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Miocardiopatía endomiocárdica fibrótica
Fibrosis endomiocárdica

La miocardiopatía endomiocárdica fibrótica, más correctamente definida como fibrosis endomiocárdica, es una miocardiopatía restrictiva caracterizada por engrosamiento fibroso del endocardio y del subendocardio, localizado predominantemente en los ápices ventriculares y en las regiones de entrada de los ventrículos. El proceso cicatricial puede afectar al ventrículo derecho, al ventrículo izquierdo o a ambos, determinando obliteración apical, reducción de la cavidad útil, disfunción diastólica, insuficiencia de las válvulas auriculoventriculares y congestión sistémica o pulmonar progresiva. La enfermedad no debe confundirse con una fibrosis miocárdica intersticial genérica: el rasgo distintivo es la afectación endocárdico-subendocárdica, a menudo asociada a trombosis mural, retracción del aparato valvular y fisiología restrictiva.

Históricamente, la fibrosis endomiocárdica se ha descrito como una cardiopatía tropical, frecuente sobre todo en áreas del África subsahariana, del sur de la India, de algunas regiones de Asia y de América Latina. Afecta con mayor frecuencia a niños, adolescentes y adultos jóvenes que viven en contextos rurales pobres, pero también puede observarse en adultos y, en países no endémicos, en personas procedentes de áreas tropicales o en pacientes con enfermedades eosinofílicas. La prevalencia real es incierta, porque muchas áreas afectadas disponen de recursos diagnósticos limitados, pero los estudios ecocardiográficos poblacionales han demostrado que pueden existir formas precoces, paucisintomáticas o asintomáticas, no reconocidas únicamente mediante la valoración clínica.

La patogenia no está completamente aclarada. La enfermedad se considera una condición multifactorial en la que predisposición individual, ambiente, pobreza, malnutrición, infecciones, parasitosis, exposiciones alimentarias o tóxicas, inflamación crónica, eosinofilia y daño endocárdico pueden converger hacia una respuesta reparativa fibrótica. En algunos pacientes el cuadro se superpone conceptualmente a la cardiopatía eosinofílica y a la endocarditis de Loeffler; en otros, sobre todo en las formas tropicales clásicas, la eosinofilia puede estar ausente en el momento del diagnóstico, porque la fase inflamatoria inicial puede haberse agotado ya cuando el paciente llega a la observación. Por este motivo, la fibrosis endomiocárdica debe interpretarse como un fenotipo anatomopatológico y restrictivo más que como una enfermedad de etiología única.

Encuadre clínico y epidemiológico

La fibrosis endomiocárdica representa una de las causas clásicas de miocardiopatía restrictiva adquirida. A diferencia de la miocardiopatía restrictiva idiopática, en la que el problema principal es la rigidez intrínseca del miocardio sin una lesión endocárdica específica demostrable, aquí el daño anatómico tiene una localización reconocible: endocardio, subendocardio, ápices ventriculares y aparato valvular auriculoventricular. La fibrosis forma una especie de coraza interna que reduce la distensibilidad ventricular, deforma la geometría intracavitaria y acorta o engloba cuerdas tendinosas, músculos papilares y regiones de entrada. El resultado funcional es una restricción al llenado, a menudo acompañada de insuficiencia mitral, insuficiencia tricuspídea o ambas.

La distribución geográfica es uno de los elementos más peculiares. Las áreas históricamente más afectadas comprenden Uganda, Mozambique, Nigeria, Costa de Marfil, Brasil, Colombia, Venezuela, Kerala y otras regiones tropicales o subtropicales. La enfermedad se ha descrito sobre todo en poblaciones rurales con bajo nivel socioeconómico, dieta pobre, exposición a infecciones recurrentes y acceso sanitario reducido. Esta asociación con la pobreza no demuestra por sí sola una causa, pero sugiere que ambiente, nutrición, carga infecciosa y condiciones de vida pueden modificar la vulnerabilidad del endocardio o la respuesta inmunoinflamatoria.

Los estudios ecocardiográficos han cambiado la comprensión epidemiológica de la enfermedad. En el pasado, la fibrosis endomiocárdica se reconocía sobre todo en fases avanzadas, cuando el paciente presentaba ascitis importante, edema, cardiomegalia, insuficiencia cardíaca derecha o izquierda y grave limitación funcional. La ecocardiografía de cribado ha mostrado en cambio que existen formas leves y moderadas, a veces asintomáticas, con engrosamiento endocárdico inicial, reducción parcial del ápice, alteraciones valvulares o dilatación auricular. Este dato es importante porque el diagnóstico tardío selecciona los casos peores y hace que la enfermedad parezca todavía más letal de lo que resultaría si se interceptara en una fase inicial.

El grupo de edad más afectado en las áreas endémicas es el infantil y juvenil, pero la enfermedad puede permanecer clínicamente silente y manifestarse más tarde. En los niños, el fenotipo derecho puede presentarse con ascitis desproporcionada respecto a los edemas periféricos, hepatomegalia, retraso del crecimiento, cansancio y menor tolerancia al esfuerzo. En el adulto, el diagnóstico puede emerger tras años de congestión, arritmias auriculares, tromboembolia, insuficiencia valvular o sospecha de pericarditis constrictiva. En los países no endémicos, el reconocimiento exige una anamnesis geográfica cuidadosa, porque un paciente migrante o procedente de áreas tropicales puede clasificarse erróneamente como afectado por insuficiencia cardíaca con fracción de eyección conservada, cardiopatía valvular degenerativa o miocardiopatía restrictiva idiopática.

La afectación ventricular no es uniforme. La forma derecha produce obliteración del ápice del ventrículo derecho, reducción de la cámara de entrada, dilatación auricular derecha, insuficiencia tricuspídea, congestión venosa sistémica, ascitis y posible derrame pericárdico. La forma izquierda determina obliteración del ápice del ventrículo izquierdo, restricción diastólica, dilatación auricular izquierda, hipertensión venosa pulmonar, disnea e insuficiencia mitral. La forma biventricular combina los dos cuadros y tiende a tener un curso más grave. Esta distribución tiene valor clínico porque explica por qué algunos pacientes están dominados por la ascitis y otros por la disnea, aun teniendo la misma enfermedad anatomopatológica.

El término “endomiocárdica” indica que el daño no permanece confinado a una superficie inerte. El endocardio fibrótico se adhiere al subendocardio, altera la perfusión de las capas más internas, modifica la mecánica segmentaria y puede comprometer la unión entre miocardio y aparato valvular. En las fases activas pueden coexistir inflamación, trombosis y necrosis subendocárdica; en las fases crónicas predominan fibrosis densa, calcificación, organización trombótica y retracción cicatricial. Por ello, la enfermedad es restrictiva, valvular, trombótica y eléctrica al mismo tiempo.

En el contexto de la clasificación moderna de las miocardiopatías, la fibrosis endomiocárdica debe considerarse una causa específica de fenotipo restrictivo. Por tanto, no es correcto incluirla entre las miocardiopatías restrictivas idiopáticas cuando están presentes las características morfológicas endocárdicas. La distinción es sustancial: el diagnóstico orienta la búsqueda de eosinofilia, parasitosis, enfermedades inflamatorias, trombos endocavitarios, calcificaciones endocárdicas, insuficiencia valvular secundaria y posible indicación quirúrgica. Además, impone un diagnóstico diferencial estricto con endocarditis de Loeffler, cardiopatía por síndrome hipereosinofílico, pericarditis constrictiva, cardiopatía reumática, miocardiopatía restrictiva primaria, amiloidosis y anomalías congénitas del ápice ventricular.

Etiología, patogenia y fisiopatología

La etiología de la fibrosis endomiocárdica no se ha definido de forma unívoca. La forma tropical clásica se considera una enfermedad multifactorial, en la que ningún agente aislado es suficiente para explicar todos los casos. Se han propuesto factores nutricionales, ambientales, infecciosos, parasitarios, inmunológicos, genéticos y tóxicos. La asociación con regiones rurales pobres, malnutrición, infestaciones parasitarias, exposición a infecciones recurrentes y edad joven sugiere que el daño endocárdico puede nacer de la interacción entre vulnerabilidad biológica y ambiente. Sin embargo, muchas asociaciones epidemiológicas no han demostrado una relación causal directa y reproducible; por ello es más correcto distinguir entre causas ciertas de daño endomiocárdico fibrótico y factores que aumentan la probabilidad de desarrollar el fenotipo.

Entre las causas más claramente relacionadas con la fibrosis endomiocárdica se encuentran las enfermedades eosinofílicas. El síndrome hipereosinofílico, algunas neoplasias mieloproliferativas con eosinofilia, reacciones inmunológicas, parasitosis, vasculitis eosinofílicas y condiciones alérgicas o inflamatorias persistentes pueden determinar daño cardíaco mediante infiltración eosinofílica, degranulación y toxicidad endocárdica. La endocarditis de Loeffler representa la forma prototípica de cardiopatía eosinofílica: inicialmente se observan necrosis e inflamación endocárdica, después trombosis mural y finalmente organización fibrótica. La fibrosis endomiocárdica tropical comparte algunos aspectos finales con este modelo, pero no siempre muestra eosinofilia persistente o documentable.

El papel de los eosinófilos es biológicamente plausible. Los eosinófilos activados liberan proteína básica mayor, proteína catiónica eosinofílica, peroxidasa eosinofílica, neurotoxina derivada de eosinófilos, radicales oxidantes, citocinas y mediadores lipídicos. Estas moléculas pueden dañar el endotelio endocárdico, las células subendocárdicas y la matriz extracelular; aumentan la adhesividad plaquetaria, favorecen la trombosis mural y amplifican la respuesta inflamatoria. La superficie endocárdica lesionada se vuelve trombogénica; el trombo adherente se organiza; fibroblastos, miofibroblastos y células inflamatorias depositan colágeno; la lesión activa se transforma progresivamente en una cicatriz fibrosa. La secuencia daño endocárdico, trombosis, organización y fibrosis es uno de los modelos más coherentes de la enfermedad.

Las parasitosis se han estudiado sobre todo en áreas tropicales. Filariasis, esquistosomiasis, geohelmintiasis y otras infestaciones pueden inducir eosinofilia, inmunoactivación crónica, anemia, malnutrición e inflamación persistente. Sin embargo, la presencia de parásitos en áreas endémicas no prueba automáticamente causalidad, porque muchas personas infestadas no desarrollan fibrosis endomiocárdica y algunos pacientes con enfermedad avanzada no presentan eosinofilia significativa. Es probable que las parasitosis actúen como factores favorecedores en subgrupos de pacientes, más que como una causa única universal.

También se ha implicado la malnutrición. Dietas pobres en proteínas, carencias de micronutrientes, consumo elevado de yuca no adecuadamente procesada, exposición a glucósidos cianogénicos, bajo aporte de magnesio u otros desequilibrios nutricionales se han propuesto como elementos capaces de facilitar daño endocárdico, estrés oxidativo o respuesta fibrótica. Sin embargo, ninguna de estas hipótesis ha alcanzado el estatus de causa cierta. La lectura más prudente es que la malnutrición y la pobreza pueden reducir la resiliencia biológica del miocardio, aumentar la susceptibilidad a infecciones y modificar la reparación tisular, contribuyendo indirectamente a la fibrosis.

El paso de la lesión inicial a la miocardiopatía restrictiva depende de la localización de la fibrosis. El depósito cicatricial se concentra en los ápices y en las vías de entrada ventricular, no de manera uniforme en toda la pared. Cuando el ápice queda ocupado por tejido fibroso y trombo organizado, la cavidad ventricular efectiva se acorta; el ventrículo puede parecer de dimensiones relativamente normales, pero el volumen disponible para el llenado está reducido. Durante la diástole, la pared fibrótica no se distiende; la aurícula debe generar presiones elevadas para empujar la sangre hacia una cámara rígida; aumenta la presión venosa retrógrada; el paciente desarrolla congestión. Esto explica por qué la fracción de eyección puede conservarse en las fases iniciales a pesar de la presencia de insuficiencia cardíaca grave.

La afectación de las válvulas auriculoventriculares deriva de varios mecanismos. La fibrosis puede englobar músculos papilares, cuerdas tendinosas y región subvalvular; la retracción cicatricial impide la correcta coaptación de las valvas; la dilatación auricular y anular amplifica la insuficiencia; la presión ventricular y auricular elevada empeora el reflujo. En la forma izquierda predomina la insuficiencia mitral funcional o restrictiva; en la forma derecha predomina la insuficiencia tricuspídea, a menudo masiva. La insuficiencia valvular no es una enfermedad separada: es una consecuencia anatómica de la fibrosis endomiocárdica y contribuye a su vez a la dilatación auricular y a la congestión.

La trombosis endocavitaria es parte integrante de la patogenia. El endocardio lesionado pierde propiedades antitrombóticas, el flujo en los ápices obliterados se vuelve lento, las aurículas dilatadas favorecen la estasis y las arritmias auriculares amplifican el riesgo. Los trombos pueden permanecer adheridos y organizarse dentro de la placa fibrosa, contribuyendo a la obliteración apical, o embolizar. En el ventrículo izquierdo el riesgo es la embolia sistémica; en el corazón derecho puede coexistir trombosis venosa, embolia pulmonar o mayor compromiso hemodinámico. La distinción entre trombo reciente y tejido fibrótico organizado tiene implicaciones para anticoagulación, cirugía y riesgo embólico.

La fisiopatología final es la de la restricción diastólica con gasto relativamente fijo. Si el ventrículo no puede aumentar el volumen telediastólico, el incremento del gasto durante el ejercicio es limitado; el paciente percibe disnea, astenia e intolerancia al esfuerzo. Las presiones auriculares crónicamente elevadas dilatan las aurículas, favorecen la fibrilación auricular y aumentan el riesgo tromboembólico. El circuito pulmonar puede desarrollar hipertensión poscapilar en la forma izquierda; el hígado y el sistema venoso abdominal sufren congestión en la forma derecha. En las fases avanzadas aparecen caquexia cardíaca, insuficiencia renal por congestión y bajo gasto, hepatopatía congestiva y refractariedad al tratamiento diurético.

Manifestaciones clínicas

La presentación clínica depende de la sede de la afectación ventricular, de la fase de la enfermedad y de la presencia de trombos, arritmias o insuficiencia valvular. La anamnesis debe comenzar con una reconstrucción geográfica y temporal: lugar de nacimiento, permanencia en áreas tropicales, condiciones de vivienda, historia de parasitosis, eosinofilia conocida, episodios alérgicos o inflamatorios, fiebres recurrentes, adelgazamiento, malnutrición, exposiciones alimentarias, antecedentes familiares, tromboembolias previas y duración de los síntomas. En los países no endémicos estos detalles son decisivos, porque la enfermedad puede estar lejos del horizonte diagnóstico habitual.

El paciente con forma derecha refiere a menudo aumento progresivo del volumen abdominal, sensación de peso hepático, saciedad precoz, hinchazón de las piernas, cansancio, pérdida de peso, reducción de la capacidad laboral o escolar y disnea menos marcada de lo que cabría esperar por la gravedad de la insuficiencia cardíaca. La ascitis puede ser imponente y dominar el cuadro clínico, orientando inicialmente hacia diagnósticos hepatológicos o abdominales. La congestión venosa crónica puede determinar dolor en hipocondrio derecho, náuseas, anorexia y malabsorción. En los niños pueden observarse retraso del crecimiento, escaso apetito, abdomen globoso y reducción progresiva de la actividad física.

La forma izquierda produce con mayor frecuencia disnea de esfuerzo, ortopnea, tos nocturna, menor tolerancia al ejercicio, palpitaciones, episodios de edema pulmonar y síntomas de hipertensión venosa pulmonar. Cuando la insuficiencia mitral es significativa, la disnea puede convertirse en el síntoma principal. El paciente puede referir fatigabilidad no proporcional a la fracción de eyección, porque la limitación es diastólica y no necesariamente sistólica. Si hay trombos ventriculares o auriculares, el inicio puede ser un ictus, un ataque isquémico transitorio, una embolia periférica o un evento isquémico visceral.

La forma biventricular combina congestión sistémica y pulmonar. El paciente puede presentar disnea, ascitis, edemas, hepatomegalia, palpitaciones, adelgazamiento, hipotensión relativa y grave reducción de la calidad de vida. El cuadro puede confundirse con pericarditis constrictiva, cirrosis hepática, cardiopatía reumática multivalvular, miocardiopatía restrictiva primaria o insuficiencia cardíaca avanzada de otro origen. La presencia de ápices obliterados, aurículas enormemente dilatadas, insuficiencia auriculoventricular y calcificaciones endocárdicas orienta hacia fibrosis endomiocárdica.

La exploración física debe seguir la lógica hemodinámica. En la forma derecha se observan ingurgitación yugular, ondas venosas prominentes, reflujo hepatoyugular, hepatomegalia congestiva, ascitis, edemas declives, posible ictericia leve por congestión hepática y derrame pleural derecho. El soplo de insuficiencia tricuspídea puede aumentar con la inspiración y coexistir con un impulso paraesternal si el ventrículo derecho está sometido a carga. La presión arterial puede ser normal en las fases iniciales y reducirse en las fases avanzadas, cuando el gasto se vuelve insuficiente.

En la forma izquierda, la exploración puede mostrar crepitantes pulmonares, tercer ruido, soplo holosistólico apical por insuficiencia mitral, signos de hipertensión pulmonar y, si el ventrículo derecho se ve secundariamente afectado, congestión sistémica. La aurícula izquierda dilatada favorece la fibrilación auricular, que en la auscultación se manifiesta con ritmo irregular. La pérdida de la contracción auricular es especialmente perjudicial porque el ventrículo fibrótico y poco distensible depende de la presión auricular para llenarse; por este motivo, una arritmia auricular puede precipitar la insuficiencia cardíaca de forma brusca.

Algunos hallazgos extracardíacos ayudan a identificar el contexto etiológico. Eosinofilia persistente, asma, sinusitis, neuropatía, púrpura, fiebre o signos sistémicos orientan hacia una enfermedad eosinofílica o vasculítica. Esplenomegalia, alteraciones hematológicas y trombosis recurrentes pueden sugerir neoplasias mieloproliferativas. Historia de infestaciones parasitarias, prurito, diarrea crónica, anemia o malnutrición sostiene la sospecha de factores tropicales e infecciosos. Sin embargo, la ausencia de eosinofilia en el momento de la visita no excluye fibrosis endomiocárdica, sobre todo si el paciente está en una fase cicatricial avanzada.

La severidad clínica no depende solo de la extensión de la fibrosis, sino también de la velocidad de progresión, del reflujo valvular, de la hipertensión pulmonar, de la función ventricular derecha, de la presencia de arritmias y de la capacidad del paciente para acceder a cuidados especializados. En muchas áreas endémicas el diagnóstico se realiza cuando la enfermedad ya está avanzada, con ascitis masiva, dilatación auricular extrema y malnutrición secundaria. En estos casos el cuadro clínico puede parecer dominado por la congestión abdominal más que por el síntoma cardiológico clásico, y esto contribuye al retraso diagnóstico.

Pruebas complementarias y diagnóstico

La sospecha de fibrosis endomiocárdica nace de la asociación entre insuficiencia cardíaca restrictiva, aurículas dilatadas, ventrículos no primariamente dilatados, obliteración apical, insuficiencia auriculoventricular y un contexto epidemiológico o biológico compatible. El recorrido diagnóstico debe demostrar la lesión endomiocárdica, definir el ventrículo afectado, estimar la severidad hemodinámica, reconocer trombos y calcificaciones, evaluar las válvulas, distinguir la enfermedad de la pericarditis constrictiva y buscar causas eosinofílicas, parasitarias, hematológicas o inflamatorias tratables. El diagnóstico no puede basarse en un único dato aislado.

Los estudios de primer nivel incluyen electrocardiograma, radiografía de tórax cuando sea útil, análisis de sangre, péptido natriurético tipo B o fragmento N-terminal del propéptido natriurético tipo B, hemograma con fórmula, función renal y hepática, electrolitos, coagulación, marcadores inflamatorios, troponina de alta sensibilidad y evaluación de la eosinofilia. El electrocardiograma puede mostrar fibrilación auricular, flutter auricular, signos de crecimiento auricular, bloqueos de rama, alteraciones inespecíficas de la repolarización o bajos voltajes. La radiografía puede evidenciar cardiomegalia por dilatación auricular, derrame pleural o calcificaciones, pero no es suficiente para caracterizar la enfermedad.

La ecocardiografía transtorácica es la exploración central. Permite visualizar obliteración apical, engrosamiento endocárdico, trombos organizados, reducción de la cavidad ventricular, dilatación auricular, insuficiencia mitral o tricuspídea, alteraciones del aparato subvalvular, derrame pericárdico y patrón de llenado restrictivo. En la forma derecha se observan ápice derecho obliterado, aurícula derecha muy dilatada, tracto de entrada estrechado, insuficiencia tricuspídea y a veces aspecto de ventrículo derecho “amputado”. En la forma izquierda se observan obliteración apical izquierda, posible trombo apical, aurícula izquierda dilatada, insuficiencia mitral y aumento de las presiones de llenado.

Los criterios ecocardiográficos propuestos por Mocumbi y colaboradores se desarrollaron para estudios epidemiológicos y para uniformar el reconocimiento de la enfermedad, sobre todo en áreas endémicas. No deben presentarse como criterios diagnósticos universales de guía clínica, pero representan un esquema muy utilizado en la literatura para aumentar la coherencia diagnóstica. En este enfoque, el diagnóstico ecocardiográfico se sostiene por la presencia de dos criterios mayores o de un criterio mayor asociado a dos criterios menores. La lógica del esquema es reconocer los signos estructurales más específicos e integrarlos con hallazgos de apoyo.

Los elementos ecocardiográficos mayores y menores son útiles sobre todo cuando se interpretan en el contexto clínico y no como una lista mecánica. De forma sintética, el esquema evalúa los signos más representativos de la enfermedad:

  • engrosamiento endomiocárdico apical, placas fibróticas, obliteración apical o reducción significativa de la cavidad ventricular útil;
  • trombos adheridos a la superficie endocárdica o material organizado que participa en la obliteración apical;
  • retracción del aparato valvular auriculoventricular con insuficiencia mitral o tricuspídea no explicada por otra causa primaria;
  • dilatación auricular marcada, patrón Doppler restrictivo, derrame pericárdico, calcificaciones endocárdicas o alteraciones localizadas del endocardio como hallazgos de apoyo;
  • atribución de una puntuación de severidad en función de la extensión y del impacto de los hallazgos, con formas leves, moderadas y severas.

La resonancia magnética cardíaca es la prueba de segundo nivel más útil para la caracterización anatómica y tisular. Permite distinguir trombo, fibrosis, miocardio viable, calcificaciones indirectas, afectación apical y alteraciones valvulares. Las secuencias cine muestran la geometría ventricular, la reducción de la cavidad y el movimiento valvular; el realce tardío con gadolinio evidencia realce subendocárdico o endocárdico en las áreas fibróticas; el mapping puede contribuir a definir la expansión extracelular; la evaluación morfológica distingue la fibrosis endomiocárdica de la miocardiopatía hipertrófica apical, la no compactación ventricular, el trombo apical posisquémico, los tumores endocavitarios y la pericarditis constrictiva. Cuando la resonancia no está disponible o está contraindicada, la tomografía computarizada puede ser especialmente útil para documentar calcificaciones endocárdicas y relaciones anatómicas.

El diagnóstico diferencial con la pericarditis constrictiva es obligatorio. Ambas pueden causar ascitis, ingurgitación yugular, edemas, hepatomegalia, aurículas dilatadas y síntomas restrictivos. En la pericarditis constrictiva el problema es un pericardio rígido que limita el llenado desde fuera, con acentuada interdependencia ventricular y variaciones respiratorias características; en la fibrosis endomiocárdica el límite es interno, localizado en endocardio y subendocardio, con obliteración apical y lesiones endocavitarias. Ecocardiografía Doppler, Doppler tisular, resonancia magnética cardíaca, tomografía computarizada y cateterismo cardíaco pueden ser necesarios para separar ambos cuadros. El error diagnóstico es grave porque la pericardiectomía no corrige una restricción producida por fibrosis endocavitaria.

El cateterismo cardíaco puede ser útil cuando deben medirse las presiones de llenado, la presión arterial pulmonar, las resistencias vasculares pulmonares y el gasto cardíaco, o cuando el diagnóstico diferencial sigue siendo incierto. Puede mostrar presiones diastólicas elevadas, curva en dip-and-plateau, aumento de la presión auricular derecha o capilar pulmonar y signos de restricción. En los pacientes candidatos a cirugía o trasplante, la evaluación hemodinámica es esencial para estimar el riesgo, sobre todo si hay hipertensión pulmonar. La coronariografía o la tomografía coronaria se solicitan según la edad, los factores de riesgo y la planificación quirúrgica, no porque la enfermedad sea coronaria.

Los estudios etiológicos deben guiarse por el contexto. El hemograma con fórmula debe repetirse si existe sospecha de eosinofilia intermitente. En presencia de eosinofilia persistente son necesarias una evaluación hematológica, la búsqueda de causas secundarias, estudios para síndrome hipereosinofílico, posibles pruebas moleculares para neoplasias mieloproliferativas, y estudios parasitológicos y serológicos apropiados a la procedencia geográfica. Las investigaciones pueden incluir búsqueda de Strongyloides stercoralis, Schistosoma, filarias y otros parásitos en función del área de exposición. Cuando existen signos sistémicos, se evalúan vasculitis, conectivopatías, inmunoglobulinas, marcadores inflamatorios y órganos diana.

La biopsia endomiocárdica no es necesaria en todos los pacientes si la imagen y el contexto clínico son típicos, pero puede ser útil en casos no claros, en las formas no endémicas, cuando hay que distinguir de tumores, miocarditis, amiloidosis, sarcoidosis o cardiopatía eosinofílica activa, y cuando el resultado puede modificar el tratamiento. La histología muestra fibrosis endocárdica, engrosamiento subendocárdico, trombo organizado, eventual infiltrado inflamatorio, eosinófilos en las fases activas, calcificaciones y afectación del aparato valvular. Una biopsia negativa no siempre excluye la enfermedad si la muestra no intercepta la lesión, por lo que la elección del sitio debe estar guiada por la imagen.

El diagnóstico final integra anatomía, función y causa. Una fibrosis endomiocárdica avanzada del ventrículo derecho con ascitis, aurícula derecha enorme, ápice derecho obliterado, insuficiencia tricuspídea y contexto tropical es distinta de una cardiopatía eosinofílica izquierda con trombo apical reciente y eosinofilia marcada. Ambas pueden incluirse en el espectro de las enfermedades endomiocárdicas restrictivas, pero el tratamiento, el pronóstico y el seguimiento difieren. El informe diagnóstico debe especificar por tanto el ventrículo afectado, la severidad, la presencia de trombos, la insuficiencia valvular, la hipertensión pulmonar, las arritmias, la actividad eosinofílica y los diagnósticos diferenciales excluidos.

Clasificación anatómica y estadificación clínica

La clasificación más útil de la fibrosis endomiocárdica combina sede anatómica, fase evolutiva y severidad hemodinámica. Desde el punto de vista anatómico se distinguen forma derecha, forma izquierda y forma biventricular. Esta distinción no es puramente descriptiva: predice el tipo de congestión, las complicaciones predominantes, la estrategia quirúrgica y el riesgo hemodinámico. La forma derecha tiende a manifestarse con ascitis, hepatomegalia, edema, insuficiencia tricuspídea y gran dilatación auricular derecha; la forma izquierda con disnea, hipertensión venosa pulmonar, insuficiencia mitral y riesgo embólico sistémico; la forma biventricular con insuficiencia cardíaca más compleja y pronóstico generalmente peor.

Desde el punto de vista evolutivo, el modelo más coherente prevé una fase necrótico-inflamatoria, una fase trombótica y una fase fibrótica. La fase inicial puede ser clínicamente silente o presentarse con fiebre, dolor torácico, eosinofilia, daño miocárdico, síntomas sistémicos e inflamación endocárdica. La fase trombótica sigue al daño endocárdico: las superficies lesionadas favorecen trombos murales, en particular en los ápices y a lo largo de las regiones de entrada. La fase crónica está dominada por fibrosis densa, retracción, calcificación, obliteración cavitaria, deformación valvular y fisiología restrictiva. En la práctica, muchos pacientes se observan solo en la fase crónica, cuando el evento inicial ya no puede reconstruirse.

La severidad ecocardiográfica puede graduarse con sistemas de puntuación derivados de estudios poblacionales. Estos sistemas consideran extensión de la fibrosis, obliteración apical, afectación valvular, dilatación auricular, trombos, patrón restrictivo, derrame pericárdico y otros elementos de apoyo. Las formas leves pueden mostrar engrosamientos localizados y alteraciones mínimas; las formas moderadas presentan lesiones más evidentes con impacto en el llenado; las formas severas tienen obliteración marcada, valvulopatía significativa, aurículas enormemente dilatadas e insuficiencia cardíaca manifiesta. La clasificación de severidad es útil para comparar pacientes y programar el seguimiento, pero no sustituye el juicio clínico.

La clasificación etiológica distingue formas tropicales de etiología no definida, formas asociadas a eosinofilia, formas secundarias a síndromes hipereosinofílicos, formas relacionadas con enfermedades hematológicas, formas asociadas a parasitosis o inmunoactivación y formas no endémicas aisladas. Esta distinción tiene implicaciones terapéuticas decisivas. Una forma con eosinofilia activa requiere tratamiento de la causa eosinofílica y prevención del daño progresivo; una forma cicatricial sin actividad inflamatoria requiere principalmente manejo de la insuficiencia cardíaca, prevención tromboembólica y valoración quirúrgica; una forma con sospecha de neoplasia hematológica requiere un recorrido hematológico especializado.

La clasificación hemodinámica evalúa presión auricular derecha, presión capilar pulmonar, presión arterial pulmonar, resistencias vasculares pulmonares, gasto cardíaco, grado de insuficiencia mitral o tricuspídea y función ventricular derecha. Es especialmente importante en los pacientes avanzados, porque la decisión quirúrgica depende no solo de la anatomía sino también de la reversibilidad de la hipertensión pulmonar, de la reserva ventricular, del estado nutricional, de la función hepática y renal y de la gravedad de la congestión. Un paciente con ascitis masiva, hipoproteinemia, insuficiencia renal e hipertensión pulmonar severa tiene un riesgo operatorio muy distinto de un paciente con lesión localizada y buena reserva orgánica.

La clasificación debe finalmente separar la fibrosis endomiocárdica de condiciones imitadoras. La miocardiopatía hipertrófica apical puede simular obliteración apical izquierda, pero el tejido apical es miocardio hipertrófico, no placa fibrótica endocárdica. La no compactación ventricular muestra trabeculación prominente y recesos profundos, no fibrosis endocárdica retraente. Un trombo apical posinfarto deriva de acinesia isquémica y necrosis coronaria, no de una enfermedad endomiocárdica difusa. La pericarditis constrictiva produce restricción sin obliteración apical. Estas distinciones son necesarias porque cambian el tratamiento y el pronóstico.

Tratamiento y pronóstico

El tratamiento de la fibrosis endomiocárdica depende de la fase de la enfermedad. En las fases crónicas avanzadas, el tratamiento médico es predominantemente sintomático, porque la fibrosis endocárdica organizada no regresa con los fármacos. Los objetivos son controlar la congestión, prevenir la tromboembolia, manejar las arritmias, tratar una eventual eosinofilia o causa subyacente, corregir las complicaciones valvulares cuando sea posible y derivar precozmente a centros con experiencia en miocardiopatías restrictivas y cirugía de las enfermedades endomiocárdicas. El manejo debe individualizarse, porque un paciente con forma derecha ascítica requiere prioridades distintas respecto a un paciente con forma izquierda trombótica y embólica.

Los diuréticos son la base del control congestivo. Los diuréticos del asa, a veces asociados a antagonistas del receptor mineralocorticoide, pueden reducir ascitis, edemas, derrames y disnea. La titulación debe ser prudente porque el ventrículo rígido depende de una precarga adecuada; una depleción excesiva puede reducir el gasto, empeorar la función renal y causar hipotensión. En la forma derecha con ascitis importante pueden ser necesarias paracentesis terapéuticas seleccionadas, corrección de la hiponatremia, manejo nutricional y monitorización de la función hepática. El tratamiento diurético mejora los síntomas, pero no elimina la placa fibrótica ni corrige la obliteración ventricular.

La anticoagulación debe considerarse cuando existen trombos endocavitarios, fibrilación auricular, antecedentes embólicos o marcada dilatación auricular con estasis. La decisión debe equilibrar riesgo embólico y riesgo hemorrágico, sobre todo en pacientes con hepatopatía congestiva, malnutrición, varices o trombocitopenia. En el ventrículo izquierdo el trombo apical expone a embolia sistémica; en las aurículas dilatadas, la fibrilación auricular aumenta todavía más el riesgo. La sola presencia de fibrosis sin trombo visible no implica automáticamente anticoagulación en todos, pero requiere vigilancia ecocardiográfica cuidadosa.

El tratamiento de las arritmias auriculares es crucial. La fibrilación auricular empeora el llenado ventricular y puede precipitar insuficiencia cardíaca. El control de la frecuencia debe evitar tanto la taquicardia persistente como la bradicardia excesiva; el control del ritmo puede intentarse en casos seleccionados, pero las aurículas enormemente dilatadas reducen las probabilidades de mantener un ritmo sinusal estable. Los fármacos antiarrítmicos y la ablación deben valorarse con cautela, considerando función ventricular, riesgo proarrítmico, acceso al seguimiento y necesidad de anticoagulación. En los pacientes con bloqueos de conducción o bradiarritmias sintomáticas puede ser necesario el marcapasos, pero la indicación debe establecerse según el fenotipo eléctrico específico.

Cuando hay eosinofilia activa o síndrome hipereosinofílico, el tratamiento etiológico se vuelve prioritario. Corticoides, terapias inmunomoduladoras, tratamiento antiparasitario, terapia hematológica dirigida o inhibidores de tirosina cinasa en los subtipos moleculares apropiados pueden prevenir daño endocárdico adicional si se introducen en la fase activa. La elección no debe ser empírica: requiere identificación de la causa de la eosinofilia, exclusión de infecciones que podrían empeorar con inmunosupresión, evaluación hematológica y monitorización cardíaca. En la fase fibrótica pura, en cambio, la inmunosupresión tiene un fundamento mucho más limitado si no existe actividad inflamatoria persistente.

La cirugía representa la opción más relevante en pacientes seleccionados con enfermedad avanzada y síntomas severos. La intervención puede incluir endocardiectomía, decorticación endocárdica, eliminación de trombo organizado, liberación del aparato subvalvular, plastia o sustitución mitral y tricuspídea. El objetivo es aumentar la cavidad ventricular útil, mejorar el llenado, reducir la insuficiencia valvular y aliviar la congestión. Sin embargo, se trata de una cirugía compleja, técnicamente difícil y gravada por una mortalidad operatoria significativa, sobre todo en pacientes malnutridos, caquécticos, con insuficiencia hepática o renal, hipertensión pulmonar avanzada o enfermedad biventricular severa.

La selección quirúrgica debe ser muy cuidadosa. Los mejores candidatos son pacientes sintomáticos no controlados con tratamiento médico, con lesiones anatómicas corregibles, valvulopatía significativa pero potencialmente tratable, reserva ventricular suficiente y riesgo operatorio aceptable. Los pacientes en clase funcional avanzada pueden obtener beneficio sintomático, pero si la intervención se realiza demasiado tarde el riesgo puede superar la ventaja. La evaluación preoperatoria debe incluir ecocardiografía detallada, resonancia magnética cardíaca o tomografía computarizada, cateterismo cuando esté indicado, estudio de la función hepática y renal, estado nutricional, coagulación y presencia de trombos.

El trasplante cardíaco es teóricamente considerabile en casos terminales no corregibles, pero en la práctica está limitado por disponibilidad, comorbilidades, hipertensión pulmonar, contexto socioeconómico y acceso a los programas de trasplante. En los países en los que la enfermedad es más frecuente, el acceso al trasplante suele ser muy reducido. En los países no endémicos puede valorarse en casos seleccionados de insuficiencia cardíaca refractaria, tras excluir causas activas tratables y después de definir las resistencias vasculares pulmonares. Los dispositivos de asistencia ventricular son menos sencillos que en las miocardiopatías dilatadas, porque las cavidades ventriculares pueden ser pequeñas, obliteradas y anatómicamente deformadas.

El pronóstico suele ser desfavorable cuando el diagnóstico se realiza en fase avanzada. Los factores pronósticos negativos incluyen forma biventricular, clase funcional elevada, ascitis persistente, insuficiencia tricuspídea o mitral severa, hipertensión pulmonar, fibrilación auricular, trombos endocavitarios, embolias, malnutrición, insuficiencia renal, hepatopatía congestiva, calcificaciones extensas e imposibilidad de acceso a cirugía experta. Las formas leves o interceptadas precozmente pueden permanecer estables durante más tiempo, pero requieren vigilancia porque la progresión puede ser lenta y después acelerarse con arritmias, infecciones, embarazo, anemia o empeoramiento de la insuficiencia valvular.

El seguimiento debe monitorizar síntomas, peso, ascitis, edemas, presión arterial, frecuencia, ritmo, función renal, electrolitos, función hepática, péptido natriurético, hemograma con fórmula, eventual eosinofilia, ecocardiografía periódica, trombos, severidad de la insuficiencia valvular y presión pulmonar. En los pacientes con contexto eosinofílico debe controlarse también la actividad de la enfermedad de base. En los pacientes operados, el seguimiento debe evaluar recurrencia de fibrosis, función de las válvulas reparadas o sustituidas, arritmias, anticoagulación y congestión residual. El control no puede limitarse a la prescripción de un diurético, porque la enfermedad afecta al corazón, al sistema venoso, al hígado, al riñón, a la coagulación y al estado nutricional.

Complicaciones

La complicación más frecuente es la insuficiencia cardíaca restrictiva. En la forma derecha predominan ascitis, hepatomegalia, edemas, ingurgitación yugular e insuficiencia tricuspídea; en la forma izquierda, disnea, congestión pulmonar, hipertensión venosa pulmonar e insuficiencia mitral; en la forma biventricular se suman ambos componentes. La insuficiencia cardíaca deriva de la imposibilidad del ventrículo fibrótico para llenarse a baja presión y de la reducción de la cavidad útil. Incluso cuando la función sistólica global parece conservada, el gasto efectivo puede ser insuficiente durante el ejercicio o en las fases avanzadas.

La ascitis es una complicación especialmente característica de la forma derecha. Puede ser masiva, recurrente y desproporcionada respecto a los edemas periféricos. Se desarrolla por aumento de la presión venosa sistémica, congestión hepática, hipertensión sinusoidal, retención hidrosalina, reducción de la perfusión renal y activación neurohormonal. Con el tiempo puede contribuir a malnutrición, sarcopenia, infecciones, menor movilidad y empeoramiento de la calidad de vida. Su presencia persistente es una señal de enfermedad hemodinámicamente relevante.

La valvulopatía auriculoventricular es parte de la enfermedad y no una simple asociación. La insuficiencia tricuspídea deriva de retracción del aparato subvalvular, dilatación anular y deformación del ventrículo derecho; la insuficiencia mitral nace de mecanismos análogos en el ventrículo izquierdo. El reflujo aumenta el volumen auricular, favorece dilatación, arritmias, congestión y empeoramiento de la insuficiencia cardíaca. En los casos avanzados, la valvulopatía puede convertirse en el principal determinante de los síntomas y en una de las razones para considerar cirugía.

La trombosis endocavitaria y los eventos embólicos son complicaciones centrales. El trombo puede formarse sobre las superficies endocárdicas dañadas, en los ápices obliterados o en las aurículas dilatadas. En el corazón izquierdo puede causar ictus isquémico, embolia periférica, isquemia renal, esplénica o mesentérica. En el contexto de fibrilación auricular, el riesgo aumenta todavía más. El trombo organizado también puede convertirse en parte de la masa fibrótica que oblitera el ápice, dificultando la distinción entre lesión cicatricial y componente trombótico reciente. Esta distinción es relevante porque el trombo reciente puede responder a la anticoagulación, mientras que la fibrosis organizada no.

Las arritmias auriculares se ven favorecidas por la dilatación y la fibrosis de las aurículas. La fibrilación auricular y el flutter auricular reducen la contribución auricular al llenado ventricular, aumentan el riesgo embólico y empeoran la congestión. El ventrículo fibrótico tolera mal tanto la taquicardia, porque acorta la diástole, como la bradicardia, porque el volumen sistólico no puede aumentar lo suficiente para compensar. Por ello, el control del ritmo y de la frecuencia tiene un valor hemodinámico directo. Las arritmias ventriculares son menos típicas, pero pueden aparecer en presencia de fibrosis extensa, daño miocárdico, hipoxia, alteraciones electrolíticas o fase avanzada.

La hipertensión pulmonar puede desarrollarse sobre todo en las formas izquierdas o biventriculares. El aumento crónico de la presión auricular izquierda se transmite al circuito venoso pulmonar; con el tiempo pueden aparecer vasoconstricción, remodelado vascular y aumento de las resistencias pulmonares. Esta complicación empeora la función del ventrículo derecho, aumenta el riesgo quirúrgico y puede limitar la candidatura al trasplante. Su evaluación requiere ecocardiografía y, en los casos avanzados o candidatos a intervención, cateterismo cardíaco.

La hepatopatía congestiva deriva de la estasis venosa crónica. El hígado puede aumentar de volumen, volverse doloroso y funcionalmente comprometido; pueden aparecer colestasis, hiperbilirrubinemia, alteraciones de la coagulación y, en los casos prolongados, fibrosis congestiva. La afectación hepática aumenta el riesgo operatorio, modifica el manejo de la anticoagulación y favorece la ascitis persistente. También el riñón se ve implicado a través de reducción del gasto, aumento de la presión venosa renal, hipotensión y diuréticos, con desarrollo de síndrome cardiorrenal.

La caquexia cardíaca y la malnutrición son frecuentes en las formas avanzadas, sobre todo en los contextos endémicos. Congestión intestinal, anorexia, inflamación crónica, ascitis, aumento del trabajo respiratorio, pobreza e infecciones recurrentes contribuyen a la pérdida de masa muscular. La malnutrición reduce la tolerancia a la cirugía, aumenta el riesgo infeccioso y empeora la capacidad de recuperación. En los niños puede traducirse en retraso del crecimiento y fragilidad general.

Las complicaciones quirúrgicas deben considerarse parte del recorrido. La endocardiectomía y la cirugía valvular pueden mejorar síntomas y supervivencia en pacientes seleccionados, pero están gravadas por riesgo de sangrado, bloqueos de conducción, insuficiencia ventricular, embolia, disfunción valvular residual, arritmias, bajo gasto y mortalidad perioperatoria. El riesgo es mayor cuando la intervención se realiza en una fase muy avanzada, con órganos congestivos y paciente malnutrido. La elección terapéutica requiere por tanto equilibrio entre la progresión natural de la enfermedad y el riesgo de la intervención.

Una complicación diagnóstica relevante es la clasificación errónea. Confundir la fibrosis endomiocárdica con pericarditis constrictiva puede llevar a un tratamiento quirúrgico inadecuado; confundirla con miocardiopatía restrictiva idiopática puede hacer perder la ocasión de buscar eosinofilia, parasitosis, trombos e indicaciones quirúrgicas; interpretarla solo como cirrosis o ascitis hepática puede retrasar durante años el diagnóstico cardiológico. En una enfermedad rara y geográficamente desigual, el reconocimiento precoz ya es una forma de prevención de las complicaciones.

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