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Hiperparatiroidismo secundario

El hiperparatiroidismo secundario es un trastorno endocrino-metabólico en el que el aumento de la PTH representa una respuesta adaptativa a un estímulo crónico que reduce la disponibilidad de calcio ionizado o altera el equilibrio del fosfato. A diferencia del hiperparatiroidismo primario, en el que la secreción paratiroidea es autónoma, en el secundario la PTH aumenta para compensar una alteración previa, con el objetivo fisiológico de estabilizar la calcemia y mantener la homeostasis mineral. El contexto clínico más relevante es la enfermedad renal crónica (ERC), en la que el hiperparatiroidismo secundario forma parte del trastorno mineral y óseo asociado a la ERC, aunque la misma respuesta adaptativa también puede aparecer en caso de déficit de vitamina D, malabsorción y situaciones en las que la ingesta o la absorción de calcio son insuficientes.

La repercusión clínica se debe a que una respuesta adaptativa útil a corto plazo se vuelve perjudicial cuando persiste. La exposición crónica a concentraciones elevadas de PTH modifica el remodelado óseo, aumenta el riesgo de fracturas y contribuye a crear un entorno vascular favorable a la calcificación, especialmente en pacientes con insuficiencia renal. Desde esta perspectiva, el problema no es únicamente el valor de la PTH, sino su evolución temporal y la manera en que el calcio, el fosfato, la vitamina D y la función renal se combinan para determinar el riesgo esquelético y cardiovascular.

Epidemiología y factores de riesgo

La epidemiología del hiperparatiroidismo secundario está estrechamente relacionada con la prevalencia de las enfermedades que producen una estimulación crónica de las glándulas paratiroides. En términos absolutos, la causa predominante es la ERC (enfermedad renal crónica), cuya frecuencia aumenta progresivamente a medida que empeora el filtrado glomerular y se vuelve especialmente relevante en los estadios avanzados y en los pacientes sometidos a diálisis. La progresión de la ERC modifica el equilibrio del fosfato y la capacidad del riñón para producir calcitriol, creando las condiciones biológicas para el aumento de la PTH. Por este motivo, el hiperparatiroidismo secundario representa una de las complicaciones endocrinas más frecuentes en nefrología y un componente central del riesgo esquelético y cardiovascular del paciente urémico.

También existen situaciones epidemiológicamente relevantes fuera de la ERC. El déficit de vitamina D está muy extendido en la población general y puede mantener un aumento adaptativo de la PTH, especialmente cuando la ingesta de calcio es baja o coexisten una exposición solar reducida, edad avanzada, obesidad o enfermedades crónicas. La malabsorción intestinal, las enfermedades inflamatorias intestinales, la enfermedad celíaca no controlada y la cirugía bariátrica pueden reducir la absorción de calcio y vitamina D, generando un estímulo crónico que favorece el hiperparatiroidismo secundario con pérdida ósea acelerada. Algunos tratamientos farmacológicos también pueden contribuir al cuadro, especialmente en pacientes vulnerables, cuando interfieren con la absorción, el metabolismo de la vitamina D o el equilibrio del calcio.

En la ERC, los factores de riesgo no se limitan al filtrado glomerular. La hiperfosfatemia o un fosfato situado en el límite alto, la corrección inadecuada de la vitamina D, el exceso o la carencia de calcio en el balance global y la inflamación crónica modulan la evolución de la PTH y favorecen la progresión hacia formas más difíciles de controlar. Con el tiempo, la estimulación persistente induce hiperplasia paratiroidea y reduce la sensibilidad al calcio y a la vitamina D, disminuyendo la eficacia del tratamiento médico. Esta dinámica explica por qué el hiperparatiroidismo secundario es más frecuente cuanto mayor es la duración de la ERC avanzada, especialmente en diálisis.

La vulnerabilidad individual también depende de las comorbilidades y de la reserva orgánica. La edad avanzada, la diabetes, la malnutrición, la fragilidad y las situaciones que aumentan el riesgo de caídas amplifican las consecuencias del remodelado óseo acelerado. Desde el punto de vista cardiovascular, la presencia de aterosclerosis, hipertensión y alteraciones del metabolismo mineral incrementa la probabilidad de calcificaciones vasculares clínicamente relevantes, convirtiendo el hiperparatiroidismo secundario en un multiplicador del riesgo y no en un simple hallazgo bioquímico.

En conjunto, la distribución del trastorno refleja la prevalencia de la ERC y del déficit de vitamina D, pero la gravedad clínica está determinada por la cronicidad del estímulo y por la forma en que el metabolismo mineral se reorganiza en presencia de insuficiencia renal o absorción intestinal reducida. Esto exige una interpretación epidemiológica que no se limite a la PTH, sino que integre la función renal, el fosfato y la vitamina D como determinantes del riesgo.

Etiología, patogenia y fisiopatología

En condiciones fisiológicas, la secreción de PTH está regulada principalmente por el calcio ionizado a través del receptor sensor de calcio (CaSR), y de manera integrada por la vitamina D activa mediante el receptor de la vitamina D. Cuando el calcio tiende a disminuir o la absorción intestinal es insuficiente, la PTH aumenta para restablecer la calcemia: incrementa la reabsorción renal de calcio, favorece la liberación de calcio desde el hueso mediante la modulación del remodelado y estimula la producción de calcitriol en el riñón, potenciando la absorción intestinal. El hiperparatiroidismo secundario aparece cuando este circuito se activa de manera persistente por un estímulo crónico no resuelto.

En el contexto de la ERC, la patogenia es multifactorial y progresiva. La reducción del filtrado limita la excreción de fosfato, con tendencia a la retención y a un balance positivo. Incluso antes de que aparezca una hiperfosfatemia manifiesta, el fosfato favorece el aumento del FGF23, una señal fosfatúrica que intenta mantener el equilibrio mineral. Sin embargo, el aumento de FGF23 reduce la producción renal de calcitriol al inhibir la 1-alfa-hidroxilasa, lo que disminuye la absorción intestinal de calcio y contribuye a un entorno que estimula la PTH. Al mismo tiempo, la progresión de la ERC reduce directamente la capacidad del riñón para producir calcitriol, debilitando aún más el control endocrino de la homeostasis del calcio.

La fisiopatología también incluye modificaciones cualitativas de las glándulas paratiroides. La estimulación crónica induce inicialmente una hiperplasia paratiroidea difusa y, en las formas avanzadas, nodular, con reducción de la expresión del CaSR y del receptor de la vitamina D. Esto desplaza el punto de ajuste de supresión de la PTH y hace que la glándula sea menos sensible a las señales de retroalimentación, favoreciendo concentraciones progresivamente más elevadas y una mayor dificultad para el control mediante tratamiento médico. Esta transición es fundamental para comprender por qué algunos pacientes con ERC avanzada desarrollan formas graves y refractarias a pesar de las intervenciones sobre el fosfato y la vitamina D.

A nivel óseo, la elevación de la PTH incrementa el recambio y puede producir una forma de osteodistrofia de alto recambio, con aumento de la resorción y alteración de la microarquitectura. En el paciente con ERC, este fenómeno se integra en un cuadro más amplio, en el que pueden coexistir defectos de mineralización, alteraciones del volumen óseo y cambios de la calidad del hueso que no quedan plenamente reflejados por la densitometría. La consecuencia clínica es un aumento del riesgo de fracturas, dolor óseo y reducción de la fuerza, especialmente cuando el trastorno es prolongado y no está controlado.

A nivel cardiovascular, el entorno mineral de la ERC favorece la calcificación vascular y valvular. El fosfato elevado promueve la transformación osteogénica de las células musculares lisas vasculares y contribuye a la rigidez arterial, la hipertrofia ventricular y el aumento del riesgo cardiovascular. En este contexto, el hiperparatiroidismo secundario no es el único responsable, sino un componente de una red patogénica en la que el fosfato, el calcio, el FGF23 y la PTH se influyen mutuamente, con consecuencias clínicas que dependen del equilibrio global y de la duración de la exposición.

Fuera de la ERC, la patogenia suele ser más lineal. En el déficit de vitamina D y la malabsorción, la reducción de la absorción intestinal de calcio mantiene un aumento compensatorio de la PTH. Con el tiempo, esto acelera el remodelado óseo y puede contribuir a la pérdida de masa ósea y a las fracturas, especialmente cuando no se corrige la causa y coexisten otros factores de riesgo. En cualquier situación, la secuencia fisiopatológica comienza como una respuesta adaptativa que, cuando se vuelve crónica, se convierte en una causa de lesión orgánica.

Manifestaciones clínicas

Las manifestaciones clínicas del hiperparatiroidismo secundario dependen de la causa y de la duración del estímulo, y con frecuencia están dominadas por las consecuencias sobre el hueso, el músculo y el aparato cardiovascular más que por síntomas específicos. En las fases iniciales, especialmente en la ERC moderada o en el déficit de vitamina D, el paciente puede presentar pocos síntomas y el trastorno se identifica mediante el estudio bioquímico del metabolismo mineral. Con la progresión de la ERC o la persistencia del déficit de vitamina D, aparecen signos relacionados con el remodelado óseo acelerado y las alteraciones de la mineralización.

En la anamnesis, los síntomas pueden incluir dolor óseo difuso o localizado, fatigabilidad, calambres y debilidad proximal, con reducción del rendimiento funcional. En el paciente con ERC avanzada pueden aparecer prurito, trastornos del sueño y síntomas inespecíficos que se superponen al síndrome urémico, lo que dificulta atribuir un síntoma concreto únicamente a la PTH. Los antecedentes de fracturas por traumatismos de baja energía, pérdida de estatura o dolor dorsal deben considerarse clínicamente relevantes, porque el hueso puede ser frágil en la ERC incluso cuando la densidad ósea no parece gravemente reducida.

Las manifestaciones musculares son importantes porque aumentan el riesgo de caídas. La debilidad, la inestabilidad y la reducción de la masa muscular, especialmente en el paciente sometido a diálisis o malnutrido, amplifican el riesgo de fractura y reducen la calidad de vida. Al mismo tiempo, el hiperparatiroidismo secundario puede contribuir a un cuadro de dolor crónico y menor tolerancia al esfuerzo, con repercusiones sobre la autonomía y las actividades cotidianas.

La exploración física puede mostrar dolor a la palpación ósea, reducción de la fuerza muscular proximal y signos de desacondicionamiento. En los pacientes con ERC avanzada, la evaluación clínica debe incluir signos de sobrecarga, alteraciones vasculares y complicaciones relacionadas con la calcificación, aunque muchas calcificaciones permanecen asintomáticas hasta fases avanzadas. Las deformidades óseas son menos frecuentes en la actualidad que en el pasado, pero pueden aparecer en formas graves y prolongadas, especialmente cuando el control del metabolismo mineral ha sido ineficaz durante mucho tiempo.

En el contexto de déficit de vitamina D o malabsorción, el cuadro clínico puede estar más claramente centrado en la osteomalacia o la pérdida ósea, con dolor, debilidad y mayor vulnerabilidad a las fracturas. En estos pacientes, la corrección de la causa subyacente puede mejorar el cuadro, aunque la recuperación funcional requiere tiempo y, con frecuencia, apoyo nutricional y rehabilitador.

En conjunto, el hiperparatiroidismo secundario suele ser clínicamente silencioso en las fases precoces, pero resulta relevante por su capacidad para producir daño acumulativo. Por este motivo, la clínica debe integrarse siempre con la bioquímica y con una evaluación estructurada del riesgo esquelético y cardiovascular, especialmente en los pacientes con ERC.

Cuándo sospechar la enfermedad

Debe sospecharse hiperparatiroidismo secundario cuando la PTH está elevada en un contexto que sugiere un estímulo compensatorio, especialmente si la calcemia es normal o baja y coexisten alteraciones del fosfato o de la vitamina D. En la práctica clínica, el cuadro más típico es el del paciente con ERC en el que la PTH tiende a aumentar progresivamente a medida que empeora el filtrado, a menudo en asociación con fosfato en el límite alto o elevado y reducción de las concentraciones de calcitriol. Incluso en ausencia de síntomas, una PTH que aumenta con el tiempo en un paciente con ERC debe orientar hacia un estudio completo del metabolismo mineral.

Fuera del ámbito nefrológico, debe sospecharse ante una PTH elevada asociada a una 25-OH-vitamina D reducida, una ingesta insuficiente de calcio o enfermedades que causan malabsorción. Los antecedentes de cirugía bariátrica, diarrea crónica, enfermedad celíaca no controlada o tratamientos que interfieren con la absorción y el metabolismo mineral deben reforzar la hipótesis. En estos casos, la interpretación de la PTH como respuesta adaptativa es coherente con una calcemia no elevada, y la prioridad diagnóstica consiste en identificar y corregir la causa subyacente.

La sospecha debe ser mayor cuando aparecen complicaciones esqueléticas o musculares no explicadas, como fracturas por fragilidad, dolor óseo persistente, debilidad proximal, calambres y reducción del rendimiento. En el paciente con ERC, la asociación entre dolor, prurito, deterioro funcional y alteraciones del metabolismo mineral debe orientar hacia una evaluación sistemática del cuadro CKD-MBD, porque la elevación de la PTH puede formar parte de una fisiopatología más amplia que incluye el fosfato, el calcio y las calcificaciones.

También es importante reconocer los casos en los que una PTH elevada no es secundaria. Una PTH elevada con hipercalcemia orienta hacia un hiperparatiroidismo primario o terciario, mientras que una PTH elevada en una ERC avanzada acompañada de hipercalcemia puede indicar una evolución hacia una forma más autónoma. Cuando los datos bioquímicos no son coherentes con una respuesta adaptativa simple, la evaluación debe ampliarse y realizarse con atención para evitar clasificaciones erróneas que conduzcan a estrategias terapéuticas inadecuadas.

Pruebas diagnósticas y diagnóstico

El diagnóstico del hiperparatiroidismo secundario se basa en la demostración de una PTH elevada dentro de un contexto clínico y bioquímico compatible con un estímulo compensatorio. El proceso diagnóstico debe integrar siempre el calcio, el fosfato y el estado de la vitamina D, porque el significado de la PTH cambia de forma sustancial en función de estos parámetros y de la función renal. En el paciente con ERC, la medición de la PTH debe interpretarse teniendo en cuenta la variabilidad biológica y analítica y dando prioridad a la tendencia temporal, no a un único valor aislado, porque las decisiones clínicas se basan en la persistencia y la progresión.

La evaluación inicial incluye calcemia y, cuando sea necesario, calcio ionizado, fosfato, fosfatasa alcalina, creatinina con estimación del filtrado glomerular y 25-OH-vitamina D. La vitamina D debe medirse porque su déficit es una de las causas más frecuentes de elevación adaptativa de la PTH y porque su corrección modifica la evolución de la enfermedad. En pacientes con ERC avanzada, la evaluación de la fosfatasa alcalina ayuda a estimar indirectamente la actividad del recambio óseo en un contexto en el que la densitometría, por sí sola, puede no reflejar la calidad ósea ni la naturaleza de la osteodistrofia.

    Evaluación diagnóstica del hiperparatiroidismo secundario

  • Definición del contexto: eGFR y estadificación de la ERC, valorando su duración y progresión, porque la PTH debe interpretarse en relación con la función renal.
  • Perfil mineral completo: calcio sérico total corregido o calcio ionizado, fosfato, fosfatasa alcalina y 25-OH-vitamina D, con interpretación integrada y repetición cuando esté indicada.
  • Exclusión de formas no secundarias: evaluación de la coherencia fisiológica entre la PTH y la calcemia, porque la hipercalcemia con una PTH no suprimida orienta hacia una forma primaria o terciaria.
  • Valoración del daño orgánico: evaluación del riesgo de fractura y del contexto cardiovascular, con atención a las calcificaciones y a los signos clínicos de fragilidad ósea.

En la ERC, el objetivo diagnóstico no consiste únicamente en etiquetar una PTH elevada, sino en definir la posición del paciente dentro del continuo de la CKD-MBD. Por este motivo, las guías nefrológicas recomiendan un enfoque basado en evaluaciones seriadas del calcio, el fosfato y la PTH, orientando las intervenciones según la tendencia y la corrección de factores modificables, especialmente la hiperfosfatemia y el déficit de vitamina D. En este contexto, una PTH muy elevada y persistente, especialmente en diálisis, sugiere una hiperplasia paratiroidea avanzada y una sensibilidad reducida a las señales de retroalimentación, con implicaciones terapéuticas más complejas.

En las formas no relacionadas con la ERC, el diagnóstico requiere identificar la causa de la reducción de la absorción o de la disponibilidad de calcio y vitamina D. La evaluación nutricional y gastroenterológica, cuando esté indicada, forma parte integral del proceso. En estos pacientes, la corrección de la causa tiende a normalizar progresivamente la PTH, mientras que la persistencia de valores elevados después de una corrección adecuada obliga a reevaluar el cuadro y a excluir diagnósticos alternativos.

Las pruebas de imagen de las glándulas paratiroides no son necesarias para el diagnóstico del hiperparatiroidismo secundario. Solo pueden adquirir relevancia en situaciones seleccionadas, como la planificación de una intervención quirúrgica en formas avanzadas y refractarias, pero no sustituyen al diagnóstico bioquímico ni deben preceder a una evaluación completa del metabolismo mineral. El diagnóstico correcto se basa en la integración entre fisiología, evolución de los parámetros analíticos y contexto clínico.

Clasificación, formas clínicas y gravedad

La clasificación del hiperparatiroidismo secundario es principalmente etiológica y distingue las formas relacionadas con la ERC de las causadas por déficit de vitamina D, malabsorción o ingesta insuficiente de calcio. Esta distinción es esencial porque en la ERC el trastorno forma parte de un sistema más amplio, mientras que en las demás formas la corrección de la causa puede ser resolutiva y reducir rápidamente el estímulo paratiroideo. Incluso dentro de la ERC, la posición del paciente a lo largo de los diferentes estadios condiciona la fisiopatología y el tratamiento, porque el papel del fosfato, el calcitriol y los calcimiméticos cambia de forma sustancial entre las fases iniciales y la diálisis.

Una clasificación clínicamente útil tiene en cuenta el perfil mineral y la respuesta al tratamiento. En las fases iniciales de la ERC, la PTH puede aumentar con un fosfato todavía dentro del intervalo de referencia y una calcemia normal, reflejando adaptaciones precoces mediadas también por FGF23. Con la progresión, se vuelven más probables la hiperfosfatemia, la reducción del calcitriol y un aumento más marcado de la PTH. La gravedad, por tanto, no coincide con un único valor, sino con la persistencia, el aumento a lo largo del tiempo y la coherencia con el calcio y el fosfato, porque una PTH que sigue aumentando a pesar de un control adecuado del fosfato sugiere una hiperplasia más avanzada y una menor sensibilidad a los mecanismos de retroalimentación.

Otro nivel de clasificación está relacionado con el riesgo esquelético. La elevación persistente de la PTH tiende a asociarse a una osteodistrofia de alto recambio, aunque en la ERC también pueden coexistir situaciones de bajo recambio, especialmente en presencia de una supresión excesiva de la PTH o de factores concomitantes. Por este motivo, la gravedad debe interpretarse también mediante marcadores de recambio como la fosfatasa alcalina y mediante los antecedentes clínicos de fracturas, dolor óseo y fragilidad, no solo a través de la PTH.

Por último, en los pacientes con ERC avanzada, la transición hacia formas más autónomas es un concepto clínicamente importante. Cuando el hiperparatiroidismo secundario es prolongado y refractario, la glándula puede perder aún más sensibilidad al calcio y a la vitamina D y, en algunos casos, puede aparecer hipercalcemia, un signo que orienta hacia una enfermedad más autónoma. Este cuadro ya no representa una simple adaptación y requiere un enfoque terapéutico más agresivo y, con frecuencia, multidisciplinario.

Tratamiento

El tratamiento del hiperparatiroidismo secundario tiene como objetivo reducir el estímulo crónico sobre las glándulas paratiroides mediante la corrección de las alteraciones del metabolismo mineral y la prevención de las complicaciones óseas y cardiovasculares. En la ERC, este enfoque forma parte integral del tratamiento de la CKD-MBD y requiere un equilibrio entre el control del fosfato, el mantenimiento de una calcemia segura y la optimización del estado de la vitamina D. La estrategia se guía por la persistencia y la tendencia de la PTH a lo largo del tiempo, porque las intervenciones basadas en valores aislados pueden producir una corrección excesiva y consecuencias no deseadas, como hipercalcemia o una supresión excesiva del recambio óseo.

La reducción de la carga de fosfato es uno de los pilares del tratamiento. Incluye intervenciones dietéticas individualizadas, con atención a la calidad de las fuentes proteicas y a la presencia de aditivos fosfatados, así como el uso de quelantes del fosfato cuando estén indicados. La elección entre quelantes con calcio y sin calcio depende de la calcemia, el riesgo de calcificaciones y el balance global de calcio, porque una carga excesiva de calcio puede favorecer la calcificación vascular, especialmente en la ERC avanzada. El control del fosfato reduce uno de los principales estímulos de la PTH y mejora el perfil global del metabolismo mineral.

La gestión de la vitamina D es igualmente importante. La corrección del déficit mediante colecalciferol o ergocalciferol está indicada cuando las concentraciones de 25-OH-vitamina D son bajas, con monitorización del calcio y del fosfato. En la ERC avanzada, la reducción de la capacidad para producir calcitriol puede hacer necesario el uso de vitamina D activa o de activadores selectivos del receptor, especialmente cuando la PTH está elevada y sigue aumentando. Sin embargo, estos tratamientos pueden aumentar la calcemia y la fosfatemia, por lo que su utilización debe individualizarse e integrarse con la estrategia de control del fosfato.

En los pacientes sometidos a diálisis o con formas más graves, los calcimiméticos representan una opción eficaz para reducir la PTH mediante el aumento de la sensibilidad del CaSR. Pueden reducir tanto la PTH como la calcemia, por lo que son especialmente útiles cuando el uso de vitamina D activa está limitado por la hipercalcemia o la hiperfosfatemia. Su empleo requiere monitorización de la calcemia para prevenir la hipocalcemia y mantener el equilibrio mineral, porque una corrección excesiva puede tener consecuencias clínicas y óseas. En algunas situaciones, se utiliza la asociación de calcimiméticos y vitamina D activa para conseguir un control más estable, equilibrando sus efectos sobre el calcio y el fosfato.

Cuando el hiperparatiroidismo secundario es refractario y grave, especialmente si existe una hiperplasia avanzada y un control inadecuado a pesar de un tratamiento optimizado, la paratiroidectomía se convierte en una opción. La indicación se basa en el riesgo de complicaciones, la persistencia de valores muy elevados y la repercusión clínica sobre el prurito, el dolor óseo, las fracturas y las calcificaciones, con el objetivo de reducir de forma definitiva la carga hormonal y mejorar la calidad de vida y el control mineral. El tratamiento perioperatorio requiere atención al riesgo de hipocalcemia y síndrome de hueso hambriento, especialmente en pacientes con alto recambio óseo y depleción mineral del esqueleto.

Fuera de la ERC, el tratamiento se centra en la corrección de la causa. En el déficit de vitamina D y la ingesta insuficiente de calcio, la suplementación y la optimización dietética reducen el estímulo y normalizan progresivamente la PTH. En la malabsorción, el tratamiento requiere un enfoque etiológico y, con frecuencia, dosis más elevadas o formulaciones específicas, con monitorización de la calcemia y de los marcadores de recambio. En cualquier situación, el tratamiento eficaz es el que interrumpe la cadena fisiopatológica, no el que únicamente reduce el valor numérico de la PTH.

Seguimiento y monitorización

El seguimiento del hiperparatiroidismo secundario es esencial porque el trastorno es dinámico y está estrechamente relacionado con la progresión de la causa subyacente, especialmente en la ERC. La monitorización debe incluir evaluaciones seriadas de la calcemia, el fosfato y la PTH, integradas con la función renal y el estado de la vitamina D. En la ERC, las guías nefrológicas destacan un enfoque basado en las tendencias y en la corrección progresiva de los factores modificables, evitando oscilaciones e intervenciones guiadas por valores aislados que puedan inducir hipercalcemia o desequilibrios minerales.

La frecuencia de los controles depende del estadio de la ERC y de la estabilidad del perfil mineral. En pacientes con ERC moderada y parámetros estables, los controles pueden espaciarse, mientras que en la ERC avanzada y en diálisis la necesidad de ajustar los quelantes del fosfato, la vitamina D activa y los calcimiméticos hace aconsejable una monitorización más estrecha. La fosfatasa alcalina resulta útil cuando se desea una estimación indirecta de la actividad del recambio, especialmente en presencia de una PTH muy elevada o después de modificaciones terapéuticas que pueden cambiar rápidamente la dinámica ósea.

El seguimiento debe prestar atención a las complicaciones. La vigilancia del riesgo de fracturas y de la fragilidad es fundamental, porque la ERC aumenta el riesgo de fractura mediante mecanismos que no se explican por completo por la densidad ósea. En pacientes con síntomas óseos o fracturas, la evaluación debe ser integrada y coordinada con nefrología, especialmente cuando se plantea un tratamiento contra la osteoporosis en presencia de una función renal reducida. La vigilancia cardiovascular también es relevante, porque el fosfato y las calcificaciones contribuyen a la rigidez vascular y al riesgo cardiovascular global.

En los pacientes tratados con calcimiméticos o vitamina D activa, el seguimiento debe adaptarse para identificar precozmente la hipocalcemia o la hipercalcemia y mantener un equilibrio que reduzca la PTH sin favorecer las calcificaciones. La calidad de la monitorización se mide por la capacidad de mantener una estabilidad mineral a lo largo del tiempo, evitando ciclos de corrección excesiva que pueden desplazar al paciente hacia un riesgo diferente, como un recambio demasiado bajo o una carga excesiva de calcio.

En las formas no relacionadas con la ERC, el seguimiento verifica la corrección de la causa y la normalización progresiva de la PTH, con control de la vitamina D, la calcemia y, cuando esté indicado, los marcadores de recambio. La persistencia de una PTH elevada a pesar de una corrección adecuada obliga a reevaluar el diagnóstico, porque puede indicar una causa no identificada o una enfermedad diferente del hiperparatiroidismo secundario clásico.

Pronóstico y complicaciones

El pronóstico del hiperparatiroidismo secundario depende principalmente de la reversibilidad de la causa y de la duración de la exposición a una PTH elevada. En las formas relacionadas con el déficit de vitamina D o con una ingesta reducida de calcio, el pronóstico suele ser favorable cuando la corrección es precoz y se mantiene, con normalización progresiva de la PTH y mejoría del perfil esquelético. En las formas asociadas a la ERC, el pronóstico es más complejo porque el trastorno está estrechamente relacionado con la progresión de la enfermedad renal y con el riesgo cardiovascular global.

Las principales complicaciones afectan al esqueleto. El exceso mantenido de PTH aumenta el recambio y favorece la osteodistrofia de alto recambio, con incremento del riesgo de fracturas, dolor óseo y deterioro de la calidad del hueso. En el paciente con ERC, la fragilidad ósea es multifactorial y puede persistir incluso cuando la PTH está parcialmente controlada, por lo que el pronóstico esquelético requiere un enfoque integrado que incluya nutrición, actividad física, prevención de caídas y optimización del metabolismo mineral.

Desde el punto de vista cardiovascular, el fosfato elevado y las calcificaciones vasculares y valvulares son determinantes del pronóstico. El entorno favorable a la calcificación propio de la ERC contribuye a la rigidez arterial, la hipertrofia ventricular y el aumento del riesgo de acontecimientos cardiovasculares. En este contexto, el hiperparatiroidismo secundario forma parte de un eje patogénico más amplio, pero su control, junto con el control del fosfato, es importante para reducir la progresión de las calcificaciones y mejorar la estabilidad del perfil mineral.

Otras complicaciones clínicas incluyen prurito urémico, dolor crónico, reducción del rendimiento físico y, en los casos más graves y prolongados, mayor vulnerabilidad a acontecimientos adversos relacionados con la malnutrición y la fragilidad. En la ERC avanzada, un trastorno mineral no controlado puede contribuir a una carga sintomática considerable y a una reducción de la calidad de vida, convirtiendo el control de la PTH en un objetivo no solo analítico, sino también funcional.

Las complicaciones terapéuticas dependen del equilibrio alcanzado. Los quelantes del fosfato y el uso de vitamina D activa pueden favorecer la hipercalcemia o aumentar la carga de calcio, mientras que los calcimiméticos pueden causar hipocalcemia. La paratiroidectomía, cuando es necesaria, expone al riesgo de hipocalcemia y síndrome de hueso hambriento, por lo que requiere un tratamiento posoperatorio cuidadoso. En un proceso asistencial bien estructurado, estos riesgos pueden prevenirse y controlarse, y el pronóstico mejora cuando el control mineral es estable y coherente con la fisiología residual del paciente.

En conjunto, el hiperparatiroidismo secundario es una enfermedad con una repercusión potencialmente elevada porque refleja y amplifica la gravedad de la causa subyacente, especialmente en la ERC. El pronóstico es mejor cuando el trastorno se identifica precozmente, se trata mediante estrategias que corrigen el fosfato y la vitamina D y se monitoriza a lo largo del tiempo prestando atención a la tendencia, reduciendo así la progresión y las complicaciones óseas y vasculares.

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