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Otras miocardiopatías

La categoría de otras miocardiopatías reúne condiciones que no pueden comprenderse adecuadamente mediante una sola forma del ventrículo. Algunas representan un rasgo anatómico que adquiere significado únicamente en presencia de disfunción, fibrosis o antecedentes familiares; otras son respuestas del miocardio a hormonas, deficiencias, insuficiencia orgánica o estrés catecolaminérgico. Por tanto, el denominador común no es una patogenia compartida, sino la necesidad de pasar del fenotipo a la causa antes de atribuir pronóstico y tratamiento.

Este grupo expone a dos errores opuestos. El primero consiste en llamar miocardiopatía a cualquier particularidad de las pruebas de imagen, transformando una variante común en una enfermedad; el segundo atribuye cualquier alteración a la condición sistémica conocida y pasa por alto una miocardiopatía genética concomitante. Una evaluación correcta separa descripción, síndrome y diagnóstico etiológico, reconstruyendo temporalidad, carga hemodinámica, tejido y familia. La jerarquía diagnóstica impide que una etiqueta general sustituya al razonamiento clínico.

La hipertrabeculación ventricular izquierda es ante todo un hallazgo morfológico, observable también durante el embarazo, en la actividad deportiva y en corazones estructuralmente normales. La miocardiopatía no compactada indica, en cambio, un contexto patológico en el que la trabeculación se asocia a disfunción, arritmias, tromboembolia, enfermedad genética o afectación familiar. La distinción no es puramente léxica: evita trasladar el riesgo de cohortes seleccionadas a personas sanas que superan un criterio geométrico sensible.

El síndrome de Takotsubo es una insuficiencia ventricular aguda, a menudo transitoria, vinculada a una interacción entre sistema nervioso, catecolaminas, microcirculación y susceptibilidad miocárdica. La miocardiopatía endocrina comprende, en cambio, remodelados producidos por la tiroides, las catecolaminas, la hormona del crecimiento, el cortisol y otras alteraciones hormonales. En ambas, el corazón responde a señales extracardíacas, pero los tiempos, la distribución de la disfunción y las estrategias causales son profundamente distintos.

La miocardiopatía nutricional deriva de deficiencias o desequilibrios que comprometen la producción de energía, las defensas antioxidantes o la estructura celular. La miocardiopatía cirrótica se origina en la circulación hiperdinámica y en la compleja señalización de la cirrosis, mientras que la miocardiopatía urémica combina hipertrofia, fibrosis y disfunción en el contexto de la enfermedad renal crónica. La enfermedad de base no es un telón de fondo: determina cargas, fármacos, intervenciones y reversibilidad del miocardio.

Límites nosológicos y lenguaje clínico

Una miocardiopatía es una enfermedad del músculo cardíaco en la que el fenotipo no se explica únicamente por enfermedad coronaria, hipertensión, valvulopatía o cardiopatía congénita suficientes para producirlo. Esta definición operativa no excluye influencias sistémicas, porque muchas causas actúan a través del metabolismo, la inmunidad, las hormonas o la insuficiencia orgánica. Sin embargo, exige demostrar que la afectación miocárdica posee entidad propia y consecuencias clínicas. El nexo causal debe ser más fuerte que la simple coexistencia.

Los términos descriptivos conservan valor cuando no pretenden anticipar la etiología. Hipertrabeculación, hipertrofia, dilatación, edema y fibrosis dicen qué muestra la exploración; no establecen por sí solos si el proceso es adaptativo, hereditario o adquirido. Definir primero el fenotipo permite comparar datos longitudinales y elegir pruebas dirigidas. La descripción neutral es especialmente importante cuando los criterios históricos se derivaron de pequeños grupos de pacientes muy enfermos.

El término secundaria puede sugerir erróneamente que la cardiopatía es marginal o desaparece siempre al corregir la causa. En la cirrosis, la enfermedad renal y las endocrinopatías, el daño puede hacerse autónomo por fibrosis, rarefacción capilar y remodelado irreversible. En el Takotsubo, por el contrario, la recuperación de la fracción de eyección no elimina el riesgo de la fase aguda ni todas las anomalías funcionales residuales. La reversibilidad biológica es un continuo que debe medirse, no una propiedad asignada por la categoría.

Una misma persona puede presentar varios determinantes. Un paciente con insuficiencia renal puede tener una variante sarcomérica; una mujer con enfermedad coronaria puede desarrollar Takotsubo; una cirrosis alcohólica puede asociarse a toxicidad directa y deficiencia de tiamina. Por tanto, el método diagnóstico debe cuantificar contribuciones concurrentes en lugar de imponer una única explicación. La causalidad múltiple es frecuente en los fenotipos adquiridos y modifica la proporción de daño recuperable.

Arquitectura trabecular: rasgo, adaptación o enfermedad

Las trabéculas son componentes normales de la superficie endocárdica y su visibilidad depende de la técnica, el plano, la resolución, el volumen de la cavidad y el modo de contorneado. Las relaciones entre la capa trabeculada y la compacta o los porcentajes de masa trabeculada transforman una geometría continua en un umbral. Estas mediciones mejoran la reproducibilidad descriptiva, pero no crean una separación biológica nítida. El valor del criterio depende de la población en la que se aplica.

Deportistas, mujeres embarazadas y personas sin cardiopatía pueden cumplir criterios propuestos para la no compactación, sobre todo cuando aumenta el volumen ventricular o la definición del endocardio. En muchos casos la función permanece normal y la trabeculación no predice eventos independientemente de otros hallazgos. La raza, la superficie corporal y la carga hemodinámica pueden modificar la prevalencia aparente. El contexto fisiológico protege frente al sobrediagnóstico y las restricciones injustificadas.

La sospecha patológica aumenta cuando coexisten reducción de la función, dilatación no explicada, LGE, arritmias, embolias, cardiopatía congénita, enfermedad neuromuscular o segregación familiar. En este escenario, la morfología puede ser un indicador de una miocardiopatía subyacente, a menudo con genes compartidos con formas dilatadas o hipertróficas. Sin embargo, no existe un único gen específico que transforme cualquier trabeculación en una entidad autónoma. La concordancia fenotípica pesa más que la superación aislada de un umbral.

En neonatos y niños la prudencia es mayor, porque la asociación con síndromes genéticos, defectos metabólicos y enfermedades neuromusculares es más relevante y el corazón puede evolucionar rápidamente. En el adulto asintomático con función normal, ECG normal y sin antecedentes familiares, un hallazgo incidental requiere, en cambio, proporcionalidad. La edad y la probabilidad preprueba cambian el significado de la misma imagen. La lectura evolutiva sustituye a un diagnóstico instantáneo basado únicamente en la morfología.

Disfunción aguda mediada por el estrés

El Takotsubo se presenta como un síndrome coronario agudo con dolor, disnea, alteraciones del ECG y aumento de biomarcadores, pero la disfunción regional suele exceder el territorio de una única arteria coronaria. El desencadenante emocional no es obligatorio y los estresores físicos, neurológicos o críticos son frecuentes, sobre todo en hombres y pacientes hospitalizados. La enfermedad coronaria concomitante no excluye el diagnóstico. El mimetismo isquémico obliga, por tanto, a tratar inicialmente la urgencia y demostrar la anatomía coronaria apropiada.

El exceso catecolaminérgico, la respuesta simpática central, la disfunción microvascular y la toxicidad directa concurren en proporciones variables. Los patrones apical, medioventricular, basal o focal muestran que no se trata únicamente de una forma geométrica. El feocromocitoma y las patologías neurológicas pueden desencadenar cuadros indistinguibles, lo que exige una búsqueda causal guiada por el contexto. La red corazón-cerebro explica mejor el síndrome que la fórmula reductiva del corazón roto.

La fase aguda puede incluir edema pulmonar, shock, obstrucción dinámica del tracto de salida, insuficiencia mitral, arritmias, QT largo y trombo apical. La elección de inotrópicos, vasodilatadores y soportes mecánicos depende de la fisiología y no puede ser uniforme, sobre todo si existe obstrucción. La fracción de eyección tiende a recuperarse, pero la recurrencia y la mortalidad no son nulas. El riesgo inmediato no debe minimizarse por la transitoriedad prevista.

La resonancia ayuda a distinguir edema, infarto y miocarditis, mientras que el control documenta la recuperación de la cinética. Los tratamientos crónicos que se emplean con frecuencia después del evento no disponen todos de pruebas aleatorizadas específicas, y el posible beneficio debe distinguirse del tratamiento de la hipertensión, las arritmias o la enfermedad coronaria concomitantes. El manejo del estrés no implica que la enfermedad sea imaginaria o voluntaria. La rehabilitación integrada considera componentes cardíacos, neurológicos y psicológicos sin culpabilización.

Señales endocrinas y remodelado miocárdico

Las hormonas modifican frecuencia, contractilidad, resistencias, volumen, metabolismo y crecimiento celular. El hipertiroidismo y la tirotoxicosis favorecen taquicardia, fibrilación auricular, alto flujo y, en ocasiones, disfunción dilatada; el hipotiroidismo reduce el cronotropismo y la relajación, aumenta las resistencias y puede asociarse a derrame. Corregir la alteración tiroidea es esencial, pero la cardiopatía isquémica o valvular concomitante debe tratarse de forma independiente. La firma hemodinámica orienta sin sustituir la determinación hormonal.

La acromegalia y el exceso crónico de hormona del crecimiento e IGF-1 pueden producir hipertrofia biventricular, disfunción diastólica, arritmias y valvulopatía, agravadas por hipertensión, diabetes y apneas. El hipercortisolismo actúa, en cambio, a través de la presión, la adiposidad, el metabolismo y el riesgo trombótico más que mediante un único patrón específico. En la diabetes, la lipotoxicidad, la microvasculatura y las alteraciones energéticas contribuyen a la disfunción, pero separar una miocardiopatía diabética de comorbilidades frecuentes exige rigor. La especificidad fenotípica varía, por tanto, entre endocrinopatías.

El feocromocitoma y el paraganglioma pueden causar crisis hipertensivas, miocarditis catecolaminérgica, forma dilatada o patrón de Takotsubo. Reconocer el tumor cambia radicalmente la preparación farmacológica y el tratamiento definitivo, mientras que una biopsia cardíaca no es la primera herramienta ante un cuadro endocrino sugestivo. Cefalea, sudoración, palpitaciones y presión lábil son indicios, no criterios suficientes. La causa catecolamínica debe documentarse con bioquímica y pruebas de imagen apropiadas.

La respuesta a la normalización hormonal depende de la duración, la fibrosis y las comorbilidades. La función y la frecuencia pueden mejorar rápidamente, mientras que la masa y el tejido requieren meses o permanecen anómalos. Por ello, el seguimiento debe medir tanto el control endocrino como el remodelado cardíaco con criterios de valoración distintos. La doble remisión, bioquímica y cardiológica, no es automáticamente simultánea.

Deficiencias, malabsorción y vulnerabilidad energética

El corazón depende de micronutrientes que sostienen la descarboxilación oxidativa, la cadena respiratoria, las defensas antioxidantes y el metabolismo de los ácidos grasos. Una deficiencia se vuelve clínicamente relevante cuando las reservas, la absorción y las necesidades se desequilibran lo suficiente como para limitar la función. Tiamina, selenio y carnitina son ejemplos conocidos, pero el riesgo real depende de la dieta, el alcohol, los diuréticos, la diálisis, la nutrición artificial, la cirugía bariátrica y la malabsorción. La historia nutricional debe preceder a una prescripción empírica indiscriminada.

La deficiencia de tiamina puede producir vasodilatación, alto flujo, retención hidrosalina y, en cuadros avanzados, colapso, mientras que otras deficiencias comprometen directamente la bioenergética o la estabilidad oxidativa. Los biomarcadores no siempre están disponibles de inmediato ni se correlacionan perfectamente con el tejido. En pacientes inestables de alto riesgo, el tratamiento oportuno puede preceder a la confirmación, sin renunciar a recoger muestras y buscar causas alternativas. Sin embargo, una terapia de bajo riesgo no convierte una respuesta inespecífica en prueba etiológica absoluta.

La realimentación puede precipitar hipofosfatemia, hipopotasemia, hipomagnesemia, retención de sodio e insuficiencia cardíaca en una persona gravemente desnutrida. El peligro no deriva únicamente de la deficiencia inicial, sino de la velocidad con la que se reactiva el metabolismo. La corrección de electrolitos, la tiamina y la progresión calórica controlada forman parte de la prevención cardiológica. La transición metabólica es una fase clínica activa y no un simple retorno a la dieta normal.

Una mutación del transportador de carnitina u otra enfermedad metabólica hereditaria no debe confundirse con una deficiencia dietética adquirida, aunque el tratamiento pueda compartir un sustrato. La edad, los antecedentes familiares, la hipoglucemia, la rabdomiólisis y el perfil de acilcarnitinas orientan la evaluación. La precisión bioquímica distingue una sustitución nutricional de un tratamiento permanente de una enfermedad genética.

Cirrosis y reserva cardíaca oculta

La cirrosis produce vasodilatación esplácnica, activación neurohormonal, expansión del volumen plasmático y circulación hiperdinámica. En reposo, el gasto puede ser elevado y enmascarar una respuesta contráctil inadecuada; la infección, la hemorragia, el TIPS, la cirugía o el trasplante revelan la reserva limitada. La disfunción diastólica, el strain alterado y la respuesta reducida al estrés son componentes relevantes, pero deben interpretarse en relación con la edad y la carga. La normalidad aparente de la fracción de eyección no equivale a un miocardio normal.

Mediadores inflamatorios, óxido nítrico, endocannabinoides, ácidos biliares, alteraciones de los receptores betaadrenérgicos y de la membrana cardiomiocitaria se han implicado en la fisiopatología. El QT prolongado y la incompetencia cronotrópica pueden acompañar al cuadro sin ser específicos. Alcohol, hemocromatosis, amiloidosis, enfermedad coronaria e hipertensión portal introducen causas concurrentes que deben excluirse. La miocardiopatía cirrótica es, por tanto, un diagnóstico positivo en el contexto adecuado, no un contenedor para cualquier cardiopatía del paciente cirrótico.

Los criterios contemporáneos valoran la fracción de eyección, el strain y múltiples parámetros de función diastólica, superando umbrales históricos muy sensibles a la precarga. Ningún índice aislado es inmune a las variaciones de volumen típicas de la cirrosis. La evaluación pre-TIPS o pretrasplante debe integrar síntomas, ECG, biomarcadores, ecocardiografía y, cuando sea necesario, pruebas adicionales. La estratificación perioperatoria busca la incapacidad de sostener el estrés, no solo anomalías en reposo.

Tras el trasplante hepático, algunos aspectos pueden mejorar, mientras que el estrés perioperatorio puede desenmascarar una insuficiencia cardíaca aguda. La selección del candidato y el manejo de líquidos requieren colaboración entre hepatología, anestesia y cardiología. Atribuir de antemano cualquier disfunción a la cirrosis comporta el riesgo de trasplantar a un paciente con una enfermedad cardíaca autónoma no reconocida. La reversibilidad postrasplante debe estimarse con un diagnóstico diferencial completo.

Enfermedad renal, hipertrofia y fibrosis

La miocardiopatía asociada a la enfermedad renal crónica combina sobrecarga de presión y volumen con anemia, inflamación, estrés oxidativo, alteraciones minerales, toxinas y disfunción microvascular. La hipertrofia ventricular izquierda es común, pero no agota el fenotipo: fibrosis intersticial, disfunción diastólica, reserva reducida e inestabilidad eléctrica contribuyen a la mortalidad. La red cardiorrenal hace insuficiente una explicación basada únicamente en la presión arterial.

El peso y el volumen cambian entre sesiones de diálisis, alterando diámetros, gradientes y parámetros Doppler. El ecocardiograma debe indicar la relación temporal con la diálisis y el peso seco; biomarcadores como la troponina y los péptidos natriuréticos requieren comparación con los valores habituales y la función renal. La resonancia con mapping puede caracterizar la fibrosis, pero el contraste se valora según el filtrado y el tipo de agente. La estandarización temporal hace interpretables mediciones que, de otro modo, serían discordantes.

Una fístula de alto flujo, anemia grave, isquemia, calcificación valvular y apnea pueden dominar el cuadro y disponen de intervenciones específicas. Incluso el depósito de amiloide beta-2-microglobulina, hoy menos frecuente con técnicas modernas, no coincide con el remodelado urémico típico. El diagnóstico debe descomponer los determinantes corregibles. El fenotipo urémico no justifica abandonar la búsqueda de causas tratables.

El control de la presión y del volumen, la corrección prudente de la anemia, el manejo mineral y el tratamiento de la insuficiencia cardíaca se adaptan al filtrado, al potasio y a la diálisis. El trasplante renal puede favorecer la regresión de la hipertrofia y la mejoría funcional, pero la fibrosis avanzada y la cardiopatía concomitante limitan la recuperación. La atención cardiorrenal mide conjuntamente congestión, función, tolerancia farmacológica y acceso vascular.

Itinerario diagnóstico integrado

La anamnesis reconstruye cuándo apareció el fenotipo en relación con embarazo, ejercicio, infección, estrés neurológico, variación hormonal, malnutrición, cirrosis o insuficiencia renal. La secuencia temporal suele ser más discriminante que el hallazgo final. Fármacos, alcohol, sustancias, cirugía y tratamientos sustitutivos se registran con dosis y duración. La cronología causal selecciona las pruebas e identifica ventanas de reversibilidad.

El ECG, la ecocardiografía y la monitorización del ritmo definen la mecánica y la electricidad. La resonancia se utiliza cuando debe distinguir cicatriz, edema, infiltración, isquemia o un fenotipo no aclarado, mientras que la coronariografía o la TC responden a la probabilidad de enfermedad coronaria. Las pruebas de laboratorio se dirigen a tiroides, metanefrinas plasmáticas o urinarias, eje hipofisario, micronutrientes, hígado y riñón según el contexto. La secuencia diagnóstica evita paneles extensos sin una pregunta clínica.

La prueba genética adquiere valor en presencia de disfunción no explicada, antecedentes familiares, cardiopatía congénita, signos neuromusculares o un fenotipo miocardiopático reconocible. Una variante incierta no confirma que la trabeculación sea patológica y no debe extender automáticamente el seguimiento o las restricciones a los familiares. A la inversa, una prueba negativa no excluye todas las causas hereditarias. La genética contextual vincula segregación, mecanismo y fenotipo.

La biopsia endomiocárdica se reserva para situaciones en las que el resultado puede cambiar el manejo, como diagnósticos inflamatorios, infiltrativos o metabólicos específicos no resueltos. No es necesaria para confirmar una morfología trabecular ni para cualquier disfunción sistémica. Además, la muestra puede no representar una enfermedad focal. La decisión de biopsiar equilibra información esperada, riesgo y alternativas menos invasivas.

Tratamiento orientado al mecanismo

El tratamiento tiene dos ejes simultáneos: corregir la causa y proteger el corazón. La normalización hormonal, la reposición documentada, el control de la cirrosis o la optimización renal no sustituyen el tratamiento de la insuficiencia cardíaca, las arritmias y la tromboembolia cuando está indicado. Del mismo modo, un tratamiento cardiológico eficaz no vuelve superflua la causa reversible. El doble objetivo evita tanto la espera pasiva como el tratamiento puramente sintomático.

Los fármacos estándar para la insuficiencia cardíaca se adaptan a la presión, el volumen, la función renal, el potasio, la obstrucción dinámica y la fase aguda. En el Takotsubo con obstrucción del tracto de salida, una estrategia apropiada difiere de la del shock sin obstrucción; en la cirrosis, la vasodilatación basal limita algunos tratamientos; en diálisis, la farmacocinética y la hiperpotasemia modifican dosis y monitorización. La fisiología individual prevalece sobre un protocolo idéntico para todas las etiologías.

La anticoagulación y los dispositivos no se prescriben solo por la palabra no compactación, Takotsubo o uremia. La fibrilación auricular, el trombo, la embolia previa, la función, la cicatriz y el riesgo arrítmico determinan las indicaciones según la evidencia pertinente. Un fenotipo transitorio exige también distinguir el riesgo de la fase aguda del riesgo tras la recuperación. La prevención proporcionada evita tanto la omisión como una medicalización permanente innecesaria.

El ejercicio y la rehabilitación se prescriben tras definir la función, el ritmo y la enfermedad sistémica. Una trabeculación aislada no justifica automáticamente la exclusión del deporte; la cirrosis avanzada, la diálisis y la malnutrición requieren programas compatibles con la fragilidad y el catabolismo. Después del Takotsubo, la reanudación tiene en cuenta la recuperación, los desencadenantes, las arritmias y el estado psicológico. La función recuperada debe traducirse en una vida posible, no únicamente en un informe normal.

Seguimiento, pronóstico y comunicación

La frecuencia del seguimiento depende de la función, la cicatriz, los síntomas, el ritmo y el control de la causa. Un adulto con hipertrabeculación incidental y evaluación normal no necesita el mismo itinerario que un niño sindrómico o un paciente con LGE y disfunción. En las formas sistémicas, las pruebas cardíacas se sincronizan con fases que modifican la carga, como TIPS, diálisis, corrección endocrina o realimentación. El seguimiento dinámico responde al riesgo real y no a la etiqueta más alarmante.

Los determinantes pronósticos más robustos siguen siendo la disfunción ventricular, la dilatación, la fibrosis, las arritmias, el síncope, los eventos tromboembólicos y la gravedad de la enfermedad causal. La cantidad de trabeculación aislada no demuestra un riesgo independiente en el adulto, mientras que la normalización de la fracción de eyección después de un Takotsubo no equivale a riesgo cero. El marcador pronóstico debe distinguirse del criterio utilizado para nombrar el fenotipo.

La comunicación debería explicitar qué es seguro, qué es sospechoso y qué evento hará cambiar la interpretación. Decir hallazgo morfológico en lugar de enfermedad evita ansiedad cuando el significado es indeterminado; explicar la posible gravedad de una condición reversible evita una falsa tranquilidad. También se implica a los familiares únicamente cuando existe una base hereditaria plausible. La precisión comunicativa forma parte de la seguridad clínica.

Estas condiciones muestran, por último, por qué la miocardiopatía no puede interpretarse como una fotografía del ventrículo. Forma, tejido, función, ritmo, sistema extracardíaco y tiempo deben converger en un modelo causal verificable. El mejor resultado no consiste en asignar a cada paciente una casilla, sino en reconocer qué componente es inocuo, cuál es reversible y cuál requiere protección permanente. La medicina etiológica transforma un grupo residual en itinerarios clínicos específicos.

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