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Síndrome cardiorrenal

El síndrome cardiorrenal comprende las situaciones en las que una disfunción aguda o crónica del corazón o del riñón induce o agrava la disfunción del otro órgano. No es un diagnóstico etiológico único: incluye fenotipos hemodinámicos, neurohormonales, inflamatorios, metabólicos e iatrogénicos que requieren evaluaciones diferentes; la clasificación tradicional distingue cinco tipos según el órgano inicial y la temporalidad. Es útil para describir el contexto, pero un paciente puede pasar de una categoría a otra o tener una enfermedad sistémica común; por tanto, el tratamiento debe basarse en el mecanismo dominante, no solo en el número del tipo. En la insuficiencia cardíaca, la congestión venosa, la presión intraabdominal, la presión de perfusión reducida y la activación neurohormonal suelen ser más importantes que el gasto por sí solo; un aumento modesto y transitorio de la creatinina durante una descongestión eficaz no equivale necesariamente a daño tubular.

El riñón regula el volumen, los electrolitos, la presión y el equilibrio acidobásico y modifica la tolerancia a los fármacos cardíacos. El corazón garantiza la presión y el flujo, mientras que la aurícula derecha, las venas renales y el intersticio determinan la presión de salida: la función glomerular surge del gradiente entre estos compartimentos. La albuminuria, el sedimento, la velocidad del deterioro y las pruebas de imagen distinguen la CKD intrínseca de una alteración funcional. Atribuir cualquier empeoramiento a la insuficiencia cardíaca puede retrasar el diagnóstico de glomerulonefritis, obstrucción, toxicidad o enfermedad renovascular; el manejo integra cardiología y nefrología, con objetivos de euvolemia, protección orgánica y pronóstico. El peso relativo de la creatinina, la presión y la congestión cambia entre el episodio agudo, el tratamiento crónico y la insuficiencia cardíaca avanzada.

Etiología, patogenia y fisiopatología

En el tipo 1, un episodio cardíaco agudo causa AKI: la insuficiencia cardíaca, el infarto, el shock, la arritmia, la cirugía o la embolia pueden reducir la perfusión o aumentar la presión venosa. El daño varía desde un cambio hemodinámico reversible hasta necrosis tubular, émbolos de colesterol o nefropatía por pigmentos. En el tipo 2, la insuficiencia cardíaca crónica produce un deterioro renal progresivo mediante congestión, RAAS, sistema simpático, inflamación y episodios agudos repetidos; la reserva renal disminuye y variaciones modestas de la presión o del volumen provocan grandes oscilaciones de la filtración. La insuficiencia derecha, la regurgitación tricuspídea y la hipertensión pulmonar exponen al riñón a una presión retrógrada persistente; la presión venosa central elevada se correlaciona con el empeoramiento más que el gasto en muchos fenotipos congestivos.

En el tipo 3, la AKI induce disfunción cardíaca mediante sobrecarga, hiperpotasemia, acidosis, uremia e inflamación. Pueden aparecer arritmias, edema pulmonar y depresión miocárdica incluso sin cardiopatía previa. En el tipo 4, la CKD favorece hipertrofia, fibrosis, enfermedad coronaria, calcificación vascular y valvular, anemia y disfunción endotelial; la miocardiopatía urémica integra poscarga, toxinas, trastornos minerales y alteraciones energéticas. La diálisis intermitente produce variaciones del volumen, la presión y los electrolitos que pueden causar aturdimiento, hipotensión y arritmias. Los accesos arteriovenosos de alto flujo pueden determinar insuficiencia cardíaca de alto gasto.

En el tipo 5, una enfermedad sistémica afecta simultáneamente al corazón y al riñón. La sepsis, la amiloidosis, la diabetes, el lupus, las vasculitis, la cirrosis y los tóxicos son ejemplos en los que la dirección causal no es unívoca; la clasificación no representa bien factores compartidos como la edad, la obesidad y la hipertensión ni la continuidad entre lo agudo y lo crónico. La fenotipificación etiológica debe especificar la causa, la congestión, la perfusión y la presencia de lesión parenquimatosa. La diabetes y la aterosclerosis producen albuminuria y enfermedad vascular en ambos órganos. La prevención y el tratamiento de los factores comunes forman parte del tratamiento cardiorrenal.

La activación del RAAS, del sistema simpático y de la vasopresina retiene sodio y agua y mantiene la filtración mediante constricción eferente. Con el tiempo aumenta la poscarga, la fibrosis, el estrés oxidativo y la resistencia a los diuréticos; antagonizar estos sistemas puede causar una caída hemodinámica inicial del eGFR, pero mejorar los resultados. La presión de perfusión renal depende de la presión arterial menos la venosa y la intersticial. La congestión abdominal y renal reduce el gradiente incluso con una presión media aparentemente suficiente; la autorregulación se ve comprometida por la CKD, la sepsis y los fármacos. Los AINE, el contraste, los inhibidores de la calcineurina y las combinaciones nefrotóxicas pueden transformar una adaptación en daño.

La resistencia a los diuréticos deriva de absorción intestinal reducida, secreción tubular insuficiente, hipertrofia distal, perfusión baja e ingesta de sodio; el aumento posdiurético de la reabsorción y el fenómeno de frenado reducen la natriuresis con la misma dosis. La inflamación y el daño endotelial aumentan la permeabilidad y la fibrosis. Los biomarcadores tubulares pueden mantenerse bajos durante un incremento de la creatinina por descongestión, lo que respalda la distinción entre variación funcional y lesión estructural; la hiponatremia refleja agua libre y activación neurohormonal grave; la hiperpotasemia deriva de CKD, acidosis y fármacos. Ambas indican riesgo y limitan los tratamientos si no se manejan activamente.

Manifestaciones clínicas

La disnea, la ortopnea, el edema, el aumento ponderal, la presión yugular elevada, la ascitis y la tolerancia reducida indican congestión; la distribución puede ser pulmonar, sistémica o predominantemente intravascular; la obesidad y la albúmina baja hacen que la exploración sea menos sensible. La oliguria, el cansancio, las náuseas, el prurito, los calambres y la alteración del estado mental aparecen con reducción de la función renal o uremia; la diuresis conservada no excluye la AKI y una creatinina estable no excluye una congestión importante. La hipotensión, las extremidades frías y la presión diferencial estrecha sugieren bajo gasto, mientras que la hipertensión y el edema pulmonar indican desajuste de la poscarga. Muchos pacientes están congestionados con una perfusión relativamente conservada.

En el tipo 1, el aumento de la creatinina puede aparecer después de diuresis, contraste, infección o hipotensión; el momento de aparición respecto al peso, la natriuresis, la presión y los fármacos ayuda a distinguir la hemoconcentración del daño persistente. La congestión residual en el momento del alta se asocia a descompensaciones y mortalidad; un aumento de la creatinina modesto durante una pérdida eficaz de volumen puede ser aceptable si la perfusión, los electrolitos y los síntomas se mantienen estables. En cambio, un aumento progresivo con oliguria, sedimento activo, hiperpotasemia o acidosis requiere una reevaluación urgente. Suspender automáticamente la descongestión puede empeorar la presión venosa y la función renal.

En el tipo 2 predominan el eGFR reducido, la albuminuria, la anemia y las recurrencias de sobrecarga; el paciente puede tolerar durante mucho tiempo valores alterados, pero pierde capacidad para adaptarse a infecciones, AINE, variaciones dietéticas e interrupción de los fármacos. La fragilidad cardiorrenal se manifiesta con ingresos frecuentes, hipotensión, hiperpotasemia y una aparente imposibilidad de mantener la inhibición del RAAS o dosis diuréticas eficaces. Los calambres, el mareo y la sed pueden indicar una eliminación excesiva de líquido, pero no demuestran euvolemia. La hipotensión ortostática y la congestión pueden coexistir por una distribución anómala del volumen.

La AKI grave puede causar edema pulmonar, pericarditis urémica, arritmias, debilidad y confusión. La hiperpotasemia produce ondas T picudas, ensanchamiento del QRS y parada, pero el ECG puede ser poco sensible. La anemia y los trastornos minerales de la CKD agravan la isquemia y el remodelado; la calcificación vascular aumenta la rigidez arterial y la poscarga y contribuye a la prevalencia de HFpEF. Las fístulas de alto flujo causan pulso amplio, taquicardia, dilatación y presiones pulmonares elevadas; la relación con el acceso y el flujo debe medirse antes de una revisión.

Los signos atípicos orientan hacia una nefropatía primaria: hematuria glomerular, cilindros, proteinuria elevada, pérdida rápida del eGFR, riñones grandes o pequeños, exantema y síntomas sistémicos. La obstrucción puede presentarse con anuria, dolor o hidronefrosis, pero ser silente. La fiebre, la eosinofilia y un fármaco nuevo sugieren nefritis intersticial; la trombocitopenia y la hemólisis, una microangiopatía; el diagnóstico concurrente es crucial porque los diuréticos y la optimización cardíaca no tratan estas causas. La revisión farmacológica comprende AINE, medios de contraste, antibióticos, suplementos, litio y fármacos oncológicos. También debe preguntarse explícitamente por los productos sin receta.

Pruebas complementarias y diagnóstico

La creatinina y el eGFR se interpretan respecto al valor basal, la masa muscular y la trayectoria. La cistatina C depende menos del músculo, pero está influida por la inflamación, la tiroides y los corticosteroides; las ecuaciones combinadas mejoran la estimación en casos seleccionados. La albuminuria en una muestra aislada clasifica el riesgo junto con el eGFR. El análisis de orina y el sedimento distinguen proteinuria, hematuria, cilindros e infección y no deben omitirse atribuyendo la creatinina al corazón. Los electrolitos, el bicarbonato, la urea, el hemograma, el hierro, el calcio, el fósforo, la PTH y la albúmina definen las complicaciones de la CKD. Es necesario valorar las tendencias a intervalos cortos durante la diuresis y las modificaciones de los fármacos.

La evaluación de la congestión integra el peso, las yugulares, el edema, la ortopnea, la radiografía, la ecografía pulmonar y la vena cava; ningún hallazgo aislado es preciso en todos los pacientes; la combinación y la respuesta son más fiables. La ecocardiografía evalúa las cavidades, las válvulas, el ventrículo derecho, las presiones y el pericardio; el Doppler venoso hepático, portal e intrarrenal puede documentar congestión grave, pero el ritmo, la ventilación y la técnica influyen en los patrones. Los péptidos natriuréticos siguen siendo útiles, aunque aumentan con la CKD. Los valores muy bajos hacen menos probable la insuficiencia cardíaca; las variaciones y el contexto importan más que un punto de corte no adaptado.

La ecografía renal evalúa el tamaño, la ecogenicidad, los quistes y la obstrucción. El Doppler arterial se selecciona cuando una estenosis renovascular cambiaría el tratamiento; los hallazgos incidentales no demuestran causalidad; la biopsia está indicada ante la sospecha de glomerulopatía, enfermedad intersticial o infiltrativa cuando el resultado modifica el tratamiento. El riesgo del procedimiento aumenta con la anticoagulación, la congestión y los riñones pequeños y requiere una decisión compartida. La amiloidosis, el lupus, la vasculitis y las gammapatías requieren pruebas dirigidas. Los cribados indiscriminados producen falsos positivos y no sustituyen al fenotipo clínico.

La AKI se clasifica mediante el aumento de la creatinina y la diuresis según los criterios KDIGO, teniendo en cuenta que el balance diluye o concentra la creatinina. La FENa y la FEurea tienen limitaciones con los diuréticos, la CKD, la sepsis y el contraste y no distinguen de forma fiable entre origen prerrenal y tubular en todos los casos. Los biomarcadores tubulares pueden complementar la investigación y los escenarios complejos, pero no sustituyen al sedimento urinario ni a la evaluación clínica; un aumento de la creatinina sin marcadores de lesión durante la descongestión puede reflejar la hemodinámica. La exposición al contraste se pondera respecto al beneficio del procedimiento. La hidratación estándar puede ser peligrosa en el paciente congestionado y debe individualizarse.

El cateterismo derecho se reserva para una hemodinámica incierta, shock, resistencia diurética refractaria o evaluación avanzada. Mide presiones y gasto y puede distinguir la congestión verdadera del llenado bajo cuando la clínica y la ecografía discrepan; el diagnóstico operativo debe incluir el tipo cardiorrenal, la causa desencadenante, el estadio de AKI o CKD, la albuminuria, el volumen, la perfusión y los electrolitos. Esta descripción es más útil que un empeoramiento renal genérico; la respuesta a una estrategia descongestiva es informativa, pero no sustituye a la exclusión de obstrucción y enfermedad intrínseca. La ausencia de respuesta requiere comprobar la dosis, la absorción, el sodio y el diagnóstico.

Tratamiento y pronóstico

En la insuficiencia cardíaca aguda con congestión, los diuréticos del asa intravenosos son la primera línea, a una dosis adecuada a la exposición previa y a la función renal. La diuresis y la natriuresis precoces permiten duplicar la dosis o añadir un bloqueo secuencial si la respuesta es insuficiente. Las tiazidas o la metolazona, la acetazolamida y otros enfoques aumentan la natriuresis con riesgo de hiponatremia e hipopotasemia; la acetazolamida reduce el bicarbonato y puede contrarrestar la alcalosis metabólica; la monitorización estrecha del peso, la orina, el sodio y la creatinina guía la eficacia y la seguridad. DOSE no mostró superioridad de la administración continua respecto a los bolos, mientras que ADVOR mejoró la descongestión con acetazolamida en pacientes seleccionados; la estrategia se adapta, no se copia mecánicamente.

La ultrafiltración elimina sodio y agua, pero no es superior como práctica rutinaria. En CARRESS-HF, una estrategia fija empeoró la creatinina y los eventos respecto a un tratamiento farmacológico escalonado; sigue siendo una opción para la sobrecarga verdaderamente refractaria o las indicaciones de diálisis. El tratamiento sustitutivo está indicado por hiperpotasemia, acidosis, uremia, intoxicaciones o volumen no controlable, no por un umbral aislado de creatinina. La modalidad continua o intermitente depende de la estabilidad hemodinámica y de los recursos; la velocidad de eliminación debe preservar la perfusión y el acceso. Un balance negativo rápido no es un éxito si produce hipotensión e isquemia.

Los inhibidores de la ECA, los ARA-II o los ARNI y los antagonistas de los mineralocorticoides mejoran los resultados en la HFrEF, pero pueden aumentar la creatinina y el potasio. Una reducción limitada del eGFR suele ser hemodinámica; se buscan hipovolemia, AINE, estenosis bilateral de las arterias renales e hiperpotasemia antes de suspender un tratamiento que mejora el pronóstico. Los betabloqueantes se mantienen si la perfusión y la estabilidad lo permiten. Los inhibidores de SGLT2 reducen los ingresos y la progresión renal en la insuficiencia cardíaca y en la CKD, con una pequeña caída inicial del eGFR y beneficios independientes de la diabetes en muchas poblaciones. Durante la cetoacidosis, el ayuno prolongado, la enfermedad grave o la cirugía, los inhibidores de SGLT2 se suspenden temporalmente. La finerenona reduce los eventos cardiorrenales en la CKD diabética albuminúrica, con control del potasio.

La hiperpotasemia se trata según la gravedad mediante estabilización de la membrana, desplazamiento intracelular y eliminación. Los quelantes modernos pueden favorecer la continuación de los inhibidores del RAAS, pero no sustituyen al tratamiento urgente cuando existen alteraciones en el ECG. La presión y la glucemia se controlan según las guías, evitando la hipotensión sintomática; la restricción de sodio se personaliza según la congestión, la nutrición y la adherencia; las restricciones hídricas extremas rara vez son sostenibles. Se evitan los AINE y se actualizan las dosis según la función renal. El contraste, los antibióticos y la metformina se manejan según el riesgo real y la función, evitando tanto la toxicidad como renunciar a procedimientos que salvan la vida.

La anemia se estudia mediante el hierro, las pérdidas y la inflamación. El hierro intravenoso mejora los síntomas y reduce algunos eventos en la insuficiencia cardíaca con déficit, mientras que los estimulantes de la eritropoyesis no son un tratamiento de la insuficiencia cardíaca y en la CKD requieren objetivos prudentes. En la fase avanzada, el cateterismo derecho, los inotrópicos seleccionados, el LVAD o el trasplante requieren estimar la reversibilidad renal. La congestión y el bajo gasto pueden mejorar, mientras que la albuminuria, las imágenes y la duración sugieren una enfermedad parenquimatosa irreversible; el pronóstico empeora con eGFR bajo, albuminuria, AKI recurrente, hiperpotasemia y congestión persistente. Los planes compartidos incluyen diálisis, trasplante de un solo órgano o combinado y cuidados conservadores cuando son apropiados.

Complicaciones

La hiperpotasemia puede causar arritmias letales y limitar tratamientos eficaces. La hipopotasemia y la hipomagnesemia por diuréticos aumentan la ectopia y la toxicidad digitálica; el objetivo es evitar ambos extremos. La hiponatremia por dilución refleja gravedad y puede causar síntomas neurológicos si es profunda o rápida; la corrección demasiado rápida expone a desmielinización osmótica, especialmente en la malnutrición y la hepatopatía. La alcalosis por diuréticos reduce la ventilación y la ionización del calcio; la acidosis de la CKD aumenta el catabolismo y la disnea; la corrección trata la causa y el volumen, no solo el bicarbonato.

La suspensión repetida de los fármacos que mejoran el pronóstico puede acelerar la insuficiencia cardíaca y la mortalidad. Por el contrario, mantenerlos durante el shock, la hiperpotasemia grave o la AKI progresiva puede ser perjudicial: la decisión es dinámica y se documenta; la resistencia a los diuréticos conduce a dosis crecientes, ingresos y congestión crónica. La comprobación de la adherencia, la absorción, el sodio, la perfusión y la nefrona distal precede a la etiqueta de refractariedad. La hipotensión intradiálisis causa aturdimiento cardíaco y pérdida del acceso. El peso seco, la temperatura del líquido de diálisis y la velocidad de ultrafiltración se reevalúan con el equipo.

La CKD aumenta el sangrado y la trombosis, modifica la farmacocinética y hace compleja la anticoagulación. Los medios de contraste, los procedimientos y los dispositivos requieren un equilibrio entre el riesgo renal y el beneficio cardiovascular. La calcifilaxis, la enfermedad mineral y la calcificación valvular agravan el dolor, la infección y la estenosis. El control del fósforo, la PTH y la vitamina D sigue las recomendaciones nefrológicas, no la suplementación empírica. Las infecciones son más frecuentes con catéteres, diálisis e ingresos. La sepsis produce un tipo 5 con rápido deterioro de ambos órganos.

La malnutrición y la sarcopenia reducen la creatinina y pueden hacer que se sobrestime la filtración. Las restricciones múltiples empeoran la ingesta y la fragilidad; el dietista y la rehabilitación equilibran el sodio, el potasio, las proteínas y la energía; la fragilidad modifica la tolerancia a la diálisis, el LVAD y el trasplante. Evaluarla no significa negar tratamientos, sino elegir intensidad, apoyo y objetivos realistas. La depresión, la carga terapéutica y las dificultades económicas reducen la adherencia. La simplificación, la educación y el seguimiento precoz son intervenciones clínicas.

El síndrome puede progresar a dependencia de diálisis, insuficiencia cardíaca avanzada e insuficiencia multiorgánica. La recuperación de la creatinina no garantiza la recuperación de la reserva, por lo que la AKI requiere un control posterior del eGFR y de la albuminuria. Los ingresos recurrentes y la intolerancia terapéutica exigen una planificación anticipada del acceso, el trasplante, el soporte cardíaco o los cuidados conservadores. Las decisiones tomadas durante una emergencia suelen ser menos coherentes con los valores del paciente; el seguimiento del peso, la presión, los síntomas, el potasio y la función reduce los retrasos. El éxito no consiste en normalizar cada cifra, sino en mantener la euvolemia, la perfusión y el tratamiento que prolonga la vida.

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