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Tumores de la unión gastroesofágica

Los tumores de la unión gastroesofágica constituyen un grupo heterogéneo de neoplasias malignas que se originan en la región de transición anatómica y funcional entre el esófago distal y el estómago proximal. Esta zona representa una encrucijada biológica compleja, caracterizada por peculiaridades histológicas, fisiológicas y biomecánicas que la hacen especialmente vulnerable a los procesos de carcinogénesis. Desde el punto de vista histopatológico, la mayoría de estas neoplasias son adenocarcinomas, aunque pueden coexistir elementos de solapamiento con los tumores propiamente esofágicos y gástricos. Su localización anatómica intermedia conlleva importantes implicaciones para la clasificación, la estadificación y la estrategia terapéutica.

La historia natural de los tumores de la unión gastroesofágica es el resultado de la interacción entre la exposición crónica a factores lesivos de la mucosa, las alteraciones inflamatorias persistentes y la acumulación progresiva de cambios genéticos y epigenéticos. En muchos casos, el proceso carcinogénico se desarrolla dentro de una secuencia que incluye inflamación crónica, metaplasia intestinal y displasia, de forma análoga a lo observado en el adenocarcinoma del esófago distal. Sin embargo, la proximidad de la mucosa gástrica introduce otras variables patogénicas relacionadas con la secreción ácida, la composición del reflujo y la respuesta adaptativa del epitelio de transición. En las fases iniciales, la enfermedad puede permanecer clínicamente silente o manifestarse con síntomas sutiles, mientras que la progresión provoca cuadros obstructivos, sangrado crónico y deterioro del estado nutricional.

El diagnóstico y la estadificación de los tumores de la unión gastroesofágica requieren un enfoque integrado que combine la endoscopia digestiva con biopsias dirigidas, la ecoendoscopia para evaluar la profundidad de invasión y la afectación ganglionar regional, y las pruebas de imagen tomográficas para definir la extensión locorregional y a distancia. En casos seleccionados, la evaluación metabólica mediante PET contribuye a identificar focos de enfermedad oculta y a orientar la estrategia terapéutica. El tratamiento suele ser multimodal y se planifica en un contexto multidisciplinar, teniendo en cuenta la localización precisa de la lesión, el estadio de la enfermedad y las condiciones generales del paciente. Pese a los avances en el manejo integrado, el pronóstico sigue condicionado por el diagnóstico frecuente en fases avanzadas y por la complejidad anatómica de la región de origen.

Epidemiología y factores de riesgo

La epidemiología de los tumores de la unión gastroesofágica refleja en gran medida los cambios observados en la incidencia del adenocarcinoma esofágico y gástrico proximal durante las últimas décadas. En los países occidentales se ha registrado un aumento significativo de estas neoplasias, paralelo al incremento de la obesidad, el reflujo gastroesofágico y las condiciones asociadas al estilo de vida moderno. En muchas regiones de Europa y Norteamérica, los tumores de la unión representan actualmente una proporción relevante de las neoplasias del tracto digestivo superior, mientras que en otras zonas del mundo mantienen una incidencia menor.

La distribución geográfica muestra diferencias marcadas, con una incidencia elevada en los países de renta alta y tasas más bajas en Asia oriental y África, donde persisten patrones epidemiológicos dominados por los tumores gástricos distales y el carcinoma escamoso esofágico. Incluso dentro de un mismo país se observan variaciones relacionadas con factores socioeconómicos, hábitos alimentarios y acceso a los servicios sanitarios. Esta heterogeneidad subraya el papel central de los determinantes ambientales y conductuales en la génesis de la enfermedad.

Desde el punto de vista demográfico, los tumores de la unión gastroesofágica afectan predominantemente al sexo masculino, con razones entre varones y mujeres comparables a las observadas en el adenocarcinoma esofágico. La edad en el momento del diagnóstico se sitúa con mayor frecuencia en la sexta y séptima décadas de la vida, aunque la aparición también puede producirse a edades más tempranas en presencia de múltiples factores de riesgo. Se han descrito diferencias étnicas significativas, con mayor riesgo en las personas de origen caucásico que en otros grupos, con independencia de la localización geográfica.

El reflujo gastroesofágico crónico representa uno de los principales factores de riesgo, ya que expone la mucosa de la unión a un contacto prolongado con ácido y bilis, lo que favorece una inflamación persistente y la remodelación epitelial. La presencia de metaplasia intestinal en la región cardial o el esófago distal aumenta aún más el riesgo de progresión neoplásica. La intensidad y duración de la exposición al reflujo, así como la composición del contenido refluido, influyen en el riesgo individual.

La obesidad, especialmente su componente visceral, constituye un determinante independiente y relevante. Además de favorecer el reflujo mediante el aumento de la presión intraabdominal, el tejido adiposo contribuye a un estado inflamatorio crónico sistémico que puede facilitar los procesos de carcinogénesis. El riesgo asociado a la obesidad se ha documentado incluso en personas con síntomas de reflujo leves o ausentes, lo que sugiere mecanismos patogénicos complejos y multifactoriales.

El tabaquismo representa otro factor de riesgo, con un efecto dependiente de la dosis, mientras que la asociación con el consumo de alcohol parece menos marcada que en los tumores escamosos del esófago. Los factores dietéticos, como las dietas ricas en grasas y pobres en fibra, frutas y verduras, pueden contribuir al riesgo mediante mecanismos metabólicos e inflamatorios. La hernia de hiato se observa con frecuencia en pacientes con tumores de la unión y actúa como factor favorecedor del reflujo crónico.

El papel de Helicobacter pylori en los tumores de la unión gastroesofágica es complejo y variable. En algunas poblaciones, la infección parece ejercer un efecto protector, probablemente mediado por la reducción de la secreción ácida gástrica, mientras que en otros contextos puede coexistir con alteraciones mucosas predisponentes. Esta relación sigue siendo objeto de estudio y contribuye a la variabilidad geográfica de la incidencia.

En conjunto, los tumores de la unión gastroesofágica surgen como resultado de la interacción entre el reflujo crónico, la obesidad, la predisposición individual y los factores ambientales. Comprender estos determinantes es esencial para establecer estrategias eficaces de prevención primaria e identificar a las personas que pueden beneficiarse de programas de vigilancia dirigida.

Cribado y vigilancia

Para los tumores de la unión gastroesofágica no existen programas de cribado poblacional, de forma análoga a lo que ocurre con el adenocarcinoma esofágico. La incidencia relativamente baja en la población general y la ausencia de pruebas no invasivas fiables hacen inviable un cribado endoscópico extendido. Por tanto, las estrategias de detección precoz se concentran en subgrupos de pacientes con un riesgo significativamente elevado.

Un ámbito central de la vigilancia corresponde a las personas con esófago de Barrett o metaplasia intestinal de la región cardial. En estos pacientes, el control endoscópico periódico permite detectar precozmente la aparición de displasia o carcinoma superficial en la zona de transición gastroesofágica. Las biopsias sistemáticas, realizadas según protocolos normalizados, constituyen la herramienta fundamental para evaluar la evolución histológica de la mucosa.

La periodicidad de la vigilancia endoscópica se modula según el perfil individual de riesgo y el grado de alteración histológica. En ausencia de displasia, los controles pueden espaciarse, mientras que la presencia de displasia requiere una vigilancia más estrecha y la integración de intervenciones terapéuticas endoscópicas dirigidas. Este enfoque permite tratar las lesiones en una fase precoz y reducir la necesidad de procedimientos quirúrgicos extensos.

En pacientes con reflujo gastroesofágico crónico asociado a múltiples factores de riesgo, como sexo masculino, edad avanzada y obesidad, puede considerarse la realización de una endoscopia diagnóstica para identificar precozmente alteraciones de la unión. Esta estrategia no constituye un cribado universal, sino un proceso de estratificación del riesgo destinado a seleccionar a los candidatos para la vigilancia.

Las técnicas endoscópicas avanzadas, incluidas la cromoendoscopia y las técnicas de imagen óptica, mejoran la capacidad para identificar áreas de displasia o neoplasia superficial en la región de la unión, donde las lesiones pueden ser irregulares o multifocales. El uso de estas tecnologías requiere experiencia específica y suele concentrarse en centros de referencia.

Se están evaluando enfoques innovadores basados en dispositivos de muestreo celular mínimamente invasivos y en el análisis de biomarcadores moleculares. Aunque son prometedoras, estas estrategias todavía no tienen una aplicación consolidada en la práctica clínica y siguen limitadas principalmente a contextos de investigación.

En síntesis, el cribado de los tumores de la unión gastroesofágica no está indicado en la población general, mientras que la vigilancia selectiva de personas de alto riesgo constituye una estrategia racional. La integración de la vigilancia endoscópica en itinerarios clínicos estructurados permite adelantar el diagnóstico y mejorar los resultados, evitando al mismo tiempo procedimientos innecesarios en las personas de bajo riesgo.

Biología, patogenia e histología

Los tumores de la unión gastroesofágica representan un grupo biológicamente heterogéneo de neoplasias que se originan en la región de transición entre el esófago distal y el estómago proximal, una zona caracterizada por condiciones anatómicas, funcionales y microambientales peculiares. La unión constituye un territorio de elevada plasticidad epitelial, sometido a agresiones mecánicas y químicas continuas, en particular a la exposición crónica a contenido ácido y biliar. Este contexto favorece procesos adaptativos e inflamatorios que pueden evolucionar hacia la transformación neoplásica mediante mecanismos compartidos con el adenocarcinoma esofágico y el gástrico proximal.

Desde el punto de vista patogénico, una proporción relevante de estos tumores se origina sobre una base de reflujo gastroesofágico crónico, con desarrollo de metaplasia intestinal y posterior progresión displasia-carcinoma, de forma análoga a lo observado en el esófago de Barrett. En otros casos, especialmente en las formas más proximales hacia el cardias gástrico, la carcinogénesis se asocia a procesos inflamatorios gástricos crónicos, incluida la atrofia mucosa y la alteración del microambiente glandular. Se genera así un continuo biológico en el que los límites entre el adenocarcinoma esofágico distal y el gástrico proximal son difusos, con solapamientos histológicos y moleculares.

Un acontecimiento clave de la progresión es la desorganización de la arquitectura glandular y la pérdida del control de la polaridad celular. Las células neoplásicas adquieren capacidad de crecimiento infiltrativo a través de la membrana basal y se extienden hacia la submucosa y las capas más profundas. La rica red linfática de la unión facilita una diseminación ganglionar precoz, lo que explica la elevada frecuencia de afectación de los ganglios perigástricos, mediastínicos inferiores y celíacos incluso en tumores de tamaño relativamente reducido. La profundidad de invasión y la invasión linfovascular constituyen expresiones directas de la agresividad biológica.

En el plano genético, los tumores de la unión gastroesofágica presentan una marcada inestabilidad cromosómica. Las mutaciones de TP53 son extremadamente frecuentes y constituyen un acontecimiento temprano asociado a la pérdida de la vigilancia genómica. Las amplificaciones de genes receptores y de señalización proliferativa, entre ellos ERBB2 (HER2), EGFR, MET, FGFR2 y CCND1, sostienen señales mitogénicas persistentes. Las alteraciones de CDKN2A y la desregulación de los puntos de control del ciclo celular favorecen una proliferación incontrolada. En un subgrupo de casos se observan defectos en los mecanismos de reparación del ADN, con acumulación de mutaciones secundarias.

Las principales vías de señalización están alteradas, entre ellas PI3K/AKT/mTOR, MAPK, WNT/β-catenina, TGFβ y las vías asociadas a la respuesta al estrés celular. Los estudios genómicos a gran escala han puesto de manifiesto una notable heterogeneidad molecular, con patrones que reflejan el origen anatómico y el tipo de exposición inflamatoria. Esta diversidad biológica se traduce en comportamientos clínicos diferentes y en una sensibilidad variable a los tratamientos sistémicos.

Las alteraciones epigenéticas contribuyen de forma relevante a la patogenia. La hipermetilación de los promotores de genes supresores tumorales, las modificaciones de las histonas y la desregulación de los microARN modulan la expresión génica sin alterar la secuencia del ADN. Los microARN prooncogénicos están sobreexpresados, mientras que se reducen los implicados en el mantenimiento de la diferenciación glandular. Estos mecanismos favorecen la estabilización del fenotipo maligno y la expansión clonal.

El microambiente tumoral desempeña un papel activo en la progresión. El infiltrado inflamatorio crónico, compuesto por linfocitos, macrófagos, fibroblastos activados y células mieloides, produce mediadores como IL-6, IL-8, TNF y TGFβ, que promueven la proliferación, la invasividad y la inmunosupresión local. La hipoxia intratumoral induce la activación de HIF-1α y estimula la angiogénesis mediada por VEGF, con el desarrollo de una red vascular desorganizada pero funcional para el crecimiento neoplásico. Paralelamente, la remodelación de la matriz extracelular facilita la migración celular.

En el plano inmunológico, los tumores de la unión gastroesofágica muestran una respuesta heterogénea. La expresión de PD-L1 es variable y refleja mecanismos de evasión inmunitaria. En algunos subgrupos, especialmente aquellos con elevada inestabilidad genómica, puede existir una mayor inmunogenicidad, mientras que en otros predominan las señales de agotamiento de las células T y la acumulación de células T reguladoras y células mieloides supresoras.

    Los análisis moleculares han propuesto los siguientes subtipos biológicos principales:

  • subtipo con inestabilidad cromosómica, con múltiples amplificaciones y señales proliferativas dominantes;
  • subtipo inflamatorio, caracterizado por una marcada infiltración inmunitaria;
  • subtipo metabólico, con adaptaciones específicas a las condiciones de hipoxia y estrés nutricional.

Estos perfiles explican parte de la heterogeneidad clínica observada.

Desde el punto de vista histológico, la mayoría de los tumores de la unión gastroesofágica son adenocarcinomas con un grado variable de diferenciación. Las formas bien diferenciadas muestran glándulas relativamente regulares; las formas moderadamente diferenciadas presentan una mayor desorganización arquitectónica; y las formas poco diferenciadas muestran patrones sólidos o poco cohesivos. Pueden existir variantes mucinosas o con células en anillo de sello, asociadas a un comportamiento biológico más agresivo.

La inmunohistoquímica contribuye a la caracterización diagnóstica y pronóstica: CK7, CK20 y CDX2 documentan la diferenciación glandular; HER2 puede estar sobreexpresado en una proporción de casos; y Ki-67 aporta información sobre la fracción proliferativa. La invasión linfática, vascular y perineural constituye un indicador morfológico de agresividad.

Los modelos experimentales, incluidos los organoides y los xenoinjertos derivados de pacientes, han permitido reproducir la heterogeneidad clonal y estudiar los mecanismos de progresión y resistencia. Las técnicas de secuenciación unicelular están aclarando la organización de las poblaciones tumorales y estromales y ponen de manifiesto distintas trayectorias evolutivas. En conjunto, los tumores de la unión gastroesofágica aparecen como neoplasias complejas, resultantes de la interacción entre la inflamación crónica, múltiples alteraciones moleculares, un microambiente permisivo y adaptaciones metabólicas.

Manifestaciones clínicas

Las manifestaciones clínicas de los tumores de la unión gastroesofágica derivan del deterioro progresivo del tránsito alimentario, la infiltración de la pared y la repercusión sistémica de la enfermedad. En las fases iniciales, los síntomas pueden ser sutiles o estar ausentes, especialmente cuando la lesión se limita a la mucosa o la submucosa. En estos casos, el diagnóstico puede realizarse de forma incidental durante exploraciones endoscópicas indicadas por síntomas persistentes de reflujo, anemia ferropénica o seguimiento de enfermedades predisponentes.

El síntoma más frecuente es la disfagia, inicialmente intermitente y predominante para los alimentos sólidos. El paciente refiere sensación de enlentecimiento o detención retroesternal del bolo, que a menudo compensa mediante la ingesta de líquidos. Con la progresión de la estenosis, la disfagia se hace continua y afecta también a los alimentos semisólidos y líquidos. Puede asociarse odinofagia, especialmente cuando existe ulceración de la mucosa o infiltración nerviosa.

La reducción de la ingesta alimentaria y las alteraciones metabólicas inducidas por el tumor provocan una pérdida de peso progresiva, a menudo acompañada de astenia y disminución de la masa muscular. Puede existir dolor retroesternal o epigástrico, que en ocasiones se confunde con trastornos cardiacos o dispépticos. También pueden aparecer regurgitación, sialorrea y sensación de retención esofágica.

    La presentación clínica varía en función de la localización predominante:

  • formas de la unión gastroesofágica: disfagia asociada a pirosis y regurgitación;
  • formas con extensión gástrica: dolor epigástrico, saciedad precoz y pérdida de apetito;
  • formas con extensión esofágica: disfagia progresiva y dolor retroesternal;
  • en cualquier localización, la disfagia progresiva y la pérdida de peso deben motivar una evaluación urgente.

La progresión local puede afectar a las estructuras adyacentes y causar tos persistente, disnea e infecciones respiratorias recurrentes cuando están implicadas las vías respiratorias. La formación de fístulas esofagotraqueales constituye una complicación grave, con tos durante la alimentación y aspiraciones frecuentes. La extensión a la pleura, el pericardio o el mediastino puede causar dolor torácico y derrames serosos.

El sangrado crónico de la superficie tumoral puede provocar anemia ferropénica, mientras que los episodios hemorrágicos más importantes se manifiestan con hematemesis o melena. La enfermedad avanzada suele acompañarse de caquexia neoplásica, con un marcado deterioro del estado general.

La diseminación ganglionar regional puede manifestarse mediante adenopatías supraclaviculares o celíacas. Las metástasis a distancia causan síntomas específicos del órgano afectado, como dolor óseo, disnea o signos neurológicos. En la exploración física son frecuentes los signos de desnutrición, anemia y disminución del rendimiento físico. El cuadro típico corresponde a un paciente de edad media-avanzada, a menudo con antecedentes de enfermedad por reflujo crónica o enfermedad gástrica, que refiere disfagia progresiva, pérdida de peso y astenia.

Pruebas diagnósticas y diagnóstico

El proceso de evaluación diagnóstica de los tumores de la unión gastroesofágica comienza con una sospecha clínica estructurada y sigue una secuencia de exploraciones destinada a confirmar histológicamente la neoplasia, establecer correctamente el diagnóstico etiológico y definir la extensión de la enfermedad antes de proceder a una estadificación formal. La sospecha clínica surge ante disfagia progresiva, inicialmente para sólidos y posteriormente para líquidos, pérdida de peso involuntaria, anemia ferropénica no explicada, dolor epigástrico o retroesternal persistente, pirosis refractaria, regurgitación ácida o episodios de sangrado digestivo oculto o manifiesto. Estos síntomas adquieren especial relevancia en personas con enfermedad por reflujo gastroesofágico crónica, esófago de Barrett, obesidad visceral, sexo masculino, edad avanzada y antecedentes de tabaquismo. En esta fase inicial, el objetivo clínico prioritario es reconocer con rapidez un cuadro sugestivo y remitir al paciente a una evaluación endoscópica oportuna, evitando exploraciones preliminares de bajo rendimiento que puedan retrasar el diagnóstico.

La prueba de referencia para el diagnóstico es la esofagogastroduodenoscopia, que constituye la primera exploración especializada verdaderamente decisiva. Las guías internacionales indican la EGDS como prueba de primera elección, sin necesidad rutinaria de un estudio radiológico con contraste, salvo en situaciones seleccionadas como estenosis especialmente cerradas o circunstancias que hagan incierta la seguridad del procedimiento endoscópico. La exploración debe realizarse con equipos de alta definición y acompañarse de una descripción precisa de la lesión que incluya su localización respecto a los incisivos, la relación con la línea Z, la extensión longitudinal por encima y por debajo de la unión, el aspecto macroscópico —vegetante, ulcerado, infiltrante o estenosante—, el grado de compromiso de la luz y la posibilidad de franquearla con el endoscopio. Es esencial evaluar completamente el esófago distal, la unión y el estómago proximal para identificar correctamente el lugar de origen de la neoplasia.

En los tumores de la unión gastroesofágica, las técnicas de imagen endoscópica avanzada desempeñan un papel relevante, especialmente en las fases iniciales y en los casos desarrollados sobre mucosa metaplásica. Técnicas como la NBI, la BLI y la FICE permiten caracterizar mejor la superficie mucosa y el patrón vascular, facilitan la identificación de áreas neoplásicas precoces y delimitan sus márgenes. La magnificación óptica permite valorar irregularidades arquitectónicas y vasculares útiles para distinguir áreas displásicas o neoplásicas de la mucosa inflamada o metaplásica, contribuyendo a una cartografía más precisa de la lesión.

Durante la exploración endoscópica se obtienen biopsias múltiples, que constituyen el elemento fundamental del diagnóstico de certeza. Se recomienda obtener numerosas muestras representativas de distintas zonas de la lesión y de sus márgenes, incluidas tanto la porción esofágica como la gástrica, para reducir el riesgo de resultados no concluyentes por heterogeneidad histológica o necrosis superficial. Ante una estenosis cerrada pueden utilizarse endoscopios de menor calibre para alcanzar la zona crítica y obtener muestras adecuadas. Cuando las biopsias repetidas no son diagnósticas pese a un aspecto endoscópico muy sospechoso, pueden considerarse macrobiopsias o procedimientos endoscópicos con finalidad diagnóstica, como la resección mucosa endoscópica o la disección submucosa, especialmente en los tumores superficiales.

El análisis anatomopatológico de las muestras permite establecer el diagnóstico definitivo de neoplasia maligna de la unión gastroesofágica, representada en la mayoría de los casos por un adenocarcinoma. Con hematoxilina-eosina se observan estructuras glandulares atípicas, desorganización arquitectónica, pleomorfismo nuclear e infiltración estromal. El patólogo define el grado de diferenciación, evalúa la presencia de mucina, necrosis e invasión vascular o perineural y utiliza la inmunohistoquímica en los casos poco diferenciados o de interpretación difícil para distinguir el adenocarcinoma del carcinoma escamoso, las neoplasias neuroendocrinas o las metástasis de otro origen. La integración con el contexto clínico y con la localización predominante de la lesión es fundamental para una atribución diagnóstica correcta.

Según las principales guías internacionales, para considerar establecido el diagnóstico de tumor de la unión gastroesofágica es necesario disponer de un conjunto mínimo de datos clínicos y patológicos que orienten la decisión terapéutica; estos elementos no constituyen criterios diagnósticos formales, pero representan los requisitos esenciales para un diagnóstico fiable:

    Elementos necesarios para establecer el diagnóstico de tumor de la unión gastroesofágica

  • Documentación endoscópica de una lesión sospechosa en la unión, con una descripción precisa de sus relaciones anatómicas.
  • Obtención de biopsias múltiples y representativas de la lesión, repetidas o complementadas con resección mucosa si los resultados no son concluyentes.
  • Demostración histológica de una neoplasia maligna, en la mayoría de los casos un adenocarcinoma.
  • Apoyo inmunohistoquímico en los casos poco diferenciados o con un diagnóstico diferencial complejo.
  • Evaluación clínica e instrumental dirigida a excluir un origen metastásico en otra localización.

Una vez obtenida la confirmación histológica, el diagnóstico diferencial debe abordarse de forma sistemática. Es fundamental distinguir los tumores de la unión gastroesofágica de las neoplasias primarias del esófago distal y del estómago proximal, integrando la localización, la extensión longitudinal y las características histológicas. También deben considerarse las neoplasias neuroendocrinas, los tumores del estroma gastrointestinal, los linfomas y las metástasis. Entre las enfermedades no neoplásicas, las lesiones inflamatorias graves, las úlceras pépticas complicadas o las secuelas cicatriciales pueden simular una neoplasia; en estos casos, la endoscopia con biopsias repetidas y las pruebas de imagen permiten definir correctamente el cuadro.

Tras confirmar el diagnóstico, las exploraciones posteriores se centran en la evaluación de la extensión de la enfermedad. La ecoendoscopia permite estudiar con detalle la profundidad de infiltración de la pared e identificar ganglios regionales sospechosos. En presencia de ganglios con características ecográficas sugestivas, la punción aspirativa guiada por ecoendoscopia permite obtener material citológico útil para confirmar la afectación neoplásica. La tomografía computarizada con contraste de tórax y abdomen es indispensable para valorar la extensión locorregional y la presencia de metástasis a distancia. La PET con 18F-FDG aporta información funcional útil para identificar localizaciones metastásicas no evidentes en la TC y caracterizar mejor los ganglios sospechosos.

En síntesis, la evaluación diagnóstica de los tumores de la unión gastroesofágica sigue una secuencia práctica: reconocimiento de la sospecha clínica; esofagogastroduodenoscopia con imagen avanzada y biopsias múltiples; confirmación histológica con posible apoyo inmunohistoquímico; definición del diagnóstico diferencial; y, posteriormente, evaluación de la extensión mediante ecoendoscopia, tomografía computarizada y PET.

Estadificación y pronóstico

La estadificación de los tumores de la unión gastroesofágica integra la información clínica, endoscópica y radiológica y permite describir de forma normalizada la extensión anatómica de la enfermedad, distinguir las formas iniciales de las avanzadas y proporcionar una orientación pronóstica. La referencia internacional es la octava edición del sistema AJCC/UICC TNM, que establece criterios específicos de clasificación para estas neoplasias según la localización predominante de la lesión, diferenciando entre tumores tratados con el esquema esofágico o gástrico.

La estadificación clínica se basa en la integración de los datos de la ecoendoscopia, fundamentales para evaluar la profundidad de infiltración y el estado de los ganglios regionales, con los de la tomografía computarizada con contraste de tórax y abdomen para analizar la extensión locorregional y buscar metástasis a distancia. La PET con 18F-FDG contribuye a identificar focos metabólicamente activos no evidentes en la TC y mejora la caracterización de los ganglios sospechosos, permitiendo definir con mayor precisión el estadio clínico.

Los principales determinantes pronósticos siguen siendo la profundidad de infiltración de la pared, el número de ganglios metastásicos y la presencia de metástasis a distancia. El sistema TNM describe una progresión anatómica desde las lesiones superficiales confinadas a la mucosa hasta las formas con diseminación sistémica. En los tumores iniciales, el pronóstico puede ser favorable, mientras que la afectación ganglionar extensa y la enfermedad metastásica se asocian a un empeoramiento significativo del resultado clínico.

En términos conceptuales, los principales grupos de estadio de los tumores de la unión gastroesofágica pueden resumirse del siguiente modo:

    Principales grupos de estadio en los tumores de la unión gastroesofágica —concepto general, AJCC/UICC, 8.ª edición—

  • Estadio 0: carcinoma in situ o neoplasia intraepitelial confinada al epitelio.
  • Estadio I: tumor invasivo limitado a las capas superficiales, sin metástasis ganglionares ni a distancia.
  • Estadio II: enfermedad con infiltración más profunda de la pared o con afectación ganglionar limitada.
  • Estadio III: tumor localmente avanzado con afectación ganglionar extensa, pero sin metástasis a distancia.
  • Estadio IV: presencia de metástasis a distancia, con independencia de las categorías T y N.

Cuando se dispone de la pieza quirúrgica sin tratamiento preoperatorio, la estadificación patológica permite una evaluación pronóstica más precisa mediante el análisis directo de la profundidad de infiltración, el número de ganglios examinados y positivos, el estado de los márgenes de resección y la presencia de invasión vascular o perineural. En los pacientes sometidos a tratamiento preoperatorio, la estadificación ypTNM describe la cantidad de enfermedad residual y permite distinguir las respuestas patológicas completas de los cuadros con persistencia tumoral significativa.

Las curvas de supervivencia muestran una clara correlación entre el estadio y el resultado clínico. Las cohortes tratadas mediante un enfoque multimodal presentan una supervivencia elevada en las formas iniciales y un descenso progresivo en los estadios avanzados, con un pronóstico desfavorable en las formas metastásicas. La posibilidad de lograr una resección completa y el diagnóstico en una fase localizada son los principales factores asociados a resultados favorables.

Además del estadio anatómico, diversos factores pronósticos adicionales influyen en la evolución clínica, entre ellos el grado histológico, la carga ganglionar, la invasión vascular y perineural, el volumen tumoral y las condiciones generales del paciente. El estado funcional, el estado nutricional y las comorbilidades repercuten de manera significativa en la tolerabilidad de los tratamientos y en el pronóstico global.

En conjunto, la estadificación de los tumores de la unión gastroesofágica es un proceso integrado que combina la extensión anatómica, las características histológicas y las condiciones del paciente. Las formas iniciales pueden alcanzar una supervivencia prolongada relevante, mientras que en las fases avanzadas el pronóstico sigue estando fuertemente condicionado por la afectación ganglionar y la presencia de metástasis a distancia, con una atención clínica orientada también al control de los síntomas y a la calidad de vida.

Tratamiento

El tratamiento de los tumores de la unión gastroesofágica requiere un enfoque complejo y rigurosamente multimodal, ya que estas neoplasias se localizan en una zona de transición anatómica y biológica entre el esófago distal y el estómago proximal. La estrategia terapéutica integra endoscopia intervencionista, cirugía, quimioterapia, radioterapia y, en los contextos apropiados, inmunoterapia, con una secuencia definida por la extensión de la enfermedad, la clasificación anatómica, las características histológicas y moleculares, las condiciones generales y las preferencias del paciente. El manejo debe realizarse en un equipo multidisciplinar experto, capaz de equilibrar los objetivos oncológicos, la radicalidad quirúrgica y la preservación funcional.

En las formas muy iniciales, limitadas a la mucosa —Tis o T1a— y sin factores histológicos de alto riesgo, la resección endoscópica puede constituir una opción curativa. La mucosectomía endoscópica está indicada en lesiones pequeñas y bien delimitadas, mientras que la disección endoscópica submucosa —ESD— permite resecciones en bloque de lesiones más amplias y garantiza una evaluación precisa de los márgenes y la profundidad de infiltración. La selección de los pacientes requiere una estadificación extremadamente rigurosa para excluir la afectación ganglionar. En presencia de márgenes negativos y enfermedad confinada a la mucosa, la resección puede considerarse definitiva y seguirse de un programa de vigilancia endoscópica. La documentación de invasión submucosa, márgenes positivos o próximos, invasión linfovascular o perineural exige, en cambio, un tratamiento adicional, por lo general quirúrgico, o estrategias alternativas en pacientes no candidatos a la intervención.

En las formas localmente avanzadas pero potencialmente resecables, el tratamiento de referencia en las guías occidentales es el tratamiento neoadyuvante seguido de cirugía. En los tumores de la unión gastroesofágica se utilizan tanto la quimiorradioterapia neoadyuvante como la quimioterapia perioperatoria, y la elección depende de la localización exacta de la neoplasia, su extensión craneocaudal, la histología y la práctica del centro. La quimiorradioterapia combina esquemas basados en platino y fluoropirimidina o carboplatino y paclitaxel con radioterapia a dosis generalmente comprendidas entre 41,4 y 50,4 Gy, con el objetivo de reducir el volumen tumoral y aumentar la probabilidad de una resección R0.

La quimioterapia perioperatoria constituye una alternativa consolidada, sobre todo para los tumores de la unión con mayor extensión gástrica. Los esquemas modernos combinan fluoropirimidina, platino y taxanos y se administran antes y después de la intervención quirúrgica, lo que permite un tratamiento sistémico precoz y prolongado. La reevaluación después de la fase preoperatoria mediante pruebas de imagen y valoración clínica es esencial para confirmar la resecabilidad y adaptar la estrategia terapéutica en caso de progresión o toxicidad relevante.

La cirugía constituye un pilar del tratamiento curativo. El objetivo es lograr una resección R0 asociada a una linfadenectomía adecuada. La elección de la intervención depende de la localización predominante del tumor y de su extensión. Las opciones incluyen la esofagectomía distal con reconstrucción, la gastrectomía total o intervenciones esofagogástricas combinadas, con reconstrucción mediante tubularización gástrica o, cuando sea necesario, interposición intestinal. La planificación quirúrgica debe tener en cuenta el equilibrio entre la radicalidad oncológica y la preservación funcional.

Las principales variantes técnicas incluyen abordajes transtorácicos y transhiatales, con anastomosis intratorácica o cervical según el procedimiento elegido. Los abordajes mínimamente invasivos y robóticos se utilizan cada vez más en centros de alto volumen, con posibles ventajas en cuanto a reducción del traumatismo quirúrgico, las complicaciones respiratorias y el tiempo de recuperación. Los factores determinantes del resultado son la calidad de los márgenes de resección, la adecuación de la disección ganglionar, la perfusión del órgano utilizado para la reconstrucción y la técnica anastomótica, equilibrando el riesgo de fístula y estenosis.

En los pacientes con enfermedad residual patológica después del tratamiento neoadyuvante y la cirugía puede estar indicada la inmunoterapia adyuvante. Los ensayos clínicos han demostrado que la administración de un inhibidor de PD-1 durante un periodo definido después de la intervención mejora la supervivencia libre de recidiva frente a la observación. La selección de los candidatos se basa en el estadio patológico residual, la respuesta al tratamiento preoperatorio y el perfil de riesgo individual, valorando cuidadosamente las comorbilidades y las posibles toxicidades inmunomediadas.

En los tumores localmente avanzados irresecables o en pacientes no candidatos a cirugía, la quimiorradioterapia definitiva constituye una opción terapéutica con intención curativa. Los protocolos combinan cisplatino y fluoropirimidina o carboplatino y paclitaxel con radioterapia a dosis totales generalmente comprendidas entre 50 y 60 Gy, ajustando los volúmenes y el fraccionamiento según la localización y la proximidad de órganos críticos. Ante persistencia o recidiva local, puede considerarse una cirugía de rescate en pacientes seleccionados, mientras que en otros casos se recurre a estrategias endoscópicas o paliativas de control local.

En la enfermedad recidivada o metastásica, el objetivo del tratamiento es principalmente paliativo. Los esquemas de primera línea incluyen combinaciones de platino y fluoropirimidina, a menudo junto con inmunoterapia anti-PD-1. Los ensayos de fase avanzada han demostrado beneficios de supervivencia con la adición de inmunoterapia, con mayor repercusión en los pacientes con una expresión más elevada de PD-L1. En líneas posteriores siguen disponibles los taxanos, el irinotecán y otros citotóxicos, seleccionados según la respuesta previa, la tolerabilidad y las condiciones clínicas.

El tratamiento de las complicaciones mecánicas, especialmente la disfagia, forma parte integral de la estrategia terapéutica. La colocación de prótesis esofágicas autoexpandibles puede mejorar rápidamente el tránsito alimentario, tanto como puente hacia tratamientos con intención curativa como con finalidad paliativa. La radioterapia paliativa o la braquiterapia endoluminal pueden utilizarse para reducir la obstrucción y mejorar la deglución. Los procedimientos endoscópicos seleccionados deben valorarse teniendo en cuenta el pronóstico, la localización de la estenosis y la duración esperada del beneficio.

El apoyo nutricional y el tratamiento de las toxicidades son elementos transversales del proceso terapéutico. La desnutrición y la sarcopenia son frecuentes y repercuten negativamente sobre la tolerancia a los tratamientos y los resultados. La participación precoz de nutricionistas y equipos especializados permite realizar intervenciones personalizadas que incluyen adaptaciones dietéticas, suplementos orales y nutrición enteral o parenteral. El control del dolor, la disfagia y la carga psicológica requiere un enfoque integrado, con incorporación precoz de los cuidados paliativos en pacientes con síntomas complejos o un pronóstico desfavorable.

Seguimiento y vigilancia después del tratamiento

El seguimiento y la vigilancia después del tratamiento de los tumores de la unión gastroesofágica constituyen un componente estructurado del proceso asistencial, destinado a detectar precozmente recidivas locales o a distancia, controlar las complicaciones tardías de los tratamientos y garantizar un apoyo nutricional y funcional adecuado. El programa de seguimiento se personaliza según el estadio inicial, el tratamiento recibido y la respuesta obtenida, mediante un enfoque multidisciplinar dinámico.

En los pacientes tratados mediante resección endoscópica curativa por una enfermedad superficial, la vigilancia es principalmente endoscópica. Los controles tienen por objeto detectar recidivas locales y nuevas lesiones displásicas o neoplásicas en un contexto de mucosa metaplásica o displásica. Las endoscopias son más frecuentes durante los primeros años y pueden apoyarse en técnicas avanzadas de imagen y biopsias dirigidas. En ausencia de signos sospechosos, por lo general no está indicado un seguimiento radiológico intensivo.

Después de una cirugía con intención curativa, con o sin tratamiento neoadyuvante, el seguimiento es multidimensional. Durante los primeros dos o tres años, periodo de mayor riesgo de recidiva, los controles clínicos suelen programarse cada 3–6 meses e incluyen la evaluación de los síntomas, la exploración física, la vigilancia del estado nutricional y el tratamiento de las comorbilidades. La TC con contraste de tórax y abdomen se utiliza a intervalos regulares para la vigilancia oncológica, mientras que la endoscopia se reserva para pacientes sintomáticos o con hallazgos radiológicos dudosos.

En los pacientes tratados mediante quimiorradioterapia definitiva, el seguimiento requiere especial atención por la complejidad de la interpretación de la respuesta. La evaluación inicial se realiza mediante TC y, en casos seleccionados, PET con 18F-FDG, teniendo en cuenta el riesgo de captaciones inespecíficas posteriores al tratamiento. La endoscopia con biopsias dirigidas mantiene un papel central en el control local, especialmente ante alteraciones mucosas persistentes o síntomas sugestivos.

Un elemento transversal del seguimiento es el tratamiento de las secuelas funcionales y nutricionales. Después de intervenciones esofagogástricas pueden aparecer disfagia, reflujo biliar, síndrome de dumping, saciedad precoz y pérdida de peso crónica. La vigilancia nutricional y funcional es esencial para prevenir la desnutrición y la sarcopenia. En los pacientes sometidos a radioterapia también deben vigilarse las toxicidades tardías, entre ellas las estenosis anastomóticas, la fibrosis mediastínica, la neumonitis por radiación y las complicaciones cardiacas.

La duración global del seguimiento suele ser de al menos cinco años, con mayor intensidad durante los primeros dos o tres años y un espaciamiento progresivo de los intervalos en los pacientes libres de enfermedad. Posteriormente, la atención se centra en el tratamiento de las secuelas a largo plazo, las comorbilidades y la prevención de otros acontecimientos clínicos relevantes. En todas las fases, el seguimiento debe seguir siendo flexible y adaptarse a cada paciente, integrando la vigilancia oncológica y la calidad de vida.

En síntesis, el seguimiento de los tumores de la unión gastroesofágica requiere un enfoque coordinado que combine la vigilancia oncológica, el tratamiento de las complicaciones tardías y el apoyo nutricional y funcional, con el objetivo de preservar a lo largo del tiempo el mejor nivel posible de autonomía y calidad de vida.

Aspectos de la calidad de vida a largo plazo

Los aspectos de la calidad de vida a largo plazo en los tumores de la unión gastroesofágica constituyen un elemento central del manejo global del paciente, dada la complejidad anatómica de la localización y la elevada repercusión funcional de los tratamientos. Con el aumento de la supervivencia se hace más evidente la necesidad de abordar de forma estructurada las consecuencias crónicas que pueden persistir incluso en ausencia de enfermedad activa. Por tanto, la calidad de vida debe evaluarse de manera sistemática y continuada durante el seguimiento como componente integral de la asistencia oncológica.

Uno de los principales determinantes es la función deglutoria y digestiva. Las intervenciones quirúrgicas que afectan a la unión gastroesofágica, a menudo asociadas a resecciones del esófago distal y el estómago proximal, provocan una alteración profunda de la fisiología del tránsito alimentario. Los pacientes pueden presentar disfagia residual, sensación precoz de plenitud, dificultad para ingerir comidas copiosas y necesidad de modificar de forma permanente la consistencia y la frecuencia de las comidas. En las personas tratadas con quimiorradioterapia, la fibrosis y las estenosis cicatriciales pueden contribuir a trastornos persistentes de la deglución. La evaluación funcional periódica y la intervención rehabilitadora favorecen una mejor adaptación a largo plazo.

El reflujo gastroesofágico y biliar constituye un problema frecuente, especialmente después de intervenciones que alteran los mecanismos fisiológicos antirreflujo. La regurgitación, la pirosis atípica, la tos crónica y los trastornos del sueño pueden persistir y afectar negativamente al bienestar cotidiano. El manejo se basa principalmente en medidas dietéticas, posturales y conductuales, que requieren una educación continuada y una vigilancia clínica adecuada.

Las alteraciones del metabolismo posprandial, incluidas las manifestaciones del síndrome de dumping precoz y tardío, constituyen una causa importante de limitación funcional y social. Síntomas como taquicardia, sudoración, dolor abdominal, diarrea o hipoglucemia reactiva obligan a reorganizar de forma estable los hábitos alimentarios, con comidas pequeñas y frecuentes y una distribución cuidadosa de los nutrientes. El apoyo nutricional a largo plazo es fundamental para favorecer la autonomía y la calidad de vida.

La nutrición y la composición corporal condicionan directamente los resultados a largo plazo. La pérdida involuntaria de peso, la reducción de la masa muscular y la desnutrición son acontecimientos frecuentes y se asocian a mayor fragilidad, menor capacidad funcional y peor tolerancia a los tratamientos. La vigilancia longitudinal del peso, la composición corporal y la ingesta nutricional, junto con intervenciones personalizadas, es esencial para preservar el bienestar global.

Las consecuencias terapéuticas también pueden afectar a la función respiratoria y vocal. La tos crónica, la reducción de la capacidad respiratoria, la ronquera o la fatiga vocal repercuten sobre la comunicación, la actividad laboral y las relaciones sociales. Un enfoque rehabilitador multidisciplinar permite reducir el impacto de estos trastornos y favorecer la recuperación funcional con el tiempo.

La esfera psicológica y psicosocial desempeña un papel determinante. El proceso terapéutico de los tumores de la unión gastroesofágica, a menudo complejo e invasivo, puede dejar secuelas emocionales persistentes, como ansiedad, depresión, miedo a la recidiva y alteraciones de la imagen corporal. Las limitaciones alimentarias y funcionales pueden reducir la participación social y deteriorar las relaciones interpersonales. Un apoyo psicológico estructurado y una comunicación continuada con el equipo asistencial favorecen una mejor adaptación a la condición de superviviente a largo plazo.

En conjunto, la calidad de vida a largo plazo depende de la capacidad del sistema asistencial para garantizar una atención integrada que acompañe la vigilancia oncológica con el tratamiento de las secuelas funcionales, nutricionales y psicológicas. En este contexto, la calidad de vida constituye un resultado clínico prioritario, que debe considerarse al mismo nivel que los indicadores tradicionales al evaluar el éxito global del tratamiento de los tumores de la unión gastroesofágica.

Complicaciones

Las complicaciones de los tumores de la unión gastroesofágica derivan de la interacción entre la progresión de la enfermedad, las estrategias terapéuticas multimodales y los procedimientos invasivos, y configuran un cuadro clínico complejo que requiere vigilancia continua y manejo multidisciplinar. Desde las fases iniciales, la obstrucción del tránsito alimentario puede causar disfagia, reducción de la ingesta calórica y desnutrición, mientras que en las fases avanzadas predominan las consecuencias de la infiltración locorregional y el deterioro sistémico. La evaluación precoz del estado nutricional y funcional es crucial, ya que la fragilidad y la pérdida de masa magra aumentan el riesgo de infecciones y toxicidades relacionadas con los tratamientos.

La progresión local del tumor produce un empeoramiento creciente de la disfagia hasta la imposibilidad de alimentarse, con aumento del riesgo de aspiración y neumonía por aspiración. La invasión de las estructuras adyacentes puede causar dolor toracoabdominal persistente, tos crónica, disfonía y disnea. La formación de fístulas esofagorrespiratorias constituye una de las complicaciones más graves y se asocia a infecciones pulmonares recurrentes y una elevada mortalidad. En los cuadros más avanzados, la erosión de grandes vasos mediastínicos o abdominales puede provocar hemorragias masivas mortales, mientras que la caquexia, el tromboembolismo venoso y los síndromes paraneoplásicos contribuyen al deterioro clínico global.

La cirugía de la unión gastroesofágica se asocia a un riesgo significativo de complicaciones. Las complicaciones respiratorias, en particular la neumonía, representan una de las principales causas de morbilidad posoperatoria. La fístula anastomótica constituye un acontecimiento temido y puede aparecer por problemas de perfusión o asociada a infecciones locales. Las estenosis anastomóticas tardías pueden requerir dilataciones endoscópicas repetidas, con un riesgo acumulado de perforación. El quilotórax, relacionado con la lesión del conducto torácico durante la disección ganglionar, produce pérdidas importantes de líquidos y proteínas. Las arritmias posoperatorias y las lesiones de los nervios laríngeos completan el cuadro de las principales complicaciones quirúrgicas.

La quimiorradioterapia conlleva toxicidades agudas y tardías. Entre las manifestaciones más frecuentes se encuentran la esofagitis y la gastritis por radiación, responsables de dolor, disfagia grave y empeoramiento del estado nutricional. Las citopenias aumentan el riesgo infeccioso y hemorrágico, mientras que la radioterapia puede causar neumonitis por radiación, fibrosis mediastínica y pericarditis. A largo plazo pueden aparecer estenosis esofagogástricas crónicas y, con menor frecuencia, fístulas esofagorrespiratorias o esofagoaórticas, a menudo de evolución rápidamente mortal.

La inmunoterapia puede inducir acontecimientos adversos inmunomediados en distintos órganos. Las complicaciones más relevantes incluyen neumonitis inmunomediada, colitis, hepatitis, endocrinopatías tiroideas y suprarrenales, manifestaciones cutáneas y nefritis. Aunque son infrecuentes, enfermedades como la miocarditis inmunomediada se asocian a una elevada mortalidad y requieren reconocimiento y tratamiento oportunos. El manejo de estas toxicidades exige una vigilancia clínica y analítica estrecha.

Los procedimientos endoscópicos utilizados para tratar la disfagia o las lesiones superficiales conllevan riesgos específicos. Las prótesis autoexpandibles pueden causar dolor, migración, ulceraciones, perforaciones o fístulas, especialmente en tejidos fibróticos o irradiados. Las dilataciones endoscópicas conllevan un riesgo de perforación, mayor en las estenosis cerradas. Las técnicas de resección o ablación pueden complicarse con sangrado, perforación y estenosis cicatriciales tardías.

En el plano sistémico, la caquexia neoplásica, las infecciones oportunistas y los acontecimientos tromboembólicos son determinantes relevantes del empeoramiento pronóstico. El deterioro funcional progresivo requiere un enfoque global que integre precozmente el control de los síntomas, el apoyo nutricional y, cuando sea apropiado, los cuidados paliativos.

El manejo eficaz de las complicaciones se basa en una prevención estructurada que incluya cribado nutricional precoz, optimización de la función respiratoria, control del dolor, fisioterapia, vigilancia de las comorbilidades y reconocimiento oportuno de los signos de toxicidad o infección. La integración multidisciplinar permite reducir la gravedad de los acontecimientos adversos, mejorar la calidad de vida y facilitar que el mayor número posible de pacientes complete los tratamientos en las mejores condiciones clínicas.

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