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Fármacos antitiroideos

Los fármacos antitiroideos (antithyroid agents, ATD) constituyen el principal tratamiento farmacológico capaz de reducir la síntesis de las hormonas tiroideas y controlar el hipertiroidismo, especialmente en la enfermedad de Graves-Basedow. En la práctica clínica moderna, los ATD no son únicamente un tratamiento puente hacia el yodo radiactivo o la cirugía, sino que con frecuencia representan una estrategia completa, modulable a lo largo del tiempo, que puede inducir una remisión inmunológica en una proporción de pacientes y que continúa siendo esencial durante las fases en las que se requiere un control rápido y reversible de la función tiroidea, como durante el embarazo o en presencia de comorbilidades que hacen que otras opciones resulten arriesgadas.

Este grupo incluye las tionamidas utilizadas en la mayoría de los países: metimazol, también denominado tiamazol, carbimazol y propiltiouracilo (PTU). El metimazol y el carbimazol comparten un fundamento terapéutico común y suelen preferirse por su eficacia y seguridad, mientras que el PTU mantiene indicaciones seleccionadas, especialmente durante el primer trimestre del embarazo y en situaciones en las que el metimazol no puede utilizarse. La elección del ATD, la dosis inicial, el esquema de titulación y la monitorización deben basarse en el equilibrio entre control bioquímico, riesgo de recaída y prevención de las complicaciones iatrogénicas, entre ellas la agranulocitosis y la hepatotoxicidad.

Mecanismo de acción y fisiología diana:
inhibición de la síntesis y control de la señal tiroidea

Las tionamidas actúan inhibiendo la tiroperoxidasa, enzima fundamental para la organificación del yodo y el acoplamiento de las yodotirosinas, procesos esenciales para la síntesis de T4 y T3 dentro del folículo tiroideo. Este mecanismo no destruye la glándula ni elimina de forma inmediata las hormonas ya sintetizadas y almacenadas en el coloide. Por consiguiente, la mejoría clínica es progresiva y depende tanto de la inhibición de la nueva síntesis como de la reducción del depósito hormonal preformado. Esta latencia fisiológica explica por qué, durante las fases iniciales, con frecuencia es necesario asociar un tratamiento sintomático, especialmente con betabloqueantes, para controlar las manifestaciones adrenérgicas de la tirotoxicosis.

El propiltiouracilo comparte la inhibición de la tiroperoxidasa, pero, en comparación con el metimazol, también reduce la conversión periférica de T4 en T3 mediante la inhibición de la desyodación. Este efecto puede resultar clínicamente útil en situaciones de tirotoxicosis grave en las que se busca una disminución más rápida de la T3 circulante, aunque sigue siendo esencial considerar su perfil de seguridad, especialmente la mayor asociación del PTU con daño hepático grave. En el tratamiento habitual de la enfermedad de Graves, el metimazol suele preferirse porque permite un control eficaz con una pauta de administración más sencilla y un perfil global de riesgo más favorable.

El control bioquímico durante el tratamiento con ATD sigue una evolución característica. Durante las primeras semanas se observa una disminución de FT4 y FT3, mientras que la TSH puede permanecer suprimida durante más tiempo debido a la inercia del mecanismo de retroalimentación hipofisario. Interpretar correctamente esta dinámica es fundamental para evitar ajustes inadecuados. Durante las fases iniciales no debe perseguirse la normalización de la TSH, sino la normalización de las hormonas libres y la estabilización clínica. Solo posteriormente la TSH se convierte en un indicador más fiable del estado eutiroideo alcanzado.

Además, en la enfermedad de Graves el efecto terapéutico no es exclusivamente bioquímico. Al reducir el exceso hormonal y controlar el ciclo de activación inmunitaria asociado a la enfermedad, el tratamiento con ATD puede favorecer una disminución progresiva de los autoanticuerpos contra el receptor de TSH y aumentar la probabilidad de remisión, dentro de una relación compleja entre duración del tratamiento, gravedad de la enfermedad, concentración de anticuerpos y riesgo de recaída. En este sentido, el fármaco actúa como modulador de un sistema endocrino e inmunológico, y no como un simple bloqueo enzimático.

Indicaciones y elección del fármaco:
enfermedad de Graves, nódulo tóxico, bocio multinodular y otras causas de hipertiroidismo

Según las guías internacionales, la enfermedad de Graves puede tratarse con antitiroideos, yodo radiactivo o tiroidectomía, y la elección depende de las características clínicas, las comorbilidades y las preferencias informadas del paciente. Dentro de este espectro, los ATD representan con frecuencia la primera opción, especialmente cuando se desea un tratamiento reversible, cuando el riesgo quirúrgico es elevado, cuando la tirotoxicosis debe estabilizarse antes de un tratamiento definitivo o cuando el embarazo exige un control farmacológico selectivo. Las guías europeas también destacan el papel de la determinación de los anticuerpos contra el receptor de TSH para el diagnóstico y para respaldar las decisiones sobre el momento de la suspensión y el riesgo de recaída.

En el nódulo tóxico y el bocio multinodular tóxico, los ATD controlan la tirotoxicosis, pero rara vez producen una remisión estable porque el sustrato subyacente es una autonomía funcional nodular. En estos casos, el ATD suele utilizarse como tratamiento de estabilización, para reducir el riesgo perioperatorio o para preparar al paciente para el yodo radiactivo, y puede convertirse en una terapia crónica en pacientes seleccionados que no sean candidatos o no acepten opciones definitivas. La lógica clínica es diferente: en la enfermedad de Graves se busca un equilibrio que puede culminar en la remisión, mientras que en las formas autónomas se persigue con frecuencia un control sostenible mientras se espera un tratamiento resolutivo o como alternativa a este.

Es esencial diferenciar el hipertiroidismo de otras situaciones de tirotoxicosis no sostenidas por un aumento de la síntesis, como las tiroiditis destructivas o el síndrome de T3 baja, ya que en estos contextos los ATD son ineficaces. Por tanto, una indicación correcta requiere un diagnóstico etiológico preciso antes de iniciar o continuar el tratamiento. En la práctica, el antitiroideo es eficaz cuando el problema es un exceso de producción, no cuando predomina la liberación de hormonas preformadas como consecuencia del daño folicular.

La elección entre metimazol y PTU se basa en un principio compartido: el metimazol suele preferirse en la mayoría de los pacientes, mientras que el PTU se reserva para situaciones seleccionadas, especialmente durante el primer trimestre del embarazo y en casos de intolerancia o contraindicación al metimazol. Esta orientación deriva del equilibrio entre riesgos y beneficios, considerando en particular el riesgo de hepatotoxicidad grave asociado al PTU y el diferente perfil teratógeno de los fármacos durante las primeras fases del embarazo.

Esquemas terapéuticos y titulación:
dosis inicial, estrategia de reducción y objetivos bioquímicos

El inicio del tratamiento con antitiroideos requiere estimar la gravedad del hipertiroidismo y la rapidez con la que debe alcanzarse el control. En las formas moderadas o graves de enfermedad de Graves, la dosis inicial de metimazol se selecciona para reducir rápidamente FT4 y FT3 y, posteriormente, se disminuye de forma progresiva mediante una estrategia de titulación basada en la recuperación del eutiroidismo. Este enfoque permite minimizar la exposición a dosis más elevadas, asociadas a un mayor riesgo de efectos adversos dependientes de la dosis, manteniendo al mismo tiempo un control bioquímico estable.

Un modelo alternativo, utilizado históricamente, es el esquema de bloqueo y sustitución, en el que se administra una dosis más elevada de ATD para bloquear la síntesis y se añade levotiroxina para prevenir el hipotiroidismo iatrogénico. En la práctica contemporánea, muchas guías priorizan la titulación porque reduce la exposición a dosis altas de antitiroideos y tiende a limitar el riesgo de acontecimientos adversos graves. Cuando se considera este esquema, la elección debe tener en cuenta el perfil del paciente, la probabilidad de adherencia y la necesidad de evitar oscilaciones amplias entre hipertiroidismo e hipotiroidismo.

Durante las primeras fases, la titulación debe guiarse principalmente por FT4 y FT3, porque la TSH puede permanecer suprimida durante semanas o meses. Considerar la TSH como objetivo inmediato puede conducir a reducciones excesivas de la dosis, con posterior elevación de las hormonas e inestabilidad clínica. Solo después de que FT4 y FT3 se mantengan estables dentro del intervalo de referencia y el paciente esté clínicamente compensado, la TSH adquiere mayor utilidad para confirmar el equilibrio alcanzado.

En los nódulos autónomos y el bocio multinodular tóxico, la titulación sigue una lógica similar de control bioquímico, pero el objetivo no es la remisión inmunológica. En estos contextos, la decisión de mantener un tratamiento a largo plazo debe acompañarse de una monitorización periódica que minimice tanto el infratratamiento como el sobretratamiento, teniendo en cuenta que la evolución natural de la enfermedad autónoma hace más probable la necesidad de un tratamiento definitivo a largo plazo.

Monitorización y seguimiento:
intervalos de control, interpretación de la TSH y evaluación de la remisión

La monitorización de los ATD debe estructurarse en torno a dos objetivos: garantizar un control bioquímico estable e identificar precozmente acontecimientos adversos clínicamente significativos. Durante las fases iniciales, los controles de FT4 y FT3 permiten evaluar la respuesta y reducir la dosis de forma gradual, evitando la aparición de hipotiroidismo iatrogénico. Como ya se ha señalado, la TSH puede permanecer suprimida y no debe utilizarse como único parámetro para orientar las primeras decisiones sobre la dosis.

En la enfermedad de Graves, el seguimiento incluye la identificación de un posible momento para suspender el tratamiento y la estimación del riesgo de recaída. Las guías europeas recomiendan utilizar los anticuerpos contra el receptor de TSH para respaldar las decisiones clínicas relacionadas con la interrupción de los ATD y con el manejo durante el embarazo. En general, una situación clínica estable, concentraciones de hormonas tiroideas dentro del intervalo de referencia con dosis bajas y una disminución de los autoanticuerpos sugieren una mayor probabilidad de remisión. Por el contrario, una tirotoxicosis grave, un bocio voluminoso, concentraciones elevadas de anticuerpos y la persistencia del hipertiroidismo pese a un tratamiento adecuado indican un mayor riesgo de recaída.

El seguimiento también debe considerar la calidad del control a lo largo del tiempo. Las oscilaciones repetidas entre hipertiroidismo e hipotiroidismo no son clínicamente neutras, ya que pueden aumentar el riesgo arrítmico, empeorar los síntomas y comprometer la adherencia. Una monitorización adecuada pretende lograr un eutiroidismo estable, interviniendo no solo sobre la dosis, sino también sobre la adherencia, las interacciones farmacológicas concomitantes y, cuando sea necesario, la estrategia terapéutica global, incluida la valoración del yodo radiactivo o la cirugía.

En los pacientes que reciben tratamiento prolongado, la vigilancia debe incluir la reevaluación periódica de la indicación. Un control estable con dosis bajas puede hacer razonable la continuación, mientras que la inestabilidad persistente, los acontecimientos adversos o una baja probabilidad de remisión hacen más apropiada la transición hacia opciones definitivas. De este modo, el seguimiento se convierte en una parte activa de la decisión terapéutica y no en un simple control analítico.

Seguridad y efectos adversos:
agranulocitosis, hepatotoxicidad, vasculitis y reacciones cutáneas

Los antitiroideos suelen ser eficaces y bien tolerados, pero su seguridad está condicionada por acontecimientos adversos infrecuentes y potencialmente graves. El más temido es la agranulocitosis, definida por una neutropenia grave que puede predisponer a infecciones rápidamente progresivas. Los estudios observacionales realizados en amplias cohortes muestran que la agranulocitosis aparece con mayor frecuencia durante los primeros meses de tratamiento y que el riesgo aumenta con dosis más elevadas y con la edad avanzada. Su baja frecuencia no disminuye la importancia clínica del reconocimiento precoz. El manejo se basa en la suspensión inmediata del ATD y en una valoración asistencial urgente, porque continuar el tratamiento en presencia de fiebre u odinofagia puede exponer al paciente a complicaciones infecciosas graves.

El PTU se asocia a un mayor riesgo de hepatotoxicidad grave que el metimazol, incluidos casos de insuficiencia hepática fulminante que han motivado comunicaciones regulatorias de seguridad. Este dato influye directamente en la elección del fármaco: el PTU se reserva para indicaciones seleccionadas, mientras que el metimazol se prefiere en la mayoría de los pacientes. Es importante diferenciar las alteraciones leves y transitorias de las enzimas hepáticas, que también pueden aparecer durante la tirotoxicosis, de los cuadros clínicos compatibles con daño hepático grave, que requieren la suspensión del tratamiento y una valoración urgente.

Otros acontecimientos incluyen reacciones cutáneas, artralgias, febrícula, trastornos gastrointestinales y, con menor frecuencia, vasculitis asociadas a anticuerpos anticitoplasma de neutrófilos, especialmente con PTU. El manejo clínico requiere una estratificación de la gravedad. Los acontecimientos leves pueden tratarse mediante reevaluación y, en algunos casos, con un cambio de molécula, mientras que los acontecimientos graves obligan a suspender definitivamente el tratamiento y a planificar una estrategia alternativa para controlar el hipertiroidismo. En particular, después de un episodio de agranulocitosis, la sustitución por otra tionamida no se considera segura debido al riesgo de reactividad cruzada.

La prevención de los desenlaces más graves depende principalmente de la educación del paciente y de una monitorización razonada. Dado que la agranulocitosis puede aparecer de manera repentina, la recomendación clínica más eficaz consiste en instruir claramente al paciente para que suspenda el fármaco y se realice un hemograma urgente en caso de fiebre o síntomas faríngeos. Al mismo tiempo, la evaluación inicial y las revisiones clínicas deben considerar signos de hepatotoxicidad, como prurito, ictericia, dolor en el hipocondrio derecho o astenia intensa no explicada. De este modo, la seguridad no depende de controles ocasionales, sino de un sistema coherente de prevención y reconocimiento precoz.

Embarazo y lactancia:
elección del fármaco y manejo del riesgo maternofetal

El embarazo representa una situación en la que el control de la tirotoxicosis es esencial, pero el tratamiento debe minimizar el riesgo fetal. Las guías internacionales recomiendan un enfoque diferenciado según el trimestre. Durante el primer trimestre suele preferirse el propiltiouracilo para reducir el riesgo de malformaciones asociadas al metimazol durante la organogénesis, mientras que a partir del segundo trimestre se recomienda generalmente cambiar a metimazol para limitar la exposición prolongada al PTU y su riesgo hepático. El objetivo es mantener FT4 dentro de un intervalo seguro, evitando tanto el hipertiroidismo materno no controlado, asociado a complicaciones obstétricas, como el hipotiroidismo fetal iatrogénico causado por una dosis excesiva de ATD.

Durante el embarazo, la titulación requiere utilizar las dosis más bajas posibles que permitan controlar la enfermedad, con controles frecuentes y teniendo en cuenta que los cambios fisiológicos pueden modificar su gravedad a lo largo del tiempo. Un aspecto específico de la enfermedad de Graves es el papel de los anticuerpos contra el receptor de TSH, que pueden atravesar la placenta e influir en la función tiroidea fetal. Por este motivo, la evaluación de los anticuerpos y la coordinación obstétrica y endocrinológica forman parte integral del manejo. El seguimiento debe integrar la bioquímica materna, el estado clínico y la valoración del riesgo fetal.

Durante la lactancia, los ATD pueden utilizarse con precaución y en dosis adecuadas, con preferencia por el metimazol en muchos contextos, realizando una monitorización clínica y, cuando esté indicado, de la función tiroidea del recién nacido. El principio consiste en mantener un control eficaz de la madre con la menor carga farmacológica posible, evitando tanto la reaparición de la tirotoxicosis, que puede comprometer la salud materna, como una exposición excesiva del lactante. También en este contexto, la titulación y la estabilidad del eutiroidismo materno son elementos fundamentales para la seguridad.

Duración del tratamiento, recaída y alternativas

En la enfermedad de Graves, la duración habitual del tratamiento con ATD suele ser de varios meses, con el objetivo de alcanzar y mantener el eutiroidismo y, posteriormente, evaluar la posibilidad de suspenderlo cuando existan signos de remisión. La probabilidad de remisión varía ampliamente y depende de factores clínicos e inmunológicos, por lo que la decisión de suspender el tratamiento no puede ser automática. Las guías europeas destacan el uso de los anticuerpos contra el receptor de TSH como herramienta para estimar el riesgo de recaída y orientar la suspensión. La recaída no es infrecuente y puede requerir un nuevo ciclo de ATD o la transición al yodo radiactivo o la cirugía, según el perfil del paciente y sus antecedentes terapéuticos.

Una cuestión relevante es la posibilidad de mantener un tratamiento prolongado con dosis bajas de metimazol en pacientes seleccionados, especialmente cuando se desea evitar un tratamiento definitivo o cuando la enfermedad recae repetidamente, pero continúa siendo controlable con dosis mínimas. En este contexto, la calidad del control y la seguridad se convierten en los aspectos fundamentales. El tratamiento prolongado debe acompañarse de un seguimiento regular y una reevaluación periódica del riesgo acumulado, teniendo en cuenta la edad, las comorbilidades cardiovasculares y las preferencias informadas del paciente.

En el nódulo tóxico y el bocio multinodular tóxico, el tratamiento antitiroideo a largo plazo representa con mayor frecuencia una solución de compromiso que un objetivo terapéutico, porque la autonomía nodular tiende a persistir. En estos casos, la decisión de continuar el tratamiento crónico se basa en la viabilidad, el riesgo quirúrgico, la disposición a recibir yodo radiactivo y la estabilidad del control. En pacientes ancianos frágiles, una estrategia crónica puede ser razonable si se monitoriza adecuadamente, pero debe explicarse que no modifica el sustrato anatómico de la enfermedad autónoma.

Cuando el tratamiento farmacológico no garantiza estabilidad, aparecen acontecimientos adversos significativos o el riesgo de recaída es elevado, la estrategia más coherente consiste en planificar un tratamiento definitivo, eligiendo entre yodo radiactivo o cirugía según el perfil clínico. De este modo, el tratamiento antitiroideo pasa a formar parte de un proceso terapéutico y no se mantiene indefinidamente por inercia, mientras que la decisión final continúa basándose en el equilibrio entre eficacia, seguridad y preferencias del paciente.

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