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Miocardiopatía hipertrófica apical

La miocardiopatía hipertrófica apical es un fenotipo en el que el aumento del grosor afecta predominantemente al ápex del ventrículo izquierdo. La distribución puede ser pura, confinada a los segmentos distales, o mixta, con extensión a las regiones medias o basales. El nombre histórico de síndrome de Yamaguchi remite a las primeras descripciones japonesas, pero la enfermedad está presente en todas las poblaciones. La localización apical modifica la sensibilidad de la imagen, la mecánica de la cavidad y el perfil de las complicaciones.

El diagnóstico clásico utilizaba un grosor apical de al menos 15 mm y una relación entre grosor apical y basal superior a aproximadamente 1,3. Estos umbrales identifican formas evidentes, pero pueden pasar por alto una hipertrofia apical relativa, en la que el ápex es anormalmente grueso respecto a la base aunque no alcance 15 mm. Deben considerarse la edad, el sexo, la superficie corporal y el adelgazamiento apical normal. Un umbral absoluto no sustituye la evaluación de la geometría y de los hallazgos eléctricos o tisulares.

La ecocardiografía puede no reconocer la enfermedad cuando el ápex está fuera de eje, acortado o cubierto por artefactos. La cavidad puede parecer entonces normal o falsamente obliterada y la medición incluir trabéculas en lugar de miocardio compacto. El contraste intracavitario mejora la delimitación endocárdica, mientras que la resonancia ofrece secciones ortogonales y cobertura completa. El diagnóstico omitido es especialmente probable cuando el ECG muestra inversiones profundas de las ondas T pero el informe ecocardiográfico se considera concluyente.

La morfología de la cavidad en as de picas durante la diástole es característica, pero no obligatoria. La hipertrofia puede obliterar el ápex en sístole, reducir el volumen efectivo y crear un gradiente intracavitario, sobre todo si se extiende a los segmentos medios. La presión, la isquemia y la cicatriz pueden conducir a un aneurisma, que representa una región adelgazada y discinética distinta de la simple cavidad obliterada. El remodelado apical describe, por tanto, un continuo entre hipertrofia, cámara de alta presión, cicatriz y aneurisma.

Las primeras series sugerían un pronóstico casi invariablemente benigno, pero cohortes más amplias han documentado eventos clínicos no despreciables. La fibrilación auricular, la insuficiencia cardíaca, el ictus, la taquicardia ventricular y el aneurisma afectan a subgrupos reconocibles. Un estudio contemporáneo reciente comunicó una tasa compuesta de eventos de aproximadamente el 2,8% anual en su cohorte, mostrando la necesidad de una estratificación específica. Por tanto, el pronóstico medio no debe borrar la variabilidad individual.

Definición, variantes anatómicas y etiología

En la forma pura, la hipertrofia predomina por debajo de los músculos papilares y la base conserva grosores relativamente normales. En la forma mixta, el ápex y otros segmentos están afectados y pueden coexistir SAM u obstrucción del tracto de salida. La distinción no es solo descriptiva, porque modifica el volumen, el gradiente y el diagnóstico diferencial. Un mapeo segmentario informa del grosor máximo, la relación ápex-base y la continuidad de la hipertrofia en lugar de aplicar una etiqueta binaria.

La hipertrofia apical relativa identifica un ápex que no muestra el adelgazamiento progresivo normal y se vuelve más grueso respecto a la base, aunque permanezca por debajo del umbral convencional. Puede asociarse a ondas T negativas, reducción de la cavidad, cicatriz y antecedentes familiares. No toda variación relativa representa enfermedad, por lo que la probabilidad preprueba y los hallazgos asociados son decisivos. El fenotipo precoz requiere seguimiento en lugar de forzar de inmediato un diagnóstico definitivo.

La frecuencia de la forma apical varía desde unos pocos puntos porcentuales en cohortes occidentales hasta proporciones mayores en algunas series asiáticas. Parte de la diferencia refleja la ascendencia y parte los criterios, la selección y la disponibilidad de resonancia. El aumento de la sensibilidad ha reducido la contraposición simplista entre enfermedad japonesa y occidental. La epidemiología debe interpretarse considerando quién fue sometido a técnicas de imagen y qué formas relativas se incluyeron.

Las variantes en genes sarcoméricos pueden causar el fenotipo, pero el rendimiento genético suele ser inferior al de la HCM septal clásica y varía entre la forma pura y la mixta. MYBPC3 y MYH7 siguen siendo frecuentes entre los casos resueltos, sin una relación unívoca entre gen y distribución. Un estudio negativo no demuestra una causa no genética. La evaluación familiar mantiene, por tanto, su valor mediante ECG e imagen incluso cuando el panel no identifica una variante.

La enfermedad de Fabry puede presentarse con hipertrofia apical y debe considerarse especialmente en presencia de T1 nativo bajo, dolor neuropático, angioqueratomas, córnea verticillata o afectación renal. La hipertensión, el corazón de atleta y los tumores o masas apicales entran en el diagnóstico diferencial. La enfermedad endomiocárdica puede obliterar el ápex, pero presenta un tejido y una historia diferentes. Las causas específicas se nombran porque algunas disponen de tratamiento etiológico y patrones hereditarios distintos.

La forma medioventricular puede coexistir con hipertrofia apical, pero no es sinónimo de ApHCM. En el estrechamiento medio, una cámara distal queda separada de la base y sometida a presiones elevadas; en la forma apical pura puede existir obliteración sin un verdadero gradiente entre dos cámaras. El Doppler color y la resonancia localizan la diferencia. La localización de la obstrucción debe especificarse porque influye en el riesgo de aneurisma y en las opciones quirúrgicas.

Los músculos papilares pueden estar hipertrofiados y fusionarse visualmente con el ápex, causando una sobrestimación del grosor. Las inserciones anómalas y la orientación de la cavidad influyen en el flujo y en ocasiones contribuyen a la obstrucción medioventricular. La medición debe realizarse sobre miocardio compacto en planos correctos. La anatomía papilar también es importante si se considera una miectomía apical o medioventricular.

El fenotipo puede evolucionar. Un ápex hipertrófico e hipercinético puede desarrollar cicatriz, adelgazamiento y aneurisma, mientras que una forma relativa puede hacerse más evidente con la edad. La progresión no es inevitable y los tiempos son variables. La documentación seriada del grosor, la cavidad, el LGE y la función permite distinguir una diferencia técnica entre estudios de un verdadero remodelado biológico.

La edad y el sexo influyen en el umbral a partir del cual una medida parece anómala. Una pared de 13 mm puede representar un incremento relativo importante en una mujer de pequeña talla y un hallazgo menos específico en un hombre corpulento. La interpretación antropométrica debe acompañar a la relación ápex-base y a la historia, sobre todo en las formas que no alcanzan la definición clásica.

El diagnóstico puede surgir en familiares durante un cribado, antes de que aparezcan síntomas o grandes inversiones de las ondas T. En esta fase, una anomalía apical mínima no autoriza predicciones sobre un futuro aneurisma. La fase subclínica requiere mediciones reproducibles, asesoramiento e intervalos proporcionados, evitando medicalizar variantes anatómicas comunes sin otros elementos.

Fisiopatología, obliteración y aneurisma

La hipertrofia reduce el volumen apical y puede determinar contacto sistólico entre las paredes, denominado obliteración. La fracción de eyección global permanece elevada porque la base expulsa una proporción considerable, pero el volumen sistólico efectivo puede estar limitado. El strain apical suele estar reducido a pesar de la aparente hipercinesia. La cavidad funcional es, por tanto, más pequeña de lo que sugiere el porcentaje de eyección.

Cuando el estrechamiento medio separa la cámara apical, la presión distal puede aumentar notablemente. El ápex queda expuesto a estrés sistólico, perfusión desfavorable e isquemia, que favorecen fibrosis transmural y adelgazamiento. El proceso puede recordar a un infarto pese a la ausencia de una enfermedad coronaria epicárdica correspondiente. La cámara apical de alta presión representa un mecanismo importante, pero los aneurismas también pueden aparecer sin un gradiente medio fácilmente medible.

La perfusión apical es vulnerable por la mayor masa, la compresión intramiocárdica y la enfermedad microvascular. La taquicardia y las altas presiones diastólicas reducen aún más el gradiente de perfusión. Por tanto, pueden desarrollarse dolor torácico y cicatriz con coronarias epicárdicas normales. La isquemia crónica debe distinguirse, no obstante, de una verdadera enfermedad coronaria, sobre todo en el adulto con factores de riesgo.

El aneurisma se define como un segmento apical discreto, adelgazado y acinético o discinético, a menudo con LGE transmural. Los aneurismas pequeños pueden pasar inadvertidos en la ecocardiografía sin contraste y ser descubiertos mediante resonancia. El tamaño no resume por completo el riesgo, porque el borde cicatricial puede sostener arritmias. La identificación del aneurisma modifica la monitorización, la estratificación para ICD y la búsqueda de trombo.

La estasis en la cavidad aneurismática favorece la trombosis mural. Un trombo laminar puede confundirse con un endocardio engrosado, mientras que el material móvil o protruyente tiene mayor potencial embólico. La ecocardiografía con contraste y la resonancia con secuencias específicas aumentan la sensibilidad. El trombo apical requiere anticoagulación e imagen de control, junto con la evaluación de posibles embolias sistémicas.

La cicatriz crea áreas de conducción lenta alrededor de tejido no viable, generando taquicardia ventricular monomorfa por reentrada. A diferencia de la fibrilación ventricular súbita, estos circuitos pueden producir episodios recurrentes y descargas del ICD. El mapeo endocárdico puede no alcanzar un sustrato epicárdico o intramural. El borde aneurismático se convierte así en un posible objetivo de ablación en centros expertos.

La presión y la isquemia apical pueden contribuir a la dilatación, pero no todos los aneurismas progresan al mismo ritmo. El tamaño, el trombo, los síntomas y las arritmias se comparan seriados con la misma modalidad de imagen. Una variación milimétrica entre técnicas no demuestra crecimiento. La monitorización morfológica debe utilizar planos reproducibles y describir también la cavidad residual y el gradiente medioventricular.

La aurícula izquierda puede dilatarse por disfunción diastólica incluso en ausencia de obstrucción. La fibrilación y la presión pulmonar contribuyen a la disnea y al riesgo embólico independientemente del aneurisma. Por tanto, un paciente puede tener simultáneamente una fuente auricular y otra ventricular de tromboembolia. La evaluación trombótica no debe detenerse después de encontrar una sola anomalía.

La obliteración apical prolongada puede atrapar una pequeña cantidad de sangre hasta la diástole. El flujo de vaciamiento tardío puede observarse con Doppler y sugiere una cavidad funcionalmente separada, pero por sí solo no equivale a un aneurisma. La dinámica intracavitaria debe correlacionarse con la pared, la cicatriz y el gradiente medio para evitar interpretaciones excesivas.

La mecánica basal puede compensar durante mucho tiempo una función apical reducida, manteniendo la fracción global. El strain regional y los volúmenes muestran esta redistribución antes de un deterioro manifiesto. La compensación basal explica por qué un ventrículo con una cicatriz distal significativa puede parecer hiperdinámico y hace inadecuado utilizar únicamente el valor global.

Electrocardiograma e imagen multimodal

El ECG clásico muestra inversiones profundas y simétricas de las ondas T en las derivaciones precordiales y en ocasiones inferiores, con voltajes elevados. La profundidad puede variar con el tiempo y no se correlaciona perfectamente con el grosor; formas confirmadas pueden presentar alteraciones modestas. La isquemia, la memoria eléctrica y otras miocardiopatías producen patrones similares. Las ondas T gigantes son una señal diagnóstica útil, no un criterio suficiente.

La ecocardiografía debe evitar el foreshortening adquiriendo el ápex lo más distalmente posible y comparando varias ventanas. El borde endocárdico se sigue en diástole y sístole para distinguir pared, trabéculas y músculos papilares. El contraste está indicado cuando no se visualizan dos o más segmentos o se sospechan obliteración, aneurisma o trombo. La calidad de la imagen apical debe declararse en el informe en lugar de concluir normalidad a partir de imágenes inadecuadas.

La cavidad en as de picas deriva de la reducción progresiva de la luz hacia el ápex. Este aspecto puede ser evidente en ventriculografía, ecocontraste o cine-CMR, pero no está presente en todas las formas. La relación entre los grosores y la longitud del segmento afectado completan la descripción. La geometría diastólica distingue un verdadero ápex hipertrófico de una cavidad simplemente acortada durante la adquisición.

El Doppler busca un gradiente medioventricular y flujo paradójico diastólico desde la cámara apical hacia la base. Una señal sistólica intracavitaria puede confundirse con regurgitación o LVOTO si la posición de la muestra no se rastrea con color. La ausencia de gradiente no excluye presiones apicales elevadas, sobre todo con obliteración casi completa. La localización hemodinámica requiere una exploración desde el ápex hasta el tracto de salida.

La resonancia es la referencia para la morfología compleja. Las secuencias cine identifican hipertrofia, obliteración y aneurisma; el LGE define la cicatriz; T1 y ECV apoyan el diagnóstico diferencial. El plano de dos cámaras y los cortes cortos distales evitan omitir el ápex. La CMR está especialmente indicada cuando el ECG y los síntomas sugieren ApHCM a pesar de una ecocardiografía negativa.

Un aneurisma pequeño puede ser visible únicamente en cine de alta resolución o después del contraste. El trombo aparece como una masa sin perfusión ni realce, pero pueden ser necesarios tiempos de inversión específicos. La distinción respecto a trabéculas, tumor o artefacto requiere varias secuencias. La imagen del trombo debe repetirse después de la anticoagulación para documentar la respuesta y el residuo.

La tomografía cardíaca ofrece buena resolución anatómica cuando la resonancia está contraindicada y puede evaluar las coronarias y el ápex en el mismo estudio. Sin embargo, expone a radiación y contraste yodado y caracteriza el tejido de forma menos completa. La ventriculografía invasiva tiene hoy un papel limitado, pero puede revelar la cavidad en as de picas o el aneurisma durante una coronariografía. La elección de la técnica depende de la pregunta y no de una jerarquía absoluta.

La monitorización ECG y la prueba de esfuerzo completan la imagen. La NSVT, las arritmias sostenidas, la respuesta de la presión y la capacidad modifican el riesgo y el manejo; el ejercicio también puede revelar un gradiente asociado no visible en reposo. La prueba cardiopulmonar cuantifica una limitación que la morfología no predice con precisión. La fenotipificación integrada conecta la anatomía apical, la cicatriz, el ritmo y el rendimiento.

El ECG seriado puede mostrar una progresiva negativización de las ondas T o, por el contrario, su atenuación cuando el ápex se adelgaza. Una aparente normalización no demuestra mejoría y puede acompañar a un remodelado desfavorable. El cambio eléctrico adquiere significado únicamente junto con la resonancia, los volúmenes y los síntomas.

La perfusión de estrés con resonancia o técnicas nucleares puede demostrar defectos microvasculares, pero no es necesaria en todos los pacientes. Se selecciona cuando el dolor y el riesgo coronario requieren una distinción o cuando el resultado modifica el tratamiento. La imagen isquémica no sustituye la evaluación anatómica de las coronarias en personas con una probabilidad significativa de enfermedad epicárdica.

Manifestaciones clínicas, riesgo y pronóstico

Muchos diagnósticos son incidentales tras un ECG anómalo, mientras que los síntomas más frecuentes son dolor, disnea, palpitaciones y fatigabilidad. El dolor puede reflejar isquemia microvascular y no requiere una estenosis epicárdica, pero debe respetarse la probabilidad coronaria. La disnea deriva de rigidez, cavidad reducida, fibrilación o gradiente medio. El mecanismo dominante se define antes de elegir los fármacos.

La fibrilación auricular es una causa importante de empeoramiento y tromboembolia. La forma apical no protege frente a la dilatación auricular ni al aumento de las presiones. Los episodios clínicos requieren anticoagulación independientemente del CHA2DS2-VASc, salvo contraindicaciones, y una estrategia de control del ritmo puede mejorar la tolerancia. El riesgo embólico auricular se suma al de un eventual aneurisma.

El riesgo de muerte súbita se evalúa con los marcadores de la HCM en su conjunto, pero el aneurisma apical es un factor de riesgo mayor en el enfoque estadounidense y puede no estar plenamente representado por las calculadoras. El LGE, la NSVT, el síncope, los antecedentes familiares, el grosor y la función completan la evaluación. Una forma apical sin aneurisma no implica automáticamente riesgo cero. La decisión sobre el ICD requiere valores absolutos, edad y complicaciones previstas del dispositivo.

Las taquicardias monomorfas se asocian especialmente a la cicatriz aneurismática. Pueden ser lentas y no ser detectadas por zonas de tratamiento programadas demasiado altas o rápidas y causar síncope. La programación del ICD, los antiarrítmicos y la ablación se coordinan para reducir las descargas. La carga ventricular no se resume por la presencia o ausencia de una única NSVT en una monitorización breve.

El riesgo tromboembólico con aneurisma depende de la estasis, el tamaño y el trombo documentado. En presencia de trombo, la anticoagulación está indicada; sin trombo ni fibrilación, la evidencia para una profilaxis universal es insuficiente y la elección se individualiza. El sangrado y la posibilidad de vigilancia entran en el balance. La decisión anticoagulante debe distinguir una recomendación consolidada de una estrategia prudencial basada en datos observacionales.

La insuficiencia cardíaca puede mantener una fracción preservada o evolucionar hacia disfunción. Una cavidad apical obliterada reduce el volumen sistólico y puede producir una limitación grave sin dilatación; el aneurisma y la cicatriz pueden acompañarse, en cambio, de remodelado. Los péptidos natriuréticos y la prueba cardiopulmonar ayudan a definir la gravedad. La progresión funcional requiere comparación seriada y no puede deducirse únicamente del grosor.

Las cohortes históricas comunicaban una supervivencia favorable, pero con frecuencia incluían pocos aneurismas y criterios diferentes. Los estudios contemporáneos muestran que el riesgo medio sigue siendo a menudo inferior al de otros fenotipos, mientras que los eventos se concentran en subgrupos. Un sistema de puntuación específico propuesto recientemente necesita validación externa antes de su uso universal. El pronóstico individual debe basarse en marcadores consolidados y no en la reputación tradicional de la forma.

La enfermedad de Fabry puede imitar la ApHCM y tiene implicaciones pronósticas y terapéuticas propias. También una cicatriz isquémica apical, una enfermedad endomiocárdica o una masa cambian por completo el riesgo. El diagnóstico diferencial no es solo un paso inicial, porque pueden aparecer nuevos signos extracardíacos con el tiempo. La reevaluación etiológica está justificada cuando la evolución no corresponde a la esperada.

El síncope debe analizarse según el contexto, los pródromos y el ritmo. Un aneurisma aumenta la atención hacia una causa ventricular, pero los episodios vasovagales siguen siendo frecuentes. La monitorización prolongada puede ser más útil que repetir pruebas no dirigidas. El síncope arrítmico no se diagnostica por asociación morfológica, sino tras una evaluación que excluya explicaciones más plausibles.

El pronóstico de los aneurismas pequeños está menos definido que el de las formas grandes y sintomáticas. Un tamaño reducido no elimina el sustrato cicatricial, pero el riesgo absoluto puede ser menor y debe equilibrarse con las complicaciones del ICD. La estratificación por tamaño sigue siendo imperfecta y requiere una decisión compartida basada en el perfil completo.

Tratamiento, complicaciones y seguimiento

El paciente asintomático sin marcadores relevantes se sigue sin un tratamiento destinado a reducir el grosor. Se controlan la presión, el peso, la apnea y el riesgo coronario y la actividad física se prescribe individualmente. La vigilancia comprende ECG, ecocardiograma y ritmo, con resonancia cuando puede modificar el manejo. El seguimiento apical debe comprobar específicamente obliteración, cicatriz, aneurisma y trombo.

Los betabloqueantes o los calcioantagonistas no dihidropiridínicos pueden aliviar palpitaciones, dolor o disnea al disminuir la frecuencia y favorecer el llenado, pero la evidencia específica es limitada. Los diuréticos prudentes tratan la congestión sin reducir excesivamente el volumen. Los nitratos y vasodilatadores requieren cautela si existe un gradiente medio o de salida. La respuesta sintomática debe verificarse y los fármacos ineficaces no mantenerse por inercia.

Los inhibidores de la miosina están autorizados para la forma obstructiva sintomática, no por la sola localización apical no obstructiva. Un paciente con forma apical y LVOTO puede ser candidato según las indicaciones generales, pero el aneurisma o el gradiente medio no son automáticamente objetivos equivalentes. La selección farmacológica depende de la hemodinámica documentada y de la población estudiada en los ensayos.

La miectomía apical es un procedimiento especializado destinado a pacientes seleccionados con una cavidad muy reducida, bajo gasto y síntomas refractarios. Mediante un acceso transapical, la resección aumenta el volumen y puede mejorar el llenado y la capacidad; los riesgos comprenden defecto septal, sangrado, aneurisma y arritmias. No está indicada por la sola presencia de hipertrofia. La cirugía apical requiere imagen detallada y un centro con experiencia específica.

Un aneurisma con taquicardia recurrente puede requerir ICD, antiarrítmicos y ablación endocárdica o combinada, según el circuito. La resección del aneurisma se considera rara vez, a menudo junto con una cirugía necesaria por obstrucción medioventricular o trombo. El beneficio debe compararse con el riesgo de una ventriculotomía. La estrategia arrítmica es multimodal y no presupone que eliminar un circuito elimine el riesgo futuro.

El trombo se anticoagula y se sigue mediante imagen hasta su resolución, continuando según las características del aneurisma y el riesgo. Un evento embólico requiere buscar trombo residual, fibrilación y otras fuentes. La elección del fármaco considera la evidencia, la función renal, las interacciones y la adherencia. La vigilancia trombótica debe continuar si persiste una cavidad discinética, porque la resolución del trombo no normaliza el flujo.

La familia sigue el mismo proceso genético previsto para la HCM, sin esperar que la distribución apical se repita de forma idéntica. Un familiar puede mostrar una forma septal, relativa o ningún fenotipo pese a portar la misma variante. Un ECG con ondas T anómalas puede preceder a la hipertrofia y motivar una resonancia. La variabilidad intrafamiliar impide limitar el cribado a la búsqueda de un ápex ya marcadamente engrosado.

La calidad asistencial depende del reconocimiento de una forma que la ecocardiografía puede pasar por alto y de complicaciones que la etiqueta históricamente benigna puede minimizar. Una vez definido el fenotipo, el tratamiento sigue siendo proporcionado: muchos pacientes solo necesitan vigilancia, mientras que el aneurisma, el trombo, las arritmias o una limitación grave requieren intervenciones especializadas. La precisión diagnóstica evita tanto una tranquilidad excesiva como procedimientos injustificados.

El embarazo en una mujer estable suele tolerarse, pero el aneurisma, las arritmias, la disfunción o la anticoagulación requieren un plan especializado. Los rápidos cambios de volumen del posparto pueden precipitar congestión. La evaluación preconcepcional aborda también la herencia y los fármacos, sin asumir que la localización apical haga despreciable el riesgo.

La cirugía no cardíaca y la anestesia requieren conocer la cavidad, el gradiente y las arritmias. La hipotensión y la taquicardia pueden reducir el gasto, mientras que una expansión excesiva del volumen favorece la congestión. El manejo perioperatorio se adapta a la fisiología actual y no a la sola presencia de la palabra apical en el informe.

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