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Eje hipotálamo-hipófisis-tiroides
(regulación, retroalimentación y punto de ajuste endocrino)

El eje hipotálamo-hipófisis-tiroides es el circuito neuroendocrino que garantiza la estabilidad de la función tiroidea a lo largo del tiempo, traduciendo señales centrales y periféricas en una modulación continua de la secreción de hormona estimulante de la tiroides (TSH) y de la producción de tiroxina (T4) y triyodotironina (T3). A diferencia de otros ejes, el eje hipotálamo-hipófisis-tiroides integra una glándula periférica dotada de reserva coloidea y de una cinética lenta, por lo que su regulación no pretende seguir variaciones minuto a minuto, sino mantener un equilibrio sólido y adaptativo a escalas temporales más amplias, compatible con las necesidades del metabolismo basal, la termogénesis y la plasticidad tisular.

Comprender este eje significa ir más allá del esquema lineal «hormona liberadora de tirotropina, hormona estimulante de la tiroides, tiroides» y reconocer que el resultado final depende de la interacción entre la ritmicidad circadiana y pulsátil de la señal tirotrópica, las modulaciones centrales relacionadas con el sueño, el estrés y el estado energético, la autorregulación intratiroidea y la regulación periférica de la disponibilidad de T3. En esta página, el eje se analiza como un sistema dinámico, con especial énfasis en la retroalimentación, el punto de ajuste individual, la histéresis y la variabilidad biológica, es decir, los conceptos que determinan cómo interpretar correctamente la fisiología y las desviaciones aparentes respecto a los valores «de referencia».

Arquitectura del eje y lógica de control

El eje hipotálamo-hipófisis-tiroides está organizado como un sistema de control multinivel, en el que una señal hipotalámica, la hormona liberadora de tirotropina (TRH), coordina la secreción hipofisaria de TSH, mientras que la TSH regula el trofismo y la producción de la glándula tiroides. Sin embargo, su estructura funcional es más compleja, ya que el sistema debe controlar una producción periférica que no coincide con una única hormona, sino con una combinación de T4 y T3, con una proporción decisiva de T3 generada en los tejidos. Por tanto, el eje no regula solamente cuánta tiroxina se produce, sino también cuánta señal tiroidea se hace biológicamente disponible en los tejidos periféricos, tanto en condiciones fisiológicas como en respuesta al estrés metabólico o a la enfermedad.

En el hipotálamo, la TRH se produce principalmente en las neuronas del núcleo paraventricular y se libera en el sistema portal hipotálamo-hipofisario. Esta liberación constituye un punto de integración de señales neurales y humorales. El estado nutricional, las señales leptínicas y melanocortínicas, la temperatura, las señales circadianas y los componentes del estrés pueden converger sobre estas neuronas, modulando la intensidad del estímulo tirotrópico. La función fisiológica de esta arquitectura consiste en permitir que el eje adapte la función tiroidea no solo a las necesidades basales, sino también al contexto energético y ambiental, evitando respuestas excesivas o ineficaces.

En la hipófisis, la TSH es producida por los tirotropos de la adenohipófisis. La TSH no es una simple señal cuantitativa, ya que su actividad biológica también depende de características cualitativas, en particular de la glucosilación y de la composición de los glicanos, que pueden modificar su semivida y su bioactividad. En condiciones fisiológicas, esto introduce un nivel adicional de regulación. El organismo puede modular no solo la concentración inmunorreactiva de TSH, sino también su efecto biológico sobre el receptor tiroideo, con consecuencias para la relación entre los resultados de laboratorio y el efecto periférico.

La tiroides responde a la TSH aumentando la captación de yoduro, la síntesis de tiroglobulina, la organificación y la movilización del coloide, además de ejercer un efecto trófico sobre el folículo. Dado que la tiroides dispone de una reserva, la relación entre la variación de la señal y la variación de la producción presenta una latencia fisiológica. Este aspecto es esencial. El eje está diseñado para estabilizar la señal tiroidea y reducir las oscilaciones rápidas, pero a costa de una dinámica temporal que hace que los cambios sean más lentos y, en ocasiones, aparentemente discordantes cuando se observan puntos aislados en el tiempo.

En conjunto, el eje se comporta como un regulador con un importante componente estabilizador, en el que la retroalimentación negativa, la inercia del compartimento tiroideo y las modulaciones centrales permiten mantener una configuración individual coherente durante periodos prolongados. Esta coherencia interna constituye la base del concepto de punto de ajuste y explica por qué los intervalos de referencia poblacionales suelen ser poco informativos cuando se intentan interpretar variaciones longitudinales en un mismo individuo.

Secreción de TSH

La secreción de TSH es intrínsecamente dinámica. En condiciones fisiológicas, la señal tirotrópica está formada por un componente basal y otro pulsátil, con variaciones en escalas temporales de minutos a horas. A ello se superpone una marcada ritmicidad circadiana, con tendencia a presentar niveles más elevados durante la noche y una reducción durante el día. La consecuencia práctica es que un único valor de TSH no representa un nivel fijo, sino un punto de una curva variable, influida por la hora de la extracción, el sueño, la luz y la organización del ritmo sueño-vigilia.

El sueño no es solamente una condición pasiva, sino una parte integrante de la regulación. La sincronización circadiana de la TSH está vinculada a los sistemas centrales de temporización biológica, y el patrón nocturno es coherente con la fisiología de la TRH y con la interacción entre el eje tiroideo y otros ejes hipotálamo-hipofisarios. En una persona con un ciclo sueño-vigilia regular, el aumento vespertino y nocturno constituye un patrón esperado. Las alteraciones del sueño o del cronotipo pueden remodelar este perfil. Esto explica por qué el trabajo nocturno, el insomnio y la desalineación circadiana pueden producir variaciones de la TSH sin que ello corresponda necesariamente a una enfermedad tiroidea primaria.

El patrón pulsátil de la TSH también es relevante porque refleja un control central finamente modulable. Los estudios con muestreos frecuentes muestran que la secreción se produce mediante pulsos secretorios y variaciones en la amplitud de los picos. Desde el punto de vista del sistema, esto permite un control eficiente. En lugar de mantener una secreción elevada y continua, el organismo utiliza impulsos sobre una base estable, obteniendo una regulación suficientemente flexible y compatible con la lentitud de la producción tiroidea.

Un elemento que a menudo se infravalora es el efecto de los glucocorticoides sobre los ritmos de la TSH. Incluso dentro del intervalo fisiológico, la variación circadiana del cortisol puede modular la secreción tirotrópica y contribuir al perfil diurno de la TSH. Esto no implica que el eje tiroideo esté controlado por el cortisol, sino que ambos sistemas comparten una coordinación central. En situaciones de estrés, las variaciones de la actividad glucocorticoidea y de la regulación central pueden modificar el perfil de la TSH, por lo que resulta necesaria una interpretación contextual.

Estas propiedades pulsátiles y circadianas no constituyen un detalle técnico, sino un principio fisiológico. El eje está diseñado para funcionar dentro de un entorno temporal. Ignorar la dimensión temporal conduce a interpretaciones erróneas, especialmente cuando se buscan explicaciones patológicas para variaciones pequeñas, aisladas o registradas en momentos circadianos diferentes.

Retroalimentación negativa

La retroalimentación negativa es el mecanismo fundamental de estabilidad del eje. Las hormonas tiroideas reducen la secreción de TSH y modulan la producción de TRH, formando un circuito de control que impide la progresión hacia la hiperfunción o la hipofunción. Su lógica no se limita a «más T4, menos TSH», sino que comprende un conjunto de mecanismos que incluyen el control de la transcripción de las subunidades de la TSH en los tirotropos, la sensibilidad hipofisaria a la TRH y la regulación hipotalámica de las neuronas productoras de TRH. Esto significa que la retroalimentación actúa sobre varios niveles y puede ser remodelada por enfermedades sistémicas y condiciones hormonales concomitantes.

Un aspecto fundamental es que el cerebro y la hipófisis perciben la señal tiroidea, en parte, mediante la conversión local y la disponibilidad hormonal en los tejidos centrales. La regulación no depende únicamente de la cantidad de T4 circulante, sino también de cómo se convierte y se percibe la señal a nivel central. En condiciones fisiológicas, esto garantiza que el control central permanezca vinculado al efecto tiroideo real. En situaciones patológicas o adaptativas, las variaciones de la disponibilidad central pueden contribuir a perfiles bioquímicos poco intuitivos, en los que la TSH no se comporta como cabría esperar al observar únicamente la T4 libre y la T3 periférica.

Además, la retroalimentación no es idéntica para la TRH y la TSH. El hipotálamo integra señales energéticas y ambientales, mientras que la hipófisis actúa como amplificador y filtro de la señal hipotalámica. Por tanto, una variación de la TSH puede deberse a cambios en el estímulo de la TRH, a cambios en la sensibilidad hipofisaria o a modificaciones de la señal tiroidea percibida a nivel central. Esta distinción es fundamental para comprender por qué algunas enfermedades sistémicas, incluso sin patología tiroidea primaria, pueden modificar la TSH y su relación con la T4 y la T3.

La relación no lineal entre la TSH y la tiroxina libre (FT4) es una consecuencia de la retroalimentación y de la fisiología del sistema. A nivel individual, la relación puede parecer más o menos logarítmico-lineal, mientras que a nivel poblacional aparece una curva compleja influida por la heterogeneidad de los puntos de ajuste, la variabilidad biológica y los diferentes estados fisiológicos. Por ello, interpretar la TSH como un sensor perfecto y universal resulta reduccionista. La TSH es una señal muy informativa, pero debe interpretarse como parte de un sistema con reglas dinámicas y parámetros individuales.

En conjunto, la retroalimentación negativa no es solamente un mecanismo de freno, sino el dispositivo que construye la estabilidad del punto de ajuste. Precisamente por este motivo, cuando el punto de ajuste cambia o cuando su percepción central se altera, el sistema puede mostrar histéresis y retrasos en la readaptación, con implicaciones directas para la interpretación clínica y fisiológica de las pruebas tiroideas.

Punto de ajuste individual y variabilidad biológica

El concepto de punto de ajuste del eje hipotálamo-hipófisis-tiroides describe la tendencia de cada individuo a mantener a lo largo del tiempo una combinación relativamente estable de TSH y hormonas tiroideas dentro de un intervalo más estrecho que los rangos poblacionales. En otros términos, la variabilidad entre individuos es amplia, mientras que la variabilidad intraindividual suele ser más limitada. Esto tiene dos consecuencias fisiológicas e interpretativas. Valores diferentes pueden ser normales en personas distintas, y pequeños cambios en un mismo individuo pueden ser biológicamente significativos aunque permanezcan dentro de los límites de referencia.

La estabilidad del punto de ajuste no es rígida, sino que resulta de una calibración que incluye la sensibilidad hipofisaria, la dinámica de la TRH, la respuesta tiroidea a la TSH, la disponibilidad de yodo, la conversión periférica y factores relacionados con la edad y la composición corporal. Por tanto, el eje funciona como un sistema calibrado según parámetros individuales, mientras que los intervalos de referencia poblacionales representan un compromiso estadístico útil para el cribado, pero incompleto para describir la fisiología detallada de cada individuo.

La variabilidad biológica de la TSH incluye componentes a corto plazo, como la secreción pulsátil y la ritmicidad circadiana, y componentes a largo plazo, como la estacionalidad, el envejecimiento y las variaciones del peso corporal. El conjunto de estos factores puede producir oscilaciones que, si se interpretan sin contexto, pueden simular una disfunción. La fisiología del eje impone, por tanto, una regla conceptual. El diagnóstico de una alteración persistente requiere una perspectiva longitudinal y una valoración de la reproducibilidad de los valores obtenidos en condiciones comparables.

El concepto de punto de ajuste también constituye la base del debate sobre la definición de disfunción subclínica. Si una persona presenta un punto de ajuste fisiológico de FT4 cercano al límite superior del intervalo y una TSH más baja, una variación que desplace sus valores hacia el centro del intervalo ya puede percibirse como una reducción de la acción tiroidea respecto a su normalidad personal. Por el contrario, una persona con un punto de ajuste diferente puede tolerar valores idénticos sin cambios clínicos. Esta perspectiva no niega el valor de los puntos de corte, pero aclara que el eje está diseñado para una normalidad individual más que para una normalidad estadística.

Desde el punto de vista endocrinológico, el punto de ajuste significa que el sistema es robusto y personalizado. Esta personalización deriva de la combinación de parámetros centrales y periféricos y, en última instancia, determina la respuesta de la TSH a variaciones incluso pequeñas de FT4 y la velocidad con la que el eje se reajusta tras una perturbación. Esto conduce directamente al concepto de histéresis, es decir, a la dependencia del comportamiento del sistema respecto a su historia reciente.

Histéresis y tiempos de reajuste

La histéresis del eje hipotálamo-hipófisis-tiroides describe el fenómeno por el que la relación entre la TSH y las hormonas tiroideas puede depender del recorrido temporal mediante el cual el sistema ha alcanzado un estado determinado. En la práctica, para una misma concentración de FT4, la TSH puede ser diferente según la persona se esté recuperando de una fase de hipertiroidismo o hipotiroidismo, o esté atravesando una perturbación transitoria. Este comportamiento es coherente con un sistema de control dotado de inercia, reserva tiroidea y regulación central que se adapta a lo largo del tiempo, y no con un sensor instantáneo carente de memoria.

Los tiempos de reajuste están determinados por varios componentes: la semivida de las hormonas, la reserva coloidea, la adaptación de la transcripción de la TSH en los tirotropos, la modulación del estímulo de la TRH y las modificaciones periféricas de la conversión a T3. Tras una perturbación importante, el eje puede necesitar un periodo considerable para alcanzar un nuevo equilibrio, y durante este intervalo pueden aparecer combinaciones poco intuitivas de TSH y FT4. Esta propiedad es fisiológica y refleja el objetivo del sistema: estabilizar la producción sin responder de manera excesiva a fluctuaciones transitorias.

La histéresis es especialmente evidente cuando se observan transiciones rápidas inducidas por cambios importantes en la señal tiroidea o en su tratamiento. Sin embargo, incluso en condiciones fisiológicas existen circunstancias que pueden introducir un componente histérico, como las variaciones del ritmo sueño-vigilia, la pérdida rápida de peso, la enfermedad sistémica o la modificación prolongada de la ingesta de yodo. En estos contextos, el eje puede interpretar temporalmente la señal periférica de manera diferente y modular la TRH y la TSH según una lógica protectora y adaptativa.

El significado endocrinológico de la histéresis es doble. Por una parte, protege al organismo frente a oscilaciones rápidas de la acción tiroidea, que serían biológicamente costosas, especialmente en los sistemas cardiovascular y neuropsíquico. Por otra, obliga a interpretar con cautela las mediciones aisladas. Una TSH que no sea plenamente congruente con la FT4 puede representar un eje en transición y no una disfunción primaria. La fisiología del eje exige, por tanto, una interpretación basada en la dinámica, la historia reciente y la plausibilidad biológica del recorrido.

En conclusión, la histéresis es la manifestación de un control con memoria, y esta memoria deriva de la combinación de la regulación central y la cinética tiroidea. Comprender la histéresis significa reconocer que la estabilidad del eje tiene un coste: tiempos de reajuste y, en ocasiones, una disociación temporal entre las señales numéricas y la trayectoria real del sistema.

Modulaciones centrales

El eje tiroideo es profundamente sensible al estado energético. En condiciones de equilibrio energético, el punto de ajuste mantiene un nivel de señal tiroidea coherente con la termogénesis y el metabolismo basal. En situaciones de reducción de la ingesta calórica o ayuno, el sistema tiende a remodelar la función tiroidea según una lógica de ahorro energético, reduciendo la disponibilidad de T3 y modificando la secreción de TSH, sobre todo mediante variaciones del patrón pulsátil y de la amplitud de los pulsos. Este comportamiento es adaptativo, ya que reduce el coste metabólico del organismo cuando la energía disponible es limitada.

El ayuno es un modelo fisiológico que demuestra que la regulación del eje no consiste en un simple circuito de retroalimentación negativa. Durante el ayuno, la señal tiroidea periférica cambia, con una reducción de la T3 y una remodelación de la conversión periférica, mientras que la TSH puede no aumentar como ocurriría en un hipotiroidismo primario, precisamente porque el control central y las prioridades energéticas se modifican. Desde el punto de vista fisiológico, el eje entra en un modo de control que prioriza la adaptación metabólica frente al mantenimiento rígido de un punto de ajuste estándar.

El estrés, mediante señales centrales y la interacción con el eje hipotálamo-hipófisis-suprarrenal, puede modificar aún más la secreción de TSH. Los glucocorticoides, incluso a concentraciones fisiológicas, contribuyen a la modulación circadiana. En situaciones de aumento del estrés o de cambios en el perfil glucocorticoideo, el eje tiroideo puede mostrar una reducción del estímulo tirotrópico o modificaciones de la respuesta central, con efectos que deben interpretarse como parte de la fisiología adaptativa. El objetivo biológico es coordinar las respuestas energéticas, cardiovasculares e inmunitarias, y no optimizar un único valor hormonal.

Además, la regulación central está influida por señales adipostáticas y neuroendocrinas que relacionan la función tiroidea con la composición corporal. El eje contribuye a regular el gasto energético y responde a señales que informan al cerebro sobre el balance energético. Esto crea un circuito funcional más amplio. La tiroides no solo está regulada por el cerebro, sino que también contribuye a determinar el estado energético que, a su vez, ejerce retroalimentación sobre el control central.

Estas modulaciones centrales demuestran que el eje tiroideo es un sistema integrador. Su fisiología normal incluye la capacidad de cambiar su modo de funcionamiento en respuesta al contexto. Por ello, la interpretación de las pruebas tiroideas debe considerar factores como el sueño, la restricción calórica, el estrés y la enfermedad, evitando transformar en un diagnóstico de disfunción tiroidea primaria lo que puede representar una variación adaptativa o una transición reguladora.

Enfermedad no tiroidea y remodelación del eje durante la enfermedad sistémica

Durante una enfermedad sistémica grave, el eje hipotálamo-hipófisis-tiroides puede adoptar una configuración denominada síndrome de enfermedad no tiroidea, caracterizada principalmente por una reducción de la T3 y por una remodelación de la conversión periférica y de la disponibilidad hormonal. Este fenómeno se ha interpretado como una adaptación o como un componente disfuncional, pero desde el punto de vista fisiológico representa un ejemplo significativo de cómo el eje se reconfigura cuando la prioridad biológica pasa a ser la supervivencia y el control de la inflamación, en lugar de la optimización del metabolismo basal.

La remodelación afecta a varios niveles. A nivel periférico, cambian las vías de conversión y la disponibilidad de T3 en los tejidos, con efectos que pueden ser específicos de cada tejido. A nivel central, la TSH puede ser normal o estar reducida y, en determinadas fases, también puede aumentar durante la recuperación, reflejando el reajuste progresivo del estímulo de la TRH y de la sensibilidad hipofisaria. En este contexto, la disociación entre la TSH y las hormonas tiroideas no indica necesariamente una enfermedad tiroidea primaria, sino una estrategia de control diferente.

Un aspecto crucial es que la enfermedad sistémica modifica la relación entre las señales numéricas y la acción biológica. El eje está diseñado para funcionar en un organismo estable. Cuando intervienen la inflamación, las citocinas, los medicamentos y las alteraciones hemodinámicas, el sistema de control modifica sus prioridades y su dinámica. Por tanto, la fisiología del eje incluye la capacidad de reducir la intensidad de la señal tiroidea periférica como parte de una respuesta integrada, que puede disminuir el consumo energético y modular el perfil metabólico de manera coherente con el estrés sistémico.

El aspecto más importante, desde una perspectiva endocrinológica general, es comprender que la enfermedad no tiroidea pone de manifiesto los límites del modelo que considera la TSH como único árbitro y destaca la existencia de múltiples circuitos reguladores. La TSH sigue siendo una señal esencial, pero su interpretación debe tener en cuenta el contexto biológico y la posibilidad de que el eje esté funcionando temporalmente en un modo adaptativo. Este planteamiento es coherente con los conceptos de punto de ajuste e histéresis, pero los sitúa en un contexto de remodelación sistémica.

En conclusión, la enfermedad no tiroidea representa la fisiología del eje en condiciones extremas. El estudio de este fenómeno permite comprender que el eje hipotálamo-hipófisis-tiroides es un sistema de control adaptativo y que la estabilidad normal es una propiedad emergente del sistema en condiciones de homeostasis, no una regla invariable en todas las circunstancias clínicas.

Interpretación fisiológica de las pruebas tiroideas

La relación entre la TSH y la FT4 suele describirse como inversa y no lineal, pero su forma observable depende del nivel de análisis. A nivel poblacional, la heterogeneidad de los puntos de ajuste individuales y la presencia de diferentes estados fisiológicos determinan una curva compleja. A nivel individual, con mediciones repetidas a lo largo del tiempo, la relación puede parecer más regular y, en muchos casos, compatible con un comportamiento logarítmico-lineal dentro del intervalo personal. Esto significa que una misma fisiología puede producir relaciones diferentes según se analice al individuo o a la población.

La principal consecuencia es que los intervalos de referencia son herramientas útiles, pero intrínsecamente imperfectas. Describen una distribución estadística, no un intervalo fisiológico personalizado. En el eje tiroideo, cuya variabilidad intraindividual puede ser más estrecha, una interpretación correcta requiere a menudo la comparación con valores previos, la valoración de la tendencia y la consideración de los factores que desplazan temporalmente la TSH, como la hora de la extracción, el sueño, los medicamentos, el estrés y el estado energético.

La variabilidad de la TSH, documentada en distintas escalas temporales, implica que una única medición puede sobreestimar o infraestimar la posición real del eje. La fisiología sugiere, por tanto, un enfoque conceptual que reconozca el valor informativo de la TSH como sensor, pero evite reducir el eje a un número aislado. La interpretación más fiel a la fisiología integra la TSH, la FT4, la T3 cuando sea pertinente, el contexto clínico y la evolución temporal, es decir, los elementos que permiten determinar si el sistema se encuentra en estado estable o en transición.

Otra limitación deriva del componente cualitativo de la TSH. Dado que su bioactividad puede variar en relación con la glucosilación, dos concentraciones inmunorreactivas similares pueden no corresponder a un estímulo biológico idéntico sobre el receptor de la TSH. En condiciones fisiológicas, esto contribuye a ampliar la variabilidad aparente y ayuda a explicar discrepancias que no pueden comprenderse únicamente mediante una lógica cuantitativa. El principio endocrinológico es que la calidad de la señal hormonal puede ser tan importante como su cantidad, especialmente en determinadas condiciones o estados fisiológicos.

    En la interpretación fisiológica del eje, tres conceptos reducen los errores interpretativos y aclaran el significado de los resultados:

  • tiempo, porque la TSH presenta una secreción pulsátil y circadiana, y el eje posee inercia y tiempos de reajuste;
  • punto de ajuste, porque la normalidad es individual y con frecuencia más estrecha que el intervalo poblacional;
  • contexto, porque el ayuno, el estrés, el sueño, los medicamentos y la enfermedad sistémica remodelan el circuito sin equivaler necesariamente a una enfermedad tiroidea primaria.

En síntesis, la interpretación fisiológica de las pruebas tiroideas debe respetar la naturaleza del sistema: un circuito de control con memoria, variabilidad temporal y parámetros individuales. Esta perspectiva no reduce el valor clínico de la TSH, sino que hace que su interpretación sea más precisa, porque la sitúa dentro de su función real como señal de control y no como un criterio absoluto desvinculado de la dinámica biológica.

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