El síntoma más característico de la pericarditis es un dolor en el pecho que a menudo aumenta al respirar profundamente o al acostarse y puede disminuir al sentarse o inclinarse hacia delante. También pueden aparecer fiebre, cansancio, palpitaciones y falta de aire. El problema es que un dolor torácico no puede atribuirse con seguridad a una pericarditis únicamente por cómo se percibe.
Si el dolor es nuevo, intenso o diferente de lo habitual, o aparece junto con disnea importante, desmayo, debilidad marcada, sudoración, presión arterial muy baja o empeoramiento rápido, es necesaria una evaluación urgente. Ante un cuadro compatible con una emergencia cardíaca hay que llamar al 112 o al 118.
Los síntomas y signos que merecen especial atención incluyen:
La pericarditis es una inflamación del pericardio, el saco que rodea el corazón. Esta guía no sustituye la exposición especializada de la enfermedad: sirve para comprender cómo puede presentarse, qué síntomas son más compatibles con una pericarditis y, sobre todo, qué situaciones no deben infravalorarse.
El dolor torácico es la manifestación más frecuente de la pericarditis aguda. En su forma clásica es un dolor bien definido, punzante o urente, a menudo localizado detrás del esternón o en la parte izquierda del tórax. Puede aumentar al inspirar profundamente, toser, tragar o adoptar la posición supina. Muchas personas refieren, en cambio, mejoría al sentarse, sobre todo al inclinarse ligeramente hacia delante.
Estas características son útiles para orientar la sospecha, pero no constituyen una prueba. El dolor puede ser menos típico, más sordo o parecido a una sensación de peso, y algunas personas no logran describir con claridad su relación con la posición o la respiración. Por ello, el síntoma siempre debe interpretarse junto con la exploración física, el electrocardiograma, los análisis de sangre y, cuando esté indicado, el ecocardiograma u otras pruebas de imagen.
La fiebre puede acompañar al episodio agudo, sobre todo en las formas infecciosas o en presencia de una respuesta inflamatoria importante, pero no aparece en todos los casos. También pueden presentarse cansancio, malestar general, disminución del apetito y sensación de latidos acelerados o irregulares.
La falta de aire merece especial atención. Puede deberse simplemente a que respirar profundamente aumenta el dolor, pero también puede estar asociada a un derrame pericárdico, a afectación del músculo cardíaco o, con menor frecuencia, a compromiso hemodinámico. Una disnea marcada, sobre todo si aparece en reposo o empeora rápidamente, no debe observarse pasivamente en casa.
El dolor pericárdico típico se define como pleurítico y posicional. «Pleurítico» significa que puede acentuarse con respiraciones profundas, mientras que «posicional» indica que su intensidad puede cambiar según la posición del cuerpo. La explicación está relacionada con el movimiento y el roce de las superficies inflamadas y con las relaciones anatómicas del pericardio con las estructuras circundantes.
La mejoría al inclinarse hacia delante es conocida, pero no aparece en todos los pacientes. Del mismo modo, un dolor que empeora al acostarse es sugestivo, pero no basta para establecer el diagnóstico. La pericarditis aguda también puede producir alteraciones en el electrocardiograma que, en algunos casos, forman parte del diagnóstico diferencial con un síndrome coronario agudo.
El dolor de la pericarditis puede irradiarse al hombro y a la región del trapecio, pero este dato tampoco es exclusivo. Un infarto de miocardio, una embolia pulmonar, una disección aórtica y otras enfermedades pueden presentarse con dolor torácico y tener consecuencias muy diferentes. Por ello, no es seguro utilizar en casa un único detalle del dolor para decidir que se trata «solo» de pericarditis. La distinción práctica entre ambas situaciones se explica con más detalle en la guía dolor por pericarditis o infarto.
Las guías distinguen las formas sin características de alto riesgo de aquellas que presentan elementos asociados a una mayor probabilidad de complicaciones o de una causa específica. Entre las principales señales de alarma se encuentran fiebre superior a 38 °C, inicio subagudo con síntomas que se desarrollan a lo largo de varios días, derrame pericárdico importante, taponamiento cardíaco y falta de respuesta a la aspirina o a los AINE después de al menos una semana de tratamiento adecuado.
También se consideran relevantes condiciones como la afectación simultánea del miocardio, la inmunodepresión, un traumatismo y el tratamiento anticoagulante oral. La presencia de estos factores no significa automáticamente que la pericarditis vaya a evolucionar de forma grave, pero modifica el nivel de atención, las pruebas necesarias y, en muchos casos, la conveniencia de una atención hospitalaria.
La señal más urgente es la aparición de un taponamiento cardíaco, es decir, una situación en la que el líquido del saco pericárdico ejerce una presión suficiente para dificultar el llenado normal del corazón. Puede manifestarse con disnea importante, taquicardia, hipotensión, debilidad marcada, sensación de desmayo o pérdida de conciencia. No es necesario que esté presente la tríada clásica de signos descritos en los manuales: sobre todo en las formas que evolucionan más lentamente, el cuadro puede ser menos evidente.
Un dolor asociado a troponina elevada también puede indicar que, además del pericardio, está afectado el miocardio. En este caso la evaluación cambia porque el problema ya no es una pericarditis aislada.
Si el dolor torácico ha aparecido por primera vez, no es aconsejable autodiagnosticarse una pericarditis basándose en información leída en internet o en un episodio previo. La evaluación inicial sirve, ante todo, para descartar enfermedades dependientes del tiempo y potencialmente peligrosas. Por lo general se consideran la historia clínica, la exploración, el ECG, los marcadores de inflamación y la troponina; el ecocardiograma permite comprobar la presencia de derrame y sus posibles consecuencias hemodinámicas.
Si los síntomas son leves y ya se ha establecido un diagnóstico de pericarditis, la conducta posterior debe seguir el plan indicado por el médico. La reaparición del dolor durante la reducción del tratamiento, la fiebre alta, el aumento de la disnea o un empeoramiento general merecen una reevaluación y no deben manejarse aumentando los fármacos por cuenta propia.
Durante la fase activa también se recomienda una reducción de la actividad física hasta alcanzar la remisión clínica, con una forma de reanudación que depende del cuadro individual y de la posible afectación del miocardio. No es útil «poner a prueba» el corazón con esfuerzo para comprobar si vuelve el dolor.
En caso de dolor torácico importante, síntomas compatibles con infarto, desmayo, dificultad respiratoria grave o deterioro rápido del estado general, la prioridad es contactar inmediatamente con el sistema de emergencias y no conducir personalmente hasta urgencias.
¿Cuál es el síntoma más típico de la pericarditis?
El síntoma más característico es un dolor torácico, a menudo punzante, que tiende a empeorar al inspirar profundamente o al acostarse y puede mejorar al sentarse o inclinarse hacia delante. Sin embargo, no todos los pacientes presentan el cuadro clásico.
¿La pericarditis puede causar falta de aire?
Sí. La disnea puede estar relacionada con el dolor, con un derrame pericárdico o con la afectación del miocardio. Si es importante o empeora rápidamente, es necesaria una evaluación urgente.
¿La pericarditis siempre causa fiebre?
No. La fiebre puede estar presente, pero no es obligatoria. Una temperatura superior a 38 °C es una característica de mayor riesgo y requiere una evaluación más exhaustiva.
¿Cuándo el dolor de la pericarditis requiere acudir a urgencias?
Un dolor torácico nuevo o intenso, sobre todo si se asocia a falta de aire, desmayo, debilidad marcada, sudoración, hipotensión o empeoramiento rápido, debe evaluarse urgentemente.
¿Se puede distinguir la pericarditis de un infarto solo por los síntomas?
No. Algunas características pueden orientar, pero existen solapamientos y el diagnóstico requiere una evaluación clínica con las pruebas adecuadas.
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