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Osteítis fibrosa quística

La osteítis fibrosa quística es la manifestación esquelética clásica del hiperparatiroidismo grave y prolongado. En la actualidad es menos frecuente en los contextos en los que el hiperparatiroidismo primario se detecta precozmente, pero sigue siendo clínicamente relevante en las formas no diagnosticadas, en las zonas con menor acceso a la atención sanitaria y, sobre todo, en el hiperparatiroidismo secundario y terciario asociados a la enfermedad renal crónica. Desde el punto de vista biológico, representa un estado de recambio óseo elevado sostenido por el exceso de PTH, con resorción cortical marcada, fibrosis medular y formación de cavidades y lesiones quísticas hemorrágicas que pueden adquirir el aspecto de los denominados tumores pardos.

Desde el punto de vista clínico, la osteítis fibrosa quística es importante porque puede manifestarse inicialmente con dolor óseo, fracturas por fragilidad, deformidades esqueléticas o lesiones focales que simulan enfermedades neoplásicas, lo que exige una evaluación diagnóstica rigurosa. La gravedad no depende únicamente de la magnitud de las alteraciones radiológicas, sino también del contexto endocrino y metabólico global, en particular del equilibrio de calcio, fosfato y vitamina D, de la función renal y de la duración de la exposición al estímulo paratiroideo.

Epidemiología y factores de riesgo

La osteítis fibrosa quística se ha convertido en una enfermedad relativamente infrecuente en el hiperparatiroidismo primario de los países con acceso generalizado a pruebas de laboratorio y de imagen, porque muchos diagnósticos se realizan durante una fase asintomática o paucisintomática, antes de que aparezcan las complicaciones esqueléticas históricamente características. En este contexto, la epidemiología clínica se ha desplazado hacia formas más sutiles de hiperparatiroidismo, mientras que la osteítis fibrosa quística sigue siendo un indicador de enfermedad avanzada o de retraso diagnóstico. Cuando aparece en el hiperparatiroidismo primario, es más probable que se asocie a hipercalcemia marcada, PTH muy elevada y un incremento significativo de la fosfatasa alcalina, es decir, a una actividad de remodelado óseo intensa y sostenida.

Paralelamente, la osteítis fibrosa quística mantiene una relevancia clínica considerable en las formas de hiperparatiroidismo secundario y terciario asociadas a la CKD-MBD, en las que la estimulación paratiroidea crónica se desarrolla sobre un fondo de retención de fosfato, disminución de la producción de calcitriol, alteraciones de la señalización del FGF23 y resistencia esquelética y paratiroidea a los mecanismos de retroalimentación. En estos pacientes, su distribución epidemiológica refleja la duración de la enfermedad renal, la adecuación del control de la fosfatemia y la disponibilidad de tratamientos dirigidos, incluidos los análogos de la vitamina D, los quelantes del fosfato y los calcimiméticos.

Entre los principales factores de riesgo se encuentra la duración del hiperparatiroidismo no controlado, que permite la erosión cortical progresiva y la sustitución fibrosa de la médula ósea. La coexistencia de déficit de vitamina D amplifica la secreción de PTH y desestabiliza la homeostasis mineral, aumentando la probabilidad de un estado de alto recambio. Las condiciones que reducen la reserva esquelética, como la edad avanzada, la fragilidad, el bajo peso corporal y las comorbilidades inflamatorias o nutricionales, también pueden aumentar el impacto clínico de las alteraciones inducidas por la PTH, transformando un remodelado acelerado en fracturas y discapacidad.

Un aspecto epidemiológico importante es que la osteítis fibrosa quística puede constituir la primera manifestación reconocida de un trastorno endocrino y metabólico subyacente. Las lesiones osteolíticas focales, el dolor persistente, las deformidades o las fracturas desproporcionadas respecto al traumatismo pueden conducir inicialmente a estudios ortopédicos u oncológicos. En estos casos, el riesgo clínico no se limita a la gravedad de la enfermedad ósea, sino que incluye también el error diagnóstico, porque una lesión de tipo tumor pardo puede confundirse con una neoplasia ósea primaria o con metástasis si el hallazgo esquelético no se interpreta junto con la PTH y la calcemia.

En el paciente con enfermedad renal crónica, la epidemiología está estrechamente relacionada con el itinerario asistencial: acceso regular a la monitorización bioquímica, adherencia al tratamiento, control dietético del fosfato y adecuación de la diálisis. En ausencia de un control eficaz, el hiperparatiroidismo puede volverse refractario, con crecimiento nodular de las glándulas paratiroides y progresión hacia un fenotipo autónomo que favorece la persistencia de un recambio óseo elevado y de complicaciones esqueléticas graves.

Etiología, patogenia y fisiopatología

La osteítis fibrosa quística representa la consecuencia esquelética de un exceso crónico de PTH, independientemente de la causa del hiperparatiroidismo. El contexto etiológico clásico es el hiperparatiroidismo primario, en el que una producción inapropiada de PTH, causada con mayor frecuencia por un adenoma paratiroideo y, con menor frecuencia, por una hiperplasia multiglandular o un carcinoma, provoca un remodelado óseo acelerado y desplaza el equilibrio hacia la resorción. Un segundo contexto principal es el hiperparatiroidismo secundario asociado a la CKD-MBD, en el que la PTH aumenta como respuesta adaptativa a la retención de fosfato, la disminución del calcitriol y la hipocalcemia relativa o fluctuante, con alteración progresiva de los mecanismos de retroalimentación. En fases avanzadas, la progresión hacia un hiperparatiroidismo terciario produce una secreción más autónoma y un mayor riesgo de complicaciones esqueléticas y minerales.

Desde el punto de vista patogénico, la PTH actúa principalmente a través de sus receptores en las células de la estirpe osteoblástica y estromal, modulando la expresión de mediadores que regulan la diferenciación y la activación de los osteoclastos. En condiciones fisiológicas, una señal intermitente puede ejercer efectos anabólicos, pero en el exceso crónico predomina un fenotipo de resorción excesiva, con aumento del recambio y pérdida estructural, especialmente en el hueso cortical. El aumento de la actividad de remodelado no garantiza una mayor resistencia mecánica, porque un recambio excesivamente rápido reduce el tiempo disponible para la maduración y mineralización de la matriz y favorece la acumulación de microdaños.

La fisiopatología de la osteítis fibrosa quística se caracteriza por un conjunto coherente de alteraciones macroestructurales y microestructurales. La resorción subperióstica y endóstica erosiona la cortical, causando adelgazamiento, irregularidad y disminución de la resistencia, mientras que la médula puede desarrollar fibrosis y proliferación de tejido estromal rico en células gigantes. Las áreas de resorción pueden evolucionar hacia cavidades con hemorragia y depósito de hemosiderina, originando lesiones focales macroscópicamente pardas y a menudo radiolúcidas en las pruebas de imagen, descritas clínicamente como tumores pardos. Estas lesiones no son neoplasias, sino la expresión de un microambiente de remodelado extremo y desorganizado.

El equilibrio mineral contribuye a la variabilidad clínica. En el hiperparatiroidismo primario, el aumento de la PTH tiende a incrementar la reabsorción tubular renal de calcio, estimular la producción de calcitriol y aumentar la absorción intestinal, favoreciendo la hipercalcemia y una hipofosfatemia relativa. Este contexto acelera el recambio óseo y añade una carga sistémica que puede manifestarse con nefrolitiasis, deshidratación y alteraciones neurocognitivas, convirtiendo la enfermedad ósea en parte de un trastorno multisistémico. En la CKD-MBD, por el contrario, la hiperfosfatemia y la disminución de la capacidad para activar la vitamina D determinan un equilibrio diferente, en el que la PTH permanece elevada, pero la calcemia puede ser normal o variable, y la vulnerabilidad esquelética deriva de la interacción entre el recambio, la calidad de la mineralización y las comorbilidades urémicas.

Un elemento fundamental es el significado mecánico de la pérdida cortical. El hueso cortical es esencial para la resistencia a la flexión y a la torsión, por lo que la resorción subperióstica difusa y las cavitaciones focales aumentan la probabilidad de fracturas, deformidades y dolor. Esto explica por qué la osteítis fibrosa quística puede tener un impacto funcional desproporcionado respecto a la densidad mineral ósea aislada y por qué la evaluación debe integrar biología, imagen y cuadro clínico, evitando interpretaciones reductivas basadas en un único parámetro.

Manifestaciones clínicas

Las manifestaciones clínicas de la osteítis fibrosa quística derivan de la alteración estructural del hueso y del entorno metabólico que la mantiene. El inicio puede ser insidioso, con dolor óseo intermitente, rigidez y disminución progresiva del rendimiento físico, o más brusco, cuando la primera manifestación es una fractura por fragilidad o una lesión focal que provoca dolor localizado y limitación funcional. La distribución de los síntomas depende del patrón de afectación esquelética y de la presencia de lesiones focales de tipo tumor pardo, que pueden afectar a la mandíbula, las costillas, la pelvis, los huesos largos y la columna vertebral, con presentaciones clínicas variables.

En la anamnesis, el paciente puede referir dolor profundo que empeora con la carga, asociado en ocasiones a debilidad muscular y fatigabilidad. En las formas avanzadas pueden aparecer deformidades, pérdida de estatura por colapsos vertebrales y antecedentes de fracturas múltiples. Cuando la osteítis fibrosa quística es consecuencia de un hiperparatiroidismo primario, suelen coexistir síntomas relacionados con la hipercalcemia, como poliuria, polidipsia, estreñimiento, náuseas, disminución del apetito, trastornos del sueño y alteraciones neurocognitivas, que orientan hacia una causa endocrina subyacente. En el paciente con CKD, los síntomas pueden confundirse con dolor urémico, neuropatía o fragilidad general, por lo que es esencial correlacionarlos con los datos bioquímicos de PTH, fosfato y vitamina D.

La exploración física puede mostrar dolor óseo a la palpación o con la carga, disminución de la fuerza proximal, marcha antiálgica y signos de fracturas previas. En las localizaciones craneofaciales, las lesiones expansivas pueden causar asimetrías, dolor mandibular o alteraciones dentales, mientras que en los huesos largos las lesiones cavitadas pueden predisponer a fracturas patológicas. En los cuadros graves, la afectación funcional puede ser considerable y requerir una evaluación multidisciplinar con ortopedia, nefrología y endocrinología.

Un elemento clínico fundamental es que las lesiones focales de la osteítis fibrosa quística pueden imitar enfermedades oncológicas. El paciente puede ser evaluado por una masa ósea, una radiolucidez osteolítica o un dolor persistente, con sospecha de metástasis. En estos casos, la anamnesis debe incluir elementos sugestivos de un trastorno mineral, como antecedentes de litiasis renal, disfunción renal crónica, tratamiento dialítico, uso de medicamentos que influyen en el calcio y el fosfato y, cuando sea pertinente, antecedentes familiares de enfermedades paratiroideas o endocrinas.

La clínica también está modulada por las complicaciones sistémicas del hiperparatiroidismo. En el hiperparatiroidismo primario, la presencia de nefrolitiasis o nefrocalcinosis puede asociarse a dolor lumbar, cólicos e infecciones urinarias recurrentes, mientras que en la CKD el hiperparatiroidismo grave se integra en un contexto de calcificaciones vasculares y aumento del riesgo cardiovascular. Por tanto, la osteítis fibrosa quística rara vez es un problema exclusivamente óseo, sino un indicador de una desregulación mineral compleja que requiere una interpretación clínica integrada.

Cuándo sospechar la enfermedad

Debe sospecharse una osteítis fibrosa quística cuando un cuadro de dolor óseo, fracturas o lesiones osteolíticas se asocia a datos clínicos o bioquímicos de hiperparatiroidismo. En un paciente sin un traumatismo significativo, una fractura desproporcionada o recurrente, especialmente si se acompaña de aumento de la fosfatasa alcalina y alteraciones de la calcemia o la fosfatemia, requiere una evaluación dirigida. La sospecha aumenta aún más cuando las pruebas de imagen muestran signos típicos de resorción cortical, especialmente resorción subperióstica en las falanges, alteraciones craneales o múltiples lesiones cavitadas.

La enfermedad renal crónica avanzada constituye un contexto especialmente sugestivo. En el paciente con CKD, sobre todo si recibe diálisis o presenta una enfermedad de larga evolución, la aparición de dolor óseo persistente, deformidades o fracturas, junto con una PTH persistentemente elevada e hiperfosfatemia, debe orientar hacia un fenotipo de alto recambio compatible con osteítis fibrosa. En este contexto, la sospecha no solo tiene valor diagnóstico, sino también estratégico, porque la progresión hacia un hiperparatiroidismo refractario puede reducir la eficacia del tratamiento médico y aumentar el riesgo de complicaciones esqueléticas y vasculares.

En el hiperparatiroidismo primario, la sospecha debe ser alta cuando la hipercalcemia es significativa y existen manifestaciones esqueléticas o renales. El dolor óseo, la fragilidad, la disminución de la estatura, los antecedentes de litiasis y los síntomas sistémicos de hipercalcemia forman un conjunto coherente que justifica una evaluación rápida. Incluso una lesión ósea focal aislada, especialmente si se describe radiológicamente como osteolítica, debe llevar a medir la PTH y a reconstruir el equilibrio de calcio y fosfato, porque la identificación de un trastorno paratiroideo puede modificar por completo el diagnóstico y el tratamiento.

Otro contexto relevante es el diagnóstico diferencial con enfermedades oncológicas y displasias óseas. Cuando un informe describe lesiones líticas múltiples, una masa ósea o un tumor de células gigantes, la osteítis fibrosa quística debe considerarse de forma prioritaria si coexisten alteraciones de la homeostasis mineral. En estos casos, la sospecha clínica evita procedimientos invasivos inapropiados y permite remitir rápidamente al paciente para una evaluación endocrina y metabólica, reduciendo retrasos que agravarían el daño esquelético.

La enfermedad también debe sospecharse cuando predomina la discapacidad funcional sobre el dolor, especialmente en pacientes frágiles. Una disminución marcada de la fuerza, la dificultad para caminar y la pérdida progresiva de autonomía, asociadas a un perfil bioquímico compatible con hiperparatiroidismo y alto recambio, pueden constituir la forma de presentación de una enfermedad ósea metabólica avanzada en la que la osteítis fibrosa quística es un diagnóstico clínicamente plausible y con importantes implicaciones terapéuticas.

Pruebas diagnósticas y diagnóstico

El diagnóstico de la osteítis fibrosa quística se basa en la integración de los hallazgos clínicos, el perfil bioquímico de la homeostasis mineral y las pruebas de imagen esqueléticas, con un requisito esencial: demostrar un contexto de hiperparatiroidismo y un fenotipo de recambio óseo elevado compatible con las alteraciones estructurales observadas. El primer objetivo es definir el eje calcio-fosfato-PTH y situar al paciente en un contexto etiológico, diferenciando el hiperparatiroidismo primario del secundario o terciario, porque la estrategia terapéutica y el pronóstico esquelético dependen de la causa y de la reversibilidad del trastorno.

La evaluación bioquímica incluye la calcemia total y, cuando sea necesario, el calcio ionizado, interpretados correctamente en relación con la albúmina y el estado de hidratación. También se determinan la fosfatemia, la PTH, mediante ensayos de segunda o tercera generación según la disponibilidad, la 25(OH)D, la función renal, el magnesio y los marcadores de recambio, como la fosfatasa alcalina total o específica del hueso, que suele estar elevada en los estados de remodelado intenso. En el hiperparatiroidismo primario es frecuente encontrar hipercalcemia con fosfato bajo o bajo-normal, mientras que en la CKD-MBD la fosfatemia tiende a estar elevada y la calcemia es variable. Esta diferencia orienta la interpretación, pero no sustituye una evaluación global.

    Evaluación diagnóstica de la osteítis fibrosa quística

  • Confirmación del contexto endocrino y metabólico: PTH elevada o inapropiadamente alta respecto al calcio y al fosfato, con valoración de la vitamina D y la función renal para definir el contexto etiológico.
  • Definición del fenotipo esquelético: marcadores de recambio, especialmente la fosfatasa alcalina, y pruebas de imagen esqueléticas para documentar resorción cortical, lesiones cavitadas y fracturas.
  • Caracterización de las lesiones y de las localizaciones de riesgo: radiografías dirigidas y técnicas de segundo nivel, como TC o RM, cuando sean necesarias para diferenciar las lesiones metabólicas por fragilidad de otros diagnósticos y planificar el tratamiento ortopédico.
  • Exclusión de las principales alternativas: evaluación clínica y radiológica y, solo en casos seleccionados, estudio histológico para distinguir los tumores pardos de las neoplasias óseas, las metástasis o las displasias.

Las pruebas de imagen de primer nivel suelen consistir en radiografías convencionales de las localizaciones sintomáticas y de regiones esqueléticas centinela. Hallazgos como la resorción subperióstica, las erosiones corticales, el aspecto granular del cráneo, los quistes y las lesiones líticas pueden ser muy sugestivos cuando se interpretan en un contexto de hiperparatiroidismo. La densitometría ósea mediante DXA es útil para cuantificar la pérdida de masa ósea, con especial atención al hueso cortical, pero por sí sola no describe la calidad microestructural ni la presencia de lesiones focales, por lo que debe interpretarse como parte de una evaluación más amplia.

Las técnicas de segundo nivel incluyen la TC y la RM, útiles para definir la extensión y las características de las lesiones focales, valorar el riesgo de fractura, identificar compresión o afectación de estructuras críticas y planificar intervenciones ortopédicas o quirúrgicas. En algunos pacientes, la gammagrafía ósea u otras técnicas funcionales pueden ayudar a cartografiar la afectación esquelética, especialmente cuando los síntomas son difusos o cuando es necesario diferenciar entre fracturas múltiples y lesiones focales activas.

El diagnóstico diferencial es fundamental porque los tumores pardos pueden parecerse radiológicamente a metástasis, mieloma múltiple, displasia fibrosa o tumores de células gigantes. En general, la coherencia entre el perfil bioquímico y los hallazgos esqueléticos orienta con fuerza hacia un diagnóstico metabólico y reduce la necesidad de procedimientos invasivos. Sin embargo, puede estar indicada una evaluación histológica dirigida cuando los hallazgos radiológicos son atípicos, cuando no existe una alteración clara del eje mineral o cuando la lesión presenta un comportamiento agresivo. La histología debe interpretarse siempre a la luz de los datos endocrinos para evitar conclusiones erróneas.

Una vez reconocida la osteítis fibrosa quística, el proceso diagnóstico debe culminar con la identificación de la causa del hiperparatiroidismo y la evaluación de las complicaciones sistémicas. Ante la sospecha de hiperparatiroidismo primario, la evaluación incluye también las complicaciones renales, como la nefrolitiasis y la nefrocalcinosis. En la CKD-MBD, la atención se centra en el control del calcio y del fosfato, la gravedad del hiperparatiroidismo y la presencia de calcificaciones extraesqueléticas, porque estos factores influyen en la elección terapéutica y en el pronóstico global.

Clasificación, formas clínicas y gravedad

La clasificación de la osteítis fibrosa quística es útil cuando relaciona la presentación esquelética con el mecanismo endocrino y el riesgo clínico. La primera distinción es etiológica y separa los cuadros asociados al hiperparatiroidismo primario de los relacionados con el hiperparatiroidismo secundario o el hiperparatiroidismo terciario en el contexto de la CKD-MBD. Esta distinción tiene relevancia clínica porque modifica la interpretación del calcio y el fosfato, la reversibilidad del estímulo paratiroideo y la probabilidad de necesitar una intervención definitiva, como la paratiroidectomía.

Una segunda clasificación es morfológica y clínica y distingue las formas predominantemente difusas, caracterizadas por resorción cortical y fragilidad generalizada, de las formas con múltiples lesiones focales, en las que los tumores pardos se convierten en el principal elemento clínico debido al dolor localizado, las deformidades o el riesgo de fractura patológica. Estos fenotipos coexisten en muchos pacientes, pero identificar el componente predominante es esencial para establecer las prioridades terapéuticas, como la estabilización ortopédica, el control del dolor y la protección de los segmentos esqueléticos de alto riesgo.

La gravedad puede evaluarse en tres dimensiones integradas. La primera es la intensidad del trastorno endocrino, con una PTH muy elevada y marcadores de recambio marcadamente aumentados como signos de remodelado agresivo. La segunda es el impacto estructural, que incluye el número y la localización de las lesiones, la presencia de fracturas, deformidades y afectación vertebral. La tercera es el impacto funcional, valorado mediante el dolor, la limitación para la carga, la pérdida de autonomía y la necesidad de dispositivos de apoyo o de cirugía ortopédica.

En el paciente con CKD, la clasificación funcional del metabolismo óseo incluye también el concepto de alto recambio como fenotipo de osteodistrofia renal, que debe distinguirse de los estados de bajo recambio porque el tratamiento debe evitar intervenciones que empeoren la calidad ósea. En este contexto, la osteítis fibrosa quística representa el trastorno arquetípico de alto recambio y demuestra que el tratamiento no puede basarse en un único parámetro, sino que requiere una interpretación coherente de los análisis de laboratorio, las pruebas de imagen y la historia clínica.

La clasificación también debe reconocer las presentaciones clínicamente urgentes. Las lesiones expansivas en localizaciones críticas, las fracturas inestables, el dolor intenso no controlado y las complicaciones sistémicas del hiperparatiroidismo requieren un abordaje acelerado, en el que la corrección de las alteraciones minerales y, cuando esté indicada, la intervención definitiva sobre las glándulas paratiroides resultan esenciales para prevenir un daño esquelético adicional y mejorar el resultado funcional.

Tratamiento

El tratamiento de la osteítis fibrosa quística debe construirse en torno a un principio central: la recuperación esquelética requiere corregir el estímulo de la PTH y estabilizar la homeostasis mineral. Las medidas ortopédicas y sintomáticas son importantes, pero el remodelado patológico continúa si el hiperparatiroidismo no se controla de forma eficaz. Por tanto, la estrategia terapéutica es inseparable de la etiología y difiere entre el hiperparatiroidismo primario y la CKD-MBD, aunque ambos itinerarios comparten objetivos comunes.

En el hiperparatiroidismo primario asociado a osteítis fibrosa quística, la paratiroidectomía representa el tratamiento definitivo de referencia porque elimina la fuente del exceso de PTH y permite el inicio de la reparación esquelética. El tratamiento preoperatorio incluye la estabilización del equilibrio del calcio, la optimización del estado de la vitamina D cuando sea apropiado y la evaluación del riesgo cardiovascular y renal. En los pacientes con hipercalcemia grave o inestabilidad clínica, la corrección de las alteraciones minerales se convierte en una prioridad para reducir las complicaciones agudas y mejorar la seguridad de la intervención.

Cuando la cirugía no puede realizarse de forma inmediata o no es viable, el tratamiento médico tiene como objetivo reducir la carga biológica del exceso de PTH y de la hipercalcemia mediante un enfoque individualizado. Los calcimiméticos pueden contribuir al control de la calcemia y de la secreción paratiroidea en pacientes seleccionados, mientras que pueden considerarse intervenciones dirigidas al hueso para reducir el riesgo de fractura y mejorar la estabilidad esquelética, evaluando cuidadosamente las indicaciones y contraindicaciones en cada caso. Sin embargo, el tratamiento médico no sustituye la corrección definitiva cuando la osteítis fibrosa quística indica una enfermedad avanzada, porque la recuperación estructural es más fiable cuando se elimina el estímulo de la PTH.

En los pacientes con CKD-MBD, el tratamiento se basa en el control del fosfato, el calcio y la vitamina D activa o sus análogos, junto con los calcimiméticos cuando estén indicados, con el objetivo de reducir el hiperparatiroidismo secundario y prevenir la progresión hacia formas refractarias. La elección de las combinaciones terapéuticas depende del estadio de la CKD, de la diálisis, de la calcemia y la fosfatemia, de la evolución de la PTH y de la tolerabilidad. Cuando el hiperparatiroidismo se vuelve grave y resistente al tratamiento médico, puede ser necesaria una paratiroidectomía también en el ámbito nefrológico, porque la persistencia de una PTH muy elevada mantiene el recambio óseo patológico y aumenta el riesgo de calcificaciones y complicaciones sistémicas.

Un componente fundamental es el tratamiento después de la corrección de la PTH, especialmente tras una paratiroidectomía, porque el hueso privado de minerales puede incorporar rápidamente calcio y fosfato durante la reconstrucción, causando un síndrome del hueso hambriento con hipocalcemia potencialmente grave. El riesgo es mayor cuando la osteítis fibrosa quística está avanzada y la fosfatasa alcalina es elevada. La prevención y el tratamiento se basan en la suplementación con calcio y, cuando sea apropiado, calcitriol, con una monitorización estrecha de los electrolitos, incluidos el magnesio y el fosfato, y con adaptación del tratamiento según la evolución clínica y bioquímica.

La atención ortopédica y rehabilitadora no es secundaria. Las fracturas, las deformidades y las lesiones en localizaciones de alto riesgo requieren una evaluación orientada a la estabilización, la prevención de nuevos acontecimientos y la recuperación funcional. El control del dolor, la optimización nutricional y un programa progresivo de actividad física compatible con la estabilidad esquelética y el perfil cardiovascular favorecen la recuperación de la masa muscular y de la autonomía, que suelen verse comprometidas por la inmovilidad y el catabolismo asociados a la enfermedad subyacente.

El tratamiento eficaz combina la corrección de la causa, el control del equilibrio mineral y la protección esquelética, con una monitorización estrecha durante las fases críticas. La osteítis fibrosa quística es un marcador de enfermedad grave y requiere una estrategia clínica de alta intensidad, porque la ventana terapéutica útil es aquella en la que puede interrumpirse rápidamente el estímulo paratiroideo y sostenerse con seguridad la reconstrucción ósea.

Seguimiento y monitorización

El seguimiento de la osteítis fibrosa quística debe perseguir dos objetivos paralelos: mantener un control estable del hiperparatiroidismo y documentar la recuperación estructural y funcional del esqueleto. La fase inicial requiere controles más frecuentes porque la corrección del estímulo de la PTH, especialmente después de una intervención quirúrgica o de cambios terapéuticos importantes, puede causar fluctuaciones rápidas del calcio, el fosfato y el magnesio. Esto es especialmente relevante en los pacientes con recambio muy elevado, en los que la reconstrucción ósea consume minerales y requiere un ajuste dinámico de la suplementación y de los tratamientos relacionados.

La monitorización bioquímica incluye la PTH, la calcemia, la fosfatemia, la 25(OH)D y los marcadores de recambio, como la fosfatasa alcalina, útiles para seguir la trayectoria de disminución del remodelado patológico. Después de una paratiroidectomía, la reducción de la PTH no coincide de forma inmediata con la normalización del metabolismo óseo, porque la recuperación requiere varios meses y la fosfatasa alcalina puede permanecer elevada o modificarse lentamente durante la fase de reconstrucción. En la CKD-MBD, el seguimiento debe mantener un equilibrio clínico entre la corrección del hiperparatiroidismo y la prevención de extremos opuestos, como la hipocalcemia o una supresión excesiva que pueda favorecer fenotipos óseos no deseados.

Las pruebas de imagen se adaptan a la presentación inicial. Las radiografías dirigidas y, cuando sea necesario, la TC o la RM permiten evaluar la reparación de las lesiones focales, la evolución de los tumores pardos y la consolidación de las fracturas. La DXA puede repetirse después de un intervalo apropiado para documentar la recuperación de la masa ósea, teniendo en cuenta que la calidad del hueso y la reducción del riesgo de fractura también dependen de la reconstrucción microestructural y de la estabilización clínica, y no solo de los cambios numéricos de la densidad.

La vigilancia clínica debe incluir la evaluación del dolor, la función motora, el equilibrio y el riesgo de caídas, porque el pronóstico funcional depende en gran medida de la recuperación muscular y de la rehabilitación. En los pacientes con fracturas o deformidades, el seguimiento ortopédico se integra con el endocrino y metabólico para coordinar la progresión de la carga, los posibles procedimientos y la corrección terapéutica de la homeostasis mineral.

En el hiperparatiroidismo primario, el seguimiento también incluye la monitorización de las complicaciones renales y cardiovasculares relacionadas con las alteraciones del calcio. En el paciente con CKD, el seguimiento es necesariamente multidimensional y se integra con el tratamiento nefrológico, la diálisis y la prevención de las calcificaciones extraesqueléticas. En ambos contextos, la calidad del seguimiento se mide por la capacidad de mantener un equilibrio mineral estable e identificar precozmente la recidiva o la persistencia del hiperparatiroidismo, porque cualquier periodo prolongado de alto recambio reintroduce el riesgo de daño esquelético acumulativo.

Pronóstico y complicaciones

El pronóstico de la osteítis fibrosa quística depende principalmente de la rapidez con la que se corrija el estímulo de la PTH y de la gravedad del daño esquelético en el momento del diagnóstico. Cuando el hiperparatiroidismo se trata de forma eficaz, especialmente mediante un tratamiento definitivo en la enfermedad primaria o mediante un control sólido en la CKD-MBD, el esqueleto entra en una fase de reparación progresiva, con disminución del dolor, mejoría funcional y remodelado de las lesiones a lo largo del tiempo. La recuperación no es inmediata porque la reconstrucción cortical y la estabilización microestructural requieren varios meses y, en las formas más graves, pueden prolongarse durante periodos extensos.

Las principales complicaciones están relacionadas con la fragilidad esquelética. Las fracturas patológicas, las deformidades, los colapsos vertebrales y la limitación funcional son las consecuencias más relevantes y pueden provocar pérdida de autonomía, necesidad de cirugía ortopédica y complicaciones derivadas de la inmovilidad. Las lesiones focales de tipo tumor pardo también pueden causar problemas compresivos o estructurales según su localización, y en ocasiones requieren estabilización o resección selectiva, especialmente cuando persisten un dolor intenso o un riesgo mecánico.

Un grupo fundamental de complicaciones aparece después del tratamiento, especialmente el síndrome del hueso hambriento tras una paratiroidectomía, que puede ser grave en los pacientes con osteítis fibrosa quística avanzada. La hipocalcemia sintomática, con parestesias, calambres, tetania o prolongación del intervalo QT, requiere prevención y tratamiento rápidos con calcio y calcitriol, junto con la monitorización del magnesio y el fosfato. Esta fase constituye una complicación previsible de la recuperación, y su tratamiento correcto forma parte integral de un pronóstico favorable.

En el hiperparatiroidismo primario pueden coexistir complicaciones renales, como nefrolitiasis y nefrocalcinosis, que afectan al pronóstico global y pueden seguir representando un riesgo incluso después de corregir la alteración endocrina, por lo que es importante la vigilancia nefrológica. En la CKD-MBD, el pronóstico está condicionado por la enfermedad renal y por el riesgo cardiovascular, porque las alteraciones del calcio y el fosfato y el hiperparatiroidismo grave se asocian a calcificaciones vasculares y acontecimientos cardiovasculares, además de las complicaciones esqueléticas.

En conjunto, la osteítis fibrosa quística es una enfermedad grave, pero biológicamente reversible si el hiperparatiroidismo se controla de forma eficaz y si la fase de reconstrucción esquelética se apoya mediante un seguimiento adecuado. El pronóstico funcional mejora cuando la corrección endocrina y metabólica se combina con protección ortopédica, prevención de caídas y recuperación de la función muscular, porque el daño esquelético se traduce con mayor frecuencia en discapacidad cuando se asocia a fragilidad generalizada y pérdida de masa y fuerza muscular.

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