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Criterios diagnósticos y pruebas en la diabetes mellitus
glucemia, prueba de tolerancia oral a la glucosa y hemoglobina glucosilada

El diagnóstico de la diabetes mellitus no se basa en un único concepto abstracto de hiperglucemia, sino en umbrales bioquímicos definidos según la relación entre el aumento de la glucemia y el riesgo de complicaciones, sobre todo microvasculares, con especial referencia a la retinopatía. Con el tiempo, el proceso diagnóstico se ha estandarizado progresivamente hasta reconocer, en las personas no gestantes, cuatro vías diagnósticas principales: glucemia plasmática en ayunas, glucemia plasmática a las 2 horas tras una carga oral de glucosa, hemoglobina glucosilada y, en presencia de un cuadro clínico compatible, glucemia plasmática aleatoria. Estas herramientas no son perfectamente equivalentes, porque exploran aspectos fisiopatológicos distintos de la alteración de la homeostasis de la glucosa: la producción hepática de glucosa y la secreción basal de insulina, la capacidad para gestionar una carga dinámica de glucosa, la exposición glucémica media de los meses anteriores y la magnitud de la hiperglucemia aguda en un contexto sintomático.

Desde el punto de vista práctico, el valor clínico del diagnóstico diabetológico no consiste solo en «poner una etiqueta», sino en situar al paciente a lo largo de un continuo que va desde la normoglucemia hasta las alteraciones intermedias y la diabetes manifiesta, diferenciando al mismo tiempo las situaciones en las que una prueba es más fiable que otra. Por ello, una interpretación correcta exige atender al método analítico, al lugar de obtención de la muestra, a las condiciones del paciente, a la eventual necesidad de confirmación y a los contextos en los que algunas pruebas pueden resultar engañosas, como las hemoglobinopatías, la anemia, el embarazo, la insuficiencia renal avanzada, la fibrosis quística o el estado posterior a un trasplante. Esta página se centra en los criterios diagnósticos oficiales de la diabetes en personas no gestantes y en la interpretación razonada de las principales pruebas utilizadas en la práctica clínica.

Fundamento biológico y principios generales del diagnóstico

El diagnóstico de la diabetes surge de la necesidad de identificar un umbral a partir del cual la hiperglucemia deja de representar únicamente una variación metabólica y se convierte en un determinante de daño orgánico. Este principio explica por qué los criterios diagnósticos modernos no proceden solo de convenciones estadísticas, sino de estudios que han relacionado los niveles de glucemia con la aparición de retinopatía diabética, neuropatía, nefropatía y otros desenlaces clínicamente relevantes. La glucemia plasmática en ayunas refleja principalmente el equilibrio entre la secreción basal de insulina y la producción hepática de glucosa durante el ayuno nocturno; la glucemia a las 2 horas tras la carga evalúa, en cambio, la capacidad del organismo para responder a una carga estandarizada de glucosa, poniendo de manifiesto de forma precoz defectos de la primera fase de secreción de insulina, resistencia a la insulina y una supresión inadecuada de la producción hepática de glucosa. Por último, la hemoglobina glucosilada no mide la glucemia en un momento concreto, sino la exposición media de los eritrocitos a la glucosa durante los aproximadamente 2-3 meses anteriores.

Esta diversidad fisiológica explica que una misma persona pueda obtener un resultado normal con una prueba y patológico con otra. No se trata necesariamente de un error, sino de la expresión de que la disglucemia no evoluciona de manera uniforme en todos los compartimentos metabólicos. En algunas personas, la primera señal es el aumento de la glucemia poscarga; en otras predomina la hiperglucemia en ayunas, y en otras la HbA1c se eleva antes de que la glucemia basal supere el umbral diagnóstico de diabetes. Por esta razón, las guías internacionales consideran diagnósticas varias pruebas diferentes, siempre que se realicen con una metodología correcta y se interpreten en el contexto clínico adecuado.

Un principio esencial es que el diagnóstico de diabetes, salvo en situaciones de hiperglucemia inequívoca con síntomas clásicos o crisis metabólica, requiere confirmación. Esto permite evitar clasificaciones incorrectas debidas a la variabilidad biológica, errores preanalíticos, enfermedades intercurrentes o interferencias analíticas. Es igualmente importante recordar que los criterios estándar se aplican a las personas no gestantes. El embarazo constituye un contexto específico en el que el metabolismo cambia fisiológicamente y el diagnóstico de diabetes gestacional sigue criterios propios. Por tanto, el clínico debe preguntarse no solo «cuánto se ha elevado la glucemia», sino también «en qué contexto biológico y con qué prueba se ha medido».

Criterios diagnósticos oficiales en personas no gestantes

En personas no gestantes, las principales sociedades científicas internacionales reconocen como diagnóstico el rebasamiento de uno de los umbrales establecidos para la glucemia en ayunas, la glucemia a las 2 horas tras una prueba de tolerancia oral a la glucosa (OGTT), la hemoglobina glucosilada (HbA1c) o la glucemia plasmática aleatoria en presencia de síntomas clásicos de hiperglucemia. El fundamento de este enfoque es a la vez pragmático y fisiopatológico: permitir el diagnóstico mediante herramientas distintas, pero estandarizadas, capaces de detectar fenotipos diferentes de la enfermedad. No obstante, es indispensable que la glucemia se mida en plasma venoso, porque los valores capilares o los obtenidos mediante un glucómetro doméstico no son válidos para establecer formalmente el diagnóstico nosológico.

El conjunto de alteraciones intermedias, denominado con frecuencia prediabetes, también posee una gran relevancia clínica. No representa una forma «menor» o inocua de disglucemia, sino un estado con mayor riesgo de progresión a diabetes manifiesta y de comorbilidades cardiometabólicas. Sin embargo, tampoco en este caso existe una concordancia perfecta entre las distintas pruebas. Una persona puede presentar glucemia basal alterada, tolerancia alterada a la glucosa o elevación de la HbA1c en el intervalo intermedio sin que coexistan las tres condiciones. Este aspecto tiene implicaciones concretas para el cribado, el asesoramiento y la frecuencia de los controles.

Desde el punto de vista operativo, el umbral diagnóstico de diabetes no basta por sí solo para definir el tipo de diabetes. Los criterios bioquímicos responden a la pregunta «¿existe o no diabetes?», pero no aclaran automáticamente si se trata de diabetes mellitus tipo 1, diabetes mellitus tipo 2, diabetes monogénica, pancreatógena, secundaria a una endocrinopatía o inducida por fármacos. Tras el diagnóstico bioquímico es necesario integrar la anamnesis, la edad de inicio, el peso corporal, el fenotipo clínico, los autoanticuerpos, el péptido C, los antecedentes familiares y el contexto patológico.

    Criterios diagnósticos oficiales de la diabetes en personas no gestantes

  • HbA1c igual o superior al 6,5% o a 48 mmol/mol, determinada mediante un método estandarizado y certificado
  • Glucemia plasmática en ayunas igual o superior a 126 mg/dL, equivalente a 7,0 mmol/L, tras al menos 8 horas de ayuno
  • Glucemia plasmática a las 2 horas igual o superior a 200 mg/dL, equivalente a 11,1 mmol/L, durante una OGTT con 75 g de glucosa anhidra
  • Glucemia plasmática aleatoria igual o superior a 200 mg/dL, equivalente a 11,1 mmol/L, en presencia de síntomas clásicos de hiperglucemia o crisis hiperglucémica

    Alteraciones intermedias de la regulación glucémica

  • HbA1c comprendida entre el 5,7% y el 6,4%, equivalente a 39-47 mmol/mol
  • Glucemia plasmática en ayunas comprendida entre 100 y 125 mg/dL, equivalente a 5,6-6,9 mmol/L
  • Glucemia plasmática a las 2 horas durante la OGTT comprendida entre 140 y 199 mg/dL, equivalente a 7,8-11,0 mmol/L

Estos son los criterios que deben comunicarse cuando se habla de criterios diagnósticos en sentido estricto. Las pruebas posteriores, como los autoanticuerpos, el péptido C, el perfil lipídico, la función renal o la monitorización continua de la glucosa, pueden ser muy útiles para definir el subtipo, la fisiopatología y el manejo, pero no sustituyen ni modifican el umbral diagnóstico oficial de la diabetes en personas no gestantes.

Glucemia plasmática en ayunas

La glucemia plasmática en ayunas es la prueba más sencilla, económica y accesible para el diagnóstico de la diabetes. Mide la concentración de glucosa en plasma venoso tras al menos 8 horas de ayuno y refleja en gran medida el equilibrio entre la producción hepática de glucosa, la secreción basal de insulina y la sensibilidad hepática a la insulina. Cuando el hígado continúa produciendo glucosa en exceso durante el ayuno y la célula beta ya no puede compensarlo adecuadamente, la glucemia matutina tiende a elevarse hasta superar el umbral patológico.

Su utilidad clínica es considerable porque permite realizar cribados a gran escala con facilidad y exige menos recursos que la OGTT. Sin embargo, no es la prueba más sensible para detectar todas las formas iniciales de disglucemia. Algunas personas, sobre todo en las primeras fases de la diabetes tipo 2, pueden mantener una glucemia en ayunas todavía normal o solo ligeramente elevada a pesar de presentar una alteración marcada de la respuesta posprandial y una OGTT claramente patológica. En estas situaciones, la glucemia basal aislada puede infravalorar la magnitud de la alteración metabólica.

Desde el punto de vista técnico, es fundamental que la muestra se procese correctamente. Las células sanguíneas continúan consumiendo glucosa después de la extracción; si la muestra permanece mucho tiempo a temperatura ambiente sin una gestión preanalítica adecuada, el valor medido puede resultar falsamente bajo. También es importante distinguir la glucemia plasmática de laboratorio de la glucemia capilar medida con un glucómetro, útil para el autocontrol, pero no para establecer el diagnóstico. Por último, la interpretación clínica de la glucemia en ayunas debe considerar el contexto: una enfermedad aguda, el tratamiento con corticoides, el estrés infeccioso o la hospitalización pueden producir hiperglucemia transitoria y exigen prudencia antes de formalizar un diagnóstico definitivo.

Prueba de tolerancia oral a la glucosa con 75 g de glucosa

La prueba de tolerancia oral a la glucosa (OGTT) es la prueba dinámica más completa para estudiar la capacidad del organismo de eliminar una carga estandarizada de glucosa. Tras el ayuno nocturno se mide la glucemia basal y el paciente ingiere 75 g de glucosa anhidra disuelta en agua; en las personas no gestantes, el principal valor diagnóstico es la glucemia plasmática a las 2 horas. Esta prueba explora una dimensión fisiopatológica diferente de la glucemia en ayunas, porque somete a esfuerzo a todo el sistema glucorregulador: absorción intestinal, incretinas, secreción temprana y tardía de insulina, sensibilidad periférica a la insulina, supresión del glucagón y de la producción hepática de glucosa.

La OGTT es la prueba más sensible para identificar la tolerancia alterada a la glucosa y muchas formas precoces de diabetes que no detecta la glucemia basal aislada. Por este motivo mantiene un papel central en diversos contextos especializados. Es especialmente útil cuando existe discrepancia entre la sospecha clínica y las pruebas más sencillas, cuando la HbA1c es dudosa o potencialmente poco fiable y en situaciones específicas como la fibrosis quística y la diabetes postrasplante, en las que las guías reconocen una sensibilidad superior de la OGTT respecto a la HbA1c y la glucemia aislada.

Para que el resultado sea interpretable, la preparación debe ser correcta. Durante los días previos, el paciente debe seguir una dieta con un contenido adecuado de hidratos de carbono y no debe restringirlos voluntariamente, porque una reducción marcada de su ingesta puede alterar la respuesta a la prueba. Durante la prueba no se permite fumar, comer ni realizar actividad física intensa, ya que estos factores pueden influir en la glucemia. No obstante, la OGTT también tiene limitaciones prácticas: es más prolongada, menos aceptada, menos reproducible que una simple extracción basal y más vulnerable a factores contextuales como la inmovilidad, las enfermedades agudas, los fármacos y el incumplimiento de la preparación. Por ello se utiliza de forma selectiva, no como única prueba universal, sino como una herramienta de alto valor añadido cuando se necesita una evaluación más precisa de la tolerancia a la glucosa.

Hemoglobina glucosilada

La hemoglobina glucosilada (HbA1c) expresa la proporción de hemoglobina que ha sufrido una glicación no enzimática en función de la exposición media de los eritrocitos a la glucosa circulante. Por tanto, es un indicador integrado de la evolución glucémica de las semanas anteriores, con un mayor peso relativo del periodo más reciente. Su gran ventaja es práctica y clínica: no requiere ayuno, presenta una menor variabilidad intraindividual que la glucemia, resulta cómoda para el cribado y el seguimiento y se correlaciona de forma sólida con el riesgo de complicaciones microvasculares.

Para que pueda utilizarse con fines diagnósticos, la HbA1c debe medirse mediante métodos estandarizados y trazables a los programas internacionales de referencia. Este punto es crucial, porque la utilidad de la HbA1c como prueba diagnóstica depende de la calidad analítica. Cuando el laboratorio utiliza métodos certificados, el umbral del 6,5% posee un significado clínico sólido; por el contrario, si el método no es fiable o el contexto biológico del paciente altera el recambio eritrocitario, el resultado puede inducir a error.

La principal limitación de la HbA1c es biológica antes que técnica. Todas las condiciones que modifican la supervivencia de los eritrocitos o interfieren con la determinación pueden falsear el resultado. La anemia hemolítica, una hemorragia reciente, una transfusión, el tratamiento con eritropoyetina, determinadas hemoglobinopatías, la insuficiencia renal avanzada, el embarazo y otras condiciones pueden generar valores artificialmente bajos o altos, desvinculando la HbA1c de la exposición glucémica real. En estos casos, el diagnóstico no debe basarse de manera automática en la HbA1c, sino en mediciones directas de glucosa plasmática. Por tanto, la HbA1c es sumamente útil cuando el contexto es adecuado, pero nunca debe interpretarse como una prueba universalmente infalible.

Diagnóstico en presentaciones evidentes

La glucemia plasmática aleatoria desempeña una función diagnóstica específica cuando el paciente presenta síntomas clásicos de hiperglucemia, como poliuria, polidipsia, pérdida de peso no explicada, visión borrosa o astenia intensa, o cuando aparece una crisis hiperglucémica, como cetoacidosis diabética o estado hiperosmolar hiperglucémico. En este contexto, una glucemia plasmática igual o superior a 200 mg/dL permite establecer el diagnóstico sin esperar una segunda prueba de confirmación. La razón es sencilla: el cuadro clínico hace que la hiperglucemia sea inequívoca y clínicamente relevante.

Este criterio es especialmente importante en las formas de inicio rápido, como la diabetes tipo 1 clásica, la diabetes autoinmune del adulto de progresión acelerada o la diabetes inducida por inhibidores de puntos de control inmunitario. En estas situaciones, esperar una confirmación diferida podría exponer al paciente a un empeoramiento metabólico o a un retraso terapéutico peligroso. Sin embargo, la glucemia aleatoria no es un atajo aplicable a cualquier situación: en ausencia de síntomas o crisis metabólica, un valor alto ocasional no basta por sí solo para establecer un diagnóstico definitivo y requiere confirmación mediante la repetición de la misma prueba o mediante otro criterio diagnóstico concordante.

También es importante evitar la confusión entre la hiperglucemia de estrés y la diabetes. Durante infecciones graves, infarto de miocardio, ictus, traumatismos, cirugía mayor o tratamiento con catecolaminas y glucocorticoides, la glucemia puede aumentar de forma considerable por efecto de los mecanismos contrarreguladores sin que exista necesariamente una diabetes crónica previa. En estos casos, una evaluación posterior tras la estabilización clínica, mediante glucemia en ayunas, HbA1c y, en ocasiones, OGTT, permite distinguir la disglucemia transitoria de una verdadera enfermedad diabética.

Confirmación diagnóstica

En las personas asintomáticas, el diagnóstico de diabetes requiere confirmación. En general, es preferible repetir la misma prueba que resultó patológica, porque esta estrategia reduce la ambigüedad interpretativa y verifica la reproducibilidad del dato. Por ejemplo, si una HbA1c se encuentra en el intervalo diagnóstico de diabetes y una segunda HbA1c confirma que se supera el umbral, el diagnóstico queda establecido aunque otras pruebas permanezcan por debajo del umbral. Del mismo modo, una glucemia en ayunas diagnóstica de diabetes, confirmada en una segunda extracción, permite establecer el diagnóstico incluso si la HbA1c todavía no alcanza valores diagnósticos.

No obstante, puede ocurrir que dos pruebas diferentes realizadas en paralelo sean discordantes, por ejemplo una HbA1c en el intervalo diagnóstico de diabetes y una glucemia en ayunas no diagnóstica, o una OGTT patológica con HbA1c en el intervalo intermedio. En estos casos no deben sumarse mecánicamente los resultados, sino reconocer que cada prueba detecta una expresión diferente de la enfermedad. Las guías indican que debe concederse relevancia a la prueba que supera el umbral diagnóstico, especialmente si se confirma al repetirla. Desde el punto de vista clínico, la discordancia también debe llevar a considerar si existe un problema biológico o analítico que haga menos fiable alguna de las pruebas.

La confirmación no es una mera formalidad de laboratorio. Es un paso epistemológico que separa una fluctuación de una enfermedad persistente. Un único valor alterado puede estar influido por un ayuno inadecuado, una infección intercurrente, actividad física inusual, estrés agudo, variabilidad preanalítica o errores de recogida. Cuando se confirma el diagnóstico, el clínico puede avanzar con mayor solidez hacia la fase siguiente, es decir, la clasificación etiológica de la diabetes y la evaluación de complicaciones o comorbilidades ya presentes en el momento del debut.

Interferencias analíticas

Todas las pruebas diagnósticas de la diabetes pueden verse distorsionadas por interferencias, pero la HbA1c es la más expuesta a errores interpretativos cuando se utiliza fuera de contexto. Su fiabilidad disminuye cada vez que la supervivencia eritrocitaria se acorta o se prolonga de forma relevante, o cuando una variante de la hemoglobina interfiere con el método analítico. Por ello, una persona con hemólisis crónica, hemorragia reciente, transfusión, hemoglobinopatía, insuficiencia renal avanzada o tratamiento estimulante de la eritropoyesis puede presentar una HbA1c que no refleje fielmente la hiperglucemia real. En estos contextos, la glucemia plasmática y, si es necesario, la OGTT constituyen referencias más sólidas.

Sin embargo, la glucemia tampoco está exenta de problemas. La fase preanalítica es crucial: los retrasos en la separación del plasma, el uso incorrecto del tubo de extracción o la conservación inadecuada de la muestra pueden reducir artificialmente el valor debido a la glucólisis celular continua. Además, el resultado glucémico puede verse influido transitoriamente por estrés agudo, infección, infarto, ictus, nutrición parenteral, fármacos hiperglucemiantes y alteraciones endocrinas concomitantes. Por tanto, el diagnóstico siempre debe contextualizarse y no confiarse a una lectura aislada del valor numérico.

En el lenguaje clínico habitual se tiende a considerar la HbA1c más «estable» y, por tanto, absolutamente superior, pero esto solo es cierto si la biología del paciente permite interpretarla. La elección de la mejor prueba diagnóstica es, por consiguiente, una decisión razonada: en una persona con alta sospecha clínica y posible interferencia eritrocitaria, tiene prioridad la medición directa de la glucosa; en un contexto ambulatorio estable y sin factores de confusión, la HbA1c ofrece una gran practicidad; ante una posible disglucemia posprandial o en determinadas situaciones especiales, la OGTT conserva una ventaja decisiva.

Contextos especiales

Los criterios estándar de diabetes en personas no gestantes no deben aplicarse automáticamente a todos los contextos. El embarazo es el ejemplo más importante. En la primera evaluación prenatal, especialmente en mujeres de alto riesgo, las pruebas estándar pueden identificar una diabetes manifiesta preexistente no diagnosticada; sin embargo, la diabetes gestacional se define mediante circuitos y umbrales específicos, generalmente basados en una OGTT obstétrica, y no mediante la HbA1c aislada. Esto se debe a que la fisiología del embarazo modifica profundamente la homeostasis de la glucosa y a que el objetivo diagnóstico también incluye la prevención de resultados maternofetales adversos.

En la fibrosis quística, la OGTT es la prueba preferida para el cribado y el diagnóstico de la diabetes relacionada con la enfermedad, porque la glucemia en ayunas y la HbA1c pueden permanecer engañosamente poco alteradas a pesar de una inestabilidad glucémica posprandial significativa. De forma análoga, en la diabetes postrasplante la OGTT mantiene un papel especialmente relevante, ya que los inmunosupresores, el estrés perioperatorio y la variabilidad del estado metabólico pueden reducir la sensibilidad de las pruebas estáticas. También en la edad pediátrica, el significado de las pruebas debe interpretarse dentro del fenotipo clínico, considerando la presentación sintomática, la autoinmunidad y las formas monogénicas.

El contexto hospitalario exige una cautela adicional. Durante el ingreso, especialmente en cuidados críticos o en el periodo posoperatorio, la hiperglucemia puede reflejar la respuesta al estrés más que una diabetes crónica. En estos casos, la HbA1c al ingreso puede ayudar a determinar si la alteración glucémica precedía a la hospitalización, pero esta interpretación también debe ser prudente si coexisten anemia, transfusiones o insuficiencia renal. Cuando el diagnóstico definitivo no es evidente, suele ser necesaria una reevaluación tras la fase aguda. En otras palabras, los criterios numéricos se mantienen, pero su fiabilidad depende del contexto clínico en el que se aplican.

Cómo se llega al diagnóstico en la práctica clínica

En la práctica real, el diagnóstico de diabetes casi nunca deriva de una única actuación, sino de un proceso diagnóstico ordenado. El punto de partida puede ser un cribado oportunista, la presencia de factores de riesgo, un hallazgo casual de hiperglucemia, síntomas compatibles o la sospecha generada por otras condiciones clínicas. El primer nivel suele consistir en la glucemia plasmática en ayunas y/o la HbA1c, porque son pruebas sencillas, reproducibles y accesibles. Si una de ellas supera el umbral diagnóstico de diabetes en un paciente asintomático, se procede a la confirmación; si los resultados son limítrofes o discordantes, pero la sospecha sigue siendo alta, la OGTT se convierte en la prueba aclaratoria más informativa.

Una vez documentada la diabetes, el proceso no concluye, sino que cambia de objetivo. En este momento es necesario distinguir el tipo de diabetes, evaluar la gravedad del debut y determinar si ya existen complicaciones u órganos diana afectados. Si el paciente es delgado y joven, presenta pérdida de peso, cetosis o una rápida progresión hacia la necesidad de insulina, los autoanticuerpos y el péptido C adquieren un papel central. Si existen antecedentes familiares verticales marcados, inicio a edad temprana y ausencia de autoinmunidad, debe considerarse una diabetes monogénica. Si el cuadro aparece después de una pancreatitis, resección pancreática, trasplante, tratamiento con corticoides o una endocrinopatía, la orientación etiológica será diferente.

Por tanto, el núcleo del proceso diagnóstico es una secuencia lógica: sospecha clínica, documentación bioquímica de la hiperglucemia según los criterios oficiales, confirmación cuando sea necesaria, atribución etiológica y estadificación clínico-metabólica inicial. Este enfoque evita tanto la simplificación excesiva, que reduce todo a un único número, como el extremo contrario de solicitar exploraciones prematuras e innecesarias antes de haber confirmado siquiera el diagnóstico bioquímico. En diabetología, como en toda la medicina interna, un buen diagnóstico es el que ordena el razonamiento y hace coherente el paso siguiente.

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