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Resistencia a la insulina y órganos diana

La resistencia a la insulina es la situación en la que una concentración de insulina que en un organismo sano sería suficiente para producir una determinada respuesta biológica resulta incapaz de conseguir el mismo efecto en uno o más tejidos diana. Por tanto, no se trata de un defecto único y uniforme, sino de una alteración heterogénea que puede afectar en distinta medida al hígado, el músculo esquelético, el tejido adiposo, el endotelio, el riñón, el sistema nervioso central y, de forma secundaria, a la propia célula beta pancreática. La relevancia clínica de este fenómeno deriva de que la insulina no regula únicamente la glucemia, sino que coordina todo el equilibrio energético posprandial al suprimir la producción hepática de glucosa, promover la captación muscular de glucosa, limitar la lipólisis, modular la síntesis de lípidos, influir sobre el tono vascular y participar en el control de la saciedad y del balance energético.

En la fisiopatología de la diabetes, sobre todo de la diabetes mellitus tipo 2, la resistencia a la insulina representa una de las fuerzas impulsoras fundamentales de la transición desde la normoglucemia a la disglucemia. Sin embargo, su significado va mucho más allá de la diabetes manifiesta, porque constituye el núcleo biológico que relaciona la obesidad visceral, la esteatosis hepática, la hipertrigliceridemia, la reducción del colesterol unido a las lipoproteínas de alta densidad, la hipertensión arterial, la inflamación crónica de bajo grado y el aumento del riesgo cardiovascular. Comprender la resistencia a la insulina significa, por tanto, entender cómo los distintos órganos metabólicos dejan progresivamente de responder de forma coordinada a la señal de la insulina, generando un trastorno sistémico en el que la hiperglucemia es solo una de las manifestaciones finales.

Definición fisiopatológica y niveles del defecto de la acción de la insulina

La resistencia a la insulina puede describirse como una reducción de la sensibilidad, la potencia o la eficacia de la respuesta celular a la insulina. En términos fisiológicos, esto significa que para conseguir la misma supresión de la gluconeogénesis hepática, la misma captación de glucosa en el músculo o la misma inhibición de la lipólisis adipocitaria se requieren concentraciones más elevadas de insulina. En una fase inicial, el organismo compensa mediante hiperinsulinemia, es decir, aumentando la secreción pancreática. Mientras la célula beta logra sostener esta demanda, la glucemia puede permanecer casi normal. Sin embargo, cuando la compensación se vuelve insuficiente, aparecen primero las alteraciones posprandiales y después la hiperglucemia persistente.

El defecto puede localizarse en varios niveles de la cascada biológica de la insulina. El primer nivel es el transporte de la hormona hacia los tejidos y su acceso al compartimento intersticial. El segundo es la unión al receptor de la insulina y la correcta autofosforilación del propio receptor. El tercero afecta a la transducción intracelular de la señal, en la que intervienen los sustratos del receptor de la insulina, la fosfatidilinositol 3-cinasa, AKT (proteína cinasa B) y numerosos efectores metabólicos. El cuarto comprende las etapas terminales, como el tráfico de los transportadores de glucosa de tipo 4, la modulación de la transcripción génica, la actividad de las enzimas de la lipólisis o la gluconeogénesis, la síntesis de glucógeno y la oxidación de los sustratos.

Un aspecto decisivo es que la resistencia a la insulina no siempre es global. En algunos tejidos o para determinadas vías de señalización, la acción de la insulina puede estar muy atenuada, mientras que otras vías se mantienen relativamente conservadas. Este concepto de resistencia selectiva es especialmente importante en el hígado, donde la insulina puede perder parte de su capacidad para suprimir la producción de glucosa, pero mantener o incluso favorecer el estímulo de la lipogénesis de novo. El resultado parece paradójico, pero es fisiopatológicamente coherente: hiperglucemia y acumulación de grasa hepática simultáneas.

Para comprender la enfermedad metabólica moderna es necesario abandonar la idea de un único defecto homogéneo. La resistencia a la insulina es un conjunto de alteraciones específicas de cada tejido, progresivas en el tiempo y biológicamente interconectadas, en las que intervienen el exceso de nutrientes, los lípidos ectópicos, la inflamación, la disfunción mitocondrial, el estrés oxidativo, el estrés del retículo endoplasmático, las alteraciones de la microcirculación y la predisposición genética. Precisamente esta pluralidad de mecanismos explica por qué dos personas con el mismo índice de masa corporal pueden presentar grados muy diferentes de riesgo metabólico.

Bases moleculares de la resistencia a la insulina

La señal normal de la insulina comienza con la unión de la insulina a su receptor de membrana, una tirosina cinasa que se autofosforila y recluta proteínas adaptadoras intracelulares. Entre ellas, los sustratos del receptor de la insulina son fundamentales porque transmiten la señal hacia vías capaces de regular el transporte de glucosa, la síntesis de glucógeno, el metabolismo lipídico, la supervivencia celular y la transcripción génica. Cuando esta secuencia está intacta, el organismo pasa de forma eficiente del estado de ayuno al estado posprandial. La resistencia a la insulina aparece cuando una o más etapas de esta transducción se ven obstaculizadas.

Uno de los mecanismos más estudiados es la acumulación intracelular de derivados lipídicos bioactivos, como diacilgliceroles y ceramidas, en tejidos no adiposos. Estas moléculas no representan únicamente un depósito inerte de energía, sino verdaderas señales tóxicas que activan cinasas de serina-treonina capaces de alterar la fosforilación de los sustratos del receptor de la insulina. En la práctica, la señal de la insulina se desvía o interrumpe antes de alcanzar los efectores terminales. En el músculo, esto se traduce en una menor translocación de los transportadores de glucosa hacia la membrana; en el hígado, en una supresión insuficiente de la gluconeogénesis; y en el tejido adiposo, en la pérdida de la inhibición de la lipólisis.

A este núcleo lipotóxico se asocian estrés del retículo endoplasmático, producción de especies reactivas de oxígeno, activación inflamatoria y alteraciones del recambio mitocondrial. Las vías de señalización proinflamatorias, activadas por el exceso de nutrientes, las citocinas y la infiltración inmunitaria, interfieren con la cascada de la insulina y contribuyen a estabilizar el fenotipo resistente. La inflamación implicada no es la inflamación aguda de las infecciones graves, sino una inflamación crónica, silenciosa y persistente, estrechamente relacionada con la disfunción del tejido adiposo y la sobrecarga energética prolongada.

Otro elemento importante es la pérdida de flexibilidad metabólica, es decir, de la capacidad de los tejidos para pasar de forma adecuada de la oxidación de lípidos a la de hidratos de carbono según el estado nutricional. En la persona resistente a la insulina, el músculo y el hígado tienden a mantener una oxidación de sustratos menos adaptable, con ineficiencia en la utilización de la glucosa después de las comidas y persistencia de flujos metabólicos propios del ayuno incluso en presencia de niveles elevados de insulina. Por tanto, la resistencia a la insulina no es solo un defecto de señalización, sino también un defecto de coordinación de todo el metabolismo celular.

Músculo esquelético

El músculo esquelético es el principal órgano responsable de la captación de glucosa estimulada por la insulina después de las comidas, por lo que su resistencia a la insulina repercute directamente en la hiperglucemia posprandial. En condiciones fisiológicas, la insulina favorece el transporte de glucosa mediante la translocación de los transportadores de membrana de tipo 4, aumenta la síntesis de glucógeno, promueve la oxidación de glucosa y limita el uso preferente de ácidos grasos cuando la carga de hidratos de carbono es elevada. Cuando el músculo se vuelve resistente, la glucemia posprandial tiende a elevarse con mayor facilidad porque una proporción importante de la glucosa circulante no se elimina de forma eficiente.

Desde el punto de vista molecular, el músculo resistente a la insulina muestra con frecuencia acumulación de lípidos intramiocelulares y de sus intermediarios bioactivos, menor activación de las vías intracelulares de la insulina y alteraciones del metabolismo mitocondrial. Es importante precisar que no es el triglicérido en sí el que explica el defecto, sino la incapacidad para gestionar correctamente el flujo lipídico y evitar la acumulación de especies que alteran la señalización de la insulina. Paralelamente, el sedentarismo, la pérdida de masa muscular, la reducción de la capilarización y una baja capacidad cardiorrespiratoria agravan el problema porque disminuyen tanto la demanda metabólica como la capacidad oxidativa del tejido.

En el músculo, la resistencia a la insulina no depende únicamente de la célula muscular, sino también de la microcirculación. En condiciones fisiológicas, la insulina facilita el reclutamiento capilar y mejora el aporte de nutrientes y de la propia hormona al tejido. Si la función endotelial está alterada, la señal de la insulina se ve obstaculizada incluso antes de alcanzar plenamente el miocito. Este aspecto ayuda a comprender por qué la resistencia a la insulina está estrechamente relacionada con la disfunción vascular y el riesgo cardiovascular.

Desde el punto de vista clínico, el músculo resistente a la insulina genera una respuesta tardía e ineficiente a las comidas. El páncreas se ve obligado a secretar más insulina para conseguir una captación solo parcial de la glucosa, sometiendo así a la célula beta a una carga crónica creciente. La pérdida progresiva de masa muscular, la sarcopenia y la infiltración lipídica intramuscular amplifican aún más este circuito, sobre todo en las personas mayores, y convierten al músculo no solo en víctima, sino también en propagador del deterioro metabólico sistémico.

Hígado

El hígado ocupa una posición central en la fisiología de la insulina porque determina qué cantidad de glucosa se produce durante el ayuno y qué cantidad se almacena o utiliza después de las comidas. En condiciones normales, la insulina suprime la producción hepática de glucosa, reduce la gluconeogénesis, favorece la síntesis de glucógeno y modula el metabolismo lipídico. Cuando el hígado se vuelve resistente a la insulina, esta supresión se atenúa y la producción hepática de glucosa permanece inadecuadamente elevada, contribuyendo sobre todo a la hiperglucemia en ayunas.

En el hígado, la relación entre la acumulación de grasa y la resistencia a la insulina es especialmente estrecha. El aumento del flujo de ácidos grasos procedentes del tejido adiposo, la lipogénesis de novo estimulada por el exceso energético y la menor capacidad para exportar u oxidar correctamente los lípidos favorecen la esteatosis hepática. En este contexto, algunos intermediarios lipídicos intracelulares activan mecanismos que alteran la transducción de la señal de la insulina. De este modo, el hígado pierde la capacidad de desactivar los programas transcripcionales de la gluconeogénesis, con persistencia de la expresión de enzimas que favorecen la liberación de glucosa a la circulación.

Una característica fundamental es la ya mencionada resistencia selectiva a la insulina. Incluso cuando la vía de la insulina que debería suprimir la producción de glucosa está alterada, pueden mantenerse activas las vías que favorecen la síntesis de ácidos grasos y triglicéridos. Esto explica por qué el hígado resistente a la insulina puede producir al mismo tiempo demasiada glucosa y demasiada grasa. La consecuencia sistémica es la combinación de hiperglucemia, hipertrigliceridemia, aumento de las lipoproteínas ricas en triglicéridos y empeoramiento del riesgo aterogénico.

Sin embargo, el hígado no es un órgano aislado. Recibe el flujo de ácidos grasos del tejido adiposo, se ve influido por la sensibilidad del músculo a la insulina y se comunica con otros órganos mediante lipoproteínas, metabolitos y hepatocinas. Cuando el hígado se vuelve metabólicamente disfuncional, todo el sistema se desequilibra. Por ello, la esteatosis hepática asociada a disfunción metabólica no debe considerarse una simple comorbilidad de la diabetes, sino una de las principales manifestaciones orgánicas de la resistencia sistémica a la insulina.

Tejido adiposo

El tejido adiposo no es un depósito pasivo de energía, sino un órgano endocrino e inmunometabólico muy activo. En condiciones fisiológicas, la insulina inhibe la lipólisis, limita la liberación de ácidos grasos no esterificados a la circulación, favorece el almacenamiento de triglicéridos y contribuye a mantener un perfil adipocitario antiinflamatorio y metabólicamente eficiente. Cuando el adipocito se vuelve resistente a la insulina, uno de los primeros defectos que aparece es precisamente la pérdida de esta inhibición de la lipólisis. Los ácidos grasos se vierten a la sangre en cantidades excesivas y alcanzan el hígado, el músculo, el páncreas y otros órganos, donde promueven lipotoxicidad y una mayor resistencia a la insulina.

El daño del tejido adiposo no es solo cuantitativo, sino también cualitativo. Con la expansión crónica del tejido adiposo, sobre todo en el compartimento visceral, los adipocitos se hipertrofian, reciben menos perfusión, presentan mayor hipoxia y se vuelven más frágiles. Paralelamente, aumenta la infiltración de células inmunitarias y cambia el perfil de adipocinas. Disminuyen señales favorables a la sensibilidad a la insulina, como la adiponectina, y aumentan mediadores proinflamatorios que amplifican el trastorno metabólico local y sistémico. Así, el tejido adiposo deja de ser un lugar de almacenamiento relativamente seguro y se transforma en una fuente continua de flujos lipídicos y señales inflamatorias.

La localización anatómica es decisiva. La grasa subcutánea, aunque puede contribuir al exceso de peso, suele tener una capacidad de expansión más tolerable. En cambio, la grasa visceral drena en gran parte hacia el sistema portal e influye de forma más directa sobre el hígado. Cuando se supera la capacidad del tejido adiposo para almacenar adecuadamente el exceso energético, la energía sobrante se redistribuye hacia localizaciones ectópicas, y esta redistribución constituye uno de los acontecimientos clave de la fisiopatología de la resistencia a la insulina.

Desde esta perspectiva, la resistencia a la insulina del tejido adiposo suele ser el desencadenante sistémico que precede o alimenta los defectos del músculo y el hígado. Por ello, no sorprende que muchas de las estrategias más eficaces para mejorar la resistencia a la insulina actúen precisamente reduciendo la masa adiposa visceral, la lipólisis inadecuada, la inflamación adiposa y el tráfico de lípidos hacia otros órganos.

Cerebro, riñón, endotelio y corazón

Aunque el músculo, el hígado y el tejido adiposo son los pilares de la homeostasis de la glucosa, la resistencia a la insulina también afecta a otros órganos con importantes repercusiones clínicas. En el sistema nervioso central, la insulina participa en el control del apetito, la saciedad, el peso corporal, la producción hepática de glucosa y algunos aspectos de la función cognitiva. Una sensibilidad central reducida a la insulina puede favorecer la hiperfagia, las alteraciones del balance energético y las dificultades en la coordinación neuroendocrina de la respuesta metabólica. Esto contribuye a estabilizar el círculo vicioso entre exceso de peso y empeoramiento de la resistencia periférica a la insulina.

En el riñón, la insulina modula procesos complejos que incluyen el manejo del sodio, la hemodinámica glomerular y el metabolismo energético tubular. En situaciones de hiperinsulinemia compensatoria y resistencia a la insulina pueden aparecer alteraciones que favorecen la retención de sodio, el aumento de la presión arterial y el empeoramiento del riesgo cardiorrenal. Además, el riñón contribuye a la gluconeogénesis y participa, junto con el hígado, en el mantenimiento de la glucemia durante el ayuno. Cuando el equilibrio sistémico está alterado, este componente también puede contribuir a la disglucemia.

El endotelio vascular es una diana fundamental de la insulina. En condiciones fisiológicas, la hormona promueve una respuesta vasodilatadora mediada por óxido nítrico, facilita el reclutamiento capilar y mejora la distribución del flujo hacia los tejidos metabólicamente activos. Si el endotelio se vuelve resistente, se pierde parte del efecto vasoprotector y se favorece un entorno proaterogénico, proinflamatorio y prohipertensivo. Por tanto, la resistencia a la insulina no es solo un problema del metabolismo de la glucosa, sino un síndrome sistémico que afecta precozmente al lecho vascular.

El miocardio también sufre las consecuencias de la resistencia a la insulina. El corazón sano utiliza de forma flexible ácidos grasos y glucosa según la disponibilidad de los sustratos y el estado hormonal. En el corazón resistente a la insulina, esta flexibilidad disminuye, el metabolismo tiende a desplazarse hacia un uso predominante de los lípidos y pueden aparecer ineficiencia energética, lipotoxicidad y vulnerabilidad funcional. Esto ayuda a comprender por qué la diabetes y el síndrome metabólico están fuertemente asociados a la insuficiencia cardiaca, más allá de la aterosclerosis coronaria por sí sola.

Determinantes de la resistencia a la insulina

La resistencia a la insulina surge de la interacción entre la predisposición biológica y el entorno metabólico. La obesidad visceral es el principal determinante adquirido, pero no todas las personas con exceso de peso desarrollan el mismo grado de resistencia a la insulina. Esto depende de la diferente capacidad individual para expandir el tejido adiposo de forma relativamente segura, de la distribución de la grasa corporal, del grado de infiltración ectópica en los distintos órganos y de la dotación genética. Existe, por tanto, un umbral personal a partir del cual el exceso energético se vuelve patógeno, y ese umbral varía mucho de una persona a otra.

El componente genético no determina un único fenotipo, sino una susceptibilidad diferente de los distintos nodos del sistema. Algunas personas tienden a desarrollar antes defectos de la función de las células beta; otras muestran una mayor propensión a la resistencia hepática o muscular a la insulina; y otras presentan una distribución adiposa especialmente desfavorable. Esta heterogeneidad explica por qué la diabetes tipo 2 y el síndrome metabólico no son enfermedades idénticas en todos los pacientes, sino el resultado de la convergencia de fenotipos fisiopatológicos distintos.

El sedentarismo, la privación de sueño, la alteración de los ritmos circadianos, el estrés crónico, una alimentación hipercalórica rica en alimentos ultraprocesados, el tabaquismo, algunas endocrinopatías y diversos fármacos también pueden empeorar la sensibilidad a la insulina. En muchos casos, estos factores no actúan de forma aislada, sino que se suman. La reducción de la actividad física, por ejemplo, no solo favorece el aumento de peso, sino que también disminuye la capacidad autónoma del músculo para captar glucosa y reduce el recambio de los sustratos energéticos, amplificando el defecto con independencia del peso corporal por sí solo.

La inflamación crónica de bajo grado constituye el lenguaje común que conecta muchas de estas influencias. Sin embargo, no es correcto considerarla una causa única y autónoma. Con mayor frecuencia representa la forma en la que el exceso de nutrientes, el estrés celular, el daño del tejido adiposo y la disfunción inmunometabólica consolidan el fenotipo resistente. Por tanto, la resistencia a la insulina es el resultado de una red, no de una única lesión lineal.

Relación entre resistencia a la insulina, hiperinsulinemia y célula beta

Uno de los aspectos más importantes de la fisiopatología de la diabetes es la relación bidireccional entre la resistencia a la insulina y la hiperinsulinemia compensatoria. Cuando los tejidos periféricos responden menos a la insulina, la célula beta aumenta la secreción para mantener la homeostasis. En una fase inicial, esta adaptación es eficaz y permite conservar una glucemia casi normal. Sin embargo, esta compensación tiene un coste biológico porque impone a la célula beta un trabajo secretor crónico más intenso, con aumento de la síntesis de proinsulina, estrés del retículo endoplasmático, mayor demanda energética y vulnerabilidad funcional.

Con el tiempo, la relación puede volverse circular. La resistencia a la insulina induce hiperinsulinemia; la hiperinsulinemia persistente puede contribuir, a su vez, a alteraciones receptoras y posreceptoras en algunos tejidos; mientras tanto, la célula beta, sometida a sobrecarga, empieza a perder eficiencia cualitativa y cuantitativa. En ese momento, la compensación deja de ser suficiente y aparecen primero una tolerancia reducida a la glucosa y después diabetes manifiesta. Por tanto, la transición fundamental no es la mera presencia de resistencia a la insulina, sino el momento en que la secreción de insulina ya no puede mantenerse adecuada al grado de resistencia.

Esta relación también explica por qué no todas las personas resistentes a la insulina desarrollan diabetes con la misma rapidez. Quienes poseen una célula beta más robusta o una menor susceptibilidad a su disfunción pueden mantener durante mucho tiempo una normoglucemia compensada. Por el contrario, en personas con una reserva de células beta más frágil, predisposición genética o daño concomitante, la misma intensidad de resistencia a la insulina puede traducirse más rápidamente en una hiperglucemia clínicamente evidente.

Por tanto, desde el punto de vista interpretativo, la resistencia a la insulina y el déficit de las células beta no deben contraponerse como alternativas. Son dos procesos interdependientes que se potencian mutuamente y adquieren un peso diferente en las distintas fases de la enfermedad y en los diferentes fenotipos clínicos de diabetes.

Evaluación clínica y fisiopatológica

La medición directa de la resistencia a la insulina es compleja. El método de referencia en los estudios fisiológicos es el clamp euglucémico hiperinsulinémico, que permite cuantificar cuánta glucosa debe infundirse para mantener estable la glucemia durante una infusión controlada de insulina. Cuanto mayor es la necesidad de glucosa, mayor es la sensibilidad a la insulina. Sin embargo, se trata de una técnica sofisticada, costosa y poco adecuada para la práctica clínica habitual.

Por ello, en la práctica se utilizan con mayor frecuencia índices indirectos derivados de la glucemia y la insulinemia en ayunas, pruebas dinámicas o el contexto clínico global. Estas estimaciones son útiles, pero deben interpretarse con cautela, porque la resistencia a la insulina no es idéntica en todos los tejidos y un único índice no distingue adecuadamente el componente hepático del muscular o adiposo. Además, la insulinemia periférica refleja no solo la secreción pancreática, sino también la extracción hepática de insulina, que puede variar entre individuos.

Desde el punto de vista clínico, debe sospecharse resistencia a la insulina cuando coexisten obesidad abdominal, hipertrigliceridemia, colesterol unido a lipoproteínas de alta densidad reducido, aumento de la glucemia en ayunas, esteatosis hepática, hipertensión, síndrome de ovario poliquístico, acantosis nigricans o antecedentes familiares marcados de diabetes tipo 2 y enfermedad cardiometabólica. Ninguno de estos elementos es patognomónico, pero su agrupación aumenta la probabilidad de encontrarse ante un fenotipo resistente.

El significado de la evaluación no es meramente descriptivo. Identificar la resistencia a la insulina permite interpretar mejor el riesgo de progresión a diabetes, la probabilidad de esteatosis hepática asociada a disfunción metabólica, el fundamento de estrategias terapéuticas específicas y la necesidad de una intervención precoz sobre el peso corporal, la composición corporal, la actividad física y los factores de riesgo cardiovascular. En este sentido, la resistencia a la insulina no es solo un concepto fisiopatológico, sino una de las principales herramientas para interpretar el riesgo metabólico global del paciente.

Importancia clínica sistémica de la resistencia a la insulina

La resistencia a la insulina es el punto de convergencia de muchas de las principales enfermedades crónicas no transmisibles. Cuando afecta simultáneamente al hígado, el músculo, el tejido adiposo, el endotelio y el corazón, el resultado no es únicamente la aparición de hiperglucemia, sino un verdadero síndrome cardiometabólico en el que coexisten alteraciones de la glucosa, los lípidos, la presión arterial, la inflamación y el sistema vascular. Por ello, su importancia clínica no puede limitarse a la diabetología en sentido estricto.

Su progresión suele seguir una secuencia comprensible: aumento inicial de las necesidades de insulina, hiperinsulinemia compensatoria, disfunción del tejido adiposo, incremento del flujo de ácidos grasos, esteatosis hepática, empeoramiento de la respuesta muscular a la glucosa, deterioro de las células beta y, finalmente, diabetes manifiesta. Paralelamente se consolidan la aterogenicidad, la disfunción endotelial, el daño cardiorrenal y el riesgo de acontecimientos mayores. Por tanto, la enfermedad no evoluciona por compartimentos separados, sino como un único continuo fisiopatológico.

Esto explica por qué el tratamiento eficaz de la resistencia a la insulina tiene un impacto que va más allá de la mera reducción de la glucemia. Mejorar la sensibilidad a la insulina significa reducir la carga sobre la célula beta, disminuir el flujo de lípidos hacia órganos ectópicos, aliviar la esteatosis, mejorar el perfil de lipoproteínas, reducir la presión arterial y atenuar el riesgo cardiovascular global. En términos biológicos, equivale a restablecer, al menos en parte, el diálogo correcto entre los principales órganos del metabolismo.

Por tanto, para comprender la diabetes moderna es esencial considerar la resistencia a la insulina no como un simple defecto numérico de la respuesta a la insulina, sino como un trastorno multiorgánico que surge de la pérdida de coordinación metabólica entre los tejidos. La diabetes manifiesta representa el momento en que este sistema ya no es capaz de compensar. Sin embargo, la fase patológica comienza mucho antes.

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