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Miocardiopatías por trastornos autoinmunes

Las miocardiopatías por trastornos autoinmunes son formas de afectación miocárdica que aparecen en el contexto de enfermedades sistémicas inmunomediadas, en las que el daño cardíaco deriva de inflamación, autoinmunidad, vasculopatía, microisquemia, fibrosis, trombosis, eosinofilia, granulomatosis o remodelado crónico sostenido por citocinas. No representan una sola enfermedad, sino un grupo heterogéneo de fenotipos cardíacos que pueden manifestarse como miocarditis aguda, miocarditis crónica, miocardiopatía dilatada inflamatoria, disfunción ventricular con fracción de eyección preservada, fibrosis miocárdica, miocardiopatía restrictiva, arritmias, trastornos de la conducción, insuficiencia cardíaca, hipertensión pulmonar secundaria o muerte súbita.

Las condiciones más relevantes incluyen lupus eritematoso sistémico, esclerosis sistémica, artritis reumatoide, miopatías inflamatorias idiopáticas, síndrome de Sjögren, enfermedad mixta del tejido conectivo, vasculitis asociadas a anticuerpos anticitoplasma de neutrófilos, granulomatosis eosinofílica con poliangeítis, arteritis de grandes vasos, síndrome de anticuerpos antifosfolípidos y, como condición inmunomediada importante que debe distinguirse y a veces incluirse en el razonamiento diferencial, sarcoidosis cardíaca. El corazón puede verse afectado directamente por el proceso autoinmune o indirectamente por hipertensión, aterosclerosis acelerada, enfermedad coronaria, insuficiencia renal, hipertensión pulmonar, toxicidades terapéuticas, anemia, infecciones oportunistas y estado inflamatorio persistente.

Desde el punto de vista clínico, el concepto más importante es que el daño miocárdico autoinmune puede permanecer clínicamente silente durante mucho tiempo. Un paciente con enfermedad reumatológica aparentemente controlada puede presentar edema miocárdico, fibrosis, alteraciones del strain, arritmias o troponina persistentemente elevada antes de la aparición de disnea o reducción de la fracción de eyección. Por el contrario, un cuadro de insuficiencia cardíaca aguda, dolor torácico, taquiarritmias o shock puede representar la primera manifestación reconocida de una enfermedad autoinmune sistémica. Por este motivo, el diagnóstico requiere una colaboración estrecha entre cardiología, reumatología, inmunología clínica, radiología cardiovascular, anatomía patológica, electrofisiología y, en los casos graves, cuidados intensivos cardiológicos.

Encuadre nosológico y epidemiológico

Las miocardiopatías por trastornos autoinmunes deben interpretarse como miocardiopatías inflamatorias o inmunomediadas de etiología sistémica. La distinción respecto a la miocarditis viral, la miocardiopatía dilatada idiopática y las miocardiopatías genéticas es fundamental porque el tratamiento no se limita al tratamiento de la insuficiencia cardíaca: cuando el daño está sostenido por autoinmunidad activa, vasculitis, eosinofilia o enfermedad reumatológica sistémica, la supresión selectiva de la inflamación puede modificar la evolución. Al mismo tiempo, atribuir automáticamente una miocardiopatía a una enfermedad autoinmune ya conocida es peligroso, porque el paciente también puede tener cardiopatía isquémica, hipertensión, cardiotoxicidad, infección, amiloidosis, enfermedad valvular o miocardiopatía genética.

El lupus eritematoso sistémico puede afectar al corazón de muchas maneras: pericarditis, miocarditis, endocarditis verrugosa de Libman-Sacks, vasculitis coronaria, aterosclerosis acelerada, microangiopatía, trombosis por síndrome de anticuerpos antifosfolípidos y disfunción ventricular inflamatoria. La miocarditis clínicamente manifiesta no es la complicación más común, pero es potencialmente grave y puede presentarse con fiebre, dolor torácico, disnea, arritmias, troponina elevada, disfunción ventricular e insuficiencia cardíaca. Las técnicas modernas de resonancia magnética cardíaca han mostrado que la afectación subclínica puede ser más frecuente de lo que sugiere la clínica aislada.

En la esclerosis sistémica, el corazón puede verse afectado por una combinación característica de vasculopatía del microcirculación, espasmo intermitente de los pequeños vasos, isquemia-reperfusión, inflamación miocárdica, fibrosis intersticial, disfunción diastólica, arritmias y trastornos de la conducción. La afectación cardíaca primaria de la esclerosis sistémica suele estar infradiagnosticada porque el paciente puede presentar disnea atribuida a fibrosis pulmonar, hipertensión pulmonar, anemia, desacondicionamiento o enfermedad esofágica. La resonancia magnética cardíaca, el strain ecocardiográfico, la monitorización del ritmo y los biomarcadores pueden detectar lesiones antes de la fase irreversible.

En la artritis reumatoide, el daño miocárdico suele ser menos llamativo, pero epidemiológicamente importante. La inflamación sistémica crónica, mediada por interleucina 6, factor de necrosis tumoral alfa, interleucina 1, autoanticuerpos, disfunción endotelial y aterosclerosis acelerada, aumenta el riesgo de insuficiencia cardíaca, sobre todo con fracción de eyección preservada. La miocarditis reumatoide clínicamente evidente es rara, pero la fibrosis, la disfunción diastólica, la microinflamación y las alteraciones de la reserva coronaria pueden contribuir a una miocardiopatía crónica. La evaluación debe distinguir este daño del peso muy relevante de la enfermedad coronaria en los pacientes con artritis reumatoide.

Las miopatías inflamatorias idiopáticas, entre ellas dermatomiositis, polimiositis, miopatía necrotizante inmunomediada y síndrome antisintetasa, pueden afectar al miocardio con miocarditis, fibrosis, trastornos de la conducción, arritmias e insuficiencia cardíaca. A diferencia de las miocardiopatías por trastornos neuromusculares genéticos, aquí el problema no es una proteína estructural hereditaria, sino un proceso inmunitario que afecta al músculo esquelético y, en una proporción de pacientes, al miocardio. La presencia de creatina cinasa elevada puede confundir la interpretación de la troponina T cardíaca; por este motivo, cuando se sospecha daño miocárdico, la troponina I cardíaca puede ser más específica en algunas situaciones clínicas.

Las vasculitis asociadas a anticuerpos anticitoplasma de neutrófilos comprenden granulomatosis con poliangeítis, poliangeítis microscópica y granulomatosis eosinofílica con poliangeítis. La afectación cardíaca es especialmente relevante en la granulomatosis eosinofílica con poliangeítis, donde la eosinofilia, la vasculitis de pequeños vasos y la inflamación eosinofílica pueden causar miocarditis eosinofílica, endomiocarditis, trombosis, fibrosis endomiocárdica, miocardiopatía restrictiva, pericarditis, arritmias e insuficiencia cardíaca. En estos pacientes, el corazón es un órgano pronósticamente central, y el diagnóstico precoz puede cambiar radicalmente la intensidad del tratamiento inmunológico.

El síndrome de anticuerpos antifosfolípidos no produce típicamente una miocardiopatía inflamatoria primaria, pero puede dañar el corazón a través de trombosis arteriales y venosas, microangiopatía, valvulopatía, trombos intracardíacos, infarto de miocardio, hipertensión pulmonar tromboembólica y disfunción ventricular secundaria. Por tanto, debe incluirse en el diagnóstico diferencial del daño miocárdico autoinmune, sobre todo en pacientes jóvenes con eventos trombóticos, pérdidas gestacionales recurrentes, livedo reticularis, trombocitopenia, lupus eritematoso sistémico o trombosis no explicadas. En este caso, el tratamiento central no es solo la inmunosupresión, sino la prevención trombótica.

La sarcoidosis cardíaca ocupa una posición particular. No es una enfermedad autoinmune clásica mediada por autoanticuerpos, pero es una enfermedad granulomatosa inmunomediada que puede imitar o solaparse con el capítulo de las miocardiopatías inflamatorias sistémicas. Puede causar bloqueos auriculoventriculares, taquicardias ventriculares, fibrosis, aneurismas ventriculares, disfunción sistólica y muerte súbita. Debe buscarse cuando un paciente presenta bloqueo auriculoventricular inexplicado, arritmias ventriculares, patrón granulomatoso extracardíaco, adenopatías hiliares, lesiones pulmonares o realce tardío de gadolinio no isquémico en la resonancia magnética cardíaca.

Etiología, patogénesis y fisiopatología

Las causas etiológicas ciertas son las enfermedades autoinmunes o inmunomediadas sistémicas capaces de generar daño miocárdico directo o indirecto. En el lupus eritematoso sistémico, el daño puede derivar de inmunocomplejos, activación del complemento, autoanticuerpos, vasculitis, microangiopatía, anticuerpos antifosfolípidos e inflamación miocárdica. La activación del complemento y de las células inmunitarias produce edema, necrosis miocitaria focal, infiltrados mononucleares, disfunción endotelial y, si la actividad persiste, fibrosis. La miocarditis lúpica puede ser aguda y severa, pero también puede dejar secuelas cicatriciales que evolucionan hacia disfunción ventricular crónica.

En la esclerosis sistémica, el mecanismo patogénico dominante es la interacción entre vasculopatía y fibrosis. La disfunción endotelial causa menor vasodilatación, espasmo microvascular, daño isquémico intermitente y reparación alterada. La repetición de isquemia y reperfusión activa fibroblastos, depósito de colágeno, transformación miofibroblástica y remodelado intersticial. A esto se añade un componente inflamatorio miocárdico que puede preceder o acompañar a la fibrosis. El resultado es un miocardio rígido, eléctricamente inestable, con reserva coronaria reducida, disfunción diastólica, arritmias y, en las fases más avanzadas, disfunción sistólica.

En la artritis reumatoide, el daño es más a menudo crónico y sistémico. La inflamación persistente aumenta la rigidez arterial, altera la función endotelial, acelera la aterosclerosis, modifica el metabolismo lipídico, promueve estrés oxidativo e influye directamente en el miocardio a través de citocinas proinflamatorias. La interleucina 6, el factor de necrosis tumoral alfa y la interleucina 1 pueden alterar la señalización adrenérgica, el metabolismo cardiomiocitario, la función mitocondrial, la homeostasis del calcio y la matriz extracelular. La consecuencia puede ser una disfunción diastólica con fracción de eyección preservada, asociada a fibrosis difusa y menor capacidad de aumentar el gasto durante el esfuerzo.

En las miopatías inflamatorias idiopáticas, el daño cardíaco puede reflejar mecanismos inmunitarios paralelos a los del músculo esquelético. En la dermatomiositis son relevantes la microangiopatía, el complemento, el daño capilar y la isquemia tisular; en la polimiositis y en algunas formas linfocíticas predominan infiltrados celulares y citotoxicidad; en la miopatía necrotizante inmunomediada, el daño muscular puede ser masivo y el corazón puede verse afectado de forma variable. Las células inmunitarias y las citocinas alteran cardiomiocitos, intersticio y microcirculación; el daño repetido produce edema agudo, necrosis, fibrosis sustitutiva y sustrato arrítmico.

En la granulomatosis eosinofílica con poliangeítis y en los síndromes hipereosinofílicos, el mecanismo está fuertemente condicionado por los eosinófilos. Los eosinófilos activados liberan proteína básica mayor, proteína catiónica eosinofílica, peroxidasa eosinofílica, radicales oxidantes y mediadores protrombóticos. Estas sustancias dañan el endocardio y el miocardio, activan plaquetas y coagulación, favorecen trombos murales y producen necrosis. La secuencia típica pasa de una fase necrótico-inflamatoria a una fase trombótica y luego a una fase fibrótica, con posible miocardiopatía restrictiva o fibrosis endomiocárdica. En esta categoría, reconocer la eosinofilia no es un detalle, sino un dato patogénico y terapéutico.

En las vasculitis sistémicas, el miocardio puede verse afectado incluso sin eosinofilia predominante. La inflamación necrotizante de los vasos pequeños y medianos reduce la perfusión, provoca isquemia microvascular, hemorragia, edema, necrosis y fibrosis. Las arteritis de grandes vasos, como la arteritis de Takayasu y la arteritis de células gigantes, afectan con mayor frecuencia a la aorta, ramas principales, coronarias proximales o válvula aórtica; por tanto, la disfunción ventricular puede derivar de isquemia, hipertensión, insuficiencia aórtica o inflamación sistémica más que de miocarditis primaria. La distinción anatómica del blanco vascular es esencial para comprender el mecanismo cardíaco.

El síndrome de anticuerpos antifosfolípidos actúa a través de trombosis y microangiopatía. Los anticuerpos antifosfolípidos pueden activar endotelio, plaquetas, monocitos y complemento, creando un estado procoagulante. En el corazón, esto puede causar infartos en edad joven, microtrombosis, valvulopatía, vegetaciones no infecciosas, trombos intracavitarios e hipertensión pulmonar tromboembólica. El daño ventricular resultante es secundario a isquemia macrovascular o microvascular y a sobrecarga de presión, no a una miocarditis autoinmune clásica. Tratarlo como una simple miocardiopatía inflamatoria sería conceptualmente erróneo.

El paso de la lesión inmunitaria a la miocardiopatía sigue una secuencia común. La inflamación aguda produce edema, necrosis miocitaria, disfunción contráctil e inestabilidad eléctrica. Si la agresión se apaga, la recuperación puede ser completa o casi completa; si persiste o se repite, el tejido dañado se sustituye por fibrosis. La fibrosis reduce la compliance, altera la conducción eléctrica, crea circuitos de reentrada, reduce la reserva contráctil y puede conducir a miocardiopatía dilatada, restrictiva o con fracción de eyección preservada. El fenotipo final depende de la localización, duración, intensidad y tipo de inflamación.

La fisiopatología clínica no depende solo del miocardio. En las enfermedades autoinmunes sistémicas, el corazón también está expuesto a anemia, fiebre, taquicardia persistente, disfunción renal, hipertensión, hipoxia por enfermedad pulmonar, hipertensión pulmonar, aterosclerosis acelerada, alteraciones metabólicas, tratamiento prolongado con corticosteroides e infecciones. Estos factores pueden amplificar una miocarditis leve hasta producir insuficiencia cardíaca, o pueden simular una miocardiopatía autoinmune cuando el daño primario es hemodinámico, isquémico o metabólico. El razonamiento debe separar, por tanto, daño autoinmune directo, daño vascular y factores agravantes.

Fenotipos cardíacos principales

El fenotipo más reconocible es la miocarditis autoinmune aguda. El paciente puede presentar dolor torácico, fiebre, disnea, palpitaciones, síncope, incremento de troponina, alteraciones electrocardiográficas, edema miocárdico en la resonancia magnética cardíaca y reducción de la función ventricular. En el lupus eritematoso sistémico, en las miopatías inflamatorias idiopáticas, en la esclerosis sistémica precoz, en la granulomatosis eosinofílica con poliangeítis y en las vasculitis sistémicas, la miocarditis puede formar parte de una reactivación sistémica. La severidad varía desde una forma subclínica hasta shock cardiogénico fulminante.

Un segundo fenotipo es la miocardiopatía inflamatoria crónica. En este caso, el paciente no presenta un único episodio agudo evidente, sino una disfunción ventricular progresiva, a veces con dilatación, reducción de la fracción de eyección, fibrosis difusa, aumento de los péptidos natriuréticos y arritmias. El daño puede derivar de inflamación persistente de baja intensidad, miocarditis repetidas no reconocidas, microisquemia o remodelado fibrótico. Es una forma especialmente insidiosa porque puede clasificarse como miocardiopatía dilatada idiopática si no se busca el contexto autoinmune.

La miocardiopatía con fracción de eyección preservada es frecuente en las enfermedades inflamatorias crónicas, sobre todo en artritis reumatoide, esclerosis sistémica y lupus eritematoso sistémico. El paciente presenta disnea, intolerancia al esfuerzo, presiones de llenado elevadas, alteraciones del strain, disfunción diastólica y a veces hipertensión pulmonar, mientras la fracción de eyección permanece normal. La patogénesis combina fibrosis intersticial, rigidez ventricular, disfunción microvascular, inflamación sistémica, rigidez arterial y comorbilidades. Este fenotipo suele subestimarse porque el ecocardiograma puede describirse como “función sistólica conservada” sin analizar el llenado y la deformación miocárdica.

La esclerosis sistémica puede producir un fenotipo fibrótico-arrítmico peculiar. El paciente puede presentar palpitaciones, extrasistolia ventricular, taquicardia ventricular no sostenida, trastornos de la conducción, disfunción diastólica, realce tardío de gadolinio no isquémico y reducción del strain. La fibrosis puede ser parcheada, difusa o subclínica; cuando afecta al sistema de conducción o áreas críticas del miocardio, el riesgo arrítmico se vuelve relevante incluso antes de una gran reducción de la fracción de eyección. La presencia de hipertensión pulmonar o enfermedad intersticial pulmonar puede dificultar la atribución de la disnea.

Las formas eosinofílicas tienen un fenotipo propio. La fase inicial puede presentarse como miocarditis eosinofílica aguda con dolor torácico, troponina elevada, disfunción ventricular, arritmias y a veces shock. La fase intermedia está dominada por trombos endocavitarios, embolias y daño endocárdico. La fase crónica puede evolucionar hacia fibrosis endomiocárdica, obliteración apical, insuficiencia valvular auriculoventricular y fisiología restrictiva. Este recorrido explica el vínculo entre granulomatosis eosinofílica con poliangeítis, síndromes hipereosinofílicos y algunas formas de miocardiopatía restrictiva endomiocárdica.

Las arritmias pueden constituir el fenotipo dominante. Fibrilación auricular, flutter auricular, taquicardia auricular, extrasistolia ventricular, taquicardia ventricular no sostenida, taquicardia ventricular sostenida, bloqueos auriculoventriculares y bloqueos intraventriculares pueden derivar de inflamación, fibrosis, granulomas, isquemia microvascular o dilatación auricular. En la sarcoidosis cardíaca y en la esclerosis sistémica, el trastorno de conducción puede ser una señal precoz; en las miocarditis autoinmunes agudas, la arritmia puede reflejar edema y necrosis; en las formas crónicas, la fibrosis crea un sustrato permanente.

Un fenotipo que no debe confundirse con miocardiopatía primaria es el isquémico-microvascular. En el lupus eritematoso sistémico, en el síndrome de anticuerpos antifosfolípidos, en la artritis reumatoide y en las vasculitis, el daño ventricular puede derivar de enfermedad coronaria acelerada, vasculitis coronaria, trombosis, espasmo o microangiopatía. La resonancia magnética cardíaca y la evaluación coronaria sirven para distinguir necrosis isquémica, edema inflamatorio y fibrosis no isquémica. La distinción cambia el tratamiento: una microtrombosis por anticuerpos antifosfolípidos no se trata como una miocarditis linfocítica, y una estenosis coronaria crítica no debe atribuirse genéricamente a la inflamación.

Por último, existe el fenotipo mixto, probablemente el más frecuente en la práctica. Un paciente con esclerosis sistémica puede tener fibrosis miocárdica, hipertensión pulmonar, arritmias y enfermedad microvascular; un paciente con lupus puede tener pericarditis, miocarditis, anticuerpos antifosfolípidos y aterosclerosis acelerada; un paciente con artritis reumatoide puede tener disfunción diastólica, enfermedad coronaria, hipertensión e inflamación sistémica; un paciente con granulomatosis eosinofílica con poliangeítis puede tener eosinofilia, vasculitis, trombos y fibrosis. El diagnóstico debe describir, por tanto, los mecanismos presentes, sin conformarse con una sola etiqueta.

Manifestaciones clínicas

La anamnesis debe partir de la presentación cardiológica y continuar con una búsqueda sistemática de los signos autoinmunes. El paciente puede referir disnea de esfuerzo, ortopnea, dolor torácico, palpitaciones, síncope, astenia, edemas, fiebre, reducción de la tolerancia al ejercicio o empeoramiento rápido durante una reactivación sistémica. El dolor torácico puede derivar de pericarditis, miocarditis, vasculitis coronaria, espasmo, trombosis o enfermedad coronaria acelerada. La disnea puede depender del miocardio, pulmón, anemia, hipertensión pulmonar o desacondicionamiento. Por este motivo, la reconstrucción clínica debe ser temporal: ¿cuándo aparecieron los síntomas cardíacos respecto a la actividad autoinmune?

En el lupus eritematoso sistémico deben buscarse exantema fotosensible, úlceras orales, artritis, serositis, nefropatía, citopenias, fenómenos neurológicos, trombosis, pérdidas gestacionales, positividad de anticuerpos anti-ADN de doble cadena, consumo del complemento y anticuerpos antifosfolípidos. Una miocarditis lúpica puede aparecer durante una fase sistémica activa, pero no siempre todos los signos son evidentes en el mismo momento. La presencia de pericarditis concomitante, fiebre, troponina elevada y disfunción ventricular aumenta la sospecha de afectación inflamatoria cardíaca.

En la esclerosis sistémica, la exploración debe buscar fenómeno de Raynaud, esclerodactilia, telangiectasias, úlceras digitales, calcinosis, disfagia, reflujo gastroesofágico, disnea por enfermedad intersticial pulmonar, signos de hipertensión pulmonar y autoanticuerpos específicos. La afectación cardíaca primaria puede ser sutil: palpitaciones, extrasístoles, intolerancia al esfuerzo y elevación modesta de troponina o péptidos natriuréticos pueden preceder a la insuficiencia cardíaca. La disnea debe descomponerse en componente pulmonar, vascular pulmonar y miocárdico.

En la artritis reumatoide, el paciente puede presentar disnea progresiva, edema, fatigabilidad o signos de insuficiencia cardíaca con fracción de eyección conservada. La anamnesis debe valorar duración y actividad de la enfermedad articular, seropositividad para factor reumatoide y anticuerpos anti-péptidos citrulinados, carga inflamatoria, nódulos, vasculitis, enfermedad pulmonar intersticial, tratamiento corticosteroideo, hipertensión, dislipidemia y riesgo coronario. La miocardiopatía inflamatoria crónica no debe hacer olvidar que la artritis reumatoide también aumenta el riesgo de cardiopatía isquémica.

En las miopatías inflamatorias idiopáticas, la pregunta clínica debe conectar músculo y corazón. Debilidad proximal, dificultad para subir escaleras, disfagia, mialgias, exantema heliotropo, pápulas de Gottron, manos de mecánico, fenómeno de Raynaud, artritis, enfermedad intersticial pulmonar y creatina cinasa elevada pueden acompañar palpitaciones, disnea, dolor torácico o síncope. La miocarditis puede subestimarse porque la astenia y la limitación al esfuerzo se atribuyen a la miopatía esquelética. En estos pacientes, los síntomas cardíacos deben buscarse activamente.

En las vasculitis y en las formas eosinofílicas, el cuadro puede ser sistémico y dramático. Asma, rinosinusitis crónica, poliposis nasal, eosinofilia, neuropatía periférica, púrpura, infiltrados pulmonares migratorios, insuficiencia renal, fiebre y adelgazamiento orientan hacia granulomatosis eosinofílica con poliangeítis u otras vasculitis. La afectación cardíaca puede presentarse con dolor torácico, insuficiencia cardíaca, arritmias, trombos, pericarditis o shock. La ausencia de anticuerpos anticitoplasma de neutrófilos no excluye la granulomatosis eosinofílica con poliangeítis, porque una proporción importante de pacientes puede ser negativa, sobre todo en los fenotipos más eosinofílicos y cardíacos.

En la exploración física cardiológica se buscan signos de insuficiencia cardíaca, pericarditis, arritmias e hipoperfusión. Pueden estar presentes taquicardia, ritmo irregular, ingurgitación yugular, crepitantes pulmonares, edemas declives, hepatomegalia, soplos por insuficiencia mitral o tricuspídea funcional, roce pericárdico, hipotensión o signos de shock. La exploración cutánea, articular, pulmonar, neurológica y vascular es igual de importante: úlceras digitales, púrpura palpable, livedo reticularis, artritis, exantema, debilidad muscular, neuropatía y signos de hipertensión pulmonar pueden revelar la causa sistémica.

La presentación puede ser subclínica. Un incremento persistente de la troponina, extrasistolia ventricular nueva, alteración del strain, realce tardío de gadolinio, aumento del volumen extracelular, bloqueo de conducción o empeoramiento de los péptidos natriuréticos pueden ser las primeras señales. Esta fase es clínicamente valiosa porque el tratamiento de la enfermedad autoinmune puede ser más eficaz antes de que edema e inflamación se conviertan en fibrosis estable. Por tanto, la vigilancia no debe depender solo de la aparición de insuficiencia cardíaca manifiesta.

Pruebas complementarias y diagnóstico

El recorrido diagnóstico debe responder a tres preguntas: si existe realmente una afectación miocárdica, si el daño es activo o cicatricial, y qué enfermedad autoinmune lo está causando o agravando. Este enfoque impide dos errores opuestos: ignorar una miocarditis autoinmune tratable o atribuir a la enfermedad reumatológica una cardiopatía que tiene otra causa. El diagnóstico requiere integración de anamnesis, exploración física, biomarcadores, electrocardiograma, ecocardiografía, resonancia magnética cardíaca, evaluación coronaria cuando esté indicada, pruebas inmunológicas y, en casos seleccionados, biopsia endomiocárdica.

Las pruebas de primer nivel incluyen electrocardiograma de 12 derivaciones, troponina de alta sensibilidad, péptido natriurético tipo B o fragmento N-terminal del pro-péptido natriurético tipo B, hemograma con fórmula leucocitaria, creatinina, electrolitos, función hepática, índices de inflamación, creatina cinasa, análisis de orina, cociente proteinuria-creatininuria cuando esté indicado y marcadores específicos de la enfermedad autoinmune sospechada. El electrocardiograma puede mostrar taquicardia sinusal, alteraciones del segmento ST y de la onda T, bloqueos de conducción, arritmias auriculares, extrasistolia ventricular o patrón pseudoisquémico. Una troponina elevada debe interpretarse junto con síntomas, resonancia, coronarias y actividad sistémica.

La ecocardiografía transtorácica evalúa función sistólica y diastólica, strain longitudinal global, función ventricular derecha, presiones pulmonares, derrame pericárdico, válvulas, dimensiones auriculares, trombos visibles y signos de hipertensión pulmonar. En los pacientes con enfermedades autoinmunes es esencial no limitarse a la fracción de eyección. El strain puede reducirse en fase precoz; la disfunción diastólica puede explicar disnea con fracción de eyección conservada; el ventrículo derecho puede estar comprometido por hipertensión pulmonar, miocarditis o enfermedad pulmonar. La presencia de derrame pericárdico, sobre todo en lupus o esclerosis sistémica, refuerza la sospecha de actividad inmunológica cardíaca.

La resonancia magnética cardíaca es la prueba no invasiva más importante para caracterizar el tejido miocárdico. Permite reconocer edema, hiperemia, necrosis, fibrosis, patrones isquémicos y no isquémicos, aumento del volumen extracelular, afectación pericárdica y trombos. En las enfermedades autoinmunes, la resonancia ayuda a distinguir miocarditis activa de cicatriz, infarto por vasculitis o trombosis, miocardiopatía crónica y daño por hipertensión. Las secuencias T2 y el mapping T2 evalúan edema; el T1 nativo y el volumen extracelular reflejan daño difuso y fibrosis; el realce tardío de gadolinio describe la distribución de la necrosis o de la cicatriz. El valor de la resonancia es especialmente alto cuando el ecocardiograma es poco específico.

La evaluación coronaria es necesaria cuando edad, dolor torácico, factores de riesgo, troponina, electrocardiograma o patrón de resonancia sugieren isquemia. Puede realizarse con tomografía computarizada coronaria o coronariografía invasiva según el riesgo y la estabilidad clínica. Este paso es esencial en el lupus eritematoso sistémico, en la artritis reumatoide y en el síndrome de anticuerpos antifosfolípidos, donde la aterosclerosis acelerada, la vasculitis coronaria y la trombosis pueden imitar miocarditis. Un patrón subendocárdico o transmural en un territorio coronario en la resonancia orienta hacia isquemia; un patrón subepicárdico o mesocárdico multifocal es más sugestivo de miocarditis, aunque no absoluto.

Las pruebas inmunológicas deben estar guiadas por la sospecha clínica. Pueden incluir anticuerpos antinucleares, anticuerpos anti-ADN de doble cadena, complemento C3 y C4, anticuerpos anti-Sm, anti-Ro/SSA, anti-La/SSB, anti-RNP, anti-Scl-70, anticuerpos anticentrómero, anti-ARN polimerasa III, factor reumatoide, anticuerpos anti-péptidos citrulinados, anticuerpos anti-Jo-1 y otros anticuerpos específicos de miositis o asociados a miositis, anticuerpos anticitoplasma de neutrófilos, eosinófilos, inmunoglobulinas E, anticuerpos antifosfolípidos, anticoagulante lúpico, anticardiolipina y anti-beta2-glicoproteína I. La lista no debe aplicarse indiscriminadamente: la probabilidad preprueba debe guiar la solicitud.

No existen criterios diagnósticos oficiales únicos para “miocardiopatía por trastorno autoinmune”, porque se trata de un contenedor patogénico que comprende enfermedades diferentes. Según el enfoque de las guías sobre miocardiopatías, miocarditis y manejo de las enfermedades autoinmunes sistémicas, para establecer un diagnóstico sólido es necesario:

  • documentar una afectación miocárdica mediante síntomas, biomarcadores, electrocardiograma, ecocardiografía, resonancia magnética cardíaca, tomografía por emisión de positrones cuando esté indicada o biopsia endomiocárdica;
  • demostrar o sospechar con alta probabilidad una enfermedad autoinmune, inmunomediada, vasculítica, eosinofílica o trombótica sistémica coherente con el fenotipo cardíaco;
  • excluir causas alternativas frecuentes, sobre todo cardiopatía isquémica, hipertensión, valvulopatías, infecciones, cardiotoxicidad, miocardiopatías genéticas, enfermedades infiltrativas y pericarditis constrictiva;
  • definir si el daño es activo, predominantemente inflamatorio o eosinofílico, o crónico y fibrótico, porque esta distinción condiciona la respuesta al tratamiento inmunológico;
  • buscar complicaciones asociadas, como arritmias, bloqueos, trombos, hipertensión pulmonar, derrame pericárdico, enfermedad renal, enfermedad pulmonar y síndrome de anticuerpos antifosfolípidos.

La biopsia endomiocárdica tiene un papel selectivo pero decisivo. Debe considerarse en pacientes con miocarditis fulminante, shock cardiogénico, arritmias ventriculares graves, bloqueos avanzados, empeoramiento rápido no explicado, sospecha de miocarditis eosinofílica, miocarditis de células gigantes, sarcoidosis, vasculitis, infección que contraindicaría inmunosupresión, o cuando el resultado cambiaría el tratamiento. La biopsia puede demostrar infiltrado linfocítico, eosinofílico, granulomatoso, necrosis, fibrosis, vasculitis, trombos microvasculares o agentes infecciosos. La búsqueda molecular de genomas virales es importante cuando se valora inmunosupresión en una miocarditis, porque una miocarditis infecciosa activa requiere un razonamiento diferente de una forma autoinmune virus-negativa.

La tomografía por emisión de positrones con fluorodesoxiglucosa puede ser útil cuando se sospecha sarcoidosis cardíaca o inflamación activa no aclarada por la resonancia. La prueba requiere una preparación metabólica cuidadosa para suprimir el consumo normal de glucosa del miocardio y reducir falsos positivos. Puede identificar actividad inflamatoria cardíaca y extracardíaca, guiar biopsias desde sedes más accesibles y monitorizar la respuesta al tratamiento. No sustituye a la resonancia magnética cardíaca en todos los pacientes, pero la complementa en escenarios específicos.

El diagnóstico diferencial debe ser explícito en el informe clínico. En el paciente con lupus y dolor torácico deben distinguirse miocarditis, pericarditis, infarto por trombosis, embolia pulmonar y enfermedad coronaria acelerada. En el paciente con esclerosis sistémica y disnea deben separarse miocarditis, fibrosis miocárdica, hipertensión pulmonar, enfermedad intersticial pulmonar y disfunción esofágica con aspiración. En el paciente con artritis reumatoide e insuficiencia cardíaca deben evaluarse isquemia, inflamación, hipertensión y amiloidosis secundaria en las formas históricas severas. En el paciente con eosinofilia deben distinguirse granulomatosis eosinofílica con poliangeítis, síndrome hipereosinofílico, parasitosis, reacciones de hipersensibilidad y neoplasias hematológicas.

Tratamiento, control inmunológico y pronóstico

El tratamiento debe actuar en dos niveles: tratamiento cardiológico del fenotipo y tratamiento de la enfermedad autoinmune responsable. El tratamiento de la insuficiencia cardíaca, las arritmias, la trombosis y la hipertensión pulmonar sigue principios cardiológicos consolidados; el tratamiento inmunológico, en cambio, depende del diagnóstico reumatológico, la actividad de la enfermedad, la histología cuando esté disponible, la presencia o ausencia de infección, la severidad del daño de órgano y el riesgo individual del paciente. La decisión no debe ser automática: la inmunosupresión útil en una miocarditis autoinmune activa puede ser inapropiada si el daño es cicatricial, isquémico, infeccioso o trombótico.

En la miocarditis autoinmune aguda severa, el paciente debe manejarse en un entorno cardiológico avanzado, sobre todo si presenta reducción importante de la fracción de eyección, shock, arritmias ventriculares, bloqueos avanzados, hipotensión o signos de hipoperfusión. El tratamiento incluye monitorización continua, tratamiento de la insuficiencia cardíaca, diuréticos si hay congestión, vasopresores o inotrópicos cuando sean necesarios, soporte circulatorio mecánico en casos fulminantes seleccionados, corrección de electrolitos, tratamiento de las arritmias y valoración precoz de biopsia endomiocárdica. La fase aguda debe distinguir rápidamente miocarditis linfocítica, eosinofílica, de células gigantes, granulomatosa, infecciosa o isquemia.

El tratamiento de la insuficiencia cardíaca con fracción de eyección reducida puede incluir inhibidores del sistema renina-angiotensina-aldosterona, beta-bloqueantes, antagonistas del receptor mineralocorticoide, inhibidores del cotransportador sodio-glucosa tipo 2, diuréticos y, cuando esté indicado, inhibidores del receptor de angiotensina y de la neprilisina. La titulación debe considerar presión arterial, función renal, potasio, actividad inflamatoria, interacciones terapéuticas y riesgo infeccioso. En la fase aguda inestable, algunos medicamentos pueden no tolerarse temporalmente; en la fase crónica deben introducirse y optimizarse si no están contraindicados.

En el lupus eritematoso sistémico con miocarditis, el tratamiento inmunológico se establece generalmente con corticosteroides sistémicos a dosis altas y, en los casos severos o refractarios, medicamentos inmunosupresores adicionales como ciclofosfamida, micofenolato mofetilo, azatioprina, rituximab u otras estrategias elegidas según el cuadro sistémico, la nefropatía, la severidad cardíaca y las recomendaciones reumatológicas. La hidroxicloroquina tiene un papel central en el control general del lupus, salvo contraindicaciones y con monitorización oftalmológica, pero no sustituye el tratamiento intensivo de una miocarditis severa. Si coexiste síndrome de anticuerpos antifosfolípidos, la prevención trombótica se convierte en parte esencial del tratamiento.

En la esclerosis sistémica, el tratamiento de la afectación cardíaca primaria es más difícil porque la fibrosis estabilizada responde poco. Cuando la resonancia magnética cardíaca, los biomarcadores o la biopsia sugieren miocarditis activa, la terapia inmunosupresora puede considerarse en centros expertos, a menudo con micofenolato mofetilo, corticosteroides a dosis prudentes, rituximab u otros esquemas elegidos caso por caso. La prudencia con los corticosteroides es importante porque en la esclerosis sistémica las dosis elevadas pueden aumentar el riesgo de crisis renal esclerodérmica. El manejo debe incluir además búsqueda y tratamiento de hipertensión pulmonar, enfermedad intersticial pulmonar, arritmias y disfunción microvascular.

En las vasculitis asociadas a anticuerpos anticitoplasma de neutrófilos, el tratamiento depende de la gravedad y de los órganos afectados. En las formas severas con afectación cardíaca, renal, neurológica o pulmonar, la inducción de la remisión se basa en corticosteroides y terapias inmunosupresoras o biológicas según recomendaciones reumatológicas actualizadas, entre ellas rituximab o ciclofosfamida en los contextos apropiados. En la granulomatosis eosinofílica con poliangeítis, la presencia de miocarditis eosinofílica, insuficiencia cardíaca o daño cardíaco mayor requiere tratamiento oportuno; en las formas recidivantes o refractarias pueden considerarse enfoques dirigidos a la interleucina 5, como mepolizumab, en escenarios seleccionados. La terapia siempre debe considerar la exclusión de parasitosis como Strongyloides stercoralis antes de corticosteroides intensivos en pacientes de riesgo.

En las miopatías inflamatorias idiopáticas con afectación cardíaca, el tratamiento busca controlar la actividad autoinmune sistémica y miocárdica. Corticosteroides, metotrexato, azatioprina, micofenolato mofetilo, inmunoglobulinas intravenosas, rituximab, inhibidores de la calcineurina u otras terapias pueden elegirse según subtipo, autoanticuerpos, enfermedad intersticial pulmonar, severidad muscular y daño cardíaco. La respuesta cardíaca debe monitorizarse con troponina I cardíaca cuando sea útil, péptidos natriuréticos, ecocardiografía, resonancia magnética cardíaca y ritmo. La normalización de la creatina cinasa no garantiza automáticamente la resolución del daño miocárdico.

Las arritmias requieren tratamiento específico. La fibrilación auricular y el flutter auricular deben manejarse con control de frecuencia o de ritmo, anticoagulación cuando esté indicada y tratamiento de la causa inflamatoria subyacente. Las taquicardias ventriculares, los bloqueos avanzados o el síncope requieren valoración electrofisiológica, posible desfibrilador cardioversor implantable, marcapasos o terapia de resincronización cardíaca según el fenotipo. En la sarcoidosis cardíaca, en la esclerosis sistémica y en las miocarditis con fibrosis residual, el riesgo arrítmico puede persistir incluso después de la reducción de la inflamación.

La terapia antitrombótica es central en el síndrome de anticuerpos antifosfolípidos, en los trombos intracardíacos, en la fibrilación auricular y en las formas eosinofílicas con trombosis endocavitaria. La elección entre anticoagulación oral con antagonistas de la vitamina K, heparina u otras estrategias debe respetar diagnóstico, riesgo trombótico, riesgo hemorrágico y recomendaciones específicas, sobre todo en el síndrome de anticuerpos antifosfolípidos de alto riesgo. En las formas eosinofílicas, la prevención trombótica no sustituye el control de la eosinofilia, porque el daño endocárdico continúa si la inflamación persiste.

El pronóstico varía según la enfermedad, el mecanismo y la rapidez del tratamiento. La miocarditis autoinmune aguda puede recuperarse de forma significativa si se reconoce y trata precozmente, pero puede evolucionar hacia miocardiopatía dilatada, arritmias, trasplante o muerte. La esclerosis sistémica con afectación cardíaca primaria tiene pronóstico desfavorable cuando aparecen fibrosis extensa, arritmias, disfunción ventricular o hipertensión pulmonar. La granulomatosis eosinofílica con poliangeítis tiene riesgo cardíaco elevado, sobre todo en los fenotipos eosinofílicos. En la artritis reumatoide, el riesgo suele ser crónico, ligado a insuficiencia cardíaca, aterosclerosis acelerada y carga inflamatoria. La presencia de realce tardío de gadolinio, troponina persistente, arritmias ventriculares, disfunción ventricular derecha, hipertensión pulmonar e insuficiencia renal empeora el pronóstico.

El seguimiento debe ser compartido. En los pacientes con afectación documentada se necesitan controles seriados con síntomas, clase funcional, electrocardiograma, Holter o monitorización prolongada cuando esté indicada, ecocardiograma con strain, péptidos natriuréticos, troponina, marcadores inmunológicos de la enfermedad de base y resonancia magnética cardíaca para evaluar actividad y fibrosis. La frecuencia depende de la severidad y de la actividad: una miocarditis aguda requiere controles cercanos; una fibrosis estable requiere vigilancia arrítmica y funcional; un paciente con enfermedad autoinmune sistémica sin cardiopatía conocida pero de alto riesgo puede requerir cribado periódico dirigido. Suspender la vigilancia tras la mejoría clínica es un error, porque las recaídas y la progresión fibrótica pueden aparecer incluso después de una aparente remisión.

Complicaciones

La complicación más inmediata es la insuficiencia cardíaca. Puede aparecer en forma aguda durante miocarditis, vasculitis o eosinofilia, o en forma crónica tras fibrosis y remodelado. La disfunción puede ser sistólica, diastólica o mixta; el ventrículo derecho puede verse afectado directamente por la miocarditis o indirectamente por hipertensión pulmonar, enfermedad intersticial pulmonar o embolia pulmonar. La insuficiencia cardíaca autoinmune suele tener una evolución fluctuante, porque empeora durante reactivaciones sistémicas, infecciones, anemia, insuficiencia renal o suspensión del tratamiento inmunológico.

Las arritmias son complicaciones frecuentes y potencialmente letales. La inflamación aguda altera canales iónicos, conducción y refractariedad; la fibrosis crónica crea barreras anatómicas y circuitos de reentrada; la dilatación auricular favorece la fibrilación auricular; los granulomas y las cicatrices pueden interrumpir el sistema de conducción. Las manifestaciones incluyen extrasistolia, taquicardia ventricular no sostenida, taquicardia ventricular sostenida, fibrilación ventricular, fibrilación auricular, flutter, bloqueos auriculoventriculares y pausas. La muerte súbita puede producirse incluso cuando la fracción de eyección no parece gravemente reducida, sobre todo en sarcoidosis cardíaca, esclerosis sistémica, miocarditis activa y fibrosis extensa.

La fibrosis miocárdica es una complicación estructural que transforma un daño potencialmente reversible en un sustrato crónico. Cuando la inflamación se organiza en cicatriz, el miocardio pierde elasticidad, reserva contráctil y continuidad eléctrica. La fibrosis puede causar disfunción diastólica, miocardiopatía restrictiva, dilatación ventricular, insuficiencia valvular funcional y arritmias. En la resonancia magnética cardíaca, el realce tardío de gadolinio y el aumento del volumen extracelular pueden indicar esta transición. Una vez estabilizada, la fibrosis responde mucho menos a la terapia inmunológica que el edema inflamatorio.

Las complicaciones tromboembólicas son especialmente importantes en el lupus eritematoso sistémico, en el síndrome de anticuerpos antifosfolípidos, en las formas eosinofílicas, en la fibrilación auricular y en las miocardiopatías dilatadas con baja fracción de eyección. Pueden producirse ictus isquémico, embolia sistémica, trombosis intracardíaca, embolia pulmonar, infarto de miocardio por trombosis coronaria y microangiopatía. En las formas eosinofílicas, el trombo endocavitario puede organizarse y contribuir a la fibrosis endomiocárdica; en el síndrome de anticuerpos antifosfolípidos, los eventos pueden recidivar si la prevención antitrombótica es inadecuada.

La hipertensión pulmonar puede complicar muchas enfermedades autoinmunes. En la esclerosis sistémica puede ser arterial pulmonar primaria, secundaria a enfermedad intersticial pulmonar o consecuencia de disfunción ventricular izquierda; en el lupus puede derivar de vasculopatía, tromboembolia o enfermedad cardíaca izquierda; en el síndrome de anticuerpos antifosfolípidos puede ser tromboembólica crónica; en las miopatías inflamatorias puede asociarse a enfermedad intersticial pulmonar. La presencia de hipertensión pulmonar empeora la disnea, la función ventricular derecha, el pronóstico y la tolerancia a la insuficiencia cardíaca.

Las complicaciones pericárdicas pueden coexistir con la miocardiopatía. Pericarditis, derrame pericárdico, taponamiento y, raramente, constricción pericárdica pueden aparecer sobre todo en el lupus, en la esclerosis sistémica, en la artritis reumatoide y en algunas vasculitis. La pericarditis puede confundir el diagnóstico porque el dolor torácico, la troponina elevada y las alteraciones electrocardiográficas pueden sugerir miocarditis o síndrome coronario. Cuando pericardio y miocardio están afectados ambos, el cuadro entra en el espectro miopericardítico y requiere una evaluación más completa.

La afectación renal amplifica el riesgo cardíaco. Nefritis lúpica, crisis renal esclerodérmica, glomerulonefritis en las vasculitis, microangiopatía trombótica y nefropatía por anticuerpos antifosfolípidos pueden causar hipertensión, retención hidrosalina, anemia, alteraciones electrolíticas y menor aclaramiento de medicamentos. El riñón enfermo hace más difícil usar diuréticos, inhibidores del sistema renina-angiotensina-aldosterona y anticoagulantes, y aumenta el riesgo de insuficiencia cardíaca. En los pacientes autoinmunes, corazón y riñón deben evaluarse juntos.

Las infecciones son una complicación indirecta pero crucial. La enfermedad autoinmune, la inmunosupresión, los corticosteroides, la insuficiencia renal, la insuficiencia cardíaca y los dispositivos cardíacos aumentan el riesgo infeccioso. Una infección puede desencadenar reactivación autoinmune, empeorar la insuficiencia cardíaca, provocar arritmias o simular miocarditis. Antes de intensificar la inmunosupresión es esencial buscar infecciones relevantes, sobre todo si el paciente presenta fiebre, leucocitosis, inmunodepresión o exposiciones epidemiológicas específicas.

Las complicaciones terapéuticas deben preverse. Los corticosteroides prolongados pueden favorecer hipertensión, diabetes, aumento de peso, osteoporosis e infecciones; algunos inmunosupresores pueden aumentar el riesgo infeccioso, citopenias o toxicidad de órgano; algunos medicamentos usados en las enfermedades reumatológicas pueden tener implicaciones cardiovasculares específicas; algunos antiarrítmicos son difíciles de usar en presencia de enfermedad intersticial pulmonar, disfunción tiroidea o disfunción hepática. La terapia debe ser eficaz pero vigilada, porque el paciente autoinmune con miocardiopatía suele ser frágil por varios órganos al mismo tiempo.

La complicación diagnóstica más peligrosa es el diagnóstico reduccionista. Llamar “insuficiencia cardíaca por lupus” a un infarto por anticuerpos antifosfolípidos, llamar “disnea por esclerosis sistémica” a una miocarditis activa, llamar “miocardiopatía idiopática” a una vasculitis eosinofílica o atribuir toda troponina elevada a miocarditis sin evaluar las coronarias puede cambiar el tratamiento para peor. En estas enfermedades, la precisión diagnóstica es parte integrante de la terapia: identificar el mecanismo dominante significa elegir entre inmunosupresión, anticoagulación, revascularización, tratamiento de la insuficiencia cardíaca, tratamiento de la hipertensión pulmonar o dispositivo eléctrico.

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