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Diagnóstico por imagen en endocrinología

El diagnóstico por imagen en endocrinología no es un simple “apoyo” a la bioquímica, sino una extensión del razonamiento fisiopatológico: localiza la sede de la disfunción, define sus relaciones anatómicas, cuantifica la masa o el volumen de tejido funcionante, reconoce patrones de invasión o infiltración y guía procedimientos diagnósticos y terapéuticos. En muchos cuadros endocrinos, la decisión clínica nace de la integración entre fenotipo, perfil hormonal e imagen dirigida, porque la señal bioquímica puede indicar un eje alterado, pero no siempre identifica la causa estructural, mientras que la imagen puede mostrar hallazgos comunes e incidentalomas que necesitan ser “contextualizados” por la fisiología.

El valor del diagnóstico por imagen es máximo cuando se elige en función de una pregunta precisa. La ecografía puede aclarar la naturaleza de una lesión superficial y guiar una punción aspirativa con aguja fina, la tomografía computarizada (TC) y la resonancia magnética (RM) delimitan la anatomía profunda y las relaciones con estructuras críticas, y la medicina nuclear describe función y dianas receptoras además de la morfología. La elección de la modalidad, del medio de contraste, del momento de realización y del protocolo técnico influye sensiblemente en la sensibilidad, la especificidad y la utilidad clínica. Una imagen “no dirigida” aumenta, en cambio, el riesgo de sobrediagnóstico y de itinerarios innecesarios.

Esta página proporciona una visión sistemática de las principales técnicas y de su uso racional en las enfermedades endocrinas, con atención a límites, artefactos, informes estandarizados, manejo de los incidentalomas e integración con pruebas de laboratorio y pruebas dinámicas. El objetivo es convertir el diagnóstico por imagen en una herramienta coherente con la fisiología, evitando el error más frecuente en la endocrinología moderna: tratar la imagen como una verdad autónoma, desconectada del contexto biológico.

Anatomía, función e integración

El primer principio del diagnóstico por imagen endocrinológico es distinguir entre imagen morfológica e imagen funcional. La imagen morfológica describe dimensiones, densidad, señal, vascularización y relaciones anatómicas; identifica masas, nódulos, quistes, calcificaciones, infiltraciones y signos de invasión. La imagen funcional, sobre todo en medicina nuclear, evidencia la captación de trazadores que reflejan metabolismo, expresión receptorial o transportadores específicos, permitiendo caracterizar lesiones pequeñas, multifocales o situadas en localizaciones difíciles y definir la extensión de la enfermedad de forma “biológica” además de anatómica.

El segundo principio es que la utilidad clínica del diagnóstico por imagen depende de la probabilidad preprueba. En endocrinología, la prevalencia de hallazgos incidentales es elevada: nódulos tiroideos, microadenomas hipofisarios, nódulos suprarrenales, quistes pancreáticos y lesiones ováricas son comunes en la población general y aumentan con la edad y con la difusión de TC y RM realizadas por otros motivos. Si el diagnóstico por imagen se solicita antes de haber definido una pregunta bioquímica y clínica, crece el riesgo de “medicina guiada por incidentalomas”, en la que el examen siguiente no se guía por la fisiología, sino por la necesidad de perseguir un hallazgo frecuente y a menudo benigno.

El tercer principio es que muchas enfermedades endocrinas no son una lesión única, sino un trastorno sistémico. En el hiperaldosteronismo primario, la imagen suprarrenal es importante, pero la lateralización funcional puede no coincidir con la morfología y a menudo requiere integración con procedimientos específicos. En el hipercortisolismo leve, las masas suprarrenales pueden estar presentes incluso en ausencia de autonomía secretora clínicamente significativa, mientras que una alteración de eje puede existir con glándulas aparentemente normales. En hipofisología, las microlesiones pueden no ser visibles con una RM estándar o pueden ser múltiples; en tiroidología, un nódulo hipofuncionante en ecografía puede ser benigno y viceversa. La endocrinología requiere, por tanto, una lectura de la imagen centrada en el mecanismo, no en la “forma” aislada.

Por último, la elección de la modalidad debe considerar seguridad y repetibilidad. La TC expone a radiaciones ionizantes y requiere cautela en el embarazo y en los seguimientos frecuentes. La RM evita radiación y ofrece un excelente contraste de tejidos blandos, pero puede tener limitaciones en pacientes con dispositivos no compatibles, claustrofobia o insuficiencia renal grave cuando se valora el uso de gadolinio. La medicina nuclear añade información biológica, pero requiere indicación apropiada, protocolos estándar e interpretación especializada para reducir falsos positivos y evitar un uso no dirigido.

Ecografía endocrinológica

La ecografía es la modalidad de primera elección para la tiroides, porque combina alta resolución espacial, ausencia de radiación, evaluación dinámica y posibilidad de guiar procedimientos. En tiroidología, la solicitud de la ecografía debe estar motivada por una sospecha clínica o analítica, no por la sola presencia de un hallazgo incidental en TC o RM, ya que la identificación de pequeños nódulos es extremadamente común y puede desencadenar un recorrido de estudios que no mejora los resultados clínicos. La ecografía proporciona información sobre la ecoestructura del parénquima, la presencia de tiroiditis, las características nodulares, la vascularización y los ganglios linfáticos del compartimento central y laterocervical.

La fuerza clínica de la ecografía deriva de su capacidad para estratificar el riesgo y seleccionar nódulos para punción aspirativa con aguja fina o seguimiento. Los sistemas de informe estructurado, como los sistemas Thyroid Imaging Reporting and Data System (TI-RADS), formalizan un lenguaje compartido basado en composición, ecogenicidad, márgenes, forma y calcificaciones, reduciendo la variabilidad interobservador y el número de biopsias innecesarias. El enfoque moderno no pretende “biopsiar todo”, sino identificar los nódulos con una combinación de riesgo y tamaño que haga útil una confirmación citológica, manteniendo la conciencia de que una proporción relevante de carcinomas tiroideos es indolente y de que la intensidad diagnóstica debe ser proporcional al riesgo real y al contexto clínico.

Para las paratiroides, la ecografía puede identificar adenomas superficiales, sobre todo cuando son ectópicos inferiores o están en relación con el polo tiroideo, pero la sensibilidad depende del tamaño, de la anatomía del cuello, de la presencia de nódulos tiroideos concomitantes y de la experiencia del operador. En el hiperparatiroidismo primario, la ecografía suele ser complementaria a la medicina nuclear y a otras técnicas, porque el objetivo preoperatorio es localizar la glándula responsable y planificar un abordaje quirúrgico dirigido cuando sea apropiado. La ecografía también evalúa complicaciones y órganos diana indirectos, como calcificaciones vasculares superficiales o signos de enfermedad renal si el examen se amplía, pero su papel principal sigue siendo la localización cervical y la guía de procedimientos.

La ecografía también es útil para las glándulas salivales y submandibulares cuando están implicadas en enfermedades endocrinas y autoinmunes, para evaluar masas del cuello, ganglios linfáticos, tejido adiposo subcutáneo en cuadros metabólicos seleccionados y, en el ámbito andrológico, para el estudio testicular cuando la clínica sugiere tumores secretores o trastornos del desarrollo. El límite principal es la profundidad: la ecografía no sustituye a la TC o la RM para estructuras mediastínicas, retroperitoneales o intracraneales, y su interpretación requiere conciencia de la variabilidad dependiente del operador.

TC y RM en endocrinología

La TC y la RM representan la estructura central del diagnóstico por imagen morfológico profundo. En endocrinología, la calidad del dato depende de forma crítica del protocolo técnico. Pequeñas variaciones en el grosor de corte, las fases de contraste, la supresión grasa o las secuencias dedicadas pueden transformar un examen “negativo” en un examen diagnóstico. Un ejemplo clásico es la hipófisis: la RM hipofisaria dedicada, con cortes finos y adquisiciones dinámicas tras contraste, aumenta la capacidad de identificar microadenomas respecto a una RM cerebral genérica. De forma análoga, para la glándula suprarrenal, la TC con fases dedicadas y la evaluación de la dinámica de lavado puede distinguir un adenoma lipídico de lesiones no adenomatosas de manera más robusta que una TC abdominal no protocolizada para suprarrenales.

La TC destaca en la evaluación de calcificaciones, hueso, parénquimas toracoabdominales y en la caracterización densitométrica de algunas lesiones. La RM destaca en el contraste de tejidos blandos, en el estudio del encéfalo y del sistema hipotálamo-hipofisario, en la evaluación de hígado y páncreas en contextos seleccionados y en la caracterización de lesiones con componentes hemorrágicos o lipídicos. En muchas enfermedades endocrinas, la RM es preferible cuando se prevé repetir el diagnóstico por imagen, para reducir la exposición acumulada a radiación, y cuando se necesita una definición fina de las relaciones con estructuras nerviosas o vasculares.

El medio de contraste mejora la caracterización, pero en endocrinología debe utilizarse con atención, porque la adecuación no coincide con “siempre mejor con contraste”. En la RM hipofisaria, el contraste suele ser determinante para las microlesiones, mientras que en algunas evaluaciones tiroideas o del cuello el contraste yodado puede interferir con estrategias terapéuticas basadas en radioyodo, lo que requiere planificación temporal. La decisión debe individualizarse: se valora el beneficio diagnóstico esperado, el riesgo relativo del contraste y la necesidad de repetir el examen en el tiempo. La mejor práctica es que la solicitud clínica contenga la pregunta fisiopatológica, para que el radiólogo pueda optimizar el protocolo.

Un elemento transversal es la interpretación orientada al mecanismo. Un nódulo suprarrenal no es “un incidentaloma” hasta que se integra con la bioquímica de secreción autónoma o con la historia oncológica del paciente. Una lesión hipofisaria debe leerse respecto al patrón hormonal y a los signos de masa. Un nódulo tiroideo debe interpretarse a la luz de la hormona estimulante de la tiroides (TSH), de la historia de irradiación, de la agregación familiar y del perfil de anticuerpos. Este enfoque reduce itinerarios falsos: la imagen se convierte en la herramienta que confirma, localiza o excluye un mecanismo, no en un generador automático de diagnósticos.

Neuroendocrinología

La RM es la modalidad central para el eje hipotálamo-hipofisario. Su indicación nace de síntomas compresivos, déficits campimétricos, cefalea con signos de masa, hipopituitarismo, hiperproducciones hormonales documentadas o hallazgos incidentales selares. La RM hipofisaria dedicada busca microadenomas, macroadenomas, alteraciones del tallo hipofisario, lesiones quísticas como quistes de la bolsa de Rathke, procesos infiltrativos e inflamatorios. La capacidad de distinguir un microadenoma de variaciones fisiológicas de realce o de artefactos depende de secuencias dinámicas, calidad del contraste y experiencia interpretativa.

El manejo de los incidentalomas hipofisarios requiere un equilibrio entre vigilancia y adecuación, porque muchas lesiones permanecen estables y clínicamente silentes. La evaluación debe incluir tamaño, relación con el quiasma óptico, signos de compresión y perfil secretor o deficitario. La vigilancia radiológica, cuando está indicada, sigue una lógica de riesgo: las macrolesiones y las lesiones próximas al quiasma requieren controles más estrechos, mientras que las microlesiones estables pueden controlarse con intervalos más largos. La elección del intervalo no debe ser automática, sino coherente con el crecimiento esperado, los síntomas, la edad y el plan terapéutico. Un diagnóstico por imagen repetido sin una pregunta clínica corre el riesgo de transformar una vigilancia razonable en un seguimiento infinito con ansiedad y costes innecesarios.

En algunas condiciones, la imagen hipotálamo-hipofisaria es esencial incluso cuando la lesión no es un adenoma. En la poliuria-polidipsia, el estudio del área neurohipofisaria y del tallo puede sugerir enfermedades infiltrativas o neoplásicas. En las hipofisitis autoinmunes o inducidas por inmunoterapia, la RM muestra patrones de realce y aumento de tamaño que, integrados con clínica y laboratorio, guían la terapia y el seguimiento. También aquí, el principio es la coherencia: la imagen sirve para aclarar causa y consecuencias, no para etiquetar cada variación de señal como enfermedad autónoma.

Suprarrenales

La glándula suprarrenal es uno de los territorios con mayor frecuencia de hallazgos incidentales. La TC y la RM permiten caracterizar adenomas lipídicos, lesiones no adenomatosas, metástasis, carcinomas, feocromocitomas y lesiones hemorrágicas. La lectura no puede separarse de la bioquímica: muchas lesiones son no secretoras, mientras que algunas disfunciones endocrinas pueden manifestarse sin masas evidentes. En particular, la hiperfunción autónoma leve puede coexistir con lesiones pequeñas y el aspecto morfológico no siempre predice la actividad hormonal.

La caracterización morfológica utiliza parámetros densitométricos y dinámicos. En TC, la densidad de baja atenuación sugiere contenido lipídico típico de adenoma, mientras que los patrones de lavado en fases tardías pueden reforzar el diagnóstico en lesiones indeterminadas. La RM, con técnicas de desplazamiento químico, aprovecha la pérdida de señal en fase opuesta para identificar lipidicidad intralesional. Estas herramientas reducen la necesidad de biopsias, que en endocrinología suprarrenal rara vez son la primera elección y pueden estar contraindicadas si no se ha excluido un feocromocitoma.

En la sospecha de hiperaldosteronismo primario, la imagen suprarrenal tiene un papel importante, pero no definitivo en la lateralización. La morfología puede mostrar nódulos unilaterales incluso en presencia de secreción bilateral y viceversa. Por ello, cuando el objetivo es seleccionar candidatos a cirugía y distinguir formas unilaterales de bilaterales, la estrategia clínica integra imagen y procedimientos de lateralización funcional en centros expertos. La imagen, en este contexto, no es la “prueba” del origen, sino la herramienta que excluye masas sospechosas, define la anatomía y guía el recorrido posterior.

En la sospecha de feocromocitoma o paraganglioma, la TC y la RM localizan lesiones y describen sus relaciones vasculares, pero la extensión de enfermedad multifocal o metastásica puede requerir imagen funcional receptorial o metabólica. También aquí, la endocrinología moderna tiende a combinar morfología y función: la lesión no se define solo por su aspecto, sino por su comportamiento biológico y por dianas que pueden influir en la terapia y el seguimiento.

Tiroides y carcinoma tiroideo

En el nódulo tiroideo, la ecografía sigue siendo central para la estratificación del riesgo y para la evaluación de los ganglios linfáticos. La presencia de ganglios sospechosos modifica la estrategia diagnóstica y quirúrgica y requiere una evaluación sistemática de los compartimentos cervicales. La ecografía guía la punción aspirativa con aguja fina y, cuando es necesario, la evaluación del lavado de tiroglobulina u otros marcadores en aspirado ganglionar, en contextos seleccionados. La lógica es evitar procedimientos excesivos en nódulos de bajo riesgo y concentrar los recursos diagnósticos en patrones de alto riesgo.

La medicina nuclear añade información funcional. La gammagrafía tiroidea con radioisótopos es útil en contextos específicos, sobre todo cuando la TSH está suprimida y la pregunta clínica es distinguir un nódulo autónomo hiperfuncionante de un nódulo no autónomo. En los carcinomas tiroideos diferenciados, el radioyodo y las técnicas de imagen relacionadas tienen un papel en la selección de terapia, la estadificación funcional y el seguimiento en contextos apropiados. La elección del momento respecto al contraste yodado, la evaluación del riesgo y el uso de biomarcadores séricos guían la adecuación de la imagen funcional.

En el carcinoma medular y en algunas neoplasias con comportamiento biológico diferente, la imagen funcional puede incluir trazadores distintos y debe elegirse en función del perfil de la enfermedad y de las preguntas clínicas. La regla general es que la medicina nuclear no sustituye a la ecografía del cuello, sino que la integra cuando es necesario extender la evaluación más allá del territorio cervical o cuando la bioquímica sugiere enfermedad residual no localizada con métodos convencionales.

Imagen funcional en endocrinología:

La imagen funcional, en particular la tomografía por emisión de positrones/tomografía computarizada (PET/TC), ha adquirido un papel creciente en endocrinología, sobre todo para las neoplasias neuroendocrinas y para algunas formas de carcinoma tiroideo y paragangliomas. La PET con 18F-fluorodesoxiglucosa (18F-FDG) mide el metabolismo glucolítico, a menudo más elevado en lesiones agresivas o desdiferenciadas. Esto permite una estratificación biológica: en algunas neoplasias neuroendocrinas, la discordancia entre imagen receptorial y FDG puede reflejar heterogeneidad de grado y guiar decisiones terapéuticas y pronósticas. La interpretación requiere protocolos estandarizados y conciencia de que la inflamación puede producir captación inespecífica.

Para muchas neoplasias neuroendocrinas, la imagen receptorial de los receptores de somatostatina mediante PET representa una herramienta de alta sensibilidad, útil para localizar enfermedad, evaluar su extensión y seleccionar terapias receptorales, incluidas estrategias radiometabólicas en contextos apropiados. El punto central es que la PET receptorial no es una prueba “de cribado” generalizada: está indicada cuando la probabilidad preprueba es suficiente y cuando la respuesta influirá en el manejo. De este modo, la imagen funcional se convierte en un biomarcador operativo, no en un añadido redundante.

La estandarización de la adquisición y del informe es crucial porque la PET es una medida cuantitativa además de cualitativa. La repetibilidad del dato y la comparabilidad en el tiempo dependen de controles de calidad, de la preparación del paciente, del intervalo tras la inyección y de parámetros técnicos de la reconstrucción. En endocrinología, donde a menudo se monitoriza la respuesta al tratamiento y se decide sobre escalada o desescalada, la calidad metodológica de la imagen funcional forma parte integral de la decisión clínica.

Procedimientos guiados por imagen

La imagen no sirve solo para “ver”, sino también para guiar procedimientos. En tiroidología, la punción aspirativa con aguja fina guiada por ecografía es el procedimiento más difundido y su adecuación depende de la estratificación ecográfica del riesgo y de las dimensiones. Una biopsia realizada en nódulos de bajo riesgo o demasiado pequeños aumenta la probabilidad de resultados indeterminados y de recorridos quirúrgicos innecesarios. La calidad de la muestra depende de la técnica, de la experiencia del operador y de la integración con la citopatología y, cuando está indicado, con pruebas moleculares según itinerarios estructurados.

En la glándula suprarrenal, la biopsia rara vez está indicada como primera elección y requiere siempre que se haya excluido un feocromocitoma y que el procedimiento modifique realmente el manejo, típicamente en contextos oncológicos seleccionados. La regla es que la endocrinología suprarrenal privilegia la caracterización radiológica y bioquímica; la biopsia entra en juego solo en escenarios dirigidos, porque el riesgo procedimental y el impacto en el itinerario diagnóstico pueden superar el beneficio si no está bien seleccionada.

Existen procedimientos altamente especializados en los que la imagen forma parte de un recorrido integrado multidisciplinario. Algunas técnicas de muestreo funcional, cuando son apropiadas, sirven para definir lateralización o fuente de secreción, integrando radiología intervencionista y fisiología. En estos casos, la calidad del resultado depende de la preparación del paciente, de la estandarización del protocolo y de la selección correcta del candidato, porque un procedimiento técnicamente perfecto puede ser clínicamente inútil si la probabilidad preprueba no justifica la pregunta.

Incidentalomas y vigilancia

El manejo de los incidentalomas es una de las tareas más complejas de la endocrinología moderna, porque la prevalencia de hallazgos es alta y la probabilidad de que sean clínicamente significativos suele ser baja. Un incidentaloma debe evaluarse en tres dimensiones: riesgo de malignidad, riesgo de secreción autónoma y riesgo de crecimiento con efectos compresivos o funcionales. La imagen contribuye sobre todo a los primeros y terceros aspectos, mientras que la secreción autónoma siempre requiere integración bioquímica. Esto evita un error común: clasificar un hallazgo como “problema endocrino” solo porque se encuentra en una glándula endocrina.

La vigilancia radiológica debe ser racional. Un seguimiento demasiado frecuente produce ansiedad, exposición a radiación e incidentalomas secundarios; un seguimiento demasiado raro puede perder un crecimiento significativo en lesiones seleccionadas. La mejor vigilancia es la que se adapta a la historia natural esperada: tamaño inicial, características de riesgo, síntomas, edad y comorbilidades. En la hipófisis, por ejemplo, la cercanía al quiasma y el tamaño definen el riesgo de eventos compresivos. En la glándula suprarrenal, la estabilidad en el tiempo y la caracterización radiológica guían la intensidad del control. En la tiroides, los nódulos de bajo riesgo pueden seguirse con ecografía a intervalos apropiados o no seguirse en absoluto si el riesgo es realmente mínimo.

Un concepto fundamental es la coherencia temporal. Si un paciente se sigue longitudinalmente, es preferible mantener la misma modalidad y protocolos comparables, porque un cambio de plataforma o de técnica puede simular crecimiento o regresión. La comparabilidad, en endocrinología, es un requisito clínico: la imagen se convierte en un biomarcador solo si puede compararse en el tiempo con fiabilidad.

Seguridad, radiaciones y medios de contraste

El diagnóstico por imagen endocrinológico a menudo requiere repeticiones. Por este motivo, la sostenibilidad clínica incluye la minimización de la dosis radiante cuando se utilizan TC y medicina nuclear, la selección apropiada de la RM cuando es equivalente y el uso prudente de los medios de contraste. La evaluación del riesgo no debe ser abstracta: debe relacionarse con la edad, el embarazo, la necesidad de seguimiento y la gravedad de la enfermedad sospechada. En una sospecha oncológica endocrina de alto riesgo, la prioridad es una estadificación precisa; en un incidentaloma de bajo riesgo, la prioridad es evitar exposiciones y estudios innecesarios.

El contraste yodado puede influir en recorridos tiroideos relacionados con el radioyodo y en la evaluación de la carga yodada, mientras que el gadolinio requiere atención en la insuficiencia renal grave y en el contexto de exámenes repetidos. La mejor gestión es planificar la secuencia de los exámenes, evitar duplicaciones y definir de antemano qué se espera obtener con el contraste. El criterio clínico es simple: si el contraste no cambia la probabilidad diagnóstica o el manejo, debe evitarse.

La seguridad incluye también la comunicación del resultado. Un informe estructurado, con conclusiones orientadas a la pregunta clínica y con indicaciones de seguimiento coherentes con el riesgo y el contexto, reduce el sobrediagnóstico y las repeticiones. En endocrinología, donde muchos hallazgos son frecuentes y a menudo benignos, la calidad del informe es un determinante de adecuación tanto como la calidad de la imagen.

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