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Miocardiopatía hipereosinofílica

La miocardiopatía hipereosinofílica es una forma de daño cardíaco causada por la infiltración, la activación y la degranulación de los eosinófilos a nivel miocárdico y endocárdico, con posible evolución desde miocarditis eosinofílica aguda hasta trombosis intracardíaca, endocarditis de Loeffler, fibrosis endomiocárdica y miocardiopatía restrictiva. No representa una única enfermedad, sino el fenotipo cardíaco de distintas condiciones unificadas por eosinofilia persistente, eosinofilia tisular o activación eosinofílica patológica. El corazón puede verse afectado en formas reactivas, clonales, linfocíticas, idiopáticas, vasculíticas, parasitarias, neoplásicas o iatrogénicas, y el daño puede aparecer incluso cuando la eosinofilia periférica es intermitente, ya tratada o no proporcional a la intensidad del infiltrado tisular.

El término “hipereosinofílica” remite al HES (hypereosinophilic syndrome, síndrome hipereosinofílico), definido por la presencia de hipereosinofilia asociada a daño orgánico atribuible a los eosinófilos. En la práctica cardiológica, sin embargo, el concepto debe ser más amplio, porque existen miocarditis eosinofílicas agudas por reacciones a medicamentos, granulomatosis eosinofílica con poliangeítis (eosinophilic granulomatosis with polyangiitis, EGPA), infecciones helmínticas, neoplasias hematológicas, formas mieloproliferativas y formas limitadas a un órgano en las que el corazón es el principal órgano diana. La consecuencia clínica es relevante: el diagnóstico no puede detenerse en la detección de eosinófilos elevados, sino que debe identificar el mecanismo que los sostiene, porque el tratamiento, el riesgo de recaída, la indicación hematológica, inmunológica e infectológica, y el pronóstico cambian radicalmente entre una forma y otra.

La epidemiología es difícil de cuantificar. Los síndromes hipereosinofílicos son raros, la miocarditis eosinofílica está infradiagnosticada, las formas agudas pueden confundirse con síndrome coronario agudo, miocarditis linfocítica o insuficiencia cardíaca idiopática, mientras que las formas crónicas pueden llegar a la atención clínica solo cuando ya se ha instaurado la fibrosis endomiocárdica. En los pacientes con HES, la afectación cardíaca se ha descrito históricamente como una de las principales causas de morbilidad y mortalidad, aunque su frecuencia varía según los criterios diagnósticos, la época de los estudios y el uso más precoz de ecocardiografía, resonancia magnética cardíaca (cardiac magnetic resonance, CMR), pruebas moleculares y terapias dirigidas. El dato clínico esencial es que el daño es potencialmente reversible en las fases iniciales, pero se vuelve progresivamente menos recuperable cuando la trombosis, la organización endocárdica y la fibrosis restrictiva sustituyen a la inflamación activa.

Etiología, patogenia y fisiopatología

La miocardiopatía hipereosinofílica se desarrolla cuando los eosinófilos, células normalmente implicadas en la inmunidad antiparasitaria, en la respuesta alérgica y en la regulación inflamatoria, se vuelven numérica y funcionalmente perjudiciales para el corazón. El eosinófilo no es solo una célula “presente” en el tejido: cuando se activa libera proteínas catiónicas, enzimas oxidantes, mediadores lipídicos, citocinas, quimiocinas, trampas extracelulares y factores procoagulantes capaces de lesionar el endotelio, el endocardio, los cardiomiocitos y la microcirculación. Por tanto, el daño cardíaco deriva de la combinación de infiltración celular, degranulación tóxica, necrosis miocárdica, activación plaquetaria, trombosis y reparación fibrótica.

Las causas etiológicas deben ordenarse de forma rigurosa, porque la misma imagen cardíaca puede depender de enfermedades muy diferentes. Las formas reactivas o secundarias se deben a estímulos externos o inmunológicos que aumentan la producción, la supervivencia y el reclutamiento de los eosinófilos. Incluyen infecciones por helmintos, sobre todo Strongyloides stercoralis, Toxocara, Trichinella, Schistosoma, filarias y otros parásitos según el área geográfica y la exposición; enfermedades alérgicas y atópicas graves; reacciones a medicamentos; enfermedades autoinmunes y vasculitis; neoplasias sólidas o linfomas con producción de citocinas eosinofilopoyéticas; enfermedades inflamatorias intestinales; inmunodeficiencias y algunas endocrinopatías. En estas formas, el eosinófilo es estimulado por un proceso previo y el corazón se convierte en diana del exceso inflamatorio.

Las formas primitivas o clonales derivan de la proliferación hematológica de células mieloides con diferenciación eosinofílica. El paradigma es la neoplasia mieloide con reordenamiento FIP1L1-PDGFRA, históricamente clasificada entre las leucemias eosinofílicas crónicas y altamente sensible a imatinib. Otras alteraciones incluyen reordenamientos de PDGFRB, FGFR1, PCM1-JAK2, BCR-ABL1, JAK2 V617F y variantes asociadas a neoplasias mieloproliferativas, mielodisplásicas o mastocitosis sistémica. Estas formas deben reconocerse porque el tratamiento no es simplemente antiinflamatorio: si el clon se controla, la eosinofilia puede remitir rápidamente y el daño orgánico puede estabilizarse o mejorar, sobre todo si la fibrosis no está avanzada.

La variante linfocítica del HES está sostenida por clones o poblaciones aberrantes de linfocitos T que producen interleucina-5 (interleukin-5, IL-5), interleucina-4, interleucina-13 y otros mediadores de polarización de tipo 2. En esta condición, el eosinófilo no es clonal en sentido mieloide, sino que se mantiene vivo y es reclutado por una señal linfocitaria patológica. El paciente puede presentar manifestaciones cutáneas, ganglionares, respiratorias, gastrointestinales o sistémicas y, en algunos casos, evolución hacia linfoma T. La distinción es importante porque el enfoque diagnóstico requiere inmunofenotipo linfocitario, estudio de la clonalidad del receptor de las células T y monitorización hematológica en el tiempo.

La EGPA merece una consideración aparte porque es una vasculitis de vasos pequeños y medianos asociada a asma, rinosinusitis crónica, eosinofilia y posible positividad de los anticuerpos anticitoplasma de neutrófilos (anti-neutrophil cytoplasmic antibodies, ANCA). La afectación cardíaca en la EGPA puede manifestarse como miocarditis eosinofílica, pericarditis, vasculitis coronaria, insuficiencia cardíaca, arritmias, trombosis endocavitaria o fibrosis. Las formas ANCA negativas tienden a presentar con mayor frecuencia fenotipos eosinofílicos tisulares y cardíacos, mientras que las formas ANCA positivas muestran más a menudo manifestaciones vasculíticas clásicas como glomerulonefritis y neuropatía, aunque esta distinción no es absoluta. En un paciente con asma, poliposis nasal, eosinofilia y miocardiopatía nueva, la EGPA debe considerarse de forma prioritaria.

Las formas idiopáticas se diagnostican cuando la eosinofilia es persistente, el daño orgánico es compatible con toxicidad eosinofílica y no se identifica una causa reactiva, clonal, linfocítica o sindrómica. Esta categoría no debe usarse precozmente por comodidad, porque puede ocultar parasitosis no reconocidas, neoplasias mieloides con alteraciones no estudiadas, vasculitis, reacciones a medicamentos, linfomas o enfermedades autoinmunes. La idiopatía es un diagnóstico activo de exclusión, no una etiqueta que se aplique después de un hemograma.

Los factores de riesgo de afectación cardíaca incluyen duración e intensidad de la eosinofilia, niveles muy elevados de eosinófilos, formas mieloproliferativas, EGPA con fenotipo cardíaco, retraso diagnóstico, falta de control de la eosinofilia, recaídas, daño endocárdico previo, presencia de trombos, disfunción ventricular, fibrosis ya instaurada y comorbilidades cardiovasculares. Sin embargo, la relación entre el número de eosinófilos en sangre y el daño cardíaco no es lineal. Algunos pacientes con eosinofilia elevada no desarrollan cardiopatía, mientras que otros presentan miocarditis grave con eosinofilia moderada o transitoria. Por tanto, no cuenta solo la cantidad de eosinófilos, sino su estado de activación, el tejido en el que se acumulan, la causa que los sostiene y la rapidez del tratamiento.

El mecanismo patogénico inicial es el reclutamiento eosinofílico en el miocardio y el endocardio. Citocinas como IL-5, interleucina-3 y granulocyte-macrophage colony-stimulating factor (GM-CSF) prolongan la supervivencia y la activación de los eosinófilos. Quimiocinas como las eotaxinas y señales endoteliales favorecen la adhesión y la migración al tejido. Una vez en el corazón, los eosinófilos liberan major basic protein (MBP), eosinophil cationic protein (ECP), eosinophil peroxidase (EPO) y eosinophil-derived neurotoxin (EDN). Estas proteínas son citotóxicas para cardiomiocitos y endotelio, alteran las membranas celulares, favorecen la necrosis, aumentan la permeabilidad vascular y amplifican la respuesta inflamatoria local.

La major basic protein es especialmente importante porque puede dañar el endocardio y el endotelio, neutralizar moléculas anticoagulantes de superficie y favorecer la trombosis. La eosinophil peroxidase genera especies oxidantes capaces de alterar lípidos, proteínas y matriz extracelular. La eosinophil cationic protein aumenta el daño celular y la activación inflamatoria. Estos mediadores transforman el eosinófilo de célula defensiva en célula cardiotóxica. El daño no requiere necesariamente isquemia coronaria epicárdica: puede ser microvascular, endocárdico, intersticial y miocitario, con presentación clínica similar a infarto, miocarditis o insuficiencia cardíaca.

La fisiopatología clásica evoluciona en tres fases, que en la realidad pueden superponerse. La fase necrótica está dominada por infiltración eosinofílica, edema, necrosis miocitaria y miocarditis aguda. Puede ser clínicamente silente o manifestarse con dolor torácico, troponina elevada, arritmias, disfunción ventricular y shock. La fase trombótica deriva de la lesión endocárdica y de la activación de la coagulación: el endocardio dañado expone superficies proadhesivas, las plaquetas se activan, los recesos apicales y las zonas hipocinéticas favorecen la estasis y se forman trombos murales, a menudo en los ápices ventriculares. La fase fibrótica corresponde a la reparación cicatricial del endocardio y del miocardio subendocárdico, con engrosamiento fibroso, obliteración apical, atrapamiento de las cuerdas tendinosas, insuficiencia valvular auriculoventricular y fisiología restrictiva.

Esta secuencia explica por qué la miocardiopatía hipereosinofílica puede presentarse de formas aparentemente opuestas. En la fase precoz se parece a una miocarditis, con dolor torácico, fiebre, troponina elevada y disfunción aguda. En la fase intermedia puede presentarse con embolia sistémica o ictus por trombo ventricular. En la fase tardía se comporta como miocardiopatía restrictiva, con disnea, congestión, ascitis, edemas, aurículas dilatadas, presiones de llenado elevadas, ventrículos no necesariamente muy dilatados y grave limitación funcional. El error diagnóstico consiste en buscar un único fenotipo en lugar de reconocer el estadio evolutivo.

La trombosis es parte integrante de la patogenia, no una complicación casual. Los eosinófilos activados pueden aumentar la expresión de tissue factor, dañar el endotelio, interferir con la trombomodulina, estimular las plaquetas y contribuir a redes extracelulares procoagulantes. Por tanto, el trombo mural nace de la suma de superficie endocárdica lesionada, inflamación, estasis sanguínea, disfunción segmentaria e hipercoagulabilidad local. Esto explica la frecuencia de eventos embólicos y la necesidad de buscar trombos incluso cuando los síntomas principales son inflamatorios.

La fibrosis endomiocárdica es la consecuencia final de la reparación crónica. Fibroblastos, miofibroblastos, transforming growth factor beta (TGF-beta), mediadores eosinofílicos y matriz extracelular producen engrosamiento endocárdico progresivo. Cuando la fibrosis afecta al ápice ventricular, puede obliterar la cavidad; cuando afecta a las cuerdas tendinosas o a los músculos papilares, produce regurgitación mitral o tricuspídea; cuando rigidiza el ventrículo, causa fisiología restrictiva con aumento marcado de las presiones de llenado. En este punto, la reducción de la eosinofilia puede detener la agresión biológica, pero no siempre elimina el daño mecánico ya organizado.

La secuencia causa-daño-enfermedad puede describirse, por tanto, de forma unitaria: una condición reactiva, clonal, linfocítica, vasculítica o idiopática aumenta el número y la activación de los eosinófilos; los eosinófilos migran al corazón y liberan mediadores citotóxicos; el endocardio, la microcirculación y los cardiomiocitos se lesionan; la inflamación produce necrosis y disfunción; el endocardio dañado favorece la trombosis mural; el trombo puede embolizar u organizarse; la reparación se convierte en fibrosis endomiocárdica; la fibrosis rigidiza el ventrículo, deforma los aparatos valvulares y produce miocardiopatía restrictiva. La rapidez con la que se interrumpe la actividad eosinofílica determina qué parte del daño sigue siendo reversible.

Manifestaciones clínicas

La presentación clínica depende de la causa de la eosinofilia, la velocidad de instauración, el estadio del daño cardíaco y los órganos extracardíacos afectados. La anamnesis debe partir del síntoma actual, pero debe extenderse inmediatamente a exposiciones, viajes, alimentación, contacto con animales, parasitosis, asma, rinitis, poliposis nasal, dermatitis, urticaria, fiebre, pérdida de peso, sudoración nocturna, linfadenopatías, medicamentos introducidos en las semanas previas, enfermedades autoinmunes, neoplasias y síntomas neurológicos, gastrointestinales y cutáneos. La pregunta clínica no es solo “¿está enfermo el corazón?”, sino “¿por qué los eosinófilos están dañando el corazón?”.

En la fase de miocarditis eosinofílica aguda, el paciente puede referir dolor torácico, disnea, palpitaciones, fiebre, malestar general, mialgias, tos, síncope o presíncope. El dolor torácico puede simular un síndrome coronario agudo, con troponina elevada y alteraciones electrocardiográficas. La disnea puede derivar de disfunción ventricular aguda, edema pulmonar, afectación pulmonar eosinofílica o asma. Las palpitaciones pueden reflejar taquicardia sinusal, fibrilación auricular, extrasistolia, taquicardia ventricular o trastornos de conducción. En los casos fulminantes aparecen hipotensión, shock cardiogénico, lactato elevado, oliguria y necesidad de soporte intensivo.

En las formas subagudas el cuadro puede ser menos dramático, pero más insidioso. El paciente refiere reducción progresiva de la tolerancia al esfuerzo, fatigabilidad, disnea, sensación de peso torácico, palpitaciones intermitentes, febrícula, pérdida de peso o síntomas sistémicos. En esta fase ya pueden formarse trombos endocavitarios. Un ictus isquémico, un ataque isquémico transitorio, una embolia periférica, un infarto esplénico o renal pueden ser la primera manifestación reconocida. La aparición de un evento embólico en un paciente con eosinofilia debe hacer buscar activamente endocarditis de Loeffler y trombos murales, aunque la función sistólica no parezca gravemente reducida.

En la fase fibrótica tardía prevalece el cuadro restrictivo. El paciente refiere disnea de esfuerzo, ortopnea, edema declive, tensión abdominal, ascitis, hepatomegalia dolorosa, saciedad precoz, astenia y disminución de la capacidad funcional. La fisiología restrictiva produce aumento de las presiones auriculares y venosas con ventrículos a menudo no muy dilatados. La afectación del ventrículo derecho determina congestión sistémica prominente; la del ventrículo izquierdo determina congestión pulmonar y reducción del gasto. Cuando la fibrosis afecta al aparato mitral o tricuspídeo, las regurgitaciones valvulares agravan la congestión y aceleran la insuficiencia cardíaca.

Los síntomas extracardíacos orientan la etiología. Asma del adulto, rinosinusitis crónica, poliposis nasal, neuropatía periférica, púrpura, mononeuritis múltiple, infiltrados pulmonares migratorios y positividad ANCA sugieren EGPA. Prurito, eccema, angioedema, linfadenopatías y manifestaciones cutáneas recurrentes pueden orientar hacia la variante linfocítica del HES. Esplenomegalia, síntomas constitucionales, anemia, trombocitopenia o trombocitosis, vitamina B12 elevada, triptasa elevada o signos mieloproliferativos orientan hacia una forma clonal. Dolor abdominal, diarrea, fiebre y eosinofilia tras viajes o exposición rural sugieren parasitosis. Exantema, fiebre, afectación hepática, renal o ganglionar tras la introducción de un medicamento sugieren reacción sistémica con eosinofilia.

La exploración física comienza con la evaluación de la estabilidad hemodinámica. Taquicardia, hipotensión, piel fría, confusión, oliguria e hipoxemia indican posible miocarditis fulminante o shock cardiogénico. Crepitantes pulmonares, tercer ruido y aumento del trabajo respiratorio indican congestión. Ingurgitación yugular, hepatomegalia, ascitis, edemas declives y reflujo hepatoyugular indican congestión derecha o fisiología restrictiva. Pueden aparecer soplos sistólicos por regurgitación mitral o tricuspídea cuando la fibrosis y los trombos deforman el aparato subvalvular. Un ritmo irregular sugiere fibrilación auricular; la bradicardia o las pausas pueden indicar trastornos de conducción.

La piel debe observarse con atención. Urticaria, eccema, nódulos, púrpura palpable, livedo, lesiones necróticas, exantema maculopapular o signos de reacción sistémica pueden orientar hacia causas alérgicas, vasculíticas, linfocíticas o iatrogénicas. El aparato respiratorio debe evaluarse para detectar sibilancias, signos de asma, infiltrados, derrames pleurales o insuficiencia respiratoria. La exploración neurológica busca mononeuritis múltiple, déficits focales, neuropatía sensitiva o motora y signos de embolia. El abdomen puede mostrar hepatoesplenomegalia, dolor, ascitis o signos de afectación gastrointestinal eosinofílica. La exploración debe ser deliberadamente sistémica porque el corazón rara vez es el único órgano afectado.

Una presentación particularmente peligrosa es el síndrome coronario aparente con arterias coronarias no obstructivas. El paciente tiene dolor torácico, troponina elevada, alteraciones del segmento ST o de la onda T y coronariografía sin lesión responsable. En este contexto, la eosinofilia, aunque sea moderada, debe hacer sospechar miocarditis eosinofílica. La CMR y, en casos seleccionados, la biopsia endomiocárdica se vuelven decisivas. Tratar el cuadro como un simple “infarto con coronarias indemnes” sin buscar eosinofilia activa puede retrasar los corticosteroides, la terapia etiológica y la prevención de la fase trombótica.

Otra presentación crítica es la insuficiencia cardíaca restrictiva en un paciente con antecedente remoto de eosinofilia. En fase fibrótica, la eosinofilia periférica puede ser menos evidente o ya intermitente, mientras el daño mecánico persiste. El paciente puede llegar con aurículas dilatadas, regurgitación valvular, obliteración apical, trombos organizados y presiones de llenado elevadas. Si no se reconstruye la historia de eosinofilia, el diagnóstico puede confundirse con miocardiopatía restrictiva idiopática, amiloidosis, pericarditis constrictiva o valvulopatía primaria.

La secuencia clínica durante una visita real debe proceder, por tanto, del síntoma al tiempo de enfermedad. Dolor torácico y troponina sugieren fase inflamatoria aguda. Evento embólico o trombo ventricular sugieren fase trombótica. Congestión crónica, aurículas dilatadas y fisiología restrictiva sugieren fase fibrótica. En paralelo, asma, parasitosis, medicamentos, signos mieloproliferativos, piel, neuropatía y síntomas constitucionales orientan la causa. El diagnóstico clínico es sólido cuando el estadio cardíaco y el contexto eosinofílico cuentan la misma historia biológica.

Pruebas y diagnóstico

El proceso diagnóstico debe desarrollarse en dos vías paralelas: confirmar la afectación cardíaca eosinofílica e identificar la causa de la eosinofilia. Detenerse en solo uno de los dos pasos produce un diagnóstico incompleto. Un paciente con CMR compatible y trombo apical requiere también estudio hematológico, inmunológico e infectológico; un paciente con eosinófilos elevados requiere imagen cardíaca si presenta síntomas, troponina elevada, péptido natriurético aumentado o alteraciones electrocardiográficas. El diagnóstico es tanto más eficaz cuanto antes se establece, antes de la fibrosis irreversible.

El primer nivel incluye hemograma con fórmula leucocitaria y recuento eosinofílico, repetición del recuento si el cuadro no es urgente, troponina cardíaca, péptido natriurético tipo B (B-type natriuretic peptide, BNP) o fragmento N-terminal del propéptido natriurético tipo B (N-terminal pro-B-type natriuretic peptide, NT-proBNP), proteína C reactiva, velocidad de sedimentación globular, función renal, función hepática, electrolitos, coagulación, inmunoglobulina E (IgE), vitamina B12, triptasa, lactato deshidrogenasa, análisis de orina y evaluación de daño orgánico. El electrocardiograma (ECG) puede mostrar taquicardia sinusal, anomalías inespecíficas de la repolarización, elevación o depresión del segmento ST, inversión de la onda T, bloqueos, arritmias supraventriculares o ventriculares. Un ECG normal no excluye la enfermedad.

La ecocardiografía transtorácica es la prueba cardiológica inicial más importante. En la fase aguda puede mostrar disfunción ventricular global o regional, engrosamiento parietal aparente por edema, derrame pericárdico, regurgitación mitral o tricuspídea y aumento de las presiones de llenado. En la fase trombótica puede evidenciar trombos apicales o murales, a veces mejor visualizados con contraste ecocardiográfico. En la fase fibrótica puede mostrar engrosamiento endocárdico, obliteración apical, aurículas dilatadas, ventrículos pequeños o normales, patrón restrictivo de llenado, insuficiencia valvular auriculoventricular e hipertensión pulmonar. El ecocardiograma debe buscar siempre trombos, porque su identificación cambia inmediatamente el tratamiento.

La CMR es fundamental para caracterizar inflamación, edema, necrosis, trombosis y fibrosis. En la miocarditis eosinofílica puede mostrar edema miocárdico, hiperemia, alteraciones T1 y T2, realce tardío con gadolinio (late gadolinium enhancement, LGE) subendocárdico o intramiocárdico y disfunción ventricular. En la endocarditis de Loeffler puede documentar trombos endocavitarios, engrosamiento endocárdico, obliteración apical y fibrosis subendocárdica. El patrón subendocárdico puede simular isquemia, pero la distribución no siempre respeta un único territorio coronario y debe interpretarse junto con coronariografía o tomografía computarizada coronaria cuando esté indicada. La CMR también es útil para monitorizar la respuesta al tratamiento, la regresión del edema y la persistencia de fibrosis.

La coronariografía o la tomografía computarizada coronaria están indicadas cuando la presentación simula un síndrome coronario agudo, cuando existen alteraciones isquémicas, dolor torácico típico, factores de riesgo elevados o inestabilidad. La miocarditis eosinofílica no puede diagnosticarse por exclusión aproximada del infarto: debe demostrarse que el cuadro no se explica por una lesión coronaria responsable. En algunos pacientes pueden coexistir coronariopatía y daño eosinofílico; en estos casos, la imagen tisular, la distribución del daño y la evaluación hematológica se vuelven esenciales.

La biopsia endomiocárdica es la prueba más específica para demostrar miocarditis eosinofílica cuando muestra infiltrado eosinofílico, degranulación, necrosis miocitaria, daño endocárdico, trombo organizado o fibrosis. No es necesaria en todos los pacientes, pero es particularmente importante en los casos fulminantes, en las formas con shock, en diagnósticos inciertos, en pacientes que no responden al tratamiento, cuando hay que distinguir de miocarditis linfocítica, miocarditis de células gigantes, sarcoidosis cardíaca, miocarditis infecciosa o enfermedad infiltrativa. El límite es la distribución focal del daño: una muestra negativa no excluye completamente la enfermedad si la sospecha sigue siendo alta. El riesgo procedimental debe equilibrarse con el beneficio diagnóstico.

En ausencia de criterios cardiológicos oficiales internacionales unívocos para la miocardiopatía hipereosinofílica aislada, según la clasificación Valent-Klion-Roufosse de las enfermedades eosinofílicas y el enfoque de la European Society of Cardiology (ESC) sobre las miocardiopatías, para establecer un diagnóstico clínicamente fundado es necesario:

    encuadre diagnóstico integrado

  • documentar hipereosinofilia periférica persistente, eosinofilia tisular o una condición eosinofílica capaz de producir daño orgánico;
  • demostrar afectación cardíaca compatible mediante síntomas, troponina, BNP o NT-proBNP, ECG, ecocardiografía, CMR, coronariografía cuando esté indicada o biopsia endomiocárdica en casos seleccionados;
  • atribuir el daño cardíaco a la actividad eosinofílica, excluyendo o reconociendo causas alternativas como infarto de miocardio, miocarditis viral, sarcoidosis, amiloidosis, miocardiopatía restrictiva no eosinofílica, toxicidad, taquicardiomiopatía y valvulopatías primitivas;
  • definir el estadio cardíaco prevalente, distinguiendo fase necrótico-inflamatoria, fase trombótica y fase fibrótico-restrictiva;
  • investigar sistemáticamente la causa de la eosinofilia, separando formas reactivas, clonales mieloides, linfocíticas, vasculíticas, idiopáticas y limitadas a un órgano;
  • evaluar inmediatamente el riesgo de tromboembolia, arritmias, shock cardiogénico, fibrosis irreversible y afectación extracardíaca.

La investigación etiológica es obligatoria. Para las formas infecciosas se evalúan antecedentes de viaje, exposiciones, pruebas parasitológicas, serologías dirigidas y, antes de corticosteroides sistémicos en pacientes de riesgo, Strongyloides stercoralis debe excluirse o tratarse empíricamente según valoración especializada, porque la inmunosupresión puede precipitar una hiperinfección potencialmente mortal. Para las formas alérgicas o iatrogénicas se reconstruye la exposición a medicamentos, suplementos, productos herbales y sustancias ambientales. Para la EGPA se evalúan asma, rinosinusitis, poliposis, neuropatía, infiltrados pulmonares, ANCA, función renal, orina y signos vasculíticos. Para neoplasias y linfomas se buscan síntomas constitucionales, linfadenopatías, esplenomegalia y alteraciones hematológicas.

El estudio hematológico debe incluir frotis periférico, vitamina B12, triptasa, lactato deshidrogenasa, eventual médula ósea con citología, histología, citogenética, inmunofenotipo y pruebas moleculares. Las alteraciones que deben buscarse comprenden FIP1L1-PDGFRA, reordenamientos PDGFRB, FGFR1, PCM1-JAK2, BCR-ABL1, JAK2 V617F, KIT D816V y otros perfiles según el cuadro. Signos como esplenomegalia, anemia, trombocitopenia o trombocitosis, precursores mieloides circulantes, triptasa elevada y vitamina B12 elevada aumentan la sospecha de forma clonal. La negatividad de las pruebas iniciales no excluye todas las formas clonales, por lo que el proceso debe estar guiado por hematología.

La variante linfocítica requiere inmunofenotipo linfocitario y estudio de la clonalidad del receptor de las células T. Poblaciones T aberrantes, producción de IL-5 y manifestaciones cutáneas o ganglionares pueden orientar la sospecha. Este diagnóstico es importante porque el paciente puede requerir terapia inmunomoduladora y vigilancia por evolución linfoproliferativa. También en este caso, el corazón no puede manejarse separado del sistema inmunohematológico que alimenta los eosinófilos.

El diagnóstico diferencial cardiológico incluye síndrome coronario agudo, miocarditis viral, miocarditis autoinmune no eosinofílica, miocarditis de células gigantes, sarcoidosis cardíaca, miocardiopatía dilatada idiopática, miocardiopatía restrictiva, amiloidosis, enfermedad de Fabry, pericarditis constrictiva, endocarditis infecciosa con embolias, trombosis ventricular por otra causa y cardiopatía por radiación. La pericarditis constrictiva puede simular restricción, pero muestra signos pericárdicos e interdependencia ventricular. La amiloidosis produce hipertrofia aparente, bajos voltajes y patrón CMR característico. La sarcoidosis puede dar bloqueos y LGE, pero no está sostenida por eosinofilia. La distinción requiere integración de imagen, laboratorio y, a veces, histología.

La evaluación de gravedad debe ser contextual al diagnóstico. Deben monitorizarse ritmo, presión arterial, saturación, diuresis, lactato en los pacientes inestables, función renal, función hepática y signos de embolia. El Holter ECG o la monitorización continua buscan arritmias supraventriculares, taquicardias ventriculares, bloqueos y pausas. La imagen seriada evalúa la regresión del edema, la variación de la función ventricular, la aparición o resolución de trombos y la progresión de la fibrosis. En los pacientes en fase fibrótica avanzada puede ser necesario cateterismo cardíaco derecho e izquierdo para distinguir restricción, constricción, hipertensión pulmonar y gravedad hemodinámica.

Tratamiento y pronóstico

El tratamiento debe perseguir tres objetivos simultáneos: apagar rápidamente la actividad eosinofílica, tratar la causa que la sostiene y manejar las consecuencias cardíacas. La sola terapia de la insuficiencia cardíaca no basta si los eosinófilos permanecen activos; la sola reducción de los eosinófilos no basta si el paciente tiene trombos, arritmias, shock o fibrosis restrictiva. La estrategia depende del estadio cardíaco, la gravedad clínica, la causa de la eosinofilia, el riesgo infeccioso y la presencia de daño extracardíaco.

En la miocarditis eosinofílica aguda grave, sobre todo con troponina elevada, disfunción ventricular, arritmias, shock, edema pulmonar o empeoramiento rápido, los corticosteroides sistémicos son el tratamiento antiinflamatorio inicial más usado, después de evaluar rápidamente causas infecciosas y riesgo de Strongyloides. En los casos fulminantes pueden ser necesarios metilprednisolona intravenosa en dosis altas y cuidados intensivos cardiológicos. La respuesta puede ser rápida si el daño es principalmente inflamatorio, pero los retrasos diagnósticos aumentan el riesgo de trombosis y fibrosis. Cuando la etiología es una reacción a medicamentos, la suspensión definitiva del agente sospechoso es parte esencial del tratamiento.

Si existe sospecha de parasitosis, el tratamiento antihelmíntico debe dirigirse al agente responsable. Strongyloides stercoralis es particularmente importante porque los corticosteroides y la inmunosupresión pueden desencadenar hiperinfección. En los pacientes con riesgo epidemiológico, serología positiva o imposibilidad de esperar en un cuadro cardíaco grave, el uso de ivermectina debe discutirse de forma inmediata con infectología. Infecciones como esquistosomiasis, toxocariasis, triquinelosis o filariasis requieren tratamientos específicos y no deben confundirse con HES idiopático.

En las formas mieloides con reordenamiento FIP1L1-PDGFRA o PDGFRB, imatinib es el tratamiento central porque actúa sobre la señal tirosina cinasa que sostiene el clon eosinofílico. La respuesta hematológica y molecular puede ser marcada incluso con dosis relativamente bajas en las formas PDGFRA positivas. Cuando existe afectación cardíaca activa, muchos expertos asocian corticosteroides al inicio de la terapia dirigida o los usan inmediatamente antes, para reducir el riesgo de empeoramiento inflamatorio agudo ligado a la rápida lisis o modulación de los eosinófilos. Las formas con FGFR1 o PCM1-JAK2 tienen comportamiento diferente y requieren manejo hematológico especializado, a veces con estrategias intensivas o trasplante de células madre hematopoyéticas.

En el HES idiopático o en la variante linfocítica, los corticosteroides son a menudo la primera elección, sobre todo si el daño orgánico está activo. En pacientes dependientes de corticosteroides, refractarios o con recaídas, pueden considerarse tratamientos ahorradores como mepolizumab, anticuerpo contra IL-5, que ha demostrado reducción de las exacerbaciones en los HES FIP1L1-PDGFRA negativos. En contextos seleccionados también se utilizan interferón alfa, hidroxiurea, otros biológicos anti-eosinófilos o inmunomodulación dirigida. La elección depende de la variante biológica, los órganos afectados, la rapidez necesaria, la toxicidad, la accesibilidad y la respuesta previa.

En la EGPA con afectación cardíaca, el cuadro se considera grave y el tratamiento debe ser agresivo. Las recomendaciones internacionales indican glucocorticoides sistémicos asociados a ciclofosfamida o rituximab para la inducción de la remisión en las formas graves, mientras que mepolizumab tiene un papel consolidado en las formas recidivantes, refractarias o no graves y en la reducción de la exposición a corticosteroides. La afectación cardíaca no debe tratarse como simple asma eosinofílica: miocarditis, insuficiencia cardíaca, troponina elevada, CMR positiva o arritmias definen un mayor riesgo pronóstico y requieren coordinación entre cardiología, reumatología e inmunología.

La terapia cardiológica sigue el estadio. En la fase de insuficiencia cardíaca con fracción de eyección ventricular izquierda reducida se utilizan las terapias estándar de la insuficiencia cardíaca, adaptadas a presión arterial, función renal, congestión y estabilidad. Los diuréticos son útiles para la congestión, pero en la fisiología restrictiva avanzada el margen entre descongestión y reducción excesiva de la precarga es estrecho. Betabloqueantes, inhibición del sistema renina-angiotensina-aldosterona, antagonistas del receptor mineralocorticoide e inhibidores del cotransportador sodio-glucosa tipo 2 pueden emplearse cuando el fenotipo lo permite, pero no sustituyen el control de la eosinofilia.

El shock cardiogénico requiere cuidados intensivos, monitorización hemodinámica y, en los casos refractarios, soporte circulatorio mecánico. La elección entre inotrópicos, vasopresores, contrapulsación, dispositivos percutáneos, oxigenación extracorpórea por membrana venoarterial (venoarterial extracorporeal membrane oxygenation, VA-ECMO) o asistencia ventricular depende de la disfunción ventricular, las arritmias, la oxigenación, los trombos intracardíacos, el riesgo embólico y la reversibilidad esperada. En la miocarditis eosinofílica fulminante, el soporte temporal puede permitir la recuperación si la inflamación se controla rápidamente.

La anticoagulación está indicada en presencia de trombo intracardíaco, embolia sistémica, fibrilación auricular según riesgo tromboembólico, disfunción ventricular grave con estasis marcada o endocarditis de Loeffler en fase trombótica según valoración individual. Los trombos deben monitorizarse con ecocardiografía, CMR o ecocardiografía con contraste hasta su resolución u organización estable. La elección del anticoagulante depende de la función renal, el riesgo hemorrágico, las interacciones, la necesidad de procedimientos y la presencia de trombos voluminosos o móviles. La anticoagulación no corrige la causa de la trombosis si el endocardio sigue activamente dañado por los eosinófilos.

Las arritmias requieren tratamiento específico. La fibrilación auricular empeora la fisiología restrictiva porque elimina la contribución auricular al llenado y aumenta el riesgo embólico. Las taquicardias ventriculares pueden aparecer en la fase inflamatoria o fibrótica; el tratamiento incluye corrección de electrolitos, control de la inflamación, antiarrítmicos seleccionados, ablación en los casos apropiados y desfibrilador automático implantable (implantable cardioverter-defibrillator, ICD) cuando el riesgo persiste según las indicaciones de las miocardiopatías y de las arritmias ventriculares. El implante precoz durante una miocarditis aguda reversible debe evaluarse con prudencia, pero la fibrosis residual y los eventos mayores pueden hacer necesaria una protección permanente.

En la fase fibrótica avanzada, la terapia antieosinofílica puede detener la actividad biológica, pero la restricción mecánica puede persistir. El tratamiento pasa a ser el de la insuficiencia cardíaca restrictiva, la congestión derecha, las arritmias, los trombos y las valvulopatías. En casos seleccionados con fibrosis endomiocárdica, obliteración apical y regurgitación valvular grave, puede considerarse cirugía de endocardiectomía con reparación o sustitución valvular, pero el riesgo operatorio es elevado y el beneficio depende de la selección del paciente, la experiencia del centro y el control de la eosinofilia. El trasplante cardíaco es raro y se reserva a insuficiencia cardíaca terminal seleccionada, con evaluación cuidadosa de la enfermedad sistémica y del riesgo de recaída.

El seguimiento debe controlar eosinófilos, causa subyacente, función cardíaca, trombos, fibrosis, arritmias y daño extracardíaco. Son necesarios hemograma seriado, marcadores cardíacos cuando estén indicados, ECG, Holter, ecocardiograma y CMR en los casos en los que sea necesario caracterizar actividad residual o fibrosis. La reducción del recuento eosinofílico no demuestra por sí sola curación cardíaca: un paciente puede tener eosinófilos normalizados y trombo persistente, o fibrosis restrictiva no reversible. Por el contrario, síntomas cardíacos nuevos en un paciente con HES controlado deben hacer buscar recaída, trombosis, arritmias u otra cardiopatía concomitante.

El pronóstico depende del estadio en el diagnóstico. Las formas reconocidas en la fase necrótico-inflamatoria pueden mejorar notablemente con terapia rápida, sobre todo si no hay trombos extensos o fibrosis. Las formas trombóticas tienen un pronóstico ligado a embolias, resolución de los trombos y control de la endocarditis eosinofílica. Las formas fibróticas tienen peor pronóstico porque la restricción, la obliteración cavitaria y el daño valvular son a menudo poco reversibles. Son factores desfavorables el retraso diagnóstico, la forma clonal no tratada, la EGPA con miocarditis grave, el shock, la fracción de eyección ventricular izquierda (left ventricular ejection fraction, LVEF) reducida, la fibrosis en la CMR, los trombos móviles, las arritmias ventriculares, la afectación multiorgánica y la imposibilidad de controlar de forma estable la eosinofilia.

Complicaciones

Las complicaciones de la miocardiopatía hipereosinofílica reflejan la progresión desde inflamación a trombosis y fibrosis. La primera complicación es la miocarditis aguda con necrosis miocitaria. Puede ser leve y paucisintomática, pero también puede presentarse como miocarditis fulminante con shock cardiogénico, insuficiencia multiorgánica y necesidad de soporte mecánico. El daño está mediado por infiltración eosinofílica y degranulación, no por oclusión coronaria persistente, aunque el cuadro puede simular un infarto. El riesgo principal es el retraso terapéutico, porque la fase inflamatoria es aquella en la que el tratamiento puede cambiar más la historia natural.

La insuficiencia cardíaca aguda aparece cuando la inflamación reduce la contractilidad, aumenta el edema miocárdico, altera la relajación o produce regurgitaciones valvulares funcionales. Se manifiesta con disnea, edema pulmonar, hipoxemia, hipotensión y congestión. En los casos graves evoluciona a shock cardiogénico. El componente reversible depende de cuánto daño sea edema y necrosis limitada y cuánto sea ya fibrosis. El control de la eosinofilia es, por tanto, una forma de terapia de la insuficiencia cardíaca, porque elimina la agresión biológica que alimenta la disfunción.

La trombosis intracardíaca es una complicación característica. Los trombos se forman a menudo en los ápices ventriculares o sobre las superficies endocárdicas dañadas, pero también pueden afectar a otras zonas de estasis o fibrosis. La causa es la combinación de endocardio lesionado tóxicamente, eosinófilos procoagulantes, plaquetas activadas, disfunción contráctil y flujo enlentecido. Los trombos pueden ser voluminosos, estratificados, móviles u organizados. Su presencia aumenta el riesgo embólico y puede contribuir a la obliteración cavitaria y a la fibrosis posterior.

Las embolias sistémicas derivan de la fragmentación o movilización de los trombos murales. Pueden causar ictus isquémico, ataque isquémico transitorio, isquemia aguda de las extremidades, infartos renales, infartos esplénicos, embolias mesentéricas y daño multiorgánico. Un evento neurológico en un paciente con eosinofilia no debe atribuirse automáticamente a vasculitis o aterosclerosis: hay que buscar trombos endocavitarios y endocarditis de Loeffler. La prevención requiere identificación precoz, anticoagulación cuando esté indicada y control de la actividad eosinofílica.

La fibrosis endomiocárdica es la complicación tardía más incapacitante. El endocardio se engrosa, la cavidad ventricular puede quedar parcialmente obliterada, los ápices se vuelven rígidos y el ventrículo pierde distensibilidad. El resultado es una miocardiopatía restrictiva con presiones de llenado elevadas, aurículas dilatadas, congestión pulmonar o sistémica, capacidad funcional reducida y escasa tolerancia al esfuerzo. A diferencia del edema y de la inflamación, la fibrosis es poco reversible; por esto, la prevención de la fase fibrótica es uno de los principales objetivos del diagnóstico precoz.

Las valvulopatías auriculoventriculares son frecuentes en las formas fibróticas avanzadas. La fibrosis puede atrapar cuerdas tendinosas, músculos papilares y valvas, causando regurgitación mitral o tricuspídea. La regurgitación aumenta la sobrecarga de volumen, dilata las aurículas, empeora la congestión y favorece la fibrilación auricular. En los casos graves, el daño valvular se convierte en un determinante principal de los síntomas, aunque la eosinofilia esté controlada. La corrección quirúrgica puede ser compleja porque la válvula forma parte de un aparato endomiocárdico fibrótico.

La miocardiopatía restrictiva avanzada determina congestión crónica. El paciente desarrolla ascitis, edemas, hepatomegalia, hipertensión venosa, derrames pleurales, reducción del gasto y malnutrición. La terapia diurética mejora los síntomas, pero puede reducir excesivamente la precarga, porque el ventrículo rígido depende de presiones de llenado elevadas para mantener el gasto. Este equilibrio hace difícil el manejo clínico y explica por qué las formas tardías tienen peor pronóstico que la miocarditis inicial.

Las arritmias pueden aparecer en cualquier fase. La inflamación aguda favorece extrasistolia, taquicardia ventricular, fibrilación ventricular y trastornos de la repolarización. La fibrosis crea sustrato para reentrada y taquicardias ventriculares crónicas. La dilatación auricular y la presión de llenado elevada favorecen la fibrilación auricular. Las arritmias empeoran la insuficiencia cardíaca porque reducen el llenado, aumentan el consumo miocárdico y pueden producir embolias. La muerte súbita puede derivar de taquiarritmias ventriculares, bloqueos o deterioro hemodinámico rápido.

La afectación pericárdica puede manifestarse como pericarditis, derrame pericárdico o dolor torácico pleurítico, sobre todo en las formas inflamatorias sistémicas y en la EGPA. El derrame suele ser secundario a la inflamación, pero en los casos graves puede contribuir a disnea e inestabilidad. La presencia de pericarditis junto con eosinofilia, troponina elevada y disfunción ventricular debe hacer considerar una miopericarditis eosinofílica, no una pericarditis aislada.

Las complicaciones extracardíacas modifican el pronóstico cardíaco. Neuropatía, glomerulonefritis, infiltrados pulmonares, asma grave, enteritis eosinofílica, hepatopatía, trombosis sistémicas, linfomas o neoplasias mieloides pueden sostener la inflamación, limitar las terapias y aumentar la mortalidad. En los pacientes con EGPA, el corazón es un factor pronóstico mayor; en las formas mieloides, el riesgo depende del control del clon; en las formas parasitarias, la inmunosupresión no protegida puede producir complicaciones infecciosas graves. El manejo del corazón es inseparable del manejo de toda la enfermedad eosinofílica.

Las recaídas son una complicación relevante. Pueden producirse cuando el tratamiento se reduce demasiado rápido, cuando la causa no ha sido identificada, cuando el clon hematológico persiste, cuando la EGPA se reactiva o cuando una forma idiopática no está realmente controlada. Cada recaída puede añadir nuevo daño endocárdico, nuevo trombo o nueva fibrosis. Por tanto, el seguimiento debe distinguir remisión hematológica, remisión clínica y remisión cardíaca, porque no siempre coinciden.

La complicación más grave en el plano práctico es el diagnóstico tardío. Cuando el paciente se reconoce en la fase inflamatoria, el tratamiento puede prevenir trombosis y fibrosis. Cuando llega en la fase restrictiva, muchas lesiones ya están estructuradas. Por eso, toda eosinofilia significativa con dolor torácico, disnea, troponina elevada, BNP o NT-proBNP aumentado, alteraciones ECG, embolia o signos de insuficiencia cardíaca debe considerarse una posible urgencia cardiológica. La ventana terapéutica existe, pero se cierra progresivamente a medida que el endocardio inflamado se convierte en cicatriz.

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