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Endocrinología en las diferentes etapas de la vida

La endocrinología atraviesa todo el curso de la vida porque las hormonas no son solo sustancias “medibles” en una muestra de sangre, sino que constituyen un lenguaje biológico que coordina crecimiento, maduración, reproducción, homeostasis metabólica, respuesta al estrés y adaptación a los cambios ambientales. La misma vía hormonal adquiere significados diferentes según el contexto temporal: durante el desarrollo fetal y neonatal orienta la programación de los tejidos y la transición cardiorrespiratoria; en la infancia sostiene el crecimiento lineal y la maduración neurocognitiva; en la pubertad gobierna la activación gonadal y la remodelación corporal; en la edad adulta regula fertilidad y embarazo; en el climaterio y el envejecimiento interactúa con fragilidad, sarcopenia, riesgo cardiovascular y vulnerabilidad iatrogénica. Comprender estos pasos es crucial porque el límite entre fisiología y patología suele estar definido por umbrales que cambian con la edad, el sexo biológico y el patrón de unión a las proteínas plasmáticas, y porque muchas terapias endocrinas son, en la práctica, sustituciones o modulaciones de señales que varían fisiológicamente con el tiempo.

Un segundo principio es que la “normalidad” endocrina depende en gran medida del ritmo. Muchos ejes presentan pulsos ultradianos, oscilaciones circadianas y ciclos infradianos, con amplitud y periodicidad que cambian de manera previsible en las distintas etapas de la vida. De ello deriva un corolario clínico: la interpretación correcta de un valor requiere un marco temporal que incluya hora del día, condiciones de la extracción, pubertad o menopausia, embarazo, tratamientos en curso y comorbilidades. La medicina endocrina life-course no se limita por tanto a “cambiar rangos”, sino que implica comprender cómo la edad remodela la sensibilidad receptorial, el aclaramiento hepático y renal, la biodisponibilidad ligada a globulinas, la respuesta al estrés y a la inflamación, y la probabilidad de que una intervención farmacológica produzca beneficios o daños.

Finalmente, muchas decisiones endocrinas en las distintas edades son decisiones de prevención del daño acumulativo. La corrección oportuna del hipotiroidismo congénito protege el desarrollo neurológico; el manejo cuidadoso del hipotiroidismo o del hipertiroidismo en el embarazo reduce riesgos materno-fetales; el uso apropiado de la terapia hormonal en la menopausia requiere estratificación del riesgo; la sustitución glucocorticoidea en la insuficiencia suprarrenal debe evitar tanto la infradosificación como las consecuencias metabólicas de la sobredosificación. La competencia clave pasa a ser integrar biología de la edad, evidencia y preferencias del paciente, con una monitorización que tenga en cuenta la trayectoria temporal, no solo el valor instantáneo.

Principios generales de endocrinología life-course

Un enfoque life-course parte del reconocimiento de que el sistema endocrino es un sistema de control jerárquico y redundante, en el que cada eje incluye una fuente de señal, una o más glándulas efectoras, un patrón temporal y un conjunto de retroalimentaciones. En las etapas de la vida cambian todos estos elementos. En los primeros años predominan patrones anabólicos orientados al crecimiento y al desarrollo, con elevada plasticidad neuroendocrina; durante la pubertad se recalibran los circuitos hipotalámicos y aumentan los pulsos gonadotrópicos; en el embarazo, la placenta introduce un “órgano endocrino” transitorio que modifica tiroides, suprarrenal, metabolismo glucídico y lípidos; en el climaterio y la andropausia, la reducción de las señales gonadales modifica la composición corporal y el hueso; en la persona mayor disminuyen las reservas endocrinas y aumenta la sensibilidad a los efectos adversos de los fármacos. La misma diagnosis tiene por tanto pesos diferentes: una alteración bioquímica idéntica puede ser irrelevante en una fase, crucial en otra, o requerir umbrales distintos para tratar.

La variabilidad fisiológica depende de manera importante de las proteínas de transporte. En el embarazo y con los estrógenos aumentan la globulina fijadora de tiroxina (TBG) y la globulina fijadora de corticosteroides (CBG), modificando los niveles totales de tiroxina y cortisol; la interpretación debe priorizar fracciones libres o índices validados y considerar interferencias analíticas. También el estado nutricional e inflamatorio, más frecuente en la persona mayor y en el paciente crónico, altera la conversión periférica, la unión proteica y las señales hipotalámicas. Un eje especialmente sensible es el tiroideo, en el que la relación entre hormona estimulante de la tiroides (TSH) y tiroxina libre (FT4) cambia con la edad, el embarazo y la enfermedad no tiroidea, lo que impone cautela al distinguir adaptación de patología tratable.

La farmacología endocrina a lo largo de la vida requiere además atención a la biodisponibilidad y al aclaramiento. Neonatos y lactantes tienen metabolismo hepático y función renal en maduración, con riesgo de acumulación e inestabilidad de las dosis. Los adultos jóvenes suelen tener mayor masa magra y mayor aclaramiento que la persona mayor. En el sujeto anciano, la reducción de la filtración glomerular, la polifarmacia y la reducción de la albúmina aumentan el riesgo de sobredosificación, hipoglucemia, hiponatremia, hiperpotasemia o eventos trombóticos según las terapias. En paralelo, algunas condiciones endocrinas requieren educación para el autocuidado durante todo el curso de la vida, como la insuficiencia suprarrenal, en la que la prevención de la crisis depende de la capacidad de aumentar la dosis durante el estrés y utilizar terapia parenteral en caso de vómitos o imposibilidad de administración oral.

Fase fetal y neonatal

Durante la vida fetal, el sistema endocrino contribuye a definir la arquitectura y la función de los tejidos. La tiroides fetal entra progresivamente en funcionamiento e interactúa con el aporte materno, mientras que el cortisol fetal es determinante para la maduración pulmonar y la adaptación al nacimiento. El paso a la vida extrauterina implica un cambio rápido de temperatura, oxigenación y aporte energético, que requiere una respuesta neuroendocrina integrada con catecolaminas, cortisol, glucagón e insulina. En esta fase la vulnerabilidad clínica es elevada porque pequeñas desviaciones funcionales pueden determinar consecuencias desproporcionadas sobre el desarrollo neurológico, el crecimiento y la estabilidad metabólica.

Un ejemplo paradigmático es el hipotiroidismo congénito, en el que la carencia de hormonas tiroideas durante las primeras semanas y los primeros meses puede comprometer la mielinización, el desarrollo sináptico y la trayectoria cognitiva. Por este motivo, los programas de cribado neonatal, el inicio oportuno de la terapia y un seguimiento estrecho se consideran pilares de salud pública. El manejo eficaz no se limita a iniciar levotiroxina, sino que requiere titulación con objetivos apropiados para la edad, control de la adherencia, evaluación de factores que interfieren con la absorción y monitorización del crecimiento y del desarrollo, con estrategias distintas respecto al adulto porque el sistema nervioso se encuentra en una fase crítica de maduración.

En la misma fase, los trastornos suprarrenales congénitos como la hiperplasia suprarrenal congénita requieren un enfoque life-course porque el diagnóstico precoz reduce el riesgo de crisis suprarrenal y desequilibrios electrolíticos, mientras que la terapia sustitutiva y la eventual gestión quirúrgica y psicológica tienen implicaciones que se extienden a pubertad, fertilidad y calidad de vida adulta. En términos de fisiología, el neonato también es más vulnerable a deshidratación y desequilibrios sodio-potasio, por lo que las patologías que alteran mineralocorticoides y cortisol se convierten en emergencias dependientes del tiempo, con necesidad de educación familiar y planes de emergencia que continúan a lo largo del tiempo.

Infancia

La infancia es la fase en la que el sistema endocrino sostiene sobre todo el crecimiento lineal, la maduración ósea y el desarrollo neurocognitivo, con un equilibrio entre nutrición, eje hormona del crecimiento factor de crecimiento similar a la insulina 1 (GH-IGF-1), tiroides, vitamina D, metabolismo del calcio y regulación del apetito. La interpretación clínica requiere distinguir variantes de la normalidad como talla baja familiar o retraso constitucional de patologías como déficit de hormona del crecimiento, hipotiroidismo adquirido o enfermedades crónicas que deprimen el crecimiento a través de inflamación y menor disponibilidad energética. El crecimiento es un “resultado integrador”: las desviaciones del canal de crecimiento, la desaceleración de la velocidad de crecimiento y la discordancia entre edad cronológica y edad ósea orientan el itinerario diagnóstico más que un único valor hormonal.

En la evaluación endocrina del niño también es central comprender las relaciones entre adiposidad, insulina y pubertad futura. El aumento de la prevalencia de obesidad pediátrica hace necesario un enfoque estructurado que incluya prevención, reconocimiento precoz de complicaciones y, en casos seleccionados, intervenciones farmacológicas o intensivas. En este marco, el endocrinólogo debe integrar la fisiología del crecimiento con la fisiopatología de la resistencia a la insulina: hiperinsulinemia compensatoria, alteraciones del tejido adiposo, señales inflamatorias y su impacto sobre hígado, ovario, eje gonadotrópico y riesgo cardiometabólico. La infancia se convierte por tanto en una ventana de oportunidad para reducir la carga de enfermedad futura mediante estrategias que modifican trayectorias, no solo parámetros instantáneos.

El metabolismo óseo en edad pediátrica es otro ámbito life-course. El pico de masa ósea se construye en gran parte durante la adolescencia, pero sus bases se establecen antes. El déficit de vitamina D, las enfermedades crónicas, las terapias glucocorticoideas y el hipogonadismo pueden comprometer la mineralización y aumentar el riesgo de fracturas. La evaluación densitométrica y clínica en pediatría tiene criterios específicos y requiere cautela en el lenguaje diagnóstico y en la correlación con fracturas clínicamente significativas. En términos prácticos, esto significa que la prevención de la fragilidad ósea del adulto empieza por reconocer y tratar precozmente los factores de riesgo en la edad evolutiva, con objetivos y umbrales distintos respecto a la edad adulta.

Pubertad y adolescencia

La pubertad es una transición neuroendocrina compleja en la que el generador hipotalámico de hormona liberadora de gonadotropinas (GnRH) aumenta su actividad pulsátil, con incremento de las gonadotropinas y de la esteroidogénesis gonadal. Este proceso interactúa con el eje GH-IGF-1, tiroides, cortisol y señales metabólicas como leptina e insulina. Clínicamente, la pubertad conlleva una rápida aceleración del crecimiento, variaciones de la composición corporal, cambios cutáneos y psicológicos, y una remodelación del hueso que contribuye al pico de masa ósea. La evaluación endocrina debe considerar por tanto tiempos, secuencia de los eventos y contexto familiar, porque la misma “precocidad” o el mismo “retraso” tienen implicaciones diferentes sobre talla final, bienestar psicológico y riesgos a largo plazo.

En el retraso puberal, el punto clave es distinguir una variante fisiológica como el retraso constitucional de un hipogonadismo hipogonadotrópico o hipergonadotrópico. Esta distinción no es solo diagnóstica: determina tiempos y modalidades de intervención, impacto sobre autoestima, densidad ósea y función reproductiva futura. En el hipogonadismo hipergonadotrópico, como ocurre en condiciones cromosómicas específicas, el manejo incluye no solo inducción puberal y monitorización de la salud ósea, sino también vigilancia de comorbilidades cardíacas, metabólicas y auditivas, con un modelo de atención multidisciplinario y continuo en el tiempo. La pubertad es también un momento en el que emergen o se consolidan trastornos de la conducta alimentaria y comportamientos de riesgo, que pueden alterar el eje hipotálamo-hipófisis-gónadas y el eje hipotálamo-hipófisis-suprarrenal, con consecuencias sobre fertilidad y hueso.

La adolescencia representa además una fase crítica para la adherencia terapéutica en los trastornos crónicos. Las terapias sustitutivas como levotiroxina, hidrocortisona o terapia con hormona del crecimiento requieren regularidad; sin embargo, en la adolescencia aumentan la autonomía, la variabilidad de la rutina y la resistencia a los controles. Un enfoque life-course eficaz anticipa este riesgo: educación progresiva, responsabilización gradual, planes de emergencia compartidos y transición estructurada hacia la edad adulta, evitando interrupciones que pueden determinar descompensaciones clínicas, crisis suprarrenales, recaídas metabólicas o pérdida de seguimiento de comorbilidades.

Edad fértil y embarazo

En la edad fértil, la fisiología endocrina integra fertilidad, ciclicidad ovárica, homeostasis tiroidea y adaptación metabólica. El embarazo es una condición endocrina única porque introduce un órgano transitorio, la placenta, que produce hormonas y modula ejes maternos. De ello derivan adaptaciones necesarias: incremento de la producción tiroidea, modificaciones de la sensibilidad a la insulina con tendencia progresiva a la resistencia a la insulina, aumento de las proteínas transportadoras y cambios del metabolismo lipídico. La evaluación clínica requiere distinguir adaptación fisiológica de patología, porque intervenir demasiado puede ser tan dañino como intervenir demasiado poco, sobre todo en un contexto en el que los desenlaces maternos y fetales están estrechamente correlacionados con la estabilidad hormonal.

La tiroides en el embarazo es un paradigma de endocrinología life-course. La demanda de hormonas tiroideas aumenta y los valores de referencia cambian, con implicaciones para hipotiroidismo preexistente, hipotiroidismo subclínico, autoinmunidad tiroidea y tirotoxicosis gestacional. El enfoque moderno incluye interpretación contextual de las pruebas, manejo del aporte de yodo, evaluación del riesgo y titulación terapéutica con objetivos materno-fetales, no simplemente “normalización” según rangos del adulto no gestante. También el periodo posparto requiere atención por las oscilaciones inmunitarias y la aparición de tiroiditis posparto, con impacto sobre síntomas inespecíficos y sobre el bienestar de la madre.

Las patologías hipofisarias y suprarrenales en el embarazo requieren una estrategia de sustitución que tenga en cuenta las modificaciones de la globulina fijadora de corticosteroides y la necesidad de adaptar dosis durante el estrés obstétrico y el parto. En quienes tienen insuficiencia suprarrenal, la prevención de la crisis requiere planes detallados para eventos intercurrentes, vómitos, trabajo de parto y procedimientos quirúrgicos, con instrucción de la paciente y del equipo obstétrico. De forma análoga, en el hipogonadismo o en las condiciones que requieren terapia hormonal sustitutiva, la planificación reproductiva y el asesoramiento se convierten en partes integrantes del manejo, porque las decisiones endocrinas influyen en fertilidad, riesgo trombótico y desenlace obstétrico.

Perimenopausia y menopausia

El climaterio es una transición endocrina en la que la función ovárica declina y la producción de estrógenos y progesterona se vuelve irregular hasta cesar. Este cambio se traduce en síntomas vasomotores, trastornos del sueño, alteraciones del estado de ánimo, cambios urogenitales y modificaciones de la composición corporal. La reducción estrogénica contribuye también a una aceleración del remodelado óseo y a un aumento del riesgo de osteoporosis, mientras que la evolución cardiometabólica depende de la interacción entre hormonas, adiposidad visceral, presión arterial y perfil lipídico. Un enfoque life-course considera esta fase como un punto de inflexión, en el que el manejo de los síntomas no debe separarse de la prevención del riesgo a largo plazo.

La terapia hormonal en la menopausia es uno de los campos más sensibles a la estratificación del riesgo y al timing. La decisión no se reduce a “sí o no”, sino a una evaluación integrada que considere edad, tiempo desde la menopausia, antecedentes tromboembólicos, riesgo cardiovascular, riesgo mamario, síntomas predominantes, calidad de vida y preferencias. La elección del tipo de estrógeno, de la vía de administración, de la asociación con progestágeno en las mujeres con útero y de la duración del tratamiento requiere una lógica clínica clara y una monitorización proactiva. En el modelo life-course, la terapia hormonal se inserta en un plan global que incluye estilo de vida, prevención de fracturas, evaluación densitométrica cuando está indicada y tratamiento farmacológico antiosteoporótico según el riesgo.

Un aspecto a menudo infravalorado es que la menopausia coincide con frecuencia con la aparición o el diagnóstico de trastornos tiroideos autoinmunes y con un aumento de la prevalencia de síndrome metabólico. Dado que los síntomas pueden superponerse, la evaluación clínica debe evitar atribuciones simplistas. Además, la polifarmacia puede iniciarse o intensificarse en esta fase, haciendo más probables las interacciones y las interferencias de laboratorio. El manejo eficaz requiere por tanto un razonamiento que distinga la sintomatología climatérica de patologías endocrinas concomitantes y que defina objetivos realistas: reducción de los síntomas, protección ósea, prevención cardiovascular y mantenimiento de la función sexual y urogenital.

Edad adulta masculina y envejecimiento gonadal

En el varón adulto, el sistema gonadal sostiene función sexual, fertilidad, masa muscular y salud ósea a través de la testosterona y sus metabolitos. Con la edad se observan variaciones progresivas de testosterona total y libre, influidas por el aumento de la globulina fijadora de hormonas sexuales (SHBG), comorbilidades, adiposidad y fármacos. El punto central en una perspectiva life-course es distinguir una oscilación fisiológica y una reducción relacionada con enfermedad u obesidad de un verdadero hipogonadismo clínico que merezca tratamiento. El diagnóstico requiere correlacionar síntomas específicos, mediciones apropiadas y repetidas en condiciones estandarizadas y evaluación de las causas, porque la intervención terapéutica tiene implicaciones de seguridad sobre próstata, eritrocitosis, riesgo trombótico y aparato cardiovascular.

La terapia con testosterona, cuando está indicada, no es una intervención aislada sino un recorrido: elección de la formulación, objetivos, monitorización clínica y analítica y reevaluación periódica de la relación beneficio-riesgo. En paralelo, muchas condiciones que reducen la testosterona son potencialmente reversibles mediante pérdida de peso, tratamiento de la apnea obstructiva del sueño, optimización de la diabetes y reducción de fármacos interferentes. El modelo life-course privilegia por tanto una estrategia jerárquica: primero identificar y tratar los determinantes modificables, luego considerar la sustitución en los casos apropiados, evitando medicalizar variaciones ligadas a la edad en ausencia de un cuadro clínico coherente.

En esta fase también es frecuente la interacción entre eje gonadal y metabolismo glucídico, porque la resistencia a la insulina y la adiposidad visceral se asocian con reducción de la testosterona e inflamación crónica de bajo grado. De ello deriva un circuito bidireccional que puede favorecer sarcopenia, menor capacidad funcional y empeoramiento del riesgo cardiometabólico. La gestión endocrina madura integra por tanto actividad física, nutrición, evaluación del riesgo cardiovascular y, cuando procede, intervenciones hormonales dentro de un marco de medicina preventiva y funcional.

Edad avanzada

La persona mayor se caracteriza por una reducción de la reserva funcional de muchos sistemas, incluidos los ejes endocrinos, con aumento de la susceptibilidad a los estresores agudos y a las variaciones iatrogénicas. Esto no significa que la persona mayor “deba” tener valores patológicos, sino que la interpretación debe considerar comorbilidades, inflamación, enfermedad no tiroidea, malnutrición, insuficiencia renal y polifarmacia. Un tema central es evitar los sobretratamientos: una sustitución tiroidea excesiva puede aumentar el riesgo de fibrilación auricular y pérdida ósea; un exceso de glucocorticoides sustitutivos puede inducir sarcopenia y fragilidad; un control glucémico demasiado agresivo puede causar hipoglucemias con caídas y delirium. La clínica life-course en la persona mayor se basa en objetivos personalizados y en la prevención del daño por terapia.

La fragilidad y la sarcopenia son ejemplos de síndromes en los que el sistema endocrino interactúa con nutrición, inflamación e inactividad. El declive de la masa muscular y de la fuerza modifica sensibilidad a la insulina, autonomía y riesgo de hospitalización, y puede empeorar por hipogonadismo, hipertiroidismo subclínico, hipercortisolismo iatrogénico o déficit de vitamina D. En este marco, la terapia más eficaz suele ser multimodal: actividad física progresiva, aporte proteico adecuado, corrección de déficits específicos y racionalización farmacológica. El papel del endocrinólogo es identificar los componentes tratables que contribuyen a la trayectoria de declive y establecer una monitorización que proteja función y calidad de vida.

Un aspecto práctico crucial es el manejo de las emergencias endocrinas en la persona mayor, en la que los síntomas pueden ser atípicos y evolucionar rápidamente. La insuficiencia suprarrenal puede presentarse con astenia, hipotensión y trastornos electrolíticos, pero también con confusión y empeoramiento agudo de condiciones preexistentes; el hipotiroidismo severo puede simular síndromes geriátricos; las disfunciones glucémicas pueden manifestarse con caídas. En una perspectiva life-course, prevenir eventos adversos significa no solo “conocer la patología”, sino predisponer planes terapéuticos simples, educación del cuidador cuando sea necesario y criterios claros para reevaluación y ajustes durante infecciones, intervenciones quirúrgicas o cambios terapéuticos.

Transiciones asistenciales y continuidad

Las transiciones son momentos de alto riesgo para pérdida de seguimiento y descompensación clínica. Un adolescente con hipotiroidismo congénito, hipopituitarismo, insuficiencia suprarrenal o hiperplasia suprarrenal congénita puede atravesar una fase de discontinuidad precisamente cuando aumentan las exigencias escolares, la autonomía y los cambios psicosociales. Si la transición no está estructurada, el riesgo es interrumpir terapias esenciales, reducir controles y perder la vigilancia de complicaciones. Un modelo eficaz prevé una transición gradual con objetivos educativos progresivos, documentación compartida y definición de responsabilidades, de modo que el paciente entre en la edad adulta con competencias adecuadas para el manejo cotidiano y de las emergencias.

De forma análoga, el paso de la edad adulta a la geriatría requiere un reequilibrio de los objetivos. Tratamientos apropiados a los 40 años pueden volverse excesivos a los 80 si cambian el riesgo de caídas, la función renal y la expectativa de vida. Los umbrales de intervención para diabetes, dislipidemia y sustituciones endocrinas deben por tanto reconsiderarse a la luz de fragilidad, multimorbilidad y prioridades del paciente. La endocrinología life-course se convierte aquí en una medicina de precisión pragmática: no “menos cuidado”, sino cuidado más dirigido, con deprescripción cuando sea necesario y monitorización orientada a prevenir eventos que comprometen la autonomía.

La continuidad asistencial incluye también la calidad de los datos a lo largo del tiempo. Valores de laboratorio, estudios de imagen y medidas antropométricas adquieren significado si se insertan en una serie longitudinal. Un único valor de TSH o un único valor de testosterona pueden ser poco informativos sin historia temporal, condiciones de extracción y variaciones de peso o fármacos. La práctica clínica más eficaz construye por tanto una narración biológica del paciente, en la que la secuencia de los eventos y de las terapias explica la trayectoria y guía las decisiones, reduciendo errores debidos a interpretaciones descontextualizadas.

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