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Miocardiopatías mitocondriales

Las miocardiopatías mitocondriales son un grupo heterogéneo de cardiomiopatías primarias o sindrómicas en las que el daño estructural y funcional del miocardio deriva de un defecto de la función mitocondrial, en particular de la fosforilación oxidativa, de la producción de trifosfato de adenosina (adenosine triphosphate, ATP), de la homeostasis redox, del metabolismo lipídico mitocondrial, de la dinámica de fusión y fisión mitocondrial o de la biogénesis del orgánulo. El corazón es uno de los órganos más vulnerables porque depende en gran medida del metabolismo oxidativo para mantener la contracción, la relajación, la conducción eléctrica y la homeostasis iónica. Cuando la disponibilidad energética se reduce o se vuelve ineficiente, el cardiomiocito puede responder con hipertrofia, dilatación, disfunción sistólica, disfunción diastólica, alteraciones de la conducción, arritmias, fibrosis e insuficiencia cardíaca.

El término no identifica una única enfermedad. Puede indicar una miocardiopatía causada por variantes del ácido desoxirribonucleico mitocondrial (mitochondrial deoxyribonucleic acid, mtDNA), por variantes del ácido desoxirribonucleico nuclear (deoxyribonucleic acid, DNA) que codifica proteínas mitocondriales, por deleciones múltiples del mtDNA, por defectos de mantenimiento del genoma mitocondrial, por síndromes multisistémicos como MELAS (mitochondrial encephalomyopathy, lactic acidosis, and stroke-like episodes), MERRF (myoclonic epilepsy with ragged-red fibers), síndrome de Kearns-Sayre, síndrome de Leigh, síndrome de Barth o defectos de la cadena respiratoria. La expresión cardíaca puede ser aislada, pero con mayor frecuencia se integra en una enfermedad que afecta al sistema nervioso, músculo esquelético, ojo, oído interno, riñón, hígado, sistema endocrino, tracto gastrointestinal y metabolismo sistémico.

La epidemiología es difícil de definir porque las enfermedades mitocondriales son raras, genéticamente complejas, a menudo infradiagnosticadas y clínicamente muy variables. Las estimaciones más citadas indican que las enfermedades mitocondriales primarias en conjunto tienen una prevalencia al menos del orden de 1 caso por cada 5.000 nacidos o adultos, mientras que la afectación cardíaca varía según el genotipo, la edad, el método de cribado y la definición utilizada. Estudios en cohortes adultas confirmadas genéticamente han documentado miocardiopatía, defectos de conducción, arritmias y riesgo de eventos cardíacos mayores. En las formas pediátricas, la afectación cardíaca puede ser precoz y grave; en el adulto puede emerger como hipertrofia ventricular izquierda, miocardiopatía dilatada, bloqueos de conducción, arritmias o insuficiencia cardíaca progresiva. El dato clínico fundamental es que el pronóstico no depende solo de la fracción de eyección, sino de la combinación de genotipo, carga mutacional, heteroplasmia, afectación extracardíaca, arritmias, fibrosis, función renal, estado nutricional y vulnerabilidad a las crisis metabólicas.

Etiología, patogenia y fisiopatología

Las miocardiopatías mitocondriales se originan por defectos genéticos o, más raramente, adquiridos que comprometen la producción energética mitocondrial o la estabilidad estructural del orgánulo. Las causas genéticas se dividen en dos grandes categorías: variantes del mtDNA y variantes de genes nucleares que codifican proteínas necesarias para la cadena respiratoria, el ensamblaje de los complejos oxidativos, la replicación del mtDNA, la traducción mitocondrial, la dinámica mitocondrial, el metabolismo de la cardiolipina o el control de calidad mitocondrial. Esta distinción es clínicamente esencial porque las variantes del mtDNA siguen transmisión materna, están condicionadas por heteroplasmia y umbral tisular, mientras que las variantes nucleares pueden seguir herencia autosómica dominante, autosómica recesiva o ligada al cromosoma X.

En las enfermedades por mtDNA, una célula puede contener una mezcla de mitocondrias normales y mitocondrias mutadas. Esta condición recibe el nombre de heteroplasmia. La expresión clínica depende del porcentaje de genoma mitocondrial mutado, de la distribución en los distintos tejidos, de la demanda energética del órgano y del umbral más allá del cual el tejido ya no consigue compensar. El corazón puede verse afectado incluso cuando otros territorios están aparentemente menos comprometidos, porque la demanda continua de ATP hace que el miocardio tolere mal la reducción de la fosforilación oxidativa. Además, la carga mutacional medida en sangre puede no reflejar con precisión la del miocardio, del músculo esquelético o de otros tejidos, sobre todo en la edad adulta, porque la proporción de mtDNA mutado puede variar con el tiempo y entre órganos.

Entre las variantes del mtDNA más relevantes se encuentra m.3243A>G en el gen MT-TL1, clásicamente asociada a MELAS, pero capaz de producir fenotipos muy diferentes, incluidos diabetes, sordera, miopatía, episodios stroke-like, enfermedad renal, baja estatura y miocardiopatía hipertrófica o dilatada. La variante m.8344A>G, asociada a MERRF, puede acompañarse de mioclonías, epilepsia, ataxia, fibras rojas rasgadas y afectación cardíaca. Las deleciones únicas de gran escala del mtDNA son típicas del síndrome de Kearns-Sayre y de la oftalmoplejía externa progresiva crónica, con riesgo particular de defectos de conducción auriculoventricular y muerte súbita. Por tanto, la misma arquitectura genética explica por qué un cardiólogo puede encontrar la enfermedad como hipertrofia ventricular, bloqueo auriculoventricular, arritmia, insuficiencia cardíaca o muerte súbita en un paciente con signos neurológicos aparentemente marginales.

Las variantes nucleares comprenden genes implicados en el mantenimiento del mtDNA, como POLG, TWNK, SLC25A4, TK2, RRM2B y DNA2; genes de la traducción mitocondrial, como algunos genes aminoacil-tRNA sintetasa; genes estructurales o de ensamblaje de la cadena respiratoria; genes de la dinámica mitocondrial, como OPA1 y MFN2; y genes del metabolismo lipídico mitocondrial, como TAZ en el síndrome de Barth. Algunas variantes producen enfermedad infantil grave con miocardiopatía precoz, hipotonía, acidosis láctica e insuficiencia multiorgánica; otras generan fenotipos adultos con debilidad muscular, neuropatía, oftalmoplejía, miocardiopatía progresiva o trastornos de conducción. Por tanto, la edad de inicio no basta para distinguir una forma mitocondrial de otras miocardiopatías genéticas.

El núcleo fisiopatológico es el defecto de la fosforilación oxidativa. En las mitocondrias normales, los electrones derivados del metabolismo de ácidos grasos, glucosa, lactato y cuerpos cetónicos atraviesan los complejos de la cadena respiratoria, generan un gradiente protónico y permiten que la trifosfato de adenosina sintasa produzca ATP. En el cardiomiocito, esta producción sostiene el ciclo actina-miosina, la recaptación del calcio en el retículo sarcoplásmico, el funcionamiento de las bombas iónicas de membrana, el potencial de acción, la contracción y la relajación. Cuando uno o más complejos respiratorios funcionan de forma ineficiente, el cardiomiocito produce menos ATP, consume sustratos de manera menos eficaz, aumenta la dependencia de la glucólisis, acumula intermediarios metabólicos y pierde reserva energética bajo estrés.

La reducción de ATP compromete el manejo del calcio intracelular. La bomba del retículo sarcoplásmico, los intercambiadores iónicos y las ATPasas de membrana requieren energía constante. Si la energía no es suficiente, el calcio citosólico permanece más elevado, la relajación se vuelve lenta, la diástole empeora y la contracción se vuelve ineficiente. La alteración del calcio también favorece arritmias, porque modifica la duración del potencial de acción, las posdespolarizaciones y la automaticidad. Esto explica por qué en los pacientes mitocondriales pueden coexistir hipertrofia, disfunción diastólica, taquiarritmias, bloqueos de conducción e insuficiencia cardíaca.

El segundo mecanismo es el estrés oxidativo. Una cadena respiratoria defectuosa dispersa electrones y aumenta la formación de especies reactivas de oxígeno. En cantidades moderadas, las especies reactivas participan en la señalización celular; en exceso oxidan lípidos, proteínas y DNA, dañan membranas mitocondriales, alteran enzimas de la cadena respiratoria y amplifican aún más la disfunción energética. La cardiolipina, fosfolípido de la membrana mitocondrial interna, es particularmente importante porque estabiliza los complejos respiratorios y la arquitectura de las crestas. En el síndrome de Barth, el defecto de tafazzina altera el remodelado de la cardiolipina, desestabiliza la membrana mitocondrial interna y predispone a miocardiopatía dilatada, no compactación ventricular izquierda, neutropenia y miopatía esquelética.

El tercer mecanismo es el remodelado adaptativo del cardiomiocito. Cuando la producción energética es crónicamente insuficiente, el miocardio puede aumentar la masa celular para reducir el estrés parietal y mantener el gasto. Así nace un fenotipo hipertrófico que puede simular una miocardiopatía hipertrófica sarcomérica. Sin embargo, la hipertrofia mitocondrial no es solo aumento ordenado de los sarcómeros: puede acompañarse de proliferación mitocondrial anómala, vacuolización, desorganización de las crestas, acumulación de mitocondrias subsarcolémicas, fibrosis intersticial y menor eficiencia contráctil. Con el tiempo, la fase hipertrófica puede evolucionar hacia dilatación y disfunción sistólica, sobre todo si el defecto energético es severo o si se añaden crisis metabólicas, arritmias, infecciones o sobrecarga hemodinámica.

El cuarto mecanismo afecta a la conducción. El sistema de conducción cardíaco tiene una elevada dependencia energética y requiere integridad de las membranas, de las bombas iónicas y de los canales. Las enfermedades mitocondriales pueden producir bloqueos fasciculares, bloqueo de rama, bloqueo auriculoventricular progresivo, enfermedad del nodo sinusal, prolongación del QT corregido (QTc), taquicardias ventriculares y fibrilación auricular. En el síndrome de Kearns-Sayre, el daño del sistema de conducción es particularmente temido porque puede progresar rápidamente hacia bloqueo auriculoventricular completo y muerte súbita. En algunas formas, la muerte súbita puede derivar no solo de bradiarritmias, sino también de arritmias ventriculares favorecidas por fibrosis, alteración del calcio e inestabilidad eléctrica mitocondrial.

El quinto mecanismo es la vulnerabilidad a las crisis metabólicas. Fiebre, ayuno, vómitos, deshidratación, anestesia, intervenciones quirúrgicas, infecciones, embarazo, ejercicio excesivo y algunos fármacos pueden superar la reserva energética del paciente. Durante una crisis, el miocardio ya energéticamente frágil puede empeorar rápidamente, con acidosis láctica, insuficiencia cardíaca aguda, arritmias, hipotensión o insuficiencia multiorgánica. La fisiopatología es por tanto dinámica: no basta medir la función cardíaca en condiciones basales, porque el riesgo emerge a menudo cuando aumenta la demanda energética o cuando se reduce la disponibilidad de sustratos.

La interacción entre el corazón y otros órganos condiciona la enfermedad. La miopatía esquelética reduce la capacidad de ejercicio y puede enmascarar la disnea cardíaca; la enfermedad respiratoria o la debilidad de los músculos ventilatorios aumentan la carga cardiopulmonar; la nefropatía altera volumen, electrolitos y presión; la diabetes mitocondrial modifica el metabolismo energético y el riesgo vascular; la sordera y la neuropatía autonómica pueden retrasar el reconocimiento de los síntomas; los episodios neurológicos stroke-like pueden producir estrés sistémico e inestabilidad. Por ello, la miocardiopatía mitocondrial no debe interpretarse como una simple miocardiopatía rara, sino como una manifestación cardíaca de una red metabólica multisistémica.

La secuencia lógica del daño puede resumirse así: una variante del mtDNA o del DNA nuclear altera una proteína mitocondrial, la cadena respiratoria o la membrana mitocondrial interna; la producción de ATP se vuelve insuficiente o ineficiente; el cardiomiocito pierde reserva energética, maneja peor el calcio y el potencial de membrana, aumenta el estrés oxidativo y activa respuestas adaptativas; el miocardio desarrolla hipertrofia, dilatación, fibrosis, disfunción diastólica o sistólica; el sistema de conducción se vuelve inestable; los estreses metabólicos precipitan insuficiencia cardíaca y arritmias. La enfermedad clínica nace por tanto de la suma de déficit bioenergético, daño estructural, inestabilidad eléctrica y afectación sistémica.

Manifestaciones clínicas

La presentación clínica de las miocardiopatías mitocondriales debe reconstruirse partiendo de una anamnesis más amplia que la utilizada para una miocardiopatía aislada. El paciente puede llegar al cardiólogo por disnea, palpitaciones, síncope, hipertrofia ventricular, insuficiencia cardíaca, bloqueo auriculoventricular, arritmia o antecedentes familiares; pero también puede ser remitido por neurología, genética, pediatría, nefrología, endocrinología u otorrinolaringología porque ya existe sospecha de enfermedad mitocondrial. El error más frecuente es observar solo el ventrículo y no buscar los signos extracardíacos que hacen coherente el diagnóstico.

En la anamnesis hay que preguntar por intolerancia al esfuerzo desproporcionada, fatigabilidad precoz, mialgias, calambres, episodios de rabdomiólisis, ptosis, oftalmoplejía, diplopía, hipoacusia neurosensorial, migraña, crisis epilépticas, episodios neurológicos similares a ictus, ataxia, neuropatía, trastornos cognitivos, diabetes no autoinmune, baja estatura, retraso del crecimiento, vómitos cíclicos, dismotilidad gastrointestinal, disfagia, hepatopatía, tubulopatía renal, proteinuria, retinopatía pigmentaria, acidosis láctica, infecciones recurrentes, neutropenia, historia de crisis metabólicas y empeoramientos tras ayuno o fiebre. Los antecedentes familiares deben investigar transmisión materna, muertes súbitas, marcapasos en edad joven, insuficiencia cardíaca no isquémica, sordera, diabetes, epilepsia, ictus juvenil, miopatía o diagnósticos no aclarados.

El fenotipo cardíaco más común es la hipertrofia ventricular izquierda. Puede ser concéntrica, asimétrica, apical o asociarse a una cavidad normal o reducida. La presentación puede simular miocardiopatía hipertrófica sarcomérica, hipertrofia por hipertensión, enfermedad de Fabry, amiloidosis o cardiopatía infiltrativa. La diferencia es que en la enfermedad mitocondrial la hipertrofia se inserta a menudo en un cuadro multisistémico, puede asociarse a disfunción diastólica precoz, alteraciones de conducción, LGE en la resonancia magnética cardíaca (cardiac magnetic resonance, CMR), lactato elevado, diabetes mitocondrial, sordera o signos neurológicos. La simple presencia de hipertrofia no identifica la causa: es el contexto clínico el que hace sospechar el origen mitocondrial.

La miocardiopatía dilatada puede aparecer como fenotipo inicial o como evolución de una fase hipertrófica. El paciente refiere disnea de esfuerzo, ortopnea, edema declive, menor tolerancia al esfuerzo, astenia, palpitaciones y, en los casos avanzados, hipotensión, oliguria y pérdida de peso. En los niños puede manifestarse con dificultad para alimentarse, sudoración durante la toma, escaso crecimiento, taquipnea, infecciones recurrentes e irritabilidad. La dilatación ventricular en una enfermedad mitocondrial indica pérdida de compensación energética y activación del remodelado de la insuficiencia cardíaca, con pronóstico más severo que un hallazgo morfológico aislado.

La no compactación ventricular izquierda puede estar presente en algunos síndromes mitocondriales, en particular en el síndrome de Barth, pero también en otros defectos de la función mitocondrial. En esta página debe interpretarse como parte de un defecto bioenergético y no como repetición de la miocardiopatía espongiforme autónoma. El hallazgo puede contribuir a disfunción sistólica, riesgo trombótico y arritmias, pero el centro del problema sigue siendo la alteración mitocondrial del cardiomiocito y, cuando está presente, la enfermedad sistémica asociada.

Los trastornos de conducción son una manifestación crucial. El paciente puede estar asintomático o referir presíncope, síncope, mareos, astenia súbita, palpitaciones lentas, intolerancia al esfuerzo o episodios de pérdida de conciencia. El electrocardiograma (ECG) puede mostrar bloqueo auriculoventricular de primer grado, bloqueo auriculoventricular avanzado, bloqueos fasciculares, bloqueo de rama, enfermedad del nodo sinusal, preexcitación o alteraciones de la repolarización. En el síndrome de Kearns-Sayre, la aparición de trastornos de conducción es una señal de alto riesgo, porque la progresión puede ser rápida y la muerte súbita puede preceder a una larga historia cardiológica.

Las arritmias pueden ser supraventriculares o ventriculares. La fibrilación auricular puede derivar de dilatación auricular, aumento de las presiones de llenado, hipertrofia, fibrosis o disfunción autonómica. Las taquicardias ventriculares pueden emerger en presencia de fibrosis, miocardiopatía dilatada, disfunción sistólica, alteraciones del calcio o genotipos de alto riesgo. Las palpitaciones en estos pacientes no deben archivarse como un síntoma benigno, porque incluso una arritmia aparentemente intermitente puede representar el primer signo de inestabilidad eléctrica en un corazón metabólicamente frágil.

El dolor torácico es menos específico. Puede derivar de isquemia microvascular, hipertrofia con aumento de la demanda energética, enfermedad coronaria concomitante, arritmias, acidosis, miopatía torácica o causas no cardíacas. En los pacientes con enfermedad mitocondrial y dolor agudo, de todos modos hay que excluir síndrome coronario agudo, miocarditis, embolia pulmonar y disección aórtica según la presentación clínica. La presencia de un diagnóstico mitocondrial no debe reducir la vigilancia frente a patologías agudas comunes.

Las manifestaciones sistémicas ayudan a reconocer el cuadro. Ptosis y oftalmoplejía progresiva orientan hacia defectos del mtDNA o síndrome de Kearns-Sayre; hipoacusia neurosensorial y diabetes sugieren m.3243A>G; episodios stroke-like con acidosis láctica y crisis epilépticas orientan hacia MELAS; mioclonías, ataxia y fibras rojas rasgadas orientan hacia MERRF; neutropenia, miopatía esquelética, crecimiento reducido y miocardiopatía precoz orientan hacia síndrome de Barth; la neuropatía óptica puede orientar hacia variantes específicas como las asociadas a neuropatía óptica hereditaria de Leber. Ningún signo es exclusivo, pero la combinación de corazón, músculo, cerebro, ojo, oído y sistema endocrino es muy sugestiva.

La exploración física parte de los parámetros vitales y de la evaluación cardíaca, pero debe continuar con un examen multisistémico. En el plano cardiovascular se buscan soplos, tercer tono, ritmo irregular, ingurgitación yugular, crepitantes, hepatomegalia, edemas, signos de hipoperfusión y presión arterial. En el plano neurológico se observan ptosis, oftalmoplejía, nistagmo, ataxia, fuerza muscular, reflejos, neuropatía y coordinación. En el plano muscular se evalúan hipotrofia, debilidad proximal, fatigabilidad y postura. En el plano pediátrico se consideran crecimiento, nutrición, hipotonía, desarrollo psicomotor e infecciones. El corazón es un órgano diana, pero la visita debe buscar el patrón sistémico que hace plausible el diagnóstico.

Una característica clínica relevante es la desproporción entre síntomas y hallazgos cardíacos. Un paciente puede parecer muy fatigado por miopatía esquelética incluso con función ventricular conservada; a la inversa, puede tener hipertrofia o bloqueos de conducción importantes con pocos síntomas porque la actividad física ya está limitada por debilidad muscular o neuropatía. Por este motivo, la evaluación funcional debe integrar cardiología, neurología y metabolismo, evitando atribuir toda la reducción del esfuerzo al corazón o, al contrario, infravalorar el corazón porque el paciente es “solo miopático”.

Pruebas diagnósticas y diagnóstico

El diagnóstico de miocardiopatía mitocondrial requiere un enfoque integrado. No existe una única prueba cardiológica capaz de confirmar por sí sola la naturaleza mitocondrial de la miocardiopatía. El ecocardiograma puede mostrar hipertrofia, dilatación, no compactación o disfunción; la CMR puede mostrar fibrosis o patrones sugestivos; el ECG puede documentar bloqueos o arritmias; el lactato puede estar elevado; la biopsia muscular puede mostrar alteraciones histológicas; el test genético puede identificar una variante patogénica. El diagnóstico nace de la convergencia entre fenotipo cardíaco, signos sistémicos, bioquímica, genética y, cuando es necesario, histología.

El primer nivel en un paciente con sospecha de enfermedad mitocondrial y posible afectación cardíaca incluye anamnesis personal y familiar, exploración cardiológica y neurológica, ECG de 12 derivaciones, ecocardiograma transtorácico, Holter ECG, troponina si el cuadro es agudo, péptido natriurético de tipo B (B-type natriuretic peptide, BNP) o fragmento N-terminal del propéptido natriurético de tipo B (N-terminal pro-B-type natriuretic peptide, NT-proBNP) si existen síntomas de insuficiencia cardíaca, electrolitos, creatinina, glucemia, hemoglobina glucosilada, función hepática, creatincinasa, lactato, piruvato cuando sea apropiado, función tiroidea y evaluación audiológica, oftalmológica, neurológica o nefrológica según el cuadro. El lactato normal no excluye la enfermedad; el lactato elevado debe interpretarse con cautela porque puede aumentar por extracción difícil, hipoperfusión, crisis convulsivas, ejercicio, sepsis o insuficiencia hepática.

El ECG es indispensable porque los defectos de conducción pueden preceder a la disfunción ventricular. Hay que buscar bloqueo auriculoventricular, bloqueos fasciculares, bloqueo de rama, preexcitación, QTc largo, ondas Q pseudoinfarto, signos de hipertrofia, alteraciones de la repolarización y ritmo auricular anómalo. El Holter ECG o la monitorización prolongada son útiles para detectar pausas, taquicardias ventriculares no sostenidas, fibrilación auricular, extrasistolia frecuente o bloqueos intermitentes. En pacientes con síncope, palpitaciones no explicadas, Kearns-Sayre, m.3243A>G o sospecha de riesgo eléctrico, la monitorización debe ser más agresiva que en una miocardiopatía estable sin red flags.

La ecocardiografía define el fenotipo. Debe medir espesores parietales, masa ventricular, dimensiones ventriculares, fracción de eyección ventricular izquierda (left ventricular ejection fraction, LVEF), función diastólica, función del ventrículo derecho, aurículas, válvulas, presión pulmonar estimada, presencia de trabeculación, trombos intracavitarios y strain longitudinal global (global longitudinal strain, GLS) cuando esté disponible. En las formas hipertróficas hay que distinguir la hipertrofia mitocondrial de hipertensión, miocardiopatía hipertrófica sarcomérica, enfermedad de Fabry, amiloidosis y cardiopatías por depósito. En las formas dilatadas hay que evaluar si el patrón es compatible con miocardiopatía no isquémica, miocarditis, toxicidad, taquimiocardiopatía o enfermedad genética superpuesta.

La CMR es central en la definición morfológica y tisular. Permite medir con precisión volúmenes, masa, LVEF, función del ventrículo derecho, trabeculación, edema, fibrosis y patrón de realce tardío con gadolinio (late gadolinium enhancement, LGE). En los pacientes con enfermedad mitocondrial puede mostrar hipertrofia ventricular, LGE focal o difuso, alteraciones del strain, remodelado ventricular y, en algunos casos, hallazgos capaces de ayudar a distinguirla de otras causas de hipertrofia. El mapeo T1, el volumen extracelular y el mapeo T2 pueden aportar información sobre fibrosis difusa, edema o alteraciones tisulares no visibles con las secuencias tradicionales solas. La CMR es particularmente útil cuando la ecocardiografía y la clínica no explican la gravedad de los síntomas o cuando la diagnosis diferencial con miocardiopatía hipertrófica, Fabry, amiloidosis o miocarditis sigue abierta.

El diagnóstico genético requiere análisis combinado del mtDNA y de los genes nucleares. En la sospecha de enfermedad mitocondrial no es suficiente un panel convencional de miocardiopatías que analice solo genes sarcoméricos o citoesqueléticos. Hay que incluir el genoma mitocondrial, la búsqueda de variantes puntuales, deleciones del mtDNA, deleciones múltiples, defectos de mantenimiento y genes nucleares mitocondriales pertinentes. La elección de la muestra es importante: sangre, orina, fibroblastos, músculo u otros tejidos pueden tener sensibilidad distinta según la variante y la heteroplasmia. En algunas variantes del mtDNA, la sangre puede volverse falsamente poco informativa con la edad, mientras que el sedimento urinario o el músculo pueden conservar mayor carga mutacional.

En ausencia de criterios diagnósticos cardiológicos oficiales unívocos, según los estándares de atención de la Mitochondrial Medicine Society y el planteamiento de las guías ESC sobre miocardiopatías, para establecer el diagnóstico de miocardiopatía mitocondrial es necesario integrar de forma coherente estos elementos:

    elementos necesarios para un diagnóstico clínicamente fundamentado

  • documentar un fenotipo cardíaco compatible, como hipertrofia ventricular, miocardiopatía dilatada, no compactación ventricular, disfunción sistólica o diastólica, defectos de conducción, arritmias o insuficiencia cardíaca;
  • buscar signos multisistémicos sugestivos de enfermedad mitocondrial, sobre todo neurológicos, musculares, oculares, auditivos, endocrinos, renales, gastrointestinales o metabólicos;
  • realizar ECG, ecocardiograma, monitorización del ritmo y CMR cuando esté indicada para definir morfología, función, fibrosis, ventrículo derecho, trombos y diagnóstico diferencial;
  • utilizar pruebas bioquímicas dirigidas, sabiendo que lactato, piruvato, creatincinasa y otros marcadores pueden apoyar la sospecha, pero no confirman ni excluyen por sí solos el diagnóstico;
  • realizar consejo genético y análisis molecular adecuado, incluyendo mtDNA y genes nucleares mitocondriales, con elección del tejido apropiada según la sospecha;
  • considerar biopsia muscular, biopsia endomiocárdica o estudios enzimáticos solo cuando la genética y la clínica no aclaren el cuadro o cuando el resultado modifique realmente la gestión;
  • excluir causas alternativas o concomitantes de hipertrofia, dilatación, arritmias e insuficiencia cardíaca, como hipertensión, cardiopatía isquémica, miocarditis, miocardiopatías sarcoméricas, enfermedad de Fabry, amiloidosis, toxicidad, taquimiocardiopatía y patologías endocrinas.

La biopsia muscular ha perdido el papel de prueba cardinal única gracias a la genética de nueva generación, pero sigue siendo útil en casos seleccionados. Puede mostrar fibras rojas rasgadas, fibras citocromo c oxidasa negativas, acumulación subsarcolémica de mitocondrias, alteraciones ultraestructurales, déficit de los complejos respiratorios o anomalías enzimáticas. Sin embargo, una biopsia muscular normal no excluye todas las enfermedades mitocondriales, especialmente si el tejido muestreado no es el más afectado o si el defecto se expresa de forma heterogénea. La biopsia endomiocárdica rara vez es necesaria, pero puede considerarse cuando la sospecha cardíaca es fuerte y las demás evaluaciones no son concluyentes, o cuando hay que distinguir de miocarditis, infiltración, depósito u otra miocardiopatía tratable.

El diagnóstico diferencial debe ser sistemático. La miocardiopatía hipertrófica sarcomérica puede simular la hipertrofia mitocondrial, pero por lo general no presenta el mismo patrón multisistémico. La enfermedad de Fabry puede dar hipertrofia, dolor neuropático, proteinuria, angioqueratomas y LGE inferolateral; debe buscarse porque tiene terapia enzimática o chaperónica específica. La amiloidosis puede dar hipertrofia aparente, bajos voltajes, neuropatía, proteinuria y patrón CMR característico. La cardiopatía hipertensiva debe distinguirse según la historia tensional, la regresión, el patrón de hipertrofia y el daño de órgano. La miocarditis puede producir dolor, troponina elevada, disfunción y LGE. La toxicidad por antraciclinas, el alcohol, la taquimiocardiopatía, la isquemia y las endocrinopatías deben excluirse cuando sean coherentes con el cuadro.

La evaluación de los familiares depende del defecto genético. En las variantes del mtDNA es fundamental reconstruir la línea materna, porque la transmisión es materna y la expresión clínica varía por heteroplasmia y segregación replicativa. En las variantes nucleares, el cribado sigue el modelo hereditario específico. El consejo genético debe abordar riesgo reproductivo, posibilidad de diagnóstico prenatal o preimplantacional, límites de la heteroplasmia, variantes de significado incierto y necesidad de seguimiento clínico incluso en portadores paucisintomáticos. El diagnóstico genético no sirve solo para dar nombre a la enfermedad, sino para guiar la vigilancia cardíaca, neurológica, renal, endocrina y familiar.

El seguimiento diagnóstico no concluye con la primera visita. La afectación cardíaca puede aparecer después de años en un paciente mitocondrial ya diagnosticado, o puede progresar de hipertrofia leve a disfunción, de bloqueo de primer grado a bloqueo avanzado, de palpitaciones esporádicas a arritmias mayores. Por ello son necesarios controles periódicos con ECG, ecocardiograma y monitorización del ritmo, modulados según genotipo, edad, síntomas, CMR, antecedentes familiares e historia de eventos. La vigilancia debe ser más estrecha en pacientes con síndrome de Kearns-Sayre, m.3243A>G, disfunción ventricular, LGE, trastornos de conducción o arritmias documentadas.

Tratamiento y pronóstico

El tratamiento de las miocardiopatías mitocondriales es complejo porque no existe, en la mayoría de los casos, una terapia capaz de corregir directamente el defecto genético de base. La gestión se fundamenta en cuatro niveles: tratamiento cardiológico del fenotipo, prevención de las crisis metabólicas, atención multisistémica de la enfermedad mitocondrial y vigilancia familiar. El tratamiento debe ser personalizado porque un paciente con hipertrofia estable y bloqueo de conducción no requiere la misma estrategia que un niño con síndrome de Barth e insuficiencia cardíaca, que un adulto con MELAS y miocardiopatía hipertrófica, o que un paciente con Kearns-Sayre y bloqueo auriculoventricular progresivo.

Cuando existe insuficiencia cardíaca con LVEF reducida, se aplican las terapias validadas para la insuficiencia cardíaca, adaptándolas a la tolerancia del paciente. Pueden utilizarse inhibidor del receptor de angiotensina y de la neprilisina (angiotensin receptor neprilysin inhibitor, ARNI), inhibidor de la enzima convertidora de angiotensina, antagonista del receptor de angiotensina, betabloqueante, antagonista del receptor mineralocorticoide (mineralocorticoid receptor antagonist, MRA), inhibidor del cotransportador sodio-glucosa de tipo 2 (sodium-glucose cotransporter 2 inhibitor, SGLT2-inhibidor) y diuréticos cuando hay congestión. La titulación debe considerar presión arterial, función renal, estado nutricional, disautonomía, riesgo de deshidratación y crisis metabólicas. En pacientes con miopatía severa, bajo peso o enfermedad multisistémica, las dosis estándar pueden no tolerarse y requieren progresión más lenta.

En las formas hipertróficas con función sistólica conservada, el tratamiento depende de síntomas, obstrucción del tracto de salida, disfunción diastólica, arritmias y diagnóstico diferencial. Si no hay obstrucción significativa, la gestión se orienta a controlar frecuencia, presión, congestión, arritmias y comorbilidades. Si existe obstrucción dinámica, el tratamiento sigue principios similares a los de la miocardiopatía hipertrófica obstructiva, pero con cautela adicional ligada a la fragilidad metabólica. La terapia no debe elegirse solo por el espesor parietal: hay que entender si la hipertrofia es compensatoria, infiltrativa, sarcomérica, mitocondrial o mixta.

Los trastornos de conducción requieren vigilancia e intervención precoz. En síndromes de alto riesgo, como Kearns-Sayre, los bloqueos fasciculares, el bloqueo de rama, el PR prolongado o el síncope deben considerarse señales importantes. El marcapasos puede estar indicado antes de que aparezca bloqueo auriculoventricular completo si el riesgo de progresión es elevado. En algunos pacientes, sobre todo si coexisten disfunción ventricular, taquiarritmias, LGE, antecedentes familiares o eventos arrítmicos, debe considerarse si un desfibrilador implantable (implantable cardioverter-defibrillator, ICD) es más apropiado que el marcapasos solo. La decisión debe ser especializada, porque el riesgo puede incluir tanto bradiarritmias como arritmias ventriculares.

Las arritmias ventriculares y la prevención de la muerte súbita siguen las recomendaciones generales para miocardiopatías y arritmias, pero con atención al genotipo y al contexto sistémico. El ICD está indicado en prevención secundaria después de paro cardíaco o taquicardia ventricular sostenida no reversible. En prevención primaria, la decisión integra LVEF, LGE, síncope, taquicardia ventricular no sostenida, antecedentes familiares, trastornos de conducción y tipo de enfermedad mitocondrial. Los antiarrítmicos deben elegirse con cautela, considerando función hepática, función renal, interacciones, prolongación del QTc y posibles efectos mitocondriales. La corrección de electrolitos, fiebre, hipoxia, acidosis y deshidratación forma parte del control arrítmico.

La prevención de las crisis metabólicas es una parte del tratamiento cardiológico. El paciente debe evitar ayuno prolongado, deshidratación, exceso de ejercicio no controlado, retraso en el tratamiento de fiebre e infecciones, y debe recibir protocolos perioperatorios adecuados. En caso de enfermedad aguda pueden ser necesarios aporte de glucosa, hidratación controlada, corrección de la acidosis, monitorización cardíaca, control de electrolitos y manejo intensivo si aparece insuficiencia cardíaca. El objetivo no es solo proteger el metabolismo general, sino evitar que un corazón con baja reserva energética sea empujado más allá del umbral de compensación.

La gestión farmacológica requiere atención a los medicamentos potencialmente problemáticos en las enfermedades mitocondriales. El valproato debe evitarse sobre todo en las enfermedades relacionadas con POLG por el riesgo de hepatotoxicidad severa. Los aminoglucósidos pueden ser particularmente peligrosos en variantes mitocondriales específicas que predisponen a sordera. Algunos anestésicos, antiepilépticos, antirretrovirales, quimioterápicos, estatinas o fármacos que interfieren con el metabolismo energético, la conducción o el QTc requieren evaluación individual. Esto no significa prohibir indiscriminadamente clases enteras, sino usar prescripción consciente, indicación real, monitorización y coordinación entre especialistas.

Las suplementaciones metabólicas se usan con frecuencia, pero las pruebas de eficacia son heterogéneas. Coenzima Q10, riboflavina, L-carnitina, creatina, tiamina, ácido alfa-lipoico, arginina o citrulina en contextos específicos pueden considerarse en centros expertos, pero no sustituyen la terapia cardiológica, la vigilancia arrítmica y la gestión de las complicaciones. En las formas por déficit primario de coenzima Q10, la suplementación puede tener un fundamento específico más sólido. En los episodios stroke-like asociados a MELAS, arginina o citrulina se han propuesto en protocolos especializados. Por tanto, la terapia metabólica debe estar dirigida al defecto o al síndrome, no aplicarse como fórmula genérica.

La terapia de las enfermedades específicas debe seguir el fenotipo. En el síndrome de Barth hacen falta gestión de la insuficiencia cardíaca, vigilancia de las arritmias, control de la neutropenia, prevención de infecciones, soporte nutricional, evaluación del crecimiento y seguimiento genético. En el síndrome de Kearns-Sayre el centro es la vigilancia de la conducción y el implante oportuno de dispositivo cuando esté indicado. En pacientes con m.3243A>G se deben monitorizar corazón, diabetes, riñones, audición, neurología y riesgo de episodios stroke-like. En las enfermedades por POLG se debe evitar valproato y vigilar hígado, neurología y corazón. Esta medicina por subtipos es indispensable porque “mitocondrial” no es un diagnóstico terapéutico suficiente.

La actividad física debe prescribirse con prudencia, pero no prohibirse automáticamente. Un ejercicio aeróbico moderado, supervisado y adaptado puede mejorar la capacidad funcional y la calidad de vida en algunas miopatías mitocondriales, mientras que los esfuerzos máximos, el ayuno, la deshidratación y los entrenamientos no calibrados pueden precipitar síntomas o crisis. En pacientes con arritmias, LVEF reducida, LGE, síncope o miocardiopatía severa, la evaluación cardiológica debe preceder a cualquier programa. El objetivo es evitar tanto la inmovilidad dañina como la exposición a cargas energéticas no sostenibles.

El embarazo requiere consejo preconcepcional. En mujeres con variantes del mtDNA existen implicaciones de transmisión materna y variabilidad de la heteroplasmia en la descendencia. En el plano cardiológico, el riesgo depende de LVEF, hipertrofia, arritmias, conducción, función renal, diabetes, estado nutricional y enfermedad neurológica. El embarazo aumenta el volumen plasmático, el gasto cardíaco y la demanda energética, por lo que puede desenmascarar o agravar un fenotipo cardíaco. La gestión debe ser multidisciplinaria, incluyendo cardiología, genética, obstetricia de alto riesgo, neurología y metabolismo.

En los casos avanzados se puede llegar a asistencia ventricular o trasplante cardíaco, pero la selección es más compleja que en otras miocardiopatías. El trasplante puede considerarse cuando la enfermedad extracardíaca es limitada y el pronóstico sistémico es compatible, pero puede verse impedido o volverse arriesgado por miopatía severa, enfermedad neurológica progresiva, insuficiencia renal, malnutrición, infecciones, diabetes compleja o episodios stroke-like. En los pacientes con MELAS m.3243A>G, por ejemplo, el riesgo neurológico, renal y nutricional puede obstaculizar el recorrido trasplantológico. La decisión debe tomarse en centros expertos, con evaluación cardiológica y metabólica integrada.

El pronóstico es extremadamente variable. Son favorables el diagnóstico precoz, la función ventricular conservada, la ausencia de LGE, la ausencia de arritmias mayores, la estabilidad del sistema de conducción, la baja afectación extracardíaca y la posibilidad de prevenir crisis metabólicas. Son desfavorables el inicio neonatal o infantil severo, la miocardiopatía dilatada, la LVEF reducida, la fibrosis en la CMR, el bloqueo de conducción progresivo, las arritmias ventriculares, la insuficiencia renal, la malnutrición, la debilidad respiratoria, los episodios neurológicos stroke-like, la acidosis láctica recurrente y las variantes genéticas con fenotipo multisistémico grave. El pronóstico cardíaco no puede separarse del pronóstico metabólico general.

Complicaciones

Las complicaciones de las miocardiopatías mitocondriales derivan de la interacción entre déficit energético del cardiomiocito, inestabilidad eléctrica, progresión estructural, crisis metabólicas y afectación multisistémica. A diferencia de otras miocardiopatías, el corazón puede empeorar no solo por remodelado intrínseco, sino también durante fiebre, ayuno, anestesia, infecciones, vómitos, deshidratación, crisis epilépticas, intervenciones quirúrgicas o descompensaciones metabólicas. La prevención de las complicaciones requiere por tanto vigilancia cardiológica y capacidad de anticipar los estreses sistémicos.

La insuficiencia cardíaca es una complicación central. En las formas hipertróficas puede iniciar como disfunción diastólica, con aumento de las presiones de llenado, disnea, intolerancia al esfuerzo y congestión. En las formas dilatadas aparecen reducción de la LVEF, dilatación ventricular, insuficiencia mitral funcional, bajo gasto y hospitalizaciones. El empeoramiento puede ser gradual o agudo durante crisis metabólicas. La pérdida de ATP reduce contractilidad y relajación, mientras que fibrosis, estrés oxidativo y activación neurohormonal estabilizan el daño. La insuficiencia cardíaca mitocondrial es por tanto un fallo energético antes incluso que mecánico.

Las arritmias representan una complicación frecuente y potencialmente fatal. Pueden aparecer fibrilación auricular, flutter auricular, taquicardia ventricular no sostenida, taquicardia ventricular sostenida, fibrilación ventricular, torsades de pointes y bradiarritmias. El sustrato está constituido por fibrosis, alteración del calcio, inestabilidad de la membrana, defectos de conducción y reducida reserva energética. Las arritmias pueden empeorar rápidamente la insuficiencia cardíaca porque un corazón con baja reserva mitocondrial tolera mal la taquicardia, la pérdida de la sístole auricular, la irregularidad del ritmo y la hipotensión.

Los defectos de conducción son particularmente importantes en los síndromes por deleción del mtDNA y en el síndrome de Kearns-Sayre. Pueden iniciar con bloqueos fasciculares o bloqueo auriculoventricular de primer grado y progresar hacia bloqueo avanzado o completo. La complicación más temida es el síncope o la muerte súbita por pausa, asistolia o arritmia ventricular asociada. Puesto que la progresión puede ser rápida, un ECG levemente alterado en un paciente con fenotipo mitocondrial no debe considerarse un hallazgo banal.

La muerte súbita puede derivar de bloqueo auriculoventricular completo, taquicardia ventricular, fibrilación ventricular, torsades de pointes, disfunción severa o combinación de bradiarritmia e inestabilidad ventricular. En portadores de m.3243A>G se han descrito eventos súbitos incluso en adultos aparentemente poco sintomáticos; en los síndromes con conducción progresiva, el riesgo está ligado a la vulnerabilidad del sistema eléctrico. La prevención requiere cribado seriado, monitorización del ritmo, implante oportuno de dispositivos cuando esté indicado y atención a fármacos que prolongan el QTc o empeoran la conducción.

La progresión de hipertrofia a dilatación es una complicación estructural significativa. Inicialmente la hipertrofia puede compensar la menor eficiencia energética aumentando la masa y la capacidad contráctil aparente; con el tiempo, la acumulación de daño oxidativo, fibrosis, crisis metabólicas y pérdida de cardiomiocitos puede transformar el fenotipo en miocardiopatía dilatada. Esta transición empeora el pronóstico, aumenta el riesgo de arritmias, favorece trombosis y puede conducir a insuficiencia cardíaca avanzada.

La fibrosis miocárdica es tanto complicación como marcador pronóstico. Deriva de daño cardiomiocitario crónico, estrés oxidativo, inflamación de bajo grado, remodelado y reparación tisular. En la CMR puede aparecer como LGE focal o difuso, a veces con patrón no isquémico. La fibrosis reduce la elasticidad, empeora el llenado, dificulta la conducción uniforme y crea sustrato para arritmias. Su presencia debe aumentar el nivel de vigilancia incluso cuando la LVEF aún no está gravemente reducida.

Las complicaciones tromboembólicas pueden aparecer si coexisten fibrilación auricular, disfunción ventricular, dilatación, no compactación, trombo intracavitario o inmovilidad. El riesgo no deriva de la enfermedad mitocondrial en abstracto, sino de las condiciones que favorecen estasis y arritmias. Un ictus en un paciente mitocondrial puede tener naturaleza cardioembólica o ser un episodio stroke-like metabólico, sobre todo en los síndromes MELAS. La distinción es esencial porque cambia tratamiento, prevención e interpretación pronóstica.

Las crisis metabólicas son complicaciones sistémicas con impacto cardíaco directo. Durante fiebre, ayuno o infección, el paciente puede desarrollar acidosis láctica, hipoglucemia, deshidratación, desequilibrios electrolíticos y catabolismo. El corazón responde con taquicardia, aumento del consumo energético, empeoramiento de la contractilidad y riesgo arrítmico. En los niños y en los pacientes con enfermedad severa, una crisis metabólica puede precipitar insuficiencia cardíaca aguda o insuficiencia multiorgánica. La prevención de las crisis es por tanto una medida de cardioprotección.

Las complicaciones respiratorias agravan el corazón. Debilidad de los músculos respiratorios, infecciones recurrentes, aspiración, hipoventilación nocturna e insuficiencia respiratoria aumentan hipoxia, hipercapnia y carga sobre el ventrículo derecho. La hipoxia empeora la función mitocondrial y aumenta el riesgo arrítmico. En pacientes con miopatía esquelética severa, la evaluación respiratoria forma parte de la prevención cardiológica, porque una ventilación inadecuada puede ser el factor que precipita la insuficiencia cardíaca.

Las complicaciones renales y endocrinas modifican la gestión cardíaca. Nefropatía, tubulopatía e insuficiencia renal alteran volumen, potasio, magnesio, acidez y tolerancia a los fármacos de la insuficiencia cardíaca. La diabetes mitocondrial puede aumentar la vulnerabilidad metabólica, el riesgo infeccioso y las complicaciones vasculares. Las alteraciones tiroideas o suprarrenales, cuando están presentes, pueden modificar frecuencia, presión y metabolismo. Por tanto, el tratamiento cardiológico debe recalibrarse según los órganos afectados, no aplicarse como esquema fijo.

Las complicaciones iatrogénicas son particularmente relevantes. Ayuno perioperatorio prolongado, hidratación inadecuada, fármacos innecesarios que interfieren con el metabolismo mitocondrial, anestesia no planificada, falta de monitorización del ritmo en pacientes con conducción inestable o corrección insuficiente de los electrolitos pueden precipitar eventos evitables. La prevención exige que el diagnóstico mitocondrial se comunique claramente en los recorridos quirúrgicos, anestesiológicos, neurológicos y de urgencias.

Las complicaciones familiares y reproductivas no son complicaciones biológicas del corazón, sino consecuencias clínicas del diagnóstico. Una variante del mtDNA puede afectar a familiares a lo largo de la línea materna con severidad muy diferente; una variante nuclear puede implicar riesgo para hermanos, hijos u otros familiares. No reconocer la naturaleza hereditaria puede dejar sin vigilancia a sujetos con riesgo de bloqueos de conducción, insuficiencia cardíaca o muerte súbita. El consejo genético es por tanto parte de la prevención de las complicaciones, no un trámite administrativo.

La complicación más peligrosa en el plano práctico es la fragmentación de la atención. Si el paciente se sigue solo como miocardiopatía, pueden ignorarse crisis metabólicas, neurología, nefropatía, diabetes, sordera o riesgo anestesiológico. Si se sigue solo como enfermedad neurológica, pueden ignorarse conducción, arritmias y fibrosis. La gestión eficaz requiere un modelo multidisciplinario en el que cardiología, genética, neurología, metabolismo, nefrología, endocrinología, anestesia y pediatría o medicina interna compartan información y umbrales de intervención.

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