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Diabetes postrasplante

La diabetes postrasplante, denominada en la literatura internacional post-transplantation diabetes mellitus (PTDM), es una forma específica de diabetes que aparece después de un trasplante de órgano sólido en pacientes sin diabetes manifiesta preexistente, o que se reconoce como una nueva afección diabética persistente una vez superada la fase perioperatoria inmediata. No coincide con una simple hiperglucemia transitoria debida al estrés quirúrgico, a una infección o al tratamiento precoz con esteroides, sino que representa una complicación metabólica diferenciada en la que interactúan inmunosupresión diabetógena, predisposición individual, inflamación, toxicidad beta celular, resistencia a la insulina y factores relacionados con el órgano trasplantado y la evolución posoperatoria.

Su importancia clínica es muy elevada porque la PTDM no solo empeora el control glucémico, sino que se asocia a mayor riesgo cardiovascular, infecciones, menor supervivencia del paciente, deterioro de algunos resultados del injerto y mayor complejidad terapéutica. El punto central del manejo consiste en distinguir la verdadera diabetes postrasplante de la disglucemia precoz aún no estabilizada, establecer un proceso diagnóstico correcto después de la fase inicial del trasplante y tratar el metabolismo de la glucosa sin comprometer la seguridad inmunológica ni la supervivencia del órgano trasplantado. Precisamente por ello, el consenso internacional más reciente insiste en un enfoque integrado entre diabetólogo, nefrólogo, hepatólogo, neumólogo o cardiólogo de trasplantes, cirujano de trasplantes y equipo de enfermedades infecciosas.

Epidemiología y relevancia clínica

La epidemiología de la diabetes postrasplante es compleja porque varía según el tipo de órgano trasplantado, la definición utilizada, la duración del seguimiento, el protocolo inmunosupresor, el perfil étnico de la población estudiada y la estrategia de cribado adoptada. El consenso internacional de 2024 subraya que la PTDM sigue siendo una de las complicaciones metabólicas más importantes después de un trasplante de órgano sólido y continúa contribuyendo de forma relevante a la morbilidad y la mortalidad. Su frecuencia real se ha infravalorado a menudo en el pasado porque el diagnóstico se basaba principalmente en la glucemia en ayunas, mientras que la oral glucose tolerance test (OGTT, prueba oral de tolerancia a la glucosa) detecta un mayor número de casos, especialmente en las fases iniciales.

En los receptores de trasplante renal, la PTDM es la forma más estudiada, pero el problema también afecta a los trasplantes de hígado, corazón, pulmón y páncreas parcial o multivisceral, con diferencias relacionadas con la carga inflamatoria, la necesidad de esteroides, el estado nutricional y el perfil de los fármacos inmunosupresores. Una parte del riesgo se concentra durante los primeros meses posteriores al trasplante, cuando se suman la cirugía, las dosis altas de glucocorticoides, el tacrolimus, las infecciones víricas y los cambios rápidos del peso corporal y de la ingesta nutricional. Sin embargo, el riesgo no se limita a la fase precoz, porque la diabetes también puede aparecer más tarde en relación con el mantenimiento de la inmunosupresión y la manifestación progresiva de una vulnerabilidad metabólica preexistente.

Desde el punto de vista clínico, la relevancia de la PTDM deriva de que no representa un simple hallazgo de laboratorio. La aparición de diabetes después del trasplante se asocia a un aumento de los acontecimientos cardiovasculares, mayor riesgo infeccioso, deterioro de la función renal en algunos contextos, incremento de las hospitalizaciones y reducción de la supervivencia a largo plazo. Además, la diabetes dificulta el equilibrio terapéutico, porque el médico debe controlar la glucemia sin modificar de forma peligrosa la inmunosupresión. Esta interdependencia entre metabolismo e inmunología es el rasgo distintivo de la PTDM frente a la diabetes tipo 2 clásica.

El peso epidemiológico de la PTDM seguirá siendo elevado en el futuro, porque aumentan la edad y la complejidad metabólica de los candidatos a trasplante, mientras mejora la supervivencia postrasplante y, por tanto, el tiempo disponible para que aparezca la complicación. La medicina moderna de los trasplantes no puede considerar la PTDM un efecto adverso inevitable, sino un desenlace al menos parcialmente prevenible, identificable de manera precoz y tratable de forma cada vez más personalizada.

Patogenia y fisiopatología

La patogenia de la diabetes postrasplante es multifactorial y surge de la interacción entre déficit de secreción de insulina y resistencia a la insulina, con un peso relativo diferente en cada paciente. El consenso internacional más reciente subraya que no existe un único mecanismo dominante válido para todos, sino una convergencia de factores que afectan simultáneamente a la célula beta, el hígado, el músculo, el tejido adiposo y la regulación inmunometabólica. El primer eje fisiopatológico es la diabetogenicidad de la inmunosupresión, especialmente del tacrolimus y los glucocorticoides. El tacrolimus ejerce un efecto particularmente relevante sobre la célula beta, al reducir la transcripción de insulina, alterar la exocitosis de los gránulos y disminuir la capacidad secretora. Los glucocorticoides, por su parte, aumentan la gluconeogénesis hepática, reducen la sensibilidad periférica a la insulina e incrementan la carga metabólica sobre la célula beta.

A esta base farmacológica se añade la vulnerabilidad del receptor. Muchos candidatos al trasplante ya presentan un terreno predisponente, caracterizado por edad avanzada, obesidad visceral, antecedentes familiares de diabetes, esteatosis hepática, prediabetes, actividad física reducida, infección por el virus de la hepatitis C en algunos contextos históricos y menor masa beta celular funcional. En estas personas, el trasplante no crea de la nada una enfermedad metabólica, sino que desestabiliza un equilibrio ya precario. Por tanto, el fármaco inmunosupresor y el estrés quirúrgico actúan como aceleradores biológicos de un trastorno glucémico latente.

La fase posoperatoria precoz introduce otros factores patogénicos. La inflamación sistémica, el aumento de la secreción de hormonas contrarreguladoras, la nutrición artificial o hipercalórica, la movilización reducida, las infecciones oportunistas o nosocomiales y las variaciones rápidas del peso corporal aumentan la resistencia a la insulina y pueden ocultar o precipitar la pérdida de compensación beta celular. Por este motivo, una hiperglucemia aislada durante los primeros días no equivale necesariamente a una PTDM establecida, pero señala un sistema metabólico sometido a una intensa carga que debe reevaluarse una vez superada la fase de máximo estrés.

Desde el punto de vista fisiopatológico final, la PTDM representa el resultado de una insuficiencia beta celular relativa o absoluta incapaz de compensar la carga de resistencia a la insulina inducida por el trasplante y la inmunosupresión. En algunos pacientes predomina el déficit secretor, en otros la resistencia a la insulina y, en otros, ambos procesos progresan en paralelo. Esta variabilidad explica por qué algunos casos se comportan como una diabetes tipo 2 acelerada, mientras que otros muestran una fuerte dependencia de los niveles de tacrolimus y de la dosis de esteroides. Por tanto, una interpretación fisiopatológica correcta es indispensable para establecer el diagnóstico y el tratamiento sin aplicar esquemas rígidos.

Manifestaciones clínicas

Las manifestaciones clínicas deben analizarse siguiendo la secuencia real de la consulta. En la anamnesis, el paciente puede referir los síntomas clásicos de la hiperglucemia, es decir, poliuria, polidipsia, nicturia, astenia, pérdida de peso, visión borrosa y mayor susceptibilidad a las infecciones. Sin embargo, en el contexto postrasplante estos síntomas suelen ser poco específicos y pueden quedar enmascarados por la diuresis inducida por el tratamiento, las oscilaciones del volumen extracelular, la pérdida de masa muscular, los trastornos del sueño, las infecciones concomitantes o los efectos adversos farmacológicos. Por este motivo, la PTDM se diagnostica a menudo durante los controles programados más que por síntomas llamativos.

En la fase precoz, el cuadro clínico suele estar dominado por el contexto posoperatorio. El paciente puede encontrarse en recuperación quirúrgica, con cambios del apetito, nutrición enteral o parenteral, inestabilidad hemodinámica reciente e intensificación de la inmunosupresión. En este escenario, la hiperglucemia puede parecer inicialmente un hallazgo secundario, pero adquiere un significado diferente si persiste más allá de la fase de estrés o aparece con un patrón coherente con una disfunción metabólica estable. Por tanto, el razonamiento clínico correcto exige distinguir la hiperglucemia reactiva posoperatoria de la diabetes persistente que se consolida con el tiempo.

En la exploración física no existen signos patognomónicos de PTDM. Pueden observarse deshidratación leve, aumento o pérdida de peso, adiposidad abdominal, hipertensión arterial, sarcopenia, infecciones cutáneas o mucosas y signos de la enfermedad de base o de toxicidad inmunosupresora. En ocasiones, el paciente presenta un fenotipo metabólicamente frágil, con obesidad central, esteatosis, hipertrigliceridemia o síndrome metabólico ya presentes antes del trasplante. En otros casos, la exploración aporta pocos datos y el diagnóstico depende casi por completo de la vigilancia de laboratorio.

En los casos más graves, la hiperglucemia puede favorecer infecciones, retrasar la cicatrización de las heridas, prolongar la hospitalización y empeorar la estabilidad clínica general. La cetoacidosis diabética no es la forma típica de presentación de la PTDM, pero puede producirse en circunstancias seleccionadas. Con mayor frecuencia, el problema se manifiesta como hiperglucemia persistente o progresivamente creciente, con una repercusión sistémica poco llamativa pero acumulativa. Precisamente esta naturaleza a menudo silenciosa hace indispensable una vigilancia proactiva.

Cuándo sospecharla

La sospecha de diabetes postrasplante debe surgir siempre que un paciente sometido a trasplante de órgano sólido presente hiperglucemia persistente más allá de la fase perioperatoria inicial, o valores glucémicos repetidamente alterados durante el seguimiento, especialmente si recibe tacrolimus, glucocorticoides u otros inmunosupresores diabetógenos. El consenso internacional recomienda no etiquetar como PTDM las hiperglucemias transitorias de la fase muy precoz, porque durante ese periodo el estrés quirúrgico y la elevada intensidad de la inmunosupresión pueden generar alteraciones metabólicas reversibles. La sospecha adquiere mayor relevancia cuando el trastorno glucémico persiste después de la estabilización clínica y terapéutica inicial.

Un elemento decisivo es la anamnesis previa al trasplante. El médico debe determinar si existían prediabetes, glucemia alterada en ayunas, tolerancia alterada a la glucosa, obesidad, antecedentes familiares, diabetes gestacional previa o valores de hemoglobina glucosilada (HbA1c) ya limítrofes. Esta reconstrucción permite distinguir un verdadero inicio nuevo de una afección preexistente no diagnosticada. La cronología farmacológica es igualmente importante: niveles elevados de tacrolimus, uso reciente de pulsos de esteroides, rechazo tratado con intensificación de la inmunosupresión o infecciones concomitantes aumentan la plausibilidad de un cuadro diabetógeno relacionado con el trasplante.

    Elementos que refuerzan la sospecha de PTDM

  • Persistencia de la hiperglucemia más allá de la fase posoperatoria inmediata
  • Exposición a tacrolimus, glucocorticoides o regímenes inmunosupresores diabetógenos
  • Presencia de factores de riesgo metabólico ya documentables antes del trasplante
  • Alteración de la OGTT incluso con una glucemia en ayunas poco indicativa

La sospecha debe ser especialmente alta en pacientes aparentemente paucisintomáticos pero con deterioro metabólico progresivo, infecciones recurrentes, aumento del peso corporal o secreción de insulina presumiblemente insuficiente en el contexto de inmunosupresión intensa. En la PTDM, el problema no consiste solo en reconocer que la glucemia está elevada, sino en atribuir el significado correcto a una hiperglucemia que aparece en un ecosistema clínico completamente distinto al de la diabetes común.

Pruebas diagnósticas y diagnóstico

El diagnóstico requiere una secuencia racional de pruebas y no debe formularse de forma precipitada durante los primeros días posteriores al trasplante. El consenso internacional de 2024 reafirma que el diagnóstico de PTDM debe establecerse después del alta y una vez estabilizado el paciente con la inmunosupresión de mantenimiento, evitando clasificar como diabetes permanente las hiperglucemias por estrés de la fase precoz. En cuanto a los criterios bioquímicos, se utilizan los mismos criterios generales de la diabetes mellitus aplicados fuera de la fase inestable: glucemia en ayunas, glucemia a las 2 horas de la OGTT, HbA1c cuando sea apropiada y glucemia al azar en presencia de síntomas clásicos. No obstante, en los pacientes trasplantados la OGTT conserva un papel especialmente importante porque detecta alteraciones que la glucemia en ayunas aislada puede pasar por alto.

Según el consenso internacional, el diagnóstico de PTDM no debe formularse durante la hospitalización inmediatamente posterior al trasplante basándose en una única hiperglucemia, porque en esa fase intervienen importantes factores de confusión. El proceso correcto consiste primero en identificar y tratar las hiperglucemias clínicamente relevantes y, después, efectuar una reevaluación metabólica formal cuando el paciente se encuentre clínicamente estable. En la práctica, la sospecha aparece de manera precoz, pero el diagnóstico definitivo exige un momento clínico adecuado. Este paso es crucial para evitar tanto el sobrediagnóstico como el infradiagnóstico.

Las pruebas de primera línea incluyen glucemia en ayunas, perfiles glucémicos seriados, HbA1c cuando sea interpretable y evaluación de los principales factores de riesgo. Las pruebas de segunda línea incluyen sobre todo la OGTT, que en el receptor de trasplante conserva un valor diagnóstico superior al de la glucemia en ayunas aislada. También deben considerarse los niveles de tacrolimus u otros inmunosupresores, la función renal, el perfil lipídico, el peso corporal, la presencia de infecciones víricas y el estado nutricional, porque estos elementos no solo completan el cuadro, sino que ayudan a comprender la fisiopatología individual del caso.

A falta de criterios diagnósticos específicos diferentes de los de la diabetes general, el núcleo del diagnóstico de PTDM es la correcta contextualización temporal. No basta con que el paciente trasplantado alcance un valor glucémico umbral; es necesario demostrar que la disfunción persiste o se manifiesta de forma estructurada después de la fase perioperatoria y que no se trata únicamente de un fenómeno transitorio. El diagnóstico diferencial incluye hiperglucemia por estrés, diabetes preexistente no reconocida, hiperglucemia relacionada con esteroides aún no estabilizada, nutrición artificial y sepsis. Solo completar esta secuencia conduce a un diagnóstico verdaderamente útil para el manejo.

Clasificación clínica y factores de riesgo

Desde el punto de vista clínico, la PTDM puede interpretarse como el resultado de una red de factores de riesgo no modificables y modificables. Entre los primeros se incluyen la edad, la constitución genética, los antecedentes familiares de diabetes, el origen étnico y la reserva beta celular individual. Entre los segundos se encuentran la obesidad, la prediabetes previa al trasplante, el tipo y la intensidad de la inmunosupresión, los niveles sanguíneos de tacrolimus, el uso prolongado de esteroides, las infecciones y el estilo de vida posterior al trasplante. Esta clasificación no es meramente descriptiva, sino que ayuda a identificar a los pacientes en quienes deben concentrarse el cribado y la prevención intensificados.

Otra clasificación útil distingue la alteración metabólica de la fase precoz de la de la fase estabilizada. Durante la fase precoz predominan el estrés quirúrgico, las dosis altas de esteroides y la nutrición artificial. En la fase estabilizada adquieren mayor peso la inmunosupresión crónica, la vulnerabilidad individual y el aumento de peso. Esta distinción es esencial porque una misma hiperglucemia puede tener significados completamente diferentes según el momento en que aparezca.

Desde el punto de vista fisiopatológico, la PTDM también puede clasificarse en formas con predominio de déficit secretor, más estrechamente relacionadas con la toxicidad beta celular del tacrolimus, y formas con predominio de resistencia a la insulina, en las que la obesidad, los glucocorticoides y el síndrome metabólico desempeñan un papel mayor. Sin embargo, en la práctica clínica las formas puras son raras y la mayoría de los pacientes presenta un fenotipo mixto. Esta observación explica por qué el tratamiento debe personalizarse y por qué ningún algoritmo sencillo puede sustituir el razonamiento clínico.

Tratamiento

El tratamiento de la diabetes postrasplante debe alcanzar simultáneamente dos objetivos: controlar la glucemia y preservar la seguridad del trasplante. Esto significa que ninguna decisión terapéutica puede tomarse ignorando el perfil inmunosupresor. El consenso internacional de 2024 subraya que la insulina es el tratamiento de elección en el posoperatorio inmediato y en las fases precoces de gran inestabilidad, porque permite un control rápido, flexible y adaptable a los cambios de esteroides, nutrición y función renal. Por tanto, durante las primeras semanas o meses, especialmente en pacientes hospitalizados o con hiperglucemia marcada, la insulina representa la opción más racional.

Una vez superada la fase inestable, el tratamiento debe personalizarse según la función renal, el riesgo cardiovascular, el peso corporal, el órgano trasplantado, las interacciones farmacológicas y el riesgo infeccioso. El consenso de 2024 reconoce la posibilidad de utilizar metformina en pacientes con bajo riesgo cardiorrenal y función renal adecuada, inhibidores del cotransportador de sodio-glucosa tipo 2 (SGLT2) en pacientes con función renal estabilizada y agonistas del receptor del péptido similar al glucagón tipo 1 (GLP-1) cuando la obesidad constituye un problema relevante. Sin embargo, la elección no debe ser mecánica, porque los datos específicos en receptores de trasplante, aunque cada vez mayores, siguen siendo menos sólidos que en la población diabética general.

La modificación de la inmunosupresión puede reducir teóricamente la carga diabetógena, pero esta decisión exige una cautela extrema. Reducir el tacrolimus, cambiar a otro régimen o modular los esteroides puede mejorar el perfil glucémico en algunos contextos, pero cualquier cambio debe sopesarse frente al riesgo de rechazo y discutirse en el equipo de trasplantes. En la PTDM, el diabetólogo no puede actuar como si el tratamiento causal pudiera modificarse libremente; todo el tratamiento debe permanecer subordinado a la protección del órgano trasplantado.

Junto con los fármacos, la nutrición, la actividad física compatible con la recuperación postrasplante, el control del peso y el tratamiento de los factores de riesgo cardiovascular desempeñan un papel esencial. La intervención sobre el estilo de vida, aunque a menudo difícil en pacientes complejos y frágiles, es especialmente importante porque parte de la PTDM surge de la interacción entre un fármaco diabetógeno y un síndrome metabólico preexistente o progresivo. También en este aspecto el fundamento terapéutico es integrado: no basta con reducir la glucemia, sino que debe corregirse todo el perfil de riesgo del receptor.

Monitorización y seguimiento

El seguimiento debe ser estructurado y longitudinal. El consenso internacional recomienda un cribado sistemático antes y después del trasplante, con especial atención a los primeros meses, pero sin limitarse a ellos. La monitorización precoz permite identificar hiperglucemias clínicamente relevantes que requieren tratamiento inmediato, mientras que la monitorización más tardía sirve para establecer si el paciente ha desarrollado realmente PTDM. En este proceso, la OGTT mantiene un papel central precisamente porque muchas alteraciones no se detectan mediante la glucemia en ayunas aislada.

Durante el seguimiento, el paciente debe reevaluarse no solo por los valores glucémicos, sino también por el peso corporal, la presión arterial, el perfil lipídico, la función renal, los niveles de inmunosupresores y la presencia de infecciones. La función del injerto y la función metabólica no pueden separarse. Un deterioro renal modifica la elección de los fármacos hipoglucemiantes, del mismo modo que un cambio de la dosis de tacrolimus o esteroides puede alterar rápidamente el perfil glucémico. Por ello, la PTDM requiere un seguimiento más dinámico que muchas otras formas de diabetes.

La monitorización de la HbA1c puede ser útil a largo plazo, pero durante las fases precoces después del trasplante su interpretación puede estar limitada por anemia, transfusiones, cambios en la supervivencia eritrocitaria y recuperación clínica general. También por este motivo, el consenso reciente sigue otorgando gran valor a la OGTT y a los perfiles glucémicos seriados. En casos seleccionados, especialmente cuando existe una elevada variabilidad glucémica, la monitorización continua de la glucosa puede aportar información adicional, aunque los datos específicos en PTDM siguen siendo menos amplios que en otros contextos diabetológicos.

Por último, el seguimiento debe comprobar la sostenibilidad del plan terapéutico. La adherencia, el riesgo de hipoglucemia, las interacciones, las variaciones del apetito, la recuperación funcional y la capacidad del paciente para manejar un tratamiento crónico forman parte integral de la evaluación. En el receptor de trasplante, el control glucémico nunca es un objetivo aislado, sino un componente de la supervivencia global del paciente y del injerto.

Pronóstico y complicaciones

El pronóstico de la diabetes postrasplante depende de la rapidez del diagnóstico, la gravedad del trastorno glucémico, la estabilidad de la inmunosupresión, la función del órgano trasplantado y la carga global de riesgo cardiovascular e infeccioso. El consenso internacional y las revisiones recientes coinciden en que la PTDM se asocia a peores resultados que los observados en receptores sin diabetes, incluidos un aumento de la mortalidad y una mayor frecuencia de acontecimientos cardiovasculares e infecciosos. El pronóstico no depende únicamente de la glucemia, sino de que la diabetes aparece en un organismo inmunológicamente complejo, a menudo ya afectado por enfermedad cardiovascular, nefropatía o daño multiorgánico.

Las complicaciones agudas incluyen infecciones favorecidas por la hiperglucemia, retraso de la cicatrización, deshidratación y descompensación metabólica en situaciones de inestabilidad clínica. Las complicaciones crónicas incluyen, naturalmente, el riesgo microvascular y macrovascular propio de todas las formas de diabetes, pero en el receptor de trasplante este riesgo se superpone a la toxicidad de los inmunosupresores, la hipertensión, la dislipidemia y la alteración de la función renal. El resultado es un perfil pronóstico más desfavorable que el de la diabetes común, porque los factores de riesgo se potencian mutuamente.

Un aspecto especialmente importante es el posible impacto sobre la supervivencia del injerto. La PTDM no causa automáticamente la pérdida del órgano trasplantado, pero contribuye a un entorno biológico más desfavorable, con mayor vulnerabilidad cardiovascular, infecciosa y renal. En algunos contextos, un control glucémico inadecuado puede complicar todo el seguimiento del trasplante y dificultar la optimización terapéutica. Por ello, el pronóstico mejora sustancialmente cuando la diabetes se identifica de forma precoz y se trata mediante un equipo verdaderamente multidisciplinario.

En síntesis, la PTDM es una complicación metabólica estructural de la medicina moderna de los trasplantes. El pronóstico es tanto mejor cuanto más claramente reconoce el clínico que no se trata de una simple diabetes tipo 2 aparecida por casualidad después de la intervención, sino de una enfermedad metabólica específica en la que la inmunosupresión, la fisiopatología del trasplante y la vulnerabilidad individual deben interpretarse como un único sistema.

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