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Enfermedad renal diabética

La nefropatía diabética, actualmente incluida de forma más correcta en el concepto más amplio de enfermedad renal diabética (diabetic kidney disease, DKD), es la manifestación renal crónica de la diabetes mellitus y representa una de las principales causas de enfermedad renal crónica (chronic kidney disease, CKD) e insuficiencia renal terminal en el mundo. El término clásico «nefropatía diabética» indicaba principalmente la forma estructural atribuible al daño glomerular diabético típico, mientras que el concepto moderno de DKD comprende todo el espectro de afectación renal asociada a la diabetes, incluidos los fenotipos albuminúricos clásicos, los cuadros con reducción progresiva del filtrado glomerular sin albuminuria significativa y las formas que combinan lesiones glomerulares, tubulointersticiales y vasculares. En la práctica clínica, por tanto, la nefropatía diabética no es una única entidad morfológica lineal, sino un continuo anatomoclínico en el que la diabetes actúa como motor de daño hemodinámico, metabólico, inflamatorio y fibrótico.

Su importancia es enorme porque el riñón diabético no es solo un órgano diana microvascular, sino también un amplificador del riesgo sistémico. Cuando aparecen albuminuria y reducción del filtrado glomerular aumenta claramente la probabilidad de acontecimientos cardiovasculares, insuficiencia cardíaca, hospitalización, fragilidad farmacológica, anemia, alteraciones minerales y óseas y progresión hacia la necesidad de diálisis o trasplante. Por ello, la nefropatía diabética no debe considerarse una simple complicación tardía, sino un verdadero punto de inflexión pronóstico en la historia natural de la diabetes. La identificación precoz también es fundamental porque muchos de los tratamientos más eficaces actúan mejor en las fases iniciales o intermedias, cuando el daño aún no es rígidamente cicatricial.

Desde el punto de vista epidemiológico, la afectación renal alcanza a una proporción muy elevada de la población con diabetes. Las síntesis más recientes indican que la CKD está presente en aproximadamente el 20-40 % de las personas con diabetes, con variaciones relacionadas con la edad, la duración y el tipo de diabetes, la presencia de hipertensión, obesidad y enfermedad cardiovascular y la sensibilidad con la que se investigan la albuminuria y la reducción del filtrado glomerular. Esto significa que una parte relevante de la población diabética ya presenta un daño renal demostrable incluso sin síntomas. La creciente longevidad de los pacientes con diabetes, el aumento mundial de la diabetes tipo 2 y el reconocimiento de los fenotipos no albuminúricos hacen probable un incremento adicional de la carga clínica global de esta enfermedad en los próximos años.

Etiología, patogenia y fisiopatología

La causa etiológica cierta de la nefropatía diabética es la diabetes mellitus, es decir, la exposición prolongada del riñón a un entorno biológico dominado por hiperglucemia, alteraciones de la insulina, disfunción hemodinámica intrarrenal y activación inflamatoria crónica. Sin embargo, la mera presencia de diabetes no basta para explicar la gran variabilidad clínica observada. El riesgo y la velocidad de progresión están modulados por factores bien documentados, como la duración de la diabetes, el control glucémico deficiente, la hipertensión arterial, la predisposición genética, la obesidad visceral, la dislipidemia, el sexo, el tabaquismo, el origen étnico, la edad, una masa nefronal inicial reducida, los episodios recurrentes de lesión renal aguda y la presencia de otras complicaciones microvasculares. La relación con la retinopatía diabética resulta especialmente útil en clínica, porque la coexistencia de ambas complicaciones refuerza la hipótesis de una enfermedad microvascular diabética sistémica, aunque su ausencia no excluye en absoluto una nefropatía diabética, sobre todo en la diabetes tipo 2.

La primera etapa fisiopatológica importante es la hiperfiltración glomerular, particularmente relevante en las fases precoces. En el riñón diabético aumenta la reabsorción tubular proximal de glucosa y sodio, favorecida también por la actividad del cotransportador de sodio-glucosa tipo 2. Como consecuencia, llega menos sodio a la mácula densa, se altera la retroalimentación tubuloglomerular y se induce vasodilatación de la arteriola aferente. Paralelamente, la activación del sistema renina-angiotensina-aldosterona incrementa la constricción de la arteriola eferente. El resultado combinado es un aumento de la presión intraglomerular. Esta situación, inicialmente compensatoria, se vuelve patógena con el tiempo porque somete al ovillo glomerular a un estrés mecánico crónico que acelera el daño de la barrera de filtración.

Al estrés hemodinámico se superpone el daño metabólico causado por la hiperglucemia crónica. La glicación no enzimática de proteínas y lípidos genera productos finales de glicación avanzada, que se acumulan en la membrana basal glomerular, el mesangio y la pared vascular, alteran las propiedades estructurales de la matriz extracelular y activan receptores proinflamatorios. Al mismo tiempo aumentan las especies reactivas de oxígeno, se modifica la señalización intracelular mediada por proteína cinasa C, se activan vías profibróticas como las del transforming growth factor beta y el connective tissue growth factor y se intensifica la producción de mediadores que favorecen la expansión mesangial, el depósito de matriz y la rigidez de la microcirculación renal. En síntesis, el glomérulo diabético está sometido simultáneamente a una agresión bioquímica y a una fuerza hemodinámica anómala.

La barrera de filtración glomerular, formada por endotelio fenestrado, membrana basal glomerular y podocitos, es una de las principales dianas del proceso. El endotelio pierde parte de su glucocálix protector y se vuelve más permeable; la membrana basal se engrosa y remodela; y los podocitos, esenciales para la integridad del diafragma de filtración, sufren estrés metabólico, reorganización del citoesqueleto, desprendimiento y pérdida numérica. La pérdida de podocitos es un paso crucial porque favorece la aparición de albuminuria y predispone a glomeruloesclerosis progresiva. En pacientes con el fenotipo clásico, la traducción clínica de este daño es la aparición de albuminuria persistente, inicialmente moderadamente elevada y posteriormente gravemente elevada, aunque hoy se sabe que no todos los pacientes siguen esta trayectoria lineal.

En el mesangio se desarrolla progresivamente una expansión de la matriz extracelular que reduce la superficie capilar útil para el intercambio y favorece la evolución hacia las lesiones nodulares típicas, los nódulos de Kimmelstiel-Wilson. En el compartimento vascular es frecuente la arterioloesclerosis hialina tanto aferente como eferente, un hallazgo histológico muy sugestivo de daño diabético crónico. En el compartimento tubulointersticial aparecen atrofia tubular, inflamación crónica, fibrosis intersticial y rarefacción capilar peritubular. Este componente tubulointersticial es decisivo para el pronóstico porque suele correlacionarse estrechamente con la pérdida de función renal y explica por qué la nefropatía diabética no es únicamente una enfermedad glomerular.

Otro aspecto esencial es la creciente relevancia reconocida de la hipoxia tubulointersticial. En la diabetes, el riñón consume más oxígeno debido al mayor trabajo de reabsorción tubular, mientras que la microvasculatura que debería satisfacer esa demanda se deteriora progresivamente. Se produce así un desequilibrio entre demanda y disponibilidad de oxígeno que acentúa la disfunción mitocondrial, el estrés oxidativo y la activación fibrótica. Este mecanismo ayuda a comprender por qué el daño puede progresar incluso cuando la albuminuria no es muy marcada y por qué existe un fenotipo de enfermedad renal diabética con reducción del filtrado glomerular y albuminuria ausente o escasa. Este fenotipo no albuminúrico está hoy ampliamente reconocido y ha cuestionado el antiguo modelo según el cual el riñón diabético pasaría obligatoriamente de microalbuminuria a proteinuria y después a reducción del filtrado.

Históricamente, la evolución natural clásica se describió mediante el modelo de Mogensen, que proponía hiperfiltración inicial, aparición de albuminuria moderadamente elevada, proteinuria persistente posterior, descenso del filtrado y, finalmente, insuficiencia renal avanzada. Este modelo conserva valor didáctico, pero hoy se considera incompleto. Una proporción no despreciable de pacientes, sobre todo con diabetes tipo 2, presenta una reducción del filtrado glomerular sin una fase albuminúrica evidente, probablemente por un mayor componente vascular y tubulointersticial o por el efecto de los tratamientos modernos que modifican el perfil clínico de la enfermedad. Por tanto, la fisiopatología de la nefropatía diabética debe entenderse como una red de procesos paralelos, no como una única vía obligatoria.

Cuando el daño progresa, el resultado final es la pérdida de nefronas funcionantes. Las nefronas residuales intentan compensar mediante hiperfiltración secundaria, pero esta respuesta vuelve a alimentar una nueva lesión glomerular. Se establece así un círculo vicioso de hiperfiltración, albuminuria, inflamación y fibrosis que conduce a la reducción progresiva del filtrado glomerular estimado (estimated glomerular filtration rate, eGFR). En este punto, el riñón pierde no solo la capacidad de filtrar, sino también la de regular adecuadamente el volumen extracelular, el equilibrio ácido-base, la homeostasis del potasio, la producción de eritropoyetina y el metabolismo mineral, lo que abre la puerta a las manifestaciones clínicas y complicaciones propias de las fases avanzadas.

Manifestaciones clínicas

La nefropatía diabética se desarrolla durante años de forma silenciosa. En la mayoría de los pacientes, las fases iniciales son completamente asintomáticas, razón por la cual la anamnesis espontánea rara vez conduce por sí sola al diagnóstico. La sospecha nace ante todo del contexto: diabetes de larga evolución, empeoramiento del control metabólico, hipertensión, obesidad, retinopatía, neuropatía, antecedentes familiares de enfermedad renal y acumulación progresiva de factores de riesgo cardiovascular. En otras palabras, el paciente casi nunca refiere «síntomas renales» precoces, sino que presenta un perfil clínico que obliga al médico a buscar activamente el daño renal mediante pruebas específicas.

En la anamnesis dirigida, los síntomas comienzan a aparecer principalmente cuando aumenta la albuminuria o se reduce de forma más marcada el filtrado glomerular. Algunos pacientes refieren orina espumosa, signo indirecto de proteinuria importante, o un ligero aumento de la nicturia, especialmente cuando disminuye la capacidad de concentración urinaria. Sin embargo, con mayor frecuencia los primeros signos percibidos corresponden a las consecuencias sistémicas de la reducción de la función renal: mayor fatigabilidad, menor tolerancia al esfuerzo, disnea leve de esfuerzo en presencia de retención hidrosalina o anemia, cefalea y sensación de presión elevada en pacientes con hipertensión mal controlada. En fases intermedias o avanzadas pueden aparecer edema declive en los tobillos, aumento de peso por retención de líquidos, disminución del apetito, náuseas, sabor metálico, prurito, calambres y deterioro general de la calidad de vida.

Sin embargo, la secuencia clínica no es igual en todos los fenotipos. En el perfil albuminúrico clásico, el cuadro puede estar dominado por un aumento progresivo de la proteinuria, edema e hipertensión. En el fenotipo no albuminúrico, por el contrario, el paciente puede presentar un descenso lento del eGFR con pocos signos urinarios, y la enfermedad solo se descubre porque aumenta la creatinina o disminuye el eGFR calculado en los controles periódicos. Esta diferencia es importante porque demuestra que la ausencia de albuminuria macroscópica o edema no excluye una afectación renal clínicamente relevante.

En la exploración física, los hallazgos pueden ser completamente normales en las fases iniciales. A medida que la enfermedad progresa son más frecuentes la hipertensión arterial, el edema periférico, el aumento del peso corporal por expansión del volumen extracelular y, en fases más avanzadas, signos de sobrecarga como crepitantes pulmonares, ingurgitación yugular o empeoramiento de una insuficiencia cardíaca concomitante. El paciente puede mostrar palidez si se ha desarrollado anemia por menor producción de eritropoyetina; en fases urémicas avanzadas pueden aparecer piel seca, excoriaciones por prurito, astenia marcada y deterioro general.

Durante la visita conviene buscar sistemáticamente otras manifestaciones del daño diabético multisistémico. La presencia de retinopatía diabética refuerza la probabilidad de que el riñón esté afectado por un proceso microvascular similar, mientras que la neuropatía periférica, el pie diabético y la enfermedad cardiovascular sugieren una gran carga global de daño vascular. En sentido contrario, algunos elementos deben hacer pensar en una posible nefropatía no diabética o mixta: hematuria macroscópica o sedimento muy activo, síndrome nefrótico de aparición súbita, descenso rápido del filtrado, ausencia de retinopatía en un paciente con proteinuria importante, corta duración de la diabetes o signos sistémicos sugestivos de enfermedades inmunológicas o hematológicas.

En las fases finales, el cuadro clínico se superpone cada vez más al de la CKD avanzada y la uremia. Aparecen anorexia, náuseas persistentes, trastornos del sueño, calambres, menor capacidad de concentración, prurito, empeoramiento del control farmacológico de la glucemia por alteración de la farmacocinética y mayor fragilidad metabólica. En algunos pacientes, la reducción del aclaramiento renal de insulina o de determinados hipoglucemiantes puede aumentar el riesgo de hipoglucemia, generando una situación aparentemente paradójica en la que el paciente con diabetes crónica y CKD avanzada se vuelve más inestable precisamente porque el riñón ya no participa correctamente en el metabolismo de la glucosa y de los fármacos.

Pruebas diagnósticas y diagnóstico

El diagnóstico de la nefropatía diabética surge de un proceso ordenado que parte del cribado sistemático del paciente con diabetes y llega a definir la naturaleza, el estadio y la probabilidad de que el daño renal sea realmente atribuible a la diabetes. Las guías más recientes indican que la evaluación renal debe realizarse cada año mediante el cociente albúmina/creatinina urinaria en una muestra aislada, preferentemente matutina, y la medición de creatinina sérica con estimación del filtrado glomerular. En la diabetes tipo 2, el cribado debe comenzar desde el diagnóstico, mientras que en la diabetes tipo 1 debe iniciarse tras al menos 5 años de evolución, salvo situaciones particulares que requieran adelantarlo.

Según las guías KDIGO (Kidney Disease: Improving Global Outcomes), para diagnosticar enfermedad renal crónica en un paciente con diabetes es necesario documentar una anomalía renal persistente durante al menos 3 meses. En la práctica, esto significa que un único valor alterado no es suficiente si no se demuestra la cronicidad o persistencia de la anomalía, sobre todo en el caso de la albuminuria, que es biológicamente variable y puede verse influida por fiebre, ejercicio físico, infecciones urinarias, insuficiencia cardíaca, hiperglucemia marcada e hipertensión transitoria.

    Según KDIGO, en el paciente con diabetes la enfermedad renal crónica se confirma cuando durante al menos 3 meses está presente uno de los siguientes cuadros

  • reducción del filtrado glomerular estimado eGFR <60 mL/min/1,73 m²
  • albuminuria persistente con cociente albúmina/creatinina urinaria UACR ≥30 mg/g, confirmada en muestras repetidas
  • otros marcadores de daño renal, como alteraciones del sedimento urinario, anomalías tubulares, hallazgos estructurales o alteraciones histológicas documentadas

Para confirmar la persistencia de la albuminuria suele exigirse que al menos 2 de 3 muestras, recogidas durante 3-6 meses, sean anormales. Una vez confirmada la CKD, el paciente debe clasificarse según el esquema CGA, es decir, por causa, categoría de filtrado glomerular y categoría de albuminuria. Las categorías de albuminuria son A1 cuando el UACR es inferior a 30 mg/g, A2 cuando se sitúa entre 30 y 299 mg/g y A3 cuando es igual o superior a 300 mg/g. Las categorías del filtrado siguen la gradación G1-G5. Esta clasificación no es una formalidad, porque integra el riesgo de progresión, acontecimiento cardiovascular, hiperpotasemia, necesidad de derivación a nefrología y preparación para el tratamiento renal sustitutivo.

Tras el primer nivel constituido por UACR y eGFR, el proceso diagnóstico continúa con pruebas de confirmación y caracterización. El análisis completo de orina con sedimento es muy útil para comprobar la presencia de hematuria, cilindros u otros elementos que orienten hacia una nefropatía diferente o superpuesta. La medición de electrolitos, bicarbonato, albúmina, hemograma, perfil lipídico, calcio, fósforo, hormona paratiroidea y vitamina D ayuda a definir el impacto sistémico de la enfermedad renal. En casos seleccionados, la cistatina C puede mejorar la precisión de la estimación del filtrado, sobre todo cuando la creatinina es poco fiable por masa muscular extrema, sarcopenia, obesidad importante, hepatopatía u otras condiciones que alteran su interpretación.

La ecografía renal no sirve para «diagnosticar» la nefropatía diabética en sentido estricto, pero es importante para excluir o identificar causas concomitantes o alternativas, como obstrucción urinaria, nefropatías quísticas, asimetrías marcadas de volumen, litiasis o características estructurales discordantes con la historia clínica. En pacientes con diabetes y CKD avanzada, los riñones pueden tener un tamaño normal o aumentado en las fases iniciales y hacerse más pequeños y fibróticos en las fases terminales, pero este hallazgo no es específico y siempre debe contextualizarse.

El aspecto más delicado del diagnóstico es distinguir la nefropatía diabética «clínica» de una nefropatía no diabética o de una forma mixta. El diagnóstico clínico de nefropatía diabética es muy probable cuando coexisten diabetes de larga duración, albuminuria persistente, progresión relativamente gradual, hipertensión y retinopatía diabética. En cambio, es menos seguro cuando el cuadro es atípico. En estas circunstancias debe considerarse la biopsia renal, que sigue siendo el patrón de referencia del diagnóstico histológico.

Según la mejor literatura nefrológica, la biopsia debe considerarse especialmente ante elementos atípicos como ausencia de retinopatía en presencia de proteinuria importante, corta duración de la diabetes, hematuria glomerular, sedimento urinario activo, síndrome nefrótico de inicio rápido, caída acelerada del eGFR, empeoramiento rápido no explicado o signos clínicos de una enfermedad sistémica no diabética. El motivo es sencillo: una proporción no despreciable de pacientes con diabetes sometidos a biopsia presenta lesiones no diabéticas aisladas o superpuestas, algunas con tratamientos específicos que cambian radicalmente el pronóstico y la estrategia terapéutica.

Cuando se realiza, la biopsia también permite una clasificación histológica formal del daño diabético. La clasificación de la Renal Pathology Society propuesta por Tervaert distingue una clase I con engrosamiento de la membrana basal glomerular visible sobre todo mediante microscopía electrónica; una clase II con expansión mesangial leve o grave; una clase III con glomeruloesclerosis nodular de tipo Kimmelstiel-Wilson; y una clase IV con glomeruloesclerosis avanzada difusa. A estas lesiones glomerulares se añaden puntuaciones de fibrosis intersticial, atrofia tubular, arterioloesclerosis e hialinosis, con un importante valor pronóstico. Sin embargo, en la práctica no se requiere biopsia en la mayoría de los pacientes, porque el diagnóstico clínico suele ser suficientemente sólido y el tratamiento nefroprotector básico estaría indicado de todos modos.

El diagnóstico diferencial incluye nefroangioesclerosis hipertensiva, glomerulonefritis primarias o secundarias, nefropatía por inmunoglobulina A, nefropatía membranosa, amiloidosis, nefropatías tubulointersticiales, mieloma múltiple, nefropatía isquémica y enfermedad ateroembólica, además de las formas mixtas en las que la diabetes coexiste con otra enfermedad renal. Por ello, el juicio final siempre debe surgir de la síntesis de la anamnesis, la exploración física, el laboratorio, el sedimento urinario, las pruebas de imagen y la evolución temporal del daño.

Un paso a menudo infravalorado es la evaluación de los órganos diana y del riesgo cardiorrenal global. Una vez identificada la nefropatía diabética, hay que cuantificar simultáneamente el riesgo cardiovascular, buscar signos de insuficiencia cardíaca, definir la presencia de retinopatía y neuropatía, medir con precisión la presión arterial y revisar todo el tratamiento. En la enfermedad renal diabética, el diagnóstico y la estratificación pronóstica coinciden en gran medida con la capacidad de interpretar al paciente como un sistema y no como la simple suma de creatinina y albuminuria.

Tratamiento y pronóstico

El tratamiento de la nefropatía diabética es hoy uno de los campos más transformados de la medicina interna y la nefrología, porque a la importancia histórica del control metabólico y de la presión arterial se ha añadido un verdadero tratamiento cardiorrenal de protección orgánica. El objetivo no consiste solo en frenar el aumento de la creatinina, sino en reducir la velocidad de pérdida nefronal, limitar la albuminuria, prevenir la insuficiencia renal terminal y disminuir el riesgo cardiovascular, que en estos pacientes suele ser tan relevante como el riesgo estrictamente nefrológico.

La base de cualquier estrategia sigue siendo la intervención multifactorial sobre el terreno biológico que alimenta la enfermedad. Esto significa buscar un control glucémico individualizado, corregir la hipertensión, reducir la carga de sodio, tratar la dislipidemia, favorecer la pérdida de peso cuando esté indicada, abandonar el tabaco, promover una actividad física compatible con el cuadro clínico y limitar la exposición a fármacos nefrotóxicos. Desde el punto de vista nutricional, no se aconseja orientar a los pacientes con CKD hacia dietas hiperproteicas: una ingesta proteica cercana a 0,8 g/kg/día suele considerarse apropiada en las formas sin diálisis, mientras que el exceso de proteínas puede aumentar la carga intraglomerular.

El bloqueo del sistema renina-angiotensina mediante un inhibidor de la enzima convertidora de angiotensina o un antagonista del receptor de angiotensina II sigue siendo un pilar, sobre todo en pacientes con albuminuria e hipertensión. Estos fármacos reducen la presión intraglomerular, disminuyen la albuminuria y ralentizan la progresión del daño. Deben titularse hasta la dosis máxima tolerada, con control de creatinina y potasio. Un aumento inicial moderado de la creatinina puede ser una respuesta hemodinámica esperable y no obliga automáticamente a suspender el tratamiento; en cambio, la combinación de dos bloqueantes del sistema renina-angiotensina no está recomendada porque aumenta los acontecimientos adversos sin aportar un beneficio neto sobre los desenlaces clínicos mayores.

En los últimos años, los inhibidores del cotransportador de sodio-glucosa tipo 2 (sodium-glucose cotransporter 2 inhibitors, SGLT2 inhibitors) han cambiado el pronóstico de la enfermedad renal diabética. Su efecto nefroprotector va más allá de la reducción de la glucemia y depende en gran medida de la corrección de la hiperfiltración glomerular, la disminución de la presión intraglomerular, la mejora del balance de sodio, los efectos favorables sobre la inflamación y el metabolismo energético y la protección cardiovascular asociada. Las guías modernas los recomiendan en pacientes con diabetes tipo 2 y CKD incluso con valores de eGFR relativamente bajos, siempre que estén por encima del umbral de inicio previsto para el fármaco y por las recomendaciones vigentes, y con frecuencia pueden mantenerse hasta el inicio de diálisis o trasplante. No obstante, el clínico debe conocer las precauciones: posible descenso inicial del eGFR, infecciones genitales micóticas, riesgo de depleción de volumen en personas frágiles y, en contextos seleccionados, cetoacidosis euglucémica.

Otro gran avance es la finerenona, antagonista no esteroideo del receptor de mineralocorticoides. Este fármaco ha demostrado reducir la albuminuria, la progresión renal y el riesgo cardiovascular en pacientes con diabetes tipo 2 y CKD albuminúrica pese a un tratamiento optimizado con bloqueo del sistema renina-angiotensina. Su fundamento biológico es sólido: la activación del receptor de mineralocorticoides favorece la inflamación y la fibrosis renal y cardiovascular, mientras que su inhibición selectiva atenúa estos procesos. La selección del paciente es fundamental, porque la finerenona debe utilizarse con una potasemia adecuada y monitorización estrecha del potasio por el riesgo de hiperpotasemia.

Los agonistas del receptor del glucagon-like peptide 1 (glucagon-like peptide 1 receptor agonists, GLP-1 receptor agonists) ocupan un lugar cada vez más importante en pacientes con diabetes tipo 2 y nefropatía diabética, sobre todo cuando se necesita un mayor control glucémico, reducción del peso corporal o protección cardiovascular adicional. Durante años, su beneficio renal se observó principalmente sobre la albuminuria y desenlaces renales secundarios combinados; más recientemente, los datos específicos han reforzado la idea de que algunas moléculas, en particular la semaglutida, también pueden contribuir a proteger frente a desenlaces renales mayores. Esto los hace muy relevantes en las estrategias de combinación, especialmente en pacientes con obesidad, alto riesgo cardiovascular o necesidad de reducir aún más la albuminuria.

El control de la presión arterial sigue siendo determinante. En el riñón diabético, reducir adecuadamente la presión significa disminuir el estrés glomerular, la proteinuria y la progresión de la CKD. Muchos pacientes requieren tratamiento combinado con un bloqueante del sistema renina-angiotensina, un antagonista del calcio dihidropiridínico y un diurético. La elección del diurético depende de la función renal y del perfil de retención hidrosalina. En las formas avanzadas, el control del volumen suele ser tan importante como el control estricto de la presión arterial.

El tratamiento no puede limitarse a la protección glomerular. Deben abordarse activamente las complicaciones de la CKD: anemia, acidosis metabólica, hiperpotasemia, trastornos minerales y óseos y sobrecarga de volumen. Corregir estas condiciones no siempre ralentiza directamente la fibrosis, pero mejora la supervivencia, la calidad de vida, la tolerancia farmacológica y la posibilidad de mantener los tratamientos nefroprotectores fundamentales. Del mismo modo, las estatinas desempeñan un papel estructural en la reducción del riesgo aterosclerótico de los pacientes con diabetes y CKD que no están en diálisis.

Cuando la enfermedad progresa hacia insuficiencia renal avanzada, debe prepararse con tiempo el tratamiento renal sustitutivo. Esto implica hablar con el paciente sobre hemodiálisis, diálisis peritoneal y trasplante renal, valorando la edad biológica, las comorbilidades, el apoyo familiar y sus preferencias. En personas seleccionadas con diabetes tipo 1, el trasplante combinado de riñón y páncreas puede ofrecer ventajas específicas. La preparación precoz es importante porque reduce los inicios urgentes, permite una elección más racional del tipo de tratamiento y mejora los resultados globales.

El pronóstico depende de la interacción de varias variables. Las dos más potentes en la práctica clínica son la albuminuria y el eGFR: cuanto mayor es la albuminuria y menor el filtrado, mayor es el riesgo de progresión, acontecimiento cardiovascular y muerte. La pendiente de descenso del filtrado a lo largo del tiempo también es extremadamente importante. Un paciente con eGFR moderadamente reducido pero en rápido descenso puede tener mayor riesgo que otro con eGFR más bajo pero estable. Empeoran el pronóstico la proteinuria persistente pese al tratamiento, la hipertensión resistente, la retinopatía concomitante, la insuficiencia cardíaca, la obesidad, el tabaquismo, la escasa adherencia, los episodios recurrentes de lesión renal aguda y las lesiones histológicas avanzadas cuando se conocen. Por el contrario, la identificación precoz y la combinación oportuna de intervenciones multifactoriales y tratamientos cardiorrenales modernos pueden modificar sustancialmente la historia natural de la enfermedad.

Complicaciones

La complicación más intuitiva de la nefropatía diabética es la progresión hacia la insuficiencia renal terminal. Esta evolución se produce porque el daño glomerular, tubulointersticial y vascular reduce progresivamente el número de nefronas funcionantes, y las nefronas residuales entran en hiperfiltración compensatoria, perpetuando el círculo vicioso del daño. Cuando la reserva nefronal resulta insuficiente, el paciente necesita diálisis o trasplante. Sin embargo, centrar toda la atención en este desenlace final puede hacer que se infravalore que muchas de las complicaciones más frecuentes y mortales aparecen mucho antes de la diálisis.

La más relevante en términos de mortalidad es la enfermedad cardiovascular. La nefropatía diabética aumenta enormemente el riesgo de aterosclerosis, infarto, ictus, muerte cardiovascular y, sobre todo, insuficiencia cardíaca. El mecanismo es multifactorial: la retención de sodio, la hipertensión, la inflamación sistémica, la disfunción endotelial, el estrés oxidativo, la anemia, la hiperactivación neurohormonal y la acumulación de toxinas urémicas contribuyen a empeorar el perfil hemodinámico y vascular. En muchos pacientes con diabetes, la nefropatía no es solo una vía hacia la diálisis, sino un potente multiplicador del riesgo cardíaco.

Entre las complicaciones clínicas más frecuentes se encuentran la hipertensión arterial y la sobrecarga de volumen. Estas condiciones aparecen porque el riñón enfermo pierde la capacidad de eliminar adecuadamente sodio y agua y porque el sistema renina-angiotensina-aldosterona permanece activado. Como consecuencia se producen edema periférico, congestión pulmonar, empeoramiento de la insuficiencia cardíaca y mayor dificultad para controlar la presión arterial. En pacientes con enfermedad avanzada, incluso un pequeño exceso de volumen puede tener un impacto sintomático importante.

Otra complicación muy frecuente es la hiperpotasemia, causada por la menor capacidad renal para excretar potasio y favorecida por el uso necesario de bloqueantes del sistema renina-angiotensina y finerenona. El riesgo aumenta en fases avanzadas, en presencia de acidosis metabólica, una dieta rica en potasio, deshidratación o uso concomitante de otros fármacos que interfieren con la homeostasis del potasio. La hiperpotasemia es clínicamente relevante porque puede obligar a reducir tratamientos nefroprotectores fundamentales, creando un difícil equilibrio entre protección renal y seguridad inmediata.

La acidosis metabólica aparece cuando el riñón ya no logra regenerar bicarbonato ni eliminar adecuadamente los ácidos fijos. El paciente puede presentar astenia, sensación de disnea, mayor catabolismo proteico y pérdida acelerada de masa muscular. A largo plazo, la acidosis también contribuye a la desmineralización ósea y al empeoramiento del estado inflamatorio y nutricional.

La anemia de la CKD es especialmente frecuente en la nefropatía diabética y puede aparecer relativamente pronto. Se debe principalmente a la menor producción de eritropoyetina por el riñón enfermo, aunque también contribuyen la inflamación crónica, la deficiencia de hierro funcional o absoluta, las pérdidas sanguíneas y la malnutrición. Clínicamente causa cansancio, disnea, menor rendimiento físico, deterioro cognitivo y mayor vulnerabilidad cardiovascular, sobre todo en pacientes que ya presentan cardiopatía isquémica o insuficiencia cardíaca.

El riñón diabético avanzado desarrolla además las alteraciones típicas del metabolismo mineral y óseo de la CKD, con retención de fósforo, menor activación de la vitamina D, hiperparatiroidismo secundario y remodelado óseo patológico. Esto aumenta la fragilidad esquelética, las calcificaciones vasculares y el riesgo cardiovascular. Aunque estas complicaciones son comunes a muchas nefropatías crónicas, en la nefropatía diabética se suman a un terreno ya intensamente proaterogénico e inflamatorio.

Una complicación que a menudo se subestima es la mayor susceptibilidad a la lesión renal aguda. El paciente con nefropatía diabética tolera peor la deshidratación, la sepsis, los medios de contraste, los fármacos nefrotóxicos y las descompensaciones hemodinámicas. Cada episodio de lesión renal aguda puede dejar una pérdida residual de función y acelerar la trayectoria hacia la insuficiencia terminal. Por ello, la prevención de los episodios agudos, la educación para la gestión de los días de enfermedad y la revisión periódica del tratamiento forman parte integral de la asistencia.

Por último, la CKD avanzada modifica el metabolismo de la insulina y de los fármacos hipoglucemiantes, aumentando el riesgo de hipoglucemias y acontecimientos adversos farmacológicos. Esta paradoja clínica es importante: el paciente puede parecer «mejor» porque la glucemia desciende, cuando en realidad la reducción de la función renal está disminuyendo el aclaramiento de insulina o fármacos. Sin un ajuste terapéutico cuidadoso, la nefropatía diabética puede convertirse también en una complicación metabólica del propio tratamiento de la diabetes.

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