La angina y el infarto pueden provocar síntomas muy similares y no existe una forma segura de distinguirlos en casa basándose únicamente en el tipo de dolor. Un episodio de angina estable tiende a aparecer en circunstancias bastante previsibles, por ejemplo durante un esfuerzo o un estrés emocional, y a menudo disminuye en pocos minutos al interrumpir la actividad o siguiendo el tratamiento ya prescrito. Un infarto, en cambio, puede causar un dolor nuevo, más intenso o prolongado, aparecer en reposo y asociarse a falta de aire, sudoración, náuseas o debilidad.
Estas diferencias pueden orientar, pero no permiten descartar un infarto. También la angina inestable puede presentarse en reposo o con un dolor nuevo y prolongado, y los síntomas de un infarto pueden ser relativamente leves. Si el cuadro es nuevo, diferente de lo habitual o sospechoso, la prioridad no es determinar por cuenta propia cuál de las dos condiciones está presente, sino solicitar asistencia rápidamente.
En la práctica, merecen especial atención:
La angina estable y el infarto de miocardio pertenecen al espectro de la cardiopatía isquémica, pero describen situaciones diferentes. En la angina, la isquemia es transitoria y no implica necesariamente necrosis del músculo cardíaco; en el infarto, en cambio, se produce un daño miocárdico agudo con necrosis. Esta guía trata de lo que una persona puede observar en los síntomas y, sobre todo, de los límites de esta observación.
En el patrón más clásico, la angina estable provoca una molestia en el centro del tórax durante actividades que aumentan el trabajo del corazón, como caminar deprisa, subir una pendiente o realizar un esfuerzo. También puede aparecer con estrés emocional, frío o después de comidas copiosas. La molestia suele describirse como presión, peso, constricción, ardor u opresión y puede extenderse a los brazos, los hombros, el cuello, la mandíbula o la espalda.
El elemento que sugiere una situación estable no es una única característica del dolor, sino la repetición del patrón: el mismo tipo de molestia tiende a aparecer con un nivel similar de actividad y a resolverse en pocos minutos cuando termina el esfuerzo o después del tratamiento antianginoso prescrito. Sin embargo, ni siquiera este patrón es perfecto. Las guías más recientes subrayan que muchas personas con enfermedad coronaria no presentan todas las características consideradas tradicionalmente «típicas» y que pueden predominar la disnea de esfuerzo u otras molestias menos fáciles de reconocer.
Por este motivo, un dolor no debe considerarse inocuo solo porque no coincida con la descripción clásica de la angina. Además, la intensidad percibida del síntoma no mide directamente la gravedad de la enfermedad coronaria: un dolor muy intenso no significa necesariamente una estenosis más grave y, a la inversa, una enfermedad importante puede producir síntomas modestos.
La señal más importante es un cambio respecto al patrón habitual de la persona. Un dolor que aparece por primera vez, se presenta en reposo, se vuelve más frecuente, dura más tiempo o es provocado por esfuerzos cada vez menores puede indicar un cuadro agudo. En este contexto se incluyen tanto la angina inestable como el infarto de miocardio.
Las guías europeas consideran especialmente alarmante un dolor torácico prolongado, sobre todo si dura más de 15 minutos, o un dolor que reaparece en el transcurso de aproximadamente una hora. Sin embargo, no se trata de un umbral que haya que esperar antes de pedir ayuda: un dolor nuevo y muy sospechoso, asociado por ejemplo a disnea, sudoración, náuseas, debilidad intensa o sensación de desmayo, requiere una valoración urgente aunque haya comenzado hace menos tiempo.
El infarto no tiene por qué causar un dolor insoportable. Puede presentarse con una presión moderada, con una molestia similar a una indigestión o, sobre todo, con falta de aire, náuseas o debilidad. Del mismo modo, que el dolor disminuya espontáneamente no demuestra que el problema esté resuelto: la isquemia puede ser intermitente y los síntomas pueden disminuir y luego reaparecer.
La angina inestable y el infarto forman parte de los síndromes coronarios agudos y pueden ser prácticamente indistinguibles al inicio. La diferencia fundamental es que en el infarto existe un daño agudo de las células miocárdicas, mientras que en la angina inestable la isquemia no provoca una necrosis detectable con los criterios diagnósticos del infarto.
Para establecerlo se necesitan la valoración clínica, un electrocardiograma y la medición de la troponina cardíaca de alta sensibilidad. En algunas situaciones son necesarias determinaciones seriadas de troponina y pruebas adicionales. Por este motivo, un aspecto exterior normal, un dolor poco intenso o una primera prueba no concluyente no deben utilizarse para autodiagnosticarse.
La respuesta a la nitroglicerina tampoco resuelve la duda. La nitroglicerina puede reducir el dolor isquémico, pero la mejoría del síntoma no es una prueba diagnóstica fiable y no permite afirmar que no haya un infarto en curso. Quien disponga de nitroglicerina porque se le haya prescrito por un diagnóstico conocido debe seguir el plan acordado con su médico, sin utilizar el medicamento como prueba para decidir si solicitar o no asistencia.
Quien padece angina estable suele aprender a reconocer su patrón habitual: qué actividad desencadena la molestia, cómo se presenta y con qué rapidez tiende a resolverse. Si aparece un episodio idéntico a los ya valorados por el cardiólogo, conviene interrumpir el esfuerzo y seguir las indicaciones terapéuticas personales recibidas. En cambio, no es prudente modificar por cuenta propia las dosis o los medicamentos basándose únicamente en el síntoma.
La situación cambia cuando la angina deja de comportarse como de costumbre. Un dolor más frecuente, más prolongado, más intenso, provocado por actividades menores o aparecido en reposo debe considerarse un problema nuevo hasta que sea valorado. Lo mismo se aplica si aparecen síntomas adicionales como falta de aire intensa, sudoración fría, náuseas, pérdida de conocimiento o debilidad marcada.
Si el dolor o la molestia torácica es nueva o sospechosa, si dura mucho tiempo o reaparece poco después, hay que llamar al 112 o al 118. Es preferible no conducir personalmente hasta el servicio de urgencias. Cuando la duda está entre angina inestable e infarto, el lugar adecuado para resolverla es un circuito de emergencias con ECG y biomarcadores, no la observación de los síntomas en casa. Para una visión específica de las señales de infarto también puede consultarse la guía sobre los síntomas del infarto.
¿Cómo se puede saber si es angina o infarto?
No es posible distinguirlos con certeza por los síntomas. Un episodio previsible provocado por el esfuerzo que desaparece rápidamente puede ser más compatible con angina estable; un dolor nuevo, en reposo, prolongado o diferente de lo habitual es más preocupante. El diagnóstico requiere valoración médica, ECG y troponina.
¿La angina puede aparecer también en reposo?
Sí. Puede ocurrir en la angina inestable y en otras formas, por ejemplo vasoespásticas. Un dolor nuevo o inesperado en reposo merece una valoración urgente porque puede formar parte de un síndrome coronario agudo.
Si el dolor desaparece con nitroglicerina, ¿significa que no es un infarto?
No. El alivio tras la nitroglicerina no descarta un infarto y no debe utilizarse como prueba diagnóstica.
¿Cuánto puede durar el dolor de la angina?
En la angina estable suele durar pocos minutos y tiende a resolverse al interrumpir el esfuerzo o con el tratamiento prescrito. Sin embargo, la duración no basta para establecer el diagnóstico.
¿Cuándo hay que llamar al 112 o al 118?
Cuando el dolor es nuevo, intenso, aparece en reposo, es prolongado, reaparece poco después o se asocia a falta de aire, sudoración, náuseas, debilidad, desmayo o dolor irradiado. Un dolor que dura más de 15 minutos o reaparece dentro de una hora es especialmente alarmante.
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