moderna habla cada vez más de un enfoque centrado en el peso, sin negar la necesidad del control glucémico, sino integrándolo en una visión más amplia. Cuando el peso disminuye de manera clínicamente significativa, suelen mejorar la glucemia en ayunas, la glucemia posprandial, la presión arterial, la esteatosis hepática, la apnea obstructiva del sueño, la movilidad, la calidad de vida y el riesgo cardiovascular global.

Sin embargo, la importancia clínica de la pérdida de peso depende de su magnitud. Una reducción del 5 % del peso inicial ya se asocia con mejoras metabólicas medibles, pero los resultados suelen ser más marcados con pérdidas superiores. En personas con diabetes de reciente aparición y obesidad, reducciones ponderales mayores pueden disminuir la glucotoxicidad y la lipotoxicidad hasta favorecer una normalización sustancial del metabolismo de los hidratos de carbono. Esto explica por qué, en la persona con diabetes mellitus tipo 2 y obesidad, la pregunta clínica correcta no es solo qué fármaco reduce mejor la hemoglobina glucosilada, sino qué tratamiento permite alcanzar el mejor equilibrio entre control glucémico, pérdida de peso, seguridad y beneficio orgánico.

Elección de los fármacos antidiabéticos en el paciente con obesidad

La elección del tratamiento farmacológico debe individualizarse, pero en el paciente con obesidad existen algunos principios generales que cuentan hoy con un sólido respaldo de las guías internacionales. El primero es que, siempre que sea posible, deben priorizarse moléculas capaces de reducir la glucemia sin promover el aumento de peso. El segundo es que, en presencia de sobrepeso u obesidad, especialmente si son clínicamente relevantes, deben preferirse los fármacos con efecto favorable sobre el peso, sobre todo cuando el paciente presenta aumento del hambre, exceso de ingesta calórica, adiposidad visceral marcada, esteatosis hepática metabólica o necesidad de reducir las necesidades de insulina. El tercero es que los fármacos asociados con aumento de peso no están «prohibidos», pero deben utilizarse con una justificación clínica clara y con medidas para limitar el daño metabólico.

Este enfoque exige abandonar una lógica rígida por escalones y razonar según fenotipos clínicos. Un paciente joven, con diabetes de diagnóstico reciente, obesidad importante y sin catabolismo, suele obtener el máximo beneficio de estrategias que actúen sobre el apetito, la ingesta energética y la resistencia a la insulina. Un paciente con enfermedad cardiovascular aterosclerótica, insuficiencia cardíaca o enfermedad renal crónica puede requerir opciones en las que el efecto sobre el peso se integre con la protección cardiorrenal. En cambio, un paciente de edad avanzada con fragilidad o sarcopenia no debe tratarse con un objetivo indiscriminado de pérdida de peso, porque la pérdida de masa magra puede resultar clínicamente más peligrosa que el exceso de grasa.

Por tanto, la evaluación inicial debe incluir no solo el índice de masa corporal, sino también el perímetro abdominal, la evolución del peso a lo largo del tiempo, la distribución de la grasa, los signos de hambre disfuncional, el nivel de actividad física, la calidad de la dieta, un posible trastorno por atracón, los tratamientos en curso, el riesgo de hipoglucemia, la función renal, la presencia de esteatosis hepática asociada a disfunción metabólica, insuficiencia cardíaca, apnea del sueño y limitaciones osteoarticulares. En otras palabras, el peso corporal no es una simple medida complementaria, sino un parámetro guía que debe formar parte de la elección del fármaco desde el inicio del proceso terapéutico.

    Efecto esperado sobre el peso de las principales clases

  • Mayor pérdida de peso: agonistas del receptor del péptido similar al glucagón tipo 1 y agonistas duales del polipéptido insulinotrópico dependiente de la glucosa y del péptido similar al glucagón tipo 1
  • Pérdida de peso modesta: inhibidores del cotransportador sodio-glucosa tipo 2, metformina
  • Neutros o con tendencia al aumento de peso: inhibidores de la dipeptidil peptidasa 4, acarbosa, tiazolidinedionas, secretagogos, insulina

Fármacos con efecto favorable sobre el peso

Entre los fármacos antidiabéticos con un perfil favorable en el paciente con obesidad, la metformina mantiene un papel central, sobre todo en las fases iniciales de la diabetes mellitus tipo 2. Su efecto sobre el peso suele ser modesto, pero clínicamente útil porque tiende a ser neutro o ligeramente reductor, a diferencia de los fármacos que favorecen el aumento ponderal. Este comportamiento deriva de una combinación de mecanismos, entre ellos la reducción de la producción hepática de glucosa, la mejora de la sensibilidad a la insulina, una posible modulación de la absorción intestinal y un efecto indirecto sobre el apetito en algunos pacientes. La metformina por sí sola rara vez produce pérdidas de peso espectaculares, pero suele constituir una base metabólica sólida sobre la que construir combinaciones más eficaces para el peso.

Se produjo un cambio de paradigma con los agonistas del receptor del péptido similar al glucagón tipo 1 y, posteriormente, con los agonistas duales del receptor del polipéptido insulinotrópico dependiente de la glucosa y del péptido similar al glucagón tipo 1. Estas moléculas no se limitan a estimular la secreción de insulina dependiente de la glucosa y reducir el glucagón, sino que actúan de forma sustancial sobre la conducta alimentaria. Ralentizan el vaciamiento gástrico en distinta medida, aumentan la saciedad, reducen la recompensa alimentaria y facilitan una disminución de la ingesta energética. El resultado clínico es una pérdida de peso claramente superior a la de la mayoría de las clases antidiabéticas tradicionales. En la persona con obesidad y diabetes mellitus tipo 2, este efecto no es secundario, sino que a menudo constituye la principal razón por la que estos fármacos cambian la trayectoria de la enfermedad.

Dentro de esta área terapéutica existen diferencias cuantitativas. Las formulaciones de semaglutida a dosis para el tratamiento de la obesidad y la tirzepatida han mostrado reducciones de peso especialmente relevantes, con mejoras paralelas de la hemoglobina glucosilada, el perímetro abdominal y otros marcadores cardiometabólicos. Esto hace que estas opciones sean extremadamente atractivas en pacientes con obesidad clínicamente significativa, sobre todo cuando aún es posible recuperar el control glucémico sin insulina o cuando se desea reducir un tratamiento con insulina ya instaurado. No obstante, debe recordarse que el efecto no depende solo de la potencia farmacológica, sino también de la tolerabilidad gastrointestinal, la titulación correcta, la adherencia a largo plazo y la integración con un programa nutricional estructurado.

Los inhibidores del cotransportador sodio-glucosa tipo 2 producen una pérdida de peso más limitada, pero a menudo útil, obtenida principalmente mediante glucosuria y pérdida urinaria de calorías. Su ventaja en el paciente con diabetes mellitus tipo 2 y obesidad es doble. Por un lado, reducen el peso de forma generalmente modesta pero estable; por otro, aportan importantes beneficios cardiorrenales en subgrupos seleccionados. El efecto sobre el peso afecta sobre todo a la masa grasa, en particular la visceral, aunque la literatura también advierte de una posible reducción concomitante de la masa magra en algunos pacientes, lo que exige cautela en personas de edad avanzada, desnutridas o con sarcopenia.

En conjunto, cuando la obesidad constituye una parte sustancial del problema clínico, la jerarquía moderna de las opciones tiende a priorizar fármacos que reduzcan simultáneamente la glucemia y el peso. Esto no significa que todos los pacientes deban recibir el mismo fármaco, sino que la penalización ponderal de algunas estrategias antiguas ya no puede ignorarse como si fuera un detalle marginal.

Fármacos neutros respecto al peso

Existen clases antidiabéticas cuyo impacto ponderal es, en conjunto, neutro o solo mínimamente favorable. Los inhibidores de la dipeptidil peptidasa 4 son el paradigma. Estos fármacos potencian la señal incretínica endógena, pero con una intensidad mucho menor que los agonistas de los receptores y, por lo general, sin producir un efecto apreciable sobre la pérdida de peso. Desde un punto de vista práctico, se toleran bien, son sencillos de usar y se asocian con un bajo riesgo de hipoglucemia cuando no se combinan con secretagogos o insulina, pero en el paciente con obesidad importante su limitación es evidente: controlan la glucemia sin actuar de forma sustancial sobre el determinante fisiopatológico adiposo.

No obstante, esta neutralidad puede ser útil en determinados contextos. Un paciente de edad avanzada, con hiperglucemia moderada, necesidad de simplificar el tratamiento y escasa tolerancia gastrointestinal a los agonistas incretínicos puede beneficiarse de una estrategia que no aumente aún más el peso, aunque no se espere una pérdida ponderal. Del mismo modo, la acarbosa y algunos otros fármacos de uso más selectivo pueden considerarse sustancialmente neutros o ligeramente favorables, pero su papel actual es mucho menos central que el de las clases más modernas.

El punto clínicamente relevante es que la neutralidad ponderal no equivale a una ventaja para el peso. En un paciente con adiposidad visceral marcada, hígado graso, un fuerte impulso alimentario y necesidad de reducir el riesgo cardiometabólico, un fármaco neutro puede resultar metabólicamente insuficiente aunque reduzca la hemoglobina glucosilada. En este grupo de población, el razonamiento terapéutico debe orientarse hacia moléculas capaces de modificar de manera más incisiva el balance energético y la acumulación de grasa.

Fármacos que favorecen el aumento de peso

Los fármacos antidiabéticos asociados con aumento de peso no deben evitarse automáticamente, pero exigen una valoración cuidadosa de la relación entre beneficio y riesgo en el paciente con obesidad. Las sulfonilureas y las glinidas, al aumentar la secreción de insulina de manera relativamente independiente del contexto conductual y con mayor riesgo de hipoglucemia que las clases más recientes, tienden a favorecer el aumento de peso por al menos tres motivos: incremento del anabolismo inducido por la insulina, reducción de la glucosuria y mayor ingesta compensatoria para prevenir o tratar las hipoglucemias. En un paciente que ya presenta obesidad, esta trayectoria puede reforzar la resistencia a la insulina y empeorar el perfil metabólico de base.

Las tiazolidinedionas, en particular la pioglitazona, presentan una situación más compleja. Mejoran la sensibilidad a la insulina y pueden desempeñar un papel útil en fenotipos metabólicos específicos, incluida la esteatohepatitis metabólica en pacientes seleccionados, pero suelen acompañarse de aumento de peso. Este incremento refleja en parte una remodelación adiposa con redistribución de la grasa hacia compartimentos menos perjudiciales que el visceral, pero también retención de líquidos y posible expansión del volumen extracelular. En el paciente con insuficiencia cardíaca actual o previa, la pioglitazona está contraindicada; la obesidad, el edema o el riesgo de fracturas hacen que su elección sea, en cualquier caso, especialmente desfavorable.

La insulina sigue siendo un tratamiento fundamental y, en muchos casos, insustituible, sobre todo cuando predominan el catabolismo, los síntomas de hiperglucemia grave, una marcada reducción de la capacidad secretora de las células beta, una enfermedad de larga evolución o el fracaso de otras opciones. Sin embargo, en la diabetes mellitus tipo 2 con obesidad, el tratamiento con insulina suele acompañarse de aumento de peso. Las razones son fisiopatológicamente coherentes: disminución de la pérdida urinaria de calorías, acción anabólica, corrección del catabolismo de los hidratos de carbono y los lípidos, y posible necesidad de ingerir más calorías para prevenir hipoglucemias. Cuanto más intensivo sea el régimen de insulina y mayor la dosis total, más relevante tiende a ser el riesgo de aumento ponderal.

Esto no implica que deba evitarse la insulina cuando está indicada. Significa, más bien, que cuando se introduce en un paciente con obesidad debe diseñarse desde el principio una estrategia de mitigación del aumento de peso, por ejemplo, manteniendo la metformina si es posible, asociando fármacos con efecto reductor o al menos neutro sobre el peso, reduciendo la hipoglucemia, evitando una insulinización excesiva y actuando en paralelo sobre la alimentación, la actividad física y la revisión periódica de las dosis.

Estrategia terapéutica práctica en el paciente con obesidad

En la práctica clínica, el tratamiento debe construirse a partir de una pregunta esencial: ¿la obesidad es solo una comorbilidad asociada o constituye el principal objetivo terapéutico del caso concreto? En muchos pacientes con diabetes mellitus tipo 2, la segunda hipótesis es la correcta. Cuando el exceso de peso es marcado, el apetito está aumentado, el paciente tiene antecedentes de repetidos fracasos dietéticos y la hemoglobina glucosilada no es extremadamente elevada, el uso precoz de fármacos con un fuerte impacto sobre el peso suele ser más racional que la acumulación progresiva de moléculas que reducen la glucemia pero no modifican el contexto biológico que la genera.

Un paciente con obesidad y enfermedad cardiovascular aterosclerótica puede beneficiarse especialmente de agonistas incretínicos con beneficio cardiovascular demostrado, mientras que en el paciente con insuficiencia cardíaca o enfermedad renal crónica los inhibidores del cotransportador sodio-glucosa tipo 2 adquieren un valor específico que va más allá de la pérdida de peso. En la persona con esteatosis hepática asociada a disfunción metabólica, la elección de fármacos que favorecen la pérdida de peso y mejoran la sensibilidad a la insulina adquiere un significado adicional. En el paciente con obesidad grave y diabetes aún relativamente reciente, una reducción importante del peso puede convertirse, en cambio, en un objetivo de remisión metabólica y de desintensificación terapéutica.

También existen situaciones en las que la prioridad no es lograr la máxima pérdida de peso posible, sino alcanzar el equilibrio adecuado entre eficacia y preservación de la masa magra. En el anciano frágil, el paciente con sarcopenia, la persona con obesidad grave y sedentaria con poca fuerza muscular o el paciente oncológico, no debe perseguirse la pérdida de peso de forma indiscriminada. En estos casos, el clínico debe distinguir entre la reducción de la grasa patológica y la pérdida no deseable de masa muscular, porque el empeoramiento de la composición corporal puede traducirse en mayor discapacidad, más caídas y menor autonomía.

Por último, existe un aspecto fundamental relacionado con el tratamiento combinado. En pacientes tratados con insulina, la asociación con metformina, agonistas del receptor del péptido similar al glucagón tipo 1, agonistas duales o inhibidores del cotransportador sodio-glucosa tipo 2 puede reducir las necesidades de insulina y limitar el aumento de peso. Este enfoque suele ser más fisiopatológico que la simple intensificación progresiva de la insulina, especialmente cuando el problema dominante sigue siendo la resistencia a la insulina relacionada con la adiposidad.

Qué cabe esperar

Uno de los errores más frecuentes en el manejo del paciente con obesidad y diabetes mellitus tipo 2 es valorar la eficacia terapéutica únicamente mediante la cifra de la báscula. El peso sigue siendo un indicador útil, pero no agota el problema. Desde el punto de vista clínico también importa qué tejido se pierde, a qué velocidad, con qué estabilidad y con qué efectos sobre el hambre, la glucemia, la presión arterial, la esteatosis hepática y la funcionalidad cotidiana. Los agonistas incretínicos y los fármacos duales tienden a producir la mayor pérdida de peso, principalmente mediante la reducción de la grasa, pero también pueden acompañarse de cierta pérdida de masa magra, aspecto que exige complementarlos con ejercicio de fuerza y una ingesta adecuada de proteínas.

Los inhibidores del cotransportador sodio-glucosa tipo 2 favorecen una pérdida de peso más limitada, a menudo útil pero rara vez suficiente por sí sola en la obesidad grave. Parte de la reducción inicial puede reflejar cambios en el balance hídrico, mientras que a largo plazo adquiere mayor importancia la disminución de la masa grasa, sobre todo visceral. La metformina suele producir efectos más modestos, pero tiene la ventaja de no obstaculizar los objetivos ponderales y de poder mantenerse en muchas combinaciones. Por el contrario, los secretagogos y la insulina pueden mejorar claramente la glucemia, pero aumentar el peso, por lo que la mejoría metabólica debe interpretarse teniendo en cuenta el coste fisiopatológico de la adiposidad adicional.

La otra cuestión central es la sostenibilidad. Un fármaco que induce una rápida pérdida de peso pero se suspende pronto por náuseas, vómitos, coste, escasa adherencia o expectativas poco realistas corre el riesgo de producir peores resultados que una estrategia menos agresiva pero estable. Por tanto, el éxito terapéutico no depende solo del máximo efecto teórico de una molécula, sino de su integración realista en la vida del paciente, el seguimiento y el proyecto a largo plazo.

Seguimiento clínico

En el seguimiento del paciente con diabetes mellitus tipo 2 y obesidad, la evaluación del peso debe ser sistemática, pero no mecánica. Debe registrarse la tendencia ponderal, no un único dato aislado, y su interpretación debe integrarse con el perímetro abdominal, la hemoglobina glucosilada, las glucemias domiciliarias, la presión arterial, la función renal, las enzimas hepáticas, una posible reducción de las necesidades de otros fármacos y la tolerabilidad del tratamiento. En pacientes tratados con fármacos incretínicos o duales deben vigilarse cuidadosamente los síntomas gastrointestinales, el ritmo de titulación, la hidratación y la calidad de la alimentación, porque una pérdida de peso obtenida a costa de una ingesta proteica insuficiente o de una mala tolerancia prolongada puede ser clínicamente subóptima.

En la persona tratada con inhibidores del cotransportador sodio-glucosa tipo 2 deben vigilarse el estado de hidratación, las infecciones genitourinarias, la cetosis en situaciones predisponentes y, en los pacientes más vulnerables, posibles signos indirectos de pérdida excesiva de masa magra. En el paciente tratado con insulina o secretagogos, el seguimiento debe comprobar no solo si se alcanza el objetivo glucémico, sino también el posible aumento de peso iatrogénico, el número de episodios de hipoglucemia, el incremento de las dosis con el tiempo y la posibilidad de simplificar o replantear la estrategia.

Un aspecto decisivo del seguimiento es la respuesta clínica precoz. Si, después de un periodo adecuado de uso correcto, titulación apropiada y adherencia real, un fármaco no produce ni mejoría glucémica ni un beneficio ponderal coherente con el perfil esperado, es necesario reconsiderar de inmediato la adherencia, el estilo de vida, las interacciones terapéuticas, un diagnóstico alternativo, los trastornos de la conducta alimentaria y la conveniencia de cambiar de enfoque. En el paciente con obesidad, el seguimiento no puede limitarse a «ver si baja la hemoglobina glucosilada», sino que debe comprobar si el tratamiento está modificando realmente la biología clínica del exceso de tejido adiposo.

Pronóstico metabólico

Cuando los fármacos antidiabéticos se eligen teniendo en cuenta la obesidad, el pronóstico metabólico tiende a mejorar no solo por la reducción de la glucemia, sino por el efecto conjunto sobre varios ejes patogénicos. En muchos casos disminuyen la hiperinsulinemia compensadora, las necesidades de dosis elevadas de insulina exógena, la esteatosis hepática, la presión arterial, el perímetro abdominal y la progresión hacia una complejidad terapéutica cada vez mayor. Esto es especialmente cierto cuando la pérdida de peso se obtiene precozmente, en una fase en la que la función residual de las células beta aún es suficiente para permitir una recuperación significativa del control metabólico.

La literatura de los últimos años ha dejado cada vez más claro que el peso corporal no es una variable secundaria, sino un modificador de la historia natural de la diabetes mellitus tipo 2. En los pacientes adecuados, pérdidas de peso más importantes se asocian con mayores probabilidades de remisión o, al menos, de una reducción marcada del tratamiento. En pacientes con obesidad crónica, múltiples complicaciones y una enfermedad de larga evolución, el objetivo realista no siempre es la remisión, pero sigue siendo clínicamente muy relevante la posibilidad de frenar la progresión, limitar la insulinización, mejorar la funcionalidad cotidiana y reducir la carga cardiometabólica global.

Por este motivo, la página sobre fármacos antidiabéticos y obesidad no puede interpretarse como una simple comparación de los efectos ponderales adversos entre moléculas. Es, en un sentido más profundo, el punto en el que el tratamiento de la diabetes deja de ser solo una corrección numérica de la glucemia y se convierte en una estrategia dirigida contra el terreno biológico que sostiene la enfermedad. En los pacientes con diabetes mellitus tipo 2 y obesidad, este cambio de perspectiva suele marcar la diferencia entre añadir fármacos en secuencia y construir un tratamiento verdaderamente coherente con la fisiopatología del caso.

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