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Hormonas tiroideas (T3 y T4)
(síntesis, metabolismo y mecanismos de acción)

Las hormonas tiroideas T4 (tiroxina) y T3 (triyodotironina) constituyen un sistema endocrino en el que la estabilidad de la señal deriva de la cooperación entre la producción glandular, el transporte plasmático, la conversión periférica y la regulación intracelular de la biodisponibilidad. La tiroides secreta principalmente T4, que actúa como reservorio circulante y tisular, mientras que gran parte de la T3, más potente a nivel de los receptores, se genera localmente en los tejidos mediante desyodación. Por tanto, la «señal tiroidea» no coincide con un único valor sanguíneo, sino con la intensidad de la T3 disponible en los núcleos de las células diana, determinada por transportadores de membrana, desyodinasas y receptores nucleares.

La fisiología de las yodotironinas constituye uno de los mejores ejemplos de integración entre la endocrinología de órgano y la biología molecular. La síntesis intratiroidea requiere captación activa de yoduro, compartimentación coloidea, procesos oxidativos controlados y reciclaje del yodo; el metabolismo sistémico depende de desyodinasas selenoenzimáticas capaces de activar o inactivar la señal, generando también T3 inversa (rT3); la acción biológica se produce principalmente a través de los receptores de hormonas tiroideas mediante regulación transcripcional, aunque también comprende mecanismos rápidos no genómicos. En esta página se analizan la T3 y la T4 a lo largo de toda su cadena funcional, desde la biosíntesis hasta la regulación tisular específica de su acción.

Principios generales de la señal tiroidea

El sistema tiroideo está organizado según una lógica de división del trabajo. La tiroides produce predominantemente T4, una yodotironina más estable y con una semivida más prolongada, mientras que el principal efector a nivel de los receptores es la T3, caracterizada por una mayor afinidad por los receptores de hormonas tiroideas y una potencia biológica superior. Esta estrategia permite mantener una señal basal estable, adecuada para regular procesos lentos como el metabolismo basal, el crecimiento y la maduración, y al mismo tiempo permite que los tejidos modulen localmente la intensidad de la señal mediante la conversión de T4 en T3.

Desde el punto de vista endocrinológico, la acción tiroidea es, por tanto, intrínsecamente compartimental. La sangre transporta un reservorio hormonal, pero el efecto final depende de la cantidad de hormona que entra en las células, de cómo se convierte y de cómo interactúa con los receptores y los correguladores transcripcionales. Esta propiedad explica por qué dos individuos con valores similares de tiroxina libre (FT4) pueden presentar diferencias en la acción periférica y por qué, en determinadas enfermedades sistémicas, el perfil de triyodotironina libre (FT3) y rT3 puede modificarse sin que la tiroides esté afectada de manera primaria.

Otro nivel de control está constituido por la presencia de vías de inactivación de la señal. La conversión hacia rT3 y metabolitos desyodados inactivos representa un mecanismo mediante el cual el organismo puede reducir la acción tiroidea de forma tisular específica o sistémica. Este equilibrio entre activación e inactivación resulta crucial en situaciones de adaptación energética y durante las enfermedades sistémicas, en las que la reducción de la disponibilidad de T3 puede constituir una respuesta integrada al estrés metabólico.

    Tres principios explican por qué la señal tiroidea es estable en la sangre, pero flexible en los tejidos:

  • reservorio circulante de T4, con una semivida prolongada y una amplia proporción unida a proteínas plasmáticas;
  • activación local mediante desyodinasas que generan T3 en los tejidos de acuerdo con la demanda biológica;
  • control intracelular de la señal, mediado por transportadores, desyodinasas, receptores nucleares y correguladores.

Esta arquitectura conceptual permite comprender por qué el estudio de la fisiología tiroidea debe comenzar por la biosíntesis intratiroidea. La forma en que la glándula produce y libera yodotironinas, así como el modo en que recicla el yodo y los precursores, determina la disponibilidad del reservorio de T4 que posteriormente será procesado por los tejidos.

Biosíntesis intratiroidea

La síntesis de T3 y T4 tiene lugar en los folículos tiroideos y requiere una secuencia de procesos integrados. El primer paso es la captación del yoduro desde la sangre mediante el cotransportador sodio-yoduro (NIS), localizado en la membrana basolateral del tirocito. El transporte es activo y está acoplado al gradiente de sodio, mantenido por la adenosina trifosfatasa de sodio y potasio (Na+/K+-ATPasa), y constituye un determinante cuantitativo de la capacidad biosintética. La expresión y la actividad del NIS son estimuladas por la hormona estimulante de la tiroides (TSH), lo que vincula la disponibilidad del sustrato con la regulación del eje.

Una vez que ha entrado en el tirocito, el yoduro debe alcanzar el polo apical para ser transferido a la luz folicular. Este paso implica transportadores apicales, entre ellos la pendrina, que contribuye a la salida del yoduro hacia el coloide. La luz folicular constituye un compartimento extracelular funcional: contiene tiroglobulina, secretada por los tirocitos, que actúa como matriz para la yodación de los residuos de tirosina y para el acoplamiento que genera las yodotironinas. La compartimentación es esencial porque permite confinar reacciones oxidativas potencialmente dañinas dentro de un espacio controlado y separado del intersticio.

La enzima fundamental de la fase oxidativa y de organificación es la peroxidasa tiroidea (TPO), que cataliza la oxidación del yoduro y la incorporación del yodo a las tirosinas de la tiroglobulina, generando monoyodotirosina (MIT) y diyodotirosina (DIT). La TPO requiere peróxido de hidrógeno, producido cerca del polo apical por sistemas enzimáticos específicos, especialmente por complejos oxidasas que utilizan nicotinamida adenina dinucleótido fosfato (NADPH). Esto pone de manifiesto un aspecto crucial: la síntesis tiroidea es un proceso oxidativo intenso y requiere mecanismos de control que limiten el estrés oxidativo local, manteniendo la función sin provocar daño.

Tras la formación de MIT y DIT se produce el acoplamiento. Dos moléculas de DIT generan T4, mientras que una molécula de DIT unida a una de MIT genera T3. Estos procesos también tienen lugar sobre la matriz de tiroglobulina y dentro del mismo compartimento coloideo. Por tanto, la tiroides no almacena hormonas libres, sino hormonas incorporadas en una macromolécula que constituye una reserva intraglandular. Esta reserva proporciona estabilidad a la secreción: la glándula puede mantener la liberación hormonal aunque el aporte de yodo varíe a corto plazo y puede modularla modificando la movilización del depósito.

La movilización se produce mediante la endocitosis del coloide: el tirocito internaliza porciones de tiroglobulina yodada en vesículas que confluyen con compartimentos lisosómicos, donde la proteólisis libera T4 y T3. Posteriormente, las hormonas se secretan desde el polo basolateral hacia la circulación. Al mismo tiempo, las moléculas de MIT y DIT no acopladas son desyodadas por enzimas intracelulares y el yodo se recicla. El reciclaje es fundamental para la eficiencia del sistema y explica por qué la tiroides puede mantener la homeostasis incluso cuando el aporte de yodo no es óptimo.

Por último, la biosíntesis está modulada por la autorregulación por el yodo. Un aumento agudo del yodo puede reducir temporalmente la organificación, limitando la producción hormonal y evitando excesos; posteriormente, la glándula puede escapar de esta inhibición y restablecer la biosíntesis mediante la adaptación al nuevo nivel de sustrato. Estos mecanismos conectan el entorno, la nutrición y la fisiología tiroidea y constituyen una base necesaria para comprender los fenómenos clínicos relacionados con cargas de yodo iatrogénicas o ambientales.

Secreción, proporción tiroidea de T3 y contribución de la conversión periférica

La tiroides secreta predominantemente T4 y, en menor medida, T3. La proporción no es fija y depende del estímulo tireotrópico, de la disponibilidad de yodo y del estado funcional. En condiciones de estimulación, la glándula puede aumentar la eficiencia de la movilización del coloide y modificar, dentro de ciertos límites, la composición de la secreción. Sin embargo, la propiedad fisiológica decisiva es que la mayor parte de la T3 circulante y, sobre todo, de la T3 intracelular presente en los tejidos diana deriva de la conversión de T4.

La contribución de la conversión periférica convierte la regulación de la señal tiroidea en un proceso distribuido. Órganos como el hígado y los riñones contribuyen de forma relevante a la producción sistémica de T3, mientras que otros tejidos, como el cerebro y el músculo, regulan principalmente la disponibilidad local según sus necesidades específicas. Este modelo permite mantener un reservorio estable de T4 y regular la T3 de una forma más dinámica y tisular específica. También explica por qué el perfil tiroideo puede modificarse de manera significativa durante las enfermedades sistémicas sin que se produzcan variaciones proporcionales de la TSH.

Esta distribución del control tiene una consecuencia importante: la tiroides garantiza continuidad y reserva, pero la intensidad de la acción está determinada por la capacidad de los tejidos para generar T3 y protegerse del exceso mediante la inactivación. Para comprender este proceso es necesario describir el transporte plasmático y la disponibilidad de las fracciones libres, ya que la proporción accesible a los tejidos depende del equilibrio entre la unión a proteínas y el transporte celular.

Transporte plasmático

En la sangre, la T4 y la T3 se encuentran unidas en gran medida a proteínas plasmáticas, principalmente a la globulina fijadora de tiroxina (TBG), la transtiretina y la albúmina. Esta unión desempeña una función fisiológica esencial: crea un gran reservorio circulante y amortigua las oscilaciones, haciendo que la señal tiroidea sea estable y continua. La fracción libre representa una proporción numéricamente pequeña, pero funcionalmente central, porque puede atravesar los capilares, ser transportada a través de las membranas celulares y quedar disponible para la conversión y la unión a los receptores.

El equilibrio entre la fracción unida y la libre es dinámico. Las variaciones de las proteínas transportadoras pueden modificar las concentraciones totales sin cambiar de forma significativa la fracción libre, lo que explica las discrepancias entre la T4 total y la FT4. Desde el punto de vista fisiológico, esto confirma que el organismo no utiliza la concentración total como señal directa, sino la fracción libre y la biodisponibilidad tisular. El sistema está diseñado para proteger la homeostasis de la acción hormonal mediante el mantenimiento de un reservorio unido que garantiza continuidad incluso cuando la producción varía a corto plazo.

Las diferencias en la unión a proteínas también contribuyen a la distinta farmacocinética biológica. La T4, unida con mayor intensidad, presenta una semivida más prolongada, coherente con su función de prohormona. La T3, con una semivida más corta y características de unión diferentes, permite regulaciones más rápidas y depende en mayor medida de la conversión y de la inactivación. Estas propiedades son fundamentales para comprender los tiempos de reajuste del eje y para interpretar las variaciones transitorias en condiciones fisiológicas y patológicas.

Sin embargo, el transporte plasmático no garantiza por sí solo la acción tisular. Las yodotironinas deben entrar en las células y esta entrada está mediada por transportadores específicos. Este paso constituye un punto de control crucial de la señal, especialmente en tejidos como el cerebro, donde el acceso de las yodotironinas está estrictamente regulado.

Transporte celular y regulación compartimental

La disponibilidad intracelular de T3 y T4 depende de la expresión de transportadores de membrana. Entre los más relevantes se encuentran el transportador de monocarboxilatos 8 (MCT8) y el polipéptido transportador de aniones orgánicos 1C1 (OATP1C1), que participan en el transporte de las yodotironinas en tejidos específicos. Este principio explica por qué la acción tiroidea no está determinada exclusivamente por las concentraciones plasmáticas: la célula controla la entrada de la señal y, según su propio programa funcional, puede modular cuánta yodotironina penetra y cuánta se convierte posteriormente en T3.

La función de los transportadores es especialmente evidente en el sistema nervioso central. El cerebro requiere un acceso bien regulado a las yodotironinas para sostener el desarrollo, la mielinización y la función sináptica. Las alteraciones genéticas del transporte pueden generar una disociación entre el perfil sanguíneo y el estado tisular, lo que demuestra que la biodisponibilidad intracelular es el determinante final de la acción. Incluso en condiciones no genéticas, las diferencias en la expresión de los transportadores contribuyen a la especificidad tisular de la señal, con tejidos que pueden utilizar preferentemente la T4 como sustrato para la conversión local o limitar su entrada como protección frente al exceso.

La entrada en las células se integra con la acción de las desyodinasas. Una vez en el interior, la T4 puede convertirse en T3 o dirigirse hacia la inactivación, y esta elección está determinada por la combinación de desyodinasas presentes en el tejido. De este modo, los transportadores y las desyodinasas crean un microambiente endocrino local en el que la acción tiroidea se adapta a las necesidades biológicas del tejido.

Para comprender por completo el metabolismo de las yodotironinas, resulta indispensable describir el sistema de las desyodinasas y la generación de rT3, ya que estos procesos constituyen interruptores bioquímicos que determinan la intensidad y la dirección de la señal tiroidea.

Desyodinasas y metabolismo de las yodotironinas

Las desyodinasas son enzimas dependientes del selenio que catalizan la eliminación de yodo de los anillos de las yodotironinas. Representan el principal mecanismo mediante el cual el organismo controla la activación o la inactivación local de la señal. Una desyodinasa favorece la producción sistémica de T3 a partir de T4 y mantiene la señal circulante; otra contribuye a la conversión intracelular en tejidos clave, garantizando la disponibilidad local; una tercera desyodinasa dirige la inactivación, convirtiendo la T4 en rT3 y la T3 en metabolitos inactivos. Esta distribución convierte la conversión en un proceso regulador y no en un simple paso químico.

El equilibrio entre activación e inactivación permite que el organismo se adapte a condiciones variables. En situaciones de equilibrio energético, la conversión mantiene una disponibilidad de T3 acorde con las necesidades metabólicas. En situaciones de estrés sistémico, inflamación o restricción calórica, puede aumentar la inactivación y disminuir la activación, reduciendo la disponibilidad de T3 y aumentando la rT3. Este perfil es coherente con una estrategia de reducción del gasto energético y de remodelación del metabolismo en respuesta a condiciones adversas.

Las desyodinasas constituyen, por tanto, mecanismos de control que generan una regulación tisular específica de la acción tiroidea. Un tejido puede mantener una disponibilidad local de T3 incluso cuando cambia la producción sistémica, o puede reducirla selectivamente para protegerse del exceso. Esto explica por qué la fisiología tiroidea es resistente a alteraciones moderadas y por qué, durante las enfermedades sistémicas, la señal puede modificarse de manera selectiva entre distintos tejidos.

El metabolismo de las yodotironinas también incluye vías de conjugación hepática y de eliminación biliar y urinaria, que contribuyen al aclaramiento y a la recirculación enterohepática. Aunque estos procesos son menos importantes que la desyodación para determinar la intensidad de la señal, contribuyen a la farmacocinética biológica y a la estabilidad del reservorio circulante, integrando el sistema tiroideo con la función hepática y renal.

El siguiente paso consiste en comprender cómo ejerce la T3 sus efectos. Su acción principal tiene lugar en el núcleo, a través de receptores de hormonas tiroideas que modulan la transcripción génica mediante mecanismos de reclutamiento de coactivadores y correpresores. Esta modalidad explica tanto los efectos metabólicos generalizados como la potencia de la señal sobre el crecimiento y el desarrollo neurológico.

Mecanismos de acción genómicos

El mecanismo clásico de acción de las hormonas tiroideas es genómico y está mediado por los receptores de hormonas tiroideas (TR), pertenecientes a la familia de los receptores nucleares. Existen isoformas receptoras con distinta distribución tisular, y esta diversidad contribuye a la especificidad de los efectos. En el núcleo, los receptores se unen a secuencias reguladoras del ácido desoxirribonucleico (ADN) y controlan la expresión de genes diana. La presencia de T3 modifica el estado del complejo receptor y determina el reclutamiento de proteínas correguladoras que modulan la cromatina y la transcripción.

En ausencia de ligando, los receptores pueden asociarse con correpresores que mantienen un estado transcripcional represivo para genes específicos. La unión de T3 induce un cambio conformacional que favorece la separación de los correpresores y el reclutamiento de coactivadores que promueven la acetilación de las histonas, la remodelación de la cromatina y el aumento de la transcripción. Este mecanismo convierte la acción tiroidea en un ejemplo paradigmático de control endocrino sobre el programa de expresión génica, caracterizado por una elevada eficiencia y por efectos que se consolidan a lo largo de horas y días.

Los efectos genómicos incluyen la inducción de genes implicados en la biogénesis mitocondrial, la cadena respiratoria, el metabolismo lipídico y glucídico, el recambio proteico, la función cardíaca y el desarrollo del sistema nervioso. La consecuencia fisiológica es un aumento de la capacidad oxidativa y del consumo energético, junto con una remodelación de las funciones orgánicas, especialmente cardiovasculares y neuromusculares. Esto explica por qué las variaciones moderadas de la señal pueden producir fenotipos sistémicos complejos y por qué el organismo mantiene un control estricto del eje.

La especificidad tisular depende no solo del receptor, sino también de la composición de los correguladores y del contexto de la cromatina. Distintos tejidos pueden responder de forma diferente a una misma disponibilidad de T3 porque difieren en sus correguladores, en la densidad de receptores y en las interacciones con otras señales endocrinas. Este concepto es fundamental para comprender por qué la acción tiroidea no es uniforme y por qué determinadas manifestaciones clínicas son más prominentes en tejidos específicos.

Junto a la acción genómica existen vías rápidas no genómicas que contribuyen a determinados efectos agudos e interactúan con las vías de crecimiento y de señalización intracelular. Estas vías no sustituyen la acción nuclear, sino que la complementan y amplían el espectro temporal de la acción tiroidea.

Acciones no genómicas

Las yodotironinas pueden activar respuestas rápidas no genómicas mediante interacciones con estructuras de membrana y vías citoplasmáticas. Uno de los mecanismos descritos implica la interacción con la integrina αvβ3, capaz de activar vías de señalización como la vía de las proteínas cinasas activadas por mitógenos (MAPK) y otras cascadas intracelulares. Estas vías pueden contribuir a efectos rápidos sobre la función vascular, la dinámica celular y la respuesta a señales de crecimiento. Desde una perspectiva endocrinológica, esto significa que la señal tiroidea puede ejercer efectos en escalas temporales breves, mientras que la acción genómica consolida cambios más estables mediante la regulación transcripcional.

Las acciones no genómicas también pueden modular la sensibilidad o la respuesta a señales concomitantes, como las catecolaminas y los factores de crecimiento, contribuyendo al complejo fenotipo de la acción tiroidea, especialmente a nivel cardiovascular y metabólico. La integración entre vías rápidas y vías genómicas permite un control multinivel, con respuestas inmediatas y remodelación a largo plazo, coherente con la función fisiológica de las yodotironinas en la coordinación de la adaptación energética y la función orgánica.

En conjunto, la existencia de vías no genómicas amplía la comprensión de la señal tiroidea sin modificar el principio central: el efecto biológico final está determinado por la T3 disponible en los tejidos diana, por su interacción con los receptores y los correguladores y por la convergencia con otros sistemas de señalización. Esto conduce a la síntesis final, que integra biosíntesis, transporte, metabolismo y acción en un marco único y aclara las limitaciones interpretativas de los valores sanguíneos considerados de forma aislada.

Integración fisiológica del sistema T3-T4

La fisiología de las hormonas tiroideas demuestra que la señal endocrina es el resultado de una cadena compleja: producción y liberación tiroideas, unión plasmática, transporte celular, conversión mediante desyodinasas e interacción con los receptores. Cada paso puede estar modulado por el estado energético, la inflamación, la función hepática y renal y las enfermedades sistémicas, lo que determina perfiles bioquímicos que no siempre corresponden a una misma intensidad de señal tisular. En particular, la reducción de la conversión hacia T3 y el aumento de la producción de rT3 durante las enfermedades sistémicas muestran cómo el organismo puede remodelar la señal sin modificar proporcionalmente la producción tiroidea.

La presencia de un reservorio circulante de T4 y la regulación tisular específica de la T3 explican por qué la valoración de la acción tiroidea requiere un enfoque integrado. La TSH representa el sensor central de la percepción hipofisaria de la señal tiroidea, pero no siempre coincide con la disponibilidad periférica de T3, especialmente cuando el metabolismo tisular está remodelado. De forma análoga, los valores de FT4 representan la disponibilidad del sustrato, pero no describen automáticamente la cantidad de T3 que alcanza los receptores en cada tejido.

En conclusión, la T3 y la T4 definen un sistema endocrino en el que la estabilidad está garantizada por la reserva hormonal y la unión a proteínas plasmáticas, mientras que la capacidad de adaptación depende del transporte y de las desyodinasas. La acción genómica mediada por los receptores de hormonas tiroideas explica los efectos sistémicos sobre el metabolismo, el crecimiento y el desarrollo, mientras que las vías no genómicas completan el cuadro mediante respuestas rápidas y la integración con otras señales. Esta perspectiva es indispensable para comprender las enfermedades tiroideas, las alteraciones de la conversión y el significado biológico de las variaciones de los parámetros de laboratorio dentro del contexto clínico.

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