Un infarto silencioso es un infarto de miocardio que se produce sin ser reconocido en el momento en que ocurre. La persona puede no notar síntomas, o puede presentar molestias leves o poco características, como cansancio, falta de aire, náuseas, debilidad o una molestia torácica leve, y atribuirlas a otras causas. Por tanto, el episodio se descubre posteriormente, por ejemplo durante un electrocardiograma o una prueba de imagen cardíaca.
«Silencioso» no significa inocuo. Si se ha producido un verdadero infarto de miocardio, una parte del músculo cardíaco ha sufrido necrosis aunque no se haya manifestado el cuadro clásico. Por ello, un diagnóstico de infarto previo no reconocido debe interpretarse en el contexto de la historia clínica y del riesgo cardiovascular global.
Un infarto no reconocido puede detectarse de diferentes maneras:
El infarto silencioso no debe confundirse con la isquemia miocárdica silente. En la isquemia silente, el corazón recibe temporalmente menos sangre y oxígeno sin provocar síntomas percibidos, pero no necesariamente existe necrosis miocárdica. En el infarto, en cambio, se ha producido daño celular. Ambas condiciones pueden estar relacionadas, pero no son sinónimos.
El término se utiliza a menudo como sinónimo de infarto no reconocido. No significa necesariamente que durante el episodio no haya ocurrido nada perceptible. Algunas personas son completamente asintomáticas; otras recuerdan, solo después del diagnóstico, un episodio de malestar, presión torácica leve, disnea, náuseas, sudoración, cansancio inusual o dolor en la espalda, los brazos, el cuello o la mandíbula que no se había interpretado como un posible problema cardíaco.
Por este motivo, la definición es en gran medida retrospectiva: se documenta que en el pasado se produjo un infarto, pero en el momento del episodio no se había establecido el diagnóstico. Las estimaciones de frecuencia varían mucho entre los estudios porque dependen de la edad y del riesgo de la población estudiada y, sobre todo, del método utilizado para buscar el daño, por ejemplo ECG seriados o resonancia magnética cardíaca.
Algunos grupos pueden tener una mayor probabilidad de presentar manifestaciones poco evidentes. La diabetes, especialmente cuando existe neuropatía autonómica, puede reducir la percepción del dolor isquémico; también en las personas mayores los síntomas pueden ser menos específicos. Sin embargo, esto no permite identificar quién tendrá un infarto silencioso: el episodio también puede producirse en personas sin diabetes y no existe un perfil sintomático único.
Cuando un infarto no se reconoce, a menudo el problema no es la ausencia absoluta de cualquier molestia, sino el hecho de que las señales hayan sido leves, breves, inusuales o interpretadas de otra manera. Una molestia en el centro del pecho puede confundirse con reflujo o indigestión; la falta de aire, con cansancio; las náuseas y la sudoración, con un trastorno gastrointestinal; una debilidad repentina, con fatiga.
No es posible, pasado un tiempo, establecer que un episodio antiguo fuera con certeza un infarto basándose únicamente en el recuerdo de los síntomas. Muchas molestias frecuentes pueden tener causas no cardíacas. Sin embargo, si una prueba posterior sugiere un infarto previo, el médico reconstruye la historia clínica buscando posibles episodios compatibles y comparando, cuando están disponibles, ECG antiguos y otras pruebas.
Si hay síntomas compatibles con un infarto ahora, no hay que esperar para ver si se trata de una forma «silenciosa». Un dolor o una presión torácica nuevos, especialmente si son prolongados o se asocian con disnea, sudoración, náuseas, debilidad o dolor irradiado, requieren una valoración urgente. En este caso se aplican las mismas indicaciones descritas en la guía sobre los síntomas del infarto.
El electrocardiograma puede mostrar ondas Q patológicas u otros hallazgos compatibles con un infarto previo, especialmente si el trazado se compara con ECG más antiguos. Sin embargo, un único ECG no es perfecto: algunos infartos no dejan los signos electrocardiográficos clásicos y, por el contrario, alteraciones de la conducción, errores en la colocación de los electrodos u otras condiciones pueden simular cambios sospechosos. Por este motivo, las recomendaciones internacionales indican que una nueva posible evidencia electrocardiográfica de infarto previo debe confirmarse e interpretarse clínicamente.
Las pruebas de imagen pueden aportar información adicional. La ecocardiografía y las técnicas de perfusión pueden mostrar alteraciones regionales compatibles con un daño isquémico. La resonancia magnética cardíaca con realce tardío de gadolinio es especialmente útil para identificar y caracterizar una cicatriz miocárdica, y a menudo permite distinguir su patrón isquémico del de otras patologías.
La troponina, en cambio, tiene una función diferente. Es fundamental en el diagnóstico de un infarto agudo porque indica un daño miocárdico en curso o reciente y se interpreta junto con los síntomas, el ECG y su variación a lo largo del tiempo. Si el infarto silencioso ocurrió mucho tiempo antes, la troponina puede haber vuelto a los valores basales: una troponina normal hoy no descarta por sí sola un infarto antiguo.
No siempre es posible reconstruir la fecha exacta del episodio. En ocasiones, la comparación con un ECG previo o con pruebas de imagen permite delimitar un intervalo temporal; en otros casos solo se puede concluir que existe una secuela de infarto previo.
La primera consecuencia práctica es comprobar que el hallazgo representa realmente un infarto previo y no un falso positivo o una cicatriz de otro origen. El cardiólogo puede integrar ECG, ecocardiograma, resonancia magnética y, cuando esté indicado, pruebas para valorar la presencia y la extensión de la cardiopatía isquémica. También puede ser importante evaluar la función del ventrículo izquierdo y buscar posibles síntomas de angina o de insuficiencia cardíaca que antes hubieran pasado desapercibidos.
Un diagnóstico confirmado modifica el perfil de riesgo cardiovascular. Los estudios observacionales han asociado el infarto no reconocido con una mayor probabilidad de episodios cardiovasculares, insuficiencia cardíaca y mortalidad en comparación con la ausencia de infarto. El riesgo no es idéntico para todos y depende de la extensión de la cicatriz, la función cardíaca, la anatomía coronaria, la edad, la diabetes y otros factores.
El tratamiento no puede decidirse basándose únicamente en la etiqueta de «infarto silencioso». El médico valora la necesidad de tratamientos de prevención secundaria, control de los factores de riesgo, posibles estudios adicionales y, en casos seleccionados, estrategias de revascularización. Es importante no iniciar por cuenta propia aspirina, anticoagulantes u otros medicamentos, porque las indicaciones y los riesgos dependen de cada caso. El manejo de los factores modificables forma parte de la prevención de la cardiopatía isquémica y puede incluir el control de la presión arterial, los lípidos, la diabetes, el tabaquismo, la actividad física y el peso según la indicación clínica.
¿Se puede tener un infarto sin darse cuenta?
Sí. El episodio puede ser completamente asintomático o provocar molestias leves o inespecíficas que se atribuyen a otras causas y solo posteriormente se reconocen como cardíacas.
¿Cómo se detecta un infarto silencioso?
Puede detectarse mediante un ECG compatible con un infarto previo o mediante pruebas de imagen que muestren una cicatriz con distribución isquémica. La resonancia magnética cardíaca puede detectar cicatrices que no siempre son evidentes en el ECG.
¿Un ECG normal descarta un infarto antiguo?
No. El ECG no identifica todos los infartos previos. Si existe una sospecha clínica, puede ser necesario integrar este dato con otras pruebas.
¿El infarto silencioso es más frecuente en la diabetes?
Diversos estudios han observado una mayor frecuencia en las personas con diabetes, pero el fenómeno no es exclusivo de la diabetes y también puede producirse en su ausencia.
¿Un infarto silencioso es menos grave?
No. La ausencia de síntomas reconocidos no hace irrelevante el daño miocárdico. Un diagnóstico confirmado se asocia con un aumento del riesgo cardiovascular y requiere una valoración adecuada.
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