Las enfermedades inflamatorias del corazón constituyen un espectro heterogéneo en el que la inflamación puede afectar predominantemente al miocardio, al pericardio o a ambos. El término miocarditis designa un proceso inflamatorio del músculo cardíaco asociado a daño cardiomiocitario no explicado exclusivamente por isquemia; la distribución puede ser focal o difusa y la expresión clínica varía desde la enfermedad subclínica hasta el shock cardiogénico. El marco contemporáneo de los síndromes inflamatorios miopericárdicos integra la presentación clínica, los biomarcadores, la imagen multimodal, la histología y la investigación etiológica. Evita considerar el miocardio y el pericardio como compartimentos siempre separados y permite describir con precisión fenotipos en los que el dolor pericárdico, el daño miocárdico y la disfunción ventricular tienen un peso diferente.
La incidencia real sigue siendo difícil de determinar porque las formas leves no llegan a la observación clínica, la resonancia magnética no está disponible de manera uniforme y la biopsia endomiocárdica se reserva para los cuadros en los que puede modificar el manejo. Los análisis globales más recientes estiman más de un millón de casos nuevos al año, pero los valores dependen de la definición adoptada y no miden por completo la enfermedad paucisintomática. La distribución está influida por la edad, el sexo, el entorno, la circulación de los agentes infecciosos, la inmunocompetencia, las exposiciones farmacológicas y la predisposición genética. En los registros clínicos de adultos son frecuentes los varones jóvenes con presentación dolorosa, mientras que las formas pediátricas, autoinmunes, eosinofílicas, granulomatosas o asociadas a inmunoterapia tienen epidemiología y pronóstico propios.
La clasificación útil a pie de cama debe responder a preguntas diferentes: qué compartimento está afectado, cuán reciente es el proceso, qué síndrome clínico produce, si existe inestabilidad hemodinámica o eléctrica, qué causa es plausible y si la inflamación sigue activa. Morfología, duración y etiología no son, por tanto, categorías intercambiables, porque una miocarditis puede ser simultáneamente aguda, linfocítica, inmunomediada y fulminante, o bien crónica, eosinofílica y aún hemodinámicamente estable. La misma presentación clínica puede derivar de sustratos histológicos diferentes y, a la inversa, el mismo sustrato puede producir fenotipos clínicos distintos.
Las formas con dolor torácico, troponina elevada y coronarias no obstructivas pueden simular un infarto; las arrítmicas pueden debutar con palpitaciones, síncope, bloqueo auriculoventricular o taquicardia ventricular; las que cursan con insuficiencia de bomba producen disnea, congestión y bajo gasto. La miocarditis fulminante identifica el fenotipo extremo con compromiso hemodinámico que requiere soporte inotrópico o circulatorio, no simplemente una troponina elevada o una fracción de eyección reducida. La resolución clínica no coincide siempre con la normalización biológica completa; el edema y la necrosis pueden disminuir mientras persiste una cicatriz no isquémica, capaz de mantener el riesgo arrítmico incluso con la función ventricular recuperada.
El cuadro en el que predomina la pericarditis con daño miocárdico modesto y función sistólica conservada se define como miopericarditis; cuando la afectación miocárdica es dominante y se asocia a disfunción ventricular se habla de perimiocarditis. Esta distinción orienta el tratamiento antiinflamatorio, la monitorización, el pronóstico y la duración de la restricción del ejercicio; la terminología debe permanecer ligada a datos objetivos y no utilizarse como sinónimo genérico de dolor torácico con troponina positiva.
Las causas demostradas comprenden agentes infecciosos documentados en el contexto apropiado, reacciones inmunomediadas a fármacos, inhibidores de puntos de control inmunitario, enfermedades eosinofílicas y granulomatosas, patologías autoinmunes y tóxicos específicos. La atribución etiológica requiere coherencia entre exposición, cronología, fenotipo y hallazgos tisulares o microbiológicos; una serología positiva aislada no demuestra infección cardíaca. En las formas infecciosas el daño puede derivar de invasión y replicación directa, toxinas, respuesta del huésped o una combinación de estos mecanismos; los virus de ARN y ADN, las bacterias, espiroquetas, protozoos, helmintos y hongos difieren profundamente en tropismo, persistencia y tratamiento.
Los virus pueden entrar en el cardiomiocito o en las células vasculares a través de receptores específicos, activar sensores citosólicos y endosómicos de ácidos nucleicos e inducir interferones, quimiocinas y citocinas. La respuesta innata recluta neutrófilos, monocitos, macrófagos y células natural killer, limita la replicación pero amplifica el edema y el daño de membrana; la posterior inmunidad adaptativa moviliza linfocitos T citotóxicos, T colaboradores y linfocitos B. El mimetismo molecular, la propagación de epítopos y la exposición de antígenos cardíacos previamente secuestrados pueden mantener una respuesta autorreactiva incluso después de la reducción del desencadenante inicial.
La necrosis y la apoptosis de los cardiomiocitos liberan DAMP capaces de activar inflamasomas y vías proinflamatorias. La interleucina-1, la interleucina-6, el TNF, los interferones y los mediadores oxidativos modifican la contractilidad, el metabolismo energético, el acoplamiento excitación-contracción y la función endotelial; el edema intersticial aumenta la rigidez, altera la difusión del oxígeno y puede engrosar transitoriamente las paredes. La desorganización de las gap junction y la heterogeneidad de los potenciales de acción enlentecen la conducción y crean sustratos para reentrada y actividad ventricular ectópica.
En las formas inmunomediadas el sistema inmunitario reconoce antígenos cardíacos propios o antígenos modificados. Se han descrito autoanticuerpos contra receptores betaadrenérgicos, miosina, troponina y otras estructuras, pero su significado diagnóstico individual no es uniforme y no sustituye a la caracterización tisular. Las formas inmunomediadas y tóxicas comprenden cuadros en los que la retirada de la exposición y un tratamiento inmunosupresor oportuno pueden ser decisivos, como en la miocarditis por hipersensibilidad o por inhibidores de puntos de control inmunitario.
La miocarditis eosinofílica combina citotoxicidad de las proteínas granulares, estrés oxidativo, trombosis y necrosis; la miocarditis de células gigantes presenta una agresión mediada por células T especialmente destructiva; la sarcoidosis forma granulomas no caseificantes que interrumpen el tejido de conducción y dejan cicatrices arritmogénicas. Las formas histológicas no constituyen simples variantes microscópicas, porque identifican una historia natural y tratamientos diferentes. La distribución del daño explica parte del fenotipo: la afectación septal y basal favorece los bloqueos de conducción, las lesiones subepicárdicas inferolaterales producen con frecuencia dolor y un patrón típico en RMC, y la afectación difusa determina insuficiencia de bomba.
La predisposición genética modifica el umbral a partir del cual un estímulo inflamatorio se hace clínicamente manifiesto. Las variantes patogénicas en genes de las miocardiopatías, sobre todo desmosómicos y de la desmoplaquina, son más frecuentes en las miocarditis complicadas y pueden presentarse con episodios inflamatorios recurrentes, las denominadas hot phases. En estos pacientes la inflamación puede ser causa, acelerador o expresión del proceso miocardiopático; por tanto, los antecedentes familiares de miocardiopatía o muerte súbita, las recidivas, las arritmias desproporcionadas y el LGE persistente deben hacer considerar una miocardiopatía genética.
Si el proceso se resuelve, los macrófagos reparadores, los fibroblastos y la matriz extracelular sustituyen el tejido necrótico por una cicatriz de extensión variable. Si la activación inmunitaria persiste, continúan la pérdida miocitaria, el depósito de colágeno, la dilatación y el remodelado neurohormonal. La miocardiopatía inflamatoria representa la condición en la que una miocarditis crónica se asocia a disfunción cardíaca y remodelado ventricular, con fenotipo hipocinético dilatado o no dilatado y posible sustrato arritmogénico.
Los factores de riesgo no deben confundirse con causas demostradas. La edad joven, el sexo masculino para algunas formas, la inmunodeficiencia, las enfermedades autoinmunes, el tratamiento oncológico, la exposición a fármacos sensibilizantes, los viajes o la residencia en áreas endémicas y las variantes asociadas a miocardiopatías aumentan la probabilidad, pero ninguno de ellos por sí solo establece el diagnóstico. La fisiopatología final depende del equilibrio entre daño, respuesta inmunitaria, capacidad de reparación y reserva cardíaca preexistente.
La anamnesis debe reconstruir la cronología y la relación entre síntomas sistémicos y cardíacos. Fiebre, odinofagia, tos, diarrea, exantema, artralgias o una infección documentada en las semanas previas respaldan un desencadenante, pero su ausencia no reduce la probabilidad a cero. Deben investigarse nuevos fármacos, aumentos de dosis, vacunas recientes, inmunoterapias, tóxicos, picaduras de garrapata, viajes, inmunodepresión, enfermedades reumatológicas, eosinofilia conocida, embarazo y período posparto.
El dolor puede ser pleurítico y posicional cuando predomina el pericardio, u opresivo e indistinguible de la isquemia cuando el daño miocárdico es dominante. La presentación tipo infarto es típica de pacientes relativamente jóvenes con troponina elevada, alteraciones ST-T y ausencia de una lesión coronaria culpable; la disnea, ortopnea, astenia, edema y menor tolerancia al esfuerzo señalan aumento de las presiones de llenado y reducción del gasto.
Las palpitaciones, el presíncope y el síncope pueden derivar de taquiarritmias ventriculares, fibrilación auricular o bloqueo auriculoventricular; un síncope sin pródromos durante el esfuerzo o en reposo, sobre todo con antecedentes familiares de muerte súbita, es una señal de alto riesgo. El paciente puede referir únicamente una disminución del rendimiento, mientras que las arritmias o las alteraciones de la función se descubren durante evaluaciones realizadas por otros motivos.
En la exploración física se valoran ante todo la estabilidad, el estado mental, la perfusión, la presión arterial, la frecuencia y la saturación, ya que las extremidades frías, el pulso débil, la oliguria, la hipotensión, la presión diferencial reducida y el lactato elevado sugieren bajo gasto y requieren una escalada inmediata. La taquicardia desproporcionada respecto a la fiebre, la bradicardia por bloqueo, el ritmo irregular o los latidos ectópicos orientan hacia la afectación eléctrica, mientras que la taquipnea, los crepitantes y el edema pulmonar señalan el componente respiratorio. La presión venosa yugular elevada, el reflujo hepatoyugular, la hepatomegalia, la ascitis y los edemas periféricos documentan la congestión sistémica y la posible afectación derecha; un tercer ruido, un soplo de insuficiencia mitral funcional y un impulso apical difuso reflejan la disfunción ventricular, mientras que un roce apoya la afectación pericárdica aunque sea transitorio y poco sensible.
La gravedad no es proporcional únicamente a la fracción de eyección, ya que una función aparentemente conservada puede coexistir con edema, LGE extenso y arritmias malignas, mientras que una depresión sistólica grave reversible puede recuperarse tras una forma fulminante adecuadamente soportada. La evaluación debe, por tanto, distinguir estabilidad hemodinámica, estabilidad eléctrica, daño miocárdico y deterioro funcional. En los niños pequeños predominan irritabilidad, escaso crecimiento, dificultad para alimentarse, taquipnea, palidez y signos de shock, y en los adolescentes el cuadro se aproxima con mayor frecuencia al del adulto; en los ancianos y en los inmunodeprimidos, en cambio, la presentación puede ser sutil o estar dominada por la enfermedad sistémica. Exantema, eosinofilia, neuropatía, debilidad muscular, ptosis, artritis o adenopatías pueden, por último, indicar una causa específica y modificar la urgencia de la biopsia.
La evolución temporal separa de forma práctica la miocarditis aguda, caracterizada por síntomas recientes y signos de actividad, de la miocarditis crónica, en la que la inflamación, los síntomas o la disfunción persisten o recidivan. La fecha de inicio clínico no coincide necesariamente con el comienzo biológico de la enfermedad; en cada visita deben buscarse episodios previos no explicados, porque la recidiva modifica el diagnóstico diferencial, la indicación de estudio genético y el pronóstico.
La evaluación inicial comprende ECG de 12 derivaciones, troponina de alta sensibilidad, hemograma con fórmula leucocitaria, PCR, función renal y hepática, electrolitos, péptido natriurético y ecocardiograma. Estas pruebas definen daño, congestión e inestabilidad, pero ningún resultado aislado posee sensibilidad suficiente para excluir la enfermedad. El ECG puede mostrar alteraciones ST-T difusas o territoriales, depresión del PR si coexiste pericarditis, bajos voltajes, prolongación del QRS, extrasístoles, taquicardias o bloqueo auriculoventricular.
La ecocardiografía evalúa la función global y regional de ambos ventrículos, espesores, dimensiones, derrame, válvulas, presiones y trombos. Las alteraciones segmentarias no respetan necesariamente un territorio coronario; el strain longitudinal puede revelar disfunción subclínica con fracción de eyección conservada. Los ecocardiogramas seriados son esenciales en los cuadros inestables, porque la función y los espesores pueden cambiar rápidamente con el edema, la carga y el tratamiento.
El síndrome coronario agudo debe excluirse en función de la edad, el riesgo, las características del dolor, el ECG y el cuadro hemodinámico mediante angiografía por TC o coronariografía invasiva cuando corresponda. La presencia de coronarias normales no demuestra automáticamente miocarditis: Takotsubo, embolia pulmonar, disección coronaria, vasoespasmo y MINOCA isquémico siguen siendo alternativas; el diagnóstico procede por integración probabilística, no por exclusión de una sola enfermedad.
La RMC multiparamétrica integra función, edema, hiperemia, daño y cicatriz y, según los criterios de Lake Louise actualizados en 2018, respalda con mayor especificidad la inflamación aguda cuando coexisten al menos un marcador basado en T2 de edema y un marcador basado en T1 de lesión no isquémica, con derrame, pericarditis y disfunción como elementos de apoyo. El mapeo T2 o una señal T2 elevada satisfacen el dominio del edema, mientras que el T1 nativo, el volumen extracelular o el LGE no isquémico satisfacen el de la lesión; sin embargo, la sensibilidad disminuye en las formas crónicas, focales y predominantemente arrítmicas, en las que la ausencia de criterios completos no excluye el proceso.
No existe un único criterio universal capaz de sustituir el juicio clínico y la confirmación tisular. Las guías ESC 2025 y el consenso ACC proponen un diagnóstico graduado que combina un síndrome compatible y hallazgos de laboratorio, ECG, imagen o biopsia. Ante la sospecha de enfermedad inflamatoria miocárdica es necesario documentar una presentación clínica compatible, buscar evidencias objetivas de daño o inflamación y evaluar sistemáticamente diagnósticos alternativos.
La biopsia endomiocárdica es la referencia para definir histología, inmunohistoquímica y genoma microbiano en el tejido; el muestreo debe incluir múltiples fragmentos, correctamente fijados o congelados, y la interpretación debe confiarse a patólogos expertos. La biopsia es prioritaria en caso de shock, arritmias ventriculares sostenidas, bloqueo avanzado, progresión rápida, falta de respuesta, eosinofilia o sospecha de células gigantes, sarcoidosis, toxicidad por inmunoterapia y otras causas tratables.
Los criterios de Dallas requieren infiltrado inflamatorio con necrosis o degeneración miocitaria no típica del daño isquémico, pero presentan error de muestreo y variabilidad interpretativa. La inmunohistoquímica aumenta la sensibilidad y caracteriza la cantidad y el fenotipo celular; la PCR tisular debe interpretarse con controles de calidad y en el contexto clínico. La mera presencia de un genoma viral no demuestra siempre causalidad, sobre todo para agentes que pueden persistir en células no miocitarias.
La investigación etiológica es selectiva y utiliza hemocultivos, serologías dirigidas, pruebas moleculares, autoanticuerpos, inmunofenotipo, eosinófilos, ECA, PET con 18F-FDG e imagen extracardíaca solo cuando las exposiciones y el fenotipo los hacen pertinentes, ya que los paneles serológicos virales indiscriminados tienen escasa utilidad. El diagnóstico diferencial comprende isquemia, Takotsubo, miocardiopatías genéticas, sarcoidosis, amiloidosis, sepsis, taquimiocardiopatía, toxicidad no inflamatoria y rechazo del trasplante. La estratificación integra bajo gasto, disfunción biventricular, arritmias sostenidas, bloqueo avanzado, síncope, LGE septal o extenso, falta de recuperación e histotipos agresivos, recordando que la ausencia de disfunción no elimina el riesgo si persiste una cicatriz arritmogénica. La telemetría, Holter, prueba de esfuerzo e imagen repetida se programan, por tanto, en función del perfil de riesgo.
El tratamiento comienza con la estabilización y los pacientes con shock, arritmias mayores o bloqueo avanzado deben ser atendidos en una unidad de cuidados intensivos que disponga de electrofisiología, insuficiencia cardíaca avanzada, cirugía cardíaca y patología cardiovascular; el traslado precoz evita que el daño multiorgánico haga ineficaz un soporte tardío. La oxigenación, la ventilación, la corrección de electrolitos, el control de la congestión y el apoyo de la perfusión se modulan según el fenotipo hemodinámico, en lugar de aplicarse como una secuencia idéntica a cada presentación.
Cuando existe disfunción ventricular estable se utiliza el tratamiento de la insuficiencia cardíaca basado en las guías, adaptado a la presión, la función renal y la fase clínica. Los diuréticos tratan la congestión; la inhibición del sistema renina-angiotensina, el betabloqueo, los antagonistas de mineralocorticoides y los inhibidores de SGLT2 se introducen cuando se toleran. El betabloqueante no se inicia ni se aumenta durante el shock o la hipoperfusión grave, pero adquiere valor tras la estabilización para el remodelado y el control arrítmico.
En el shock cardiogénico los inotrópicos pueden sostener temporalmente el gasto, pero aumentan el consumo de oxígeno y el riesgo arrítmico. El deterioro pese al tratamiento inicial requiere una evaluación precoz para VA-ECMO, bomba microaxial o soporte ventricular, elegidos en función de la afectación derecha, izquierda, la oxigenación y la necesidad de descompresión. El objetivo del soporte circulatorio mecánico es crear un puente a la recuperación, a la decisión, a un dispositivo duradero o al trasplante.
Las arritmias ventriculares y los trastornos de conducción se tratan según la inestabilidad y el mecanismo, recordando que el sustrato puede ser transitorio. Cardioversión, antiarrítmicos, estimulación temporal y desfibrilador portátil pueden ser necesarios; el implante permanente se reevalúa después de la fase inflamatoria salvo indicaciones inaplazables. La persistencia de LGE y arritmias tras la recuperación requiere una estratificación distinta de la basada únicamente en la fracción de eyección.
El tratamiento etiológico es apropiado únicamente cuando la diana está documentada o es altamente probable y el tratamiento tiene una eficacia reconocida. Los antibióticos, antiparasitarios o antifúngicos son esenciales en las infecciones correspondientes; el tratamiento antiviral empírico no es estándar en la miocarditis viral común no caracterizada. La suspensión del fármaco causal es inmediata en las reacciones de hipersensibilidad y en las toxicidades iatrogénicas.
La inmunosupresión es urgente en la miocarditis de células gigantes, la eosinofílica grave, la sarcoidosis cardíaca activa y la miocarditis por inhibidores de puntos de control inmunitario, con regímenes específicos. En la miocardiopatía inflamatoria linfocítica crónica la evidencia más sólida se refiere a pacientes con biopsia positiva y ausencia de genomas virales en el miocardio; los corticosteroides empíricos no son un tratamiento universal y pueden ser perjudiciales si enmascaran o agravan una infección no reconocida.
Los AINE pueden emplearse para controlar el dolor en las formas no complicadas de miocarditis en ausencia de insuficiencia cardíaca sintomática; la colchicina se reserva para los cuadros con componente pericárdico, mientras que las dosis altas de AINE no se emplean como tratamiento rutinario de la miocarditis aislada. La inmunoglobulina intravenosa no se recomienda sistemáticamente en el adulto en ausencia de una indicación específica; la anticoagulación depende de un trombo intracardíaco, fibrilación auricular u otra indicación, no del diagnóstico de miocarditis en sí.
Durante la fase activa se suspenden el deporte y la actividad intensa y, en las formas sintomáticas, el consenso ACC indica generalmente entre tres y seis meses de abstención del esfuerzo vigoroso; la reanudación requiere remisión clínica, función recuperada, biomarcadores estabilizados y ausencia de arritmias relevantes en la monitorización y la prueba de esfuerzo. Las recomendaciones ESC más recientes favorecen, sin embargo, una evaluación personalizada, en la que el tiempo transcurrido constituye solo uno de los elementos y no un umbral idéntico para todos.
El seguimiento precoz controla síntomas, ECG, troponina, péptidos natriuréticos y ecocardiograma. En los cuadros sintomáticos es razonable reevaluar la clínica y la función al cabo de pocas semanas y repetir las pruebas de imagen más adelante, eligiendo la RMC en los pacientes con mayor riesgo o hallazgos persistentes. Las recidivas, los antecedentes familiares o el fenotipo arrítmico justifican asesoramiento genético y una monitorización prolongada; el pronóstico es excelente en muchas formas agudas no complicadas, pero no puede generalizarse. La fracción de eyección reducida, el bajo gasto, las arritmias ventriculares, la disfunción derecha, el LGE septal o persistente y los histotipos agresivos aumentan el riesgo de muerte, trasplante, insuficiencia cardíaca y recidiva. La recuperación de la función no elimina automáticamente la cicatriz ni el riesgo eléctrico.
La complicación hemodinámica más inmediata es la insuficiencia cardíaca aguda, en la que la pérdida de contractilidad y el aumento de la rigidez elevan las presiones de llenado y producen edema pulmonar y congestión sistémica, mientras que la afectación derecha empeora la perfusión hepática y renal. Cuando el gasto deja de ser suficiente para sostener los órganos aparece el shock cardiogénico, a menudo agravado por la combinación de vasoplejía inflamatoria y arritmias.
Las arritmias comprenden extrasístoles, taquicardia ventricular monomorfa o polimorfa, fibrilación ventricular, fibrilación auricular y taquicardias supraventriculares. El edema y las citocinas modifican de forma aguda la conducción y la refractariedad; la necrosis y la fibrosis crean posteriormente circuitos estables de reentrada. La muerte súbita cardíaca puede producirse, por tanto, en la fase activa o a distancia; el sistema de conducción puede verse afectado directamente por el infiltrado o por lesiones septales. El bloqueo auriculoventricular de alto grado es especialmente sugestivo de sarcoidosis, células gigantes, Lyme o algunas formas relacionadas con inmunoterapia, aunque no es específico. La recuperación de la conducción puede hacer temporal la estimulación, pero una cicatriz persistente puede obligar a implantar un dispositivo definitivo.
La necrosis miocárdica extensa puede evolucionar hacia dilatación, insuficiencia mitral funcional y miocardiopatía inflamatoria, porque la activación simpática y del sistema renina-angiotensina, el estrés parietal y la fibrosis alimentan un circuito de remodelado que continúa incluso después de disminuir la inflamación y puede culminar en insuficiencia cardíaca refractaria, soporte duradero o trasplante. La acinesia y el bajo gasto favorecen además los trombos ventriculares, de los que pueden derivar ictus o isquemia periférica; la fibrilación auricular y los catéteres intracardíacos añaden otros mecanismos trombóticos. La búsqueda de trombos cobra especial importancia cuando la función está gravemente reducida o el ápex es acinético.
El componente pericárdico puede producir un derrame que rara vez evoluciona a taponamiento: una colección modesta no mide la gravedad miocárdica, mientras que un aumento rápido acompañado de compromiso de las cavidades derechas requiere drenaje urgente, y la inflamación pericárdica puede recidivar incluso después de la recuperación ventricular. El daño renal y hepático deriva, en cambio, de la interacción entre hipoperfusión, congestión venosa, hemólisis y fármacos y puede limitar las opciones terapéuticas; si el shock continúa, la acidosis láctica, la coagulopatía, la isquemia intestinal y la insuficiencia multiorgánica definen un punto de no retorno que la escalada precoz del soporte intenta prevenir.
Las recidivas pueden reflejar una nueva exposición, autoinmunidad persistente, infección no erradicada o miocardiopatía genética con fases inflamatorias, y cada episodio puede añadir fibrosis y aumentar el riesgo arrítmico acumulativo; la recidiva requiere, por tanto, una nueva evaluación etiológica, no la simple repetición del tratamiento previo. También el diagnóstico erróneo representa una complicación clínica indirecta pero relevante, porque tratar como miocarditis un síndrome coronario, una disección, una miocardiopatía genética o una infección sistémica retrasa el tratamiento específico, mientras que ignorar una forma agresiva puede hacer perder la ventana para la biopsia y la inmunosupresión. La calidad del proceso asistencial depende de la reevaluación continua de las alternativas diagnósticas.
El pronóstico final surge de la interacción entre causa, gravedad inicial, oportunidad del soporte, cantidad de miocardio perdido y persistencia de la cicatriz. El objetivo no es solo lograr la supervivencia y la normalización de la fracción de eyección, sino prevenir insuficiencia cardíaca, arritmias, recidivas y limitación funcional a largo plazo. Un seguimiento proporcionado al riesgo es, por tanto, parte integrante del tratamiento, no una fase accesoria.
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