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Miocardiopatía urémica

La miocardiopatía urémica describe el remodelado del miocardio que acompaña a la enfermedad renal crónica, sobre todo en las fases avanzadas. El cuadro combina en proporciones diferentes hipertrofia ventricular izquierda, fibrosis intersticial, rarefacción capilar y disfunción diastólica o sistólica. No coincide con la insuficiencia cardíaca del paciente nefropático y no queda demostrada por la sola reducción del filtrado glomerular. La miocardiopatía asociada a la CKD es más bien un diagnóstico fenotípico y causal construido después de haber evaluado las numerosas enfermedades cardíacas concomitantes.

El adjetivo urémica puede sugerir una toxina única o una complicación confinada a la diálisis, pero ambos conceptos son reduccionistas. Las alteraciones de la masa ventricular y de la deformación longitudinal aparecen ya antes de la insuficiencia renal terminal, mientras que la hipertensión, la anemia, la sobrecarga de sodio, la diabetes y los trastornos minerales actúan a lo largo de toda la historia de la enfermedad. Con el declive de la función renal se añaden retención de solutos, inflamación e inestabilidad hemodinámica. La patogenia multifactorial explica por qué ninguna corrección individual es suficiente en todos los pacientes.

La relación entre riñón y corazón es bidireccional. La CKD modifica la carga, el metabolismo y la microcirculación del miocardio; la insuficiencia cardíaca, a su vez, puede reducir la perfusión renal y, sobre todo, aumentar la presión venosa, favoreciendo congestión renal y empeoramiento del filtrado. Una variación de la creatinina durante la descongestión o la introducción de un tratamiento cardiorrenal no equivale automáticamente a daño tubular. El razonamiento cardionefrológico debe distinguir adaptaciones hemodinámicas, lesión renal verdadera y progresión estructural de ambos órganos.

No existen criterios internacionales que atribuyan una puntuación diagnóstica a la miocardiopatía urémica. La evaluación integra la historia de la CKD, la presión y el volumen a lo largo del tiempo, electrocardiograma, biomarcadores, ecocardiografía y, en casos seleccionados, resonancia magnética cardíaca. La enfermedad coronaria, las valvulopatías, la amiloidosis, las miocardiopatías genéticas y las causas endocrinas deben buscarse según la probabilidad clínica. El diagnóstico de atribución es tanto más convincente cuanto más coherentes resulten el fenotipo, la exposición renal y la exclusión de alternativas.

Definición, historia natural y epidemiología

La definición clásica comprendía hipertrofia ventricular, dilatación e insuficiencia sistólica no explicadas por isquemia, hipertensión o valvulopatía. En la práctica moderna una separación tan nítida rara vez es posible, porque precisamente la presión elevada, la diabetes y la enfermedad coronaria son componentes prevalentes del riesgo cardiovascular renal. El término conserva utilidad si indica un sustrato miocárdico específicamente favorecido por el entorno de la CKD, no si se convierte en un contenedor para cualquier cardiopatía del paciente dializado. La precisión nosológica evita omitir diagnósticos tratables.

En la cohorte histórica de Foley y colaboradores, aproximadamente tres cuartas partes de los pacientes que iniciaban tratamiento sustitutivo presentaban hipertrofia ventricular izquierda en el ecocardiograma. Esa estimación documenta la enorme carga, pero no puede trasladarse sin correcciones a las poblaciones actuales: han cambiado los criterios ecocardiográficos, la edad, la diabetes, el tratamiento antihipertensivo y el acceso precoz a la asistencia. Además, la masa depende del estado volémico en el momento de la exploración. La epidemiología aparente varía, por tanto, con el método, la selección y la fase del ciclo dialítico.

La hipertrofia puede ser concéntrica, con paredes gruesas en relación con el volumen de la cavidad, o excéntrica, con dilatación y aumento de la masa. La primera configuración refleja sobre todo sobrecarga de presión y rigidez arterial; la segunda se ve favorecida por el volumen, la anemia, la fístula arteriovenosa y la pérdida de miocardio contráctil. En la CKD las geometrías a menudo se superponen y pueden cambiar con el tiempo. La geometría ventricular aporta información pronóstica, pero no identifica por sí sola el mecanismo.

La progresión típica no es obligatoria ni lineal. Un paciente puede mantener una fracción de eyección normal pero desarrollar reducción del strain, relajación enlentecida y aumento de las presiones de llenado; otro puede dilatar el ventrículo tras isquemia, taquiarritmia o aturdimiento intradialítico repetido. La fibrosis y una red capilar insuficiente reducen la reserva y hacen que el corazón sea vulnerable a variaciones agudas. La fase subclínica constituye, por tanto, el momento más prometedor para controlar la presión, el volumen y la progresión renal.

Sobrecarga hemodinámica y remodelado

La sobrecarga de presión deriva de hipertensión, rigidez de las grandes arterias, calcificación vascular y aumento de las ondas reflejadas. El ventrículo genera una presión más elevada para expulsar sangre hacia un árbol arterial poco distensible y responde aumentando el tamaño de los cardiomiocitos y el grosor parietal. Inicialmente esto normaliza el estrés parietal, pero requiere más oxígeno y empeora la relajación. La hipertrofia concéntrica se vuelve maladaptativa cuando el crecimiento miocitario y el aporte capilar no progresan de forma paralela.

La sobrecarga de volumen nace de la retención de sodio y agua, de los incrementos interdialíticos y, en algunos pacientes, del acceso arteriovenoso. Aumentan la precarga, el tamaño auricular y la tensión parietal, mientras que los episodios recurrentes de edema pulmonar exponen el miocardio a oscilaciones marcadas. El peso alcanzado después de la diálisis no representa automáticamente la verdadera euvolemia. La congestión crónica puede persistir incluso sin edemas evidentes y sostener tanto la insuficiencia cardíaca como la hipertensión resistente.

La anemia reduce el contenido arterial de oxígeno e induce aumento del gasto, la frecuencia y el volumen sistólico. Con el tiempo esta carga favorece dilatación e hipertrofia, sobre todo si coexisten fístula e hipervolemia. La deficiencia de hierro también puede reducir la capacidad funcional con independencia del valor de hemoglobina. La corrección de la anemia debe, sin embargo, perseguir objetivos clínicos seguros, no la normalización de la sangre como supuesto tratamiento directo de la fibrosis.

La activación simpática y del sistema renina-angiotensina-aldosterona aumenta la vasoconstricción, la retención de sodio y la señalización profibrótica. La apnea obstructiva del sueño, el dolor, la ansiedad, la isquemia y las oscilaciones dialíticas pueden mantener aún más el tono adrenérgico. El resultado no es solo un aumento de la presión, sino una mayor inestabilidad eléctrica y metabólica. La activación neurohormonal conecta así hemodinámica, remodelado y riesgo arrítmico.

La rigidez aórtica expone al ventrículo a una poscarga tardía y reduce la presión diastólica disponible para la perfusión coronaria. La hipertrofia aumenta al mismo tiempo la distancia de difusión del oxígeno y comprime los pequeños vasos intramurales. Incluso en ausencia de estenosis epicárdicas, la reserva coronaria puede reducirse y el esfuerzo provocar isquemia. La disfunción microvascular es por tanto un elemento estructural, no un simple sinónimo de aterosclerosis.

Fibrosis, metabolismo mineral y toxinas urémicas

La histología de la miocardiopatía asociada a la CKD muestra hipertrofia de los cardiomiocitos, expansión intersticial y fibrosis, con una distribución que no coincide necesariamente con la cicatriz isquémica. El colágeno aumenta la rigidez y la presión de llenado, separa eléctricamente los haces musculares y facilita una conducción heterogénea. La sustitución cicatricial tras un infarto es un proceso diferente de la fibrosis difusa. La fibrosis intersticial representa el vínculo más plausible entre disfunción diastólica, arritmias y reducción de la reserva.

El factor de crecimiento de fibroblastos 23 aumenta precozmente en la CKD para mantener la excreción de fosfato. Estudios observacionales han asociado concentraciones elevadas con mayor masa ventricular, mientras que experimentos han mostrado una señalización hipertrófica cardíaca a través de FGFR4 independiente del correceptor Klotho. Estos resultados apoyan la plausibilidad biológica, pero no demuestran que reducir FGF23 mejore los resultados clínicos humanos. La señal FGF23-FGFR4 no es actualmente una diana cardiológica validada.

La deficiencia de Klotho, la hiperfosfatemia, el hiperparatiroidismo secundario y las alteraciones de la vitamina D forman parte del trastorno mineral y óseo de la CKD. Favorecen la calcificación vascular, la rigidez y un entorno proinflamatorio, pero las relaciones causales con el miocardio son complejas. Fosfato, calcio y PTH deben interpretarse de forma seriada y conjunta. La CKD-MBD se trata según indicaciones renales, no persiguiendo un valor aislado de FGF23 o una supuesta regresión inmediata de la hipertrofia.

El sulfato de indoxilo, el sulfato de p-cresilo y otros solutos unidos a proteínas se eliminan poco mediante la diálisis convencional y producen efectos profibróticos y oxidativos en modelos celulares y animales. Los productos de glicación, carbamilación y las alteraciones de la microbiota también pueden contribuir a la disfunción endotelial. Sin embargo, las asociaciones clínicas no equivalen a una prueba terapéutica. Las toxinas urémicas constituyen una familia heterogénea y ningún adsorbente ha demostrado curar la miocardiopatía en estudios de resultados.

La rarefacción capilar hace que el aporte sanguíneo sea insuficiente en relación con la masa muscular y aumenta la susceptibilidad a la isquemia durante la taquicardia o la hipotensión. La disfunción endotelial reduce la vasodilatación, mientras que la calcificación y el remodelado arteriolar limitan la reserva. Estos fenómenos pueden explicar dolor, troponina persistentemente elevada y alteraciones regionales sin una estenosis epicárdica responsable. La discordancia músculo-capilar es especialmente relevante durante la ultrafiltración rápida.

Diálisis, myocardial stunning y fístula arteriovenosa

La hemodiálisis corrige la hiperpotasemia, la acidosis, la sobrecarga y parte de los solutos urémicos, pero concentra en pocas horas variaciones que los riñones sanos distribuyen a lo largo de todo el día. La extracción de volumen, la temperatura, la composición del baño y la respuesta autonómica modifican la presión, la perfusión y la repolarización. El tratamiento salva vidas, pero la sesión puede convertirse en una prueba de esfuerzo hemodinámica repetida. La inestabilidad intradialítica debe considerarse un posible componente del fenotipo cardíaco.

Estudios con ecocardiografía y perfusión han documentado reducciones regionales del flujo y de la contractilidad durante la hemodiálisis, definidas como myocardial stunning cuando son reversibles después de la sesión. El fenómeno puede aparecer incluso sin enfermedad coronaria epicárdica crítica y se ve favorecido por una ultrafiltración elevada y la hipotensión. Los episodios repetidos se han asociado a deterioro sistólico posterior en las cohortes. El aturdimiento miocárdico es, sin embargo, un mecanismo, no un diagnóstico aplicable automáticamente a cada descenso de la presión.

El intervalo largo del régimen trisemanal favorece una mayor acumulación de agua, potasio y ácidos, seguida de una sesión más exigente. El riesgo arrítmico y de muerte súbita presenta una periodicidad relacionada con el ciclo dialítico, pero depende también de la cardiopatía de base y de la prescripción. Un baño con concentraciones extremas puede crear gradientes rápidos. La dinámica interdialítica obliga a analizar el incremento de peso, los electrolitos y los síntomas a lo largo de toda la semana.

Una fístula arteriovenosa reduce las resistencias sistémicas y aumenta el retorno venoso y el gasto cardíaco. La mayoría de los pacientes tolera esta adaptación, pero un acceso de alto flujo puede agravar la dilatación derecha, la hipertensión pulmonar o la insuficiencia cardíaca de alto gasto, especialmente con anemia y reserva reducida. Un umbral de flujo no es diagnóstico en términos absolutos. La fístula de alto flujo adquiere relevancia clínica cuando convergen las mediciones del acceso, la hemodinámica y los síntomas.

La exploración debe buscar pulso amplio, taquicardia, soplo continuo, presión diferencial elevada y signos de congestión, pero ninguno es específico. La ecocardiografía, el flujo del acceso y la relación entre el flujo de la fístula y el gasto ayudan a cuantificar la carga; en casos complejos puede ser necesario un cateterismo con compresión temporal. La reducción del flujo o la ligadura requieren una estrategia para el acceso futuro. La prueba hemodinámica evita sacrificar una fístula útil por una asociación únicamente temporal.

Manifestaciones clínicas y complicaciones

La fase inicial suele ser asintomática porque la hipertrofia mantiene la fracción de eyección. Con el deterioro de la relajación aparecen disnea de esfuerzo, menor capacidad física y congestión, síntomas que pueden confundirse con anemia, desacondicionamiento o simple exceso de líquidos. La respuesta a la retirada de volumen no excluye una enfermedad miocárdica. La insuficiencia cardíaca con fracción preservada es frecuente y requiere demostrar presiones de llenado elevadas en el contexto clínico apropiado.

La disfunción sistólica puede derivar de la progresión del sustrato, pero obliga siempre a buscar activamente isquemia, infarto silente, taquicardiomiopatía, miocarditis, valvulopatía y toxicidad farmacológica. Un descenso de la fracción después de la diálisis puede ser transitorio y dependiente de la carga; una reducción persistente entre exploraciones estandarizadas tiene un significado diferente. La disfunción ventricular persistente no debe atribuirse a la uremia antes de esta verificación.

El síncope y el presíncope requieren una evaluación urgente del ritmo, la presión, la isquemia y los electrolitos. En el paciente dializado no todas las muertes súbitas se deben a taquicardia o fibrilación ventricular: estudios con registradores de bucle han observado numerosas bradicardias y asistolias, sobre todo en relación con el ciclo dialítico. Esta heterogeneidad limita las estrategias basadas únicamente en el desfibrilador. La muerte cardíaca súbita representa un desenlace clínico con mecanismos diferentes.

Electrocardiograma y biomarcadores

El ECG puede mostrar criterios de hipertrofia, desviación del eje y alteraciones secundarias de la repolarización, pero la sensibilidad para la masa anatómica es limitada. Los bloqueos, la prolongación del PR o del QRS, la fibrilación auricular y las ondas Q modifican el diagnóstico diferencial. El potasio, el calcio, el pH y la velocidad de sus variaciones alteran las ondas T, la conducción y el QT. La lectura electrocardiográfica debe vincularse al momento de la sesión y a los valores bioquímicos contemporáneos.

La troponina cardíaca, sobre todo de alta sensibilidad, suele estar crónicamente elevada en la CKD principalmente por daño miocárdico estructural e isquemia microvascular; la disminución de la eliminación puede contribuir, pero no explica por sí sola el hallazgo. Un valor por encima del percentil 99 demuestra daño, no necesariamente infarto. Para diagnosticar un evento agudo se requieren variación seriada y pruebas de isquemia clínicas, electrocardiográficas o de imagen. Ningún umbral renal universal sustituye la definición universal de infarto.

BNP y NT-proBNP aumentan con la presión parietal y el volumen, pero también con la edad, la fibrilación auricular y la reducción de la función renal; NT-proBNP se ve especialmente afectado por el aclaramiento. Los valores muy elevados conservan significado pronóstico, mientras que el límite diagnóstico óptimo varía entre la CKD no dialítica y la diálisis. Una tendencia respecto al nivel habitual puede ayudar, siempre que el muestreo esté estandarizado. Los péptidos natriuréticos complementan la exploración y la imagen, no miden directamente la cantidad de líquido.

El hemograma, la ferritina y la saturación de transferrina definen la anemia y la disponibilidad de hierro; potasio, bicarbonato, calcio, fosfato y PTH identifican factores modificables. La albúmina, la inflamación y el estado nutricional ayudan a interpretar la resistencia a los ESA y el pronóstico, sin convertirse en marcadores específicos del miocardio. En la CKD no dialítica, la estimación combinada de creatinina-cistatina C puede reducir el error relacionado con la sarcopenia. La evaluación biológica integrada busca mecanismos accionables más que una firma urémica única.

Ecocardiografía y strain miocárdico

El ecocardiograma es la exploración inicial porque mide grosores, cavidades, fracción de eyección, válvulas y presión pulmonar. En los pacientes dializados debe registrarse la relación temporal con la sesión y el estado volémico, ya que la precarga y la poscarga modifican las dimensiones y los índices Doppler. Comparar exploraciones realizadas en fases diferentes puede crear una falsa progresión o regresión. La estandarización del ecocardiograma es necesaria para todo seguimiento cuantitativo.

La masa ventricular se calcula a partir de mediciones lineales o tridimensionales y se indexa por superficie corporal o altura según el laboratorio y la constitución. La indexación por superficie puede infraestimar la hipertrofia en la obesidad, mientras que fórmulas diferentes no son intercambiables. El grosor relativo de la pared distingue el remodelado y la hipertrofia concéntricos de la geometría excéntrica. La masa ventricular indexada debe interpretarse con el método y los valores de referencia declarados.

La función diastólica requiere integrar el flujo mitral, e' tisular, relación E/e', volumen auricular y velocidad de la regurgitación tricuspídea, adaptando el algoritmo al ritmo y a las valvulopatías. Ningún parámetro aislado mide con precisión la presión de llenado en todos los pacientes dializados. El volumen y la taquicardia cambian rápidamente el perfil. La disfunción diastólica es creíble cuando varios hallazgos concuerdan con los síntomas y la congestión.

El speckle tracking detecta a menudo una reducción del global longitudinal strain antes de que disminuya la fracción de eyección. El GLS refleja la función de las fibras subendocárdicas, vulnerables a la isquemia y la fibrosis, pero depende de la carga, el software, la calidad y el ritmo. No existe un punto de corte específico que diagnostique miocardiopatía urémica. La deformación longitudinal es útil sobre todo como medida sensible y repetible en el mismo paciente.

Las nuevas alteraciones regionales sugieren isquemia epicárdica o stunning y requieren correlación temporal. Los ecocardiogramas durante la diálisis han mostrado segmentos que reducen transitoriamente la contracción, pero la prueba no es necesaria en cada sesión. Ante la sospecha de insuficiencia de alto gasto se evalúan el gasto, las cámaras derechas, la presión pulmonar y la respuesta a la compresión del acceso. La ecocardiografía funcional responde así a preguntas dirigidas más allá de la simple medición de la fracción de eyección.

Resonancia magnética y caracterización tisular

La resonancia cardíaca es la referencia para volúmenes y masa gracias a la reconstrucción tomográfica y a su menor dependencia geométrica. Las secuencias cine bien adquiridas distinguen hipertrofia, dilatación, función derecha y anomalías regionales. La ventaja es mayor cuando el ecocardiograma tiene ventanas limitadas o mediciones discordantes. Sin embargo, la CMR también se ve afectada por el estado de hidratación, por lo que la reproducibilidad longitudinal exige un timing y un protocolo coherentes.

El late gadolinium enhancement identifica fibrosis focal porque el contraste permanece en los espacios extracelulares expandidos. Una distribución subendocárdica o transmural orienta hacia infarto, mientras que un patrón mesomiocárdico o no coronario sugiere un proceso no isquémico. La fibrosis difusa puede no generar suficiente contraste entre miocardio normal y enfermo y escapar al LGE. La ausencia de LGE no excluye, por tanto, la expansión intersticial urémica.

El native T1 mapping mide el tiempo de relajación sin contraste y suele estar elevado en la insuficiencia renal avanzada. Puede reflejar fibrosis, edema u otros cambios de composición y varía entre escáneres, campos y secuencias. El T2 mapping ayuda a reconocer edema, mientras que el ECV requiere contraste y hematocrito y cuantifica la expansión extracelular. El native T1 elevado es un biomarcador sensible, pero no una huella específica de la miocardiopatía urémica.

En pacientes con lesión renal aguda o CKD G4-G5 el contraste con gadolinio requiere una evaluación explícita de la indicación y del agente. Los compuestos modernos del grupo II presentan un riesgo muy bajo de fibrosis sistémica nefrogénica; el consenso ACR-NKF no exige un consentimiento escrito rutinario, pero recomienda informar al paciente según el protocolo local cuando el riesgo renal es avanzado. La diálisis no debe iniciarse ni modificarse únicamente para administrar un agente del grupo II, mientras que las secuencias cine y el mapping nativo ya pueden resolver numerosas cuestiones. La seguridad del gadolinio debe individualizarse sin negar una exploración esencial ni utilizar contraste sin utilidad.

Diagnóstico clínico y diagnóstico diferencial

El proceso comienza verificando que la CKD sea crónica y definiendo su causa, filtrado, albuminuria y trayectoria. Se reconstruyen la presión domiciliaria o interdialítica, el peso, la diuresis residual, el incremento entre sesiones, la anemia, el acceso vascular y la prescripción dialítica. Los síntomas y signos deben relacionarse con el ritmo y el volumen. La línea temporal cardiorrenal ayuda a distinguir un remodelado progresivo de un evento cardíaco reciente.

El diagnóstico de miocardiopatía asociada a la CKD está respaldado por hipertrofia o disfunción no explicadas por completo por alternativas, una exposición renal coherente y signos de fibrosis difusa o alteración longitudinal. No exige que todo factor extrarrenal esté ausente, una condición poco realista, sino que se estime su contribución. Un informe debería nombrar los componentes demostrados y el grado de atribución. El diagnóstico fenotipo-mecanismo es más útil que la etiqueta genérica.

La enfermedad coronaria es frecuente, puede ser silente en la diabetes y debe buscarse cuando lo indiquen los síntomas, la cinética, el LGE o el riesgo. El stress imaging, la CCTA o la coronariografía se eligen teniendo en cuenta la calcificación, el filtrado y la probabilidad pretest. Una estenosis epicárdica no excluye una disfunción microvascular simultánea. La cardiopatía isquémica debe describirse por separado porque modifica la revascularización, el tratamiento antitrombótico y el pronóstico.

La hipertensión de larga evolución puede explicar gran parte de la hipertrofia, mientras que la estenosis aórtica y las regurgitaciones crónicas producen geometrías características. La calcificación anular mitral y aórtica se acelera por la CKD-MBD y puede llegar a ser hemodinámicamente grave. La corrección de una valvulopatía no se sustituye intensificando la diálisis. La sobrecarga valvular debe cuantificarse según las guías y no absorberse en el diagnóstico urémico.

La amiloidosis provoca paredes engrosadas, disfunción diastólica, strain con preservación apical relativa y anomalías típicas en la CMR, pero ningún signo aislado es específico en la CKD. El estudio comprende inmunofijación sérica y urinaria con cadenas ligeras libres interpretadas teniendo en cuenta el filtrado, seguida, cuando sea apropiado, de gammagrafía ósea o biopsia. ATTR y AL requieren itinerarios diferentes. La amiloidosis cardíaca es un diagnóstico que no debe pasarse por alto porque tiene tratamientos y pronóstico propios.

La miocardiopatía hipertrófica, la enfermedad de Fabry, la sarcoidosis y la miocarditis forman parte del diagnóstico diferencial según la morfología, los antecedentes familiares y extracardíacos. Fabry puede causar simultáneamente nefropatía e hipertrofia y suele mostrar un T1 nativo reducido antes de la fibrosis, aunque la insuficiencia renal puede confundir. Los patrones de LGE y las pruebas genéticas o bioquímicas dirigidas aclaran la sospecha. La causa sistémica compartida no debe confundirse con una consecuencia inespecífica de la CKD.

Prevención y tratamiento en la CKD no dialítica

No existe un fármaco aprobado para la fibrosis urémica como tal. La prevención consiste en ralentizar la CKD y reducir los estímulos que generan remodelado, interviniendo antes de que la masa y el intersticio se vuelvan difícilmente reversibles. La presión, el sodio, el volumen, la diabetes, la albuminuria, la anemia y el riesgo aterosclerótico requieren un plan coordinado. La prevención precoz dispone de pruebas más sólidas que cualquier intento tardío de eliminar la cicatriz.

En el adulto con hipertensión y CKD no dialítica, KDIGO propone, cuando se tolera, una presión sistólica inferior a 120 mmHg medida con técnica estandarizada; el valor no es extrapolable a mediciones casuales ni a la diálisis. El ortostatismo, la fragilidad, la enfermedad coronaria y una presión diastólica baja requieren individualización. Una restricción razonable de sodio y los diuréticos corrigen el volumen y potencian el control de la presión. El objetivo de presión estandarizado es una herramienta, no un objetivo independiente de la perfusión.

Los inhibidores de la ECA o los antagonistas de los receptores de angiotensina son fundamentales en la albuminuria y forman parte del tratamiento de la insuficiencia cardíaca con fracción reducida cuando están indicados. La creatinina y el potasio deben controlarse después del inicio o la titulación; un descenso hemodinámico limitado del eGFR no implica automáticamente la suspensión. El estudio STOP-ACEi no mostró beneficio renal de la interrupción rutinaria en la CKD avanzada. La inhibición del RAAS se reduce ante hipotensión sintomática, hiperpotasemia no controlable u otras contraindicaciones reales.

Los inhibidores de SGLT2 reducen la progresión renal y los ingresos por insuficiencia cardíaca en amplias poblaciones no dialíticas, diabéticas y no diabéticas, hasta los límites de filtrado estudiados. KDIGO 2024 recomienda su uso en perfiles específicos con eGFR de al menos 20 ml/min/1,73 m² y sugiere, una vez iniciados, continuarlos por debajo de dicho umbral salvo intolerancia o inicio de tratamiento renal sustitutivo. Los ensayos DAPA-CKD y EMPA-KIDNEY no incluyeron pacientes en diálisis de mantenimiento. La protección SGLT2 no justifica, por tanto, el inicio o la continuación rutinaria después de comenzar la diálisis.

En la insuficiencia cardíaca con fracción reducida, el beta-bloqueante basado en la evidencia, un inhibidor del RAAS o sacubitrilo-valsartán, un antagonista mineralocorticoide y un inhibidor de SGLT2 se consideran conjuntamente, adaptando las dosis y la monitorización al filtrado, el potasio y la presión. Los ensayos incluyeron pocos pacientes con CKD muy avanzada y, por lo general, excluyeron la diálisis. Pequeñas reducciones iniciales del filtrado pueden ser hemodinámicas y no anulan el beneficio. La terapia cuádruple de la HFrEF requiere una titulación competente, no una renuncia preventiva por el mero temor a la creatinina.

Los antagonistas mineralocorticoides esteroideos aumentan el riesgo de hiperpotasemia cuando el filtrado es bajo. Finerenona ha mostrado beneficios cardiorrenales en la diabetes tipo 2 con CKD albuminúrica y potasio controlado; FINEARTS-HF también demostró un beneficio sobre los eventos de empeoramiento de la insuficiencia cardíaca en pacientes con fracción ligeramente reducida o preservada, incluso sin diabetes. Sin embargo, ese ensayo excluía eGFR inferior a 25 ml/min/1,73 m² y diálisis, por lo que no demuestra eficacia en la miocardiopatía urémica dialítica. Los quelantes de potasio pueden facilitar algunos tratamientos, sin que ello elimine la monitorización. El manejo de la hiperpotasemia intenta preservar fármacos eficaces manteniendo prioritaria la seguridad.

En la insuficiencia cardíaca con fracción preservada, el control de la congestión y de las comorbilidades sigue siendo central; los inhibidores de SGLT2 reducen los ingresos en las poblaciones no dialíticas elegibles. Los diuréticos de asa son útiles mientras exista respuesta renal, mientras que en la anuria no sustituyen la ultrafiltración. Una pérdida de peso demasiado rápida puede producir hipoperfusión sin resolver la congestión intersticial. La descongestión eficaz se juzga por síntomas, signos, presión y trayectoria, no por la creatinina aislada.

El tratamiento de la anemia sigue la guía KDIGO 2026 y comienza con la búsqueda de deficiencia de hierro, sangrado, inflamación y otras causas corregibles. En los pacientes G5D se sugiere iniciar ESA cuando la hemoglobina sea igual o inferior a un umbral comprendido entre 9 y 10 g/dl; en la CKD no dialítica la decisión se individualiza y, para la mayoría de los adultos, el umbral se sitúa entre 8,5 y 10 g/dl. Durante el mantenimiento en adultos, el objetivo con ESA debe permanecer por debajo de 11,5 g/dl, porque valores más altos aumentan los eventos trombóticos y el ictus sin beneficio de supervivencia. Los ESA a la dosis mínima reducen las transfusiones, pero no constituyen un antifibrótico cardíaco.

Fosfato, calcio y PTH se tratan basándose en tendencias seriadas, dieta, diálisis, quelantes, vitamina D o calcimiméticos según la fase de la CKD. Evitar la hipercalcemia y controlar la hiperfosfatemia puede reducir la calcificación y la rigidez, pero ninguna estrategia se prescribe únicamente para reducir FGF23 o el grosor ventricular. Las estatinas y, cuando esté indicado, ezetimiba reducen el riesgo aterosclerótico en la CKD no dialítica. El control de la CKD-MBD y de los lípidos trata riesgos definidos, no una firma cardiomiopática abstracta.

Tratamiento en diálisis, arritmias y trasplante

En el paciente en hemodiálisis, el primer tratamiento hemodinámico es una prescripción que alcance la euvolemia sin isquemia por extracción rápida. El peso objetivo, la velocidad de ultrafiltración, la duración de la sesión, la temperatura y el sodio del baño se adaptan a la presión, la diuresis y el incremento interdialítico. La bioimpedancia y la ecografía pulmonar pueden complementar la exploración, pero ningún método define por sí solo el peso seco. La ultrafiltración tolerable suele ser más importante que una extracción agresiva completada a cualquier precio.

Las sesiones más largas o frecuentes reducen las oscilaciones de volumen y, en el ensayo FHN diario, mejoraron un criterio compuesto que incluía la masa ventricular. El estudio era pequeño, duró un año y no demostró una reducción definitiva de la mortalidad; además, aumentó las intervenciones sobre el acceso. El régimen debe seleccionarse teniendo en cuenta el beneficio hemodinámico, la carga y la viabilidad. La diálisis más frecuente no es una prescripción universal basada únicamente en la hipertrofia.

La hipotensión recurrente requiere revisar el incremento de peso, la velocidad de ultrafiltración, los fármacos, la temperatura, las comidas y la función cardíaca. El enfriamiento individualizado del dializado puede mejorar la estabilidad en algunos pacientes, pero las pruebas sobre los desenlaces clínicos mayores siguen siendo limitadas. El potasio, el calcio y el bicarbonato del baño deben evitar gradientes excesivos sin dejar desequilibrios peligrosos. La prescripción dialítica cardioprotectora es individual y se reevalúa después de cada evento.

Las pruebas farmacológicas para HFrEF en diálisis son mucho menos sólidas que en la CKD no dialítica. Un pequeño estudio con carvedilol en miocardiopatía dilatada sugirió beneficio, pero no establece un efecto de clase ni una dosis universal; la dializabilidad, la bradicardia y la hipotensión difieren entre beta-bloqueantes. Tampoco los inhibidores de la ECA, ARB, ARNI y MRA disponen de grandes ensayos concluyentes en esta población. La terapia de la HFrEF en diálisis se individualiza con el cardiólogo y el nefrólogo, sin presentar extrapolaciones como evidencias directas.

El estudio SPin-D había mostrado que dosis bajas de espironolactona podían administrarse con monitorización seleccionada, sin una mejoría convincente de la función diastólica y con más hiperpotasemia a dosis mayores. En 2025 los ensayos más amplios ACHIEVE, en diálisis de mantenimiento, y ALCHEMIST, en hemodiálisis de alto riesgo, no redujeron sus respectivos desenlaces cardiovasculares compuestos primarios. Estos resultados no respaldan la espironolactona como cardioprotección rutinaria del paciente dializado, mientras que los inhibidores de SGLT2 todavía no disponen de pruebas de resultados en esta población. La digoxina requiere extrema cautela por su eliminación, los electrolitos y las arritmias. El vacío de evidencia se ha reducido para los antagonistas mineralocorticoides, pero no se ha transformado en beneficio.

La fibrilación auricular requiere control de frecuencia o ritmo adaptado a la dializabilidad y la presión. La decisión anticoagulante en la insuficiencia renal terminal es compleja porque el riesgo embólico y el hemorrágico están ambos elevados y las pruebas aleatorizadas son limitadas; warfarina y los distintos DOAC no son intercambiables. Los antecedentes de hemorragia, el acceso, la calcifilaxis, la edad y las preferencias modifican el balance. La prevención tromboembólica no puede deducirse de la sola presencia de CKD.

Un ICD está indicado en prevención secundaria después de una parada cardíaca debida a TV/FV o de una taquicardia ventricular sostenida con compromiso hemodinámico, en ausencia de una causa reversible. En prevención primaria se aplican los criterios de miocardiopatía y fracción de eyección, pero en los pacientes dializados el beneficio absoluto puede reducirse por infecciones, mortalidad no arrítmica y frecuencia de bradiarritmias o asistolia. El dispositivo no corrige el potasio, la hipotensión ni el stunning. La selección para ICD requiere expectativa de vida, mecanismo probable y riesgo del procedimiento.

El marcapasos y la terapia de resincronización siguen las indicaciones eléctricas y mecánicas estándar, adaptadas al riesgo de infección y a la preservación de los accesos venosos. Un monitor implantable puede aclarar síncopes infrecuentes, pero no es una prueba de cribado rutinaria. Antes de atribuir un evento a una arritmia se buscan hiperpotasemia, isquemia, embolia e hipotensión. La estrategia de dispositivos debe preservar también el patrimonio vascular necesario para la diálisis.

Cuando una fístula contribuye a una insuficiencia de alto gasto, el banding, la revisión o la ligadura pueden reducir la carga, pero la decisión exige una prueba razonable de causalidad y un plan de acceso. Un ensayo en trasplantados estables mostró una reducción de la masa después de ligar fístulas persistentes, resultado no generalizable a todos los pacientes dializados. Conservar una fístula puede ser valioso si fracasa el trasplante. El manejo del acceso equilibra el corazón actual y la futura necesidad renal.

El trasplante renal corrige muchos estímulos, mejora la eliminación de solutos, la anemia y la independencia de las oscilaciones dialíticas, y ofrece una ventaja de supervivencia a los candidatos apropiados. Estudios ecocardiográficos han descrito remodelado inverso, pero análisis por CMR y metaanálisis muestran respuestas variables y no una regresión universal de la masa o la fibrosis. La presión, el rechazo, la inmunosupresión y una fístula persistente continúan influyendo. El trasplante renal es la mejor sustitución fisiológica, no una garantía de curación cardíaca.

Seguimiento y pronóstico

El seguimiento se construye según el riesgo y no con un calendario igual para todos. Los síntomas nuevos, las variaciones de presión, las arritmias, el aumento del volumen o la candidatura al trasplante pueden requerir un ecocardiograma adelantado; un paciente estable se controla según el estadio renal y las anomalías iniciales. La misma modalidad y fase dialítica aumentan la comparabilidad. La vigilancia longitudinal busca cambios capaces de modificar el tratamiento, no repeticiones sin consecuencias.

El pronóstico empeora con hipertrofia marcada, dilatación, función sistólica reducida, presiones de llenado elevadas, fibrosis, GLS alterado y disfunción derecha. La troponina y los péptidos natriuréticos elevados añaden información, pero no sustituyen la enfermedad coronaria, la fragilidad, las infecciones ni el estado nutricional. En los pacientes dializados el riesgo no cardíaco compite intensamente con el arrítmico. La estratificación multimodal es más fiable que cualquier umbral individual.

La regresión de la masa después del control de la presión y el volumen es favorable, pero puede reflejar en parte una cavidad menor o una menor hidratación en el momento de la exploración. La mejoría de la fracción no demuestra la desaparición de la fibrosis y el T1 puede seguir siendo anormal. Por ello, los desenlaces intermedios deben interpretarse junto con la capacidad funcional y los ingresos. El remodelado inverso es deseable, pero no equivale automáticamente a normalizar el riesgo.

El documento KDIGO 2026 derivado de la Controversies Conference sobre corazón y riñón subraya la integración de los cuidados, la interpretación contextual de los biomarcadores y la escasez de datos en la CKD avanzada. No es una guía formal dedicada a la insuficiencia cardíaca, y la primera guía KDIGO específica para HF en la CKD sigue en desarrollo. Esta distinción metodológica evita transformar consenso y evidencias incompletas en recomendaciones graduadas. La jerarquía de la evidencia debe permanecer explícita, sobre todo en la diálisis.

El mejor resultado clínico deriva de reconocer precozmente el fenotipo, tratar las causas concurrentes y prevenir oscilaciones hemodinámicas evitables. Ninguna etiqueta urémica debe llevar a renunciar a investigar isquemia, amiloidosis o valvulopatía, y ninguna creatinina aislada debe provocar automáticamente la suspensión de un tratamiento eficaz. Cardiólogo, nefrólogo, equipo de diálisis y paciente comparten objetivos de función, seguridad y calidad de vida. El manejo integrado es el verdadero tratamiento de una miocardiopatía que nace de múltiples interacciones.

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