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Miocardiopatía tóxica

La miocardiopatía tóxica comprende el daño primario del miocardio provocado por fármacos, sustancias de abuso o exposiciones ambientales y profesionales. El fenotipo más reconocible es una disfunción ventricular similar a la miocardiopatía dilatada, pero el mismo agente puede producir isquemia, hipertensión, miocarditis, arritmias o enfermedad microvascular. La definición etiológica exige, por tanto, identificar qué lesión está realmente presente y no atribuir a la misma categoría todo acontecimiento cardíaco temporalmente asociado a un tóxico.

Los tratamientos antitumorales constituyen el modelo mejor estudiado: la eficacia oncológica ha aumentado la supervivencia y la exposición a complicaciones precoces y tardías. Las antraciclinas y los fármacos anti-HER2 son causas importantes de disfunción relacionada con el tratamiento, mientras que los inhibidores de puntos de control inmunitario, las fluoropirimidinas, los inhibidores de tirosina cinasa y la radioterapia producen espectros en parte diferentes. La precisión fenotípica impide tratar como miocardiopatía una miocarditis fulminante o un vasoespasmo que requieren abordajes específicos.

Fuera de la oncología, la metanfetamina y la cocaína pueden inducir una combinación de catecolaminas, taquicardia, hipertensión, vasoconstricción y daño directo. Algunos metales, disolventes o fármacos no oncológicos presentan asociaciones más raras y a menudo menos documentadas. La fuerza causal varía según la sustancia y debe graduarse de acuerdo con la calidad de la evidencia, la dosis y la exclusión de alternativas.

La reversibilidad no es una propiedad binaria del agente. Una disfunción por antraciclinas puede mejorar si se detecta precozmente, mientras que una disfunción asociada al bloqueo de HER2 puede no recuperarse por completo; la cicatriz, la predisposición y el retraso terapéutico pesan más que las antiguas etiquetas de daño «tipo I» o «tipo II». El continuo de recuperación describe mejor una biología en la que la lesión y la reserva miocárdica difieren de un paciente a otro.

La decisión más difícil no siempre es reconocer la disfunción, sino equilibrar la protección del corazón con un tratamiento capaz de controlar una neoplasia potencialmente mortal. Suspenderlo automáticamente puede comprometer el pronóstico oncológico; ignorar el daño puede transformar una lesión tratable en insuficiencia cardíaca avanzada. La decisión multidisciplinar integra el beneficio previsto, la gravedad cardíaca, las alternativas terapéuticas, las preferencias y la posibilidad de vigilancia.

Agentes causales y mecanismos de daño

Las antraciclinas generan estrés oxidativo y disfunción mitocondrial e interfieren con la topoisomerasa IIβ en el cardiomiocito, activando daño del ADN y muerte celular. El riesgo aumenta con la dosis acumulada, pero ninguna dosis está completamente exenta de riesgo y la conversión a equivalentes de doxorrubicina requiere considerar la molécula y el esquema. La toxicidad acumulativa puede manifestarse durante el tratamiento o años después, sobre todo cuando la reserva cardíaca se somete a un estrés adicional.

Las edades extremas, la cardiopatía preexistente, la hipertensión, la diabetes, la disfunción renal, la radioterapia torácica previa y las combinaciones cardiotóxicas aumentan el riesgo, pero no lo determinan por sí solos. La evaluación basal sirve para estratificar y crear una referencia para biomarcadores e imagen. El riesgo individual surge de la interacción entre vulnerabilidad, exposición y protección, no de un único umbral de dosis.

La señalización de HER2 sostiene la supervivencia del cardiomiocito sometido a estrés; su bloqueo puede reducir la capacidad de respuesta, especialmente después de antraciclinas. La disfunción asociada al trastuzumab suele ser recuperable con una pausa y tratamiento cardíaco, pero existen recurrencias y persistencia. La interacción secuencial explica por qué la historia de los tratamientos y el intervalo entre agentes son indispensables para estimar el riesgo.

Los inhibidores de tirosina cinasa y otros fármacos dirigidos pueden provocar hipertensión, isquemia, alteración endotelial, insuficiencia cardíaca o arritmias con perfiles específicos. Algunos inhibidores del proteasoma aumentan el riesgo de insuficiencia cardíaca, mientras que las fluoropirimidinas se asocian sobre todo a isquemia y vasoespasmo. La firma farmacológica orienta los estudios y la prevención más que una categoría indistinta de cardiotoxicidad.

La miocarditis por inhibidores de puntos de control inmunitario es rara pero potencialmente fulminante, a menudo acompañada de trastornos de conducción, arritmias, miositis o miastenia. Puede presentarse con fracción conservada y requiere reconocimiento e inmunosupresión oportunos según la gravedad. La miocarditis inmunomediada no debe reclasificarse como una simple DCM tóxica, aunque una disfunción residual pueda adoptar posteriormente un fenotipo dilatado.

La radioterapia no es una toxina circulante, pero puede contribuir a fibrosis miocárdica, enfermedad coronaria, enfermedad valvular, pericárdica y de conducción tras una latencia prolongada. La dosis cardíaca, el campo, la edad y los tratamientos asociados modulan sus consecuencias. El daño por irradiación suele ser multicompartimental y requiere una vigilancia diferente de la mera medición de la fracción de eyección.

La metanfetamina aumenta las catecolaminas, la frecuencia, la presión y la vasoconstricción, al tiempo que promueve estrés oxidativo, inflamación y fibrosis. La miocardiopatía puede ser grave, biventricular y asociarse a hipertensión pulmonar o trombos intracardíacos. La tormenta adrenérgica crónica combina carga hemodinámica y toxicidad celular, por lo que el simple control de la frecuencia es insuficiente si continúa la exposición.

La cocaína bloquea la recaptación de catecolaminas y los canales de sodio, aumenta la demanda de oxígeno y favorece vasoespasmo y trombosis. El infarto, la disección, las arritmias y la miocarditis pueden coexistir con una disfunción crónica. El fenotipo por cocaína debe descomponerse porque el tratamiento de una oclusión coronaria no coincide con el de una DCM no isquémica.

Las catecolaminas exógenas, algunos fármacos psiquiátricos o inmunomoduladores y metales como el cobalto se han asociado a disfunción en contextos seleccionados. La rareza favorece los errores de atribución y el sesgo de publicación. Una causa tóxica rara resulta creíble cuando existe una exposición verificable, plausibilidad biológica, un fenotipo coherente y una dinámica compatible.

Evaluación causal y diagnóstico diferencial

La anamnesis se construye como una línea temporal: dosis, vía, duración, ciclos, combinaciones, exposiciones profesionales, suplementos y sustancias no prescritas se alinean con los síntomas, biomarcadores e imágenes. Una lista de medicación actual es insuficiente para toxicidades acumulativas o tardías. La cronología de la exposición distingue una relación plausible de una simple coincidencia.

En oncología se documentan el tumor, la intención terapéutica, el pronóstico, la dosis acumulada y las opciones equivalentes. Un cambio de la función también puede derivar de sepsis, anemia, embolia, infiltración, amiloidosis, isquemia o sobrecarga de volumen. El contexto oncológico amplía el diagnóstico diferencial y modifica el valor de cada prueba.

La ecocardiografía compara la fracción de eyección, los volúmenes y el strain longitudinal global con un estudio basal realizado mediante una técnica reproducible. Una reducción relativa del strain superior al quince por ciento se utiliza en las definiciones de disfunción subclínica, pero deben considerarse la calidad de las imágenes, la carga y la variabilidad. El cambio seriado es más informativo que un único valor aislado.

Las definiciones contemporáneas de disfunción cardíaca relacionada con el tratamiento integran síntomas, fracción, strain y biomarcadores, graduando la gravedad en lugar de utilizar un único umbral. La troponina indica lesión y los péptidos natriuréticos estrés hemodinámico, sin especificidad absoluta. La clasificación integrada permite reconocer una fase inicial sin convertir cada mínima oscilación en un diagnóstico definitivo.

La resonancia magnética mide los volúmenes con gran precisión y caracteriza edema, fibrosis y diagnósticos alternativos. La ausencia de realce tardío de gadolinio no excluye una cardiotoxicidad difusa, mientras que el mapping y el volumen extracelular pueden detectar alteraciones no focales. La caracterización tisular es especialmente útil cuando la ecocardiografía y la clínica no concuerdan o se sospecha miocarditis.

La enfermedad coronaria se evalúa de acuerdo con los síntomas, el riesgo, el tipo de agente y el patrón de movimiento. Una alteración regional, un dolor durante fluoropirimidinas o una exposición a cocaína requieren una atención específica a la isquemia. El diagnóstico isquémico no se excluye por una edad joven ni queda absorbido en una etiqueta genérica de toxicidad.

El ECG y la monitorización identifican QT prolongado, fibrilación, taquicardias, bloqueos y carga ectópica. Algunos fármacos producen una toxicidad predominantemente eléctrica sin miocardiopatía estructural; otros generan arritmia secundaria al daño. La separación eléctrico-estructural orienta la suspensión, la corrección de interacciones y las indicaciones de dispositivos.

La miocarditis vírica o autoinmune, la DCM genética, la miocardiopatía periparto y la inducida por taquicardia siguen siendo alternativas o cofactores. Los antecedentes familiares, los trastornos de conducción, las arritmias desproporcionadas o la persistencia tras la retirada pueden indicar predisposición genética. La causalidad múltiple es frecuente: el tóxico puede desenmascarar un corazón vulnerable en lugar de ser la única causa.

En el consumo de sustancias, las pruebas toxicológicas tienen ventanas limitadas y no reconstruyen la dosis ni los adulterantes; un resultado negativo no excluye una exposición remota. Una anamnesis no juzgadora y la protección de la confidencialidad aumentan la exactitud y el acceso a la atención. La verificación toxicológica apoya, pero no sustituye, el razonamiento clínico.

Prevención y vigilancia durante los tratamientos

Antes de un tratamiento potencialmente cardiotóxico se evalúan la anamnesis, la presión, los factores de riesgo, el ECG y la función cardíaca según el agente y el perfil. La troponina y los péptidos natriuréticos basales son más útiles cuando se repetirán con el mismo método. La evaluación pretratamiento no pretende excluir automáticamente al paciente, sino reducir el riesgo y hacer interpretable la vigilancia.

Los factores cardiovasculares se tratan antes y durante el tratamiento porque la hipertensión, la isquemia y la diabetes consumen reserva miocárdica. La dosis, la velocidad de infusión y las combinaciones pueden modificarse sin perder eficacia en situaciones seleccionadas. La prevención primaria comprende la optimización clínica y el diseño del régimen, no solo un fármaco cardioprotector.

Las formulaciones liposomales y el dexrazoxano reducen el riesgo por antraciclinas en indicaciones seleccionadas, sobre todo cuando se prevé una exposición elevada o existe un riesgo basal significativo. La elección debe respetar las indicaciones oncológicas, los tratamientos previos y la disponibilidad. La cardioprotección dirigida es más sólida cuando aborda el mecanismo y la dosis en lugar de aplicarse indiscriminadamente.

Los inhibidores de la ECA, los antagonistas del receptor, los betabloqueantes y las estatinas han mostrado señales preventivas variables en estudios heterogéneos. Las guías los consideran en pacientes de alto riesgo o con alteraciones emergentes, pero no justifican una prescripción universal sin indicación. La prevención farmacológica se calibra según el riesgo absoluto y la tolerabilidad.

La frecuencia de ecocardiogramas y biomarcadores depende del agente, de la dosis acumulada y del riesgo. Un protocolo demasiado espaciado pierde la ventana precoz; uno excesivo genera falsas alarmas e interrupciones innecesarias. La vigilancia proporcionada programa los controles en los momentos en los que un resultado puede cambiar realmente el manejo.

Una caída del strain o un aumento nuevo y persistente de la troponina requieren confirmación, exclusión de causas concurrentes y discusión de cardioprotección, sin equivaler siempre a una suspensión. Los síntomas o una disfunción moderada-grave requieren, en cambio, una respuesta más rápida. El umbral de actuación deriva de la combinación entre el dato cardíaco y el riesgo de perder el control oncológico.

La educación del paciente incluye disnea, edema, dolor, palpitaciones y síncope, pero evita atribuir todo cansancio a la cardiotoxicidad. Una vía de contacto rápida reduce el retraso diagnóstico. La vigilancia participativa completa los estudios programados sin convertir al paciente en un observador ansioso de cada sensación.

Después del tratamiento, el riesgo acumulado, las alteraciones durante los ciclos, la radioterapia y la expectativa de vida determinan el seguimiento. La toxicidad tardía puede aparecer años después, mientras que un estudio normal al finalizar no anula el riesgo. La vigilancia del superviviente conecta el plan oncológico con atención primaria y cardiología para evitar una pérdida de continuidad.

Tratamiento, suspensión y posibilidad de reexposición

La disfunción sintomática se trata con rapidez según las guías de insuficiencia cardíaca, adaptando las dosis a la presión, la función renal, los electrolitos y las interacciones oncológicas. Se utilizan ARNI o inhibición del sistema renina-angiotensina, betabloqueante, antagonista de mineralocorticoides e inhibidor de SGLT2 cuando están indicados y se toleran. El tratamiento cardíaco precoz aumenta la posibilidad de recuperación y no debe esperar a que concluya la evaluación etiológica.

La congestión requiere diuréticos, mientras que el shock y las arritmias se estabilizan con el nivel asistencial apropiado. La neutropenia, la trombocitopenia, las infecciones y la disfunción hepática pueden limitar procedimientos o fármacos. La complejidad sistémica obliga a aplicar las recomendaciones para la insuficiencia cardíaca dentro del contexto real del tratamiento antitumoral.

En una cardiotoxicidad oncológica, la continuación, la pausa, la reducción o la sustitución dependen de la gravedad y del beneficio del fármaco. Un tratamiento curativo sin alternativas pesa de manera diferente que una línea con beneficio marginal. El equilibrio cardio-oncológico se reexamina a lo largo del tiempo porque la función, la respuesta tumoral y las opciones cambian.

La reanudación de un tratamiento asociado a disfunción puede ser razonable tras la recuperación o estabilización, sobre todo cuando existe una elevada necesidad oncológica. Requiere consentimiento, tratamiento cardioprotector, controles más frecuentes y criterios predefinidos de interrupción. La reexposición controlada no significa negar la causalidad, sino gestionar conscientemente un riesgo en presencia de un beneficio sustancial.

En las miocardiopatías por estimulantes, el cese es la principal intervención etiológica, pero rara vez se consigue con un consejo aislado. La medicina de las adicciones, la salud mental, la reducción de daños y el apoyo social deben integrarse con el tratamiento cardíaco. La atención a la dependencia modifica directamente la recaída, la adherencia y la supervivencia.

El consumo agudo de cocaína no justifica la idea de que todos los betabloqueantes estén permanentemente prohibidos. En la fase de intoxicación con vasoespasmo se tratan la fisiología y el síndrome específico; en la insuficiencia cardíaca crónica pueden emplearse betabloqueantes apropiados según la evaluación clínica. El tratamiento contextual evita que una regla simplificada prive al paciente de un tratamiento pronóstico.

Los trombos ventriculares, relativamente frecuentes en las formas graves por metanfetamina, requieren una imagen precisa y anticoagulación cuando está indicada. El ICD y la CRT siguen el riesgo, la función, las arritmias y la probabilidad de recuperación, considerando la adherencia y el seguimiento sin discriminar por dependencia. La protección frente a las complicaciones continúa mientras se verifica el efecto del cese.

La recuperación de la fracción no demuestra la erradicación del sustrato ni autoriza automáticamente a suspender el tratamiento de la insuficiencia cardíaca. La cicatriz, la reserva reducida y la posible reexposición mantienen la vulnerabilidad. La remisión cardíaca se vigila como un estado dinámico, no se celebra como una curación irreversible.

Recuperación, pronóstico y atención a largo plazo

El pronóstico de las miocardiopatías tóxicas no puede resumirse en un porcentaje, porque los agentes y las poblaciones son diferentes. La precocidad del diagnóstico, la gravedad, la función derecha, la fibrosis, las arritmias, el tumor y la posibilidad de eliminar la exposición determinan desenlaces concurrentes. El pronóstico individual combina la trayectoria cardíaca y la enfermedad de base.

En la toxicidad por antraciclinas, el inicio precoz del tratamiento cardíaco se asocia a una mayor recuperación que el reconocimiento tardío. Esto no demuestra que toda alteración subclínica requiera el mismo tratamiento, pero respalda una vigilancia capaz de evitar meses de disfunción no tratada. La ventana terapéutica es uno de los principales motivos de la cardio-oncología preventiva.

Tras el cese de la metanfetamina, algunos pacientes muestran un remodelado inverso importante, sobre todo en ausencia de fibrosis avanzada; otros permanecen con insuficiencia cardíaca. La recaída puede provocar un nuevo deterioro y la pérdida de los progresos. La reversibilidad condicionada depende tanto de la biología como de la posibilidad concreta de mantener la abstinencia.

La imagen seriada se realiza a intervalos proporcionales a la gravedad y al tratamiento. Se añaden biomarcadores, ECG y monitorización del ritmo según el mecanismo, mientras que la resonancia aclara la falta de recuperación o la sospecha de cicatriz. El seguimiento mecanístico evita un calendario idéntico para un superviviente tratado con antraciclinas, un paciente en tratamiento anti-HER2 y una persona que ha dejado los estimulantes.

Una DCM persistente tras una exposición no excluye que el tóxico haya desempeñado un papel, pero obliga a buscar genotipo, isquemia, inflamación y arritmia. Por el contrario, la recuperación tras la retirada refuerza la causalidad sin demostrarla de forma absoluta, porque el tratamiento y el control hemodinámico también contribuyen. La reevaluación etiológica continúa más allá de la primera etiqueta.

En los supervivientes oncológicos, la prevención comprende presión, lípidos, diabetes, actividad física y abandono del tabaco, además de la vigilancia específica. Los síntomas tardíos pueden derivar de coronarias, válvulas o pericardio y no solo del ventrículo. La prevención cardiovascular global responde a la naturaleza multiforme del daño y al aumento de la supervivencia.

En el consumo de sustancias, el estigma y la fragmentación pueden impedir el seguimiento, el trasplante o los dispositivos incluso antes de una evaluación individual. Las decisiones transparentes consideran beneficio, seguridad, apoyo y capacidad de autocuidado, evitando exclusiones automáticas. La equidad asistencial es una condición clínica para conseguir el cese, la monitorización y el tratamiento de las recaídas.

La miocardiopatía tóxica solo es parcialmente prevenible y parcialmente reversible. El mejor resultado surge de identificar el riesgo antes de la exposición, reconocer precozmente la lesión, aplicar un tratamiento completo y retirar el tóxico cuando sea posible. La continuidad multidisciplinar permite proteger el corazón sin perder el beneficio de tratamientos esenciales y abordar las dependencias como enfermedades tratables.

Escenarios de exposición y decisiones específicas según el agente

Un superviviente tratado con antraciclinas en la infancia puede presentar disfunción décadas después, cuando un embarazo, la hipertensión u otro tratamiento reducen una reserva ya limitada. Recuperar la dosis y la radioterapia de los documentos históricos forma, por tanto, parte del diagnóstico. La cardiotoxicidad tardía exige que el plan de seguimiento del superviviente siga siendo accesible más allá de la transición de la oncología pediátrica a la atención adulta.

Durante el tratamiento anti-HER2, una disfunción leve y asintomática puede manejarse en algunos casos manteniendo el tratamiento con cardioprotección y monitorización, mientras que los síntomas o las alteraciones mayores requieren pausa y reevaluación. No existe una elección idéntica para cada estadio tumoral. La continuación vigilada es una decisión activa con criterios de seguridad, no la ausencia de intervención.

Los inhibidores de VEGF pueden producir hipertensión rápida, que aumenta la poscarga y puede precipitar insuficiencia cardíaca sin un daño miocitario primario equivalente al de las antraciclinas. Controlar la presión en el domicilio y corregirla precozmente puede permitir la continuidad oncológica. El mecanismo hemodinámico requiere un objetivo diferente de la mera vigilancia de la fracción.

El carfilzomib y otros inhibidores del proteasoma pueden asociarse a insuficiencia cardíaca, hipertensión y disfunción endotelial, a menudo en pacientes con mieloma y comorbilidad renal. El volumen y los corticoides complican la interpretación de los péptidos natriuréticos. La toxicidad en el mieloma se evalúa junto con la hidratación, la anemia, la amiloidosis y la función renal.

Las fluoropirimidinas provocan más típicamente dolor isquémico o vasoespasmo durante la exposición que una DCM primaria. Sin embargo, una disfunción por aturdimiento miocárdico puede aparecer de forma global y recuperarse. La cardiotoxicidad isquémica requiere suspensión aguda, evaluación coronaria y una discusión muy cautelosa sobre una eventual reexposición.

En la miocarditis por inhibidores de puntos de control, la troponina, el ECG y los síntomas musculares adquieren prioridad incluso con fracción conservada. La resonancia puede ser negativa en las fases iniciales y se considera la biopsia cuando la incertidumbre modifica la inmunosupresión. La urgencia inmunológica deriva del riesgo de trastornos de conducción y arritmias, no de la sola dilatación ventricular.

La metanfetamina se asocia con frecuencia a hipertensión pulmonar, disfunción derecha y trombos, elementos que hacen incompleta una evaluación centrada en el ventrículo izquierdo. Las pruebas para VIH, hepatitis e infecciones dependen de los comportamientos y del contexto. La evaluación multiorgánica identifica consecuencias que influyen en la anticoagulación, la asistencia y la posibilidad de recuperación.

Los adulterantes y el consumo combinado de cocaína, fentanilo, alcohol o fármacos aumentan la incertidumbre y el riesgo agudo. Las pruebas estándar pueden no detectar nuevas sustancias sintéticas y no cuantifican la pureza. La poliexposición se reconstruye sin atribuir automáticamente el fenotipo a la sustancia más conocida.

Una sospecha por cobalto, arsénico u otros agentes profesionales requiere confirmar la exposición con medicina del trabajo y toxicología e interpretarla en relación con las ventanas biológicas. La quelación o la retirada de una prótesis no se deciden a partir del nivel sanguíneo aislado. La toxicología especializada relaciona concentración, fuente y daño y previene intervenciones innecesarias.

El informe final especifica el agente, el grado de certeza, la dosis, el fenotipo, las alternativas y la recomendación sobre la reexposición. Esta documentación debe acompañar al paciente para que un futuro equipo pueda comprender el riesgo sin reconstruirlo desde cero. La trazabilidad de la toxicidad protege tanto la continuidad oncológica como el corazón durante tratamientos posteriores.

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