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Miocardiopatía hipertrófica

La miocardiopatía hipertrófica (hypertrophic cardiomyopathy, HCM) es una enfermedad del miocardio caracterizada por hipertrofia ventricular izquierda no explicada por condiciones de carga suficientes para justificar su magnitud, como hipertensión arterial severa, estenosis aórtica, cardiopatía congénita o adaptación fisiológica al entrenamiento. En la forma clásica, el ventrículo no está dilatado, la fracción de eyección ventricular izquierda (left ventricular ejection fraction, LVEF) es normal o aumentada en las fases iniciales, pero el corazón es funcionalmente anómalo porque la hipertrofia se asocia con desorganización de los cardiomiocitos, fibrosis, isquemia microvascular, disfunción diastólica, inestabilidad eléctrica y, en una proporción relevante de pacientes, obstrucción dinámica del tracto de salida del ventrículo izquierdo.

La miocardiopatía hipertrófica es una de las cardiomiopatías genéticas más frecuentes. La prevalencia clínica estimada en la población adulta es de aproximadamente 1:500, pero el uso extendido de la imagen cardiovascular, las pruebas genéticas y el cribado familiar sugiere que el número de sujetos portadores de fenotipo o predisposición genética puede ser superior. La enfermedad puede manifestarse en edad pediátrica, adolescencia, edad adulta o senil, con penetrancia variable y gran heterogeneidad clínica incluso dentro de la misma familia. Muchos pacientes permanecen asintomáticos durante años y tienen una esperanza de vida cercana a la de la población general cuando son reconocidos, estratificados y tratados correctamente; una minoría desarrolla disnea limitante, dolor torácico, fibrilación auricular, ictus cardioembólico, insuficiencia cardíaca, muerte súbita cardíaca o progresión hacia una fase con disfunción sistólica.

Etiología, Patogénesis y Fisiopatología

La causa más típica de la miocardiopatía hipertrófica no sindrómica es genética. En la mayoría de los casos familiares reconocidos, la transmisión es autosómica dominante e implica genes que codifican proteínas del sarcómero cardíaco. Los genes implicados con mayor frecuencia son MYBPC3, que codifica la proteína C de unión a la miosina cardíaca, y MYH7, que codifica la cadena pesada beta de la miosina. Otros genes con relación consolidada incluyen TNNT2, TNNI3, TPM1, MYL2, MYL3, ACTC1 y, en contextos específicos, CSRP3 y ALPK3. No todas las variantes tienen el mismo peso biológico: algunas producen enfermedad de alta penetrancia con hipertrofia severa y aparición precoz, mientras que otras generan fenotipos tardíos, incompletos o modulados por sexo, edad, presión arterial, actividad física, comorbilidades metabólicas y otros modificadores genéticos.

Las causas etiológicas ciertas, cuando se habla de miocardiopatía hipertrófica sarcomérica, son variantes patogénicas o probablemente patogénicas capaces de alterar proteínas contráctiles fundamentales. El sarcómero se vuelve mecánicamente ineficiente: para producir una determinada cantidad de trabajo consume más energía, desarrolla tensión de forma anómala y modifica la sensibilidad al calcio. El cardiomiocito percibe este desequilibrio como estrés crónico y activa señales de crecimiento, remodelado y supervivencia. La hipertrofia resultante no es simplemente una adaptación a una carga externa, sino una respuesta primaria del músculo cardíaco a un defecto interno de la maquinaria contráctil. Por este motivo, la pared puede engrosarse incluso en ausencia de hipertensión, estenosis valvular o sobrecarga hemodinámica evidente.

La enfermedad no sarcomérica debe distinguirse con precisión de las fenocopias. Algunas condiciones genéticas, metabólicas, mitocondriales, lisosomales o infiltrativas pueden producir hipertrofia ventricular izquierda y simular una miocardiopatía hipertrófica, pero tienen patogénesis, pronóstico y tratamiento diferentes. Entre ellas se incluyen la enfermedad de Fabry, la enfermedad de Danon, el síndrome por mutaciones de PRKAG2, la enfermedad de Pompe, la ataxia de Friedreich, las RASopatías como el síndrome de Noonan, la amiloidosis cardíaca, las enfermedades mitocondriales y algunas glucogenosis. En estos casos, la hipertrofia puede derivar de acumulación intracelular, infiltración extracelular, alteraciones energéticas, defectos lisosomales o señales de crecimiento extracardíacas. Definir de forma impropia estas condiciones como HCM sarcomérica constituye un error clínico, porque algunas disponen de tratamientos específicos o requieren vigilancias extracardíacas dirigidas.

Los factores de riesgo no son equivalentes a las causas genéticas, pero modifican la expresión del fenotipo. Los antecedentes familiares de miocardiopatía hipertrófica, muerte súbita, síncope inexplicado, desfibrilador implantable, insuficiencia cardíaca o fibrilación auricular precoz aumentan la probabilidad de una base hereditaria. El sexo masculino, la edad, la hipertensión arterial, la obesidad, la apnea obstructiva del sueño, la diabetes mellitus, la actividad física competitiva intensa, la deshidratación, la vasodilatación y la taquicardia pueden acentuar síntomas, gradientes dinámicos, isquemia o arritmias. La hipertensión puede coexistir con la HCM y dificultar la interpretación de la hipertrofia; su presencia no excluye el diagnóstico si el grosor, la distribución de la hipertrofia, la historia familiar, el patrón de resonancia magnética o la prueba genética indican una enfermedad primaria del miocardio.

El primer evento patogénico de la HCM sarcomérica es la disfunción de la contracción a nivel microscópico. Las alteraciones de la miosina, de la proteína C de unión a la miosina, de la troponina o de otros componentes del sarcómero modifican el ciclo de los puentes actina-miosina, la disponibilidad de las cabezas de miosina, la sensibilidad de los miofilamentos al calcio y el coste energético de la contracción. El cardiomiocito tiende a trabajar en un estado de activación excesiva, con consumo de adenosín trifosfato (adenosine triphosphate, ATP) desproporcionado respecto al trabajo mecánico producido. Este desequilibrio energético reduce la reserva metabólica, favorece el estrés oxidativo, altera la relajación diastólica y estimula vías de señalización hipertrófica, entre ellas calcineurina, proteínas cinasas activadas por mitógenos y señales mecanosensibles.

La hipertrofia macroscópica es solo la parte visible de una enfermedad mucho más compleja. En el examen histológico son típicos el desarreglo miocitario, la desorganización de las miofibrillas, la hipertrofia de los cardiomiocitos, el engrosamiento de las arteriolas intramurales y la fibrosis intersticial o sustitutiva. El desarreglo crea un tejido eléctricamente heterogéneo, en el que el impulso se propaga de forma menos uniforme. La fibrosis miocárdica interrumpe la continuidad de las fibras, rigidiza el ventrículo y constituye un sustrato para circuitos de reentrada. La isquemia microvascular nace de la desproporción entre la masa miocárdica aumentada y una red capilar insuficiente, la compresión intramural durante la sístole, el remodelado arteriolar y el aumento de la presión de llenado. El resultado es un miocardio hipertrófico pero vulnerable, capaz de mantener una LVEF aparentemente normal pese a tener reserva coronaria y diastólica reducidas.

La disfunción diastólica es una consecuencia precoz y a menudo dominante. El ventrículo hipertrófico es rígido, se relaja lentamente, se llena a presiones más altas y depende en mayor medida de la contracción auricular. Incluso cuando la LVEF es normal, el volumen sistólico puede estar limitado porque la cavidad ventricular es pequeña y el llenado es ineficiente. Durante el ejercicio, la taquicardia o la fibrilación auricular, el tiempo diastólico se acorta y la pérdida de la sístole auricular puede determinar un aumento brusco de las presiones de llenado, disnea, edema pulmonar o hipotensión. Esta dependencia de la sístole auricular es una de las razones por las que la fibrilación auricular suele ser mal tolerada en los pacientes con HCM.

La obstrucción dinámica del tracto de salida del ventrículo izquierdo es un rasgo distintivo de la forma obstructiva. No es una estenosis fija como la valvular aórtica, sino un fenómeno variable que depende de la contractilidad, la precarga, la poscarga, la frecuencia cardíaca, la anatomía del septo, la forma de la cavidad, la posición de los músculos papilares y la morfología de la válvula mitral. Durante la sístole, la valva anterior de la mitral puede moverse hacia el septo interventricular, fenómeno llamado movimiento sistólico anterior (systolic anterior motion, SAM). Esto estrecha el tracto de salida, genera un gradiente presórico dinámico y a menudo produce insuficiencia mitral secundaria. El gradiente aumenta cuando el ventrículo es más pequeño e hiperdinámico, como durante deshidratación, maniobra de Valsalva, ortostatismo, vasodilatación o ejercicio, y puede reducirse con aumento de la precarga, reducción de la contractilidad o enlentecimiento de la frecuencia.

La válvula mitral no es una simple espectadora. En muchos pacientes con HCM obstructiva hay valvas mitrales alargadas, músculos papilares anteriorizados, inserciones anómalas, cuerdas accesorias o anomalías del aparato subvalvular. Estas características acercan la mitral al tracto de salida y hacen más probable el movimiento sistólico anterior. La insuficiencia mitral resultante suele ser telesistólica y dirigida posteriormente, coherente con el arrastre de la valva anterior hacia el septo; cuando el chorro es central o anterior debe sospecharse una patología mitral primaria asociada. Esta distinción es fundamental porque un paciente con obstrucción y anomalía mitral significativa puede requerir una estrategia quirúrgica distinta de la simple reducción septal.

También existen formas no obstructivas y formas con obstrucción medioventricular. En la HCM no obstructiva, el problema dominante suele ser la combinación de rigidez diastólica, isquemia microvascular, fibrosis, aumento de las presiones de llenado y reserva funcional reducida. En la obstrucción medioventricular, el estrechamiento se produce en la porción media del ventrículo y puede asociarse con gradiente intracavitario, presión apical elevada y desarrollo de aneurisma apical. El aneurisma apical es importante porque favorece trombosis, arritmias ventriculares y cicatriz transmural localizada, incluso cuando el resto del ventrículo conserva función sistólica.

La fisiopatología arrítmica nace de la interacción entre sustrato y desencadenantes. El sustrato está constituido por desarreglo, fibrosis, hipertrofia, isquemia, alteraciones del calcio y heterogeneidad de la conducción. Los desencadenantes pueden ser extrasístoles ventriculares, isquemia, taquicardia, desequilibrios electrolíticos, deshidratación, activación adrenérgica o ejercicio intenso. Las arritmias ventriculares explican una proporción de las muertes súbitas cardíacas, sobre todo en jóvenes, pero el riesgo absoluto varía mucho entre pacientes. La fibrilación auricular, en cambio, nace de la dilatación y fibrosis auricular, el aumento crónico de las presiones de llenado, la insuficiencia mitral y el envejecimiento; una vez que aparece, puede empeorar de forma drástica los síntomas y el riesgo embólico.

La progresión hacia una fase con disfunción sistólica representa una evolución menos frecuente pero grave. En esta fase la LVEF desciende por debajo del 50%, la hipertrofia puede reducirse o ser sustituida por dilatación y fibrosis, el cuadro clínico se asemeja a una insuficiencia cardíaca avanzada y el riesgo de eventos aumenta. No se trata de una transformación obligada de la HCM, sino de un desenlace posible cuando fibrosis, isquemia, remodelado y pérdida de cardiomiocitos superan la capacidad compensatoria. La presencia de variantes sarcoméricas múltiples, fibrosis extensa, fibrilación auricular, LVEF en descenso, aneurisma apical o historia familiar desfavorable orienta hacia una trayectoria evolutiva agresiva.

Manifestaciones Clínicas

La miocardiopatía hipertrófica puede descubrirse de forma incidental o manifestarse con síntomas importantes. En la práctica clínica, la sospecha nace a menudo de un soplo sistólico, un electrocardiograma alterado, antecedentes familiares, un síncope, una valoración deportiva, un episodio de fibrilación auricular, dolor torácico con coronarias indemnes o un ecocardiograma solicitado por disnea. La secuencia correcta de la visita parte de la anamnesis, porque los síntomas de la HCM dependen de mecanismos distintos y su interpretación orienta todo el recorrido diagnóstico.

El síntoma más frecuente es la disnea de esfuerzo. El paciente puede referir falta de aire al subir escaleras, reducción de la tolerancia al ejercicio, necesidad de ralentizar respecto a sus coetáneos o recuperación más lenta tras la actividad física. La causa puede ser diastólica, obstructiva, isquémica, arrítmica o mixta. Un ventrículo rígido aumenta rápidamente las presiones de llenado durante el ejercicio; un gradiente dinámico puede reducir el gasto anterógrado; la insuficiencia mitral por SAM aumenta la presión auricular izquierda; la isquemia microvascular limita la reserva miocárdica. Por este motivo, dos pacientes con grosor parietal similar pueden tener síntomas muy diferentes.

El dolor torácico es frecuente y puede simular angina. A menudo aparece con el esfuerzo, pero también puede manifestarse en reposo. La coronariografía puede ser normal, porque el dolor deriva de isquemia microvascular, aumento de la masa miocárdica, compresión de los pequeños vasos, aumento de la tensión parietal y perfusión subendocárdica reducida. La presencia de dolor no autoriza, en cualquier caso, a excluir enfermedad coronaria, sobre todo en pacientes de mayor edad o con factores de riesgo cardiovascular. La HCM y la enfermedad coronaria pueden coexistir, y su reconocimiento simultáneo es esencial para evitar atribuciones diagnósticas demasiado rápidas.

Las palpitaciones pueden derivar de extrasistolia, taquicardias supraventriculares, fibrilación auricular o arritmias ventriculares. La fibrilación auricular puede presentarse con palpitación irregular, disnea súbita, empeoramiento de la capacidad funcional, dolor torácico, vértigo o insuficiencia cardíaca. En los pacientes con HCM, la pérdida de la contribución auricular al llenado ventricular es especialmente relevante, porque el ventrículo hipertrófico depende de la sístole auricular más que un ventrículo normal. Por tanto, la aparición de fibrilación auricular debe considerarse un evento clínico mayor, no un simple hallazgo electrocardiográfico.

El síncope y el presíncope requieren una evaluación rigurosa. Pueden derivar de obstrucción dinámica severa, respuesta presórica anómala al esfuerzo, taquicardia ventricular, bradiarritmia, fibrilación auricular rápida, hipovolemia, vasodilatación o causas neuromediadas. Un síncope reciente, no explicado, sobre todo si se produjo durante el esfuerzo, en posición supina o sin pródromos, aumenta la preocupación por riesgo arrítmico. El presíncope durante ortostatismo o deshidratación puede estar relacionado con aumento del gradiente dinámico, pero no debe archivarse como benigno sin correlación con imagen, monitorización del ritmo e historia familiar.

Algunos pacientes refieren síntomas ligados específicamente a la obstrucción del tracto de salida. Disnea, sensación de vacío, dolor torácico o lipotimia pueden empeorar después de comidas copiosas, alcohol, duchas calientes, fiebre, deshidratación, vasodilatadores o esfuerzos repentinos. Estos contextos reducen precarga o poscarga, aumentan contractilidad o modifican la frecuencia cardíaca, haciendo más evidente el gradiente dinámico provocable. Por tanto, la anamnesis debe buscar no solo la presencia de los síntomas, sino también las circunstancias en las que aparecen.

En niños y adolescentes, la presentación puede ser diferente. El diagnóstico puede emerger a partir de cribado familiar, soplo, síncope, dolor torácico de esfuerzo, disnea, escaso crecimiento, arritmias o paro cardíaco. En recién nacidos y lactantes, sobre todo cuando la hipertrofia es marcada o se asocia con signos extracardíacos, hay que considerar formas sindrómicas, metabólicas o enfermedades por depósito. La edad de inicio precoz, la severidad de la hipertrofia, los antecedentes familiares y la presencia de manifestaciones extracardíacas condicionan el pronóstico y el recorrido diagnóstico.

La historia familiar debe recogerse de forma sistemática. Hay que buscar casos de HCM, hipertrofia ventricular, muerte súbita, paro cardíaco reanimado, síncope inexplicado, accidentes de tráfico o ahogamientos no claros, desfibrilador, marcapasos, fibrilación auricular precoz, ictus juvenil, insuficiencia cardíaca, trasplante cardíaco, muerte durante el sueño o durante actividad deportiva. También deben buscarse signos compatibles con fenocopias, como neuropatía, insuficiencia renal, angioqueratomas, hipohidrosis, dolor neuropático, sordera, debilidad muscular, retraso cognitivo, baja estatura, facies sindrómica, lentiginosis múltiple o ataxia. Estos elementos pueden desplazar la sospecha desde la HCM sarcomérica hacia un diagnóstico diferente.

En la exploración física muchos pacientes son normales. Cuando hay obstrucción dinámica, el hallazgo más típico es un soplo sistólico eyectivo en el borde esternal izquierdo o en el ápex, a menudo variable con las maniobras. El soplo aumenta con Valsalva, ortostatismo o reducción de la precarga, mientras que puede atenuarse con la posición en cuclillas o el aumento del retorno venoso. Esta variabilidad ayuda a distinguirlo de muchas estenosis valvulares fijas. Si coexiste insuficiencia mitral por SAM, puede aparecer un soplo apical holosistólico o telesistólico. La intensidad del soplo no mide con precisión el riesgo, pero señala la necesidad de valorar el gradiente en reposo y con provocación.

La exploración cardiovascular puede mostrar impulso apical sostenido, cuarto ruido por contracción auricular contra un ventrículo rígido, pulso bífido o rápido en pacientes obstructivos, signos de congestión en casos avanzados e irregularidad del ritmo en fibrilación auricular. La presión arterial puede ser normal, elevada o mostrar una respuesta anómala al esfuerzo. En los pacientes con insuficiencia cardíaca avanzada pueden aparecer edemas, crepitantes pulmonares, ingurgitación yugular, hepatomegalia y signos de bajo gasto, pero estos hallazgos son menos frecuentes que la disnea por disfunción diastólica u obstrucción.

La visita debe concluir con una síntesis clínica que separe a los pacientes asintomáticos de los sintomáticos, a los pacientes obstructivos de los no obstructivos, a los sujetos con riesgo arrítmico de aquellos con bajo riesgo aparente y las formas probablemente sarcoméricas de las fenocopias. Esta clasificación inicial no sustituye a las pruebas, pero evita un error común: tratar a todos los pacientes con HCM como si tuvieran la misma enfermedad. La HCM es una diagnosis anatómica, genética, hemodinámica y eléctrica al mismo tiempo, y la clínica debe preparar la lectura integrada de todos estos niveles.

Pruebas y Diagnóstico

El recorrido diagnóstico de la miocardiopatía hipertrófica debe establecer si la hipertrofia es real, si es primaria o secundaria, si es obstructiva o no obstructiva, si existe una causa genética o una fenocopia, y cuál es el riesgo individual de complicaciones. El error más frecuente es detenerse en el grosor parietal sin interpretar su contexto, distribución, fisiología, patrón tisular e historia familiar. Un septo grueso no basta para diagnosticar HCM; es necesario demostrar que la hipertrofia no se explica por condiciones de carga suficientes y que el cuadro global es coherente con una enfermedad primaria del miocardio.

Las guías internacionales comparten criterios diagnósticos basados en la imagen cardíaca y en la exclusión de causas alternativas de hipertrofia. La formulación práctica de los criterios diagnósticos es la siguiente:

  • en el adulto, grosor máximo de la pared ventricular izquierda ≥15 mm en uno o más segmentos, medido mediante ecocardiografía, resonancia magnética cardíaca o tomografía computarizada cardíaca, en ausencia de condiciones cardíacas o sistémicas capaces de explicar la magnitud de la hipertrofia;
  • en los familiares de primer grado de un paciente con HCM o en los sujetos con una variante patogénica documentada en un gen asociado con HCM, un grosor máximo de 13-14 mm puede apoyar el diagnóstico cuando el contexto clínico y familiar es coherente;
  • en edad pediátrica, el diagnóstico requiere comparación con valores indexados por edad, sexo y superficie corporal, usando puntuaciones z y contexto familiar, porque los umbrales absolutos del adulto no son aplicables;
  • en cualquier grupo de edad, deben excluirse hipertensión arterial, estenosis aórtica, cardiopatías congénitas, corazón de atleta, amiloidosis, enfermedades por depósito, enfermedades mitocondriales, RASopatías y otras condiciones capaces de simular el fenotipo;
  • el diagnóstico no requiere obligatoriamente la identificación de una variante genética, porque una proporción considerable de pacientes con fenotipo clínico definido no tiene un resultado genético positivo con los paneles actuales.

El electrocardiograma de 12 derivaciones es una prueba de primer nivel y puede ser anómalo incluso cuando la hipertrofia ecocardiográfica es leve. Puede mostrar criterios de hipertrofia ventricular izquierda, ondas Q seudoinfarto, alteraciones de la repolarización, inversión profunda de la onda T en las formas apicales, agrandamiento auricular izquierdo, preexcitación en las fenocopias, trastornos de conducción o arritmias. Un electrocardiograma muy alterado con hipertrofia leve debe hacer pensar en fenocopias o formas genéticamente relevantes; un electrocardiograma casi normal no excluye HCM, pero reduce la probabilidad de un fenotipo avanzado.

El ecocardiograma transtorácico es la prueba inicial principal. Debe medir el grosor máximo en todos los segmentos, no solo en el septo basal, evaluar cavidad ventricular, LVEF, función diastólica, aurícula izquierda, aparato mitral, músculos papilares, insuficiencia mitral, ventrículo derecho y gradiente en el tracto de salida. La distribución de la hipertrofia puede ser asimétrica septal, apical, concéntrica, lateral, medioventricular o más rara. La ecocardiografía debe buscar SAM, contacto mitro-septal, obstrucción en reposo, obstrucción provocable y patrón de la insuficiencia mitral. La sola medición del grosor no es suficiente, porque dos pacientes con un septo de 18 mm pueden tener riesgos y tratamientos completamente distintos si uno tiene obstrucción severa y el otro una forma apical no obstructiva con aneurisma.

La evaluación del gradiente es una parte esencial de la prueba. Un gradiente máximo en el tracto de salida del ventrículo izquierdo ≥30 mmHg en reposo o con provocación define la presencia de obstrucción hemodinámicamente reconocible; un gradiente ≥50 mmHg, asociado con síntomas atribuibles, es el umbral habitualmente utilizado para considerar tratamientos específicos de la obstrucción, incluida terapia avanzada o reducción septal en pacientes apropiados. Si el gradiente no está presente en reposo, la ecocardiografía debe incluir maniobra de Valsalva, ortostatismo y, cuando sea necesario, ecocardiograma de esfuerzo. La provocación farmacológica con dobutamina no es adecuada para reproducir de forma fisiológica la obstrucción de la HCM y puede sobreestimar fenómenos no clínicamente pertinentes.

La resonancia magnética cardíaca (cardiac magnetic resonance, CMR) es fundamental cuando el ecocardiograma es incompleto, cuando la distribución de la hipertrofia es atípica, cuando se sospecha forma apical, aneurisma o fenocopia, o cuando se necesita caracterización tisular. La CMR mide con elevada precisión grosores y volúmenes, visualiza el ápex mejor que la ecocardiografía e identifica criptas, anomalías papilares, aneurismas y fibrosis. El realce tardío de gadolinio (late gadolinium enhancement, LGE) señala fibrosis sustitutiva y tiene valor pronóstico, sobre todo cuando es extenso. Los mapas T1, T2 y el volumen extracelular (extracellular volume, ECV) ayudan a distinguir HCM sarcomérica, amiloidosis, enfermedad de Fabry, miocarditis, fibrosis difusa y otras condiciones.

Los análisis de laboratorio no diagnostican la HCM sarcomérica, pero son indispensables para el diagnóstico diferencial, las comorbilidades y las fenocopias. El péptido natriurético de tipo B (B-type natriuretic peptide, BNP) o el fragmento N-terminal del propéptido natriurético de tipo B (N-terminal pro-B-type natriuretic peptide, NT-proBNP) pueden reflejar presiones de llenado, obstrucción, disfunción diastólica o insuficiencia cardíaca. La troponina puede estar crónicamente levemente elevada en algunos pacientes por isquemia microvascular o estrés miocárdico. Creatinina, electrolitos, función hepática, hemograma, perfil férrico, hormona estimulante de la tiroides (thyroid-stimulating hormone, TSH), glucemia, hemoglobina glucada y perfil lipídico ayudan en el manejo global. Alfa-galactosidasa A, liso-globotriaosilceramida, estudios genéticos dirigidos, inmunofijación, cadenas ligeras libres, gammagrafía ósea para amiloidosis por transtiretina y otras pruebas se usan solo cuando el cuadro clínico sugiere una diagnosis alternativa específica.

La monitorización del ritmo es necesaria para el diagnóstico funcional y la estratificación del riesgo. Holter electrocardiográfico, monitorizaciones prolongadas o registradores implantables seleccionados pueden documentar fibrilación auricular silente, taquicardia ventricular no sostenida, pausas, bradiarritmias o carga extrasistólica. La búsqueda de fibrilación auricular es especialmente importante en pacientes con aurícula izquierda dilatada, palpitaciones, ictus, edad avanzada o síntomas intermitentes. La taquicardia ventricular no sostenida no equivale automáticamente a indicación de desfibrilador, pero entra en la evaluación global junto con edad, grosor máximo, síncope, antecedentes familiares, LGE, aneurisma apical y función sistólica.

La prueba de esfuerzo tiene varias funciones. Permite evaluar capacidad funcional real, respuesta presórica, síntomas, arritmias, isquemia y gradiente provocado por el ejercicio. En pacientes con síntomas desproporcionados respecto a los hallazgos en reposo, el ecocardiograma de esfuerzo puede demostrar obstrucción latente. La prueba cardiopulmonar de ejercicio (cardiopulmonary exercise testing, CPET) cuantifica consumo de oxígeno, eficiencia ventilatoria y reserva funcional, y es útil cuando se evalúan insuficiencia cardíaca avanzada, idoneidad para el ejercicio, respuesta terapéutica o candidatura a tratamientos invasivos.

La prueba genética debe ir precedida de asesoramiento genético. Está indicada sobre todo cuando el diagnóstico clínico es claro, cuando hay antecedentes familiares, cuando el paciente es joven, cuando el cribado de los familiares puede beneficiarse de un resultado molecular, o cuando se sospecha una fenocopia con tratamiento específico. Un resultado positivo permite pruebas en cascada en los familiares y puede ayudar en el pronóstico; un resultado negativo no excluye la HCM; una variante de significado incierto no debe utilizarse para diagnosticar o excluir la enfermedad en los familiares. Los familiares de primer grado deben recibir evaluación clínica con electrocardiograma y ecocardiograma, repetida en el tiempo según edad, fenotipo familiar y resultado genético.

El diagnóstico diferencial con el corazón de atleta requiere prudencia. La adaptación deportiva puede producir aumento del grosor parietal, pero suele asociarse con cavidad ventricular más amplia, función diastólica normal o supernormal, ausencia de LGE patológico, ausencia de historia familiar y regresión parcial tras desentrenamiento. La HCM, sin embargo, puede coexistir con entrenamiento intenso, y un atleta genéticamente predispuesto puede tener un fenotipo más difícil de interpretar. La distinción requiere integrar grosores, dimensiones cavitarias, electrocardiograma, CMR, antecedentes familiares, prueba genética y evolución temporal.

El diagnóstico diferencial con hipertensión y estenosis aórtica es igualmente importante. La hipertensión tiende a producir hipertrofia concéntrica proporcional a la carga presórica, pero puede solaparse con la HCM y enmascararla. La estenosis aórtica genera sobrecarga presórica fija y requiere evaluación valvular completa. La amiloidosis y la enfermedad de Fabry pueden simular HCM en el adulto: bajos voltajes o discordancia masa-voltaje, engrosamiento valvular, túnel carpiano, neuropatía, proteinuria, patrón CMR difuso o reducción del T1 nativo en Fabry orientan hacia diagnósticos alternativos. En niños, hipertrofia marcada, hipotonía, retraso del desarrollo, dismorfismos o afectación multiorgánica deben hacer buscar enfermedades metabólicas y sindrómicas antes de concluir que existe HCM sarcomérica aislada.

Tratamiento y Pronóstico

El tratamiento de la miocardiopatía hipertrófica depende del perfil clínico. La primera distinción es entre paciente asintomático y sintomático, después entre forma obstructiva y no obstructiva, y finalmente entre bajo y alto riesgo arrítmico. Los objetivos son reducir síntomas y gradiente cuando están presentes, prevenir la muerte súbita en los sujetos de riesgo, tratar la fibrilación auricular y la insuficiencia cardíaca, reconocer fenocopias tratables, guiar la actividad física y el embarazo, y proteger a los familiares mediante cribado y asesoramiento genético. Un enfoque uniforme no es adecuado, porque la HCM puede ser una condición casi silente o una enfermedad hemodinámica, arrítmica y familiar compleja.

En los pacientes asintomáticos sin obstrucción significativa y sin marcadores de riesgo elevado, el tratamiento consiste sobre todo en vigilancia clínica, ecocardiográfica, rítmica y familiar. No está indicada una terapia solo para reducir un grosor parietal estable en ausencia de síntomas o riesgo específico. Deben evitarse deshidratación, abuso de alcohol, sustancias estimulantes y automedicaciones que puedan aumentar taquicardia, vasodilatación o reducción de la precarga. El ejercicio físico recreativo de intensidad leve o moderada se fomenta generalmente en pacientes estables, mientras que la participación en actividades competitivas requiere valoración especializada y decisión compartida, considerando fenotipo, riesgo arrítmico, historia familiar, LGE, síntomas y preferencias del paciente.

En la HCM obstructiva sintomática, la terapia inicial busca reducir frecuencia cardíaca, contractilidad y gradiente dinámico, mejorando el tiempo de llenado y reduciendo SAM e insuficiencia mitral. Los betabloqueantes no vasodilatadores suelen ser la primera elección, sobre todo en pacientes con disnea, dolor torácico o síntomas de esfuerzo. Si no se toleran o son ineficaces, pueden utilizarse calcioantagonistas no dihidropiridínicos como verapamilo o diltiazem en pacientes seleccionados, evitando cautela excesiva pero también uso impropio en cuadros con hipotensión, obstrucción muy severa, congestión avanzada o presión de llenado elevada. La disopiramida puede reducir la contractilidad y el gradiente, habitualmente en asociación con betabloqueante o calcioantagonista, pero requiere atención al intervalo QT, efectos anticolinérgicos, función renal y riesgo proarrítmico.

Los inhibidores de la miosina cardíaca han modificado el tratamiento de la HCM obstructiva sintomática. Mavacamten reduce la interacción excesiva actina-miosina, atenúa la hipercontractilidad sarcomérica y puede reducir gradiente, síntomas y necesidad de terapia de reducción septal en pacientes seleccionados con HCM obstructiva. Su uso requiere monitorización ecocardiográfica de la LVEF, porque una reducción excesiva de la contractilidad puede inducir disfunción sistólica. Aficamten, otro inhibidor de la miosina en desarrollo clínico avanzado, ha mostrado beneficio en ensayos con pacientes con HCM obstructiva sintomática, pero su encuadre regulatorio y su incorporación definitiva a los recorridos clínicos dependen de las aprobaciones y recomendaciones vigentes en cada contexto sanitario. Estas terapias no sustituyen el diagnóstico correcto del mecanismo obstructivo y no deben usarse para fenocopias o formas no indicadas.

Cuando los síntomas obstructivos persisten pese a terapia optimizada y el gradiente sigue siendo significativo, se considera la terapia de reducción septal. La miectomía quirúrgica del septo es el tratamiento de referencia en centros expertos, sobre todo cuando hay anatomía compleja, valvas mitrales alargadas, anomalías papilares, insuficiencia mitral no exclusivamente secundaria al SAM o necesidad de corrección valvular asociada. La ablación alcohólica septal es una alternativa para pacientes seleccionados, a menudo de mayor edad o con riesgo quirúrgico elevado, cuando la anatomía coronaria septal es adecuada y el centro tiene experiencia. Ambos procedimientos requieren indicación rigurosa, porque el beneficio depende de la correcta atribución de los síntomas a la obstrucción y de la calidad técnica de la intervención.

En la HCM no obstructiva sintomática, el tratamiento es más complejo porque no existe un gradiente que abolir. Los betabloqueantes o calcioantagonistas no dihidropiridínicos pueden mejorar frecuencia, relajación y dolor torácico en algunos pacientes. Los diuréticos pueden utilizarse con cautela en los síntomas congestivos, evitando una depleción excesiva de la precarga. Si aparece LVEF <50%, el paciente entra en una fase de disfunción sistólica y debe tratarse según los principios de la insuficiencia cardíaca con fracción de eyección reducida, adaptando inhibidor del receptor de angiotensina y neprilisina (angiotensin receptor-neprilysin inhibitor, ARNI), inhibidores de la enzima convertidora de angiotensina (angiotensin-converting enzyme inhibitors, ACEi), antagonistas del receptor de angiotensina II (angiotensin receptor blockers, ARB), betabloqueantes, antagonistas del receptor mineralocorticoide (mineralocorticoid receptor antagonists, MRA), inhibidores del cotransportador sodio-glucosa tipo 2 (sodium-glucose cotransporter 2 inhibitors, SGLT2i) y diuréticos según la tolerancia hemodinámica. En los casos avanzados hay que considerar precozmente trasplante cardíaco o asistencia mecánica.

La prevención de la muerte súbita cardíaca es uno de los pilares del manejo. El desfibrilador cardioversor implantable (implantable cardioverter-defibrillator, ICD) está indicado en prevención secundaria tras paro cardíaco, fibrilación ventricular o taquicardia ventricular sostenida hemodinámicamente significativa no atribuible a una causa reversible. En prevención primaria, la decisión debe integrar múltiples marcadores: muerte súbita familiar, síncope reciente no explicado, grosor parietal máximo muy elevado, taquicardia ventricular no sostenida, LVEF reducida, aneurisma apical, LGE extenso, edad, historia clínica y modelos de riesgo validados. La elección no debe ser automática ni retrasarse cuando el riesgo es evidente, porque el ICD protege frente a la arritmia fatal pero comporta posibles complicaciones, descargas inapropiadas e impacto psicológico.

La fibrilación auricular requiere manejo agresivo del riesgo embólico. En los pacientes con HCM, la aparición de fibrilación auricular comporta un riesgo tromboembólico significativo y la anticoagulación oral está recomendada independientemente de las puntuaciones usadas en la población general, salvo contraindicaciones. El control del ritmo suele ser preferible cuando la arritmia es sintomática o mal tolerada, utilizando cardioversión, antiarrítmicos seleccionados o ablación transcatéter en los casos apropiados. El control de la frecuencia debe evitar taquicardia persistente y empeoramiento del llenado. La aurícula izquierda dilatada, la fibrosis auricular y la obstrucción crónica hacen frecuente la recurrencia, por lo que el seguimiento debe ser continuado.

El tratamiento de las fenocopias debe ser específico. En la enfermedad de Fabry, la terapia enzimática sustitutiva o las terapias chaperonas en pacientes seleccionados pueden modificar la evolución sistémica y cardíaca. En la amiloidosis por transtiretina, los estabilizadores de la transtiretina y otras estrategias dirigidas tienen un fundamento completamente diferente del tratamiento de la HCM sarcomérica. En las glucogenosis, las enfermedades mitocondriales o las RASopatías, el manejo requiere un equipo multidisciplinar. Identificar estas condiciones no es un detalle académico, porque cambia tratamiento, pronóstico, cribado familiar y vigilancia extracardíaca.

El embarazo es generalmente tolerado por muchas mujeres con HCM estable, pero requiere valoración preconcepcional cuando hay síntomas, obstrucción significativa, arritmias, LVEF reducida, terapia antiarrítmica, ICD o historia familiar compleja. Durante el embarazo aumentan el volumen plasmático, la frecuencia cardíaca y la demanda hemodinámica; estos cambios pueden empeorar gradiente, disnea o arritmias. El manejo debe coordinar cardiología, obstetricia y anestesia, evitando deshidratación, taquicardia, hipotensión y suspensiones terapéuticas inapropiadas.

El pronóstico de la HCM es hoy mucho mejor que la percepción histórica de la enfermedad. La mayoría de los pacientes, si se diagnostican y siguen correctamente, pueden tener larga supervivencia y buena calidad de vida. Sin embargo, el pronóstico individual sigue siendo heterogéneo. Son desfavorables el síncope no explicado, la muerte súbita familiar, la hipertrofia extrema, el LGE extenso, el aneurisma apical, LVEF <50%, fibrilación auricular, ictus, obstrucción severa persistente, síntomas refractarios, taquicardia ventricular no sostenida frecuente o rápida, progresión hacia insuficiencia cardíaca y variantes genéticas asociadas con inicio precoz o enfermedad más agresiva. La reevaluación periódica del riesgo es por tanto esencial, porque el riesgo no es estático y puede cambiar con la edad, la aparición de arritmias, el remodelado, la fibrosis y nueva información familiar.

Complicaciones

La muerte súbita cardíaca es la complicación más temida de la miocardiopatía hipertrófica, aunque no es la más frecuente en términos absolutos. Deriva predominantemente de taquicardia ventricular o fibrilación ventricular sobre un sustrato de desarreglo, fibrosis, isquemia microvascular, hipertrofia severa y alteraciones eléctricas. Puede ser la primera manifestación de la enfermedad, sobre todo en jóvenes, pero el riesgo es muy variable. La prevención eficaz requiere reconocimiento de los marcadores mayores, uso apropiado del ICD y seguimiento dinámico, porque un paciente inicialmente de bajo riesgo puede cambiar de categoría tras síncope, aparición de LGE extenso, taquicardia ventricular no sostenida o deterioro de la función sistólica.

La fibrilación auricular es una de las complicaciones más comunes y clínicamente relevantes. Nace del aumento crónico de las presiones de llenado, dilatación auricular izquierda, fibrosis auricular, insuficiencia mitral y envejecimiento. En los pacientes con HCM puede causar empeoramiento brusco de los síntomas porque el ventrículo rígido pierde la contribución de la contracción auricular. La complicación más grave es el ictus cardioembólico, que puede producirse incluso en pacientes que, según puntuaciones generales, parecerían tener un riesgo no elevado. Por este motivo, la fibrilación auricular en la HCM modifica de inmediato el manejo anticoagulante e impone una vigilancia más estrecha.

La insuficiencia cardíaca puede aparecer con mecanismos diferentes. En las formas obstructivas deriva de gradiente dinámico, insuficiencia mitral, aumento de la presión auricular izquierda y disfunción diastólica. En las formas no obstructivas deriva sobre todo de rigidez ventricular, isquemia microvascular, fibrosis e incapacidad de aumentar el gasto durante el ejercicio. En la fase avanzada con LVEF <50%, la insuficiencia cardíaca adquiere características sistólicas, con remodelado, dilatación relativa, fibrosis extensa y peor pronóstico. Esta distinción es importante porque un paciente obstructivo puede mejorar drásticamente tras reducción del gradiente, mientras que un paciente con fase sistólica avanzada requiere un recorrido de insuficiencia cardíaca avanzada.

La obstrucción del tracto de salida del ventrículo izquierdo puede producir limitación funcional, síncope, isquemia, insuficiencia mitral y remodelado auricular. El mecanismo es dinámico y puede empeorar de forma intermitente, motivo por el cual algunos pacientes refieren síntomas variables de un día a otro. Deshidratación, fiebre, vasodilatación, alcohol, comidas copiosas, taquicardia y esfuerzo pueden aumentar el gradiente. Una complicación indirecta de la obstrucción crónica es la progresiva dilatación auricular izquierda, que favorece fibrilación auricular y, por tanto, riesgo embólico.

La insuficiencia mitral secundaria al SAM es frecuente en las formas obstructivas. La valva anterior de la mitral es arrastrada hacia el septo, pierde coaptación con la valva posterior y genera un chorro a menudo posterior. La insuficiencia mitral por SAM aumenta la presión auricular izquierda, empeora la disnea y amplifica la inestabilidad hemodinámica durante el ejercicio. Si la insuficiencia depende exclusivamente del SAM, puede reducirse con terapia que atenúe el gradiente o con miectomía eficaz. Si, en cambio, existe patología mitral primaria o anomalía papilar compleja, la persistencia de la insuficiencia tras simple reducción septal se convierte en una complicación previsible si no se reconoce antes de la intervención.

La isquemia miocárdica y el dolor torácico pueden aparecer incluso en ausencia de estenosis coronarias epicárdicas. La masa miocárdica aumentada requiere más oxígeno, mientras que la microcirculación es relativamente insuficiente y las arteriolas intramurales están engrosadas. El aumento de la presión diastólica ventricular reduce el gradiente de perfusión subendocárdica, sobre todo durante taquicardia. La isquemia microvascular repetida favorece fibrosis, arritmias, empeoramiento de la función diastólica y, en algunas formas, progresión hacia disfunción sistólica. La coexistencia de enfermedad coronaria aterosclerótica empeora aún más el cuadro y debe buscarse en los pacientes apropiados.

El aneurisma apical es una complicación menos frecuente pero de alto significado clínico. Puede desarrollarse sobre todo en las formas con obstrucción medioventricular, donde la presión apical elevada y la isquemia local favorecen adelgazamiento y cicatriz. El aneurisma apical puede albergar trombos, causar embolias sistémicas y representar un sustrato para taquicardias ventriculares. La resonancia magnética cardíaca suele ser superior a la ecocardiografía para reconocerlo, sobre todo cuando el ápex se visualiza mal. Su presencia modifica la estratificación del riesgo y puede influir en decisiones sobre anticoagulación e ICD.

Las complicaciones tromboembólicas derivan sobre todo de la fibrilación auricular, pero también pueden aparecer en presencia de aneurisma apical o disfunción sistólica grave. El ictus es la manifestación más temida y puede ser invalidante. La prevención requiere reconocimiento oportuno de las arritmias auriculares, anticoagulación apropiada, evaluación del ápex cuando esté indicada y control de los factores que favorecen estasis y dilatación auricular. En pacientes con episodios embólicos sin fibrilación auricular documentada, la búsqueda de arritmias silentes debe intensificarse.

La progresión hacia una fase con disfunción sistólica es una complicación relativamente rara pero grave. Cuando la LVEF desciende por debajo del 50%, el paciente no debe considerarse solo “levemente reducido” como en otras cardiopatías, porque en la HCM una LVEF inferior a lo normal señala pérdida significativa de reserva contráctil. El paso puede acompañarse de reducción aparente del grosor, dilatación, fibrosis extensa, insuficiencia mitral funcional, arritmias e insuficiencia cardíaca avanzada. En esta fase, el seguimiento debe incluir terapia de la insuficiencia cardíaca, evaluación de ICD, eventual resincronización si está indicada, trasplante en los casos refractarios y revisión de la historia familiar.

Las complicaciones psicológicas y familiares son relevantes. El diagnóstico de HCM puede generar ansiedad por muerte súbita, incertidumbre sobre la actividad física, preocupaciones reproductivas y dificultades aseguradoras o laborales. En los familiares, el hallazgo de una variante patogénica puede crear tensión entre prevención y percepción de enfermedad en ausencia de síntomas. El asesoramiento genético sirve también para evitar interpretaciones incorrectas: ser portador no significa necesariamente estar enfermo en ese momento, mientras que una prueba genética negativa en ausencia de la variante familiar conocida puede reducir la necesidad de vigilancia cardiológica específica.

Las complicaciones relacionadas con los tratamientos deben considerarse sin reducir la indicación cuando el beneficio es claro. Los betabloqueantes pueden causar bradicardia, fatiga o hipotensión; verapamilo y diltiazem pueden empeorar la congestión en pacientes seleccionados; disopiramida puede producir efectos anticolinérgicos y prolongación del QT; los inhibidores de la miosina pueden reducir excesivamente la LVEF y requieren monitorización estructurada. La miectomía puede comportar bloqueos de conducción, defectos interventriculares, insuficiencia aórtica o complicaciones quirúrgicas; la ablación alcohólica septal puede causar bloqueo auriculoventricular y necesidad de marcapasos. El ICD protege frente a la muerte súbita pero puede causar infecciones, descargas inapropiadas, rotura de electrodos e impacto psicológico. El manejo moderno de la HCM consiste también en minimizar estos riesgos mediante indicación correcta y centros expertos.

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